Epílogo Nuevamente, las caras bifrontes del proceso y la teoría



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Epílogo
Nuevamente, las caras bifrontes del proceso y la teoría
H acia el cierre de este estudio, en primer lugar anotemos de manera ordenada aunque sumaria cuáles han sido los ejes en torno a los que giró el mismo. Luego avanzaremos hasta las conclusiones finales.

Uno. Está hoy muy claro, puede decirse, que la democracia es el mejor régimen comparado de gobierno, o sea la forma política superior a tomar por el estado contemporáneo; incluso encontrándose ella, como se encuentra, muy por debajo de sus posibilidades.216 Si la afirmación es susceptible de argumentación teórica suficiente, más importante al respecto es empero el modo tan conclusivo en que lo enseñaron la historia del siglo xix y muy en particular la del xx. Este último siglo estuvo prácticamente entregado a experimentar una larga serie de alternativas a la versión más bien o pronunciadamente liberal de la democracia que nuestro tiempo conoce. Y lo que consta ahora de manera universal es que las alternativas fueron un fracaso o resultaron suicidas, perdidosas hasta militarmente con los en algún momento muy contados países que en cambio la mantuvieron y vigorizaron.

Sin embargo, dos, la democracia no se agota en un Estado de Derecho liberal y constitucionalizado. El respeto dogmático por las libertades y las personas es parte esencial de su orgullo y su promesa a futuro, y algo que difícilmente pueda terminar de exaltarse con palabras; pero esto no es todo, menos aun en pura (pero buena) doctrina. Si es de democracia que hablamos, desde el tiempo de Aristóteles la democracia es por definición -aunque en la modernidad con ajuste a aquello- básicamente el gobierno siquiera en última instancia de una voluntad popular que está arreglada en el interés más colectivo, y así otro objetivo humano grandioso (asimismo, una meta colosal). En las circunstancias del mundo contemporáneo, un gobierno indirecto, por supuesto, pero se espera que representativo en un sentido que vaya más allá de la mera letra o el diseño en abstracto de los diversos mecanismos pensados a tal efecto. Dicho simplemente, se trata de que la democracia estará en falta mientras no esté basada en la igualdad y la libertad unidas de la población, como también mientras no estén ellas presentes a pleno, abarcando efectivamente al conjunto de cada sociedad: mientras no dé curso a la representación de la sociedad cabalmente.

Tres, la democracia que existe, digámoslo una vez más, tal como puede existir, en cada caso y todos los casos lo hace inscripta en un contexto estatal-social mayor que el suyo, de donde resulta que el contexto la atraviesa e infiltra siempre en sus propios términos. El dato, incorregible, estrictamente un datum, por encima o por debajo de teorías y doctrinas impone pues considerar las historias y las situaciones reales. La realidad ha traído y seguirá trayendo distintas experiencias, distintos tipos y también distintos grados de realización de la democracia, según se configura cada uno dentro de su margen de “posibilidad” existente y en correspondencia con él.

Cuatro, precisamente, la experiencia habida muestra que los dos componentes centrales de la democracia -el popular de autogobierno y el liberal de estado de derecho- se han realizado aquí y allá mejor o peor, sólo que en general siempre de manera menos o más limitada, insuficiente y/o precaria. En suma: de conformidad, nuevamente, con (a) los contextos en que se inscribió o inscribe, esos que prácticamente le han sobreimpreso caso por caso sus rasgos de realización y que en Occidente (aunque hay situaciones mejores y peores) al cabo de uno a dos siglos no han sido muy favorables a que todos los individuos y sectores resultaran en personas siquiera más cercanamente libres e iguales cada uno como entre sí; al contrario, en el último tiempo y en la gran mayor parte de los países democráticos la brecha entre los ricos y los pobres, antes ya enorme, en muchos un abismo, termina todavía ensanchada; y también con (b) lo muy imperfectamente que puede siempre funcionar el canal de la representación, tanto más en dichas condiciones.

Cinco, en esos mismos países la democracia (aun la limitada y precaria en cuanto a su existencia real) está ella misma lejos de haberse desplegado monopólicamente como la forma de gobierno vigente. En rigor, coexiste y se entreteje con otros patrones de comportamientos políticos regulares y de formas de producir las tomas de decisiones y no-decisiones en el gobierno efectivo (y más que formal) de las naciones. Y, con frecuencia, parece más un campo intensamente minado para frenar el avance democrático.

