El objeto de intervención profesional: un mito del trabajo social



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¿Un objeto, dos objetos?

Al mismo tiempo, y acompañando el movimiento teórico-epistemológico señalado en los apartados previos, se puso en debate otro objeto, esta vez el objeto de la profesión. La mención de los problemas sociales y/o las necesidades sociales como objeto profesional resultaba ya inadecuada, imprecisa, insuficiente, funcionalista (diversos modos en que se lo consideró), y el mismo movimiento fue desplazando el eje conceptual y centrando la profesión en torno a un ¿nuevo? objeto: las relaciones sociales. Pero esta aparente claridad en la afirmación presentaba, entonces, una dificultad que me haría repensar el dualismo86 en el que nos habíamos colocado. ¿Objeto de la profesión Y objeto de intervención? No se trataba ya de una mera dificultad lingüística sino de un verdadero dilema epistemológico.

Este dilema tampoco quedaba limitado al ámbito paradigmático -académico-, ya que la confusión entre los/as estudiantes y también entre los/as profesionales fue en aumento ¿Cómo articular esos aparentes dos objetos?

Para complejizar aún más la situación, en la misma época se instaló el debate respecto de la terminología utilizada. “Ya en los años 70, algunos trabajadores sociales llamaban la atención hacia la denominación “objeto” (que se aplica al segmento de realidad que una investigación convierte en foco de atención) resultaba muy inadecuada cuando se trataba de grupos que buscaban la iniciativa en la acción social; que eran “sujetos”87.

El develamiento de estos nuevos obstáculos me convocó a enfrentar un nuevo desafío, que llevó tiempo y esfuerzo. En el proceso de intercambio teórico-académico fue alumbrándose una posición superadora, elaborándose nuevas respuestas que fueron puestas a prueba en distintas instancias: con los/as estudiantes, con los/as docentes, con los/as graduados/as; en el campo teórico-epistemológico, en el técnico-operatorio.

Pero vamos por partes. ¿Qué se entiende por objeto?: el término de una operación cualquiera, activa o pasiva, práctica, cognoscitiva o lingüística. Es el fin al que se tiende, la cosa que se desea, la cualidad o la realidad percibida, la imagen de la fantasía, el significado expreso o el concepto pensado. En un sentido muy general, es el término o límite de toda actividad o pasividad, calificado en relación al carácter específico de la actividad o la pasividad. Junto a este significado fundamental, según el cual el término es insustituible, a veces se encuentra en el lenguaje filosófico, y en el común, un sentido más restringido o específico, según el cual el Objeto es tal sólo en caso de hallarse provisto de una validez particular, por ejemplo, si es “real”, “externo”, o “independiente”. Este último significado no elimina sino que presupone el anterior88.

La palabra fue introducida en el siglo XIII por los escolásticos89. Santo Tomás de Aquino lo define así: “el Objeto de una potencia o un hábito es aquello por lo cual las cosas dicen relación a tal potencia o hábito, como el hombre y la piedra dicen relación a la vista por el color, y de aquí que lo coloreado sea el Objeto propio de la vista”90. Esta noción de Objeto fue posteriormente tomada por otros autores, quienes definieron el Objeto de un saber como la materia del saber mismo en cuanto aprehendida o conocida. Una materia cognoscible resulta un Objeto conocido mediante un hábito intelectual relativo a este objeto. También se define el Objeto como el ente que termina la acción del agente o en el cual terminan las acciones del agente, por lo que es casi un límite de la acción.

Este significado sigue siendo fundamental en el uso que del término se ha hecho en la filosofía moderna y contemporánea. La cuestión del carácter real o ideal del Objeto en general o de una clase específica de Objeto (de los objetos físicos o cosas, por ejemplo) no ha influido en él. Así, el Objeto del conocimiento puede ser considerado como una idea o una representación, como una cosa material o un fenómeno pero siempre es, como Objeto, el término o límite de la operación cognoscitiva. Sin embargo, Kant inicia el uso restringido del término, de acuerdo con el cual el Objeto, o más exactamente el Objeto del conocimiento, es de preferencia el Objeto “real” o “empírico”. Con ello, Kant reafirma que la idea de la razón pura, hablando con precisión, no tiene Objeto porque el Objeto es sólo el empírico (la cosa natural) y la idea se refiere sólo indirectamente a un grupo de tales objetos. Con todo, este significado específico del Objeto no elimina, ni siquiera para Kant, el significado general y fundamental. Kant, en efecto, no considera únicamente el concepto de Objeto como el concepto “más alto” en filosofía, sino que también habla de una “distinción de todos los objetos en general en fenómenos y noúmenos”, y considera al noúmeno mismo -la cosa en sí, concebida más allá de toda experiencia sensible- como “el Objeto de una intuición no sensible” admitida hipotéticamente91.

Para Kant existe, aparte del Objeto de conocimiento, “el Objeto de la razón práctica”92. El Objeto es, en este caso, el término o el resultado de una acción libre. Lo que, en todo caso, constituye el Objeto es su función de límite o término de una actividad o de una operación cualquiera. Tal noción no falta tampoco en las formas más radicales del idealismo, para las que el Objeto es el límite de la actividad del Yo.

De manera análoga, toda otra determinación que los filósofos puedan dar acerca de la naturaleza del Objeto adquiere, como punto de partida, su definición general. Por ejemplo, el Objeto puede ser considerado como un dato (tal como lo hacen habitualmente los empiristas) o como un problema (como lo hacen los kantianos), pero puede ser una u otra cosa únicamente en caso de ser considerado como el límite o el término de la actividad cognoscitiva.

En la filosofía contemporánea, pensadores como Husserl93 han generalizado el concepto. En el dominio de la lógica matemática, Frege defendió una noción sustancialmente idéntica del Objeto, identificándolo con el significado. “El significado de una palabra es el Objeto que nosotros indicamos con ella”94, y con ello quería decir que el Objeto es el término o el límite de la operación lingüística, esto es, del uso del signo. A su vez Wittgenstein dijo que “El nombre variable “x” es el signo propio del pseudoconcepto objeto. Cada vez que el término Objeto (“cosa”, “entidad”, etc.) se usa correctamente, se expresa en el simbolismo lógico por el nombre variable”95. No muy diferente de ésta es la noción de Objeto expuesta por Dewey, para el cual el Objeto es el resultado de una operación de investigación. “Hablaremos de Objeto para designar cuanto ha sido producido y ordenado en forma estable por medio de la investigación. La aparente ambigüedad que supone el empleo de la expresión “Objeto” a estos fines (ya que la palabra se aplica regularmente a cosas observadas y pensadas) no es más que aparente. Porque las cosas existen para nosotros como Objeto cuando han sido previamente determinadas como resultado de la investigación”96.

Es fácil ver que la diferencia entre estas definiciones de Objeto es sólo la diferencia entre las actividades o las operaciones que se consideran; el Objeto es el término del significado si se considera el lenguaje y, en general, el uso de los signos; es el término de una operación de investigación si se considera la investigación científica, y así sucesivamente, pero en todo caso es (como ya lo consideraban los escolásticos) el término o el límite de una operación determinada.

La palabra Objeto es, por lo tanto, el término más general de que dispone el lenguaje filosófico. A este respecto, Kant tuvo razón al afirmar que si “el más alto concepto del cual se suele partir en una filosofía trascendental es la división de posible e imposible”, ya que toda división presupone un concepto a separar, “debe ser aducido un concepto aún más alto y éste es el concepto de un Objeto, en general, tomado problemáticamente y sin decidir si tal objeto es algo o no es nada”97.

Es obvio que el concepto de Objeto no coincide enteramente con ninguna de sus especificaciones posibles. Las cosas, los cuerpos físicos, las entidades lógicas y matemáticas, los valores, los estados psíquicos, etc., son todos Objetos especificados o especificables por medio de modos de ser particulares o por particulares procedimientos de comprobación, pero ninguna de estas clases de Objeto posee una objetividad privilegiada y ninguna se presta para expresar, en su ámbito, la característica del Objeto en general.




De objetos, campos y disciplinas...

Federico Schuster, en su exposición en los Ateneos Mensuales del Instituto de Investigación en Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que en las ciencias sociales hay una vieja idea referida a que cada campo de conocimiento tiene un objeto que le corresponde. La existencia de un objeto preconstruido al que se le adosa una disciplina es una idea que la filosofía de la ciencia ha encontrado, hace tiempo, dudosa.

Las disciplinas, sostiene, son formas de organización social del conocimiento; si se plantea que hay objetos preconstruidos y que cada disciplina corresponde a un objeto preconstruido, nos encontraríamos con que las disciplinas son cerradas, atadas a un objeto. Y la interdisciplina sería un grave problema.

Lo que diferencia, entonces, a un sociólogo y un politólogo no es el objeto distinto sino las distintas perspectivas, las distintas maneras de abordar el objeto porque sus disciplinas se constituyeron sobre orígenes problemáticos distintos. Desde allí constituyeron lo que Khun denomina matrices disciplinarias distintas, juegos de lenguaje, reglas de procedimiento, métodos y estrategias distintas.

El problema parece radicar en el modo en que disciplinas constituidas desde tradiciones y desde lugares sociales diferentes pueden intercambiar (el autor trata de señalar que no es un problema de objeto sino de articulación de comunidades científicas).

Otro problema es el del lenguaje, ya que cada disciplina conforma un lenguaje teórico. ¿Son traducibles los lenguajes? Sacar un enunciado de un conjunto teórico, ¿no le hace perder sentido? Si se lo toma desde otra disciplina, ¿está diciendo lo mismo? Cada disciplina tiene sus problemas epistemológicos particulares.

Hay un salto que se da, inevitablemente, en términos de formación y de práctica. En la formación académica universitaria de una carrera hay un aprendizaje de contenidos y de procedimientos, y eso es parte de la formación práctica. Se puede plantear un nivel descriptivo, una descripción de la práctica, que no está en el nivel de la práctica sino que convierte a ésta en un objeto, y un nivel explicativo, que se pregunta por las condiciones de posibilidad de esa práctica. En tal sentido, la ciencia social no puede ser neutral, ya que la legitimidad de las creencias de los agentes sociales que está en la base de sus prácticas y las hace posible resulta inescindible de todo intento de explicación de las prácticas sociales mismas98.

Schuster se refiere a la enseñanza de una “práctica”, la práctica de la investigación. ¿Cómo enseñar esa otra “práctica”, la del ejercicio profesional del Trabajo Social? ¿Qué les respondemos a los/as estudiantes que nos interpelan respecto del aprendizaje del ejercicio profesional? Se trata de la transmisión, proceso que implica una mediación, en tanto requiere una toma de distancia (tal como el pintor que se aleja del lienzo para calibrar con mejor perspectiva y totalidad su trabajo)99.

Si esta es la diferencia entre una intervención indiscriminada y una intervención fundada, en tanto la primera no puede dar cuenta de sí misma y la segunda implica un riguroso proceso reflexivo, su enseñanza amerita una transmisión hecha con fundamento.

¿Qué significa fundar la transmisión del ejercicio de la profesión? En principio, poder dar cuenta, en el ámbito organizacional de su aplicación, del campo.

Resultan necesarias algunas puntualizaciones teóricas previas al desarrollo de la tarea: cada organización configura un campo, en tanto sistema de relaciones socialmente constituido por los agentes sociales directamente vinculados con su quehacer, que determina las condiciones específicas de producción y circulación de sus productos100.

Estos campos se presentan como espacios estructurados de posiciones (de puestos) cuyas propiedades dependen de su posición en dichos espacios y que pueden analizarse en forma independiente de las características de sus ocupantes quienes, en parte, están determinados por éstas101.

Dos elementos, el capital común y la lucha por su apropiación, constituyen el campo. En su interior se genera un capital común por cuya apropiación luchan los grupos que en él intervienen: los que detentan el capital y los que aspiran a poseerlo. Estos grupos tienen intereses comunes, lenguaje, complicidad que subyace a todos los antagonismos; intervenir en la lucha apuntala la reproducción del juego al otorgarle valor al mismo. La posesión del capital brinda poder y autoridad a los que dominan el campo, quienes sostienen estrategias más conservadoras, mientras los que luchan por su posesión adoptan estrategias más subversivas.

Un campo, cualquier campo, se define mediante el reconocimiento de aquello que está en juego y de los intereses específicos, irreductibles a los participantes del juego de otros campos, a sus intereses propios, ya que cada conjunto de intereses importa indiferencia hacia otros intereses, que se percibirán como irracionales, absurdos.

Ante la propuesta planteada y las conceptualizaciones formuladas, surge entonces, desde el colectivo profesional, una serie de preguntas: ¿qué significa fundamentar el ejercicio de la profesión?, ¿cómo se encara este proceso? Frente al desafío, un ensayo de respuesta: fundamentar el ejercicio profesional supone dar cuenta del campo, de cada campo, en el ámbito organizacional de su aplicación. Supone, con ello, la construcción de un saber, práctica discursiva102 definida por las condiciones de existencia a que están sometidos los distintos elementos (objetos, modalidades de enunciación, conceptos, elecciones temáticas o teorías, estrategias) que ha tenido que elaborar y sistematizar a partir de prácticas de otro orden -político, técnico, social, económico- que le ha dado lugar.

Estas son las nociones que hay que poner a prueba y los análisis a encarar a efectos de dar razón -fundamento- al ejercicio de la intervención profesional del Trabajo Social en una organización.

Para ello, propongo algunos elementos destinados a ser discutidos y reflexionados por el conjunto de participantes del campo -insisto, destinados a fundar un campo, a construir un saber-. Los elementos a considerar son:


  1. La historia, el origen de la organización103.

  2. Las concepciones, categorías y conceptos que la misma sostiene.

  3. Los objetos sobre los que interviene.

  4. Los sujetos (o actores, o agentes) que involucra.

  5. Las estrategias a las que, explícita o implícitamente, apela104.

Conocer su historia; dar cuenta de su origen; identificar las concepciones, categorías y conceptos que, en su constitución, se han ido y lo han ido forjando; dominar técnica y conceptualmente el/los objeto/s en base a los que se consolida socio-históricamente; reconocer a los sujetos -actores, agentes- involucrados, sus intereses, sus posiciones en relación a la posesión del capital común; develar las estrategias que cada uno/grupo desarrolla en su lucha por el poder -la apropiación del capital en juego-; todo ello aporta al conocimiento de las reglas del juego, de lo que está en juego y orienta las estrategias dirigidas a transformarlo.

Comenzar por el primero o por el último elemento de análisis resulta indistinto. En ciertos espacios, en los que la confusión inhibe el análisis, comenzar reconociendo las estrategias a las que se apela permite, ante su profundización y visibilización, dar cuenta de todos los demás. El proceso implica una reconstrucción categorial, conceptual, político-ideológica, histórica y técnica a manos de sus protagonistas. No es tarea sencilla. Los resultados, francamente minoritarios, y las dificultades y confusiones, mayoritarias, que el ejercicio genera lo pone de manifiesto.

Surge de mi parte una pregunta obvia, pero imprescindible: si no producimos este proceso, ¿qué les enseñamos a los/as estudiantes a los que acompañamos en su aprendizaje?, ¿de qué modo se sostiene la transmisión? Enseñar es transmitir, es darle al otro lo que uno sabe... lo que uno cree que sabe... Los/as estudiantes nos interpelan, nos demandan, nos ponen entre la “espalda” y la pared para que demos cuenta de nuestra intervención... así se produce su aprendizaje “práctico”105. Frente a ellos, debemos fundamentarla, es decir, dar cuenta de su proceso en la faz histórica, social, filosófico-epistemológica, teórica, político-ideológica y técnico-operativa, tanto como en el aspecto comunicacional referido a las subjetividades con las que interactuamos.

Consideramos que, en el espacio de la producción de conocimientos, este desarrollo representa lo que conocemos o podemos caracterizar como investigación cuantitativa, basada en la explicación como elemento fundante del llamado paradigma estadístico-experimental, haciendo una recreación del concepto de paradigma desarrollado por Kuhn en un sentido amplio, es decir, que representa una matriz disciplinaria que abarca generalizaciones, supuestos, valores, creencias y ejemplos corrientemente compartidos en lo que constituye el interés de una disciplina106; espacio ese que confrontó históricamente con el de la investigación cualitativa, sostenida en la comprensión de los fenómenos que son su objeto de estudio”107.

Explicar comporta un proceso riguroso de reflexión, sistematización, análisis y síntesis dirigido a determinar el porqué de un objeto, a hacer claro y accesible al entendimiento un discurso o una situación, o a eliminar en una situación dificultades y conflictos, sustituyendo un enunciado vago o poco riguroso por otro más exacto, haciendo referencia a una uniformidad empírica comprobada. La comprensión, característica de la investigación cualitativa, no se propone objetivos de generalización estadística, ya que privilegia la involucración del/la investigador/a con los sujetos que conforman el grupo de análisis, a través de un proceso de interacción que se establece con los mismos en su propio terreno.

De allí la necesidad de impulsar la tarea propuesta en párrafos anteriores y de su fundamentación para lograr, a partir de sus resultados, la comprensión de las dificultades, los obstáculos que se viven cotidianamente en el ejercicio “práctico” de formación académica y de intervención profesional. El no formar parte del cuerpo docente universitario no exime al colectivo profesional de responsabilidad; al ámbito organizacional del que forma parte le compete la responsabilidad de dar consistencia a la formación continua -llamada también capacitación en servicio108-, entendiendo que fundar -fundamentar- cada intervención es un elemento constitutivo y constituyente del quehacer profesional, así como la posibilidad de su recreación, mejoramiento y superación.


¿Objeto de intervención profesional DEL Trabajo Social?

Volvamos ahora a la pregunta inicial, la que introdujo el tema del “objeto de intervención DEL Trabajo Social”.

Pregunta insidiosa, candente y actual que obliga al colectivo académico-profesional, representantes y/o integrantes de distintas organizaciones, a realizar/se replanteos teóricos, filosófico-epistemológicos, técnico-operatorios.

En el desarrollo del ejercicio precedente, intenté dejar en evidencia que al tal “objeto” no lo establece el/la trabajador/a social, y tampoco lo generan los/as otros/as profesionales que comparten el espacio laboral. Así considerado, resulta evidente que el agente de la intervención profesional del Trabajo Social no puede “delimitar”, “definir”, “construir” su propio objeto. El “objeto”, esa “materia o ente que termina la acción del agente o en el cual terminan las acciones del agente”109, sobre el que se interviene a efectos de su modificación desde cualquiera -todas o cada una- de las disciplinas/profesiones que, a través de sus agentes, conforman el campo110, está establecido por y en ese espacio de relaciones de poder que configura cada organización.

En síntesis, el “objeto” es de la organización, político, ideológico, histórico, social y simbólicamente estructurado, construido en el mismo proceso -dinámico, conflictivo, contradictorio- de su legitimación y consolidación. Esto quiere expresar que las políticas que implementa la organización -gubernamental o no gubernamental- van delineando ese objeto y, al mismo tiempo, estableciendo estrategias para su abordaje de manera explícita o no, a través de normas claras o en ausencia de ellas, mediante programas y proyectos formulados y/o implementados por las mismas o por medio de la burocracia que, como “máquina de impedir” promueve su propia supervivencia a costa de la población “objetivo” de aquellas políticas.

¿Cómo, entonces, se presenta esa relación tensional entre este “objeto organizacional”, empírico, manifestación singular de la conflictiva social, con el “objeto profesional”, identificado mediante la categoría de relaciones sociales, conceptualizadas de modo diverso de acuerdo al posicionamiento teórico-epistemológica que se asuma? Tal como lo plantea el Plan de Estudios 1996 de la Licenciatura en Trabajo Social de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, “el objeto de estudio de la presente carrera comprende las relaciones sociales que se estructuran entre los sujetos, en función de las necesidades y el contexto social particular y general, que permita un abordaje de las problemáticas”.

Esta categoría y su reconocimiento como objeto del Trabajo Social instalaron reflexiones, discusiones y debates que no se circunscribieron al ámbito local, regional y nacional, sino que incluyeron las producciones de colegas pertenecientes a unidades académicas del Cono Sur de América Latina (Brasil, en particular). De este proceso, y de las transformaciones de la categoría según la matriz epistemológica que la soportara, se dio cuenta en el documento de mi autoría, citado en páginas anteriores, trabajo presentado en un evento académico latinoamericano convocado y organizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago (1994) y posteriormente publicado en una revista especializada (1996)111.

En él se abordan las relaciones sociales como objeto de la profesión, sosteniendo que “definir el objeto de la profesión en términos de individuos, o comunidades, o sistema social, o problemas sociales, es permanecer en el espacio de la problemática real o de las manifestaciones o representaciones ideológicas, de la apariencia; si consideramos, en cambio, que cualquiera de esos "objetos" así definidos se inscriben en la compleja trama de las relaciones sociales, y que éstas son leídas de distinta manera de acuerdo al punto de vista teórico y a la posición epistemológica que -consciente o inconscientemente- se asumen, podemos entonces considerar que, históricamente, el objeto del Trabajo Social han sido las relaciones sociales, entendiendo que éstas son más que relaciones entre intersubjetividades, que ellas se establecen también entre posiciones sociales y condiciones de vida; pero, y al mismo tiempo, son más que la reproducción de la totalidad del proceso social, de determinado modo de vida. Si la primera parte de este enunciado da cuenta de una perspectiva idealista, sosteniendo una concepción de sujeto basada en los principios de libertad e igualdad individual -concepción propia del Trabajo Social tradicional-, la segunda privilegia una concepción sin sujeto, reduciendo éste a la estructura -posición propia del Trabajo Social reconceptualizado-. Para concluir diciendo que “fundamentalmente, sostendré la tesis expuesta en los párrafos anteriores: que, históricamente, el objeto del Trabajo Social se ha configurado en las relaciones sociales, interviniendo en su articulación112.

Las relaciones sociales, entendidas como relaciones complejas113, definidas histórico-socialmente en cada época de la profesión, configuran el “objeto” profesional que se relaciona con el “objeto” de la organización, ese espacio, esa situación conflictiva, esa problemática común a múltiples miradas profesionales, al que el Trabajo Social imprime su característica propia: una intervención planificada.

¿Cuál es la relación a establecer entre el objeto al que un campo organizacional cualquiera presta atención -infancia y adolescencia, género, salud, salud mental, tercera edad o adultos mayores, y tantos otros- y el objeto del Trabajo Social constituido por las relaciones sociales complejas? Esta no es una pregunta cualquiera, en tanto quienes la formulan más asiduamente no suelen ser los/as estudiantes de la carrera, sino los/as propios/as trabajadores/as sociales preocupados por la “especificidad” profesional, por encontrar aquello que nos defina ante los otros y ante nosotros mismos, que nos permita abandonar la respuesta clásica -lo que no somos o no queremos ser- para identificarnos e identificar nuestras intervenciones desde su singularidad.

En un intento de dotar de mayor claridad al punto de conflicto, permítaseme tomar un ejemplo, uno de los tantos que utilizo con los/as estudiantes en mis clases de 3er. año, en base a su propia experiencia de inserción transitada en el cursado de la asignatura Práctica Profesional I. Me remitiré a tal fin a una organización ampliamente conocida en la ciudad de Rosario: I.L.A.R. (Instituto de Lucha Antipoliomielítica de Rosario). Esta organización, originariamente destinada al tratamiento y rehabilitación de los/as afectados/as por la Poliomielitis -llamada parálisis infantil por ser los niños y las niñas, en los ’50, cuando la enfermedad asolaba el país, el grupo más vulnerable-, fue modificando su objetivo, ampliándolo y destinándolo al tratamiento y rehabilitación de todo tipo de discapacidad motora, ampliando también el grupo etario de atención, incluyendo a los/as adultos/as discapacitados motores. Este es, entonces, el objeto de la organización. Un objeto empírico, singular, histórica y socialmente configurado.

En la organización, las funciones de los/as médicos/as son claras: asisten, tratan y rehabilitan a los/as discapacitados/as motores/as que solicitan la prestación; los/as psicólogos/as recortan su intervención en la atención de las conflictivas psíquicas que la discapacidad produce en los pacientes; los/as enfermeros/as y kinesiólogos/as se desempeñan en las tareas específicas de rehabilitación, cuidado y asistencia de los mismos; ¿y los/as trabajadores/as sociales? La respuesta surge, descriptivamente, de los/as mismos/as estudiantes: los/as trabajadores/as sociales trabajan con el entorno familiar, laboral, relacional de los/as pacientes; muchos/as de ellos/as presentan afecciones derivadas de situaciones de violencia doméstica en sus diversas modalidades, sufren discriminación laboral debido a su discapacidad, son abandonados/as o escasamente acompañados/as por la familia y/o amigos/as debido -con frecuencia- a las incomodidades que su discapacidad representa para el desarrollo de las actividades cotidianas, o a las limitaciones económicas o de tiempo o de vivienda que padecen los otros miembros del grupo familiar.

Las estrategias que los/as profesionales del Trabajo Social adoptan para modificar estas situaciones particulares son -deberían ser- variadas, creativas e innovadoras: el establecimiento de redes comunitarias, el trabajo grupal con pacientes y familiares, la mediación ante distintos actores gubernamentales, no gubernamentales y sociales, la atención individualizada frente a situaciones específicas, la formulación y gestión de programas y proyectos respaldados por organismos de los tres niveles -nacional, provincial y municipal- y con otras organizaciones internacionales, y muchas otras líneas orientadas por una concepción de sujeto basada en los derechos civiles y sociales -humanos, en síntesis-, enfrentando la permanente escasez de recursos institucionales en pos de revertir las relaciones de fuerza desfavorables por las que transitan los/as usuarios de la organización.

Si este ejemplo resulta -y efectivamente, resulta- demasiado institucionalizado, demasiado parecido a las propuestas originales del Trabajo Social de Caso Individual ya que su intervención parece -sólo parece- recortarse en el estrecho ámbito individual-familiar del/de la/de los/as involucrados/as directamente -los/as “pacientes”, los/as discapacitados que conforman el objeto organizacional-, puede recurrirse a otros ejemplos que amplían la mirada.

El Programa Criando Confianza, desarrollado en el año 2002 en la Provincia de Santa Fe a través de un convenio entre la Secretaría de Desarrollo Humano y Familia del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación y la Secretaría de Estado de Promoción Comunitaria provincial, tenía como objetivo original “la capacitación de recursos humanos con la finalidad de fortalecer la acción de aquellas madres que desempeñen tareas de cuidado y atención de niños en condiciones de alta vulnerabilidad social y promover la complementación de acciones entre familias y grupos comunitarios en función del desarrollo de los niños, afianzando los procesos organizativos comunicacionales en el ámbito local, provincial e interprovincial”. Su implementación en el ámbito provincial se organizó bajo una conducción provincial y un equipo de conducción regional, mayoritariamente conformado por trabajadoras/es sociales, que convocó a otros/as profesionales -médicos/as, psicólogos/as, docentes- de las siete regiones en donde se lo ejecutó.

Su objetivo original -el fortalecimiento de la función materna- fue rediseñado por el equipo de conducción orientándolo en dos sentidos:



  1. el fortalecimiento subjetivo -desde una perspectiva de género-; y

  2. la capacitación en planificación y gestión.

En el primer eje, se privilegió el trabajo en torno a la recuperación de los valores propios de los grupos de mujeres involucradas en el Programa -más allá de su condición de madres- y hacia el potenciamiento de la creatividad.

En el segundo eje, se enfatizó en la transmisión de herramientas de planificación y gestión que dotaran a las mismas de los recursos necesarios -materiales y simbólicos, subjetivos y sociales- para formular, hacer viables y ejecutar proyectos específicos en su medio local/regional.

A modo de evaluación, una viñeta... se preguntó a un grupo de mujeres de Reconquista, en el momento en que presentaban públicamente una serie de proyectos formulados por ellas y a punto de ser ejecutados en el ámbito municipal, qué era lo que habían recibido del Programa en este proceso, dada la idoneidad con que habían trabajado, y la respuesta fue “confianza en nosotras mismas”.

Las intervenciones profesionales del Trabajo Social en distintos campos involucran a actores sociales -individuos, grupos, organizaciones y/o comunidades- caracterizados por la exclusión social y/o vulnerabilidad, en tanto ostentan -en distinto grado- precarización laboral y fragilidad en las relaciones sociales. Las mismas están –deberían estar- orientadas a dotarlos/as de herramientas de acceso a lo que Mario Rovere denomina recursos críticos, “todo recurso imprescindible para un proyecto u operación pero que el actor que planifica no controla”114, es decir, aquellos recursos de los que el actor o actores involucrados carecen y que se encuentran en manos de otros actores (“gerentes” de los sectores gubernamentales o no gubernamentales, organismos públicos o empresas privadas), lo que los convierte en herramientas de poder y, por lo tanto, de producción y reproducción de las situaciones de vulnerabilidad y exclusión. El proceso de apropiación de esos recursos críticos, por parte de quienes no los detentan, para el logro de sus objetivos, va configurando un cambio en las relaciones sociales -de fuerza a la manera gramsciana, de poder al modo foucaultiano- entre los diversos actores sociales.

Una vez instalado este proceso, una vez que se pone en manos de la población en situación de vulnerabilidad los dispositivos, los instrumentos, las herramientas más sensibles para su autoafirmación, para la construcción de las posibilidades de su desarrollo subjetivo, para confirmar y aumentar sus potencialidades, los resultados son absolutamente espectaculares”115, y confirmarán la resolución del conflicto original por medio de la modificación de las relaciones sociales -siempre relaciones de fuerza, de poder...-. “Es por ello que las políticas públicas y los programas locales, provinciales, nacionales e internacionales ponen énfasis -un énfasis todavía restringido- en los procesos de capacitación o, en términos más actuales, de facilitación. No en vano desde hace siglos el cogito cartesiano, ese famoso “pienso luego existo” -aunque discutible y cuestionado en espacios filosóficos y académicos- lidera el mundo del pensamiento moderno”116.

Así, la intervención profesional del Trabajo Social encuentra su “especificidad” en el conjunto de estrategias diseñadas -planificadas, proyectadas- a fin de trabajar con los sujetos afectados por la exclusión y la vulnerabilidad social, con el propósito de lograr su inclusión.

El/la trabajador/a social, en tanto miembro del estamento profesional de los organismos gubernamentales -municipales, provinciales, nacionales o internacionales-, o de las organizaciones no gubernamentales, en síntesis, de los espacios políticos destinados a la implementación de políticas sociales, se caracteriza por su incidencia, con objetivos de modificación, en situaciones particulares en las que las relaciones sociales -subjetivas e intersubjetivas, familiares, intersectoriales, de clase, de edad, de género, de etnia, de orientación sexual- de y/o entre los diversos actores con los que se relaciona en términos de intervención profesional se encuentran empobrecidas, vulneradas, dañadas, fragmentadas o quebradas. En síntesis, con los excluidos... (del sistema productivo, del núcleo familiar, de los beneficios de género, del medio social, de la orientación sexual “correcta”...).

En esta línea argumental, su horizonte de intervención se recorta en la potenciación del capital participativo orientado a la construcción ciudadana, entendiendo por tal el pleno desarrollo de la libertad personal, la autodeterminación, el ejercicio responsable de derechos, lo que significa poner en juego la capacidad de elección, y ello implica la posibilidad de decidir117. Entiendo por tal la idea de una identidad histórica, social, teórica y políticamente construida.


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