El otro De Soto



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Seudónimo: Eleanor Rigby
Categoría: Crónica

El otro De Soto

DE SOTO SALE DE LA CABINA DE Radio Programas del Perú. Hace tiempo que se ha convertido en el economista más famoso del país. Su nombre siempre figura en las listas de intelectuales y de economistas más poderosos del Perú que publica una conocida encuestadora. En Radio Programas, acaba de ser entrevistado por un panel de colegas, todos ellos muy preparados e inteligentes, pero que sumados no alcanzan ni una mínima fracción de su celebridad. Su presencia genera una sensación extraña: a pesar de que pertenece a un gremio de profesionales un poco grises, siempre abstraídos en fórmulas matemáticas y grandes teorías que prometen cambiar el mundo, al verlo provoca pedirle un autógrafo, como si fuera un gran escritor, un cantante famoso o el más reciente ídolo del fútbol. En el 2001, De Soto visitó una serie de barriadas para presentar su segundo libro, El misterio del capital. Las fotos tomadas en esos encuentros muestran a decenas de personas pidiéndole que les firme su ejemplar.


De Soto anda más apurado que nunca. Sale de la cabina despidiéndose rápidamente de sus entrevistadores, saluda sin demasiadas reverencias al cardenal Juan Luis Cipriani -que espera el inicio de su programa radiofónico-, baja unas escaleras auxiliares, y se sube a su camioneta negra, donde ocupa el asiento del copiloto. El periodista Víctor Andrés Ponce, quien desde hace algunas semanas trabaja como su asesor de prensa, se queda rezagado. Ponce corre como si De Soto fuera a dejarlo en cualquier momento. Al final, logra subir al auto. Salen hacia la Vía Expresa y se pierden rápidamente en las entrañas de Lima. Son las diez de la mañana de un frío sábado en Lima.
Unos pocos días después, De Soto asumiría en New York la co-presidencia de una comisión muy importante contra la pobreza formada por las Naciones Unidas, junto con la ex secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright. La foto de ambos apareció en la mayoría de diarios de Lima. En ella, De Soto sonreía con orgullo. De los muchos reconocimientos que ha recibido en su relativamente breve carrera como intelectual, este nombramiento es, tal vez, el más importante.
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HERNANDO DE SOTO SE LLEVA la zanahoria a la boca. Está gordo y a dieta. Todavía no es amigo de Bill Clinton, ni trabaja para una decena de gobiernos en el mundo. Aún no ha publicado dos best sellers que serán alabados por izquierdas y derechas, ni los comentarios sobre sus dietas aparecen en las revistas limeñas acompañando extensas entrevistas. Ahora, sólo esta leyendo unos papeles. No faltan demasiados meses para que cumpla cuarenta y cinco años. Mario Ghibellini, en frente de

él, tiene casi la mitad, pero no puede evitar pensar que la imagen es bastante divertida. De Soto, su jefe, parece una extraña versión de Bugs Bunny comiendo esa zanahoria entera. Los dos están en el estudio de De Soto. Es una oficina amplia, con una mesa de medio metro de largo alrededor de la cual ellos dos y el estudiante de Derecho Enrique Ghersi se juntan casi todos los días a revisar los borradores del libro que están escribiendo.


