El padre-cosa



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EL PADRE-COSA

Philip K. Dick


Título original: The father-thing


Traducción: Eduarde G. Murillo

© 1987 by the estate of Philip K. Dick

© 1992 Ediciones Martínez Roca S.A.

Gran vía 774 - Barcelona

ISBN: 84-270-1676-X

Edición digital de los relatos: Arácnido



Revisión y compaginación: Sadrac


ÍNDICE



Introducción, por John Brunner
Coto de caza, Fair Game © 1959.

El ahorcado, The Hanging Stranger © 1953.

Algunas peculiaridades de los ojos, The Eyes Have It © 1953.

El hombre dorado, The Golden Man © 1954.

Y gira la rueda, The Turning Wheel © 1954.

El último experto, The Last of the Masters © 1954.

El Padre Cosa, The Father-Thing © 1954.

Un paraíso extraño, Strange Eden © 1954.

Tony y los escarabajos, Tony and the Beetles © 1953.

Nul-O, Null-O © 1958.

Servir al amo, To serve the master © 1956.

Pieza de colección, Exhibit Piece © 1954.

Los reptadores, The Crawlers © 1954.

Campaña publicitaria, Sales Pitch © 1953.

La estratagema, Shell Game © 1954.

Sobre la desolada Tierra, Upon the Dull Earth © 1954.

Foster, estas muerto, Foster: You’re Dead © 1955.

La paga del duplicador, Pay for the Printer © 1954.

Veterano de guerra, War Veteran © 1955.

La barrera de cromo, The Chromium Fence © 1955.

Desajuste, Misadjustment © 1954.

Un mundo de talentos, A World of Talent © 1954.

¡Cura a mi hija, mutante!, Psi-Man Heal My Child! © 1955.

Notas

INTRODUCCIÓN



Tengo treinta y tres libros de Philip K. Dick en mi biblioteca. Dentro de poco confío en tener treinta y ocho, más del doble que cualquier otro autor de ciencia ficción. Su más cercano contendiente sólo llega a dieciocho volúmenes, cuatro de los cuales son antologías preparadas por él.

¿Por qué? ¿Por qué tengo más libros de Dick que de ningún otro?

Bien, digámoslo así. Dick fue el hombre que me convenció, siquiera durante la duración de una novela, de que podía existir una sociedad cuya moneda de curso legal fuera la mermelada de naranja.
He intentado recordar mi primer contacto con la obra del interfecto. Sospecho que debió ser cuando leí su primer relato del género publicado, Aquí yace el wub. Estaba contado con un estilo competente y cierto sentido de! humor; en conjunto, un debut notable. Sin embargo, los relatos que siguieron (se decía que escribía uno por semana) daban la impresión de que su autor aún intentaba encontrar su propia voz. En concreto, percibí muchos ecos del llorado Henry Kuttner. Tuve que esperar a sus novelas para darme cuenta de cuanta imaginación y originalidad poseía Dick, con qué ingenio deformaba nuestro mundo en pautas extrañas, o lo enfocaba desde un ángulo inusual para crear una perspectiva nuera e inquietante, combinada con un sentido de la «otredad» que hacía mella en el subconsciente de! lector durante días y, en ocasiones, meses.

Recuerdo que compré un ejemplar de segunda mano hecha trizas de Lotería solar y lo devoré de una sentada. Recuerdo que me mordía las uñas de impaciencia entre las entregas de Tiempo desarticulado, cuando Ted Carnell la publicó por partes en New Worlds. Después de leer ambas novelas, quedé convencido. Supe que debía ir a la caza de todas las obras de Dick que pudiera encontrar.

En 1966, también en New Worlds, publiqué un artículo entusiasta y encendido sobre su obra (en aquel tiempo poco conocida en Gran Bretaña) que, debo admitir, fue motivado en parte por egoísmo: quería leer más libros suyos... Diez años después, tuve el placer de que me invitaran a escribir un prefacio para The Best of Philip K. Dick, publicado por Ballantine. Una década más tarde, en 1986, me han solicitado que realice una tarea similar e igualmente gratificante.

Pero mucho más difícil. No quiero autoplagiarme, y cuando releí mi artículo de 1976 descubrí que había resumido en él todo lo que pensaba, y todo lo que todavía pienso, sobre aquello que convierte la obra de Dick en extraordinaria. Hablé sobre la naturaleza del mundo dickiano, su casi vaciedad, su esterilidad, su parecido con el nuestro o sus inquietantes diferencias. Hablé sobre las percepciones alteradas que era capaz de inducir en la mente del lector, y la habilidad con que sostenía presunciones absurdas el tiempo que fuera necesario, con tal de impedir que el lector incrédulo, abandonara el libro. La mermelada como moneda sería uno de los incontables ejemplos. Hablé sobre su pródiga generosidad con ideas y conceptos que muchos escritores considerarían fundamentales, pero que él trataba como secundarias, y citaba por encina de todos aquella maravillosa escena en que un personaje dice a otro: «Dios ha muerto». Y es un hecho cierto: un ser lo bastante evolucionado para haber creado la Tierra y todas sus formas de vida, incluidos nosotros, es encontrado flotando en el espacio. Sin embargo, este hecho no tiene mucha importancia en el conjunto del relato.

Estoy tentado de citar mi artículo de 1976 in extenso, pero no lo haré. Han pasado los años, Phil ha muerto, y esta vez no recibiré útiles cartas suyas en que me sugiera relatos pura ser incluidos en la colección propuesta, porque está, merecidamente, completa.

Ni tampoco, ahora que lo pienso, cartas respetuosas pero irritantes en las cuales mencionaba aquellos relatos que prefería dejar fuera de la selección.
Le conocí en 1964 en Oakland (California), durante una fiesta previa al Worldcon. No era como había imaginado. Considerando su ingenio mordaz y prolífico, esperaba una persona tranquila y bastante cínica. En cambio, me encontré con un hombre muy tímido, que rehuía la mirada de un extraño como yo y paseaba la vista a su alrededor sin cesar, como para asegurarse de que existía una vía de escape. Más tarde, me enteré de cuánto le atormentaba la estupidez del mundo, cuánto le afectaban personalmente los insultos infligidos a la inteligencia colectiva par aquellos que pretenden hablar en nuestro nombre y en el de!a civilización, que ejercen el poder sobre nosotros y solo piensan en sí mismos. Ignoro cuán en serio quería que le tomaran cuando describía sus simulacros de políticos, desde su eterna Jackie Kennedy hasta su tozudo replicante de Lincoln. Pero daba igual. Había logrado plasmar otra brillante imagen de los defectos y deficiencias de nuestro mundo, otra faceta del espejo que le acercaba, que distorsionaba y al mismo tiempo, de manera inexplicable, reflejaba una verdad aún mayor, un aspecto próximo a la realidad.

En nuestro último encuentro, durante un festival de ciencia ficción celebrado en Metz (Francia), tampoco comprendí su deseo de que la gente le creyera a pies juntillas cuando afirmaba que se comunicaba con el apóstol Pablo, o que había matado a un gato con sólo desear su muerte. No pude decidir si, después de tantos años de Sufrimientos interiores, sus invenciones se habían opuesto a su razón, o si había llegado a la amarga conclusión de que la única forma de tratar con nuestro mundo lunático era considerarlo una inmensa broma de mal gusto, y combatirlo en el mismo nivel irracional.

Espero, confío, en que fuera lo último, porque esto implica que en sus escritos había encontrado la solución, o como mínimo una solución, a los numerosos problemas que había afrontado; a su frustración por la falta de reconocimiento en el campo de la literatura general, a sus matrimonios rotos, al misterioso asalto a su casa descrito en el libro de Paul Williams «Only Apparently Real», y a todo lo demás. Fue una persona extraña, pero un maravilloso escritor, y quizá sus escritos le procuraron la catarsis. En cualquier caso, proporcionaran a sus lectores una experiencia única.

Y creo que eso explica con creces por qué tengo treinta y tres de sus libros y espero tener pronto treinta y ocho.

Leed e impresionaos.

JOHN BRUNNER

South Petherton

Inglaterra

Octubre de 1986

Creo que contemplamos las pautas reales desde un punto de vista restringido. Y ese punto de vista restringido dice que la gente hace cosas deliberadas, en complicidad, dirigidas contra uno, cuando en realidad existen pautas que no dependen de las personas. Y no están dirigidas contra ninguno de nosotros; son mucho más amplias, y funcionan gracias a todos.

Philip K. Dick en una entrevista (1974)

COTO DE CAZA

El profesor Anthony Douglas se arrellanó en su butaca de cuero rojo y suspiró. Un largo suspiro, mientras se quitaba laboriosamente los zapatos con gran aparato de gruñidos y los enviaba de una patada a un rincón. Enlazó las manos bajo su oronda barriga y se reclinó, con los ojos cerrados.

—¿Cansado? —preguntó Laura Douglas, apartando la vista por un momento de la cocina y mirándole con ternura.

—No lo sabes bien.

Douglas inspeccionó el periódico vespertino, tirado frente a él en el sofá. ¿Valía la pena? No, en realidad no. Buscó los cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta y encendió uno con movimientos perezosos.

—Sí, estoy cansado, ya lo creo. Hemos iniciado una nueva línea de investigación. Un montón de jovencitos brillantes procedentes de Washington nos ha invadido. Maletines y reglas de cálculo.

—No...

—Oh, sigo al mando. —El profesor Douglas dibujó una amplia sonrisa—. Ni por asomo. —El humo gris del cigarrillo onduló a su alrededor—. Pasarán años antes que me lleven la delantera. Tendrán que afinar un poco más sus reglas de cálculo...



