El Museo Guggenheim Bilbao presenta, desde el 28 de mayo hasta el 3 de septiembre



Descargar 0,49 Mb.
Fecha de conversión11.02.2017
Tamaño0,49 Mb.







El Museo Guggenheim Bilbao presenta, desde el 28 de mayo hasta el 3 de septiembre, París: capital de las artes 1900-1968, una extraordinaria muestra organizada por The Royal Academy of the Arts de Londres.

La presentación de esta exposición en el Museo Guggenheim Bilbao ha sido posible gracias al generoso patrocinio de la Fundación BBVA, una entidad cuyo compromiso con el Museo se remonta al inicio mismo de su andadura con su incorporación, en 1997, a la de la Fundación del Museo Guggenheim Bilbao. Con su contribución a la presentación de París: capital de las artes, 1900-1968 en el Museo Guggnehim Bilbao la Fundación BBVA pone de manifiesto, una vez más, su dilatada trayectoria en el ámbito del mecenazgo y el patrocinio cultural.


París: capital de las artes, 1900-1968 recorre los avances más significativos en pintura y escultura que tuvieron lugar en París durante las siete primeras décadas del siglo XX y refleja los acontecimientos históricos y políticos que cambiaron la ciudad en dicho período.



Para el Grupo BBVA es un motivo de satisfacción el colaborar de nuevo, a través de nuestra Fundación, con el Museo Guggenheim Bilbao en la presentación de la exposición París: capital de las artes, 1900-1968.

La singularidad de esta muestra radica en el hecho de recorrer cronológicamente las obras de algunos de los artistas más representativos del siglo XX, haciéndose eco de los acontecimientos políticos que se vivieron entre 1900 y 1968 en París, la ciudad que fue el principal punto de encuentro de artistas e intelectuales.

Aunque en las décadas que cubre esta muestra la ciudad dejaba de ocupar, en otros frentes, el lugar central descrito por Walter Benjamin en su célebre ensayo “París, capital del siglo XIX”, la metrópolis francesa siguió ejerciendo una poderosa gravitación cultural. En un siglo marcado por extraordinarios avances científico-tecnológicos –en ámbitos tan diversos como el transporte, las comunicaciones y la informática, la Biología y la Medicina, y el ocio-, por la emergencia de movimientos sociales de masas y por la polarización ideológica (en un amplio espectro que incluía, en los extremos, a los totalitarismos), y pese a la devastación sufrida durante las dos Guerras Mundiales, París siguió siendo la capital de la producción artística en occidente.

París no sólo fue el eje de la cultura francesa (encarnada en figuras emblemáticas como Matisse, Braque, Duchamp, Proust, Valéry, Colette, Debussy, Camus, Sartre), sino que también constituyó un foco de atracción para artistas e intelectuales extranjeros, como Picasso, Kandinsky, Mondrian, Brancusi, Joyce, Hemingway, Beckett, Brecht, Stranvisky y Buñuel, entre muchos otros. En un siglo en que la hegemonía científica, e incluso la influencia cultural, se iba desplazando hacia Estados Unidos de manera acelerada al término de la segunda posguerra, París siguió siendo el punto de confluencia y de irradiación de importantes movimientos o “modas” culturales: desde las “Vanguardias históricas” hasta el Existencialismo, la Nouvelle vague en cine, la Nouveau roman en literatura y el Postestructuralismo.

Uno de los aspectos notables de esta exposición es el modo en que recoge los desplazamientos de los centros creativos por la topografía de los barrios parisinos: desde Montmartre, crisol de la vanguardia y cuna del cubismo a Montparnasse, escenario de la bohemia de los años veinte y del auge del surrealismo; luego a Saint-Germain-des-Prés, núcleo del existencialismo, y al Barrio Latino, donde las revueltas estudiantiles de mayo de 1968 marcaron el ocaso de la hegemonía artística de París.

La exposición que se presenta en estas páginas nos ofrece, en suma, una penetrante perspectiva de la trayectoria histórica de uno de los centros principales de la cultura europea del siglo que acaba de cerrarse.

Nuestra participación en París: capital de las artes, 1900-1968 viene a prolongar y a reforzar una fecunda línea de colaboración de BBVA con el Museo Guggenheim Bilbao, institución cultural que simboliza ejemplarmente el formidable impulso de transformación de Bilbao, desde el espacio público urbano a la tecnología y la innovación, la creación y difusión cultural, así como de su vocación de apertura, visibilidad e influencia en la sociedad global del nuevo siglo, objetivos con los que nuestro Grupo está plenamente comprometido.

Francisco González

Presidente de la Fundación BBVA






Durante la mayor parte del siglo XIX y casi todo el XX, la posición de París como capital de las artes era incuestionable: la belleza de la ciudad, su atmósfera romántica, su historia cultural, su política liberal y el bajo coste de la vida, la convirtieron en imán para artistas de todo el mundo. Muchos de los artistas hoy reconocidos y más innovadores de aquel período no eran franceses. Picasso era español, Chagall y Kandinsky procedían de Rusia, Modigliani de Italia, Mondrian era holandés y Tinguely suizo, por citar tan sólo algunos.

A diferencia de la tendencia imperante de “abolir la historia”, que busca la yuxtaposición sugerente de obras de arte alejadas en el tiempo y en el espacio, París: capital de las artes, 1900–1968 se propone precisamente lo contrario: sugerir desde dentro de las coordenadas de la historia.


París: capital de las artes, 1900–1968, que se mostrará al público en el Museo Guggenheim Bilbao desde el 28 de mayo hasta el 3 de septiembre, reúne más de 250 obras de 150 artistas. Esta ambiciosa exposición que ha sido posible gracias a la generosa colaboración de la Fundación BBVA, ha sido comisariada por Ann Dumas, Norman Rosenthal y Sarah Wilson. La exposición es una crónica que muestra el papel de París como centro de sobresalientes logros artísticos e intelectuales de las siete primeras décadas del siglo XX.
Aunque concebida como una sucesión de eventos dramáticos dotados de coherencia visual, narrativa o atmosférica, París: capital de las artes, 1900–1968 también se ajusta, grosso modo, a una división conceptual en secciones que representan cómo se desplaza el protagonismo no sólo en el mundo de la historia del arte sino también en la “topografía legendaria” —en expresión del sociólogo Maurice Halbwachs— de la ciudad, de Montmartre a Montparnasse, de Saint-Germain-des-Prés al Barrio Latino.
Estos cuatro distritos de París fueron núcleo de intensa actividad artística en momentos cruciales. Desde 1900 hasta aproximadamente el final de la I Guerra Mundial, Montmartre era el corazón de la vanguardia. En la década de 1920 y 1930 Montparnasse se convirtió, no sólo en centro de los artistas bohemios sino también de una brillante vida social. Durante los austeros años de la guerra, el protagonismo pasó a los cafés de Saint-Germain-des-Prés. Los años sesenta, años de experimentación y compromiso político en las artes, estallarían con los acontecimientos de 1968 en el Barrio Latino.


Montmartre: crisol de la vanguardia, 1900–1918

El encanto de Montmartre emanaba en parte de su carácter rural. También era reconocido por sus cabarets y clubes nocturnos como el Lapin Agile y el Moulin Rouge que Toulouse-Lautrec retrató de forma memorable en la década de 1890. En Montmatre, esta colina con soberbias vistas sobre la ciudad que ya antes habían consagrado Corot, Van Gogh y Renoir, un artista español, Pablo Picasso, y otro francés, Georges Braque, iban a hacer pedazos las estructuras perspectivas tradicionales del arte occidental y a repudiar las visiones urbanas atmosféricas y cromáticas de los impresionistas.


Pablo Picasso, que acababa de llegar a París de Barcelona, atrajo a un círculo artistas y escritores de talento, que fueron conocidos como la "bande à Picasso". Él vivía en el Bateau-Lavoir, una antigua fábrica de pianos en ruinas que albergaba un laberinto de estudios. Allí fue donde en 1907 pintó su revolucionario cuadro Las señoritas de Avignon que combinaba las lecciones aprendidas de Cèzanne sobre el análisis de la forma y el espacio desde multitud de puntos de vista, con el impacto de las esculturas y las máscaras africanas. Muchos de los amigos de Picasso, Braque incluido, se quedaron atónitos ante esta poderosa obra que supuso el punto de inflexión en el arte moderno que abrió el camino al desarrollo del cubismo. La

tenue estructura de líneas de algunas obras de Picasso como Le Sacré Coeur de 1910, ya anunciaba la dirección radical que tomaría el cubismo en sus obras más tardías y en las de Braque, que tan sólo ofrece discretas pistas sobre los objetos representados en sus naturalezas muertas o sobre la presencia de un modelo humano.


Otros artistas pronto se unirían al nuevo lenguaje visual del cubismo. Por ejemplo, Robert Delaunay adoptó la fragmentación del objeto pero lo infundió de color en sus pinturas de la torre Eiffel para expresar la dinámica energía y vibrante cacofonía de la ciudad moderna. En una serie de cuadros del París que se veía desde la ventana de su estudio, Delaunay hace girar los tejados en una delicada trama de color puntillista, una visión colorista del cubismo que Apollinaire denominaría orfismo. El futurista italiano Severini, por su parte, celebraba la reciente apertura de la línea del metro "norte-sur" que uniría Montmartre con Montparnasse. Por su parte los fauvistas, cuya obra se suele asociar con las playas meridionales de L’Estaque y Collioure, frecuentaron cabarets de Montmatre como Le Rat Mort pintando a sus artistas en los mismos colores vivos que empleaban en sus paisajes del sur de Francia o los suburbios parisinos. Mujer con camisa de Derain pone de manifiesto la extraordinaria liberación del color y la libertad de factura que introdujo este grupo.




Montparnasse: ciudadela del placer, 1919–1939

Ya en los años veinte, Montparnasse había reemplazado a Montmartre como centro de creatividad artística de París. En aquel momento, varios movimientos artísticos florecían en paralelo. Artistas de todo el mundo establecían sus estudios en Montparnasse. Cafés como La Coupole, Le Dôme o La Rotonde eran lugar de reunión de un amplio círculo de artistas y escritores. Los americanos eran admirados en esta sociedad sofisticada y cosmopolita que aunaba alta sociedad y artistas bohemios. Un grupo de retratos de artistas pertenecientes a la “Escuela de París”, que entre 1920 y 1930 retornaron a estilos figurativos más tradicionales en la pintura, evoca este deslumbrante entorno, como el clásico y sereno retrato de la esposa de Picasso, la bailarina rusa Olga Koklova. Este retorno a la pintura más figurativa y tradicional queda plenamente patente en las pinturas del tema clásico del desnudo femenino. Las atenuadas formas italianizantes de las sensuales figuras de Modigliani son buen ejemplo de ello. En una serie de desnudos que rinden tributo a la escultura clásica, Braque por su parte se aleja del cubismo y subraya las figuras con simples contornos. Para Bonnard, su esposa Martha bañándose se convirtió en un tema inagotable de exploración de la figura femenina.


A lo largo de los años veinte y treinta, París presenció la extensa ramificación del arte abstracto. Tras la guerra, Le Corbusier —ahora más conocido como arquitecto— había establecido un estilo pictórico y una filosofía, el purismo, que había desarrollado con el pintor Ozenfant. A diferencia del cubismo, el purismo insistía en preservar la integridad del objeto. Defendiendo una simplicidad acorde con la era de la máquina, los puristas pintaron imágenes frías, nítidas y planas, a menudo naturalezas muertas, cuya estructura a modo de diagrama preciso evoca utópicos paisajes urbanos. Las pinturas de Fernand Léger, por su parte, muestran colores primarios y audaces, formas geométricas y simples como homenaje a la vida de la moderna ciudad industrializada.
El dadaísmo, fundado en Zúrich en 1915 por un grupo de artistas y escritores y convertido rápidamente en un movimiento internacional, floreció también durante algunos años de esta década de los años 20. Tras la I Guerra Mundial, los artistas expresaron su desprecio por los desacreditados valores morales de la generación anterior satirizando irreverentemente los conceptos establecidos. Un ejemplo paradigmático es la Mona Lisa de Duchamp, que añade bigote y barba a este icono de los grandes maestros de las colecciones del Louvre.



Los años treinta estuvieron dominados por el grupo Abstracción-Creación, fundado en 1931 por el belga Vantongerloo y el pintor francés Herbin. El artista holandés Mondrian, que estuvo en París entre 1912 y 1914, y de nuevo entre 1919 y 1938, plasmó esta geometría abstracta en sus composiciones de azul, amarillo, rojo, negro y gris sobre fondo blanco. Para muchos, la abstracción poseía una dimensión cósmica, espiritual. Algunos artistas trasladaron la idea de la geometría al terreno de las tres dimensiones.


Durante la década de 1930, una creciente oleada de fascismo amenazaba con engullir a toda Europa. El arte comenzó a reflejar premoniciones del horror que se desataría en la Guerra Civil española en 1936 y posteriormente en la II Guerra Mundial en 1939. En este contexto, los surrealistas fueron los primeros artistas en asimilar los principios de Sigmund Freud, desde la interpretación de los sueños hasta la sexualidad y su represión. Sus objetos fetichistas provocaban deleite e indignación por igual y a los artistas les encantaban los escándalos. De hecho, Dalí pintó algunas de las imágenes más poderosas y psicológicamente inquietantes de nuestro tiempo.

Saint-Germain-des-Prés: reconstrucción y renacimiento, 1940–1957

Durante la II Guerra Mundial, muchos artistas abandonaron París: René Magritte, André Masson, Max Ernst, André Breton, Piet Mondrian y Marc Chagall se fueron a Estados Unidos. Picasso permaneció en su estudio del barrio de Saint-Germain, en la rive gauche, protegido de las fuerzas de ocupación nazi por su reputación internacional. Pensadores y escritores existencialistas encabezados por el filósofo Sartre, se reunían en los cafés de Saint-Germain, especialmente en el Café de Flore y Les Deux Magots.


El arte de esta época revela las privaciones que sufrieron los parisinos durante la ocupación.

Los "retratos" de Jean Dubuffet, unas salvajes figuras pintadas con un estilo deliberadamente "primitivo", capturan la atmósfera de aquella época y evidencian su afinidad con el art brut, creaciones de locos y artistas sin formación. En el género de la naturaleza muerta, los alimentos racionados, delineados con un pesado negro, expresan la austeridad de aquellos tiempos. Los memento mori ilustrados con la calavera refuerzan la atmósfera sombría en la obra de artistas como Braque y Bernard Buffet. Las figuras solitarias y escuálidas de Alberto Giacometti, en palabras de Sartre "cubiertas con la soledad del espacio", evocan un mundo inhóspito y sin sentido. Entre los testimonios más emotivos de aquellos años se encuentra la serie Rehenes de Fautrier. Ocultándose de los nazis en un manicomio de las afueras de París, Fautrier fue testigo de la captura y tortura de rehenes en represalia por los actos de la resistencia contra la ocupación alemana. Su pintura rasgada sugiere no sólo cabezas y cuerpos sino también la herida física. Las pinturas abstractas del artista alemán Wols, superviviente de los campos de prisioneros franceses, también sugieren el dolor físico y la explosión del cosmos.





A finales de la década, se funda en París, en torno al carismático Asger Jorn, el grupo COBRA (COpenhague, BRuselas, Amsterdam), que incluía a Pierre Alechinsky, de Bélgica, y a Karel Appel, de Holanda. Sus miembros buscaban liberarse de las tradiciones surrealista y de la Escuela de París. En su tratamiento expresionista y en el uso de colores violentos, buscaban el regreso a Van Gogh, Munch y Ensor, así como al arte infantil y folclórico.


También éstos fueron los años del retorno de los surrealistas a París tras la guerra. Los lienzos del chileno



Matta son el escenario de psicodramas no específicos aunque inquietantes, mientras que las obras de los rumanos Brauner y Herold tratan temas como la magia negra y la alquimia que el líder surrealista Breton propugnó en la Exposición internacional del surrealismo de 1947.
La liberación de las penurias de los años de posguerra encontró su expresión en nuevas formas de abstracción y en el surgir del color. Una renovada y dinámica Escuela de París englobaba a diversidad de artistas y estilos. Un profundo sentimiento de identidad nacional caracterizó a los "jóvenes pintores de la tradición francesa", grupo que hacía hincapié en la historia francesa y el patriotismo tras la guerra. La monumental obra de Nicholas de Staël Parc des Princes (Les Grands Footballeurs) es un espléndido ejemplo de abstracción lírica de la posguerra.
Por su parte, el artista francés Yves Klein trató de renovar todos los géneros de la pintura francesa. Inventó y patentó su propio color, el International Klein Blue (IKB) en el que el elemento aglutinante se evapora permaneciendo únicamente el efecto visual del pigmento puro. Dirigió performances en las que modelos desnudas se impregnaban en pintura azul y después presionaban sus cuerpos contra los lienzos. Una vez sobre la pared, las huellas de sus cuerpos parecían saltar y volar por un espacio celestial. Klein empleó el oro para reforzar aún más la espiritualidad de su pintura. También Germaine Richier y César emplearon en sus esculturas el oro y el bronce para evocar una dimensión espiritual y un sentido de esplendor que contrastaba con el desánimo terrenal de la escultura existencialista de los primeros años de la posguerra.



La abstracción geométrica, el op art y el arte cinético, tan relevantes en los años treinta con el movimiento Abstracción-Creación, continuaron desarrollándose en las décadas de 1950 y 1960 con el Salon des Réalités Nouvelles y, en especial, gracias a la Galerie Denise René (aún próspera) que organizó la primera retrospectiva de Mondrian en París en 1957.



El Barrio Latino: arte y barricadas, 1958–1968

Las obras realizadas en el París de los años sesenta reflejan los turbulentos acontecimientos políticos del momento. La persistencia de Francia en retener Argelia como “département” llevó a una larga y amarga lucha por la independencia. Los artistas se sintieron profundamente impresionados por la que consideraban como una Francia "rota", expresada en los pósters rasgados de artistas como Robert Hains.


París mismo se convertiría en escenario del drama político en 1968. A pesar de los interesantes desarrollos conseguidos en el arte, la literatura y la filosofía, la sociedad francesa parecía pasiva en los años sesenta. El descontento alcanzó su cumbre en las sobrecargadas universidades que protagonizaron las revueltas de mayo del 68. El país se paralizó mientras en la capital la policía armada sofocaba los disturbios con gases lacrimógenos en unas calles repletas de barricadas de coches ardiendo, especialmente en el Barrio Latino alrededor de la Sorbona.
Mientras que para muchos artistas franceses de los años sesenta la prioridad era el compromiso político, otros reinventaron el concepto del readymade de Duchamp en su búsqueda por realizar arte a partir de objetos reales cotidianos. Niki de Saint Phalle, Villeglé, Hains, Jean Tinguely, Arman, César, Christo y otros formaron parte del grupo conocido como los “Nouveaux Réalistes” (nuevos realistas).
La explosión de readymades que acompañó al nuevo realismo y a otros movimientos artísticos del momento provocaron una fuerte reacción, especialmente de los pintores realistas del grupo izquierdista

Figuración Narrativa que emergió en 1964. Aillaud, Arroyo y Recalcati, miembros del grupo, crearon una serie de pinturas que narran la tortura y la muerte simbólica de Duchamp, inventor de los readymades, salpicadas de representaciones de sus obras más famosas. Esta serie declara simultáneamente la muerte del movimiento moderno y la urgencia de una nueva pintura política.





Mientras el nuevo realismo celebraba la amistad entre América y Francia, el movimiento Figuración Narrativa y sus simpatizantes izquierdistas eran profundamente antiamericanos, oponiéndose especialmente a la política norteamericana en Vietnam. El debate París-Nueva York continuaría a lo largo de toda la década de 1960.

Catálogo de la exposición

El catálogo París: capital de las artes, 1900–1968, igualmente dividido en cuatro zonas geográficas de la ciudad y profusamente ilustrado, cuenta con ensayos de Eric de Chassey, Gladys Fabre, Simonetta Fraquelli, Nicholas Hewitt, Katarzyna Murawska-Muthesius, Kenneth Silver y Sarah Wilson que recorren el progreso de las artes visuales en París a lo largo de las siete primeras décadas del siglo xx.

Para más información:
Museo Guggenheim Bilbao

Nerea Abasolo, Subdirectora de Comunicación

Tel: +34 94 4359008

Fax: +34 94 4359059



Media@guggenheim-bilbao.es

www.guggenheim-bilbao.es


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal