El objeto de intervención profesional: un mito del trabajo social



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EL OBJETO DE INTERVENCIÓN PROFESIONAL:

UN MITO DEL TRABAJO SOCIAL

Alicia GONZÁLEZ-SAIBENE



Rosario, Noviembre de 2004

Versión revisada en Mayo de 2005

Las razones de su preponderancia

En el Trabajo Social, en el ámbito regional y -en particular- localmente, la cuestión del Objeto de Intervención ha cobrado, durante más de una década, una dimensión privilegiada.

Los diversos textos utilizados en la formación profesional de los trabajadores sociales, provenientes tanto de las producciones del Ce.L.A.T.S.1 como de los aportes de docentes de asignaturas específicas (Trabajo Social y/o Práctica Profesional) de la Licenciatura en Trabajo Social de la Universidad Nacional de Rosario, se organizan en torno al eje que este objeto señala.

Dicho objeto, identificado en un primer momento como Problema Objeto de Intervención (y nombrado por los docentes y estudiantes como POI) y luego (¿a efectos de evitar su caricaturización?) denominado Objeto de Intervención a secas (vulgarizado entonces por los estudiantes como OI), orientó el discurso y la práctica formativa de los/as docentes trabajadores/as sociales en esta región.

¿Qué lo caracteriza?, reproduciré aquí el texto que, como material de cátedra, comandó durante años el aprendizaje de los estudiantes de la carrera en su 3er. año de cursado.

El objeto de intervención es el eje articulador de la práctica profesional en tanto permite saber cuáles son y qué contradicciones lo atraviesan.



Esta definición implica una reflexión crítica, en el sentido de comenzar definiendo la situación objeto de intervención desde el conocimiento de la realidad social y cuya problemática exige una respuesta profesional.

No se trata sólo de reconocer -o señalar- una situación sino que debemos definirla en términos de la intervención, constituyendo esto último el espacio particular de la profesión.

Definir el/los objeto/s de intervención significa delimitar qué aspectos de una necesidad social son susceptibles de ser modificados con nuestra intervención profesional.

Las distintas problemáticas a las que nos aproximamos profesionalmente no son los objetos definidos de la intervención, los que, si bien están integrados por esas necesidades, deben delimitarse a fin de esclarecer lo que es posible de enfrentar profesionalmente; de no hacerlo, se corre el riesgo de realizar un sinnúmero de acciones dispersas que pueden no influir en su modificación.

No se trata aquí de hacer el diagnóstico -en el sentido de detectar "enfermedades sociales"- ni de diseñar la práctica profesional desde él. Se trata, sí, de identificar un objeto de intervención buscando un hilo conductor que acerque al profesional al mundo de los sujetos sociales, con los que se involucra desde sus necesidades como parte de la lucha por su supervivencia y por el logro de mejores condiciones de vida.

Definir el objeto de intervención significa delimitar sobre qué actuar; esta delimitación está basada en el conocimiento de los diversos actores sociales que comparten los escenarios -la organización desde la cual se interviene, la caracterización de aquellos para los que se trabaja y los objetivos, características y formas de la intervención profesional- de lo que resultará un proceso complejo de análisis de los mismos que nos mostrará los intereses, las fuerzas en conflicto, las dificultades de la acción.

El saber conjugar estos aspectos nos posibilitará el establecimiento de la estrategia profesional en base a la que podremos:

  • Definir qué nos proponemos -los objetivos-.

  • Tener claridad respecto de cuáles son las posibilidades y limitaciones

  • Planear cómo realizar la propuesta de modificación de la situación.

Este proceso orientará y permitirá definir el camino de la selección de alternativas de acción y la organización de las acciones y del tiempo mediante la planificación”2.

Esta posición sigue la línea establecida por las colegas3 que, desde el Ce.L.A.T.S., a principios de la década de los ‘80 colectivizaban su pensamiento en torno a este “objeto”, en un esfuerzo por dotar a los/as trabajadores/as sociales de “una guía para la reflexión de la práctica de los trabajadores sociales, que como práctica social se inserta en un contexto histórico concreto”4. El objetivo de esta producción “constituye un esfuerzo conjugado por ampliar los recursos teóricos y los instrumentos técnicos que el trabajador social latinoamericano requiere para hacer cada vez más positiva y rigurosa su práctica profesional… En este sentido, no se pretende un enfoque profesionalista que haga del trabajador social el actor más importante, sino que, por el contrario, éste asuma un papel promotor capaz de contribuir en la atención de las necesidades sociales de los sectores populares... La construcción de nuevas alternativas en el ejercicio profesional, exige un mayor acercamiento a la vida cotidiana de los sectores populares de nuestra sociedad de parte de un colectivo de trabajadores sociales, que superen los niveles genéricos de conocimiento de la realidad y que se propongan una tarea de promoción junto a ellos, atendiendo requerimientos metodológicos y teóricos imprescindibles a la instancia profesional”5.