Su mujer sonrió y continuó preparando la cena. Quizá se debía a la atmósfera que reinaba en la pequeña ciudad de Colorado. A los sólidos e impasibles picos montañosos que se alzaban en torno suyo. Al aire frío y seco. A los tranquilos ciudadanos. En cualquier caso, las tensiones y dudas que agobiaban a otros miembros de la profesión no parecían afectar a su marido. En los últimos tiempos, gran cantidad de advenedizos agresivos estaban engrosando las filas de los físicos nucleares. La posición de los veteranos, de repente inseguros, se tambaleaba. La nueva horda de jóvenes talentos invadía todas las universidades, departamentos de física y laboratorios. Incluso el Bryant College, tan alejado del mundanal ruido.

Si Anthony Douglas estaba preocupado, jamás lo demostraba. Descansaba plácidamente en su butaca, los ojos cerrados, una sonrisa beatífica en su rostro. Estaba cansado..., pero en paz. Suspiró de nuevo, esta vez más de placer que por cansancio.

—Es verdad —murmuró—. Tengo suficientes años para ser su padre, pero aún les llevo una buena ventaja. Conozco mejor el medio, por supuesto, y...

—Y las teclas que hay que pulsar.

—También. En cualquier caso, creo que saldré bien librado de esa nueva línea recién...

Su voz enmudeció.

—¿Qué pasa? —preguntó Laura.

Douglas se incorporó a medias. Había palidecido intensamente. El horror se reflejaba en sus ojos, aferraba con fuerza los brazos de la butaca, su boca se abría y cerraba.

Había un gran ojo en la ventana. Un inmenso ojo que escudriñaba la habitación y le examinaba. El ojo abarcaba toda la ventana.

—¡Santo Dios! —gritó Douglas.

El ojo se retiró. Afuera sólo se veía la penumbra de la noche, las colinas y árboles difuminados, la calle. Douglas se hundió poco a poco en su butaca.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Laura—. ¿Qué viste? ¿Había algo ahí fuera?


Douglas se retorcía las manos sin cesar y su boca temblaba con violencia.

—Te digo la verdad, Bill. Yo lo vi. Era real. En caso contrario, no lo diría, ya lo sabes. ¿No me crees?

—¿Lo vio alguien más? —preguntó el profesor William Henderson, mientras mordisqueaba el lápiz con aire pensativo. Despejó un poco la mesa, apartó el plato y los cubiertos, y sacó su bloc—. ¿Lo vio Laura?

—No. Estaba vuelta de espaldas.

—¿Qué hora era?

—Hace media hora. Acababa de llegar a casa. Sobre las seis y media. Me había quitado los zapatos, estaba descansando.

Douglas se secó la frente con una mano temblorosa.

—¿Dices que estaba suelto, que no había nada más? ¿Sólo el... ojo?

—Sólo el ojo. Un ojo enorme que me miraba. Me examinaba. Como si...

—¿Como qué?

—Como si mirara por un microscopio.

Silencio.

La mujer de Henderson, una pelirroja, habló desde el otro lado de la mesa.

—Siempre has sido un empírico estricto, Doug. Nunca te he oído decir tonterías, pero esto... Lástima que nadie lo viera.

—¡Claro que nadie lo vio!

—¿Qué quieres decir?

—Esa maldita cosa me estaba mirando a mí. Me estaba estudiando a mí. —Douglas se puso a gritar como un histérico—. ¿Cómo creen que me siento? ¡Examinado por un ojo grande como un piano! Dios mío, si no fuera tan estable, me habría vuelto loco.

Henderson y su mujer intercambiaron una mirada. Bill, apuesto, de cabello oscuro, diez años más joven que Douglas. Jean Henderson, vivaz, alegre, catedrática de psicología infantil, de rotundos senos, vestida con pantalones y blusa de nilón.

—¿Qué opinas? —le preguntó Bill—. Entra más en tu especialidad.

—Es tu especialidad —bufó Douglas—. No intentes explicarlo como una proyección morbosa. He venido a verte porque eres el jefe del Departamento de Biología.

—¿Crees que es un animal? ¿Un perezoso gigantesco o algo por el estilo?

—Tiene que ser un animal.

—Quizá sea una broma —sugirió Jean—, o un cartel publicitario. El símbolo de un ocultista. Alguien que lo paseó frente a la ventana.

Douglas procuró contenerse.

—El ojo estaba vivo. Me miró. Me inspeccionó. Después, se retiró, como si se apartara de una lente. —Se estremeció—. ¡Les digo que me estaba examinando!

—¿Sólo a ti?

—A mí. A nadie más.

—Pareces curiosamente convencido que te miraba desde arriba —observó Jean.

—Sí, hacia abajo. A mí. Ni más ni menos. —Una extraña expresión asomó al rostro de Douglas—. Eso es, Jean. Como si viniera de arriba.

Movió la mano hacia el techo.

—Quizás era Dios —murmuró Bill, pensativo.

Douglas no dijo nada. Palideció y sus dientes castañetearon.

—Tonterías —dijo Jean—. Dios es un símbolo trascendente psicológico que representa fuerzas inconscientes.

—¿Te miraba con aire acusador? —preguntó Bill—. ¿Como si hubieras hecho algo malo?

—No. Con interés. Con considerable interés. —Douglas se levantó—. Debo volver. Laura piensa que estoy sometido a algún tipo de presión. A ella no se lo he dicho, claro. No tiene una mente científica. Sería incapaz de asimilar semejante idea.

—Hasta a nosotros nos cuesta —dijo Bill.

Douglas avanzó hacia la puerta, nervioso.

—¿No se les ocurre alguna explicación? ¿Quizás alguna entidad considerada extinta, que todavía merodee por estas montañas?

—No la hay, que nosotros sepamos. Si me enterara de...

—Has dicho que miraba desde arriba —interrumpió Jean—. No se había agachado para mirarte. Por lo tanto, no puede ser un animal o un ser terrestre. —Meditó durante unos segundos—. Tal vez nos están observando.

—A ustedes no —dijo Douglas en tono quejumbroso—. Sólo a mí.

—Otra raza —añadió Bill—. ¿Crees...?

—Quizá sea un ojo venido de Marte.

Douglas abrió la puerta principal con cautela y escudriñó el exterior. La noche era muy oscura. Una leve brisa soplaba entre los árboles y sobre la autopista. Apenas vio su coche, un cuadrado negro recortado contra las colinas.

—Si se les ocurre alguna idea, llámenme.

—Tómate un par de fenobarbitales antes de irte a la cama —aconsejó Jean—. Tranquiliza tus nervios.

Douglas salió al porche.

—Buena idea. Gracias. —Meneó la cabeza—. A lo mejor me he vuelto loco. ¡Santo Dios! Bien, hasta luego. —Bajó la escalera y se agarró con fuerza al pasamano.

—Buenas noches —se despidió Bill.

La puerta se cerró y la luz del porche se apagó. Douglas se encaminó hacia su coche con cautela. Extendió la mano en la oscuridad, con la intención de palpar la manilla de la puerta. Un paso. Dos pasos. Qué tontería. Un hombre adulto, casi de edad madura, en el siglo XX. Tres pasos.

Encontró la puerta, la abrió, se deslizó en el interior a toda prisa y cerró con el seguro. Rezó en silencio una oración de agradecimiento mientras encendía el motor y los faros. Qué estupidez. Un ojo gigantesco. Algún truco.

Dio vueltas a la idea en su cabeza. ¿Estudiantes? ¿Bromistas? ¿Comunistas? ¿Un complot para volverle loco? Era un hombre importante. Probablemente, el físico nuclear más importante del país. Y este nuevo proyecto...

Dirigió el coche lentamente hacia la silenciosa autopista. Vigiló cada árbol y arbusto mientras el coche aceleraba.

Un complot comunista. Algunos estudiantes pertenecían a una organización de izquierda, una especie de grupo de estudios marxista. Quizá habían planeado...

Algo brilló, iluminado por los faros. Algo situado al borde de la autopista.

Douglas lo miró, estupefacto. Algo cuadrado, un bloque largo entre las hierbas que crecían junto a la autopista, donde empezaban los grandes árboles oscuros. Brillaba y centelleaba. Disminuyó la velocidad al mínimo.

Una barra de oro, tirada junto al borde de la carretera. Era increíble.

El profesor Douglas bajó la ventanilla poco a poco y asomó la cabeza. ¿Sería oro verdadero? Lanzó una carcajada nerviosa. Probablemente no lo era. Había visto oro a menudo, por supuesto. Y esto parecía oro, aunque tal vez fuera plomo, un lingote de plomo con una capa dorada.

Pero..., ¿por qué?

Una broma. Una tomadura de pelo. Los chicos de la universidad. Habrían visto su coche cuando se dirigía a casa de los Henderson, e intuido que no tardaría en regresar.

O... O en realidad era oro. Quizá había pasado un furgón acorazado. Había tomado la curva a demasiada velocidad. El lingote había caído entre las hierbas. En ese caso, había una pequeña fortuna tirada junto al borde de la carretera.

Pero era ilegal poseer oro. Tendría que devolverlo al gobierno. Pero, ¿no podría quedarse con una simple pieza? Si la devolvía, obtendría alguna recompensa. Varios miles de dólares, probablemente.

Un plan demencial pasó por su mente. Apoderarse del lingote, esconderlo en una caja, volar a México, fuera del país. Eric Barnes era el propietario de un Piper Club. No le costaría nada introducirlo en México. Venderlo. Retirarse. Vivir con toda clase de lujos el resto de su vida.

El profesor Douglas resopló, irritado. Su deber era devolverlo. Llamar a la Casa de la Moneda en Denver, contarlo todo. O al departamento de policía. Dio marcha atrás hasta situarse junto a la barra. Apagó el motor y salió. Tenía un trabajo que hacer. Como ciudadano ejemplar (y bien sabía Dios que cincuenta pruebas habían demostrado su ejemplaridad), tenía un trabajo que hacer. Buscó una linterna en el tablero de instrumentos. Si alguien había perdido una barra de oro, le correspondía a él...

Una barra de oro. Imposible. Un escalofrío recorrió su cuerpo y atenazó su corazón. Una débil voz le habló con claridad y racionalidad desde el fondo de su cerebro: «¿Quién se marcharía, abandonando un lingote de oro?».

Algo estaba pasando.

El miedo lo invadió. Se quedó petrificado, temblando de terror. La autopista, oscura y desierta. Las montañas silenciosas. Estaba solo. Un lugar perfecto. Si querían atraparlo...

¿Ellos?


¿Qué?

Paseó la vista a su alrededor. Ocultos entre los árboles, lo más probable. Esperándole. Esperando a que cruzara la autopista, a que dejara la carretera y se internara en el bosque. A que se agachara e intentara recoger el lingote. Un golpe veloz en ese momento; con eso bastaría.

Douglas volvió a su coche y encendió el motor. Soltó el freno. El coche saltó hacia adelante y aceleró. Sus manos temblaban. Douglas se aferró con desesperación al volante. Tenía que huir. Escapar antes que..., lo que fuera le atrapara.

Echó un último vistazo por la ventanilla bajada. El lingote seguía en su sitio, todavía centelleaba entre las hierbas que bordeaban la autopista, pero sus contornos eran vagos y el aire oscilaba a su alrededor.

De pronto, el lingote se esfumó. Desapareció. Su brillo se fundió con la oscuridad.

Douglas levantó la vista y contuvo el aliento, aterrorizado.

Sobre él, en el cielo, algo ocultaba las estrellas. Una gran forma, tan enorme que le sorprendió. La sombra se movió, el círculo incorpóreo de una presencia viva, directamente sobre su cabeza.

Un rostro. Un rostro cósmico, gigantesco, le miraba. Como una inmensa luna, que ocultaba todo lo demás. El rostro flotó un instante, fijo en él..., en el lugar que acababa de abandonar. Después, el rostro desapareció y se fundió en la oscuridad, al igual que el lingote.

Las estrellas reaparecieron. Estaba solo.

Douglas se hundió contra el asiento. El coche osciló locamente y se precipitó carretera adelante. Sus manos resbalaron del volante y cayeron a los costados. Se apoderó del volante justo a tiempo.

No existía la menor duda. Alguien le perseguía. Intentaba apoderarse de él, pero no se trataba de estudiantes bromistas o comunistas. Ni tampoco de algún animal que hubiera sobrevivido a lo largo de los siglos.

Fuera lo que fuese, fueran quienes fuesen, no tenía relación con la Tierra. Ello, o ellos, procedía de otro mundo. Su objetivo era capturarle.

A él.

Pero, ¿por qué?


Pete Berg escuchaba con atención.

—Continúa —dijo, cuando Douglas se calló.

—Eso es todo. —Douglas se volvió hacia Bill Henderson—. No intentes decirme que estoy loco. Lo vi. Me estaba mirando. No sólo el ojo, sino toda la cara esta vez.

—¿Crees que era la cara a la que pertenecía el ojo? —preguntó Jean Henderson.

—Lo sé. La cara tenía la misma expresión que el ojo. Me estaba examinando.

—Debemos llamar a la policía —dijo Laura Douglas, con voz tensa—. Esto no puede seguir así. Si alguien le persigue...

—La policía no servirá de nada.

Bill Henderson paseaba arriba y abajo. Era tarde, pasada la medianoche. Todas las luces de la casa de los Douglas estaban encendidas. En un rincón estaba sentado Milton Erick, jefe del Departamento de Matemáticas, que tomaba nota de todo sin la menor expresión en su arrugado rostro.

—Podemos concluir —dijo el profesor Erick, que hasta hace un momento sostenía la pipa entre sus dientes amarillentos—, que se trata de una raza extraterrestre. Su tamaño y la posición que adoptan indica que no son terrestres.

—¡No pueden estar quietos en el cielo! —estalló Jean—. ¡No hay nada ahí arriba!

—Es posible que existan configuraciones de materia sin ninguna relación con la nuestra. Una coexistencia de sistemas de universos infinita o múltiple, que tiene lugar a lo largo de un plano de coordenadas totalmente inexplicable mediante nuestros términos actuales. En este momento, debido a una yuxtaposición singular de las tangentes, nos encontramos en contacto con una de estas configuraciones.

—Quiere decir que la gente que persigue a Doug no pertenece a nuestro universo —explicó Bill Henderson—. Vienen de otra dimensión muy diferente.

—El rostro fluctuó —murmuró Douglas—. Tanto el lingote como el rostro fluctuaron y desaparecieron.

—Se retiraron —afirmó Bill—. Regresaron a su universo. Por lo visto, entran en el nuestro cuando quieren, a través de una brecha por así decirlo.

—Es una pena que sean tan grandes —dijo Jean—. Si fueran más pequeños...

—El tamaño juega a su favor —admitió Erick—. Una desgraciada circunstancia.

—¡Estoy harta de cháchara académica! —gritó Laura—. ¡Nos dedicamos a recitar teorías, mientras algo le persigue!

—Esto podría ser la explicación de los dioses —dijo Bill, de repente.

—¿Los dioses?

Bill asintió.

—¿No lo entienden? En el pasado, estos seres espiaban nuestro universo. Incluso existe la posibilidad que penetraran en él. La gente primitiva les veía y no sabía explicar su presencia. Edificaron religiones en torno a ellos. Les rindieron adoración.

—El monte Olimpo —dijo Jean—. ¡Claro! Y Moisés se encontró con Dios en la cumbre del monte Sinaí. Nosotros vivimos en lo alto de las Rocosas. Es posible que sólo se produzcan contactos en los lugares elevados. En montañas como éstas.

—Los monjes tibetanos habitan en las zonas más elevadas del planeta —añadió Bill—. En la parte más alta y antigua del mundo. Todas las religiones importantes han sido reveladas en las montañas, y predicadas por personas que vieron a Dios en sus cumbres y bajaron para esparcir la buena nueva.

—Lo que no entiendo es por qué le quieren a él —dijo Laura. Extendió las manos en un gesto de impotencia—. ¿Por qué le han elegido a él?

—Creo que está muy claro.

La expresión de Bill era decidida.

—Explícate —gruñó Erick.

—¿Qué es Doug? El mejor físico nuclear del mundo, más o menos. Trabaja en proyectos de alto secreto, relativos a la fisión nuclear. Investigaciones muy avanzadas. El gobierno protege todo cuanto hace el Bryant College..., porque Douglas trabaja en él.

—¿Y?

—Le buscan por sus conocimientos, por sus habilidades. Porque debido a su tamaño en relación a nuestro universo pueden someter nuestras vidas a un escrutinio tan minucioso como el que nosotros llevamos a cabo en nuestros laboratorios de biología a..., bueno, a los cultivos de «sarcina pulmonum». Sin embargo, eso no significa que su cultura sea más avanzada que la nuestra.



—¡Claro! —exclamó Pete Berg—. Quieren los conocimientos de Doug. Quieren arrebatárselos y aplicarlos a su civilización.

—¡Parásitos! —dijo Jean—. Siempre han dependido de nosotros, ¿no lo comprenden? Hombres del pasado que desaparecieron, secuestrados por esos seres. —Se estremeció—. Es posible que consideren a la Tierra su territorio de experimentación, en el que las técnicas y el conocimiento avanzan con grandes esfuerzos..., para que ellos se beneficien.

Douglas se dispuso a replicar, pero las palabras no salieron de su boca. Se quedó rígido en la silla, con la cabeza ladeada.

Alguien gritaba su nombre desde el exterior.

Se levantó y avanzó hacia la puerta. Todos lo miraron, estupefactos.

—¿Qué pasa? —preguntó Bill—. ¿Qué sucede, Doug?

Laura le tomó del brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¡Di algo! ¡Doug!

El profesor Douglas se soltó y abrió la puerta. Salió al porche. La luna brillaba débilmente. Una suave luz bañaba el paisaje.

—¡Profesor Douglas!

De nuevo la voz, joven y dulce; la voz de una muchacha.

Una chica se erguía al pie de la escalera, bañada por la luz de la luna. Rubia, de unos veinte años de edad. Vestía una falda a cuadros, un jersey de angora de color pálido, un pañuelo de seda alrededor del cuello. Agitaba las manos en su dirección con nerviosismo, la expresión de su rostro era casi suplicante.

—¿Me concede un momento, profesor? Ha sucedido algo terrible...

Su voz enmudeció y se alejó de la casa, en dirección a la oscuridad.

—¿Qué ocurre? —gritó Douglas.

Apenas oyó la voz de la joven. Se alejaba.

Douglas estaba indeciso. Vaciló, y después bajó la escalera a toda prisa en su persecución. La muchacha retrocedió, retorciéndose las manos, su boca sensual deformada por una mueca de desesperación. Sus pechos subían y bajaban debajo del jersey como presa de un terror agónico. La luz de la luna resaltaba cada estremecimiento.

—¿Qué pasó? —gritó Douglas—. ¿Qué sucede? —Corrió tras ella, encolerizado—. ¡Deténgase, por el amor de Dios!

La muchacha se alejaba cada vez más de la casa y de él, en dirección a la gran extensión de césped que señalaba el comienzo del campo. Douglas estaba harto. ¡Maldita chica! ¿Por qué no le esperaba?

—¡Espere un momento! —gritó. Llegó al césped, casi sin aliento—. ¿Quién es usted? ¿Qué demonios...?

Se produjo un relámpago. Un rayo de luz cegadora cayó detrás de él, a pocos metros de distancia, y dejó un hueco humeante en la hierba.

Douglas se detuvo, aturdido. Un segundo rayo cayó delante de él. La ola de calor le arrojó hacia atrás. Tropezó y estuvo a punto de caer. La muchacha se había detenido de repente. Estaba silenciosa e inmóvil, el rostro inexpresivo. Parecía un muñeco de cera que hubiera cobrado vida de súbito.

Pero no tenía tiempo para reflexionar sobre aquello. Dio media vuelta y corrió hacia la casa. Un tercer rayo cayó frente a él. Se desvió hacia la derecha y se lanzó entre los matorrales que crecían cerca de la pared. Se apretó contra el cemento de la casa, jadeante.

El cielo tachonado de estrellas resplandeció levemente. Un breve movimiento. Después, nada. Estaba solo. Los rayos cesaron. Y...

La chica también había desaparecido.

Un señuelo. Una hábil imitación para alejarle de la casa, para obligarle a salir a terreno descubierto y poder dispararle.

Se puso en pie, temblando de pies a cabeza, y rodeó la casa. Bill Henderson, Laura y Berg estaban en el porche, hablaban nerviosamente y le buscaban con la mirada. Vio su coche estacionado en el camino privado. Si conseguía llegar hasta él...

Escrutó el cielo. Sólo estrellas. Ni rastro de ellos. Si alcanzaba a subir al coche y escapar lejos de las montañas, hacia Denver, que estaba en una zona más baja, quizá se salvaría.

Respiró hondo. Sólo le separaban diez metros del coche. Si conseguía entrar...

Corrió. A toda velocidad. Por el camino particular. Abrió la puerta del coche y saltó dentro. Encendió el motor y quitó el freno con veloces movimientos.

El coche se deslizó hacia adelante. El motor cobró vida. Douglas aplastó el acelerador con violencia. El coche brincó. Laura, en el porche, gritó y bajó la escalera. El rugido del motor apagó su grito y el chillido de Bill.

Un momento después se encontraba en la autopista, huyendo de la ciudad, y tomó la larga y sinuosa carretera que conducía a Denver.


Llamaría a Laura desde Denver. Se reuniría con él. Tomarían el tren que iba al este. Al infierno el Bryant College. Su vida estaba en juego. Condujo durante horas sin detenerse, toda la noche. El sol salió y ascendió poco a poco en el cielo. Se veían más coches en la carretera. Dejó atrás a un par de camiones diesel que progresaban con lentitud y bastantes dificultades.

Empezaba a sentirse algo mejor. Las montañas iban disminuyendo de tamaño, cada vez más lejanas...

A medida que aumentaba el calor, su estado de ánimo se fortalecía. Había cientos de laboratorios y universidades diseminados por el país. No le costaría proseguir su trabajo en otro sitio. Una vez fuera de las montañas, no le atraparían.

Disminuyó la velocidad. El depósito de gasolina estaba casi vacío.

A la derecha de la carretera había una gasolinera y un pequeño café. La visión del café le recordó que no había desayunado. Su estómago empezaba a protestar. Había un par de coches estacionados frente al café. Algunas personas estaban sentadas ante la barra.

Salió de la carretera y entró en la gasolinera.

—Lleno —dijo al empleado.

Dejó el coche en punto muerto y salió. La grava estaba caliente. Se le hizo agua la boca. Tostadas, jamón, café humeante...

—¿Puedo dejarlo aquí? —preguntó.

—¿El coche? —El empleado desenroscó la tapa y procedió a llenar el depósito—. ¿Qué quiere decir?

—Haga el favor de llenarlo y estacionarlo. Volveré dentro de unos minutos. Quiero desayunar algo.

—¿Desayunar?

Douglas estaba irritado. ¿Qué sucedía con aquel tipo? Señaló el café. Un camionero había abierto la puerta mosquitera y estaba de pie en el umbral. Se hurgaba los dientes con aire pensativo. En el interior, la camarera iba de un lado a otro. Percibió el aroma del café, del tocino frito. Sonaba un jukebox. Un sonido cálido, amistoso.

—El café.

El empleado dejó de poner gasolina. Bajó poco a poco la manguera y se volvió hacia Douglas, con una expresión extraña en el rostro.

—¿Cuál café? —dijo.

El café tembló y se evaporó de súbito. Douglas reprimió un grito de terror. Donde había estado el café sólo se veía un campo vacío.

Hierba pardoverdosa. Algunas latas herrumbradas. Botellas. Desperdicios. Una valla inclinada. A lo lejos, el perfil de las montañas.

Douglas intentó serenarse.

—Estoy un poco cansado —murmuró. Subió al coche con movimientos inseguros—. ¿Cuánto le debo?

—Apenas he comenzado a llenar el...

—Tome. —Douglas le tendió un billete—. Apártese de mi camino.

Encendió el motor y volvió a la autopista. El atónito empleado se quedó mirándole.

Por poco. Por muy poco. Una trampa. Y casi había caído en ella.

Pero lo más terrorífico no era eso. Había salido de las montañas y continuaban persiguiéndole.

No había servido de nada. No se encontraba más a salvo que anoche. Estaban por todas partes.

El coche devoraba kilómetros. Se estaba acercando a Denver... ¿Y qué? Daba igual. Aunque cavara un agujero en el Valle de la Muerte y se escondiera dentro, seguiría en peligro. Le perseguían y no iban a rendirse. Eso estaba claro.

Se devanó los sesos, desesperado. Tenía que pensar en algo, en alguna forma de burlarles.

Una cultura parasitaria. Una raza que vivía a costa de los humanos, que se aprovechaba del conocimiento y de los descubrimientos humanos. ¿No había dicho eso Bill? Iban en busca de sus conocimientos especializados, únicos, en física nuclear. Le habían elegido a causa de su superioridad sobre los demás colegas. Le perseguirían hasta atraparle. Y luego..., ¿qué?

El terror se apoderó de él. El lingote de oro. El cebo. La muchacha parecía tan real. El café lleno de gente. Incluso los olores: tocino frito, café humeante.

Dios, si fuera una persona normal, inculta, sin nada especial. Si...

El ruido de un reventón. El coche vibró. Douglas blasfemó. Un reventón. Precisamente ahora.

Precisamente...

Douglas detuvo el coche en la cuneta. Paró el motor y puso el freno de mano. Permaneció sentado un rato en silencio. Por fin, rebuscó en la chaqueta y sacó un aplastado paquete de cigarrillos. Encendió uno lentamente y bajó la ventanilla para que entrara un poco de aire.

Estaba atrapado, sin duda. No había nada que hacer. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. El reventón era intencionado, por supuesto. Algo en la carretera, esparcido desde arriba. Tachuelas, lo más probable.

La autopista estaba desierta. No se veía ningún coche. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. Denver se encontraba a cuarenta y cinco kilómetros de distancia. No existía la menor posibilidad de llegar allí. Campos llanos, desoladas planicies, le rodeaban.

Nada, excepto la llanura..., y el cielo azul.

Douglas escrutó el cielo. No podía verles, pero estaban en algún sitio, esperando a que bajara del coche. Una cultura extraterrestre utilizaría sus conocimientos, sus habilidades. Sería un instrumento en sus manos. Un esclavo, nada más.

En cierto modo, era un consuelo. Había sido seleccionado entre todos los miembros de la sociedad. Sus conocimientos y habilidades habían vencido a todos los demás. Algo de calor acudió a sus mejillas. Le habrían estudiado durante cierto tiempo. El gran ojo habría observado a menudo por su telescopio, o microscopio, o lo que fuera. Habría tomado buena nota de su capacidad y comprendido que era un elemento fundamental para su cultura.

Douglas abrió la puerta del coche. Salió y pisó el recalentado pavimento. Tiró el cigarrillo y lo aplastó con calma. Respiró hondo, se estiró y bostezó. Vio las tachuelas, diminutos puntos de luz sobre la superficie del pavimento. Las dos ruedas delanteras estaban deshinchadas.

Algo brilló sobre él. Douglas esperó, inmóvil. Ahora que había llegado el momento, ya no tenía miedo. Contempló la escena con una especie de curiosidad indiferente. La cosa aumentó de tamaño. Creció y se expandió sobre su cabeza. Vaciló un momento. Después, descendió.

Douglas no se movió cuando la enorme red cósmica se cerró sobre él. Las cuerdas le apretaron cuando la red se alzó. Subió hacia el cielo, pero estaba tranquilo, en paz, sin miedo.

¿Por qué iba a tener miedo? Seguiría con el mismo trabajo de siempre. Echaría de menos a Laura y la universidad, desde luego, la comunidad intelectual de la facultad, los rostros alegres de los estudiantes, pero también encontraría buena compañía allí arriba. Personas con quienes trabajar. Mentes disciplinadas con las cuales comunicarse.

La red subía cada vez con mayor rapidez. El suelo retrocedía con celeridad. La Tierra pasó de ser una superficie plana a un globo. Douglas contempló todo con interés profesional. Sobre la intrincada tela de la red distinguió el contorno del otro universo, del nuevo mundo hacia el cual se dirigía.

Formas. Dos enormes sombras acuclilladas. Dos figuras increíblemente gigantescas agachadas. Una tiraba de la red. La otra miraba y sujetaba algo en la mano. Un paisaje. Sombras difusas, demasiado inmensas para que Douglas las abarcara.

Captó un pensamiento.



«Por fin. Cuántas dificultades.»

«Valía la pena», pensó el otro ser.

Los pensamientos atronaron en su cabeza. Poderosos pensamientos, procedentes de mentes inmensas.



«Yo tenía razón. El más gordo. ¡Menuda presa!»

«¡Pesará sus buenos veinticuatro ragets!»

«¡Por fin!»

De pronto, la compostura de Douglas le abandonó. Un escalofrío de horror recorrió su mente. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué querían decir?

Entonces, le tiraron de la red. Cayó. Algo se acercó. Una superficie plana, brillante. ¿Qué era?

Cosa curiosa, se parecía demasiado a una sartén.




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