El pensamiento económico de aristóteles jesús L. Paradinas Fuentes Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia



Descargar 66,14 Kb.
Fecha de conversión09.09.2017
Tamaño66,14 Kb.


EL PENSAMIENTO ECONÓMICO DE ARISTÓTELES
Jesús L. Paradinas Fuentes

Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia

1. Introducción

Los partidarios de reducir el pensamiento económico a la llamada economía positiva, aunque reconocen la importancia de las ideas analíticas de Aristóteles (384-322 a.C.), le critican que, al mezclarlas con las normativas, no fuera capaz de desarrollarlas debidamente. Schumpeter, por ejemplo, dice que en el Estagirita se pueden encontrar tres cosas: una teoría del valor, que distingue entre valor de uso y valor de cambio; una teoría del dinero, que le atribuye varias funciones: medio de cambio, medida del valor y depósito del valor; y una teoría del interés, que lo relaciona con el dinero. Pero le acusa de proponer una teoría del valor que no acepta que los precios competitivos son precios justos; de enseñar que el dinero tiene que ser una cosa útil y con valor de cambio independientemente de su función monetaria; y de que, a pesar de relacionar el interés con el dinero, se limitara a condenarlo identificándolo en todos los casos con la usura1.

Sin embargo, como nosotros pensamos que es precisamente la integración existente en el pensamiento económico aristotélico entre las ideas analíticas y las normativas lo que tiene valor en la actualidad, no nos limitaremos en esta conferencia a exponer las primeras, las que describen los fenómenos económicos de su tiempo, sino que también trataremos de las segundas, las que juzgan esos fenómenos teniendo en cuenta las normas morales de la sociedad en la que se realizaban. Lo hacemos así porque creemos que la economía no es una ciencia natural, sino una ciencia social y, por lo tanto, tiene que integrar tanto lo analítico como lo normativo2.

Es más, ni siquiera nos conformaremos con exponer el pensamiento económico de Aristóteles, sino que recogeremos también las críticas que ha recibido a lo lago de la historia con el propósito de poner de manifiesto la función ideológica que han desempeñado y desempeñan las ideas económicas porque, como vamos a ver, han ido cambiando a medida que cambiaban las clases dominantes de la sociedad. Comprobaremos así que, como decía Karl Marx, también en el pensamiento económico, las ideas dominantes en cada sociedad son las ideas que convienen a las clases dominantes.


2. Circunstancias históricas
Para entender debidamente el pensamiento económico de Aristóteles conviene recordar que para los griegos de aquel tiempo el término “economía” no tenía el significado que tiene en el mundo moderno, ni daban un tratamiento independiente, como hacemos ahora, a los fenómenos económicos, sino que los estudiaban en las tres ciencias prácticas que se ocupaban del bien de individuo humano: la ética, del bien de la comunidad familiar, la económica, y del bien de la comunidad cívica, la política.

La económica (de oikos, casa; y de nomos, ley) trataba del dueño de la casa, de su mujer, de la educación de los hijos, de la agricultura, de los animales, de los siervos, de la adquisición y administración de los bienes que se necesitan para vivir, etc. Por esta razón, muchas de las actividades que hoy llamamos económicas estaban sometidas a los valores propios de las relaciones familiares, es decir, la solidaridad y la cooperación. En el mundo moderno, en cambio, los valores de la economía son, como veremos, el egoísmo y la competencia.



También hay que tener en cuenta que en el siglo V a.C. se produjeron en Grecia importantes cambios económicos, sociales y políticos que transformaron el modo de vivir de los griegos. En la economía griega, que dependía sobre todo de las labores agrícolas y ganaderas realizadas por esclavos, se desarrollaron otras actividades económicas que dieron origen a un incipiente capitalismo comercial y financiero. Algunos de los que se dedicaron a ellas se enriquecieron y pretendieron no solo ascender socialmente, sino intervenir en la vida política de la ciudad, algo que estaba reservado a los que formaban parte de la aristocracia terrateniente. Los problemas que surgieron entonces llevaron a algunos pensadores a criticar la nueva situación y a proponer la recuperación del antiguo orden. El más importante de todos ellos y el que más influencia ha ejercido en la posteridad es, sin duda alguna, Aristóteles, porque al fijarse especialmente en los problemas de todo tipo que tuvieron su origen en las nuevas actividades económicas, puede ser calificado de “descubridor” de la economía3.

3. Las principales ideas económicas de Aristóteles
Como el escrito de Aristóteles sobre la ciencia económica que ha llegado hasta nosotros ofrece muchas dudas de autenticidad, vamos a recurrir a lo que enseña en las otras ciencias prácticas para conocer su pensamiento económico.
3.1. La naturaleza ofrece a los seres humanos lo que necesitan para vivir
Conviene saber, ante todo, que hasta el siglo XVII no se impuso en el pensamiento económico la idea de que los seres humanos necesitan “producir” los bienes materiales que necesitan para vivir. Se creía que dichos bienes los ofrecía la naturaleza. Por lo tanto, no había que “producirlos”, sino adquirirlos y administrarlos debidamente para poder aprovecharse de ellos:
“Es decir, como la política no crea a los hombres, sino que los recibe de la naturaleza y los utiliza, así también es preciso que suministre el sustento la naturaleza, tierra o mar o cualquier otro elemento. A partir de estos recursos le toca al hombre administrador aprovecharlos. Ya que no es asunto del arte textil la creación de lanas, sino el conocer qué tipo es útil y apto, y cual de mala calidad y desechable. […] Ante todo, como se ha dicho antes, debe existir una base natural. Porque es una función de la naturaleza procurar el sustento al ser que ha nacido. A todos, pues, les ofrece sustento el contorno de que surgen”4.
Así pues, el problema económico de la escasez de los bienes materiales ni siquiera se lo plantea el Estagirita. Lo que sí hace es una fundamental distinción en las formas que tienen los seres humanos de adquirirlos.
3.2. Hay una forma natural y una forma no natural de adquirir bienes
Aristóteles, después de reconocer que los seres humanos para ser felices necesitan disponer de bienes materiales, distingue entre dos formas de adquirirlos: la que es parte de la administración doméstica, por lo que podría llamarse “económica” y la que suele llamarse, apropiadamente según dice, “crematística” (de khrema, riqueza)5. La primera tiene por objeto adquirir los bienes que son necesarios para vivir y útiles a la ciudad o a la casa, que son siempre limitados, mientras la segunda busca adquirir riquezas y propiedades ilimitadamente:
“Desde luego, existe una especie de arte adquisitivo que por naturaleza es parte de la administración doméstica. Es lo que o bien le debe procurar o facilitarle que ella misma se procure, aquellas cosas cuya provisión es indispensable para la vida y útiles a la comunidad de la ciudad o de la casa. Y parece que la verdadera riqueza está formada por ellas. La provisión de estos bienes en cantidad suficiente no es algo ilimitado...”6.

“Pero existe otro tipo de arte adquisitivo, a lo que se suele llamar generalmente, y es apropiado llamarlo así, crematística, por el cual parece que no existe límite alguno a la riqueza ni a la propiedad. Muchos consideran que existe tan sólo un tipo, y que es el mismo arte adquisitivo, a que ya hemos aludido, a causa de su afinidad con él. Ni es el mismo que el mencionado ni está lejos de aquél; pero de los dos, el primero, es por naturaleza, y este segundo, no, sino que más bien se desarrolla mediante una cierta práctica y técnica ”7.


De acuerdo con esta distinción, enumera Aristóteles las formas de vivir que considera naturales, entre las que menciona la piratería, el bandidaje e incluso la guerra, excluyendo expresamente de ellas el cambio y el comercio:
“Son, pues, poco más o menos, éstos los tipos de vida de los que tienen una actividad adquisitiva por sí misma y que no se procuran el sustento mediante el cambio y el comercio: el pastoreo, la agricultura, la piratería, la pesca y la caza. Otros viven con holgura combinando estos géneros de vida, supliendo así lo que más falta a su género habitual para ser suficiente. Por ejemplo, combinan el pastoreo y el bandidaje, o la agricultura y la caza. De igual modo, en los demás géneros de vida, los hombres se comportan según el modo al que les obligan sus necesidades. […] De modo que también el arte de la guerra será en cierto modo un arte adquisitivo, puesto que la caza es una parte suya”8.
3.3. Los bienes tienen un doble valor: el de uso y el de cambio
Aristóteles hace también una importante distinción entre el valor de uso y el valor de cambio. En efecto, enseña que las cosas que poseemos tienen dos usos y, por lo tanto, un doble valor, pues pueden utilizarse de dos maneras: usándolas o cambiándolas por otras cosas:
“De cada objeto de propiedad resulta posible un doble uso. Uno y otro son usos del objeto como tal, pero no en un mismo sentido, ya que uno es el propio del objeto, y el otro, no, como, por ejemplo, el uso de un zapato como calzado y como objeto de cambio. Es decir, tanto uno como otro son usos del zapato. Porque también el que cambia un zapato suyo al que lo necesita a cambio de dinero o de comida utiliza el zapato en cuanto tal zapato pero no en su uso natural. Ya que no se ha hecho para el cambio. Del mismo modo para con los demás objetos de propiedad”9.

Sin embargo, aunque al cambiar unas cosas por otras no les estamos dado su uso natural, el Estagirita piensa que es una forma natural de adquirir bienes, pero advierte que dará origen a otro tipo de cambio, que calificará de no natural, cuando se invente el dinero:


“Entonces los objetos útiles se truecan por otros útiles, pero nada más; por ejemplo, al entregar y recibir vino por trigo, y así de cada cosa de las similares. Tal tipo de comercio no es antinatural, ni ninguna forma de crematística ya que se practicaba para completar la autosuficiencia natural. Sin embargo, a pesar de éste, se desarrolló el otro cambio por un proceso lógico”10.
3.4. La distribución y el intercambio de bienes debe realizarse justamente
Aristóteles, al hablar de la ciudad, ha afirmado que la justicia es el orden de la sociedad civil11. De acuerdo con esta idea, distingue dos formas de justicia, la distributiva, que concierne al reparto de los bienes de la ciudad entre sus habitantes, y la conmutativa, que es la relativa a los cambios que realizan voluntariamente los particulares entre ellos. Según la primera hay que dar a cada uno según sus méritos; según la segunda ninguno de los que intervienen en el intercambio tiene que ganar o perder en la operación:
“Los nombres de “pérdida” y “ganancia” proceden del cambio voluntario, pues a tener más que lo propio se le llama “ganar”, y a tener menos que lo inicial, “perder”, por ejemplo, al comprar y vender, y en todas las otras operaciones en las que la ley concede inmunidad. Y cuando en esta operación no se produce ni más ni menos, sino lo mismo, las gentes dicen tener “lo suyo propio” y que no pierden ni ganan. De manera que la justicia de las transacciones voluntarias es un medio entre una cierta ganancia y pérdida, a saber, tener igual antes y después”12.
Parece ser, por lo tanto, que para el Estagirita, las cosas tienen un valor objetivo independientemente de las circunstancias en las que se cambian y de la estimación subjetiva que tengan de ellas los que realizan el intercambio. Consecuentemente, los intercambios solo son justos si los bienes que se dan y los que se reciben son equivalentes, es decir, si tienen el mismo valor.
3.5. El dinero es un medio para comparar el valor de las cosas que se cambian

Según Aristóteles, el dinero se inventó como medio de comparar el valor de las cosas que se querían intercambiar:


“Por ello tienen que ser comparables de alguna manera todos los objetos de los que hay intercambio. Con este fin se introdujo el dinero, y, en cierto sentido, es un término medio porque lo mide todo, de manera que también mide su exceso y defecto -digamos, cuantos zapatos son el equivalente de una casa o de los alimentos-. Por tanto, la misma relación que hay entre un constructor y un zapatero debe haber entre tantos zapatos y una casa. […] Por consiguiente, todo debe medirse con una sola cosa de cierta clase, como antes se dijo”13.
Por tanto, según el Estagirita, servirse del dinero para otra cosa será, como veremos, usarlo de manera no natural.
3.6. El dinero dio origen a la crematística comercial

A continuación afirma que fue la aparición del dinero para facilitar los cambios lo que dio origen al comercio de compraventa, que ahora llama “la otra forma de la crematística”. Esta segunda forma de adquirir bienes no tiene como objetivo adquirir los bienes que son necesarios para la vida, sino obtener ganancias:


“Una vez que se hubo inventado el dinero a causa de los cambios indispensables surgió la otra forma de la crematística: el comercio de compraventa. Esto quizá se desarrolló al principio de un modo sencillo, y luego, ya con la experiencia, se hizo más técnico, que variaba de objetos y de modos, con objeto de conseguir mayor ganancia. Por eso parece que la crematística se mueve sobre todo en torno al dinero, y que su función es la capacidad de observar de dónde puede obtenerse una cantidad de dinero”14.
La que ahora llama primera forma de crematística, la que forma parte de la administración doméstica, de la Económica o gobierno de la casa, es, como dijimos, conforme a la naturaleza para Aristóteles. En cambio, la segunda forma de crematística, la de los comerciantes, no está de acuerdo con la naturaleza, porque trata de obtener ganancias a costa de los demás:
“Por tanto, en opinión general, la crematística, a partir de los frutos de la tierra y de los animales, es algo conforme a la naturaleza. Ahora bien, este arte presenta dos formas, como dijimos: la del comercio de compraventa y la de la administración doméstica. Ésta es necesaria y elogiada; la otra, comercial, es censurada con justicia. Pues no está de acuerdo con la naturaleza, sino que es a costa de otros”15.
3.7. La crematística comercial se manifiesta de tres formas
Según dice Aristóteles a continuación, la crematística comercial, la forma no natural de adquirir bienes, se manifiesta de tres maneras: la compraventa, el préstamo con interés y el trabajo asalariado:
“De la [crematística] basada en el intercambio la más importante es el comercio. Y éste tiene tres secciones: embarque transporte y venta. Cada una de ellas difiere de las otras por el ser una más segura y por ofrecer otra mayor ganancia. Una segunda parte es la usura y la tercera el trabajo asalariado”16.

En una sociedad esclavista como la griega de aquel tiempo, los hombres libres no tenían que trabajar. Por lo tanto, para el filósofo griego los que trabajaban a cambio de un salario lo hacían porque querían ganar dinero.

Como las tres formas de la crematística comercial no son naturales, el Estagirita considera que los que los que se dedican a ellas tampoco lo son, porque convierten en fin de su vida lo que es solo un medio para sobrevivir:
“En cuanto a la vida dedicada al dinero, es un género violento y resulta evidente que la riqueza no es el bien que buscamos, pues es algo útil, esto es, con vistas a otra cosa”17.
La condena aristotélica de las actividades comerciales y financieras, basada en el supuesto de que no son naturales, será corregida, como veremos, en el pensamiento económico posterior. De todas formas, de acuerdo con el Estagirita, se seguirá desconfiando de los que se dedican a ellas porque, aunque la sociedad ha tratado siempre de controlarlas moralmente, no ha podido evitar que muchos las hayan utilizado para enriquecerse18.
3.8. El préstamo con interés es la forma de crematística menos natural
El préstamo con interés, o usura, es la manifestación de la crematística comercial más criticada por el filósofo griego, porque no utiliza el dinero de acuerdo con su naturaleza, como medio de facilitar los intercambios de las mercancías, sino para ganar más dinero:
“Y con la mejor razón es aborrecida la usura, ya que la ganancia, en ella, procede del mismo dinero, y no por aquello para lo que se inventó, pues se hizo para el cambio, y en la usura el dinero por si solo produce más dinero. Por eso ha recibido ese nombre, porque lo engendrado es de la misma naturaleza que sus engendradores, y el interés es dinero nacido de otro dinero. De forma que de todos los negocios éste es el menos natural”19.
Así pues, a diferencia de lo que se pensará más adelante, cualquier préstamo con interés es considerado por Aristóteles usurario, aunque el interés sea poco importante.

3.9. La propiedad privada es preferible a la común
Platón (427-347 a.C.), en La República, había propuesto que los gobernantes y los guardianes poseyeran en común los hijos, las mujeres y las propiedades. Aristóteles en cambio, después de poner de manifiesto los problemas sociales que plantearía el hecho de que las mujeres y los hijos fueran comunes, se detiene en el tema de la propiedad afirmando que la privada es más conveniente que la comunal por varias razones: porque ponemos más cuidado en las cosas que son nuestras que en las que son comunes; porque la propiedad comunal no conduce a la paz, sino a continuos conflictos sociales; y porque la propiedad privada, al ser más conforme con la naturaleza humana, nos proporciona mayor satisfacción.

Sin embargo, consideró que el sistema de la propiedad privada debía perfeccionarse con las buenas costumbres de los ciudadanos y con la implantación de leyes justas, consiguiendo así que sirviera para satisfacer tanto las necesidades individuales como las comunitarias. Para conseguirlo hay que permitir que las propiedades privadas puedan usarse por todos en casos de necesidad:


“Por lo tanto, es claro que es mejor que los bienes sean privados, pero que para su utilización se hagan comunes. El modo de tal realización, eso es de la competencia propia del legislador. Además, desde el punto de vista del placer, es indecible la diferencia de considerar algo como propio. Pues no en vano cada uno se tiene amor a sí mismo, sino que esto es algo natural”20.
En resumen, Aristóteles, partiendo de una arbitraria división entre acciones humanas naturales y no naturales, condena moralmente no solo las actividades económicas que tratan de conseguir bienes ilimitadamente, el comercio, el préstamo con interés y el trabajo asalariado, sino a todos los seres humanos que realizan esas actividades, porque tampoco ellos son seres naturales.
4. La revisión del pensamiento económico aristotélico
Esta visión negativa de la búsqueda ilimitada de riquezas, de las actividades que trataban de conseguirlas y de los que se dedicaban a ellas, se vio reforzada con el triunfo de la religión cristiana. El cristianismo, aunque solo en un principio dudó de la salvación de los ricos, siempre criticó duramente no solo las actividades mercantiles y financieras, sino a los comerciantes y a los prestamistas.

Sin embargo, en la Edad Media, el desarrollo económico de las ciudades llevó a los cristianos a proponer una nueva valoración de dichas actividades. Los teólogos escolásticos sometieron entonces a revisión el pensamiento económico aristotélico, intentado conciliar su ejercicio con las exigencias de la moral.

Tomás de Aquino (1235-1274), por ejemplo, cuando trata de la compraventa corrige el pensamiento del filósofo griego. En efecto, aunque sigue examinándola desde una concepción finalista, sustituye el finalismo aristotélico, basado en el conocimiento de la naturaleza de las cosas, por el finalismo de la ley natural, la que nos permite conocer el orden que Dios ha impuesto al mundo21. Así pues, como según la ley natural hay algunas actividades humanas, como las comerciales, que no son buenas o malas por naturaleza, sino que su bondad o maldad depende de la intención del que las realiza, éstas pueden ser buenas y, por lo tanto, lícitas:

“Es propio de los comerciantes dedicarse a los cambios de las cosas; y, como observa Aristóteles, tales cambios son de dos especies: una, como natural y necesaria, consistente en el trueque de cosa por cosa o de cosas por dinero, para satisfacer las necesidades de la vida, esta clase de cambio no pertenece propiamente a los comerciantes, sino más bien a los cabezas de familia o a los jefes de la ciudad que tienen que proveer a su casa o a la población de las cosas necesarias para la vida; la segunda especie de cambio es la de dinero por dinero u objetos cualesquiera por dinero, no para subvenir a las necesidades de la vida, sino para obtener algún lucro; y este género de negociación es, propiamente hablando, el que corresponde a los comerciantes. Según Aristóteles, la primera especie de cambio es laudable, porque responde a una necesidad natural; mas la segunda es con justicia vituperada, ya que por su propia causa fomenta el afán de lucro, que no conoce límites, sino que tiende al infinito. De ahí que el comercio, considerado en sí mismo, encierre cierta torpeza, porque no tiende por su naturaleza a un fin honesto y necesario.

No obstante, el lucro, que es el fin del tráfico mercantil, aunque en su esencia no entrañe algún elemento honesto o necesario, tampoco implica nada vicioso o contrario a la virtud. Por consiguiente, no hay obstáculo alguno a que ese lucro sea ordenado a un fin necesario o a uno honesto; y entonces la negociación resultará lícita. Así ocurre cuando un hombre destina el moderado lucro que adquiere comerciando al sustento de su familia o también a socorrer a los necesitados o cuando alguien se dedica al comercio para servir al interés público; esto es, para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino como remuneración de su trabajo”22.
Por otra parte, cuando trata de la usura, aunque sigue considerando ilícito percibir un precio por el uso del dinero prestado, admite que el prestamista reciba una cantidad mayor que la que prestó como compensación si ha sufrido algún daño por no poder disponer durante ese tiempo del dinero que poseía:
“El que otorga un préstamo puede, sin cometer pecado, contratar con el prestatario una compensación del daño experimentado por la privación del dinero que debería poseer; pues esto no es vender el uso del dinero, sino evitar un perjuicio. Y el que el prestatario puede evitar una pérdida mayor que la que pudiera sufrir el prestamista. De este modo resarce con su propia utilidad la pérdida del otro. Pero una compensación del daño fundada en que ya no se lucrará uno con el dinero prestado, no puede ser estipulada en el contrato, puesto que no se debe vender lo que aún no se posee, y cuya adquisición puede ser impedida por multitud de motivos”23.

Es decir, para Tomás de Aquino, es lícito devolver más dinero del que se recibió si el préstamo ha causado un daño al prestamista (danum emergens). No es lícito, en cambio, si el préstamo no le ha permitido obtener un supuesto beneficio con el dinero que prestó (lucrum cessans).

A partir de la segunda mitad del siglo XIV se produjeron en algunos lugares de Europa importantes cambios que modificaron la vida y la mentalidad de los seres humanos. Los avances de las técnicas, el desarrollo de la economía monetaria, el desplazamiento del centro económico del campo a las ciudades, el florecimiento del comercio, de la industria y de la artesanía, etc., fomentaron el aumento de la población y la mejoría del nivel de vida. Todo ello llevó al ascenso económico y social de las profesiones burguesas que más habían contribuido a crear la nueva situación.

El movimiento humanista será el encargado de realizar ese cambio de mentalidad superando la tradicional subordinación del arte a la naturaleza, de la acción a la contemplación, de lo manual a lo intelectual. De esta nueva visión del mundo forma parte una nueva concepción de las actividades económicas que se manifestó, sobre todo, en una valoración positiva de las riquezas, del comercio e incluso de los préstamos con interés.

En efecto, aunque algunos humanistas italianos, como Guarino de Verona (1374-1460), defienden todavía el valor de la pobreza de acuerdo con el dominio espiritual que ejercían en aquel tiempo los frailes mendicantes, poco a poco, sobre todo en Florencia, se abandona dicha idea. Leonardo Bruni (1370-1444) y Matteo Palmieri (1406-1475), por ejemplo, proponen ya una visión positiva de las riquezas24.

Otros humanistas, como Coluccio Salutati (1331-1406), alcalde de Florencia, y Maffeo Vegio (1407-1458) avanzan ya la idea de que los comerciantes son socialmente necesarios. Antonino de Florencia (1389-1459) reconoce la importancia de los prestamistas y admite la licitud del préstamo con interés, rechazando expresamente la tesis aristotélica de la esterilidad del dinero, dado que, aunque el dinero puede ser estéril, el capital dinerario no lo es, pues disponer de él es una condición para realizar actividades mercantiles. Poggio Bracciolini (1380-1459) alaba la vida activa, el comercio e incluso el amor por el dinero.

Es más, el franciscano Bernardino de Siena (1380-1444), de acuerdo con los planteamientos individualistas del Renacimiento, desarrolló una nueva teoría del valor en la que introduce un nuevo factor de carácter claramente subjetivo, al enseñar que el valor de un bien depende de tres cosas: de su utilidad objetiva (virtuositas), de su escasez (raritas) y de su utilidad subjetiva (complacibilitas).

Más adelante, en el siglo XVI, algunos autores escolásticos, como había hecho Tomás de Aquino en el siglo XIII, corrigieron también el pensamiento de Aristóteles. Martín de Azpilcueta (1492-1586), por ejemplo, niega que los cambistas hagan un uso no natural del dinero cuando obtienen ganancia al cambiarlo25.

Así pues, poco a poco, a medida que los que se dedicaban a estos negocios ascendían socialmente, se fueron introduciendo importantes novedades en el pensamiento económico de raíz aristotélica. Ya no se califican de no naturales los intercambios comerciales ni los préstamos con interés, aunque se sigue desconfiando de los que se dedican a esas actividades porque con demasiada frecuencia abusan de ellas para enriquecerse.
5. La ruptura con el pensamiento económico aristotélico
A partir del siglo XVII, el pensamiento económico cambia radialmente: abandona la concepción “económica” de la economía, la que la entendía como la ciencia que tiene por objeto adquirir y administrar los bienes limitados que necesitan las familias para vivir, y la sustituye por la concepción “crematística”, que la entiende como la ciencia que tiene por objeto adquirir y administrar las riquezas sin límite que necesitan los Estados para lograr el bienestar de sus ciudadanos.

El francés Antoine de Montchrestien (1578-1621), en una obra publicada en 1615 en la que da nuevo nombre y contenido a la antigua ciencia de la economía, el Tratado de economía política, afirma, en contra de Aristóteles, que no se puede separar la economía de la política; que la felicidad de los hombres consiste principalmente en la riqueza; y que hay que permitir a los comerciantes que se lucren con sus actividades porque benefician al conjunto de la población26.

Más tarde, la revolución científica que se produjo en el siglo XVII permitirá al pensamiento económico abandonar el modelo científico finalista, el de Aristóteles y los escolásticos, y adoptar el modelo científico mecanicista. La economía se independizará entonces de la moral.

En efecto, los éxitos conseguidos por este modelo en el estudio de la naturaleza movieron a muchos pensadores a servirse también de él para encontrar una explicación de los fenómenos sociales. Trataron entonces de descubrir en la sociedad leyes de funcionamiento semejantes a las que se habían encontrado en la naturaleza.

El médico inglés William Petty (1623-1687) será uno de los primeros en defender la existencia de leyes naturales en economía de acuerdo con los planteamientos científicos mecanicistas y la utilización de cálculos numéricos para comprender los fenómenos económicos. Además, avanzó la idea de que la riqueza no depende del comercio sino que es producto del trabajo27.

Otro médico, el francés François Quesnay (1694-1774), defendió no solo la idea de que los fenómenos económicos están regidos, al igual que los fenómenos físicos, por leyes propias que son independientes de las normas y de la voluntad de los seres humanos, sino también la idea de que la economía funciona armoniosamente siempre que esas leyes no sean perturbadas por los seres humanos. Esta visión mecanicista del mundo natural y social triunfó por completo cuando Isaac Newton (1642-1727), en su obra Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), formuló matemáticamente las leyes que explican el funcionamiento del universo. A partir de entonces, incluso los profesores de filosofía moral, como Adam Smith (1723-1790), asumieron el supuesto filosófico de que la sociedad funciona espontáneamente como una máquina28.

Ahora bien, el moralista escocés no solo tuvo que asumir ese supuesto filosófico, sino que, para justificar que la máquina de la sociedad humana funciona ordenada y armoniosamente, tuvo también que asumir también un supuesto teológico: que dicha máquina ha sido diseñada y guiada por Dios desde la eternidad para que produzca automáticamente “la mayor cantidad posible de felicidad”29. Es decir, tuvo que recurrir a un “ser divino”, que oculta después bajo la metáfora de la “mano invisible”, para justificar moralmente la conducta de los que solo buscan su propio beneficio30.

A partir de entonces, el pensamiento económico dominante se ha construido dejando a un lado su componente normativo aduciendo como excusa que solo así conseguirá ser “científico”. Pero, en realidad, este pensamiento sigue siendo más ideológico que científico, no solo porque sigue construyéndose sobre supuestos no verificados, sino porque, al prescindir de la moral, favorece claramente a los grandes comerciantes y a los banqueros, precisamente aquellos que fueron duramente criticados en el pensamiento económico tradicional. Sin embargo, con el paso del tiempo, como hemos visto, esos profesionales no solo dejaron de ser reprobados, sino que llegaron a ser incluso alabados cuando se convirtieron en las clases dominantes de la sociedad. Se comprueba, por lo tanto, como decíamos al principio de esta conferencia, que, como enseñaba Karl Marx, también en el pensamiento económico, las ideas dominantes en cada sociedad son las ideas que convienen a las clases dominantes.

Ha llegado el momento de terminar. Y lo vamos a hacer diciendo que es cada vez más necesario construir un nuevo pensamiento económico que, de acuerdo con el aristotélico, no se limite a describir y explicar cómo funciona la economía, sino que examine también si ese funcionamiento está o no de acuerdo con las exigencias de la justicia porque, lo repetimos una vez más, la economía no es una ciencia natural, sino una ciencia social y, por lo tanto, no puede prescindir de la moral. Si lo hace, puede que sea para justificar un sistema económico injusto que favorece a una parte de la sociedad y perjudica a la otra. Es decir, puede estar desempeñando una función ideológica.

***




1 J. A. SCHUMPETER, Historia del análisis económico. Barcelona, Editorial Ariel, 1994, pp. 93-102.

2 El famoso economista británico J. M. Keynes (1883-1946) llegó incluso a calificar a la economía de “ciencia moral”: “…quiero subrayar fuertemente el punto de que la economía es una ciencia moral. Mencioné anteriormente [en otra carta] que se ocupa de la introspección y de los valores”. J. M. KEYNES, Collectec Writings, vol. XIV, p. 300. Cita tomada de F. GÓMEZ CAMACHO, “Ética y economía: ¿por qué el diálogo es tan difícil?”, en I. Murillo (coord.) Filosofía práctica y persona humana. Salamanca, Publicaciones Universidad Pontificia de Salamanca, 2004, p. 200.

3 K. POLANYI, “Aristóteles descubre la economía”, en Los límites del mercado. Reflexiones sobre economía, antropología y democracia. Madrid, Capitán Swing Libros, 2014, pp. 155-185.

4 ARISTÓTELES, Política. lib. I, cap. 10. Madrid, Alianza Editorial, 2009, p. 64.

5 Aristóteles llama también “crematística”, como veremos, al arte de adquirir bienes que forma parte de la administración doméstica, expone con total claridad la diferencia existente entre ellas.

6 Ibídem, lib. I, cap. 8; p. 59.

7 Ibídem, lib. I, cap. 9; p. 60.

8 Ibídem, lib. I, cap. 8; p. 58.

9 Ibídem, lib. I, cap. 9; p. 60.

10 Ibídem, lib. I, cap. 9; p. 61.

11 “La justicia, en cambio, es algo social, como que la justicia es el orden de la sociedad cívica, y la virtud de la justicia consiste en la apreciación de lo justo”. Ibídem, lib. 1, cap. 2; p. 49.

12 ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, lib. V, 4. Madrid, Alianza Editorial, 2008, p. 162.

13 Ibídem, lib. V, 5; p. 164.

14 ARISTÓTELES, Política, lib. I, cap. 9; p. 61.

15 Ibídem, lib. I, cap. 10; p. 64.

16 Ibídem, lib. I, cap. 11; p. 66.

17 ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, lib. I, 5; p. 53. El traductor de esta obra dice en una nota a pie de páginas que violento “es un apelativo no muy adecuado, por lo que se ha sospechado corrupción textual”. Y añade “que este adjetivo puede estar encubriendo un originario bios seguido de un adjetivo que se ha fundido con esa palabra y se ha perdido”. Pues bien, podemos suponer, de acuerdo con el pensamiento aristotélico, que el adjetivo que falta es “no natural”. Debería, pues, decir, “es un género de vida no natural”.

18 La desconfianza del resto de la población hacia los comerciantes y los banqueros no ha desaparecido ni siquiera en nuestro tiempo porque, con demasiada frecuencia, cometen todo tipo de injusticias para aumentar ilimitadamente su riqueza.

19 ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, lib. I, 5; p. 65.

20 ARISTÓTELES, Política, lib. II, cap. 5; p. 81.

21 TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, I-II, q. 91, art. 2.

22 Ibídem. Madrid, Editorial Católica, 1956, p. 676.

23 Ibídem, II-II, q. 78, art. 2, ad 1; p. 697.

24 H. BARON, En busca del humanismo cívico florentino. México, F. C. E., 1993, pp. 138-219.

25 “Y aunque a Aristóteles pareció mal esta arte de cambiar y mercadear cambiando dineros, por no le parecer este uso harto natural, ni traer provecho a la República, ni tener otro fin, sino el de ganancia, que es un fin sin fin. [...] Ni es verdad que el uso del dinero, para ganar con el cambiándolo, sea contra su naturaleza. Porque aunque sea diferente del uso primero y principal para el que se halló, pero no del menos principal y secundario para el que es apto. Como el uso de los zapatos para tratando en ellos ganar, diferente es del primero para que se hallaron, que es calzar; pero no por eso es contra su naturaleza”. MARTIN DE AZPILCUETA, Comentario resolutorio de cambios, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1965, pp. 22-23.

26 “Puede con razón sostenerse, contra la opinión de Aristóteles y de Jenofonte, que no es posible separar la economía de la política sin desmembrar a la parte principal del Todo, y que la ciencia de adquirir bienes, a la que llaman así, es común a las repúblicas y a las familias”. A. DE MONTCHRESTIEN, Traité de l’économie politique. Paris, 1889, p. 31. “La felicidad de los hombres, para hablar de ella a nuestro modo, consiste principalmente en la riqueza, y la riqueza en el trabajo”. Ibídem, p. 99. “De donde puede concluirse que los comerciantes son más que útiles al Estado y que su afán de lucro, que se ejerce en el trabajo y en la industria, hace y produce buena parte del bien público. Que, por esta razón, haya que permitirles el amor y la búsqueda del beneficio, creo que todo el mundo estará de acuerdo…”. Ibídem, p. 137. Citas tomadas de H. DENIS, Historia del pensamiento económico. Barcelona, Ariel, 1970, pp. 95 y 94.

27 Tal vez por ello tanto Marx como Brentano consideran que Petty es el verdadero fundador de la ciencia económica.

28 “La sociedad humana, cuando la contemplamos desde una perspectiva abstracta y filosófica, parece una gran máquina, una inmensa máquina cuyos movimientos ordenados y armoniosos dan lugar a numerosas consecuencias agradables”. A. SMITH, Teoría de los sentimientos morales. Parte VII, sección III, 1. Madrid, Alianza Editorial, 1997, p. 552

29 “La idea del Ser divino, cuya benevolencia y sabiduría desde toda la eternidad ha planeado y conducido la inmensa máquina del universo de forma de producir en todo momento la mayor cantidad posible de felicidad, es sin duda el más sublime de los objetos de la contemplación humana”. Ibídem, Parte VI, sección II, p. 423.

30 “... al orientar su actividad de manera de producir un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentara fomentarlo”. A. SMITH, Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Lib. IV, 2. Madrid, Alianza Editorial, 2011, p. 554.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal