El marmolillo



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EL MARMOLILLO

EL COLUMNISMO

La columna periodística es un género que, como tantas otras cosa, nos viene de los Estados Unidos, pero se ha aclimatado muy bien entre nosotros. Es una clara alegoría al bloque vertical del espacio tipográfico. La Historia de las ideas en la España de este siglo apenas puede enten­derse si no se toma en cuenta el peristilo de los artículos firmados. El columnismo (acep­temos el abstracto que todavía no traen los diccionarios) es algo más que una especiali­dad periodística. Recordemos aquellos extra­vagantes anacoretas, los estilitas, que vivían encaramados en sus columnas. Pues bien, hoy tenemos también estilitas de la letra impresa que utilizan sus columnas para pre­dicar y lamentarse. Por lo general, los estilitas (predicadores) son poco estilistas (diestros de la escritura).



La piedra de toque de la bondad de una columna periodística está en que su lectura resista hasta el final. El autor experimentado lo sabe y de ahí que deje para los últimos párrafos lo que realmente quiere decir con lo que desee soliviantar o conmover.

Hay todas las especies y familias en este género del columnismo. Está quien escribe con el diccionario de citas (valioso instru­mento) y quien no hace más que citarse a sí mismo. El recurso a la primera persona, tan contrario a los otros géneros periodísticos, es muy común. Cuando no tiene mucho argu­mento, el columnista inventa el simulacro de un gran enfado: escribe entonces contra alguien, aunque parezca sólo contra algo. Los hay que utilizan la columna para fustigar a sus adversarios.

Aunque la brevedad sea la cortesía del columnista, los hay de escritura líquida y hasta gaseosa. Es decir, se adaptan a la forma de la vasija que los contienen o bien se expan­den todo lo que pueden aun a costa de perder densidad. Hay columnas clásicas y otras barrocas, salomónicas, adornadas con pámpanos, coronas florales e incluso angelotes. Están los pilares graníticos, de una pieza con pulquérrimo pulimento literario, con capite­les alegóricos. Aunque digan lo contrario, hay columnas que no se escriben para el público, sino para los colegas.

Ésta que tienen ante sus ojos, amables lec­tores, es una pieza menor. No pretende soste­ner al mundo, como Atlas, sino explicar los usos, costumbres y comentarios de la calle. Por eso se llama «el marmolillo», diminutivo cariñoso donde los haya. En algunas ciudades andaluzas los marmolillos son esas pequeñas columnas, extraídas de las villas romanas o de los palacios moros, que sirven para tapar las callejuelas a los vehículos. De esa forma se despeja el paso para los viandantes. En Madrid son cilindros industriales y se llaman bolardos, que es término marinero adaptado a la función urbana. A mi me suena mejor la humildad y el arte del marmolillo, que aquí queda para su deleite.

Así pues, este marmolillo callejero no está para sostener ni para realzar nada. Habrá que tomarlo como es, un testigo de lo que se comenta por el vecindario.

Amando De Miguel

(LA RAZÓN, miércoles 18-XI-1988).

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