El ser de las Baleares



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Baltasar Porcel

El ser de las Baleares


Un poeta mallorquín que moriría muy joven, en 1938 y en la exuberante montaña del Montseny, en la costa catalana, desde donde, los días claros, se ve en la lejanía la diluida silueta de Mallorca, escribía, mientras la tuberculo­sis le minaba el cuerpo, un poema titulado precisamente «Recuerdo de Ma­llorca durante la guerra civil». Sus versos finales, estremecedores y alucina­dos, eran éstos:

Tota la meva vida es Higa a tu, com en la nit les flames a la fosca í.

El poeta, que se llamaba Bartomeu Rosselló-Pórcel y que en definitiva es el introductor en la isla, en sus ambientes literarios, entonces muy conserva­dores, de la poesía del siglo xx, ¿reflejaba con estos versos el típico localismo miope y exaltado o desvelaba una realidad mucho más profunda, vinculada incluso a la misma constitución del espíritu del hombre, del hombre balear en este caso?



Me atrevería a suponer que la auténtica es la segunda alternativa. Y la serie de notas interpretativas que comienzo ahora lo que pretenden es, a tra­vés de la geografía, de la historia, de la cultura, de la economía y, por su­puesto, de mi propia condición y mis vivencias de mallorquín, indagar sobre el ser de las Baleares. Ese subyacente maridaje de las llamas y la noche que iluminó las últimas horas del poeta moribundo y solitario...

Sobre las Baleares planean casi tantos tópicos, o al menos tan volumino­sos, como la misma e inmensa masa de turistas que las visita. En Europa, en España, son una de las regiones más conocidas... en superficie. No es que yo crea poseer la Verdad, así, en mayúscula. Realmente sólo tengo unas claves de aproximación, y lo que quiero hacer es darlas.



Otro escritor, éste inglés, el brillante —y a veces apenas algo más— Lawrence Durrell, autor de los legendarios volúmenes del Cuarteto de Ale­jandría, la obsesión de la vida del cual ha sido el Mediterráneo, habla, me

1«Toda mi vida está ligada a ti, / como en la noche las llamas al fuego.»

Cuenta y Razón, n.° 7 Verano 1982

parece que en su libro sobre Chipre, Limones amargos, de la islomanía. Es decir, de la ineludible atracción que ejercen las islas sobre un determinado tipo de personas que hayan nacido en ellas o no, pero que aspiren a vivir en su delimitado espacio, que sueñan con ello por encima de cualquier otra cosa.

Y es que las islas, al formar una unidad geográfica cerrada en ella misma, se ven forzadas a desarrollar una existencia acusadamente etnocéntrica, a cons­tituirse en un microcosmos al mismo tiempo paralelo y diferente del macro­cosmos, del resto del mundo. A establecer en su mentalidad, en definitiva, un determinado concepto de independencia, existente ya en la realidad.

A una isla la afectarán sin duda las grandes convulsiones sobreestructura-les, incluso podrá ser gobernada desde afuera, será pequeña y miserable. Pero su situación geográfica condicionando la historia hará que los hábitos de su gente, sus ideas, todo su ser, sean un barco navegando por cuenta propia.

Bien, no se trata de una imagen poética: un barco anclado en la inmen­sidad del mar... «Nosotros no somos separatistas, porque ya estamos separa­dos», es una boutade que suele oírse en las Baleares. Porque cuando se dice que los ingleses son muy particulares y raros, que los sicilianos son mañosos y primitivos, que los japoneses... Nada de nada. Lo que pasa es que todos ellos son insulares, y su singularidad no es otra cosa que el etnocentrismo que los ha amoldado.

Este hecho me parece determinante, y no deberíamos olvidarlo nunca cuando nos referimos a las Baleares. Si el avión o la televisión en la actuali­dad borran indiscutiblemente las distancias, configurándonos a todos en esta nueva conciencia planetaria —y yo, por descontado, la vivo y la siento, no­tándome cada vez menos patriotero—, también es verdad que no por ello ha sido vencido el aislamiento. Ni tiene por qué serlo, añadiría, porque con­ciencia planetaria no tiene nada que ver con decoloración y uniformismo. Pero ésta ya es otra cuestión.

Sobre las islas continúan pesando la historia y las costumbres, las cuales anidan tanto en el subconsciente como en las reglas sociales establecidas, a la vez que siempre está aquí, omnipresente, el horizonte-frontera-muralla del mar, con su formidable peso psicológico haciéndote prisionero de la isla y, al mismo tiempo, incitándote hacia las más lejanas rutas del globo.

Mallorca no fue porque sí, en la Edad Media, uno de los más importan­tes emporios cartográficos de Occidente. Los Dolcet, Cresques, Viladestes, Vallseca dibujaron mapas y portulanos extraordinariamente fidedignos. Un judío mallorquín, un abuelo de los que después serían tristemente famosos y perseguidos chuetas, maestro Jacob Cresques, emigró a Portugal, se bautizó con el nombre de Jaime Ribes, y se encuentra en la base de la formidable escuela náutica de Sagres, que abrió a Don Enrique —metafóricamente llama­do el Navegante— y, por supuesto, a su país los caminos del mundo.

Y si no importa mucho la intermitente polémica de si Cristóbal Colón era mallorquín o no, podemos, en cambio, constatar con orgullo que su cien­cia náutica responde también a la que se había desarrollado en la isla. Ade­más de tener en su biblioteca, según el inventario de su hijo Fernando, libros

mallorquines, como, por ejemplo, del renegado y vivaz escritor Anselm Tur-meda.

Menorca, Ibiza, Mallorca, las Baleares, no están obviamente abiertas de la misma manera que, pongamos por caso, cualquier otra ciudad peninsular a la voluntad sin trabas del ciudadano, unida a la individualidad del coche. Para entrar y salir de una isla te has de someter a un rito —decisión, aco­plamiento de horarios, tiempo...— en cierta manera iniciático; un rito por medio del cual abandonas un universo y te introducen en otro.

En tiempos pasados este aislamiento fue, por otra parte, terrible. Las ciento treinta y una millas que separan Palma de Barcelona representan hoy un obstáculo fácilmente superable. Pero antes eran muchas, muchísimas. Demasiadas.

La sentencia del Compromiso de Caspe, por aludir a uno de los hechos más decisivos de la historia española, fue votada el 24 de junio de 1412. En Mallorca no fue conocida hasta el 2 de julio. Y todavía fue éste un caso de celeridad. Felipe V entraba en Madrid el 18 de febrero de 1701, y la noticia no llegó a las Baleares hasta el 4 de marzo. Y del alzamiento del 2 de mayo de 1808 nadie se enteró en el archipiélago hasta el final de aquel mes...

Una comunicación regular, aunque espaciada, con la Península no fue establecida hasta 1834, por medio del buque «Rey Don Jaime I», conocido con el nombre de «El Balear». Un viajero ilustre, el noble de origen polaco Charles Dembovski, que en 1839 se presentó en Mallorca y visitó a George Sand y Federico Chopin, que pasaron en la isla, enamorados e irritados, aquel invierno, invirtió en la navegación de Barcelona a Mallorca dieciocho horas con el nuevo vapor que entonces cubría el servicio, «El Mallorquín». Los clientes más importantes del cual eran los cerdos, el cerdo negro mallorquín, buen negocio para el campesino, elemento capital de la cocina insular. Para desesperación de George Sand.

Y todavía debe tenerse en cuenta otro factor esencial antes de la navega­ción a vapor —«la que lleva el viento en la bodega», como decían incrédulos y asustados los viejos marineros—, y es que generalmente sólo se emprendían travesías marítimas en primavera y en verano, es decir, la época de las calmas. La insularidad, pues, como determinante del etnocentrismo. ¿Resulta ex­traño que en este contexto los cartógrafos fabricasen sus «imágenes» del mundo? La técnica nacida de la necesidad.


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