¿En qué medida los problemas ecológicos son responsabilidad humana?



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¿En qué medida los problemas ecológicos son responsabilidad humana?1

Alfredo Marcos

Departamento de Filosofía / Universidad de Valladolid

Plaza del Campus / Valladolid 47011

amarcos@fyl.uva.es

Resumen

Para responder a la pregunta que da título a mi intervención exploraré en primer lugar la propia noción de problema ecológico2, tanto desde el punto de vista conceptual y extensional, como desde la perspectiva histórica. En segundo lugar atenderé a la noción de responsabilidad, trataré de calibrar su contenido y alcance en las circunstancias actuales. Analizaré además la conexión conceptual que existe entre responsabilidad y desarrollo sostenible. Por último, y dado que la ética es una disciplina práctica, tendremos que hacer pie en la praxis preguntándonos qué debemos hacer dados los problemas existentes y la responsabilidad que en ellos nos compete. En este tercer tramo del argumento vendrá en nuestra ayuda el principio de precaución entendido como un principio prudencial. Para finalizar, veremos en qué medida estamos actuando con prudencia y haciendo honor a nuestra responsabilidad respecto de algunos problemas ambientales concretos, como son el de la capa de ozono y el del cambio climático.



1. Problemas

1.1. Una advertencia previa

Ya es significativo que percibamos nuestra relación con el ambiente como una ristra de problemas. Este hecho merece una reflexión. Hace unos años se decía que para el urbanita medio, el campo era eso que se veía a los lados de la carretera desde la ventanilla del seiscientos. Hoy, a los lados de la carretera suele haber naves comerciales o industriales y chalés más o menos adosados. El ciudadano inquieto ve el campo desde la ventana de "La 2", y tiende a pensar que la naturaleza es eso que sufre con nuestra industria contaminante y con nuestro consumo desbocado; es el lugar, o lo que queda del lugar, donde los humanos producimos -y aquí empieza la consabida letanía- cambio climático, agujeros ozonosféricos, deforestación, contaminación, extinción, sequía, inundación y catástrofes más artificiales que naturales. Esta forma de ver las cosas tiene su lado bueno, pues la conciencia de los problemas ambientales es una herramienta necesaria, aunque no suficiente, para que entren en vías de solución. Pero también tiene su cara nociva. El medio ambiente que pretendemos proteger empieza a ser percibido socialmente como una especie de pesadilla, como una fuente de preocupaciones, como motivo -o peor aun, disculpa- para la imposición de prohibiciones o restricciones o tasas por parte de los gobiernos, como argumento empleado por algunos fundamentalistas para distribuir culpas a diestro y siniestro, como obstáculo para el desarrollo, como tema recurrente para la moralina pseudodidáctica y el sermoneo facilón...

Esta percepción de nuestra relación con el medio exclusivamente en clave aporética mancilla por igual los dos términos de la relación. Si el ambiente empieza a ser concebido como aquello que nosotros deterioramos, el ser humano empieza a ser visto como aquél que produce el deterioro, el destructor por antonomasia y el malo de la película de la biosfera. A partir de ahí se levanta una auténtica oleada de antihumanismo flagelante, nociva no sólo para las relaciones entre los humanos, sino también para la preservación del medio, pues la mayor parte de los argumentos con que se defiende tal preservación tienen en el centro al ser humano como beneficiario, y todos lo contemplan necesariamente como sujeto de la acción. Una ética ambiental verdadera y útil no puede comenzar por denigrar al ser humano y presentarlo ante sus propios ojos únicamente como productor de males. Sin embargo, desde hace un tiempo, esta clase de retórica invade los medios y nutre ya las pesadillas infantiles.