Seis, la “democracia mixta” entera, DM, como la hemos llamado y fue aquí presentada, constituye en cierto sentido la clave de bóveda de un orden determinado de dominación, la versión capitalista liberal del mismo. Ahora, para ser precisos, el problema que ello encierra consiste en esto: según la experiencia, ése es el mejor orden comparado -uno en el que la lógica de la democracia puede actuar y entonces permite siempre esperar desarrollos para mejor-, sólo que de modo simultáneo y a la vez confusamente es un orden en el que la democracia funciona por lo general como velo cuando no reaseguro de dicha dominación.

Siete, esa democracia apreciada en uno, a todo evento precisada en dos, y cuya compleja y contradictoria entidad se alcanza en seis, ha venido en los últimos tiempos en la compañía indeseable de una irritante y creciente desigualdad. Lo expuesto en tres a seis permitiría comprender cómo fue en todo caso posible, teórica y esquemáticamente, que ello sucediera según las causales en ese plano, las causales más políticas.

Y bien, descifrar tal mecánica ha sido el objeto y la intención del trabajo, que se puso entonces a un análisis per se crítico de “la democracia real” contemporánea. La veta crítica, más que elegida, está ya en la preocupación por la aparente indiferencia y parsimonia cuando no por la invisible y quizás involuntaria pero clara impotencia o probada “complicidad” de la democracia real a aquel respecto; y parte de tener a la injusticia, la exclusión, la pobreza o, peor, la lisa y llana miseria, con su entraña de vida subhumana y sin ningún futuro, como otros tantos horrores y atrocidades humanas no menos afligentes -sólo que tal vez menos espectaculares- que la prisión, el asesinato político, los campos de concentración y los gulag, pero tan “efectivos” como ellos en el largo plazo lo mismo que en lo inmediato.

Que la democracia en curso sea múltiplemente criticable no nos hace felices, desde luego, ni nos felicitamos por evidenciarlo. Así y todo, lamentamos que algún autor se haya dejado ver últimamente como saturado de las críticas a la misma y aun más harto de los críticos.217 Porque sólo a través del reconocimiento de las limitaciones y los defectos de aquélla se puede sucesivamente sacar ventaja de la perfectibilidad propia de la lógica de la democracia, que es a lo que se puede apostar. Y entramos ahora en la culminación del tema.

Está en orden un par de reparos. Se nos puede reprochar el olvido de que sea precisamente en su ámbito y gracias a los grados de una efectiva vigencia de la democracia que podemos criticarla activa y públicamente. Esto último es cierto, pero no aquello de que lo olvidamos. También es verdad, fue remarcando sus limitaciones y defectos que el siglo xx se puso a imaginarle terapias radicales, correcciones quirúrgicas varias, las cuales, según puede esperarse en cirugía, resultaron todas sangrientas; sólo que tampoco lo desconocemos. (Si no fueron todas fatales y supieron hacer correr sangre en grado diverso, en cualquier caso lo indudable es que ninguna de las que conoció Occidente dejó de resultar peor que las enfermedades y lacras supuestas o reales que una tras otra querían superar, esto en términos -siquiera en el plazo largo, cuando no ya en el corto- incluso económicos, pero más que nada sociales y humanos, y además respecto de las libertades personales). Ahora, ¿qué se sigue de las objeciones mismas, qué debe seguirse?

En verdad, nada único, hay que ir por partes. Se sigue que la democracia liberal contemporánea es por sí notablemente valiosa, queda dicho de una vez última por todas. No corresponde seguir, en cambio, que por tanto sea igual al modelo que propone idealmente;218 tampoco, que haya configurado un orden en la actualidad positivamente justo, ni muchísimo menos; ni tampoco que constituya el medium siempre adecuado para lograrlo un “máximo-posible”, aunque carezca de sustituto; ni aun que haya satisfecho demasiado bien la función de canalizar, regular y moderar los conflictos sociales lo más equitativamente; ni, para terminar, que ella misma pueda ser y funcione cabalmente como el régimen político-institucional según se postula -de hecho, no puede serlo ni funcionar tal cual, por todas las razones político y socio-lógicas que enunciamos al comienzo mismo y luego a lo largo del trabajo.

Es sólo así cómo la democracia pudo venir en la última parte del siglo xx en compañía de una desigualdad en crecimiento; en todo caso, el proceso proveyó el tiro de gracia a través de una ideología hegemónica apabullante que ha dictaminado secamente “No hay alternativas, por ahora sólo podemos tener democracia con desigualdad”, en tanto para millones y millones de individuos humanos en sufrimiento el interinato se hace eterno.219 Y cómo, también, puede entonces reclamársele que vuelva por sus fueros o, si no, deje al desnudo lo que parece imposible, falso o engañoso en la idea.

Libertad versus igualdad
Terminemos de explorar eso. Comenzamos en su momento la tarea con la colaboración de Alexis de Tocqueville, acabémosla ahora también con su asistencia; parece incluso apropiado. La enseñanza de La Democracia en América era que la igualdad social podía amenazar la libertad política. Eso es lo que Tocqueville veía en el horizonte, un horizonte difícilmente soslayable en su perspectiva, aun si en algún país tan variadamente favorecido (en términos de situación geográfica, recursos, cultura política, y demás) como los nuevos Estados Unidos quizás pudiera conjurarse. Ya repasamos su análisis al respecto.220

Tocqueville tuvo razón por ambos lados de su reflexión: en el plano político, y sin perjuicio de mejoramientos sociales siquiera temporarios, a veces consolidados, el avance del democratismo popular / populista resultó por doquier, efectivamente, en poderes y desarrollos entre tutelares, controladores y opresivos, mientras en algunos países (los menos, desafortunadamente) se pudo acotar o sujetar mejor el proceso echando mano de determinadas instituciones, sin hablar de los recursos favorables con que contaban, preservándose y hasta desenvolviéndose en ellos los regímenes pluralistas más civilizados.

Por otra parte, no contempló Tocqueville, sin embargo, cómo la desigualdad existente en su época podía en paralelo confirmarse, al menos en plazos medios o más largos, incluso renovándose. También hablamos de ello en su momento. Pero un aspecto de la cuestión necesita ahora ser subrayado. Precisamente en el país que le alumbraba a Tocqueville la visión del futuro humano, aquellos Estados Unidos proyectados desde la década de 1830 hacia adelante, la evolución tuvo algo crucial por él no previsto y también, sobre todo, paradigmático. Sintéticamente: si la libertad política se conservó en el tiempo, lo hizo tanto como la libertad sola y estrictamente económica, y ésta, poco a poco, pasó luego en ese mismo país modelo político a afectar de la manera más sensible la propia igualdad social existente en el primer tercio de dicho siglo, por comparación -esclavitud aparte- mayor y más homogénea que la siguiente y actual.221 Mutatis mutandis, lo mismo sucedió en todos lados sólo que en los demás más bien contrapesando las tendencias que apuntaban hacia una mayor igualdad social respecto de la existente.

Desarrollos materiales aparte, la libertad económica, garantizada por la política y desvaneciendo la conciencia ciudadana tras su nacimiento, acabó de este modo con los años (tanto más en países menos ricos, pero ya en los Estados Unidos, el paradigma) por infiltrar negativamente y no pocas veces caricaturizar a la democracia. Que a su turno se volvió por eso -como por otros factores, desde luego- más una “democracia real” contemporánea que la promesa única que encerraba. Es lo que se olvida en demasía cuando se habla del triunfo de la democracia para fines del siglo xx, lo mismo que cuando se la entiende sin más como en matrimonio necesario con la economía de mercado, y lo más felices cada uno y ambos sólo cuando están esposados.222

Es esta, patentemente, una materia que hoy demasiados descuidan y muchos desdibujan, pero que no cabe sino poner de relieve y en la que además hay que internarse. Aquí y a estas alturas, lo haremos por último nosotros mediante una cita contemporánea, ciento sesenta y tres años posterior a la segunda parte de La Democracia en América, o sea posterior en tantos años como los del período histórico que ha definido el presente. Si el salto es considerable, según va a notarse de inmediato, ya se verá asimismo que combina.

“Resulta claro -ha escrito ahora otro francés- que el socialismo se hundió en la práctica y la teoría, y, con él, el sueño de que se podía crear un mundo más solidario, más tranquilizador para el porvenir del hombre. El mercado, anónimo, triunfó en todas partes, pero sigue estando animado por un designio misterioso. La mayoría de los comentaristas hablan de él como de una persona, dotada de poderes considerables y capaz de decisión, y no como de un lugar ficticio en que se encuentran los agentes económicos: ¿no se dice que `el mercado sanciona (o acoge favorablemente) la política de tal o cual gobierno´? Sin embargo, el mercado no es Dios vuelto a la tierra luego de la derrota del socialismo, sino un método de asignación de los recursos escasos que presuntamente garantiza que estos se afecten a los usos en que son más productivos. Por ejemplo, el ahorro irá a los lugares en que las oportunidades son más rentables”. Quien escribe, Jean-Paul Fitoussi, agrega que, no obstante, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Simplemente, sucede que “el mercado no designa un lugar ficticio de coordinación de los agentes sino el grupo de individuos o instituciones que lo dominan, y cuyos intereses, bien identificados, en general no coinciden con los de la sociedad en su conjunto.”223

La experiencia íntegramente socialista ha fracasado, sin duda. Pero, atando los cabos, por el lado del capitalismo se trata entonces de que hasta aquí hemos llegado con la libertad económica, tanto más cuanto más fue dejada a sus anchas. Lo que había para subrayar entonces en las sociedades estratificadas a su manera, y que no debe olvidarse, es que las consecuencias de ella no son únicamente económicas ni tampoco unívocas. Más, a finales del siglo xx la precisión de Fitoussi es a su propósito inevitable, por lo menos en la medida en que los actores y las decisiones institucionales o individuales son determinantes, incluso si resultan en lo inesperado. En todo caso, apenas si habría que agregarle -entre sus sujetos- a los aparatos y los cuerpos directivos de las gigantescas corporaciones multi y trasnacionales y de las grandes potencias, sobre todo si enfocamos la dimensión internacional. Lo que cuenta, con todo, es la clase o naturaleza de la precisión misma.224

Occidente, tal vez el mundo capitalista entero, está hoy, como nunca, no ya librado al mercado sino en manos de poderes económicos, más exactamente en las de los financieros, con la política no menos que los mismos estados prácticamente a la deriva de ellos. No es accidental, entonces, lo que recoge la opinión siguiente que el cuadro suscita: “La opinión pública tiene la impresión de que los sucesivos gobiernos son impotentes para resolver los grandes problemas actuales y diseñar un porvenir ... Los centros de decisión parecen alejarse y perderse en el anonimato”. Es otro diagnóstico francés también al día, este de los obispos católicos.225

Lejos pues de gobernar para un mejoramiento, de hallarse verdaderamente al timón de la governance y la governability que tanto se mentan, la democracia actual, particularmente la de finales del siglo xx, está de facto amoldada a esa realidad dominante y resulta así ella misma el canal más prestigioso e insospechado por el que el curso de la desigualdad que impone el presente “capitalismo salvaje” aumente su nivel en la sociedad. En las otras palabras: la libertad económica per se ha subordinado al cabo no sólo a la política sino a la libertad más general a su servicio, y derrotado a la igualdad social.226

Afortunadamente, sería con todo un error muy serio tener a semejante resultado por definitivo. Y no se crea que estamos hablando de un futuro “abierto” a todo el tiempo sino de estos mismos años, la primera parte del siglo XXI.



Oculta, pero entretejida en la trama, la garantía

democrática, positiva y negativa
Hemos escapado, al menos actualmente, de “la tiranía de la mayoría” que temió Tocqueville, sólo que para caer en una tiranía del poder económico y financiero encima y para peor mundializada.227 Con seguridad, Tocqueville mismo no habría dejado de lamentar y censurar este giro inesperado, tan profundamente sine nobilitate (por algunos financieros, como los que citamos en las notas, todavía llevado de lo s.nob. a lo snob más frívolo y por consiguiente social y políticamente deleznable).

De todos modos, si creemos a la historia, parece inherente al curso de las cosas que tenga un final, que resulte transformado: la misma forza del destino que le es intrínseca lo más probablemente llevará antes o después a una implosión global del mismo. Está dibujando un derrotero excesiva y peligrosamente autónomo, hasta stricto sensu anárquico; pero, además, no sólo imprevisible y difícilmente gobernable sino que también demasiado voraz e injusto para lo que son los términos esenciales de la modernidad y su heredero, el mundo de nuestro tiempo. En otras palabras, ese curso niega el hilo que hasta ahora pareció contener la historia moderna profundamente, las claves de una racionalidad in crescendo que se le descifraron a su desarrollo los últimos cientos de años. En consecuencia, es por supuesto muy posible que medien en el ínterin, antes que implosiones, una sucesión de explosiones de menor o mayor gravedad en unos u otros lados, con unos u otros motivos o encadenamientos específicos, pero crecientes. En particular, porque las clases políticas y dirigentes parecen ahora arrastradas por los acontecimientos, como inconscientes -si no insensibles- y discapacitadas para endicar este torrente desbordado en que ha caído la civilización misma en esta etapa del capitalismo liberal. Pensando en los términos históricos de Fernand Braudel, lo seguro es por tanto que siguiendo a tamaño estrangulamiento de la modernización en el plano social no le esperen a la humanidad ni cortas duraciones ni coyunturas amables.228

El descontrol del proceso actual es más profundo y más grave en sí y por sus consecuencias de lo que se está reconociendo. En paralelo a ese proceso, sin embargo, hay algo más para tener en cuenta. A saber, que internacionalmente la ideología y en cada país la lógica de la democracia en sí misma serán en cualquier caso, siempre, la garantía última en la que se puede sin embargo confiar aún para retomar y avanzar en unos rumbos socialmente más equilibrados y equitativos. Es cierto que, en la realidad, la garantía se combina y seguirá combinándose con otros cuantos factores y circunstancias, como también -no conviene engañarse- que en el futuro igual que hasta la fecha seguiremos viendo frustrada en gran parte su promesa, por necesidad propia de la trama, inserta en ella. Se trata de una garantía que la “democracia real” contemporánea no llevó a todas sus consecuencias, lejos de eso, y que tampoco realizará la del porvenir en la medida que quizás se espere. Pero es una garantía que, así y todo, sigue y seguirá contenida en los regímenes democráticos en tanto se fundan y legitiman en ella: esto no tiene vueltas. Va entendido entonces que debe computarse, contra lo que muchas veces dejan creer los análisis realistas (habitualmente sombríos, aunque por supuesto sean más ajustados a la verdad de la realidad que los meramente doctrinarios), el dato de que los regímenes democráticos a la larga siempre han estado y seguirán estando como agarrados por los principios que invocan y en que se basan. Hemos sentado desde el principio que los regímenes políticos no son apenas títeres de las supuestas leyes del desarrollo.

Estamos pues frente a otro proceso bifronte, si es que no continuamos el mismo anterior. Por un lado, existen estructuras muy sólidas de jerarquías y privilegios que no ceden, nacionales e internacionales; además, como siempre, es posible que los seres humanos y las instituciones “queden cortos”, o que fracasen; que en lo individual haya egoísmo, voluntades tramposas y traiciones, intenciones mezquinas, o “prisioneros” de dilemas que hacen su juego; y, por detrás o a través, otras condiciones o determinantes generales, sincronizados o asincrónicos y en armonía o en conflicto, tanto como virtú política insuficiente o una fortuna variable, para reunirnos al final del trabajo también con Maquiavelo. Pero, por el otro lado, consta que nunca ha sido definitivamente posible -al menos desde cumplida la era moderna- contrariar demasiado tiempo sin riesgos y costos muy altos el poder de una idea, un deseo y una esperanza que ya quedaron como fundidos en uno en el corazón mismo de lo que es el prototipo humano del occidente contemporáneo y la tendencia secular de la civilización occidental. Los de justicia con igualdad y, si es posible, mejor, con libertad. Lo que había entrevisto Tocqueville. El núcleo mismo de lo democrático que avanza desde hace siglos.

La tensión es pues esencial. Y aun si cabe que resulte canalizada por distintos desvíos, incluso malversada, es improbable que consiga disolvérsela: reasomará cíclicamente. Por lo demás, si tampoco cabe duda de que (al menos a menudo) en la realidad histórica la “pasión” del caso demostró no saber mucho de teoría ni de instituciones, en rigor, digámoslo así, solió al cabo pasarles siempre por encima y avergonzarlas cuando la contrariaron más allá de unas justificaciones razonables, es decir, de argumentos o excusas que son o parecen admisibles y además no permanentes, no interminables.

La cifra del “problema” es así, en definitiva, la naturaleza de la cosa democrática misma. Honrada en todos los discursos y escrituras acerca de lo que es legítimo que hagan y no hagan los gobiernos de las sociedades, los cuales tienen que invocarla sin falta, continuamente; honrada porque políticamente no puede no serlo, ya que se trata de una creencia-matriz de nuestra época, la pasión democrática no resiste lo que finalmente se ve como burlándola. Será entonces imposible, por supuesto, que resulte excesivamente falsa o demasiado pospuesta. Si cada época de la historia parece creer a pies juntillas en ideas que le son centrales, algunas de las cuales son erradas pero las advierte como tales sólo un tiempo posterior, mientras que otras pasan de generación en generación como per secula seculorum, la democrática (aunque sea en rigor demasiado sencilla, incluso ingenua, como dijimos de entrada) cuenta entre las últimas, la del “pensamiento único” entre las primeras. Volveremos sobre el aspecto.

Entretanto, eso nos devuelve a una tesis del trabajo. Esta “democracia real” en que vivimos, si no resulta objeto de utilizamiento aprovechado en exceso, en cuyo caso tampoco sirve al efecto, en los demás puede constituir y está constituyendo paralelamente el reaseguro último de un orden general que la historia supo ir mejorando pero hoy ha deteriorado -lo sigue haciendo sin medida- y es todavía intrínseca y dramáticamente muy injusto. Dicho de otro modo, la cuestión es que mientras por una parte puede apuntalarla, por la otra y a la vez la democracia vigente disimula esa dominación instanciada en todo estado ya según su misma definición en la ciencia política. En síntesis, un régimen democrático posee en principio las mejores credenciales, hoy ni siquiera disputadas como tales: ahí está el quid de la cosa, en positivo como (lo que estamos subrayando ahora) en negativo.

En el peor sentido, o en su forma actual y dejando aparte las libertades y derechos tan luminosos que también encandilan, la democracia ha co-ínstituído “involuntariamente” o como sea un proceso que siquiera en parte no es menos sino más desencantador y deprimente aun que la fría jaula de hierro que angustiaba a Max Weber en los principios del siglo xx. Aquella que en el cuadro de la decaída democracia liberal parlamentaria de ese tiempo levantaba una burocracia racional pero rutinaria y sin alma, sólo operadora de las situaciones, formada por expertos carentes de la debida educación política y sin talento, excepto el muy “técnico”; una burocracia verdaderamente atrapada pero cómoda en su trama. Y, en su medida, hace hoy un proceso tan inercial como ése sólo que todavía más lastimoso y hasta denigrante de la condición humana y la civilización alcanzada.

Desde el tiempo de Weber ya han transcurrido cien años. Después de ellos y una cruelmente riquísima experiencia, las expectativas -si no de Weber, de los más amplios sectores- han pasado notoriamente de esperanzadas y lo más optimistas a temerosas, casi sin esperanza. Ahora y al cabo la libertades y los derechos se han afirmado como fundamentales, pero estando considerablemente logrados mientras disminuyen o faltan para el grueso las condiciones del bienestar y la fe en el futuro, no bastan. No sirven de consuelo, particularmente, a los enormes contingentes humanos que de hecho no se han visto siquiera alcanzados por ellos y, no pudiendo gozarlos, no tienen en definitiva nada.

En el mejor, por otro lado, puede ayudar a la salida histórica de esta etapa. Como no es seguro, hay que esperar a que sea ella la que lo haga. En el pasado reciente, al menos, el factor determinante de las mayores luchas y tragedias pavorosas del siglo fue exactamente el fracaso de los desarrollos democráticos.


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