En tal sentido, las autoras desarrollaron un texto organizado en “módulos de trabajo con los temas concernientes al proceso de intervención del Trabajo Social, con la finalidad de que sean abordados en su especificidad y a su vez, en la totalidad del proceso social... En el proceso de intervención del Trabajo Social podemos reconocer los momentos de acción y reflexión de la práctica profesional: la definición del problema objeto de intervención, la selección de alternativas de acción, la ejecución de acciones y la evaluación de las mismas; con el apoyo de la investigación social, los instrumentos de planificación y evaluación y técnicas de intervención, que se ofrecen como soportes teóricos y metodológicos orientados a proveer al trabajador social de las herramientas científicas6 indispensables para ser eficaz en su acción7.

Para analizar la práctica profesional, las autoras consideran necesario establecer “cuál es el eje que articula esta actividad y cuáles y qué tipo de contradicciones lo atraviesan”8.

La tradición del Trabajo Social, definida en el esquema diagnóstico-tratamiento, “buscaba determinar la naturaleza de ciertos “males sociales”... intentando determinar sus causas y los efectos que contribuían a su agravamiento y manutención... Los problemas se formulaban a partir de la suma de casos individuales y se procedía a clasificarlos dentro de una tipología... la identificación del problema sobre la base de este diagnóstico no es más que una descripción de aspectos valorados intuitivamente por el trabajador social comparando el “caso” con experiencias anteriores, tanto personales como profesionales y otorgando importancia a determinados aspectos del problema... sobre una escala de valores del profesional o de modelos subjetivos... El establecimiento de las causas que lo determinan [al diagnóstico] no se basa en un conocimiento científico9 sino en la experiencia y sentido común del trabajador social... Una reflexión crítica sobre esta modalidad de conocer y de actuar nos plantea la necesidad de comenzar definiendo la situación objeto de nuestra intervención, a partir del conocimiento de la realidad social en la cual nos movemos y cuya problemática exige a nuestra actividad profesional una respuesta... Definir el problema objeto de intervención es delimitar qué aspectos de una necesidad social son susceptibles de modificar con nuestra intervención profesional”10.

Resulta claro, entonces, que la propuesta de estas autoras propone un salto cualitativo en el accionar profesional, que deje de lado una intervención técnica irreflexiva e indiscriminada (en tanto no fundada racionalmente) y se oriente hacia un proceso gradual de conocimiento: “los conocimientos obtenidos van a mostrarnos los intereses existentes, las fuerzas en conflicto, las dificultades que enfrentaremos al proponer una acción, etc. Si sabemos conjugar estos aspectos en forma correcta podemos señalar con claridad una estrategia profesional...”11. Y en tal sentido, la investigación se constituye en el medio para definir el problema objeto de intervención. Aunque las mismas advierten que “definir un problema con miras a desarrollar una acción es básicamente diferente a definir un problema objeto de investigación... La investigación es un instrumento que nos ayuda a llevar a cabo nuestro objetivo principal: intervenir en una situación para modificarla. Es por estas consideraciones que se hace tan complejo definir el problema objeto de intervención, tenemos no sólo que conocerlo e interpretarlo, sino establecer cómo podemos modificarlo y hasta donde”12. Y ello requiere de un “esfuerzo creativo” en la acción profesional que consistiría, para las autoras, en la traducción de los hechos reales en hechos científicos13, con la finalidad de mejorar cualitativamente su práctica14 “...Es preciso diseñar la investigación como práctica complementaria del ejercicio profesional... el carácter instrumental de la investigación se refiere a que ésta le sirve, la apoya en la acción”15.

En esta línea, en 1994, Margarita Rozas, por entonces docente de la carrera en Rosario, plantea “una estrategia metodológica en Trabajo Social” en un proceso que comienza con “algunas reflexiones epistemológicas sobre la construcción del Objeto de Intervención en Trabajo Social16. En esta propuesta, desarrolla la relación entre conocimiento y acción para la construcción del objeto de intervención. “Consideramos que la determinación del Objeto de Intervención no es una construcción puramente racional o un producto de cierto ordenamiento empírico. Al contrario, entendemos esa construcción como un proceso teórico-práctico17... Buscamos desarrollar un concepto de intervención profesional, clave conceptual que recupere el sentido de la construcción del Objeto de Intervención como elaboración teórico-práctica, apoyándonos en el conocimiento de cómo proceder metodológicamente”18.

Para esta autora, el Objeto de Intervención u Objetos de Intervención son construcciones teórico-prácticas y productos de procesos sociales particulares, en tanto que se constituyen en el conjunto de diversas problemáticas que expresan los actores sociales, problemáticas que son expresiones de necesidades sociales que tienen connotaciones ontológicas y antropológicas, en un contexto determinado por la reproducción cotidiana de la vida social “a lo que Agnes Heller ha denominado hombre entero, que participa en esta reproducción con sus sentidos, habilidades, capacidades, pasiones, ideas, ideologías, etc. En este sentido, la vida cotidiana es la verdadera esencia de la sustancia social”19.

En el contexto de complejidad en el que se determina el Objeto de Intervención profesional, y para llegar a él, es necesario -propone M. Rozas- articular una forma de proceder que organice y dé significado al conjunto de las acciones que sean necesarias en el abordaje del objeto. La metodología de intervención se constituye como una guía que se enriquece con los procesos particulares de la práctica de los actores sociales. Para ella, “la determinación del Objeto de Intervención y el conocimiento del proceder para abordarlo permiten avanzar en la reflexión del saber especializado de la profesión... No es posible la producción de conocimiento sin investigación... Sólo la comprensión teórico-práctica de la construcción del Objeto de Intervención nos permitirá superar las falacias dicotómicas entre teoría-práctica, institución-comunidad, etc.”20.

En las páginas siguientes, esta autora avanza sobre la relación entre el diagnóstico -“para algunos... marco de referencia de una realidad representada a partir del cual se pueden combinar distintas posibilidades de acción... para otros... punto de partida de la intervención profesional por considerar que en este momento se determina la jerarquización de problemas a partir de lo cual se orienta la acción...”21- y la investigación en el Proceso Metodológico.

En términos generales, el diagnóstico se refiere a saber las causas de un problema... Desde nuestra perspectiva teórico-metodológica, el diagnóstico es un momento de síntesis del conocimiento que sustenta el Problema Objeto de Intervención y las acciones a seguir... este momento [es] el resultado de procesos cognitivos que se han ido acumulando desde el momento de inserción. Estos procesos cognitivos no son sólo elaboraciones intelectuales sino que se dan en contextos vitales sobre los que se reproduce la vida social... El diagnóstico, como síntesis, es la re-elaboración de ese conocimiento acumulado con la ayuda de las categorías del saber. En esta síntesis se hace inteligible la complejidad de las problemáticas que se han ido analizando en el transcurso de la intervención profesional. Este proceso de inteligibilidad no puede ser prolongación del sentido común... es necesario trabajar con categorías de análisis que permitan la conexión de los procesos cognitivos que surgen de contextos vitales y las formas de vida reproducidas socialmente”22.

M. Rozas enfatiza en la necesidad de “conocer la vinculación histórica entre el diagnóstico y la intervención profesional y establecer las diferencias entre la concepción tradicional del diagnóstico y la actual”23. El texto completa el proceso metodológico con la planificación y la evaluación. Así, mientras que Tobón, Rottier y Manrique destierran en el discurso los viejos términos supliéndolos con propuestas innovadoras, Rozas los retoma para caracterizar su propuesta de intervención, aunque otorgándoles una nueva significación.

Dos décadas antes, en 1976, un texto producido por docentes de la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile24 fue por años el manual técnico de los/as trabajadores/as sociales, siendo un referente para la producción posterior de autores/as como Tobón, Rottier y Manrique (1981) y Rozas (1994). En él ya se establecía la relación entre diagnóstico y teoría partiendo del proceso investigativo, tal como se expresa en algunos párrafos de los primeros capítulos.

Toda acción científica se fundamenta en una triple alianza entre la práctica social, la teoría y el método... El método no puede utilizarse sin una orientación teórica, la teoría se desarrolla por la aplicación de métodos científicos y ambos, método y teoría, son indispensables para otorgar un carácter científico25 a la práctica social... La práctica social es una forma de actividad o acción, entendiendo por tal, el conjunto de actos mediante los cuales un sujeto modifica un objeto o realidad, exterior a él... el conjunto de actos dirigidos a transformar o modificar un objeto se inician previendo un resultado ideal o fin y terminan con un resultado real, producto de la acción26... Podríamos catalogar al trabajo social como un tipo específico de práctica social, que se ejerce mayoritariamente a nivel de grupos primarios y secundarios y cuya acción transformadora se orienta específicamente al cambio de conductas y valores de individuos y grupos27... Entendemos por teoría científica un sistema de hipótesis comprobadas que se supone proporciona una explicación aproximada de un sector de la realidad28... La ciencia construye los hechos para así poder estudiarlos29. De allí que no sean las relaciones reales entre las cosas, sino las relaciones conceptuales entre problemas las que delimitan los diferentes ámbitos de la ciencia. Esto obliga a distinguir entre el objeto real, percibido a través de los sentidos, y el objeto de la ciencia, construido por medio de relaciones entre conceptos30... Cabe destacar que la actividad práctica y la actividad teórica son diferentes, pero no opuestas sino complementarias. Se observa entre ellas, permanentemente, una relación de interdependencia dialéctica... Si bien práctica y teoría están estrechamente interrelacionadas, tienen relativa autonomía una de otra31... Teoría y práctica no son otra cosa que dos formas del comportamiento del hombre ante la realidad, que se desarrollan estrechamente unidas, a lo largo de toda la historia humana32.

[El diagnóstico] es el “proceso de medición e interpretación que ayuda a identificar situaciones, problemas y sus factores causales en individuos y grupos” y pensando en el trabajo social, agregaremos que tiene por objeto aportar los elementos fundamentales y suficientes, dentro del proceso de planificación, en vista a la acción transformadora33... No puede haber acción transformadora sin conocimiento de aquello que se pretende transformar. El conocimiento se justifica en la medida que sirve a la acción. De aquí desprendemos el principal objetivo del diagnóstico... el diagnóstico apunta al conocimiento34... Entenderemos por conocimiento general la caracterización global de la unidad de trabajo, que proporciona una visión de conjunto y permite percibir los principales problemas que en ella se desarrollan. Entenderemos por conocimiento específico, el estudio en profundidad del o los problemas de una realidad, y este es la culminación y síntesis de la etapa del conocimiento. El conocimiento general da origen al diagnóstico general y el conocimiento específico al diagnóstico específico... Ambos se complementan35... Entenderemos por diagnóstico general el conjunto de información teórico-empírica de la unidad de trabajo [seres humanos, grupos, comunidades o instituciones], que permite: caracterizarla internamente de acuerdo a ciertas variables relevantes, relacionar la unidad de trabajo con el contexto global, precisas los problemas fundamentales y secundarios que allí surjan, jerarquizar los problemas de acuerdo a determinados criterios, identificar los recursos existentes en relación a los problemas36... Elegido el o los problemas a abordar en virtud de los criterios de jerarquización establecidos, corresponde iniciar su estudio en profundidad, tarea que corresponde al diagnóstico específico, que es la expresión del conocimiento de un determinado problema. El conocimiento específico se enriquece en la medida que se aborda el conocimiento de diferentes problemas”37.

El texto se completa con las instancias siguientes del llamado “esquema metodológico del Trabajo Social”38: programación, ejecución, evaluación.

Remontarnos más atrás en el tiempo nos ubica en la producción de Mary Richmond39, quien sostiene que “Diagnóstico Social es una tentativa de llegar a una definición lo más exacta posible de la situación social y de la personalidad de un determinado cliente... muchos trabajadores sociales llaman a este proceso “investigación”, pero es mejor llamarlo diagnóstico, pues es una palabra que describe el final del proceso investigativo40... el límite de tiempo es inelástico, comparado con otras formas de investigación social... el diagnóstico debe realizarse en función de la acción benéfica a realizar. Con una terminología acuñada con posterioridad, diríamos que el diagnóstico del que habla Mary Richmond es siempre una “investigación aplicada”, vale decir, orientada a un hacer concreto y específico”41 Para conocer, Mary Richmond hace referencia a la inferencia, “proceso racional por el cual pasamos de hechos conocidos a hechos desconocidos. En otras palabras, de una serie de casos particulares, podemos llegar a una formulación general o, como sucede con más frecuencia en el trabajo social, de una verdad general se puede inferir algunos hechos nuevos acerca de un caso particular. El primer paso o fase para una inferencia es la formulación de una hipótesis, cuyo ingenio en formularla y la paciencia en probarla es la base del éxito del trabajo social... Los vacíos o lagunas en una evidencia exigen la búsqueda de confirmación de una hipótesis a través del experimento”42.