El estudio está cerca de la entrada de la casa de De Soto. Es una casa grande: al lado de la oficina hay un gimnasio con máquinas para correr y poleas para hacer pesas. Saliendo de allí, un sendero lleno de plantas conduce a la piscina y, luego, a la casa. Sendero. En 1992, Sendero Luminoso hizo un reglaje de la vivienda. Querían matar a De Soto. Pero el camarada Darío, al mando de la operación, concluyó que su potencial víctima vivía en un barrio de clase alta, con casas enormes, donde las veredas eran innecesarias pues todos los vecinos llegaban en automóvil. Allí, la presencia de patrulleros policiales y seguridad privada hacía imposible cualquier atentado.
De Soto termina la zanahoria y bebe un sorbo de té helado. También es parte de su dieta. Mientras, Ghersi y Ghibellini siguen revisando línea por línea los borradores del libro. El trabajo es repetitivo y tedioso. De Soto es obsesivo y quiere que cada página contenga las palabras precisas, que ni siquiera una coma esté fuera de lugar. Aún faltan semanas, quizás meses, para que el libro esté listo y finalmente vaya a imprenta. Pero desde hace tiempo saben el nombre que llevará impreso en la carátula. Se llamará El otro Sendero.
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TODO EMPEZÓ EN 1977. Ese año, Hernando de Soto se instaló de nuevo en el Perú. Había vuelto calvo, divorciado, con ideas, con proyectos, con dinero y con la preposición "de" delante de su apellido paterno. Ahora se apellidaba como el modelo de auto de la marca Firestone de 1952. De Soto. Su nombre era igual al de un famoso conquistador español. Hernando de Soto. Su padre, Alberto Soto de la Jara, había sido ayudante personal y pariente del presidente José Luis Bustamante y Rivero, quien había cargado al pequeño Hernando cuando no tenía más de cuatro meses. Cuando Bustamante fue derrocado por el general Manuel A. Odría, en 1948, Soto de la Jara y su familia se mudaron a Suiza. Así, hasta fines de los setenta, cuando ya bordeaba los cuarenta años y era un reconocido economista y empresario, De Soto vivió yendo y viniendo entre Arequipa, su ciudad natal, Lima y Ginebra.

Justamente en 1977, la revista Caretas hizo un breve esbozo biográfico de él. Era la primera vez que el economista aparecía en sus páginas. "El hombre -decía Caretas- es el producto de ciertas migraciones contemporáneas. (...) Nació en Arequipa casi por casualidad. A los seis meses ya estaba destetándose en Buenos Aires y ahora, a los 35 años, puede recapitular estudios y trabajos en Canadá, Estados Unidos y Suiza, hablar en varias lenguas y mostrar diplomas multinacionales, tanto de la Universidad de San Agustín y la Católica, como el de un doctorado summa cum laude en economía y derecho internacional del Institut Universitaire de Hautes Etudes Internacionales de Ginebra"


En aquella ocasión, Caretas contaba "la idea genial de un peruano y su multimillonaria aplicación". La historia era la siguiente. Entre 1968 y 1971, De Soto había trabajado como economista del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) -el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio- y, luego, entre 1971 y 1973, como director gerente de las operaciones europeas de la empresa estatal Minero Perú y presidente del Consejo Intergubernamental de los Países Exportadores de Cobre. Durante ese tiempo, De Soto había sido testigo de un problema que les estaba costando muy caro a los países del tercer mundo: los "préstamos atados".
A primera vista, dichos préstamos no tenían nada de malo. Los países desarrollados otorgaban créditos blandos a cambio del uso de sus propias tecnologías. Los financistas de los países subdesarrollados estaban encantados con la disponibilidad de dinero relativamente barato. Sin embargo, al final la jugada terminaba reportando pérdidas: la tecnología del país que otorgaba el préstamo solía ser más cara que la de otros similares. Los proyectos de los países pobres terminaban siendo un despilfarro.
De Soto tenía los cálculos que demostraban esta situación. Contaba, por ejemplo, que una fábrica enhebradora de nylon en la ciudad pakistaní de Karachi construida con capitales y proveedores estadounidense habría costado 61 % menos si hubiese usado equipos alemanes. Y, según Caretas, De Soto también venía con la solución bajo el brazo: una empresa llamada UNEFICO, especializada, precisamente, en "desatar" créditos. Para el Journal de Geneve, De Soto era "un hombre comprometido con la causa del tercer mundo".
Bajo el esquema de UNEFICO, De Soto se asoció con un empresario y un geólogo peruanos para desarrollar exploraciones mineras en Zaire, Panamá y la selva de Madre de Dios. Era un empresario

joven y próspero, que después de hacer una brillante carrera en Europa, ahora hacía fortuna en su

propio país. También iba ganando prestigio como economista. En 1979, el gobierno militar de Francisco Morales Bermúdez lo nombró miembro del directorio del Banco Central de Reserva.

Pero, conforme se acercaba a los cuarenta años, una crisis de identidad lo agobiaba. En Ginebra, De Soto se había codeado con lo más selecto de la intelectualidad europea. Cuando trabajó como economista del GA TI (la actual Organización Mundial del Comercio) su jefe había sido un famoso economista holandés, Jean Tumlier. También había conocido a los grandes pensadores liberales,

como Friedrich von Hayek o Milton Friedman. Su segunda mujer, la princesa Gerarda de Orleáns­

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Borbón y Parodi Delfino, prima del rey Juan Carlos I de España y aspirante número 227 al trono



inglés, era una reconocida activista de esta corriente. Y él quería ser como ellos. Quería ser como Marx y Engels, los padres del socialismo científico con cuyos apellidos De Soto bautizó a sus dos pastores alemanes, luego de que muriera Mao, su perro chino. Quería ser un intelectual. Ghersi recuerda de De Soto quería escribir la refutación liberal de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, el libro del pensador marxista José Carlos Mariátegui que, de una u otra manera, había marcado las ideas de la izquierda peruana desde que se publicó en 1928. De Soto vivía de los negocios, que le había dado suficiente dinero para retirarse a descansar a los 39 años, pero el mundo del pensamiento lo llamaba. Y supo muy bien cómo resolver el dilema.

-Hernando hubiese sido un gran vendedor de autos- dice Enrique Ghersi. -En cambio, se convirtió en un vendedor de ideas.


*****

EL FAX LLEGÓ A LA SUITE DE HERNANDO DE SOTO en el hotel Marriott de El Cairo en plena reunión de investigadores de la misión del Instituto Libertad y Democracia (ILD). El sonido del aparato disminuyó la tensión en el ambiente. El intercambio de ideas con el presidente y líder absoluto del Instituto angustiaba a los investigadores y ana listas, quienes temían que sus ideas fueran desechadas por De Soto sin ninguna piedad. Era un ambiente exigente, donde fallar era muy mal visto.
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Una de las investigadoras del ILD se levantó y recogió el fax. De Soto lo leyó y, luego, el papel impreso circuló por todas las manos de la habitación. Al leerlo, los rostros dibujaron gestos de sorpresa, orgullo y satisfacción. El fax era un comentario acerca de El misterio del capital, libro que De Soto estaba a punto de publicar. Decía lo siguiente:



"El misterio del capital tiene el potencial para crear una revolución nueva y enormemente beneficiosa. Debería ser lectura obligatoria para todos los que tienen a su cargo la riqueza de las

naciones"

Firmaba Margaret Thatcher.


No era el primer elogio que De Soto, sus obras y su instituto recibían de algún importante líder mundial. Lo primero que uno ve al ingresar al local del ILD en Lima son fotos enmarcadas dedestacados políticos e intelectuales junto a cartas de felicitación a De Soto por sus libros, por sus aportes al desarrollo o por alguna misión del ILD en el extranjero. Su primer libro, El otro sendero, publicado catorce años antes, en 1986, fue un best seller ":lundial y lo catapultó como uno de los economistas innovadores más importantes del mundo. Sus ideas sobre la informalidad o la falta de capital en los países en desarrollo han logrado que eternos rivales como George H. Bush y BiIl Clinton o publicaciones ideológicamente opuestas como la conservadora revista neoyorquina Fortune y el diario liberal francés Le Monde coincidan en alabar sus propuestas para la lucha contra la pobreza. A inicios de los noventa, la legendaria revista inglesa The Economist consideraba al ILD el segundo think tank más influyente del mundo.


Pero no todo han sido elogios para De Soto. Algunos economistas creen que sus propuestas para salir del subdesarrollo -fortalecer los derechos de propiedad de los pobres para que estos puedan "resucitar" el capital muerto que poseen- son demasiado simplistas. Jagdish Bhagwati, profesor de la Universidad de Columbia y uno de los expertos en comercio internacional más importantes del mundo, visitó Lima hace algunas semanas para debatir con él, invitado por la Universidad del Pacífico. Cuentan que, ante los dardos más fuertes de su colega, De Soto no pudo evitar que su rostro redondo y barbudo refleje la incomodidad que aparentemente sentía.


-Le propusimos la idea de Hernando de Soto a algunos bancos y no les gustaba mucho apropiarse de un pueblo joven en caso de que haya un préstamo impago- declaró Bhagwati en una entrevista. El argumento no es nuevo: de hecho, es lo que piensan muchos estudiantes de Economía al terminar de leer El misterio del capital.


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Pero el conflicto más conocido de De Soto va más allá de las ideas económicas. En 1993, Mario Vargas LIosa publicó El pez en el agua, un libro de memorias en el que hizo una descripción de este



que ha quedado grabada en las mentes de muchos: para el escritor, De Soto era "susceptible y vanidoso como una prima donna...un personaje un tanto ridículo, con su español trufado de anglicismos y galicismos y sus cursilerías aristocráticas". Vargas Llosa contó, también, que De Soto se había añadido el "de" a su apellido original y lo acusó de diversas maniobras para relacionarse con el poder político y para llevarse el crédito de las protestas contra la estatización de la banca que ambos habían liderado en 1987.
La respuesta del economista dejó boquiabierta a Lima. "Vargas Llosa es un hijo de puta", dijo De Soto, muy calmado, en Panorama, el programa periodístico dominical más visto de la época. Inmediatamente se desató una gran polémica. Muchos criticaron el nivel intelectual de De Soto por hablar en términos soeces. Otros reprobaron que se metiera con la madre del escritor peruano más importante. Martha Hildebrandt, una conocida lingüista, tuvo que aclarar que la frase no debía entenderse por su sentido literal, sino como un insulto dedicado únicamente a Vargas Llosa. Años después, Beto Ortiz, que había sido reportero de Panorama en ese tiempo, dijo que todo había sido una farsa, que De Soto había ensayado varias veces la frase con Dennis Vargas, el conductor del programa.
El escándalo fue fugaz, pero la enemistad dura hasta hoy. El conflicto, que se inició cuando De Soto y el ILD empezaron a colaborar con el gobierno de Alan García, primero, y con el de Alberto Fujimori, después, rompió la fuerte amistad que tenían el economista y el escritor. La simpatía y la coincidencia ideológica entre ambos habían sido tan fuertes que Vargas Llosa escribió un elogioso prólogo para El otro sendero, primer libro de De Soto, y lo publicitó por todo el mundo. Por su parte, De Soto, en el prefacio de ese libro, escribió que este "jamás se hubiera emprendido si no fuera por Mario Vargas Llosa: él sugirió la idea de que esto tomara la forma de un libro, me desafió a ejecutarlo y alentó continuamente mis progresos. Él es definitivamente el culpable de todo".
Era 1986, la época de Alan García y del esplendor del populismo. Era, también, la época del apogeo de Sendero Luminoso, el grupo terrorista de tendencia maoísta que atentó dos veces contra el antiguo local del ILD y que abaleó una de sus camionetas con la intención de asesinar a De Soto. Él y Vargas Llosa, los liberales peruanos más conocidos, peleaban solos contra el predominio de la demagogia y del terror. Hasta que el 28 de julio de 1987 todo cambió. El presidente García anunció en su discurso ante el Congreso que había decidido estatizar todo el sistema financiero. García esperaba que la medida recibiera un multitudinario apoyo, pero la reacción de los banqueros y de la clase media fue respaldada, también, por los sectores populares. Para Vargas Llosa, el líder de la

protesta, y para su amigo De Soto, este repentino liberalismo popular era el resultado de años de esfuerzo para lograr que sus ideas calaran en el imaginario popular.


Vargas Llosa y De Soto habían logrado marcar la agenda ideológica del Perú para los noventa. Pero con el éxito, vino la ruptura. Al principio se mantuvo en secreto, pero terminó siendo tan pública (y libresca) como la antigua amistad. Ahora nadie menciona el pleito entre ambos, pero según un antiguo colaborador del ILD y amigo personal de De Soto, Vargas Llosa había amenazado a su editorial española, Santillana, con cambiarse si es ,que esta publicaba El misterio del capital, por el cual había manifestado interés. Al final, cierta o no esta versión, el libro fue editado en España por la editorial Planeta. El próximo capítulo de esta novela todavía está por escribirse. Y quizá, como todos los anteriores, por publicarse.
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DE SOTO NO SOLO ES EL PRESIDENTE DEL ILD: es el ILD en sí mismo. Piensa las ideas, hace los planes, dirige los equipos, negocia los contratos, aparece en los medios, recibe los premios, se gana enemigos. Y todos lo quieren tocar, agradar, sorprender. Todos quieren convertirse en su favorito, aunque sepan que, con él, los favoritismos son fugaces. Por ello, el ambiente del ILD es competitivo y exigente. Además, agradar a De Soto no es sencillo. Todos los investigadores querían destacar con ideas brillantes, con las que De Soto estuviera de acuerdo. Pero conseguirlo era dificil: cuando a De Soto se le mete una idea en la cabeza, se convierte en una persona terca y obstinada, con la que no se puede discutir.
El abogado Rolando Izaguirre, quien trabajó como investigador en el ILD a inicios de los noventa, describe a De Soto como "un futurista, un adelantado, un visionario", pero también como una persona "avasallante", que no duda en imponer sus ideas. Horacio Gago piensa lo mismo, aunque usando otro adjetivo: para él, "Hernando es una persona muy abarcadora. Cuando Hernando no está seguro de algo, escucha opiniones y para la oreja, pero cuando ya tomó una decisión nadie lo quiebra. Hay que ir por ahí y, si no quieres ir por ahí, te aparta".
Horacio lo sabe bien. La noche del 20 de noviembre de 2000, mientras dormía en su habitación del hotel Marriott en El Cairo, recibió una llamada urgente de De Soto. Alberto Fujimori acababa de renunciar a la presidencia del Perú desde Japón, en medio de un enorme escándalo de corrupción.

Era su oportunidad para postular a la presidencia de su país y para poner en práctica, sin depender de nadie, las reformas que planteaba desde hacía más dos décadas.


-Estoy viajando a El Cairo porque pasado mañana nos juntamos para ver cómo hacemos la estrategia de lanzar el libro y la candidatura juntos -le dijo De Soto esa noche.
A los dos días, el presidente del ILD y, desde ese momento, aspirante a candidato presidencial llegó

a la capital egipcia con dos palabras escritas en una hoja.

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-Del programa me encargo yo -le dijo De Soto a Gago, señalando la hoja-o De las redes te encargas tú.
No había nada más que decir. De inmediato, regresaron al Perú e iniciaron una larga gira por los distritos populares de Lima y por las provincias más importantes del país. Gago y su equipo organizaron encuentros donde De Soto presentó El misterio del capital, libro que acababa de editar, y expuso sus ideas sobre la informalidad y la formación de capital. Asistieron miles de personas, sobre todo del público objetivo al que apuntaba la campaña de De Soto: pequeños empresarios y propietarios que habían luchado, o seguían luchando, por salir de la economía informal y capitalizarse. La gente parecía encantada con las ideas de De Soto y muchos llevaban ediciones de sus libros, legales o piratas, para que el economista se las autografie. Pero, cuando llegó el momento de inscribir a su movimiento, llamado Capital popular, en el Jurado Nacional de Elecciones, De Soto no había alcanzado el mínimo de firmas. A su manera, el candidato De Soto había experimentado las trabas legales a la iniciativa individual que había denunciado en sus obras.
Uno de los mayores secretos de la política peruana actualmente es la conformación de las planchas electorales para los próximos comicios presidenciales. Hasta hace un tiempo corría el rumor de que De Soto pensaba postular nuevamente. Hoy, las apuestas se inclinan por un apoyo de De Soto a alguna candidatura mejor posicionada. En algún momento Caretas habló de coqueteos con Alan García y, más recientemente, otro candidato, Alfredo Barnechea, contó que hablaba frecuentemente con De Soto. ¿Cuál será, entonces, su futuro político?
-Eso solo lo sabe Hernando -contesta Gago.

De Soto seguramente está pensando en su participación en las próximas elecciones. Al fin y al cabo, como me comentó el abogado y ex investigador del ILO, Fernando Cantuarias, "De Soto es una persona que piensa las veinticuatro horas del día".


*****
CONVIVIR CON DE SOTO ES IMPOSIBLE. Se le conocen tres parejas con las que ha vivido largo tiempo y de las que se ha separado. La primera, recuerda Enrique Ghersi, era una brasileña de la que De Soto nunca hablaba. La segunda fue doña Gerarda de Orleáns, la prima del rey Juan Carlos 1 de España, con quien hoy no tiene ninguna relación. De Soto y Gerarda asistieron al mismo colegio en Ginebra, pero como ella era un poco mayor que él, nunca llegaron a conocerse allí.
-Cuando realmente nos conocimos fue porque, en dos proyectos distintos, teníamos los mismos socios, un suizo y un alemán. Una noche, todos nos reunimos en Nueva York. Durante la cena y la sobremesa, Hernando y yo congeniamos, por lo que eventualmente volvimos a vernos- cuenta Gerarda.
Sin embargo, la relación no era fácil de llevar. De Soto vivía en Perú y Gerarda en Nueva York. Los dos estaban muy ocupados con sus proyectos, y, en el caso de la princesa europea, con el cuidado de sus hijos.
La tercera mujer de De Soto fue una atractiva limeña, Maricarmen de Toro, con la que De Soto se casó a inicios de los noventa en una ceremonia a la que asistió, entre otros, el ex presidente Alberto Fujimori. Eran los días en que se publicaban caricaturas en las que aparecía un De Soto más flaco y sin barba sentado como ventrílocuo, mientras que Fujimori era su muñeco. Cuando Fujimori nombró a Carlos Boloña como su ministro de Economía, este no dio su primera conferencia de prensa en Palacio de Gobierno o en el ministerio. Lo hizo en el ILD, donde había trabajado un tiempo atrás, con De Soto sentado a su costado. Luego, De Soto se distanció de Fujimori, como le pasaría con tantos otros.
-El ILD es como una burbuja. Cada dos o tres años, De Soto convoca a algunos a los mejores economistas y abogados del país para que sean sus colaboradores cercanos. El instituto comienza a crecer. Pero, después, Oe Soto se pelea con ellos y el ILO revienta- cuenta un ex investigador que trabajó allí a fines de los ochenta.

Trabajar con De Soto es extenuante. Cuando escribía El Otro Sendero, solía llamar a Enrique Ghersi o a Mario Ghibellini, los coautores del libro, un sábado o domingo a cualquier hora, asaltado por alguna duda. Cuando el libro estaba terminado y mil veces revisado, le pidió a Franco Giuffra, en ese entonces articulista principal del ILD, que lo volviera a corregir.


-De Soto es obsesivo. No quería dejar cabos sueltos ni tener errores en el manejo de las fuentes­recuerda Giuffra.
De Soto no puede convivir con las dudas. Está acostumbrado a que sus posibilidades sean ilimitadas. Otro recuerdo de Giuffra es que, en esos años, ambos hicieron un viaje de trabajo a Suiza y Alemania. De pronto, a De Soto se le ocurrió que n~cesitaba la ayuda de un consultor que trabajaba en Canadá. A Giuffra no le quedó más alternativa que coger el primer vuelo hacia ese país, para satisfacer las inquietudes del jefe.
Alguna vez, a mediados de los ochenta, De Soto entró a su oficina. Lo acompañaba un norteamericano. Se lo presentó a Enrique Ghersi, su principal colaborador de ese tiempo. Se sentaron a conversar un rato. De Soto es un conversador entretenido, aunque no suele resistir la tentación de tratar de imponer el tema de conversación. Si no lo logra, pierde la mirada y se muestra ausente. Además, maneja perfectamente el inglés. En ese idioma habla con su hermano Álvaro y también lo hacía con su ex mujer, doña Gerarda. La charla con el norteamericano duró unos cinco minutos. Ghersi trataba de seguirla. Hablaba algo de inglés, pero no con la fluidez de su jefe. De pronto, De Soto se levantó. Se disculpó. Tenía algo más que hacer. Se fue. Ghersi se quedó encargado de entretener al invitado de turno, el economista Douglass North. Cerca de una década después, North ganaría el premio Nóbel de Economía, el mismo que, según algunos de sus propios amigos, De Soto ansía obtener algún día y que, según muchos economistas, nunca obtendrá.
-De Soto siempre traía intelectuales de ese nivel para hacerles consultas sobre la investigación que realizábamos. Esa es una de las cosas que aprendí durante el tiempo que trabajé con él: si en el Perú no hay un especialista que sea capaz de absolver una duda, no dudes en llamar al extranjero y conseguirlo -cuenta ahora Ghersi en el directorio de su estudio. Detrás de él, un cuadro abstracto dice que la justicia es casi igual para todos. La pintura resume muy bien la prédica de De Soto.

De Soto es repetitivo. Suele comer en los mismos lugares. Si le gusta una camisa o un par de zapatos se compra varios iguales. Siempre usa sacos negros. También tiene una obsesión por el detalle. Tiene la agenda de un presidente, pero siempre se da tiempo para cuidar al máximo el jardín de su casa. Ramón Barna, un empresario amigo suyo, dice que De Soto es muy detallista. Su casa, su jardín, su estudio: todos están llenos de cosas estéticas y funcionales, cuenta Barna. Ambos se conocieron en Suiza. Barna estudiaba Economía allí y coincidió con De Soto en una reunión organizada por un amigo común. Allí, De Soto demostró que le encanta discutir. Los dos se quedaron debatiendo por horas, toda la noche.


Pero ese gusto por la discusión también puede hacer imposible trabajar con De Soto. Las reuniones con él en el ILD pueden durar entre tres y cinco horas. Muchas veces son encuentros ineficientes, en los que se da vueltas y más vueltas a las mismas ideas. Algunos investigadores solían llamarlos

"La Misa".


-Si Hernando llegaba a donde estábamos los investigadores del ILD que colaborábamos con el gobierno de Egipto, en El Cairo, todos entrábamos en inmovilización total. Pero era lógico, no llegaba cualquiera, llegaba Hernando y había que estar listos --c:uenta María Rosa Morán, una abogada que trabajó con De Soto hasta hace unos años.
De Soto es un tipo nervioso, o a al menos solía serio. Ghersi recuerda que De Soto le contaba que, algunas noches, pateaba frenéticamente las sábanas mientras dormía. Otras, se comía un chocolate Toblerone entero con el que violaba la dieta que hacía en el día. En las mañanas, se despertaba, pero le costaba un mundo salir de la cama. Cuando por fin se levantaba, se metía en la ducha. Pero en lugar de refrescarse, para De Soto el baño matinal era como un incómodo sauna, pues sudaba copiosamente. Luego se ponía una bata y caminaba lentamente por la casa. Parecía un oso, hibernando, acumulando fuerzas. Alguna vez, angustiado por algo que iban a pasar en la televisión, De Soto se comió una torta de chocolate entera.
Lo único que parece no interesarle demasiado es el dinero. A un cronista peruano le dijo que, para él, "no hay nada mejor que tener suficiente como para olvidarlo". Al mismo cronista le contó que una parte de sus ahorros la ha invertido en bonos del Tesoro Americano, unos títulos cuyo único beneficio es que no implican ningún riesgo: el gobierno de Estados Unidos siempre va a estar allí para pagarlos. Y es que no es el dinero ni el ansia de poder ni el deseo de gloria los que mueven a Hernando de Soto. Su obsesión final es la de las ideas. Lo dicen sus amigos, sus ex amigos, sus

enemigos, sus ex mujeres, y hasta quienes no lo conocen demasiado: pensar es su pasión. De Soto puede haber encontrado la fórmula del desarrollo o puede haberse equivocado, pero eso poco importa para entenderlo. Lo que verdaderamente encontró Hernando de Soto es el eterno impulso de tener la razón. He allí su misterio.


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