La naturaleza sigue viva -es bueno decirlo-, se nos ofrece como visión y como recurso. Nuestros artefactos cabalgan a lomos de su dinamismo. Ha sido, y sigue siendo -es justo que se sepa- objeto de lícito disfrute y deleite, fuente de placer saludable para el ser humano. Y sigue mostrándonos -recordémoslo por si alguien lo añoraba- su ferocidad en forma de catástrofe, de dolencia y muerte sin que sea imprescindible nuestro concurso. Recordemos también que la mano del hombre muchas veces mejora, cuida, cultiva, que al menos en ciertas ocasiones prolonga y ramifica la capacidad creadora de la naturaleza, y trae al ser las más gratas y valiosas de sus posibilidades: humaniza.

Es importante que se conozcan los problemas existentes, pero también lo es que se aprecien los resultados positivos obtenidos y que sepamos asimismo aquello que está definitivamente perdido y respecto a lo cual sólo cabe lamentarse, pero no preocuparse.

Creo que es justo hacer estas precisiones antes de dar cuenta de los problemas ambientales, para no trasmitir la falsa idea de que nuestra relación con el ambiente es únicamente eso, una fuente de problemas. Es muy difícil mantener el justo medio entre la ignorancia de los problemas y el alarmismo, pero hay que intentarlo, pues ambos extremos son igualmente peligrosos.

1.2. Consideraciones históricas

Algunos de las problemas ambientales propios de las aglomeraciones urbanas y de los monocultivos empezaron a insinuarse hace más de tres milenios, con el desarrollo de civilizaciones agrícolas en los valles de algunos grandes ríos. Las explotaciones mineras siempre han producido problemas paisajísticos y de contaminación de las aguas. El singular paraje de Las Médulas, en León, resulta hoy digno de contemplación, pero su origen está en una explotación minera realizada por los romanos a base de erosionar la tierra con torrentes de agua artificiales. Aparte de la modificación paisajística y del agotamiento de los recursos auríferos, esta minería se fundaba en la explotación laboral de trabajadores libres y esclavos, que en gran número morían en las galerías inundadas. Por otra parte, desde que existen las minas de carbón, las aguas de las cuencas mineras bajan ennegrecidas.



“Existe una duda sobre ellos –dice Aristóteles en referencia a los delfines- y es la de saber por qué saltan a tierra firme, pues se asegura que hacen esto al azar, sin razón alguna"3. Aun no sabemos hoy a qué debemos atribuir este comportamiento “suicida” de los cetáceos, pero estamos más que dispuestos a jugar con la idea de que es la contaminación originada por el ser humano la que les impulsa a ello. Sin embargo, ya lo hacían en tiempos de los griegos.

“Somos una carga pesada para el mundo y los recursos apenas dan abasto; las quejas llegan de todas partes y las necesidades aumentan continuamente, pese a que la naturaleza ya no puede soportarnos. Debemos encarar los hechos y aceptar que el hambre, la enfermedad y las guerras y las inundaciones, ponen barreras a una humanidad que crece excesivamente”. Lo único sorprendente de este párrafo es que fue escrito en el siglo II d. C., por Tertuliano, en su De Anima, cuando la Tierra “soportaba” unos 300 millones de habitantes.

La producción de carbón vegetal acabó con enormes extensiones de bosque en la Europa medieval. Jean Gimpel, en su libro La revolución industrial en la Edad Media, ofrece datos muy interesantes sobre la deforestación europea en los primeros siglos del segundo milenio: la madera era el principal combustible, tanto para el hogar como para la industria del vidrio y del hierro, las viviendas se construían con madera, así como los barcos, los molinos, los puentes, las empalizadas para la defensa, los telares y otras máquinas. Para construir el castillo de Windsor, en Inglaterra, a mediados del siglo XIV, se talaron del orden de 3.900 árboles, todo un bosque. Para conseguir 50 kg. de hierro se quemaban 25m3 de buena madera.

En 40 días de labor, -nos informa Gimpel- una sola carbonera podía desmontar un bosque en un radio de un kilómetro. En 1300, los bosques de Francia cubrían 13 millones de hectáreas, es decir, un millón de hectáreas menos que en nuestra época4.

Para la construcción de la abadía de Saint-Denis, en 1140, fue muy difícil encontrar en los alrededores de París árboles que diesen las medidas que se necesitaban para hacer las vigas, unos 35 pies de largo. En la península ibérica las guerras entre cristianos y musulmanes afectaron también al medio ambiente, pues el incendio de los bosques del enemigo era práctica frecuente. Según Plinio, un mono podría haber cruzado la península ibérica de rama en rama, sin tocar el suelo. Así era, quizá, en tiempos de Plinio, pero no, desde luego, al final de la Edad Media. Pedro el Cruel, en 1351 anota lo siguiente:

“Se destruyen de mala manera los montes, señaladamente los pinares y encinares, porque derriban cinco o seis pinos para sacar de ellos tres o cuatro rayeros de tea que no valen tres dineros, y que en los encinares para un palo muy sutil que hayan menester, cortan una encina, y los que viven en las comarcas de los pinares y los encinares los cortan y los queman para hacer sembrados”5.

La consecuencia inmediata del uso masivo de madera fue la subida del precio de la misma. Gimpel cuenta que en la Francia del siglo XIII no era infrecuente el alquiler de ataúdes, que se usaban sólo durante el entierro, ya que los precios para adquirirlos definitivamente (y disfrutarlos de por vida) se habían vuelto prohibitivos para muchos. Otra consecuencia fue que a partir del siglo XIII se alzaron algunas voces de protesta contra la destrucción de los bosques y en algunos lugares se reglamentó la explotación abusiva de los bosques. Además el carbón mineral, llamado en Inglaterra "carbón de mar", fue poco a poco sustituyendo a la madera como combustible.

Pero, con la utilización masiva del carbón llegaría la contaminación atmosférica. Los primeros carbones minerales que se utilizaron eran de mala calidad y provocaban humos tóxicos y malolientes. Londres fue la primera ciudad que conoció una contaminación atmosférica seria de origen industrial, ya en el siglo XIII. Tampoco fue ajena esta ciudad a la contaminación de las aguas, provocada sobre todo por mataderos y tenerías. Un texto inglés de 1425 reza así: "Esquiladores y curtidores de pieles contaminan y corrompen el agua del río, envenenando los peces y perjudicando enormemente a las [...] gentes "6.

No obstante existen diferencias en cuanto a la magnitud y globalidad de los problemas, y también en cuanto a la conciencia de cada época. La nuestra es una época dominada por la conciencia de nuestro poder tecnológico y de la crisis ecológica. Es probable que esto no haya ocurrido nunca en el pasado, cuando las posibilidades técnicas eran más parcas, los problemas ambientales tenían rango local y la conciencia de los mismos era muy limitada.

1.3. Problemas ambientales hoy. Criterio para la identificación de problemas ambientales

Para hacernos una idea de cuáles son los problemas ambientales más acuciantes podemos empezar por algunos de los datos que ofrece el informe Geo-2000 y el más reciente informe Geo4, del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente)7. En una encuesta realizada por este organismo entre 200 expertos ambientales de más de 50 países, se les pidió que identificasen los principales problemas ambientales.

Los problemas mencionados con más frecuencia fueron, por este orden: el cambio climático; la escasez de agua dulce; la deforestación y desertificación; contaminación del agua potable; deficiente gobernabilidad; pérdida de biodiversidad; crecimiento y movimiento de la población; valores sociales cambiantes; eliminación de desechos; contaminación del aire; deterioro del suelo; mal funcionamiento de ecosistemas; contaminación química; urbanización; agotamiento de la capa de ozono; consumo de energía; aparición de enfermedades; agotamiento de recursos naturales; inseguridad alimentaria; perturbación del ciclo biogeoquímico; emisiones industriales; pobreza; tecnologías de la información; guerras y conflictos; disminución a la resistencia a las enfermedades; desastres naturales; especies invasoras; ingeniería genética; contaminación marina; agotamiento de las pesquerías; circulación oceánica; degradación de la zona costera; desechos en el espacio; sustancias tóxicas bioacumulativas; efectos de El Niño; y subida del nivel del mar.

Esta relación sugiere inmediatamente algunos comentarios:



a) En primer lugar, es evidente que aquí hay un poco de todo. Junto a genuinos problemas ambientales aparecen otros items que se piensa que son causas de problemas, pero que no son problemas en sí mismos. Por ejemplo, el cambio climático, que es la cuestión que más encuestados mencionan (51%), a gran distancia de la segunda (escasez de agua, 29%), no es en sí mismo un problema, es más, en algunas partes del planeta incluso pueden venir bien unos grados más. Sin embargo, pensamos que el cambio climático puede ser la causa de graves problemas, como inundación de poblaciones, reducción de la producción en zonas tropicales donde ya se registra falta de alimentos, desaparición de ciertos tipos de bosques, extensión de enfermedades como la malaria, etc.. Esto nos debe llevar a preguntarnos qué es un problema ambiental. El único criterio claro es el siguiente: aparece un problema ambiental cuando se da algún cambio ambiental que perturba la vida de algún viviente. Se podrá hablar con mayor propiedad de un problema en la medida en que sean más y más valiosos los vivientes perturbados. Es evidente que lo que nos preocupa del cambio climático no es que suba un par de grados la temperatura del planeta, hecho que como tal no es bueno ni malo, sino que a raíz de eso desaparezcan zonas costeras habitadas, que se produzcan catástrofes y hambrunas, o se propague la malaria.

b) Otro tanto cabe decir del crecimiento demográfico, de los movimientos de población humana y de la urbanización. Los movimientos de población humana no deben ser vistos como un problema de por sí. Siempre se han dado y han tenido como consecuencia positiva la mezcla de genes y culturas. Sin embargo, las migraciones pueden ser causadas por genuinos problemas ambientales, como las sequías, y pueden producir otros, como la degradación de las tierras de cultivo. El que haya más humanos no es en sí mismo un problema, ni debe ser visto como tal, aunque en el pasado se haya hecho mucha demagogia malthusiana con metáforas desafortunadas como "explosión demográfica" y otras del mismo corte, aplicadas sobre todo a los más pobres. Yerra quien ve a las personas sólo como cargas para la bioesfera, como bocas sin cerebro y sin manos. Ahora bien, un crecimiento intenso de la población, unido a otras circunstancias, como por ejemplo, un consumo igualmente intenso y una tecnología deficiente, sí puede provocar problemas ambientales. Es decir, la población no es un problema, pero una población derrochadora, mal educada en cuestiones ambientales, extremadamente empobrecida y que cuente con una tecnología deficiente, sí que puede constituir un problema para el medio. Si pensamos en los demás sólo como bocas, las políticas neomathusianas serán las preferidas. De hecho eso es lo más fácil. Es lo que gobiernos y organismos internacionales suelen hacer cuando quieren dar la impresión de que hacen algo. Pero si atendemos a toda la complejidad de la situación, en lugar de interferir en las decisiones privadas sobre procreación, o de culpabilizar a los pobres por tener muchos hijos, buscaremos un giro hacia valores distintos del mero consumo, tenderemos a dotar a las poblaciones de mejor información, más educación (particularmente a las mujeres, lo cual incide inmediatamente sobre la cuestión demográfica), ayudas para el desarrollo tecnológico, fomento de la estabilidad política, de la justicia, de la democracia y las libertades... En pocas palabras, el desarrollo humano estabiliza la demografía y mejora las relaciones con el medio, como muestra la experiencia histórica. Pero nada garantiza la inversa, es decir, que las políticas neomalthusianas que inciden directamente sobre el crecimiento demográfico favorezcan el desarrollo humano y la salud del entorno. Sin embargo, una concepción errónea de lo que es un problema ambiental puede conducir a tales políticas.

c) Otra observación importante se refiere al cambio histórico en los datos. Aparecen nuevos problemas, otros antiguos caen puestos en este peculiar ranking. Los primeros conservacionistas americanos estaban preocupados sobre todo por la desaparición de ciertos espacios naturales, paisajes y ecosistemas. Seguro que en la década de los setenta se hubiesen citado como primeros problemas el de la contaminación, el de la escasez de recursos, vinculado entonces al crecimiento demográfico, y el de la carrera armamentística. En la década de los setenta, la que se ha dado en llamar "década catastrofista"8, las obsesiones ambientales predominantes no incluían el cambio climático. Mientras que una encuesta hecha en estos días -Al Gore por medio- lo pondría sin duda como el tema estrella. Esa década estuvo marcada por la Conferencia de Estocolmo (1972) y el Informe del Club de Roma, realizado por Denis Meadows y publicado por el MIT (Massachusetts Institute of Technology) en 1972. Este informe, titulado Los límites del crecimiento, se inclina por la fórmula del "crecimiento cero". Se generó entonces lo que se ha dado en llamar una cultura de la limitología. Sin embargo, en 1992, apareció un nuevo Informe Meadows más ponderado bajo el significativo título de Más allá de los límites del crecimiento. Las previsiones más pesimistas sobre el agotamiento de recursos, veinte años más tarde no se cumplieron.

En general, se puede decir que el clima catastrofista de los setenta se ha ido superando, y que empiezan a aparecer datos favorables que conviene destacar, entre ellos, el aumento de la conciencia ecológica. Los informes más recientes no pasan por alto estos indicios positivos. Aparte de una mayor conciencia de lo que sucede, se han dado grandes avances en cuanto a la legislación ambiental, al grado de conocimiento de los problemas, se ha controlado con cierta eficacia la emisión de gases que dañan la capa de ozono, ha disminuido la contaminación urbana en los países desarrollados, se aprecia una deceleración demográfica en casi todo el planeta, se ha despertado un verdadero interés por formas de consumo y productos más ecológicos, en muchos países la producción industrial más limpia empieza a ser también más rentable, las áreas protegidas como reservas naturales han crecido y algunos países empiezan a ver en su fauna -mejor viva que muerta- un auténtico recurso económico, muchas especies están esquivando la extinción, se han dado grandes progresos tecnológicos que permiten ahorro energético... Por supuesto, todo ello no debe hacernos olvidar que muchos problemas siguen vigentes y algunos incluso se han exacerbado. Pero el reparar en lo positivo es una forma de decirnos a nosotros mismos que las cosas pueden mejorar, ya que han mejorado en algún sentido, por lo tanto tiene sentido afirmar el deber moral de trabajar para que en efecto mejoren.

d) Es digno de atención el hecho de que aparezcan problemas que empiezan a ser vistos también como "ambientales", cuando antes eran vistos sólo como sociales, económicos o morales (gobernabilidad deficiente, valores sociales cambiantes, pobreza, guerras y conflictos). La inclusión de los problemas sociales dentro la agenda ambiental se produjo por primera vez con claridad en la Conferencia de Estocolmo (1972). De hecho, parece que empezamos a pensar todos los problemas de la humanidad desde el prisma ambiental, del mismo modo que hace unas décadas se pensaba casi todo desde el prisma social. En nuestros días da la impresión de que lo social queda subsumido bajo lo ambiental. Reparemos, en este sentido, en dos conceptos recientes, cada día más utilizados, el de desarrollo sostenible y el de índice de desarrollo humano. Ambos tratan de superar modelos de pensamiento social de corte economicista. No es que lo económico se niegue, es que se pretende integrar en una visión ambiental más amplia. Los costes ecológicos deben ser tenidos en cuenta, y las condiciones ambientales también forman parte de la noción de desarrollo humano. Del mismo modo, la cuestión de la justicia ha resultado afectada en los últimos tiempos por el pensamiento ambiental. Ya no se trata sólo de que la riqueza se reparta de un modo justo, sino también los riesgos, muchos de ellos de carácter ecológico. Así, la pobreza muchas veces consiste, más que en la privación de bienes, en la exposición a riesgos. Podemos pensar en la maltrecha industria nuclear y armamentística de los soviéticos, o en la contaminación extrema de las grandes ciudades ubicadas en los países en desarrollo, o en la inseguridad alimentaria de los países pobres o de las capas de población más pobres de los países ricos (un buen ejemplo lo tenemos en lo que sucedió en España con el llamado "síndrome tóxico"). También cuestiones tradicionalmente éticas, como las relacionadas con los valores empiezan a ser vistas en su cara ecológica. Así, una hipervaloración del consumo de bienes se convierte en un auténtico problema ecológico. Otro tanto se puede decir de la incapacidad para apreciar los valores estéticos de los parajes naturales, o la insensibilidad ante el sufrimiento de otros seres.

e) Por supuesto, en nuestra percepción de los problemas hay también variaciones locales y regionales. Es de suponer que los habitantes de Chernobil estarán más preocupados con lo nuclear que otros, y que las poblaciones de las islas del Pacífico estarán más atentas al cambio climático que otras. Según los informes de PNUMA, en África, la prioridad en cuanto a los problemas ambientales la tienen la degradación de la tierra, la deforestación, la reducción de la diversidad biológica y de los recursos marinos, la escasez infraestructuras relacionadas con el agua y el deterioro de su calidad y de la del aire, y, por supuesto, la pobreza de muchos seres humanos. En muchas regiones de Asia el problema de la pobreza también es grave, junto con la presión sobre los recursos que ejerce una población muy numerosa dotada de unas tecnologías no siempre adecuadas; en las áreas más populosas o áridas de Asia, la escasez de agua dulce también constituye un reto importante. En Europa la superficie forestal ha aumentado, pero la salud de los árboles no es buena en muchas zonas, se han reducido las emisiones que generan lluvia ácida, pero las emisiones de CO2 siguen siendo altas. Muchas especies de vertebrados están en peligro de extinción, las pesquerías están también cerca de la escasez y muchas ciudades han sobreexplotado sus recursos de agua, pero la contaminación urbana ha sido reducida de manera importante en la mayoría de las ciudades occidentales. La América Latina y El Caribe sufren un deterioro de las tierras de cultivo debido a malas prácticas y técnicas obsoletas, la cubierta vegetal disminuye, la contaminación urbana es uno de los problemas más serios de la región, y, de nuevo, la pobreza. En América del Norte gran parte de los problemas ambientales derivados de la industrialización y urbanización están siendo controlados; además, al igual que en Europa Occidental, existe ya un cuerpo de legislación ambiental; el problema ambiental más intenso en América del Norte está relacionado con el consumo masivo de bienes y de energía, de ahí una emisión también masiva de gases de efecto invernadero. Un calentamiento drástico, si se llegase a producir, podría dañar seriamente los bosques, y el desplazamiento de las franjas climáticas podría hacer inoperantes las medidas de protección de espacios naturales que se han tomado. Las regiones polares siguen amenazadas por la oscilación del ozono, aunque no se sabe bien por qué está más afectada la Antártida que el Polo Norte, que está más cerca de los lugares de mayor emisión CFCs; en este problema, la concertación obtenida en el Protocolo de Montreal ha resultado eficaz, se puede afirmar que es una de las cuestiones ambientales ante las que se ha reaccionado correctamente; por otra parte, los ecosistemas de estas zonas son muy frágiles y los daños difícilmente reversibles, de modo que algunas especies se hallan amenazadas; tampoco son desdeñables los cambios introducidos por la contaminación y el turismo, aunque ya existen herramientas legales, como el Protocolo de Madrid, que establecen moratorias para ciertas actividades en la Antártida.

f) Hay una serie de items que se mencionan por la incertidumbre que producen, no porque sean en sí mismos problemáticos o causas ciertas de problemas. En ese caso están las tecnologías de la información o de la ingeniería genética.
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