Estos productos fueron el resultado de un largo y trabajoso proceso inductivo sostenido, implícita pero evidentemente, en las posiciones del empirismo más puro, en clara adhesión a los postulados del positivismo de principios del siglo XX. Después de ella, esta inquietud cognoscitiva se perdió, o quedó limitada a una repetición mecánica de las técnicas de recolección de información43. Los esfuerzos de los autores de la Reconceptualización -al plantear objetivos teóricos para el Trabajo Social junto con los objetivos políticos de transformación- no pudieron superar limitaciones tales como un metodologismo exagerado, una apelación dogmática a categorías materialistas dialécticas expresadas en un sensualismo extremo, al sostener principios tales como “toda teoría es ideológica”, a partir de la utilización de textos de los colombianos hermanos Zavala y de Mao Tse Tung para sus formulaciones44.

La perspectiva de la recuperación política de una instancia metodológica denominada “definición del objeto” la obtenemos del texto de Lady Fonseca45 quien, al hacer referencia a la preocupación por la búsqueda de estrategias metodológicas para el Trabajo Social, no puede desligar de la misma el problema epistemológico de las Ciencias Sociales, expresado en la pregunta ¿cómo conocer lo social?, al que la autora entiende como aquel objeto material (real)46 sobre el cual se ejerce una determinada acción47, uno de los elementos que conforman una tríada en permanente interrelación: teoría, metódica, objeto...“Corresponde a la teoría proporcionar una comprensión de la realidad, una interpretación del hombre en su totalidad de relaciones sociales dentro de una formación social históricamente determinada, y a la metódica, el conjunto de categorías que permiten al pensamiento apropiarse del objeto; pero que jamás llega a sustituir al objeto en sí mismo48... La definición del objeto incluye una perspectiva teórica, por consiguiente implica una determinada concepción e intencionalidad. Esta intencionalidad particular (¿para qué conocer?) orienta el proceso de aprehensión y comprensión del objeto y la orientación prevaleciente en la modalidad de gestión desarrollada, vale decir, de la estrategia metodológica... Sin embargo su incorporación [del objeto] sólo puede darse subordinada al movimiento del pensamiento (reflexión-acción) sobre el objeto, movimiento éste que sólo puede darse y encontrarse en el pensamiento dialéctico. El pensamiento dialéctico clarifica y factibiliza el uso de métodos provenientes de otras disciplinas según ciertas condiciones:


  1. una concepción totalizadora, síntesis explicativa de la unidad y movimiento de cada fenómeno, relación entre los procesos estructurales y los procesos coyunturales49;

  2. el apoyo de disciplinas científicas auxiliares, que proveen una visión acumulativa-descriptiva del objeto de estudio50.

Este análisis unificador, sintetizador, capaz de englobar a su interior lo emergente y recurrente, es lo político, en tanto estudio del poder como correlación de fuerzas contradictorias, como unidad de lo diverso en un momento histórico determinado”51.

En los textos citados pueden identificarse las influencias de los dos paradigmas hegemónicos en Trabajo Social a lo largo de su proceso histórico de institucionalización: el positivismo y el materialismo histórico y dialéctico -vulgarizado como marxismo-. En esta línea, una lúcida producción de la colega brasileña Consuelo Quiroga nos alerta respecto de la “invasión invisible” del positivismo que va minando -recortando, simplificando, descartando- contenidos teóricos fundamentales en el espacio de la formación académica del Trabajo Social -situación particularmente grave en el análisis y dictado del Materialismo Histórico y Dialéctico- y, en general, va impregnando todas las esferas de la vida social52.

Dice Margarita Rozas que “La separación de estas dos instancias [la estructura y la acción], como producto de la herencia positivista en la profesión, ha significado confundir los niveles en los cuales se debe generar la construcción del objeto de intervención. La ubicación de la intervención profesional en el marco de las problemáticas derivadas de la producción y reproducción de la vida social permite a los trabajadores sociales revalorizar la capacidad transformativa de los actores sociales... Por ello, estas prácticas reproducidas por los actores, además de ser apropiadas por las teorías sustantivas, constituyen el marco en el cual se estructura no sólo el objeto de intervención sino también su significado social. Nuestra hipótesis parte del supuesto de que la construcción del objeto de intervención53 se ha realizado de manera discontinua, produciendo así prácticas vulnerables que no han aportado nada significativo en el desarrollo del saber profesional”54.


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