El Libro de los Seres Imaginarios Jorge Luis Borges Margarita Guerrero



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El Doble

Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas, y los hermanos gemelos, el concepto del doble es común a muchas naciones. Es verosímil suponer que sentencias como Un amigo es un otro yo de Pitágoras o el Conócete a ti mismo platónico se inspiraron en él. En Alemania lo llamaron el doppelgaenger; en Escocia el fetch, porque viene a buscar (fetch) a los hombres para llevarlos a la muerte. Encontrarse consigo mismo es, por consiguiente, ominoso; la trágica balada Ticonderoga de Robert Louis Stevenson refiere una leyenda sobre este tema. Recordemos también el extraño cuadro How They Met Themselves de Rossetti; dos amantes se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque. Cabría citar ejemplos análogos de Hawthorne, de Dostoievski y de Alfred de Musset.

Para los judíos, en cambio, la aparición del doble no era presagio de una próxima muerte. Era la certidumbre de haber logrado el estado profético. Así lo explica Gershom Scholem. Una tradición recogida por el Talmud narra el caso de un hombre en busca de Dios, que se encontró consigo mismo.

En el relato William Wilson de Poe el doble es la conciencia del héroe. Éste lo mata y muere. En la poesía de Yeats, el doble es nuestro anverso, nuestro contrario, el que nos complementa, el que no somos ni seremos.

Plutarco escribe que los griegos dieron el nombre de otro yo al representante de un rey.


El Squonk
(Lacrimacorpus dissolvens)

La zona del squonk es muy limitada. Fuera de Pennsylvania pocas personas han oído hablar de él, aunque se dice que es bastante común en los cicutales de aquel Estado. El squonk es muy hosco y generalmente viaja a la hora del crepúsculo. La piel, que está cubierta de verrugas y de lunares, no le calza bien; los mejores jueces declaran que es el más desdichado de todos los animales. Rastrearlo es fácil, porque llora continuamente y deja una huella de lágrimas. Cuando lo acorralan y no puede huir o cuando lo sorprenden y lo asustan se disuelve en lágrimas. Los cazadores de squonks tienen más éxito en las noches de frío y de luna, cuando las lágrimas caen lentamente y al animal no le gusta moverse; su llanto se oye bajo las ramas de los oscuros arbustos de cicuta. El señor J. P. Wentling, antes de Pennsylvania y ahora establecido en St. Anthony Park, Minnesota, tuvo una triste experiencia con un squonk cerca de Monte Alto. Había remedado el llanto del squonk y lo había inducido a meterse en una bolsa, que llevaba a su casa, cuando de pronto el peso se aligeró y el llanto cesó. Wentling abrió la bolsa; sólo quedaban lágrimas y burbujas.


William T. Cox:

Fearsome Creatures of the Lumberwoods.

Washington, 1910




El Unicornio

La primera versión del unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, refiere que en los reinos del Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta es rojo y en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (viii, 31): «Dan caza en la India a otra fiera: el unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo». El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el unicornio pudo haber sido sugerido a los griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un sólo cuerno.

En la enciclopedia de Isidoro de Sevilla, redactada a principios del siglo vii, se lee que una cornada del unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del karkadán (rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad.1 Otro adversario del unicornio era el león, y una octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el unicornio, con la frente baja, lo embiste; el león se hace a un lado, y el unicornio queda clavado al tronco. La octava data del siglo xvi; a principios del xviii, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia confrontaría en las armas de Gran Bretaña el leopardo (león) inglés con el unicornio escocés.

En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña; en el Physiologus Graecus se lee: «Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes». Una medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el mal han sido figurados por el unicornio. La obra Psychologie und Alchemie (Zürich, 1944) de Jung historia y analiza estos simbolismos.

Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.

Leonardo da Vinci atribuye la captura del unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.

1. Éste nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre; Al-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.


El Kraken

El kraken es una especie escandinava del zaratán y del dragón de mar o culebra de mar de los árabes.

En 1752, el dinamarqués Eric Pontoppidan obispo de Bergen publicó, una Historia Natural de Noruega, obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo del kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden abarcar el mayor navío. El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega a formular esta norma: «Las islas flotantes son siempre krakens.» Asimismo escribe que el kraken suele enturbiar las aguas del mar con una descarga de líquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura que el kraken es una magnificación del pulpo.

Entre las piezas juveniles de Tennyson, hay una dedicada al kraken. Dice, literalmente, así:


Bajos los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá, cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá y morirá en la superficie.


Los Tigres del Annam

Para los annamitas, tigres o genios personificados por tigres rigen los rumbos del espacio.

El Tigre Rojo preside el Sur (que está en lo alto de los mapas); le corresponden el estío y el fuego.

El Tigre Negro preside el Norte; le corresponden el invierno y el agua.

El Tigre Azul preside el Oriente; le corresponden la primavera y las plantas.

El Tigre Blanco preside el Occidente; le corresponden el otoño y los metales.

Sobre estos Tigres Cardinales hay otro Tigre, el Tigre Amarillo, que gobierna a los otros y está en el Centro, como el Emperador está en el centro de China y China está en el centro del Mundo. (Por eso la llaman el Imperio Central; por eso, ocupa el centro del mapamundi que el P. Ricci, de la Compañía de Jesús, trazó a fines del siglo xvi para instruir a los chinos.)

Lao Tse ha encomendado a los Cinco Tigres la misión de guerrear contra los demonios. Una plegaria annamita, vertida al francés por Louis Cho Chod, implora con devoción el socorro de sus incontenibles ejércitos. Esta superstición es de origen chino; los sinólogos hablan de un Tigre Blanco, que preside la remota región de las estrellas occidentales. En el Sur, los chinos ubican un Pájaro Rojo; en el Oriente, un Dragón Azul; en el Norte, una tortuga Negra. Como se ve, los annamitas han conservado los colores, pero han unificado los animales.

Los Bhils, pueblo del centro del Indostán, creen en infiernos para tigres; los malayos saben de una ciudad en el corazón de la jungla, con vigas de huesos humanos, con muros de pieles humanas, con aleros de cabelleras humanas, construida y habitada por tigres.


La Peluda de la Ferte-Bernard

A orillas del Huisne, arroyo de apariencia tranquila, merodeaba durante la Edad Media la Peluda (la velue). Este animal habría sobrevivido el Diluvio, sin haber sido recogido en el arca. Era del tamaño de un toro; tenía cabeza de serpiente, un cuerpo esférico cubierto de un pelaje verde, armado de aguijones cuya picadura era mortal. Las patas eran anchísimas, semejantes a las de la tortuga; con la cola, en forma de serpiente, podía matar a las personas y a los animales. Cuando se encolerizaba, lanzaba llamas que destruían las cosechas. De noche, saqueaba los establos. Cuando los campesinos la perseguían, se escondía en las aguas del Huisne que hacía desbordar, inundando toda la zona.

Prefería devorar los seres inocentes, las doncellas y los niños. Elegía a la doncella más virtuosa, a la que llamaban la Corderita (l’agnelle). Un día, arrebató a una Corderita y la arrastró desgarrada y ensangrentada al lecho del Huisne. El novio de la víctima cortó con una espada la cola de la Peluda, que era su único lugar vulnerable. El monstruo murió inmediatamente. Lo embalsamaron y festejaron su muerte con tambores, con pífanos y danzas.


El Unicornio Chino

El unicornio chino o k’i-lin es uno de los cuatro animales de buen agüero; los otros son el dragón, el fénix y la tortuga. El unicornio es el primero de los animales cuadrúpedos; tiene cuerpo de ciervo, cola de buey y cascos de caballo; el cuerno que le crece en la frente está hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o amarillo. No pisa el pasto verde y no hace mal a ninguna criatura. Su aparición es presagio del nacimiento de un rey virtuoso. Es de mal agüero que lo hieran o que hallen su cadáver. Mil años es el término natural de su vida.

Cuando la madre de Confucio lo llevaba en el vientre, los espíritus de los cinco planetas le trajeron un animal «que tenía la forma de una vaca, escamas de dragón y en la frente un cuerno». Así refiere Soothill la anunciación; una variante recogida por Wilhelm dice que el animal se presentó solo y escupió una lámina de jade en la que se leían estas palabras: Hijo del cristal de la montaña (o de la esencia del agua), cuando haya caído la dinastía, mandarás como rey sin insignias reales. Setenta años después, unos cazadores mataron un k’i-lin que aún guardaba en el cuerno un trozo de cinta que la madre de Confucio le ató. Confucio lo fue a ver y lloró, porque sintió lo que presagiaba la muerte de ese inocente y misterioso animal y porque en la cinta estaba el pasado.

En el siglo xiii, una avanzada de la caballería de Zingis Khan, que había emprendido la invasión de la India, divisó en los desiertos un animal «semejante al ciervo, con un cuerno en la frente, pelaje verde», que les salió al encuentro y les dijo:

Ya es hora que vuelva a su tierra vuestro señor.

Uno de los ministros chinos de Zingis, consultado por él, explicó que el animal era un chio-tuan, una variedad de k’i-lin. Cuatro inviernos hacía que el gran ejército guerreaba en las regiones occidentales; el Cielo, harto porque los hombres derramaran la sangre de los hombres, había enviado ese aviso. El emperador desistió de sus planes bélicos.

Veintidós siglos antes de la era cristiana, uno de los jueces de Shun disponía de un «chivo unicorne», que no agredía a los injustamente acusados y que topaba a los culpables.

En la Anthologie Raisonnée de la Littérature Chinoise (1948), de Margouliès, figura este misterioso y tranquilo apólogo, obra de un prosista del siglo ix:


Universalmente se admite que el unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; así lo declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el unicornio constituye un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al unicornio y no sabríamos con seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos es toro. No sabemos cómo es el unicornio.


El Uroboros

Ahora el Océano es un mar o un sistema de mares; para los griegos, era un río circular que rodeaba la Tierra. Todas las aguas fluían de él y no tenía ni desembocadura ni fuentes. Era también un dios o un titán, quizá el más antiguo, porque el Sueño, en el libro xiv de la Ilíada, lo llama origen de los dioses; en la Teogonía de Hesíodo, es el padre de todos los ríos del mundo, que son tres mil, y que encabezan el Alfeo y el Nilo. Un anciano de barba caudalosa era su personificación habitual; la humanidad, al cabo de siglos, dio con un símbolo mejor.

Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un amuleto griego del siglo iii, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá Martínez Estrada, «que empieza al fin de su cola». Uroboros (el que se devora la cola) es el nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas.

Su más famosa aparición está en la cosmogonía escandinava. En la Edda Prosaica o Edda Menor, consta que Loki engendró un lobo y una serpiente. Un oráculo advirtió a los dioses que estas criaturas serían la perdición de la Tierra. Al lobo, Fenrir, lo sujetaron con una cadena forjada con seis cosas imaginarias: el ruido de la pisada del gato, la barba de la mujer, la raíz de la roca, los tendones del oso, el aliento del pez y la saliva del pájaro. A la serpiente, Jörmungandr, «la arrojaron al mar que rodea la Tierra y en el mar ha crecido de tal manera que ahora también rodea la Tierra y se muerde la cola».

En Jötunheim, que es la tierra de los gigantes, Utgarda-Loki desafía al dios Thor a levantar un gato; el dios, empleando toda su fuerza, apenas logra que una de las patas no toque el suelo; el gato es la serpiente. Thor ha sido engañado por artes mágicas.

Cuando llegue el Crepúsculo de los Dioses, la serpiente devorará la Tierra; y el lobo, el Sol.




Fastitocalón

La Edad Media atribuyó al Espíritu Santo la composición de dos libros. El primero era, según se sabe, la Biblia; el segundo, el universo, cuyas criaturas encerraban enseñanzas inmorales. Para explicar esto último, se compilaron los Fisiólogos o Bestiarios. De un bestiario anglosajón resumimos el texto siguiente:


«Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marinos que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros peces del mar. Éstos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos arrastra al infierno.»
La misma fábula se encuentra en el Libro de las Mil y Una Noches, en la leyenda de San Brandán y en el Paraíso Perdido de Milton, que nos muestra a la ballena durmiendo «en la espuma noruega».


Los Demonios de Swedenborg

Los demonios de Emanuel Swedenborg (1688-1772) no constituyen una especie; proceden del género humano. Son individuos que, después de la muerte, eligen el infierno. No están felices en esa región de pantanos, de desiertos, de selvas, de aldeas arrasadas por el fuego, de lupanares, y de oscuras guaridas, pero en el cielo serían más desdichados. A veces un rayo de luz celestial les llega desde lo alto; los demonios lo sienten como una quemadura y como un hedor fétido. Se creen hermosos, pero muchos tienen caras bestiales o caras que son simples trozos de carne o no tienen caras. Viven en el odio recíproco y en la armada violencia; si se juntan lo hacen para destruirse o para destruir a alguien. Dios prohíbe a los hombres y a los ángeles trazar un mapa del infierno, pero sabemos que su forma general es la de un demonio. Los infiernos más sórdidos y atroces están en el Oeste.




Los Lamed Wufniks

Hay en la Tierra, y hubo siempre, 36 hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.

La remota raíz puede buscarse en el capítulo xviii del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.

Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.


Los Yinn

Alá, según la tradición islámica, hizo a los ángeles con luz, a los yinn con fuego y a los hombres con polvo. Hay quien afirma que la materia de los segundos es un oscuro fuego sin humo. Fueron creados dos mil años antes de Adán, pero su estirpe no alcanzará el día del Juicio Final. Al-Qazwiní los definió como vastos animales aéreos de cuerpo transparente, capaces de asumir varias formas. Al principio se muestran como nubes o como altos pilares indefinidos; luego, según su voluntad, asumen la figura de un hombre, de un chacal, de un lobo, de un león, de un escorpión o de una culebra. Algunos son creyentes; otros, heréticos o ateos. Antes de destruir un reptil debemos pedirle que se retire, en nombre del Profeta; es lícito matarlo si no obedece. Pueden atravesar un muro macizo o volar por los aires o hacerse bruscamente invisibles. A menudo llegan al cielo inferior, donde sorprenden la conversación de los ángeles sobre acontecimientos futuros; esto les permite ayudar a magos y adivinos. Ciertos doctores les atribuyen la construcción de las Pirámides o, por orden de Salomón, Hijo de David, que conocía el Todopoderoso Nombre de Dios, del Templo de Jerusalén.

Desde las azoteas o los balcones lapidan a la gente; también tienen el hábito de raptar mujeres hermosas. Para evitar sus depredaciones, conviene invocar el nombre de Alá, el Misericordioso, el Apiadado. Su morada más común son las ruinas, las casas deshabitadas, los aljibes, los ríos, y los desiertos. Los egipcios afirman que son la causa de las trombas de arena. Piensan que las estrellas fugaces son dardos arrojados por Alá contra los yinn maléficos.

Iblis es su padre y su jefe.




El Ciervo Celestial

Nada sabemos de la estructura del ciervo celestial (acaso porque nadie lo ha podido ver claramente), pero sí que estos trágicos animales andan bajo tierra y no tienen otra ansia que salir a la luz del día. Saben hablar y ruegan a los mineros que los ayuden a salir. Al principio, quieren sobornarlos con la promesa de metales preciosos; cuando falla este ardid, los ciervos hostigan a los hombres, y éstos los emparedan firmemente en las galerías de la mina. Se habla asimismo de hombres a quienes han torturado los ciervos...

La tradición añade que si los ciervos emergen a la luz, se convierten en un líquido pestilente que puede asolar el país.

Esta imaginación es china y la registra el libro Chinese Ghouls and Goblins (Londres, 1928) de G. Willoughby-Meade.




Los Brownies

Son hombrecillos serviciales de color pardo, del cual han tomado su nombre. Suelen visitar las granjas de Escocia y, durante el sueño de la familia, colaboran en las tareas domésticas. Uno de los cuentos de Grimm refiere un hecho análogo.

El ilustre escritor Robert Louis Stevenson afirmó que había adiestrado a sus brownies en el oficio literario. Cuando soñaba, éstos le sugerían temas fantásticos; por ejemplo, la extraña transformación del doctor Jekill en el diabólico señor Hyde, y aquel episodio de Olalla en el cual un joven, de una antigua casa española, muerde la mano de su hermana.


Un Reptil Soñado por C. S. Lewis

...Lentamente, temblorosa, con movimientos inhumanos una forma humana, escarlata bajo el resplandor del fuego, salió del edificio a la caverna. Era el Inhumano, desde luego; arrastrando su pierna rota y con la mandíbula inferior colgante como la de un cadáver, se puso de pie. Y entonces, poco después de él, otro cuerpo apareció por el agujero. Primero salieron una especie de ramas de árbol y después seis o siete puntos luminosos agrupados como una constelación; luego, una masa tubular que reflejaba el resplandor rojo como si estuviese pulida. El corazón le dio un vuelco al ver las ramas convertirse súbitamente en largos tentáculos de alambre y los puntos de luz en otros tantos ojos de una cabeza recubierta de caparazón, que fue seguida de un cuerpo cilíndrico y rugoso. Siguieron horribles cosas angulares, piernas de varias articulaciones, y finalmente, cuando creía que todo el cuerpo estaba ya a la vista, apareció otro cuerpo siguiendo al primero y otro tras el segundo. Aquel ser se dividía en tres partes, unidas entre sí sólo por una especie de cintura de avispa, tres partes que no parecían estar debidamente alineadas y daban la sensación de haber sido pisoteadas; era una deformidad temblorosa, enorme, con cien pies, que yacía inmóvil al lado del Inhumano, proyectando ambos sobre el muro de roca sus dos sombras enormes en unida amenaza...


C. S. Lewis:

Perelandra, 1949


Un Rey de Fuego y su Caballo

Heráclito enseñó que el elemento primordial era el fuego, pero ello no equivale a imaginar seres hechos de fuego, seres labrados en la momentánea y cambiante sustancia de las llamas. Esta casi imposible concepción la intentó William Morris, en el relato El Anillo dado a Venus del ciclo El Paraíso Terrenal (1868-70). Dicen así los versos:


El Señor de aquellos demonios era un gran rey, coronado y cetrado. Como una llama blanca resplandecía su rostro, perfilado como un rostro de piedra; pero era un fuego que se transformaba y no carne, y lo surcaba el deseo, el odio y el terror. Su cabalgadura era prodigiosa; no era caballo ni dragón ni hipogrifo; se parecía y no se parecía a esas bestias, y cambiaba como las figuras de un sueño.
Tal vez en lo anterior hay algún influjo de la deliberadamente ambigua personificación de la Muerte en el Paraíso Perdido (ii, 666-73). Lo que parece la cabeza lleva corona y el cuerpo se confunde con la sombra que proyecta a su alrededor.


Crocotas y Leucrocotas

Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, se valió de fuentes persas para urdir una descripción de la India, obra de valor inestimable para saber cómo los persas del tiempo de Artajerjes Mnemón se imaginaban la India. El capitulo treinta y dos de ese repertorio ofrece una noticia del lobo-perro; Plinio (viii, 30) dio a ese hipotético animal el nombre de crocota y declaró que no había nada que no pudiera partir con los dientes y acto continuo digerir.

Más precisa que la crocota es la leucrocota en la que ciertos comentadores han visto un reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón, pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en Etiopía (donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles) y es fama que remeda con dulzura la voz humana.


El T’ao-t’ieh

Los poetas y la mitología lo ignoran; pero todos, alguna vez, lo hemos descubierto, en la esquina de un capitel o en el centro de un friso, y hemos sentido un ligerísimo desagrado. El perro que guardaba los rebaños del triforme Gerión tenía dos cabezas y un cuerpo y felizmente Hércules lo mató; el T’ao-t’ieh invierte ese procedimiento y es más horrible, porque la desaforada cabeza proyecta un cuerpo a la derecha y otro a la izquierda. Suele tener seis patas, porque las delanteras sirven para los dos cuerpos. La cara puede ser de dragón, de tigre o de persona; «máscara de ogro» la llaman los historiadores del arte. Es un monstruo formal, inspirado por el demonio de la simetría a escultores, alfareros y ceramistas. Mil cuatrocientos años antes de la era cristiana, bajo la dinastía de los Shang, ya figura en bronces rituales.



T’ao-t’ieh quiere decir glotón. Los chinos lo pintan en la vajilla, para enseñar frugalidad.


Escila

Antes de ser un monstruo y un remolino, Escila era una ninfa, de quien se enamoró el dios Glauco. Éste buscó el socorro de Circe, cuyo conocimiento de hierbas y de magias era famoso. Circe se prendó de él, pero como Glauco no olvidaba a Escila, envenenó las aguas de la fuente en que aquélla solía bañarse. Al primer contacto del agua, la parte inferior del cuerpo de Escila se convirtió en perros que ladraban. Doce pies la sostenían y se halló provista de seis cabezas, cada una con tres filas de dientes. Esta metamorfosis la aterró y se arrojó al estrecho que separa Italia de Sicilia. Los dioses la convirtieron en roca. Durante las tempestades, los navegantes oyen aún el rugido de las olas contra la roca.

Esta fábula está en las páginas de Homero, de Ovidio y de Pausanias.


Las Valquirias

Valquiria significa, en las primitivas lenguas germánicas, la que elige a los muertos. Un conjuro anglosajón contra los dolores neurálgicos las describe, sin nombrarlas directamente, de esta manera: Resonantes eran, sí resonantes, cuando cabalgaban sobre la altura. Eran resueltas, cuando cabalgaban sobre la tierra. Poderosas mujeres...

No sabemos cómo las imaginaban las gentes de Alemania o de Austria; en la mitología escandinava son vírgenes armadas y hermosas. Su número habitual era tres.

Elegían a los caídos en el combate y llevaban sus almas al épico paraíso de Odín, cuya techumbre era de oro y que iluminaban espadas, no lámparas. Desde la aurora, los guerreros, en ese paraíso, combatían hasta morir, luego resucitaban y compartían el banquete divino, donde les ofrecían la carne de un jabalí inmortal e inagotables cuernos de hidromiel.

Bajo el creciente influjo del cristianismo, el nombre de Valquiria degeneró; un juez en la Inglaterra medieval, hizo quemar a una pobre mujer acusada de ser una Valquiria, es decir una bruja.


Las Nornas

En la mitología medieval de los escandinavos, las nornas son las parcas. Snorri Sturluson, que, a principios del siglo xiii, ordenó esa dispersa mitología, nos dice que las principales son tres y que sus nombres son Pasado, Presente y Porvenir. Es verosímil sospechar que la última circunstancia es un refinamiento, o adición, de naturaleza teológica; los antiguos germanos no eran propensos a tales abstracciones. Snorri nos enseña tres doncellas junto a una fuente, al pie del árbol, Iggdrasill, que es el mundo. Urden inexorables nuestra suerte.

El tiempo (de lo que están hechas) las fue olvidando, pero hacia 1606 William Shakespeare escribió la tragedia de Macbeth, en cuya primera escena aparecen. Son las tres brujas que predicen a los guerreros el destino que los aguarda. Shakespeare las llama las weird sisters, las hermanas fatales, las parcas. Wyrd, entre los anglosajones era la divinidad silenciosa que preside sobre los inmortales y los mortales.


Chancha con Cadenas

En la página 106 del Diccionario Folklórico Argentino (Buenos Aires, 1950) de Félix Coluccio se lee:


En el norte de Córdoba y muy especialmente en Quilinos, se habla de la aparición de una chancha encadenada que hace su presencia por lo común en horas de la noche. Aseguran los lugareños vecinos a la estación del ferrocarril que la chancha con cadenas a veces se desliza sobre las vías férreas y otros nos afirmaron que no era raro que corriera por los cables del telégrafo, produciendo un ruido infernal con las «cadenas». Nadie la ha podido ver, pues cuando se la busca desaparece misteriosamente.


Ictiocentauros

Licofronte, Claudiano y el gramático bizantino Juan Tzetzes han mencionado alguna vez los ictiocentauros; otra referencia a ellos no hay en los textos clásicos. Podemos traducir ictiocentauros por centauro-peces; la palabra se aplicó a seres que los mitólogos han llamado también centauro-tritones. Su representación abunda en la escultura romana y helenística. De la cintura arriba son hombres, de la cintura abajo son peces, y tienen patas delanteras de caballo o de león. Su lugar está en el cortejo de las divinidades marinas, junto a los hipocampos.




Los Seres Térmicos

Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la Tierra que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El hombre, ahora, consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un yo; a principios de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este cuerpo no era visible ni siquiera tangible, ya que entonces no había en la Tierra ni sólidos ni líquidos ni gases. Sólo había estados de calor, formas térmicas. Los diversos colores definían en el espacio cósmico figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era un organismo hecho de temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la humanidad de la época saturnina fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y fríos articulados. «Para el investigador, el calor no es otra cosa que una sustancia aún más sutil que un gas», leemos en una página de la obra Die Geheimwissenschaft im Umriss (Bosquejo de las Ciencias Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus del fuego o arcángeles animaron los cuerpos de aquellos «hombres», que empezaron a brillar y a resplandecer.

¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el fondo del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y serpientes y toros de otras cosmogonías.


Demonios del Judaísmo

Entre el mundo de la carne y del espíritu, la superstición judaica presuponía un orbe que habitaban ángeles y demonios. El censo de su población excedía las posibilidades de la aritmética. Egipto, Babilonia y Persia contribuyeron, a lo largo del tiempo, a la formación de ese orbe fantástico. Acaso por influjo cristiano (sugiere Trachtenberg) la demonología o ciencia de los demonios importó menos que la angelología o ciencia de los ángeles.

Nombremos sin embargo, a Keteh Merirí, señor del medio día y de los calurosos veranos. Unos niños que iban a la escuela se encontraron con él; todos murieron salvo dos. Durante el siglo xiii la demonología judaica se pobló de intrusos latinos, franceses y alemanes, que acabaron por confundirse con los que registra el Talmud.


El Hijo de Leviatán

En aquel tiempo, había en un bosque sobre el Ródano, entre Arles y Aviñón, un dragón, mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo. Y tenía los dientes agudos como la espada, y cuernos a ambos lados, y se ocultaba en el agua, y mataba a los forasteros y ahogaba las naves. Y había venido por el mar de Galasia, y había sido engendrado por Leviatán, cruelísima serpiente de agua, y por una bestia que se llama Onagro, que engendra la región de Galasia...


La Légende Dorée,

Lyon, 1518




El Nesnás

Entre los monstruos de la Tentación figuran los nesnás, que «sólo tienen un ojo, una mejilla, una mano, una pierna, medio cuerpo y medio corazón». Un comentador, Jean-Claude Margolin, escribe que los ha forjado Flaubert, pero el primer volumen de las Mil y Una Noches de Lane (1839) los atribuye al comercio de los hombres con los demonios. El nesnás —así escribe Lane la palabra— es la mitad de un ser humano; tiene media cabeza, medio cuerpo, un brazo y una pierna; brinca con suma agilidad y habita en las soledades del Hadramaut y del Yemen. Es capaz de lenguaje articulado; algunos tienen la cara en el pecho, como los blemies, y cola semejante a la de la oveja; su carne es dulce y muy buscada. Una variedad de nesnás con alas de murciélago abunda en la isla de Raïj (acaso Borneo), en los confines de China; pero, añade el incrédulo expositor, Alá sabe todo.




Los Ángeles de Swedenborg

Durante los últimos veinticinco años de su estudiosa vida, el eminente hombre de ciencia y filósofo Emanuel Swedenborg (1688-1772) fijó su residencia en Londres. Como los ingleses son taciturnos, dio en el hábito cotidiano de conversar con demonios y ángeles. El Señor le permitió visitar las regiones ultraterrenas y departir con sus habitantes. Cristo había dicho que las almas, para entrar en el cielo, deben ser justas; Swedenborg, añadió que deben ser inteligentes; Blake estipularía después que fueran artísticas. Los ángeles de Swedenborg son las almas que han elegido el cielo. Pueden prescindir de palabras; basta que un ángel piense en otro para tenerlo junto a él. Dos personas que se han querido en la Tierra forman un solo ángel. Su mundo está regido por el amor; cada ángel es un cielo. Su forma es la de un ser humano perfecto; la del cielo lo es asimismo. Los ángeles pueden mirar al Norte, al Sur, al Este o al Oeste; siempre verán a Dios cara a cara. Son ante todo teólogos; su deleite mayor es la plegaria y la discusión de problemas espirituales. Las cosas de la Tierra son símbolos de las cosas del Cielo. El sol corresponde a la Divinidad. En el Cielo no existe el tiempo; las apariencias de las cosas cambian según los estados de ánimo. Los trajes de los ángeles resplandecen según su inteligencia. En el Cielo los ricos siguen siendo más ricos que los pobres, ya que están habituados a la riqueza. En el Cielo, los objetos, los muebles y las ciudades son más concretos y complejos que los de nuestra tierra; los colores, más variados y vívidos. Los ángeles de origen inglés propenden a la política; los judíos al comercio de alhajas; los alemanes llevan libros que consultan antes de contestar. Como los musulmanes están acostumbrados a la veneración de Mahoma, Dios los ha provisto de un ángel que simula ser el Profeta. Los pobres de espíritu y los ascetas están excluidos de los goces del Paraíso porque no los comprenderían.




Khumbaba

¿Cómo era el gigante Khumbaba, que guarda la montaña de cedros de la despedazada epopeya babilónica Gilgamesh, quizá la más antigua del mundo? George Burckhardt ha tratado de reconstruirlo (Gilgamesh, Wiesbaden, 1952); he aquí, vertidas al español, sus palabras:


Enkidu derribó con el hacha uno de los cedros. ¿Quién ha penetrado en el bosque y ha derribado un cedro?, dijo una enorme voz. Los héroes vieron acercarse a Khumbaba. Tenía uñas de león, el cuerpo revestido de ásperas escamas de bronce, en los pies las garras del buitre, en la frente los cuernos del toro salvaje, la cola y el órgano de la generación concluían en cabeza de sierpe.
En el noveno canto de Gilgamesh, hombres-escorpiones —que de la cintura arriba suben al cielo y de la cintura abajo se hunden en los infiernos— custodian, entre las montañas, la puerta por la que sale el sol.

De doce partes, que corresponden a los doce signos zodiacales, consta el poema.




Hochigan

Descartes refiere que los monos podrían hablar si quisieran, pero que han resuelto guardar silencio, para que no los obliguen a trabajar. Los bosquimanos de África del Sur creen que hubo un tiempo en que todos los animales podían hablar. Hochigan aborrecía los animales; un día desapareció, y se llevó consigo ese don.




Los Antílopes de Seis Patas

De ocho patas dicen que está provisto (o cargado) el caballo del dios Odín, Sleipnir, cuyo pelaje es gris y que anda por la tierra, por el aire y por los infiernos; seis patas atribuye a los primitivos antílopes un mito siberiano. Con semejante dotación era difícil, o imposible, alcanzarlos; el cazador divino Tunk-poj fabricó unos patines especiales con la madera de un árbol sagrado que crujía incesantemente y que los ladridos de un perro le revelaron. También crujían los patines y corrían con la velocidad de una flecha; para sujetar, o moderar, su carrera, hubo que ponerles unas cuñas fabricadas con la leña de otro árbol mágico. Por todo el firmamento persiguió Tunk-poj al antílope. Éste, rendido, se dejó caer a la tierra y Tunk-poj le cortó las patas traseras.

—Los hombres —dijo— son cada día más pequeños y débiles. Cómo van a poder cazar antílopes de seis patas, si yo mismo apenas lo logro.

Desde aquel día, los antílopes son cuadrúpedos.




Los Eloi y los Morlocks

El héroe de la novela The Time Machine (La Máquina del Tiempo), que el joven Wells publicó en 1895, viaja, mediante un artificio mecánico, a un porvenir remoto. Descubre que el género humano se ha dividido en dos especies: los Eloi, aristócratas delicados e inermes, que moran en ociosos jardines y se nutren de fruta, y los Morlocks, estirpe subterránea de proletarios, que, a fuerza de trabajar en la oscuridad han quedado ciegos y que siguen poniendo en movimiento, urgidos por la simple rutina, máquinas herrumbradas y complejas que no producen nada. Pozos con escaleras en espiral unen ambos mundos. En las noches sin luna, los Morlocks surgen de su encierro y devoran a los Eloi.

El héroe logra huir al presente. Trae como único trofeo una flor desconocida y marchita, que se hace polvo y que florecerá al cabo de miles de siglos.


Baldanders

Baldanders (cuyo nombre podemos traducir por Ya diferente o Ya otro) fue sugerido al maestro zapatero Hans Sachs, de Nüremberg, por aquel pasaje de la Odisea en que Menelao persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en serpiente, en pantera, en un desmesurado jabalí, en un árbol y en agua. Hans Sachs murió en 1576; al cabo de unos noventa años, Baldanders resurge en el sexto libro de la novela fantástico-picaresca de Grimmelshausen, Simplicius Simplicissimus. En un bosque, el protagonista da con una estatua de piedra, que le parece el ídolo de algún viejo templo germánico. La toca y la estatua le dice que es Baldanders y toma las formas de un hombre, de un roble, de una puerca, de un salchichón, de un prado cubierto de trébol, de estiércol, de una flor, de una rama florida, de una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras cosas y seres, y luego, nuevamente, de un hombre. Simula instruir a Simplicissimus en el arte «de hablar con las cosas que por su naturaleza son mudas, tales como sillas y bancos, ollas y jarros»; también se convierte en un secretario y escribe estas palabras de la Revelación de San Juan: Yo soy el principio y el fin, que son la clave del documento cifrado en que le deja las instrucciones. Baldanders agrega que su blasón (como el del Turco y con mejor derecho que el Turco) es la inconstante luna.

Baldanders es un monstruo sucesivo, un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera edición de la novela de Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de sátiro, torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de cabra y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los individuos de las especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un libro abierto, con las figuras de una corona, de un velero, de una copa, de una torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro con cascabeles y un cañón.


Los Trolls

En Inglaterra las Valquirias quedaron relegadas a las aldeas y degeneraron en brujas; en las naciones escandinavas los gigantes de la antigua mitología, que habitaban en Jötunheim y guerreaban con el dios Thor, han decaído en rústicos trolls. En la Cosmogonía que da principio a la Edda Mayor, se lee que, el día del Crepúsculo de los Dioses, los gigantes escalarán y romperán Bifrost, el arco iris, y destruirán el mundo, secundados por un lobo y una serpiente; los trolls de la superstición popular son elfos malignos y estúpidos, que moran en las cuevas de las montañas o en deleznables chozas. Los más distinguidos están dotados de dos o tres cabezas.

El poema dramático Peer Gynt (1867) de Henrik Ibsen les asegura su fama. Ibsen imagina que son, ante todo, nacionalistas; piensan, o tratan de pensar que el brebaje atroz que fabrican es delicioso y que sus cuevas son alcázares. Para que Peer Gynt no perciba la sordidez de su ámbito, le proponen arrancarle los ojos.


Las Hadas

Su nombre se vincula a la voz latina futuro (hado, destino). Intervienen mágicamente en los sucesos de los hombres. Se ha dicho que las hadas son las más numerosas, las más bellas y las más memorables de las divinidades menores. No están limitadas a una sola región o a una sola época. Los antiguos griegos, los esquimales y los pieles rojas narran historias de héroes que han logrado el amor de esas fantásticas criaturas. Tales aventuras son peligrosas; el hada, una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes.

En Irlanda y en Escocia les atribuyen moradas subterráneas, donde confinan a los niños y a los hombres que suelen secuestrar. La gente cree que poseían las puntas de flechas neolíticas que exhuman en los campos y a las que dotan de infalibles virtudes medicinales.

A las hadas les gusta el color verde, el canto y la música. A fines del siglo xvii un eclesiástico escocés, el reverendo Kirk, de Aberboyle, compiló un tratado que se titula La Secreta República de los Elfos, de las Hadas y de los Faunos. En 1815, Sir Walter Scott dio esa obra manuscrita a la imprenta. Del señor Kirk se dice que lo arrebataron las hadas porque había revelado sus misterios. En los mares de Italia el Hada Morgana urde espejismos para confundir y perder a los navegantes.




Las Lamias

Según los clásicos latinos y griegos, las lamias habitaban en África. De la cintura para arriba su forma era la de una hermosa mujer; más abajo la de una sierpe. Algunos las definieron como hechiceras; otros como monstruos malignos. La facultad de hablar les faltaba, pero su silbido era melodioso. En los desiertos atraían a los viajeros, para devorarlos después. Su remoto origen era divino; procedían de uno de los muchos amores de Zeus. En aquella parte de su Anatomía de la Melancolía (1621) que trata de la pasión del amor, Robert Burton narra la historia de una lamia, que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo «no menos agraciado que ella». Lo llevó a su palacio, que estaba en la ciudad de Corinto. Invitado a la boda, el mago Apolonio de Tyana la llamó por su nombre; inmediatamente desaparecieron la lamia y el palacio. Poco antes de su muerte, John Keats (1795-1821) se inspiró en el relato de Burton para componer su poema.




Los Lemures

También les dieron el nombre de larvas. A diferencia de los lares de la familia, que protegían a los suyos. Los lemures, que eran las almas de los muertos malvados, erraban por el mundo, infundiendo horror a los hombres. Imparcialmente torturaban a los impíos y a los justos. En la Roma anterior a la fe de Cristo, celebraban fiestas en su honor, durante el mes de mayo. Las fiestas se llamaban Lamurias. Fueron instituidas por Rómulo, para apaciguar el alma de Remo, a quien había ejecutado. Una epidemia asoló a Roma y el oráculo, consultado por Rómulo, aconsejó esas fiestas anuales que duraban tres noches. Los templos de las otras divinidades se clausuraban y estaban prohibidas las bodas. Era costumbre arrojar habas sobre las tumbas o consumirlas por el fuego, porque el humo ahuyentaba a los lemures. También los espantaban los tambores y las palabras mágicas. El curioso lector puede interrogar Los Fastos de Ovidio.




Kuyata

Según un mito islámico, Kuyata es un gran toro dotado de cuatro mil ojos, de cuatro mil orejas, de cuatro mil narices, de cuatro mil bocas, de cuatro mil lenguas y de cuatro mil pies. Para trasladarse de un ojo a otro o de una oreja a otra bastan 500 años. A Kuyata lo sostiene el pez Bahamut; sobre el lomo del toro hay una roca de rubí, sobre la roca un ángel y sobre el ángel nuestra Tierra.




Los Sátiros

Así los griegos los llamaron; en Roma les dieron el nombre de faunos, de Panes y de silvanos. De la cintura para abajo eran cabras; el cuerpo, los brazos y el rostro eran humanos y velludos. Tenían cuernitos en la frente, orejas puntiagudas y la nariz encorvada. Eran lascivos y borrachos. Acompañaron al dios Baco en su alegre conquista del Indostán. Tendían emboscadas a las ninfas; los deleitaba la danza y tocaban diestramente la flauta. Los campesinos los veneraban y les ofrecían las primicias de las cosechas. También les sacrificaban corderos.

Un ejemplar de esas divinidades menores fue apresado en una cueva de Tesalia por los legionarios de Sila, que lo trajeron a su jefe. Emitía sonidos inarticulados y era tan repulsivo que Sila inmediatamente ordenó que lo restituyeran a las montañas.

El recuerdo de los sátiros influyó en la imagen medieval de los diablos.




El Gallo Celestial

Según los chinos, el gallo celestial es un ave de plumaje de oro, que canta tres veces al día. La primera, cuando el sol toma su baño matinal en los confines del océano; la segunda, cuando el sol está en el cenit; la última, cuando se hunde en el poniente. El primer canto sacude los cielos y despierta a la humanidad. Es antepasado del yang, principio masculino del universo. Está provisto de tres patas y anida en el árbol fu-sang cuya altura se mide por centenares de millas y que crece en la región de la aurora. La voz del gallo celestial es muy fuerte; su porte, majestuoso. Pone huevos de los que salen pichones con crestas rojas que contestan a su canto cada mañana. Todos los gallos de la tierra descienden del gallo celestial que se llama también el ave del alba.




El Pájaro Que Causa La Lluvia

Además del dragón, los agricultores chinos disponen del pájaro llamado shang yang para obtener la lluvia. Tiene una sola pata; en épocas antiguas los niños saltaban en un pie y fruncían las cejas afirmando: lloverá porque está retozando el shang yang. Se refiere, en efecto que bebe el agua de los ríos y la deja caer sobre la tierra.

Un antiguo sabio lo domesticó y solía llevarlo en la manga. Los historiadores registran que se paseó una vez ante el trono del príncipe Ch’i, agitando las alas y dando brincos. El príncipe, alarmado, envió a uno de sus ministros a la corte de Lu, para consultar a Confucio. Éste predijo que el shang yang produciría inundaciones en la región y en las comarcas adyacentes. Aconsejó la construcción de diques y canales. El príncipe acató las admoniciones del maestro, y evitó así grandes desastres.


La Liebre Lunar

En las manchas lunares, los ingleses creen descifrar la forma de un hombre; dos o tres referencias al hombre de la luna, al man in the moon, hay en el Sueño de una Noche de Verano. Shakespeare menciona su haz de espinas o maleza de espinas; ya alguno de los versos finales del canto xx del Infierno habla de Caín y de las espinas. El comentario de Tommaso Casini recuerda a este propósito la fábula toscana en que el Señor dio a Caín la Luna por cárcel y lo condenó a cargar un haz de espinas hasta el fin de los tiempos. Otros, en la Luna, ven la sagrada familia, y así Lugones pudo escribir en su Lunario Sentimental:


Y está todo: la Virgen con el niño; al flanco,

San José (algunos tienen la buena fortuna

De ver su vara); y el buen burrito blanco

Trota que trota los campos de la Luna.
Los chinos, en cambio, hablan de la liebre lunar. El Buddha, en una de sus vidas anteriores, padeció hambre; para alimentarlo, una liebre se arrojó al fuego. El Buddha, como recompensa, envió su alma a la Luna. Ahí, bajo una acacia, la liebre tritura en un mortero mágico las drogas que integran el elixir de la inmortalidad. En el habla popular de ciertas regiones, esta liebre se llama el doctor, o liebre preciosa, o liebre de jade.

De la liebre común se cree que vive hasta los mil años y que encanece al envejecer.




FIN
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