El valor del caso en una clínica de la singularidad1



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El valor del caso en una clínica de la singularidad1.


Autores: Gabriel O. Pulice; Oscar Zelis; Federico Manson
Luego de los intrincados rodeos que nos hemos visto llevados a dar en torno de la problemática del objeto2, tenemos ya bastante más despejado el camino que nos queda por recorrer. Lo que implica, como decíamos, un retorno a los problemas más específicamente vinculados a la clínica. Hemos podido situar en las páginas anteriores algunas líneas directrices a partir de las cuales podremos comenzar ahora a abordar aquello que tiene que ver con el avance del psicoanálisis en sus diversas áreas de inserción. En ese contexto, fue preciso desentrañar las enigmáticas formulaciones de Lacan relativas al objeto a, como pivote alrededor del cual pueden comenzar a ordenarse los puntos esenciales para el avance de la investigación y la experiencia psicoanalítica. Pudimos ubicar algo que resulta vital en nuestra clínica, que tiene que ver con la consistencia del objeto, algo que —como decíamos— sitúa al psicoanálisis en un lugar distinto a toda hermenéutica, en tanto su praxis se ordena a partir de una lógica singular. Ahora bien, una cosa es captar la originalidad y pertinencia de tales desarrollos teóricos sobre el objeto a, y otra es el encuentro en la clínica con la presencia de algo que inevitablemente, en determinado momento, hace tope a nuestras intervenciones y al avance de la cura. Pero que, por otra parte, al sacarlo a la luz, pasa a oficiar entonces como un ordenador que nos hará claramente inteligible el antes caótico o irracional conjunto de síntomas y fenómenos clínicos, de la misma forma en que de pronto podemos captar la presencia tan prístina de un objeto, o de una escena, en las láminas de 3D anteriormente mencionadas, aún en aquellas en las que —dada su apariencia— no parecía posible encontrar nada.

Llegados a este punto, resulta indispensable situar un articulador entre lo propiamente singular de cada sujeto, y el carácter más general o universal de nuestras construcciones teóricas con las que intentamos dar cuenta de la problemática subjetiva para poder así dar alguna orientación a nuestras intervenciones. Es el momento de situar entonces, en nuestro recorrido, la particular acepción que va a tomar para el psicoanálisis la figura del «caso clínico», para poder captar aquello que determina las coordenadas esenciales de todo avance en la experiencia analítica. En esta dirección, resulta crucial establecer con precisión el valor, el lugar y la función que se le asigna al caso tanto para la praxis como para la investigación en el campo del psicoanálisis y —en términos más amplios— de la subjetividad. Cabe realizar entonces, respecto de la significación de este concepto, una primera y substancial distinción, para lo cual podemos remitirnos al estudio con el que introduce Juan David Nasio su compilación sobre Los más famosos casos de Psicosis3. Leemos allí: «...en el discurso médico, la palabra “caso” adquiere un sentido muy diferente y hasta opuesto al sentido psicoanalítico (...) Mientras en medicina la idea de un caso remite a un sujeto anónimo representativo de una enfermedad —se dice, por ejemplo, “un caso de listeriosis”— para nosotros, en cambio, un caso expresa la singularidad misma del ser que sufre y de la palabra que nos dirige». Podemos esquematizar tal disensión del siguiente modo:







Discurso médico

Psicoanálisis


Caso

Es un particular de una ley general, cognoscible y universalizable.

Remite a un real que se ciñe a una legalidad singular e inconciente.

Como podrán apreciar, este esquema no guarda demasiada distancia con aquél que presentáramos hace algunos años sobre la oposición entre el paradigma de investigación propuesto por Carlo Ginzburg como Paradigma Indiciario —en el que incluye al psicoanálisis—, y el paradigma de la Física Galileana, en el que se inscribe el discurso médico4: allí donde éste prioriza lo mensurable, lo repetible y comunicable, las generalizaciones, las coincidencias, aquél pondrá en el centro de su interés, por el contrario, lo irrepetible, lo original, lo sorprendente, es decir, lo singular. La noción de «caso» que se desprende de una u otra posición —que puede entonces remitirse a un marco referencial mucho más amplio— es radicalmente distinta; y, si bien no nos detendremos aquí en una nueva revisión de temas que ya hemos desarrollado oportunamente en profundidad5, conviene sin embargo no perderlos de vista, pues son el soporte del recorrido en el que ahora nos proponemos avanzar.



Partiremos del abordaje por el absurdo, en el relato de una situación —no alcanza siquiera el estatuto de «caso»— que no por grotesca deja de ser habitual, y que nos permitirá introducir —aquí también, al igual que en la historia del niño carnicero, de manera trágica— algunas importantísimas implicaciones éticas. Nuestro paso siguiente consistirá en adentrarnos en la investigación de un elemento que, desde la práctica hospitalaria e institucional, se halla íntimamente emparentado con nuestro tema de hoy: la historia clínica. Por último, nos proponemos examinar en profundidad la especificidad y las diversas funciones inherentes a la formulación de un caso clínico, desde la perspectiva del psicoanálisis.
Una historia intenta hacerse escuchar...

Tomaremos, a modo de introducción del tema, el «caso» que Iván Rodrigo González presenta en su artículo: «El trabajo interdisciplinario. Lugar tercero en el discurso de la locura»6. El relato da cuenta de una desventurada concatenación de episodios para nada infrecuente, y nos obliga asimismo a reflexionar sobre los temas que venimos desarrollando en torno de la inserción del psicoanálisis en el campo de la Salud Mental: «María tenía 35 años, aproximadamente, cuando comenzó a sentir los primeros efectos de una depresión. Los trastornos en el sueño y en la alimentación se hicieron cada vez más frecuentes, acompañados de estados de ansiedad y de «profunda tristeza». Ella inició su peregrinaje cuando un familiar cercano le recomendó tomar un medicamento antidepresivo. Convencido del buen resultado que en él había producido, no dudó en recetárselo. Pero si bien, este medicamento disminuyó el estado depresivo, los trastornos del sueño continuaron. El paso siguiente fue recomendar un ansiolítico. Cabe señalar que aun cuando los medicamentos eran de uso controlado, y que para su compra se requiere de una receta médica, se ignora la manera en la cual este familiar proveía a la enferma de los medicamentos. Finalmente, y después de varios meses sin lograr una mejoría, María decidió probar con la acupuntura, después con la herbolaria, hasta que ya en un estado avanzado de su enfermedad, llega al consultorio de un neurólogo. La información que recibió sobre los orígenes y causas de su enfermedad, le hicieron confiar en el tratamiento médico. Todo se redujo a una falla en el sistema nervioso, un déficit en la producción de serotonina. El neurólogo comenzó a ensayar con diversos medicamentos, ansiolíticos y antidepresivos, para encontrar aquellos que se acoplaran mejor al organismo de la enferma. Sólo que para observar si los resultados de los medicamentos en turno, actuarían favorablemente, apuntando a áreas específicas, y cada vez diferentes del cerebro, había que esperar un lapso mínimo de tres meses, a decir del médico. Y la búsqueda continuaba, había que probar de entre toda una gama de psicofármacos, cuáles de ellos eran los convenientes para su enfermedad. Mientras tanto, María sabía que esto tenía un origen en la historia de su vida. Y aún contraviniendo la sugerencia de su neurólogo, ella optó por buscar de manera complementaria algún tipo de atención psicológica. Dos psicólogos, cada uno por su lado, le recomendaron visitar a un psiquiatra, porque a decir de ellos hacía falta evaluar los medicamentos, por su parte ellos no se comprometían con el tratamiento. Simultáneamente, María probó con acudir a las sesiones de la Asociación Civil denominada «Neuróticos Anónimos». Sesiones en las que algunos de los asistentes, por turno, exponen su problemática, una dinámica similar a la de «Alcohólicos Anónimos». Pero un inconveniente con el cual se enfrentó en ese lugar fue el no poder ser escuchada, puesto que para ganarse el derecho de participar en el podium, había que asistir a las cinco sesiones semanales. Su trabajo se lo impedía, por lo cual sólo asistía dos o tres ocasiones por semana y nunca pudo hablar ante la asamblea. El psiquiatra que consultó después de los psicólogos, la atendió por un corto periodo de tiempo. Los encuentros que se produjeron, en la práctica fueron irregulares: cambio de citas, cancelaciones y retrasos. Después de cuatro años, un día con calculadora frialdad, María decidió terminar su peregrinaje. Ingiriendo una buena dosis de sus medicamentos, se aseguró de hacer desaparecer su malestar, junto con su cuerpo». Su historia, aquello que está en el origen de su padecimiento psíquico, permanecerá allí mismo irremediablemente sepultada.

Vemos en esta breve narración el fracaso de los diversos dispositivos de intervención que se van jalonando, en la medida en que cada uno de ellos apuesta a subsumir lo que le pasa a esta mujer a la lógica de su propio discurso referencial, desechándose la posibilidad de escuchar o captar lo singular en juego en el origen de su padecimiento. El neurólogo, ya sabe que esa causa hay que situarla a nivel de la producción de serotonina, y frente a eso no hay más nada que decir... Lo mismo se plantea desde los demás saberes con que se la aborda: se intenta forzar su sumisión a las categorías que cada uno de ellos maneja, es decir, hacer encajar el caso como una muestra particular de una regla general para deducir de allí los estándares de su tratamiento, en una lógica que lleva al vaciamiento de todo aquello que en él se revela en términos de singularidad, limitándose a registrar sólo lo que se ajusta a un sistema de saber codificado de antemano. En algunas ocasiones eso funciona bien, lo cual puede atribuirse en buena medida al simple hecho de que, cuando el sujeto encuentra cierto amparo, cierto lugar de alojamiento en el Saber del Otro, esto de por sí resulta aliviante y estabilizador. Pero ese alivio suele resultar frágil y efímero, cuando aquello que está a la base de su padecimiento psíquico no alcanza a ser allí debidamente encauzado ni inteligido: en su inevitable retorno buscará un nuevo modo, cada vez más estruendoso, de hacerse oír. Es allí cuando se revela la necesidad de un abordaje cuya lógica no puede darse por sobreentendida, en tanto no se deduce de ningún Saber determinado a priori. Por el contrario, es preciso que ella contemple la subsistencia de lo irreductiblemente singular; que permita expresarse, que deje «hablar» y que sea capaz de captar aquello que no puede agotarse en una reducción a parámetros estándar. Es aquí donde —como decíamos anteriormente— toma para nosotros toda su fuerza el concepto de abducción desarrollado por Charles Sanders Peirce, como aquel modo de inferencia que parte de un resultado singular, y se deja llevar por lo extraordinario de ese hecho hasta construir en forma creativa una regla novedosa, de la cual el hecho sorprendente, ahora sí, pasaría a resultar una consecuencia evidente7. Con la peculiaridad de que esa nueva regla, si bien será válida para la intelección de éste caso, difícilmente lo será para otros sólo en apariencia análogos. Algo que Freud pudo comenzar a captar desde hace más de un siglo, y a partir de lo cual empezó a situar los fundamentos y las coordenadas de otro discurso, solidario de una clínica que iría tomando cada vez mayor distancia de los lineamientos del modelo cientificista, en una redoblada apuesta a una nueva concepción de la subjetividad que centrará su punto de mira, justamente, en aquello que se presenta como extraño a todo saber. Es lo que, por ejemplo, podemos apreciar en sus Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912): «Mientras el tratamiento de un caso no esté cerrado, no es bueno elaborarlo científicamente: componer su edificio, pretender colegir su marcha, establecer de tiempo en tiempo supuestos sobre su estado presente, como lo exigiría el interés científico. El éxito corre peligro en los casos que uno de antemano destina a empleo científico y trata según las necesidades de este; por el contrario, se asegura mejor cuando uno procede como al azar, se deja sorprender por sus virajes, abordándolos cada vez con ingenuidad y sin premisas». Se descubrirá entonces —en la construcción de cada caso— la evidencia, la realidad y la consistencia de una lógica singular, que de ningún modo podría inferirse de antemano, y que sólo tendrá ocasión de revelarse a través de las complejas maniobras que, en el marco del vínculo transferencial, el analista habrá de poner en juego, precisamente, para permitir que ella se despliegue. ¿De qué modo? Pronto llegaremos hasta allí, no sin antes detenernos a examinar —tal como anticipáramos— un elemento ciertamente emparentado con la noción de caso clínico; pero que, por situarse a su vez en el cruce de la multiplicidad de discursos que atraviesan los distintos estamentos del Sistema de Salud Mental, nos permitirá desarrollar el tema en su mayor amplitud.
La «Historia Clínica», en el marco de la práctica hospitalaria e institucional.

Conviene insistir, en primer término, en un hecho que desde hace tiempo requiere ser puesto en consideración: la inserción que, por parte de los psicoanalistas, desde hace tiempo viene teniendo lugar en los tan numerosos y diversos ámbitos del Sistema de Salud Mental implica, habitualmente, encuadrar su praxis en dispositivos que no están diseñados ni funcionan desde su misma lógica discursiva... Por el contrario, encontramos allí una fuerte presencia de otros discursos —médico, jurídico, sociológico, e incluso administrativo— que, por otra parte, el psicoanalista no puede desconocer ni desestimar. Pero... ¿qué hacer con ello? La pretensión de imponer la hegemonía del discurso psicoanalítico por sobre los demás encierra una trampa, la misma que implicaría pretender la competencia exclusiva de cualquier otro Saber, a partir de la idea de que bajo su manto pudiera cubrirse por completo lo real de la clínica. ¿Cuál es, entonces, la posición del analista, en esa compleja trama de discursos? Debemos señalar, en primer término, que si su inserción en el ámbito hospitalario e institucional fue encontrando su lugar, ha sido justamente cuando los remedios y las intervenciones intentadas desde aquellos otros discursos y prácticas científicas no funcionaron del todo bien, o no lograron el resultado esperado en términos de salud. Sucede que a menudo, las circunstancias en que se presentan a consulta los usuarios de tales Servicios están de tal modo enmarañadas, que la atención parcial de sólo un aspecto de ellas resulta por completo insuficiente e ineficaz. Es entonces que tanto los psicólogos y psicoanalistas, como los demás profesionales implicados en esa praxis —cada uno desde sus propios saberes, sus capacidades técnicas y su ética—, se ven confrontados en su labor cotidiana con el inevitable cruce de discursos sostenidos, las más de las veces, en muy diferentes basamentos. Lo que implicará, a menudo de modo ineludible, la discusión sobre la dirección de la cura y los principios desde los cuales implementar en cada caso la estrategia de trabajo adecuada. Pero, ¿cuáles serían esos principios, esas coordenadas desde las cuales inferir el valor, la significación de cada una de esas tan diversas instancias en juego, cuya articulación el mismo sujeto en tratamiento encuentra tan serias dificultades para resolver, por constituirse en el reflejo de su propia fragmentación?



Es en este contexto que orientaremos nuestro interés hacia un «objeto institucional» muy particular, donde podremos encontrar materializadas las vicisitudes de dicho entrecruzamiento: la Historia Clínica. En efecto, es ella una herramienta clínica, legal y administrativa a la vez, una escritura institucionalizada de las prácticas e intervenciones realizadas en el Hospital —u otras instancias institucionales— por todos sus profesionales y, por supuesto, también por los psicoanalistas. Para adentrarnos en el tema, nos resultará muy enriquecedor tomar como referencia el trabajo realizado en el marco del Departamento de Docencia e Investigación del Hospital Infanto Juvenil Carolina Tobar García, encabezado desde hace varios años por Miguel Calvano8. Él sitúa allí ciertas coordenadas esenciales desde donde abordar este singular objeto de estudio: «La historia clínica —señala— es un clásico de la práctica hospitalaria y también de la práctica privada (...) no es de ahora la historia clínica, no es actual la existencia, la obligación, la necesidad de la historia clínica (...) es un término histórico de la práctica profesional de todas las disciplinas. Se la haga en forma de expediente, como en el hospital, se la haga en forma de ficha, se la haga en forma de notas...», destacando el hecho de que, asiduamente, ella es «el soporte, o uno de los soportes, que utilizamos cuando hablamos de la clínica en el hospital». Podemos incluso decir, en este sentido, que es un soporte institucional, lo cual justifica que se enfatice la importancia que esta herramienta puede tener para toda investigación que se realice en el área de Salud Mental: «Metodológicamente, si se planifican a priori las variables y las dimensiones a considerar, es un banco de datos de fuente primaria para iniciar un proceso de investigación, tanto en relación a las prácticas, como en relación a los datos institucionales que ella puede aportar». No obstante, debemos estar advertidos de que en la práctica cotidiana, la confección de las historias clínicas muchas veces se hace sin un criterio establecido, incluso con muchas lagunas en ítems importantes, o que podrían ser de relevancia para el investigador: «(...) cualquiera de nosotros que tome una historia clínica e intente leerla va a encontrar que es muy difícil hacerlo: faltan datos, diagnósticos, estrategias de trabajo, la interdisciplina nunca se escribe, epicrisis no hay, están todas las informaciones pero sin orden, en muchos casos faltan informaciones. Hay historias completamente vacías o de lo contrario hay una sobreabundancia de relatos de sesiones, la historia clínica —en este caso— deviene novela familiar. En resumen, algo es insoportable en ese soporte». ¿Cuál es entonces su función, su utilidad, y cuáles son asimismo los límites de lo que de ella se puede esperar? Llegados a este punto, se hace necesario intentar definir qué es una historia clínica; porqué puede llegar a erigirse —como situaba este autor— en el registro y revelación de lo «insoportable» de la práctica institucional; y cómo ajustar sus variables y contornos para que resulte un elemento eficiente en el desarrollo de una investigación.

Podemos entonces decir que la Historia Clínica es, esencialmente, un soporte escritural: «No es lo que pensamos, lo que hicimos, lo que dijimos de un paciente, de un grupo, de una familia, la historia clínica —señala Calvano— es lo que escribimos de todo eso (...) Los procesos de investigación científica necesariamente son escriturales y, en este sentido, la sistematización explícita de las historias clínicas las instala en un campo científicamente validable. El resumen de historia clínica es el intento de purificar esta situación: diagnóstico, tratamiento, evaluación de resultados, pronóstico, derivación, son los términos necesarios para hacer de la novela, una historia (...) A tal punto es así que en un juicio, en un relevamiento, en una auditoría, lo que se solicita es la historia clínica o el resumen de historia clínica. Interesa legalmente no lo que pensamos, lo que dijimos, lo que hicimos; importa lo escrito…».

Ahora bien, el hecho de ser una escritura introduce asimismo otro sesgo que le es inherente: «La historia clínica identifica tanto a la institución, a sus responsables, como a los profesionales actuantes (...) Pero por sobre todas las cosas la historia clínica da cuenta del ejercicio de una o varias clínicas determinadas En este sentido, es un elemento que vincula a la institución, sus practicantes y sus pacientes, con determinados dispositivos de trabajo, pudiendo constituirse así en un analizador institucional, es decir, «un indicador para orientar procesos de autoevaluación e intervención para la mejora de las prácticas». Algo que resulta de gran utilidad cuando se trabaja en investigaciones orientadas a la acción de transformación institucional, las que a su vez son útiles en los procesos de control de gestión: «Este analizador —prosigue el autor— puede ser el punto de partida de la tematización de problemáticas reales que pueden traducirse, o bien a problemáticas de conocimiento teórico-operativo, o bien a problemas de investigación multi-interdisciplinarias y con alcance comparativos (...) Al abrir una historia clínica comenzamos a ver de un pantallazo al hospital en sus prácticas, la articulación de estas prácticas y el control institucional sobre ellas. Si las historias clínicas están vacías...», esto puede indicar que «...hay un vacío de prácticas, de articulación y/o de control, o simplemente...» que «...no hay tiempo para hacerlas». No obstante, veremos a continuación las implicancias que esto puede llegar a tener.

Detendremos por lo tanto nuestra atención en un punto de especial interés, que es su carácter Jurídico y Administrativo. Calvano subraya que en la práctica hospitalaria e institucional «... estamos obligados a asistir, no a curar», siendo la historia clínica el registro de que esa asistencia fue realizada, en tanto que el «control exigible» es que las reglamentaciones se hayan cumplido en todos los pasos establecidos: «Carátula, diagnóstico, prescripciones, interconsultas, lo que fuera. Se controla un ordenamiento, y no particularmente el procedimiento de trabajo clínico». Esto eleva la historia clínica a la jerarquía de Documento Público, constituyéndose al mismo tiempo —como advierte el autor— en una letra socializada de nuestras prácticas: «Circula entre colegas, entre instituciones, crecientemente puede exigirse por parte de los pacientes y sus representantes, para el caso las obras sociales que pagan algunas de las prácticas que se llevan a cabo en el hospital». Podemos intercalar aquí una importante observación que hace al respecto Angelina Allamprese, en uno de los apartados de ese mismo estudio: «Ante todo hay que tener en cuenta que escribir en la historia clínica es lo que marca la ley. Hacerlo o no, no es una cuestión de elección personal. Como documento, otorga una identidad, una existencia legal al paciente, al profesional que en tanto tal se hace responsable de la conducción de un tratamiento, y a las prácticas mismas en tanto tales (...) Por lo tanto que estas prácticas y su justificación queden registradas hace que tengan una inscripción legal dentro del marco institucional». Toda escritura que en ella tenga lugar estará por lo tanto atravesada, de modo inevitable, por ese sesgo, que si bien puede permanecer allí como mero telón de fondo de la clínica institucional, en cualquier momento puede saltar al primer plano, si las circunstancias así lo requieren: será ese el momento de responder por lo que se ha escrito, y bien saben quienes se han encontrado implicados en situaciones así —que suelen estar vinculadas a episodios cargados de cierta tensión, emergentes de algún desacople del dispositivo— lo que se experimenta en el propio cuerpo hasta que todo vuelve a los carriles «normales» del quehacer cotidiano...

Hay otro aspecto, no menos importante, que la misma autora recién referida nos hace notar respecto de las implicancias subjetivas del proceso escritural: «Escribir permite al profesional tomar distancia, hacer ajeno aquello en lo que se implica y reflexionar sobre la clínica. Escribir la historia clínica se hace insoportable si sólo se trata de una exigencia del Otro institucional, si no es además lo que anuda, lo que permite al profesional salir de la escena, otorgarle un sentido, despojándose de la vivencia pudiendo así aislar la lógica de su trama». En este mismo sentido, Calvano señala que «...la historia clínica permite olvidar; al escribir dejamos constancia de la clínica, y eso nos permite olvidar, olvidar al paciente de turno para atender al próximo, al que nos espera después. Es una descarga, para volver a cargarnos con el que sigue. Muchas veces la presión de la demanda, la cantidad de gente con la que nos vemos, no nos permite escribir algunas cosas y después nos olvidamos, no tenemos tiempo (...) Me parece que el tiempo necesario para escribir en la historia clínica no es sólo el tiempo de escribir, es el tiempo de reflexionar sobre lo que hacemos, escribir nos obliga a pensar y la urgencia por la clínica...» muchas veces «nos impide pensar (...) No nos impide ser obsesivos...», pero sí «nos impide organizar, reflexionar, puntuar, detenernos en nuestros pacientes...», y en lo que a nosotros mismos nos sucede frente a ello. Ahora bien: ¿qué es lo que entonces es preciso escribir, en la historia clínica? ¿Qué es lo que ella puede aportar para el esclarecimiento de un caso y su tratamiento? «En principio —señala Calvano—, escribimos la historia de la enfermedad, sus avatares. Si quieren, escribimos la historia de los síntomas, de los cuadros, de los síndromes, los cuándo, los cómo, escribimos el tiempo, la historia clínica es tiempo (...) Escribir la historia, historiar la enfermedad permite, obliga a sacar conclusiones, conclusiones diagnósticas, al menos presuntivas, permite descartar organicidad o psicologicidad, si quieren, obliga a sacar conclusiones provisorias sobre las alternativas terapéuticas posibles, etc. (...) Freud mismo hablaba en estos términos: es más importante la historia de la curación, que la historia de la enfermedad. Ya Freud alertaba que el acento está puesto en la acción del terapeuta. Como lo dicen los sanitaristas: la historia clínica es la historia de la asistencia». Ahora bien, ¿cómo podría alojarse en ella —que es al mismo tiempo Documento Público, Analizador Institucional, soporte escritural y banco de datos— algo de lo que venimos situando en términos de singularidad? Es aquí donde vuelve a tomar su verdadero relieve aquello que Lacan denominara: presencia del analista.

En efecto, para poder captar lo singular del caso hará falta una lectura que no es factible desde cualquier lugar, una observación especial —en el sentido en que Peirce conceptualiza este término— que esté atenta a determinados indicios y señales que desde otro punto de vista podrían pasar desapercibidos. Es seguramente desde esta perspectiva que Miguel Calvano nos señala que la lectura de una historia clínica «... permite seguir las huellas, los rastros de lo hecho, de lo resuelto, lo producido, lo imposible, lo olvidado, lo omitido, lo sintomatizado en cada circunstancia...». Sólo desde allí se podrán rastrear en ella los sedimentos, las huellas de lo singular, haciendo posible entonces cierta construcción, cierta conjetura acerca de las coordenadas subjetivas que investigamos. Por supuesto, el resultado de esta pesquisa dependerá de la perspectiva del observador, del criterio teórico-clínico del que se valdrá para sancionar a un elemento de la historia clínica como relevante, como indicio subjetivo, por sobre los demás. ¿Cuáles serán, entonces, aquellos indicios a los que deberá atender el analista, tanto en su formulación del caso clínico, como en su investigación?

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