El utilitarismo Pablo Stafforini



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El utilitarismo



Pablo Stafforini



Nota: El texto que sigue es una clase virtual sobre utilitarismo para un curso de bioética dictado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).
Presentación

I. Caracterización de la teoría

II. Argumentos a favor del utilitarismo

III. Objeciones al utilitarismo

IV. Utilitarismo y Bioética

Conclusión

Bibliografía citada

Bibliografía obligatoria

Presentación


Junto con el kantismo y el aristotelismo, el utilitarismo es una de las teorías morales más importantes del pensamiento filosófico moderno. A tal punto ha influido el utilitarismo en el desarrollo de la filosofía moral, la teoría política y la economía de bienestar de los últimos dos siglos, que es común en la actualidad iniciar la discusión asumiendo esta teoría para luego considerar si los argumentos en su favor y las objeciones en su contra exigen o no que se la abandone por alguna de las propuestas rivales. En esta clase vamos a explorar en detalle la ética utilitarista, analizando primero su estructura teórica y considerando luego las razones que sus partidarios han invocado en su defensa y las críticas a las que ha sido sometida por sus detractores.

I. Caracterización de la teoría


La teoría utilitarista puede definirse como la conjunción de los siguientes cuatro principios:

  1. Consecuencialismo

  2. Bienestarismo

  3. Hedonismo

  4. Aditividad

A continuación consideraremos cada uno de estos principios sucesivamente.

1. Consecuencialismo


El utilitarismo es, en primer lugar, una teoría consecuencialista (Glosario/conceptos ampliatorios: Las teorías consecuencialistas también suelen ser denominadas teorías teleológicas. Véase John Rawls, A theory of justice, Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1971 [Teoría de la justicia, Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1979], secc. 5. Si bien algunos autores asignan a estos dos nombres un significado ligeramente distinto (Véase: John Broome, Weighing goods: equality, uncertainty and time, Basil Blackwell: Cambridge, Massachusetts, 1991), en la bibliografía los términos suelen emplearse indistintamente). Las teorías consecuencialistas se caracterizan por determinar lo moralmente correcto (Glosario/conceptos ampliatorios: La expresión ‘moralmente correcto’ traduce el término inglés ‘right’. Para simplificar, en lo sucesivo omitiremos el adverbio ‘moralmente’.) puramente en términos de lo bueno o valioso. (POP: en la presente clase emplearemos los términos ‘bueno’ y ‘valioso’ indistintamente). Así, la corrección o incorrección de una acción es para las teorías teleológicas una cuestión que depende exclusivamente de cuán bueno es el estado de cosas al que la acción da lugar.

Las teorías teleológicas se oponen a las teorías deontológicas. Para estas últimas otros factores además del valor moral pueden determinar la corrección de una acción. Así, el deontólogo puede sostener, por ejemplo, que sólo la felicidad tiene valor moral, y aún así negar que una acción que produce la máxima felicidad sea moralmente correcta. Ello se explica porque la acción posee otras propiedades moralmente relevantes, como por ejemplo violar derechos fundamentales, tratar de manera inequitativa a cierto grupo de personas, incumplir una promesa previamente contraída o incrementar la desigualdad o injusticia de la sociedad. (Más adelante retomaremos esta cuestión, al discutir las objeciones al utilitarismo.)


2. Bienestarismo


El utilitarismo es, en segundo lugar, una teoría bienestarista (Glosario/conceptos ampliatorios: Las teorías bienestaristas también suelen denominarse teorías welfaristas. El término ‘welfare’ significa ‘bienestar’ en inglés). Así como el consecuencialismo conecta lo bueno con lo correcto, el bienestarismo conecta el bienestar con lo bueno. Según este principio, la bondad de un estado de cosas está determinada enteramente por el bienestar de los sujetos que lo integran. El principio implica que todos y sólo los sujetos capaces de beneficiarse o de tener intereses son portadores de valor.

3. Hedonismo


El utilitarismo es, en tercer lugar, una teoría hedonista. A la determinación de lo correcto por lo bueno y de lo bueno por el bienestar se agrega ahora la determinación del bienestar por las buenas experiencias (Glosario/conceptos ampliatorios: Con frecuencia estas experiencias se han identificado con el placer o con la felicidad, y a veces con ambos conceptos, que se consideran sinónimos. Aunque es una cuestión abierta si sentirse bien implica siempre tener placer o ser feliz, a los fines de simplificar la exposición en esta clase vamos a emplear indistintamente los términos ‘placer’ y ‘felicidad’ para referirnos a estas experiencias). El hedonismo sostiene así que el bienestar de una persona depende exclusivamente de cuán bien ésta se siente a lo largo de su vida. Para el hedonismo, toda experiencia placentera es parte del bienestar de algún individuo y el bienestar de toda persona está integrado por experiencias de placer. (Glosario/conceptos ampliatorios: Si bien los hedonistas coinciden en que todas y sólo las experiencias placenteras son buenas para quienes las experimentan, hay diferencias en la manera en que los distintos autores entienden la naturaleza de estas experiencias. Para Bentham, el placer es una sensación común que todas las experiencias placenteras comparten. Para Mill, en cambio, hay una pluralidad de placeres, cada uno de los cuales posee una cualidad distintiva. A su vez, para Sidgwick no existe nada que unifique a las distintas experiencias de placer salvo el que todas suscitan una actitud favorable por parte del titular de tales experiencias.)

El hedonismo en el sentido así definido debe distinguirse de otras dos tesis relacionadas pero independientes que también suelen nombrarse con ese rótulo. En primer lugar, el hedonismo no es una tesis psicológica acerca de lo que motiva a las personas a actuar; si bien algunos utilitaristas clásicos como Jeremy Bentham (Glosario/Biografías: Jeremy Bentham (1748-1832), filósofo, jurista y reformista británico, es justamente considerado el padre fundador del utilitarismo moderno. A los veinte años de edad, mientras hojeaba en un café de Oxford el Essay on Government de Joseph Priestley, encontró la frase “la mayor felicidad para el mayor número”. Según cuenta (en tercera persona), “[a]l verla echó un grito, por así decirlo, en un éxtasis interior, como Arquímedes al descubrir el principio fundamental de la hidrostática.” (Jeremy Bentham, 'Utilitarianism: long version' [1829], en Amnon Goldworth (ed.), Deontology; together with A table of the springs of action; and the Article on Utilitarianism, Oxford: Clarendon Press, 1983). Desde entonces y hasta su muerte, Bentham aplicó sistemáticamente el principio de utilidad a prácticamente todas las instituciones políticas y jurídicas de su tiempo.) eran hedonistas también en este otro sentido, no hay ninguna conexión necesaria entre el utilitarismo y el hedonismo psicológico. En segundo lugar, el hedonismo no es una tesis moral acerca de lo moralmente bueno o valioso: el hedonista tal como lo hemos entendido sostiene que el placer es bueno para la persona que lo experimenta, pero no necesariamente bueno moralmente. Debido a que el utilitarismo combina el hedonismo con el bienestarismo, esta conexión entre bienestar y bien moral de hecho existe en esta teoría, pero lo importante aquí es tener en claro que la conexión no se sigue meramente del componente hedonista de la teoría, sino de la combinación de este componente con el componente bienestarista.

En el sentido definido, el hedonismo se opone además a otros dos enfoques sobre el bienestar. Por un lado, se opone a enfoques subjetivistas según los cuales el bienestar de una persona depende en algún sentido de sus actitudes subjetivas. De acuerdo con este enfoque alternativo, lo que es bueno para una persona es aquello que (según las distintas versiones) la persona de hecho desea, que debería desear, o que desearía si fuera racional y tuviera conocimiento de los hechos relevantes (POP: Derek Parfit, Reasons and persons, Oxford: Clarendon press, 1984 [Razones y personas, Boadilla del Monte, Madrid: A. Machado, 2004], apéndice I). Por el otro lado, el hedonismo se opone a enfoques objetivistas según los cuales el bienestar de una persona está compuesto por cierta lista de bienes cuyo valor es independiente de su reconocimiento como tal por parte del agente. Tales bienes pueden incluir el conocimiento, los logros, la amistad, la autonomía y otros valores. (POP: John Finnis, Natural law and natural rights (Oxford: Clarendon Press, 1979) [Ley natural y derechos naturales, Buenos Aires: Abeledo-Perrot, 1992], cap. 4, secc. 2).

Las tres características que hasta aquí hemos identificado como rasgos distintivos del utilitarismo — su carácter consecuencialista, bienestarista y hedonista — establecen una tríada de relaciones de determinación que puede resumirse del siguiente modo: para el utilitarismo, el placer determina el bienestar, que determina lo bueno, que determina lo correcto. Dada la transitividad de la relación de determinación, podemos decir que para el utilitarismo el placer determina lo correcto. Para esta teoría, lo que en última instancia importa a la hora de determinar lo que debemos hacer es sólo el placer que podemos producir mediante nuestras acciones.


4. Aditividad


La relación de determinación que establecen los tres principios anteriores, aunque necesaria, es insuficiente para generar una teoría utilitarista. Además de sostener que el placer determina lo correcto, el utilitarismo defiende una forma particular de determinación: la aditividad. El utilitarismo es, pues, una teoría aditiva. Para las teorías aditivas, la determinación se establece por adición. El utilitarista aplica este criterio aditivo a cada uno de los tres principios precedentes. Así, el bienestar de una persona es la suma del placer que esa persona experimenta a lo largo de su vida; el valor de un estado de cosas es la suma del bienestar de las personas que en él existen; y el grado de corrección de una acción es la suma del valor del estado de cosas al que da lugar.

Este principio aditivo se opone a enfoques holistas. De acuerdo con estos enfoques, el placer, bienestar o valor total de un todo no equivale a la suma del placer, bienestar o valor de las partes de ese todo. G. E. Moore (Glosario/Biografías: George Edward Moore (1873-1958), filósofo inglés discípulo de Sidgwick. Su libro Principia ethica (1903) es tal vez la más importante obra de filosofía moral publicada en la primera mitad del siglo XX.), por ejemplo, defendió la existencia de “unidades orgánicas”, cuyo “valor como un todo [as a whole]” difiere de su “valor total [on the whole]” por contener sus partes un valor menor al del todo que integran. (POP: George Edward Moore, Principia ethica, Cambridge: Cambridge University Press, 1903) [Principia ethica, Barcelona: Crítica, 2002], secc. 129)


5. Variantes


La teoría utilitarista que hemos caracterizado constituye un ejemplo paradigmático de utilitarismo. Sin embargo, no todos los pensadores utilitaristas han suscripto a esta versión particular de la teoría. En general, podemos decir que una teoría es utilitarista, no si está constituida por los cuatro principios que hemos enumerado, sino si los principios que de hecho la constituyen se asemejan suficientemente a una teoría constituida por tales principios (POP: Walter Sinnott-Armstrong, 'Consequentialism', in Edward N. Zalta (ed.), The Stanford encyclopedia of philosophy, 2007, secc. 2). A continuación, mencionaremos algunas formas de utilitarismo alternativas.

Una primera variante, prevaleciente sobre todo entre los utilitaristas clásicos como Jeremy Bentham y James Mill (Glosario/Biografías: James Mill (1773-1836), filósofo y jurisconsulto inglés, padre de John Stuart Mill y colaborador de Jeremy Bentham.), es la que suele trazarse entre formas egoístas y universalistas de la teoría. Los utilitaristas egoístas restringen los placeres que determinan la acción correcta a las experiencias constitutivas del bienestar del propio agente. Los utilitaristas universalistas, en cambio, incluyen en esta clase el bienestar de todos las personas afectados por la acción (sin excluir, por supuesto, el bienestar del propio agente). Así, lo que yo debo hacer para un utilitarista egoísta es maximizar mi propio placer, aun cuando me fuera posible realizar una acción alternativa que produjera un mayor placer agregado a costa de un menor placer para mí. En la actualidad, cuando los filósofos y economistas hablan de utilitarismo asumen la variante universalista. De hecho, podría sostenerse que el utilitarismo egoísta no es, en rigor, una teoría moral, sino una teoría de la prudencia o de la acción racional. Aunque con algunas salvedades, puede decirse que los principales utilitaristas clásicos, como Bentham, Mill y Sidgwick, así como los partidarios más recientes de esta teoría, como R. M. Hare y Peter Singer, defienden una versión universalista de la teoría (John Stuart Mill, Utilitarianism [1861] en John M. Robson (ed.), The collected works of John Stuart Mill (Toronto: University of Toronto Press, 1963-1991, vol. 10, cap. 2, p. 218) [El Utilitarismo, Madrid: Alianza, 1984, p. 66]; [completar]).

En segundo lugar, podemos distinguir entre un utilitarismo maximizador y un utilitarismo satisfaccionista (POP: Los términos ‘maximizador’ y ‘satisfaccionista’ traducen, respectivamente, los términos ingleses ‘maximizing’ y ‘satisficing’). Para los utilitaristas maximizadores, una acción es correcta sólo si da lugar a un estado de cosas cuyo bienestar agregado es máximo (es decir, cuya suma de bienestar es mayor o igual a la suma de bienestar de cualquiera de los estados de cosas alternativos a los que la acción podría haber dado lugar). Para los utilitaristas satisfaccionistas, en cambio, una acción es correcta sólo si da lugar a un estado de cosas cuyo bienestar agregado es suficiente. Michael Slote ha defendido (POP: Michael Slote, ' Satisficing consequentialism', Supplementary volume - Aristotelian Society, vol. 58 (1984), 139-164.) una forma de consecuencialismo satisfaccionista por ser ésta una teoría menos exigente que el utilitarismo maximizador. Pues le permite al agente realizar, en ciertos casos, acciones que el utilitarismo maximizador declara incorrectas. Volveremos sobre esta cuestión al discutir una de las objeciones al utilitarismo.

En tercer lugar, está la variante entre formas directas y formas indirectas de utilitarismo. Para el utilitarismo directo, la acción correcta se determina directamente en términos del placer agregado al que da lugar. Para el utilitarismo indirecto, en cambio, la acción correcta se determina indirectamente. La forma más común de utilitarismo directo es el utilitarismo del acto, defendido por la mayoría de los utilitaristas clásicos y contemporáneos. La forma más común de utilitarismo indirecto es el utilitarismo de la regla, defendido tal vez por Mill y, en nuestros días, por Richard Brandt y Brad Hooker (POP: Richard B. Brandt, A theory of the good and the right, Oxford: Clarendon Press, 1979362 [Teoría ética, Madrid: Alianza, 1994]; Brad Hooker, Ideal code, real world, Oxford: Clarendon Press, 2000213). De acuerdo con esta versión de la teoría, para determinar la acción correcta debe previamente determinarse la regla correcta. La regla correcta es la que, de ser observada regularmente, da lugar a la mayor suma de placer. La acción correcta, a su vez, es la que se ajusta a la regla correcta. A fin de ilustrar esta diferencia, supongan ustedes que han prometido realizar cierta acción pero que, para realizar la acción que produce las mejores consecuencias, deben realizar una acción alternativa. En tal caso, el utilitarista del acto dirá que deben realizar esta última acción, mientras que el utilitarista de la regla probablemente dirá que deben cumplir con lo prometido, dado que la regla de cumplir con las promesas contraídas, si se observa regularmente, produce las mejores consecuencias.

En cuarto lugar, debemos distinguir entre el utilitarismo como criterio de corrección y el utilitarismo como procedimiento de decisión. Considerado como criterio de corrección, el utilitarismo establece las condiciones bajo las cuales una acción es moralmente correcta o incorrecta. Considerado como procedimiento de decisión, en cambio, el utilitarismo nos indica cómo debemos tomar nuestras decisiones. Podría suponerse que el criterio de corrección y el procedimiento de decisión deben coincidir, pues ¿no deberían los agentes utilitaristas adoptar para tomar sus decisiones precisamente el procedimiento de identificar aquella acción que el criterio utilitarista declara correcta? Según muchos utilitaristas, sin embargo, este supuesto es erróneo. Hare, por ejemplo, ha negado (POP: R. M. Hare, Moral thinking: its levels, method, and point, Oxford: Clarendon Press, 1981) que debamos conducirnos en nuestra vida diaria preguntándonos cuál de nuestras acciones maximizará el bienestar total: pues si tomásemos nuestras decisiones de ese modo muy probablemente fracasaríamos en nuestro intento de actuar óptimamente, ya sea porque perderíamos demasiado tiempo decidiendo, porque al decidir nos veríamos influidos por sesgos de diverso tipo, o porque el acto de decidir de esta manera es en muchos casos en sí mismo inapropiado. (Glosario/conceptos ampliatorios: El filósofo inglés Bernard Williams, un célebre y formidable crítico del utilitarismo, sostuvo que los utilitaristas, al pensar sobre cómo deben actuar, a menudo piensan demasiado. Williams imagina el caso de un hombre que, al ver que su mujer se ahoga, decide rescatarla sólo luego de haber concluido que el rescate es la acción requerida por el utilitarismo. (Bernard Arthur Owen Williams, 'Persons, character and morality', en Moral luck: philosophical papers, 1973-1980, Cambridge: Cambridge University Press, 1981, pp. 1-19 [‘Personas, Carácter y Moralidad’, en La fortuna moral, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993]). Sin embargo, objeciones como estas fueron consideradas y respondidas satisfactoriamente incluso por utilitaristas clásicos. Como observó el jurista inglés John Austin (1770-1859), “ningún utilitarista coherente y ortodoxo sostuvo jamás que el amante debe besar a su amada con vistas al bienestar general.” (The province of jurisprudence determined, Londres: J. Murray, 1832 [El objeto de la jurisprudencia, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2002], cap. 4). Por el contrario, la cuestión de cómo debe pensar uno sobre cómo uno debe actuar es en sí misma una cuestión que debe determinarse aplicando el principio de utilidad (véase Toby Ord, Consequentialism and decision procedures, tesis de BPhil inédita, Universidad de Oxford). Y a menudo ocurre que el bienestar sólo puede promoverse máximamente si uno no piensa como un utilitarista).

[En quinto lugar, objeto de evaluación.

[En sexto lugar, relatividad a los hechos, creencias o evidencia]

Por último, podemos distinguir entre el utilitarismo hedonista y el utilitarismo de la preferencia. Como hemos visto, la versión paradigmática del utilitarismo es una versión hedonista. Esta es la versión favorecida por los primeros utilitaristas. Sin embargo, en tiempos recientes la mayoría de los autores utilitaristas—incluyendo a Hare, Brandt y Singer—, han abandonado el componente hedonista de la teoría y han favorecido en su lugar una teoría subjetivista del bienestar. Como hemos visto, estas teorías sostienen que lo bueno es lo que la persona de hecho desea, que debería desear, o que desearía si fuera racional y tuviera conocimiento de los hechos relevantes.


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