El vendedor de libros



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EL VENDEDOR DE LIBROS

DE

Miguel aguilar

EL VENDEDOR DE LIBROS

Eran algo más de las nueve de la mañana cuando Carlos entró en aquella localidad, hacia un aire suave y fresco a pesar de que el sol ya iluminaba con todo su esplendor de un día cualquiera de Mayo. Buscó con la mirada algún letrero o indicación por donde se encontraba el ayuntamiento, tenía cita con el alcalde a las diez y quince, no tuvo problemas para localizarlo, así que lo próximo sería encontrar donde dejar el coche y si aún le quedaba tiempo tomaría un café y estiraría un poco las piernas, después de casi dos horas de conducción ya le sentaría bien un paseo relajante que le estimulara los entumecidos músculos.

Después de unos giros en unas calles bien asfaltadas y mejor señalizadas se dirigió a un parking público, con una mueca de asombro al ver que era gratis, mejor -Pensó- no es que fuera un derroche de dinero lo que se suele pagar, pero era un detalle.

Aparcó el coche, cogió su maletín y decidió buscar el ayuntamiento caminando, le apetecía ver aquel pequeño oasis de cerca, quería regocijarse de su tranquilidad.

Al cruzarse con la gente le saludaban sonriendo, él complacido y poco acostumbrado a tal amabilidad correspondía con una mueca simulada de asombro y satisfacción. Las prisas y la desidia se habían apoderado del mundo haciéndolo una carrera sin sentido y sin meta clara que culminar, que le hacía sentir una rara sensación de culpabilidad, porque él estaba dentro de ese mundo. Decidió entrar en una cafetería y tomar un café solo, como a él le gustaba.

El edificio era viejo, de dos plantas, pero con una escrupulosa limpieza que radiaba luz y color como un cuadro de Sorolla . Sus dos balcones ocupados por maceteros con su verdor brillante contrastaban con el colorido de las tres banderas que presidian la fachada. Tras pasar una puerta de cristal transparente se topó con un recibidor amplio y acogedor, con unos cuadros de jinetes antiguos y un busto que no consiguió descifrar su nombre, ya que una mujer le interrumpió su silencioso dialogo interior.

-¡Buenos días¡ ¿Necesita usted algo? -Saludó esta, mirándolo por encima de unas minúsculas gafas de montura metálica-.



-Buenos días -Contestó este mientras le alargaba una pequeña tarjeta blanca-.

-Me llamo Carlos Robledo y tenía una cita con el alcalde.



-Un momento, el alcalde está muy ocupado pero creo que podrá sacar unos minutos para atenderle, espere aquí, siéntese por favor.

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El despacho era simple y con pocos adornos superfluos, solo un mueble con libros, un

sofá, una lámpara de pie, una mesa de madera de roble y tras ella, el alcalde, un hombre enjuto de pelo ensortijado castaño. Se levantó al mismo tiempo que le ofrecía su huesuda mano acompañada con una sonrisa tibia y sincera.

-Siéntese por favor, -dijo el alcalde- don Carlos Robledo representante del grupo editorial Lustro, -leía con voz alta y serena - bien, don Carlos, pues usted me dirá.

-Como ya le comente por teléfono hace unos días, yo represento esta editorial que agrupa tras un convenio, un buen número de libros que se han editado... -Hablaba Carlos ya metido de lleno en su papel-... y estamos ofreciendo una ofertas extraordinarias sobre todo para ayuntamientos, aquí le muestro un amplio abanico de todo tipo de libros -Carlos dejó caer sobre la mesa el catálogo, que el alcalde recogió con disimulado entusiasmo.

-La verdad que sí, nos interesa y mucho, tenemos una biblioteca pública que queremos ir completando poco a poco, y sobre todo queremos lotes de libros que regalamos como premios o para completar nuestra biblioteca pública, nos interesa mucho el mundo de la literatura para nuestros ciudadanos y divulgarlos dentro de nuestras limitadas posibilidades.



Carlos oía al alcalde hablar y su mente circulaba por senderos de un negocio prospero a la vista, era buenas noticias sin duda.

Tras varios vistazos con su requerida pausa al catalogo, el alcalde adquirió dos lotes de cíen libros para regalos en premios y uno de cincuenta para la biblioteca, Carlos miró los libros anotados por el alcalde y aunque él no era muy experto en literatura si lo suficiente para saber que los nombres de los autores era cosa seria. (Vargas llosa, Cela, Flaubert, Camus, Machado, Alberti. Etc).

Tras cerrar el acuerdo en pocos minutos, volvió a circular con rumbo a la nueva localidad cincuenta kilómetros más al sur, para una nueva entrevista con otro alcalde, previa cita ya establecida para ese mismo día, aprovecharía el viaje ya que estaba por esta zona del país.



Circuló entre olivos y viejos cerros cansados, de erosión continua, amenizado con música desigual de fondo, fue acercándose a su nuevo lugar de encuentro, como dejándose llevar.

Un bache hizo saltar el vehículo con una sacudida imprevista devolviendo a Carlos a la realidad, maldijo la posibilidad de haber roto la rueda del coche, tras comprobar que no fue así continuó su camino con máxima precaución para poder esquivar algún que otro

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Miró la ciudad en la que entraba, esperando que su día continuara envuelto en la musa de las suerte convertido en ventas. La calle principal por la que circulaba le hizo volver a la normalidad, atascos, bocinas, árboles secos o arrancados o simplemente no había, jardines un poco devastados o más bien mucho.

Aunque esto era lo habitual y corriente, no se podía comprender en su totalidad hasta que no se comparaba, y Carlos en su mente comparó y comprendió la diferencia entre ambas localidades, con un poco de pena sacudió de su pensamientos nobles civismos de conducta, el estaba allí para otros asuntos….

Después de algunas vueltas por calles estrechas y mal asfaltadas pudo aparcar no sin dificultad y tras el abono del correspondiente importe, se involucró entre las gentes paseantes por las aceras que en un andar mas parecía carreras con prisas incontroladas, metas lejanas que conquistar, se dejó llevar por la inercia de la costumbre ya adquirida. Llegó hasta una gran plaza, con una enorme, casi colosal fuente, con unos jardines que

allí sí que estaban de un aspecto magnifico, presidiendo la plaza, un edificio de cuatro plantas revestido de mármol italiano blanco, que daba una impresión abstracta y ridícula, un edificio tan modernista entre casas centenarias, que las empobrecían de una manera insultante.

Subió las escaleras de la entrada principal, Carlos se volvió desde arriba mirando la rampa de entrada, no pudo por menos que sonreír a la terrible comparación del anterior ayuntamiento, aquello no era una rampa, era un precipicio ¿quién iba poder subir



por esa pendiente con una silla de ruedas? La pregunta quedó en el aire acompañada de una irónica mueca, a él solo le importaba la venta de sus libros y este ayuntamiento parecía rebosar dinero y prosperidad, había buen negocio a la vista.

La espera fue lenta y aburrida, solo amenizada con la idea del buen negocio se le hacía más pasajera, tras una hora de larga retención, le recibió el concejal de cultura, el alcalde no estaba, (según pudo saber más tarde, estaba en una cacería). -Se le habría olvidado, pensó Carlos con benevolencia-.

-Perdone, pero es que estamos muy atareados con los proyectos y el alcalde está en una reunión muy importante, usted dirá, intentare ayudarle en lo posible, aunque tiene que ser lo más breve posible, ya sabe, el tiempo-. Dijo aquel hombrecillo de bigote ridículo, escaso pelo y bien trajeado, sin levantarse le indicó a Carlos que ocupara uno de

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los dos sillones de cuero negro que ocupaban la parte delantera de la inmensa mesa, de

una madera tan oscura que parecía ébano, el concejal ocupaba ridículamente una mínima parte trasera.

-Soy Carlos Robledo –Contestó este, mostrando su tarjeta, acompañado de su retahíla de verborrea que tan bien se sabía, mientras hablaba miró el nombre que sobre una placa dorada presidia la gran mesa- J. Borrigo Acedo- Delegado de Cultura- recordó aquel apellido haberlo leído en el policía local y la secretaria que le recibió, sería un apellido común aquí -pensó-



-Veamos usted es un vendedor de libros ¿no es así? -Pregunto el hombrecillo sin poder simular su malestar.

-Pues sí, -Contestó Carlos dudoso y sorprendido por el tono de menosprecio que había utilizado el político.



-Mire, Carlos me ha dicho, ¿no? nosotros en estos momentos no podemos gastar ni un

céntimo en temas que no estén directamente comprometidos con los presupuestos ya establecidos por el pleno.

-Comprendo -replico el vendedor algo desilusionado, pero no vencido- siempre libros son una buena inversión para vuestra biblioteca, colegios o premios en las fiestas.

-¿La biblioteca, premios? -Pregunto sorprendido el delegado- ¡no, que va¡ la biblioteca lleva cerrada más de cinco años .

-¿No entra nadie? -pregunto sorprendido Carlos-



-No, es por las goteras, los libros se ha apulgarado de tal manera que hemos tenido que

cerrarla. ¿¡Pero qué diablos es este alboroto¡? -Preguntó exaltado mirando hacia la ventana, el concejal- el jaleo que se trasladaba desde el exterior con gritos y bocinas no habían sido ignoradas por Carlos que en su dialogo no pudo por menos que preguntarse del origen.

-¡ Relaño ¡ -grito el delegado, quien iba decir que de aquel cuerpecillo saldría un vozarrón con aquel ímpetu de tenor cabreado- al minuto apareció en la puerta un hombre de edad mediana y aspecto inmaculado, entró después de pedir el obligatorio permiso militar.

-¿Que desea señor Borrigo?

-Quiero que desalojen a esos desalmados de la calle inmediatamente –ordenó gritando el

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tal señor Borrigo- Son los mismos de todos los días, con la misma canción, con el asunto ese de los médicos, me tienen hasta los cojones. ¡Que los echen a todos¡ ¿entendido Relaño?

-No son los de ayer, señor Borrigo –contestó prudentemente el recién llegado-

-¡Entonces¡ ¿quién diablos son hoy?, de esta manera es imposible trabajar por el pueblo, así no se puede, esto es cosa de los cabrones de la oposición, montando un pollo día sí y día también.

-Son los padres del colegio Tirso de Molina que quieren que se le ponga calefacción en las clases, dicen que sus hijos pasan frió. -Contesto el tal Relaño-

-¿Que tienen frio? pues que se abriguen o se vayan a la costa que hace más calor ¡hay que joderse¡. Vaya fuera y prometa lo que sea, que se pondrá calefacción y aire acondicionado también, ¡pero que se vayan¡ -exclamo enérgicamente el concejal- para que usted vea lo difícil que es gobernar, todo el mundo reclama y si fuesen cosas lógicas se entendería, ¡pero poner calefacción en las clases, donde vamos a llegar con tanto disparate.

Carlos seguía atónito a todo cuanto escuchaba y no daba crédito a asegurar que era también parte de la misma ilusión, por momentos su negocio parecía estar fuera de lugar, la idea de salir corriendo se le paso por la cabeza, aguantaría un poco, más por curiosidad que por negocio.

-Ayer otra manifestación, para pedir más médicos, ¡qué locura¡ -seguía el político con sus enérgicas escusas- ¡pero si tenemos cuatro¡.

-Cuatro cada día, está bien para esta ciudad – replico Carlos con tanta prudencia que casi la voz se ahogó en su garganta reseca.

-Bueno son cuatro para toda la semana, pero de todas formas, hay suficientes, no hay que ir tanto al médico para tonterías … -Quedó la frase un poco en el aire como escusa, sin encontrar convencimiento, tampoco lo necesitaba -pensó el concejal, aunque siguió con su “mitin”, porque para un político cualquier ocasión se convierte en propaganda de su ideología- ahora no podemos, es imposible, estamos metidos de lleno en la constricción del hipódromo- su tono de voz había cambiado, su cara reflejaba una contagiosa y emotiva satisfacción- ...será la envidia de todo el país, con más de cuarenta mil asientos, cómodos,

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y con estupenda visibilidad de todo el hipódromo, además, habrá una gran sala de prensa con tv vía satélite y todos los adelantos tecnológicos más actuales- Carlos notaba el cambio del hombrecillo y era su momento, estaba hipnotizado con su proyecto.

-Entonces, ¿aquí hay afición a los caballos?, siendo así hay una enciclopedia muy buena sobre todo ese mundo -cogió la palabra Carlos con cautela, era su momento-

-¡No, que va¡ esto es para la gente que venga de todo el mundo, los turistas, ya sabe... árabes, chinos …

-Si, si, entiendo- respondió el vendedor un poco desilusionado-

-Pero ahí no que todo, vamos a hacer una gran ciudad, moderna y prospera -el concejal seguía en su mundo, en su mitin, como si hablara para miles de personas, la tv o un periodista - tenemos muy avanzados otros grandes proyectos como el puerto deportivo, que ya están hechas las maquetas y los terrenos donde se va a construir.

Carlos, pensó definitivamente que todo era producto de un a broma de cámara oculta o un sueño.

-No sabía que el mar quedara tan cerca- comentó Carlos con prudencia y asombro-

-Cerca, cerca, no, está a sesenta kilográmetros, pero esto es un proyecto que nos va a llevar bastantes años, nosotros pensamos de cara al futuro, con el cambio climático, el mar subirá doce metros, nuestros técnicos ya lo tienen todo planeado, los puertos deportivos que hay construidos ahora se quedaran en el futuro bajo el agua y esta vendrá a nuestro flamante puerto... -Carlos pensó que definitivamente era una cama oculta y que le estaban tomando

el pelo, era una locura, esto no era serio.

-Todo eso es estupendo, pero los libros son parte fundamental en desarrollo de los pueblos- atacó Carlos, era su momento, ya había oído demasiadas historias y su negocio no avanzaba, aunque él sabía que en la mayoría de los casos tenía que hacerse primero con el cliente, para ir “domándole”, vamos darle “cuerda”-

-Los libros solo sirven para rellenar las estanterías, hoy la gente no lee, las nuevas tecnologías no dejan sitio a la lectura- contestó volviendo a cambiar su tono de voz, algo que notó Carlos y no con buen augurio- las gentes quiere que se les de fiestas, verbenas y

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ferias, ahí es donde se encuentran felices- seguía el delegado con su particular visión del mundo o de su mundo.



Carlos decidió dar la entrevista por concluida, en este pozo no hay agua y donde no hay ¿para que buscar?.

Todo lo que allí se habló quedó en un segundo plano, sus ánimos no estaban como para gritar de alegría, pero así eran los negocios y el suyo no iba a ser diferente, intentó animarse y continuar su camino aún le quedaban lugares que visitar, pero le seguía rondando las palabra de este tipejo si le había tomado el pelo o era un loco, no lo sabría nunca, tampoco creía que fuese tan importante saberlo.

Una vez en su coche, consiguió salir no sin esfuerzo hasta la carretera nacional, ya relajado puso la radio, a lo lejos vio una edificación enorme, donde había grúas, camiones... ¡Joder¡ -exclamo Carlos era el hipódromo, era verdad, a la mejor no era tan mala idea-

Siguió su camino sonriendo no sabiendo que pensar de todo aquello. Unos kilómetros más adelante vio un gran cartel, paró el coche y bajó despacio, se quitó las gafas de sol para saber que no era una ilusión óptica, causada por los cristales ahumados y leyó.

TERRENOS ADQUIRIDOS PARA LA PRÓXIMA CONSTUCCIÓN DE UN PUERTO DEPORTIVO

ARQUITECTOS:

Don Antonio Borrigo Arujo

Don Manuel Sánchez Cabrillo

TOPOGRAFOS:

Don Isaias Fortuno Rivera

Don Saturnino Romero Borrigo

No había duda que en esta ciudad el apellido Borrigo era bastante común.



Subió al coche y aceleró, iría a otros lugares diferentes, ¿tan diferentes? Carlos no se contestó, mientras su coche se perdía en el horizonte....

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