Erich Fromm



Descargar 315,92 Kb.
Página2/5
Fecha de conversión01.08.2017
Tamaño315,92 Kb.
1   2   3   4   5

B. EL PRINCIPIO DEL SOCIALISMO COMUNITARIO

 

La importancia concedida por el marxismo a la socialización de los medios de producción se debió a la influencia del capitalismo del siglo XIX. Los derechos de posesion y de propiedad eran las categorías centrales de la economía capitalista, y Marx permaneció dentro de esa estructura de referencia cuando definió el socialismo como la inversión del régimen capitalista de propiedad, al pedir ,la expropiación de los expropiadores". Aqui, como en su orientación hacia los factores políticos y no hacía los factores sociales, Marx y Engels fueron influidos por el espíritu burgués más que otras escuelas de ideología socialista, a las que interesaba la función del trabajador en el proceso del trabajo, sus relaciones sociales con los otros en la fábrica, y los efectos del método de trabajo sobre el carácter del trabajador.



El fracaso como quizás también la popularidad del socialismo marxista radica precisamente en esa sobrestimación burguesa del derecho de propiedad y de los factores puramente económicos. Pero otras escuelas socialistas han sido mucho más conscientes de las fallas del marxismo y han formulado los objetivos del socialismo de manera mucho más adecuada. Los owenistas, los sindicalistas, los anarquistas y los socialistas gremiales estaban de acuerdo en su principal interés, que era la situación social y humana del trabajador en su trabajo y el tipo de sus relaciones con los compañeros de trabajo. (Por "trabajador" entiendo aquí, y en las páginas que siguen, a todo el que vive de su propio trabajo, sin ingresos adicionales procedentes del empleo de otros hombres). El objetivo de todas esas formas diversas de socialismo, que llamamos "socialismo comunitario", era una organización industrial en que todas las personas que trabajan serían participantes activos y responsables, en que el trabajo sería atractivo y tendría un sentido, en que el capital no emplearía trabajo, sino que el trabajo emplearía capítal. Daban importancia a la organización del trabajo y a las relaciones sociales entre los hombres, no primordialmente a la cuestión de la propiedad. Como haré ver más adelante, se advierte un notable regreso a esta actitud entre socialistas de todo el mundo que hace unos decenios creían que la forma pura de la doctrina marxista era la solución de todos los problemas. Para dar al lector una idea general de los principios de este tipo de ideología socialista comunitaria, que, a pesar le considerables diferencias, es común a los sindicalistas, los anarquistas y los socialistas gremiales, y también cada vez más a los socialistas marxistas, citaré los siguientes párrafos de Cole, quien dice:

"Fundamentalmente, la vieja insistencia en la libertad es acertada; fue dejada a un lado porque para ella la libertad consistía sólo en la autonomía política. El nuevo concepto de libertad debe ser más amplio. Debe abarcar la idea del hombre no sólo como ciudadano de un estado libre, sino como socio de una comunidad industrial. Al poner todo su empeño en el lado puramente material de la vida, el reformador burocrático ha llegado a creer en una sociedad formada por máquinas bien alimentadas, bien alojadas y bien vestidas, que tratbajan para una máquina mayor: el estado. El individualista ha brindado a los hombres la alternativa entre la muerte por hambre y la esclavitud, so capa de libertad de acción. La verdadera libertad, que es la meta del socialismo nuevo, garantizará la libertad de acción y la inmunidad contra la presión económica al tratar al hombre como un ser humano, y no como un problema o como un dios.

"La libertad política por sí misma, en realidad, siempre es ilusoria. Un hombre que vive en sujeción económica seis días, si no siete, de cada semana, no es libre simplemente por hacer una cruz en una candidatura electoral cada cinco años. Si la libertad ha de significar algo para el hombre corriente, debe abarcar la libertad industrial. Mientras los hombres que trabajan no se sientan miembros de una comunidad autónoma de trabajadores, serán esencialmente serviles, sea cualquiera el régimen político en que vivan. No basta con eliminar la degradante relación en que están los esclavos asalariados con un patrono individual. Tmbién el socialismo de estado mantiene al trabajador sometido a una tiranía no menos irritante por ser impersonal. El autogobierno en la industria no es meramente un suplemento de la libertad política, sino su precursor.

"El hombre en todas partes está encadenado, y no se romperán sus cadenas hasta que no sienta que es degradante estar hipotecado ya sea a un individuo o al estado. La enfermedad de la civilización no es tanto la pobreza material de los demás como el debilitamiento del espíritu de libertad y de confianza en sí mismo. La revolución que cambiará al mundo brotará, no de la benevolencia que produce la "reforma", sino de la voluntad de ser libre. Los hombres obrarán conjuntamente con la plena conciencia de su dependencia mutua; pero obrarán para sí mismos. No se les concederá la libertad desde arriba, la conquistarán por si. mismos.

"Los socialistas, pues, deben atraerse a los, trabajadores no preguntando: ' ¿No es desagradable ser pobres, y no. ayudareis a elevar a los pobres?', sino diciendo: 'La pobreza no es sino la, señal de la esclavitud del hombre: para evitarla, tenéis que dejar de trabajar para otros y creer en vosotros mismos.' Existirá esclavitud asalariada mientras haya un hombre o una institución que sea amo de hombres; acabará cuando los trabajadores aprendan a poner la libertad por encima de la comodidad. El hombre corriente se hará socialista no para conseguir, 'un nivel mínimo de vida civilizada', sino porque se sentirá avergonzado de la esclavitud que los ciega a él y a sus companeros, y porque se decidirá a poner fin a un sistema industrial que los hace esclavos. (G. D. 11. Cole Y W. Mellor, Th, Meaning, of Industrial Freedom. Ceo. Allen and Unwin, Ltd., Londres, 1918, PP- 3-4)

"Ante todo, pues, ¿cuál es el, carácter del ideal hacia el cual deben tender los trabajadores? ¿Qué quiere decir ese 'control de la industria' que deben exigir los trabajadores? Puede resumirse en dos palabras: intervención directa. La tarea de dirigir realmente los negocios debe confiarse a los obreros que trabajan en ellos. A ellos debe corresponder el ordenar la producción, la distribución y el cambio. Tienen que conquistar el autogobiemo industrial, con derecho a elegir a sus propios jefes; deben conocer y dirigir todo el complicado mecanismo de la industria y el comercio; deben convertirse en agentes de la comunidad en la esfera económica."

 

C. OBJECIONES SOCIOPSICOLÓGICAS

 

Antes de examinar las sugestiones prácticas para la realización del socialismo comunitario en una sociedad industrial, conviene que examinemos algunas de las principales objeciones a esas posibilidades. El primer tipo de objeciones se funda en la idea de la naturaleza del trabajo industrial, y las otras sobre la naturaleza del hombre y las motivaciones psicológicas del trabajo.



Precisamente en relación con todo cambio en la situación misma del trabajo, formulan las objeciones más radicales contra el socialismo comunitario muchos observadores reflexivos y bien intencionados. El trabajo industrial moderno -dice su argumentación- es, por su misma naturaleza, mecánico, carente de interés enajenado. Se basa en un grado extremo de división del trabajo y no puede nunca ocupar todo el interés y la atención del hombre. Todas las ideas encaminadas a hacer de nuevo interesante el trabajo y a darle un sentido son sueños realmente romántícos, y si se les siguiera con más consecuencia y realismo lógicamente tendrían por consecuencia pedir el abandono de nuestro sistema de producción industrial y la vuelta al modo preindustrial de producción artesanal. Por el contrario -prosigue dicha argumentación-, la finalidad debe consistir en hacer el trabajo más falto de sentido y mecanizarlo más. Hemos visto una gran reducción de la jornada de trabajo en los cien años últimos, y no es ninguna expectativa fantástica una jornada de cuatro o hasta de dos horas en lo futuro. Estamos presenciando ahora mismo un cambio radical en los métodos de trabajo. El proceso del trabajo se 'divide en tantos pequeños componentes, que la tarea de cada obrero se automatiza y no exige su atención activa; así, puede permitirse fantasear y soñar despierto.. Además, usamos máquinas cada vez más automáticas, que trabajan con sus propios "cerebros" en fábricas limpias, bien iluminadas y saludables, y el trabajador no tiene que hacer más que observar algún instritmento mover una palanca de vez en cuando. Realmente, dicen los partidarios de este punto de vista, lo que esperamos es la automatización total del trabajo: el hombre trabajará unas pocas horas, el trabajo no será incómodo ni exijirá mucha atención, sino que más bien será una rutina inconsciente, como la de cepillarse los dientes, y el centro de gravedad pasará a las horas de asueto en la vida de todos los individuos.

El argumento parece convincente, y ¿quién puede decir que la fábrica totalmente automatizada y la desaparición de todo trabajo sucio e incómodo no sean las metas a las que se va aproximando nuestra evolución industrial? Pero hay algunas consideraciones que impiden que hagamos de la automatízación del trabajo nuestra principal esperanza para tener una sociedad mentalmente sana.

En primer lugar, es por lo menos dudoso que la mecanización del trabaio tenga las consecuencias que se suponen en la argumentación citada. Hay muchas cosas que indican lo contrario. Así por ejemplo, un estudio reciente y muy concienzudo entre los obreros de la industria del automóvil demuestra que les desagrada el trabajo en la medida en que encarna las características de la producción en masa, tales como la monotonía y el ritmo mecánico, u otras parecidas. Aunque a una gran mayoría -le gustaba el trabajo por razones económicas (147 contra 7), a una mayoría todavía mayor (96 contra l) le disgustaba por razón del contenido inmediato de la tarea. La misma reacción se manifestaba también en la conducta de los obreros. "Los trabajadores cuyas tareas tienen una puntuación más,alta como 'producción en masa' -es decir, que presentan las características de la producción en masa en una forma extrema- faltan al trabajo con más frecuencia que los trabajadores cuyas tareas tienen una puntuación más baja corno producción en masa. Dejan el trabajo más obreros cuyas tareas tienen una puntuación. más alta como producción en masa, que obreros cuyas tareas tienen una puntuación más baja en ese sentido. También hay que preguntarse si la libertad para fantasear y soñar despierto que prodorciona el trabajo mecanizado es un factor tan positivo y saludable como suponen la mayor parte de los psicólogos de la industria. En realidad, el sonar despierto es un síntoma de falta de relación con la realidad. No conforta ni descansa, es esencialmente una huida con todas las consecuencias negativas que acompañan a toda huida. Lo que los psicólogos de la industria describen con tan brillantes colores es en esencia la misma falta de concentración tan característica del hombre moderno en general. Uno hace tres cosas a la vez porque no hace ninguna de un modo concentrado. Es un gran error creer que es confortable hacer algo sin concentrarse en ello. Por el contrario, toda actividad concentrada, va sea trabajo, juego o descanso (el descanso también es una actividad), es vigorizante, y toda actividad no concentrada es fatigosa. Todo el mundo puede comprobar la verdad de esta afirmación sólo con observarse un poco a sí mismo.

Pero, aparte de todo eso, todavía pasarán muchas generaciones antes de que sealcance ese grado de automatización y de reducción de la jornada de trabajo, especialmente si pensamos no sólo en Europa y los Estados Unidos, sino también en Asia y África, que apenas si han iniciado su revolución industrial. ¿Va el hombre a seguir gastando, durante unos centenares de años todavía, casi todas sus energías en un trabajo sin sentido, esperando el tiempo en que el trabajo apenas si exigirá algún gasto de energía? ¿Qué será de él, entretanto? ¿No será cada vez más enajenado, y esto tanto en sus horas de asueto como en sus horas de trabajo? ¿No es la esperanza de un trabajo sin esfuerzo un sueño basado en la fantasía de la pereza y en la capacidad para oprimir un botón, fantasía más bien insana, sin más? ¿No es el trabajo una parte tan fundamental de la existencia humana, que nunca podrá reducirse, ni, se, reducirá, a una insignificancia casi total? ¿No es el modo de trabajar en sí mismo un elemento esencial en la formación del carácter de una persona? ¿No llevará el trabajo totalmente automatizado a una vida totalmente automatizada?

Aunque todas esas preguntas son otras tantas dudas relativas a la idealización del trabajo totalmente automatizado, debemos tratar ahora de las opiniones que niegan la posibilidad de que el trabajo pueda ser atrayente y tener un sentido, y en consecuencia, que verdaderamente pueda humanizarse. La argumentación es la siguiente: el trabajo en la fábrica moderna no produce, por su misma naturaleza, interés ni satisfacción; además, hay trabajos que no pueden dejar de hacerse y que son positivamente desagradables o repelentes. La participacion activa del obrero en la dirección es incompatible con las exigencias de la industria moderna y nos llevaría al caos. Para actuar apropiadamente en este régimen, el hombre tiene que obedecer, que adaptarse a una organización sometida a una rutina. El hombre es holgazán por naturaleza y nada propicio a asumir obligaciones; por lo tanto, hay que condicionarlo para que trabaje sin, rozamientos y sin demasiada iniciativa ni espontaneidad.

Para tratar de estos argumentos convenientemente, hemos de permitirnos algunas especulaciones sobre el problema de la indolencia y el de las diversas motivaciones del trabajo.

Es sorprendente que psicólogos y profanos puedan sustentar aún la opinión de la indolencia natural del hombre, cuando tantos hechos observables la contradicen. La indolencia, lejos de ser normal, es un síntoma de desarreglo mental. En realidad, una de las formas peores de sufrimiento mental es el tedio, el no saber uno qué hacer de sí mismo, ni de su vida. Aunque no recibiera remuneración monetaria o de otra clase, el hombre estaría ansioso de emplear su energía en algo que tuviera sentido para él, porque no podría resistir el tedio que produce la inactividad.

Observemos a los niños: nunca están ociosos; con el estímulo más ligero, o aun sin él, siempre estás ocupados en jugar, en hacer preguntas, en imaginar cuentos, sin otro incentivo que el placer de la actividad por sí misma. En el campo de la psícopatología vemos que la persona que no tiene interés en hacer nada está gravemente enferma y anda lejos de presentar el estado normal de la naturaleza humana. Hay información muy numerosa sobre los trabajadores en tiempos de paro forzoso, que sufren tanto o más por el obligado "descanso" como por las privaciones materiales. No son menos los informes que demuestran que para muchos individuos de más de sesenta y cinco años la necesidad de dejar de trabajar les produce profunda infelicidad y en muchos casos decaimiento y enfermedades.

Sin embargo, hay buenas razones para la creencia tan generalizada en la indolencia innata del hombre. La principal radica en el hecho de que el trabajo enajenado es aburrido e instisfactorio, que se producen una tensión y una hostilidad grandes, las cuales conducen a la aversión al trabajo que uno hace y a todo lo relacionado con él. En consecuencia, hallamos que el ideal de muchas gentes es la holganza y el “no hacer nada”. Así, la gente cree que la holganza es el estado “natural” de la mente, y no el síntoma de un estado patológico, resultante del trabajo sin sentido y enajenado. Al examinar las opiniones corrientes sobre la motivación del trabajo, se hace evidente que se basan en el concepto del trabajo enajenado y que, por lo tanto, sus conclusiones no tienen aplicación al trabajo atractivo y no enajenado.

La teoría convencional y más común es que el dinero constituye el principal incentivo para trabajar. Esa solución puede tener dos sentidos diferentes: primero, que el miedo a morirse de.hambre, es el incentivo principal para trabajar; en este caso, el argumento es indudablemente cierto. Muchos tipos de trabajo no serían aceptados nunca a base del salario o de otras condiciones de trabajo, si el obrero no se hallara ante la alternativa de aceptar esas condiciones o morirse de hambre. En nuestra sociedad el trabajo desagradable y humilde no se hace voluntariamente, sino porque la necesidad de ganarse la vida obliga a muchas personas a hacerlo.

Con la mayor frecuencia esta idea del incentivo del dinero se refiere al deseo de ganar más dinero como motivación para esforzarse más en el trabajo. Si el hombre no fuera tentado por la esperanza de una remuneración monetaria mayor -dice este argumento-, no trabajaría, o por lo menos trabajaría sin interés.

Aún existe esta convicción en la mayoría de los industriales y en muchos líderes de sindicatos. Así, por ejemplo, cincuenta directores de fábricas contestaron del modo siguiente a la pregunta relativa a lo más importante para aumentar la productividad del trabajador:

 

"Sólo el dinero, es la respuesta"....................................................................................44%



"El dinero es con mucho la cosa principal, pero hay que

dar alguna importancia a cosas menos tangibles"............................28%

"El dinero es importante, pero más allá de cierto punto no

producirá resultados"....................................................................28%

100%

 

(Véase el estudio citado en el Public Opinion Index for Industry de 1947, tomado de M. S. Viteles, Motivation and Moral in Industry. W. W. Norton & Company Nueva York, 1953.)



 

En realidad, los patronos de todo el mundo son partidarios de planes basados en el incentivo del salario como el único medio de conseguir una mayor productividad del trabajador individual; ganancias mayores para los obreros y los patronos e indirectamente, menos ausentismo, una vigilancia más fácil, etc. Los informes y estudios hechos por oficinas de empresas industriales y el gobierno “en general atestiguan la eficacia de lo planes basados en el destajo para aumentar productividad y alcanzar otros objetivos”. (lbid P. 27) Parece que también los trabajadores creen que el destajo produce el mayor rendimiento por hombre. En un estudio realizado en 1949 por la Opinión Research Corporation, que abarcó a 1.021 trabajadores manuales que constituían una muestra nacional de empleados y de compañías manufactureras, el 65 por ciento dijo que el destajo aumenta la producción, y sólo el 22 por ciento contestó que la paga por horas conseguía ese efecto. Pero interrogados acerca del método de paga que preferían, el 65 por ciento contestó que la paga por horas, y únicamente el 29 por ciento se mostró favorable al destajo. (La proporción de la preferencia por la paga por horas fue de 74 a 20 en el caso de trabajadores por horas, pero aun tratándose de obreros que ya trabajaban a destajo, el 59 por ciento fue favorable a la paga por horas, contra el 36 por ciento, que se mostró partidario del destajo.)

Según Viteles, estos últimos datos revelan que "aunque el destajo es muy útil para aumentar la producción, por sí sólo no resuelve el problema de conseguir la cooperación de los trabajadores. En determinadas circunstancias, puede intensificar ese problema." Comparten esta opinión un número cada vez mayor de psicólogos de la industria y aun algunos industriales.

Pero el estudio de los incentivos monetarios sería incompleto si no tomáramos en cuenta el hecho de que el deseo de ganar más dinero es constantemente fomentado por la industria misma, que confía en el dinero como principal incentivo para trabajar. Mediante la publicidad, el sistema de ventas a plazos y otros muchos recursos, el ansia del individuo de comprar más cosas y más nuevas es estimulado hasta el punto de que rara vez puede tener dinero bastante para satisfacer esas "necesidades". Así, artificialmente estimulado por la industria, el incentivo monetario juega un papel mayor del que jugaría sin ese estímulo. Además, no es necesario decir que el incentivo monetario tiene que jugar papel importantísirno por cuanto que es el único incentivo, porque el proceso del trabajo es por sí mismo insatisfactorio y aburrido. Hay muchos ejemplos de casos en que la gente elige un trabajo con menor remuneración monetaria, sólo porque es más interesante por sí mismo.

Al lado del dinero, se consideran incentivos importantes para trabajar el prestigio, la posición y el poder que lo acompañan. No es necesario demostrar que el ansia de prestigio y de fuerza constituye hoy el incentivo más poderoso para trabajar entre las clases media y alta; en realidad, la importancia del dinero radica en gran parte en que representa prestigio, tanto por lo menos como seguridad y confort. Pero se desconoce con frecuencia el papel que la necesidad de prestigio juega también entre, los obreros, los oficinistas y los primeros grádos de la burocracia industrial y comercial. La placa del mozo del coche Pullman, del cajero del banco, etc., son cosas psicológicamente importantes para su sensación de importancia, como lo son el teléfono personal y la oficina más amplia para las jerarquías superiores. Esos factores de prestigio también juegan un papel entre los trabajadores de la industrias.

Dinero, prestigio y fuerza son hoy los incentivos principales para el sector más amplio de nuestra población: el sector empleado. Pero hay otras motivaciones: la satisfacción de crearse una existencia económicamente independiente y la ejecución de un trabajo bien becbo, cosas ambas que hacen el trabajo mucho más significativo y atrayente que la motivación del dinero y de la fuerza. Pero aunque en el siglo XIX y principios del XX la independencia económica y la pericia eran satisfacciones importantes para el hombre de negocios independiente; para el artesano y para el obrero muy especializado, el papel de tales motivaciones disminuye ahora rápidamente.

En relación con el aumento de personas empleadas, en contraste con el número de personas independientes, advertirnos que a comienzos del siglo XIX las cuatro quintas partes aproximadamente de la, población ocupada trabajaba para sí misma; hacia 1870 sólo pertenecía a este grupo la tercera parte, y en 1940 esta vieja clase media comprendía sólo la quinta parte de la población ocupada.

Este paso de trabajadores independientes a trabajadores empleados conduce por sí mismo a disminuir la satisfacción en el trabajo por las razones que ya hemos expuesto. La persona empleada trabaja, más que la independiente, en una posición enajenada. Ya gane,un salario alto o un salario bajo, es un mero accesorio de la organización, y no un ser humano que hace algo para sí mismo.

Pero hay un factor que podría mitigar la enajenacion del trabajo, y es la pericia que se necesita para hacerlo. Mas también aquí las cosas evolucionan en el sentido de disminuir la habilidad y, por consiguiente, en el de aumentar la enajenación.

Entre los trabajadores de oficina se necesita cierto grado de pericia, pero el factor de “una personalidad agradable”, hábil para venderse a sí misma, va ganando importancia sin cesar. Entre los trabajadores industriales, el viejo tipo de obrero hábil en muchos oficios cada vez pierde más importancia, comparado con el trabajador semiespecializado. En las fábricas Ford, a fines de 1948, el número de trabajadores que podía ser preparado en menos de dos semanas era del 75 al 80 por ciento de todo el personal obrero de la casa. De una escuela profesional de ésta, que tiene cursos para aprendices, sólo salían al año trescientos graduados, la mitad de los cuales entraban en otras fábricas. En una fábrica de baterías de Chicago, entre un centenar de mecánicos considerados como muy especializados, sólo hay quince que tengan conocimientos técnicos extensos; otros cuarenta y cinco están "especializados" sólo en el uso de una determinada máquina. En una de las fábricas de la Western Electric de Chicago, la preparación media de los trabajadores requiere de tres a cuatro semanas, y hasta seis meses para las tareas más delicadas y difíciles. El personal total de 6,400 empleados se componía en 1948 de unos 1,000 trabajadores de oficina, 5,000 trabajadores industriales y sólo

400 que pudieran considerarse especializados. En otras palabras, está únicamente especializado menos del 10 por ciento de todo el personal. En una gran fábrica de dulces de Chicago, el 90 por ciento de los trabajadores sólo necesita un aprendizaje "sobre la marcha" que no requiere más de 48 horas. (Estas cifras están tonadas de G. Friedniaxin, loc. cit., PP. 152 SS)

Hasta una industria como la relojera suiza, que se basaba en el trabajo de hombres muy preparados y hábiles, ha experimentado cambios radicales a este respecto. Aunque hay todavía muchas fábricas que producen de acuerdo con el principio tradicional de la artesanía, las grandes fábricas de relojes establecidas en el cantón de Soleura sólo tienen un pequeño, porcentaje de obreros verdaderamente especializados. (Véase G. Friedmann, loc. Cit., PP- 319-20).

En resumen, la inmensa mayoría de la población trabaja en cosas que requieren pcca pericia y casi sin oportunidades para desarrollar algún talento especial o para hacer algo que se distinga. Mientras los grupos directivos o profesionales tienen por lo menos un interés grande en hacer algo que sea más o menos personal, la inmensa mayoría vende su capacidad física, o una parte extraordinariamente pequeña de su capacidad intelectual, a un patrona que la emplea para tener ganancias que ella no comparte, en cosas en que no tiene interés, con el único objeto de ganarse la vida y satisfacer por alguna casualidad su anhelo de consumidor.

Disgusto, apatía, tedio, falta de alegría y de felicidad, una sensación de inutilidad y el vago sentimiento de que la vida no tiene sentido, son los resultados inevitables de esa situación. Este síndrome patológico socialmente modelado, puede no ser advertido por las gentes; se le puede ocultar con una huida frenética hacía actividades evasivas, o con el ansia de tener más dinero, fuerza,y prestigio. Mas el peso de estas últimas motivaciones es tan grande sólo porque la persona enajenada no puede dejar de buscar esas compensaciones de su vacuidad interior, no porque esos deseos sean los incentivos "naturales" o más importantes para trabajar.

¿Hay algún indicio empírico de que la mayor parte de la gente esté actualmente disgustada con su trabajo?.

Al tratar de responder a esta pregunta, tenemos que distinguir entre lo que las gentes piensan conscientemente y lo que sienten inconscientemente acerca de su satisfacción. De la experiencia psicoanalítica resulta evidente que el sentimiento de infelicidad y disgusto puede ser profundamente reprimido; una persona puede sentirse conscientemente satisfecha, y sólo los sueños, alguna enfermedad psicosomática, los insomnios y otros muchos síntomas pueden manifestar la infelicidad subyacente. La tendencia a reprimir la insatisfacción y la infelicidad es vigorosamente apoyada por la idea, tan generalizada, de que el no sentirse saitisfecho significa, ser "un fracaso", un inadaptado, un incapaz, etc. (Así, por: ejemplo, el número de personas que piensan conscientemente que están felizmente casados, y expresan con sinceridad esa creencia cuando responden a un cuestionario, es muchísimo mayor que el de las personas que realmente son felices en su matrimonio.)

Pero aun los mismos datos sobre la satisfacción consciente en el trabajo, son expresivos.

En un estudio sobre la satisfacción en el trabajo realizado en escala nacional, manifestaron estar satisfechos con su trabajo y gozar con, él el 85 % de los profesionales y los ejecutivos, el 64 % de los trabajadores de oficina el 41 % de los trabajadores de fábrica. En otro estudio encontramos cifras similares: el 86 % de los profesionales, el 74 % de los directivos, el 42 % de los empleados de comercio, el 56 % de los trabajadores especializados y el 48 % de los semiespecializados, se manifestaron satisfechos. (Véase C.W.Mille, loc. cit., P. 229.)

Vemos en, esas cifras una discrepancia significativa entre los profesionales y los ejectitivos, de un lado, y los trabajadores y los oficinistas, de otro. Entre los primeros, sólo una minoría esta insatisfecha; entre los últimos, lo están más de la mitad. Respecto de la población total, esto significa, en términos generales, que más de la mitad de la población total empleada está conscientemente insatisfecha con su trabajo, y que no goza con él. Si atendemos a la insatisfacción inconsciente, el porcentaje sería bastante mayor. Tomando el 85 % de profesionales y directivos "satisfechos", tendríamos que ver cuántos de ellos sufren presión sanguínea alta, úlceras, insomnio, tensión nerviosa y fatiga debidos a causas psicológicas. Aunque acerca de esto no hay datos exactos, es indudable que, teniendo en cuenta esos síntomas, el número de personas verdaderamente satisfechas que disfrutan con su trabajo sería mucho menor que el que dan las cifras arriba citadas.

Por lo que respecta a los obreros y empleados de oficina, aun el porcentaje de personas conscientemente insatisfechas es notablemente alto, y sin duda es mucho más elevado el número de trabajadores y oficinistas inconscientemente insatisfechos. Así lo indican diversos estudios que revelan que las neurosis y las enfermedades psicogénicas son las principales causas de ausentismo (los cálculos sobre la presencia de síntomas neuróticos entre los obreros de fábrica señalan hasta un 50 %). La fatiga y el cambio frecuente de tarea son otros síntomas de insatisfacción y resentimiento.

El síntoma más importante desde el punto de vista económico y, en consecuencia, el mejor estudiado,es la tendencia, tan generalizada.entre los trabajadores de fábrica, a no dar lo mejor de sí en el trabajo, o la "restricción del trabajo", como se le llama con frecuencia. En una encuesta dirigida por la Opinion Research Corporation en 1945, el 49 % de los trabajadores manuales interrogados contestó que "cuando un hombre hace una tarea en una fábrica, produce todo lo que puede", pero el 41 % respondió que no bacía todo lo que podían, sino únicamente el término medio de la producción corrientes. (M. S. Viteles, loc. cit., p. 6 y) (14)

.


(14) Con el título de "The Decline of Economic Man", Viteles llega a esta conclusión: "En general, los estudios del tipo arriba citado constantemente vienen en apoyo de las conclusiones a que llegó Mathewson, corno resultado de observaciones en fabricas y de entrevistas con representantes de la dirección, y que son las siguientes:

l. Las restricciones son una institución muy generalizada, hondamente atrincherada en los hábitos de trabajo de las clases laborante norteamericanas.

2. La dirección científica no ha sabido desarrollar el espíritu de confianza entre las partes del contrato de trabajo, que ha sido tan poderoso en crear buena voluntad entre las partes del contrato de ventas.

3. El trabajo lento y las restricciones son problemas más importantes que el trabajo hecho rápidamente y mal. Los esfuerzos de los directores para hacer trabajar de prisa a los obreros han sido anulados por el ingenio de éstos para inventar procedimientos restrictivos.

4. Los directores se han sentido tan contentos con los resultados generales de la producción por hombre-hora, que sólo han prestado atención superficial a la aportación o falta de aportación de los trabajadores al aumento de rendimiento. Los intentos para conseguir el aumento de la producción se han distinguido por sus método tradicionales y anticientíficos, mientras que los trabajadores se han atenido a las prácticas consagradas de autoprotección que precedieron a los estudios sobre el tiempo necesario para hacer determinada tarea, a los planes de bonificación o pagos extras, y a otros procedimientos para estimular la capacidad de producción.

Independientemente del grado en que el individuo pueda o no desear contribuir al trabajo de una jornada completa, sus experiencias reales le disuaden con frecuencia de desarrollar buenos hábitos de trabajo." (M. S. Viteles, loc. cit., páginas 58-9.)

 

Vemos, pues, que existe mucha insatisfacción consciente, y mucha más aún inconsciente, con el tipo de trabajo que nuestra sociedad industrial ofrece a la mayor parte de sus individuos. Unos se esfuerzan por compensar su insatisfacción con una mezcla de, incentivos monetarios y de prestigio, y es indudable que esos incentivos producen un considerable ardor para el trabajo, especialmente en los escalones medios y altos de la jerarquía de los negocios. Pero una cosa es que esos incentivos hagan trabajar a la gente, y otra cosa muy diferente que el modo de trabajar conduzca a la salud mental y a la felicidad. Los estudios sobre la motivación del trabajo por lo general sólo toman en cuenta el primer problema, a saber, si este o el otro incentivo aumentan la productividad econónúca del trabajador, pero no el segundo, o sea el de su productividad humana. Se ignora el hecho de que hay muchos incentivos que pueden mover a una persona a hacer algo, pero que al mismo tiempo son perjudiciales para su personalidad. Un individuo puede trabajar empeñosamente por miedo, o por una sensación interior de culpabilidad; la psicopatologia ofrecen muchos ejemplos de móviles neuróticos que unas veces conducen a la sobreactividad y otras a la inactividad. La mayoría de nosotros suponemos que el tipo e trabajo corriente en nuestra sociedad, a saber, el trabajo enajenado, es el único tipo existente, y que, por lo tanto, es natural la aversión al trabajo, y que, en consecuencia, los únicos incentivos para trabajar. son el dinero, el prestigio y la fuerza. Si usáramos un poquito nuestra imaginación, reuniríamos una buena cantidad de pruebas de nuestras propias vidas, de la observación de los niños y de muchas situaciones en que difícilmente podemos dejar de hallarnos, con alguna frecuencia, que nos convencerían de que deseamos emplear nuestra energía en algo que tenga sentido, que nos conforte, si lo, hacemos, y que estamos perfectamente dispuestos a aceptar una autoridad racional si lo que hacemos tiene sentido.



Pero aun siendo,verdad eso, muchas personas objetan que esa verdad nos sirve, de muy poco. El trabajo industrial, mecanizado, no puede, por su misma naturaleza, tener sentido, no puede producir ningún placer ni satisfacción, y no hay modo de cambiar estos hechos, a menos que renunciemos a nuestras conquistas técnicas. Para responder a esta objeción y pasar a examinar algunas ideas relativas al modo como podría tener sentido el trabajo moderno, deseo señalar dos aspectos diferentes del trabajo que importa mucho discernir para nuestro problema la diferencia existente entre el aspecto tecnico y el aspecto social del trabajo.

1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal