El Libro de los Seres Imaginarios Jorge Luis Borges Margarita Guerrero



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La Óctuple Serpiente

La óctuple serpiente de Koshi atrozmente figura en los mitos cosmogónicos del Japón. Ocho cabezas y ocho colas tenía; sus ojos eran del color rojo oscuro de las cerezas; pinos y musgo le crecían en el lomo, y abetos en las frentes. Al reptar, abarcaba ocho valles y ocho colinas; su vientre siempre estaba manchado de sangre. Siete doncellas, que eran hijas de un rey, había devorado en siete años y se aprestaba a devorar la menor, que se llamaba Peine-Arrozal. La salvó un dios, llamado Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho. Este paladín construyó un gran cercado circular de madera, con ocho plataformas. En cada plataforma puso un tonel, lleno de cerveza de arroz. La óctuple serpiente acudió, metió una cabeza en cada tonel, bebió con avidez y no tardó en quedarse dormida. Entonces Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho le cortó las ocho cabezas. De las heridas brotó un río de sangre. En la cola de la serpiente se halló una espada, que aún se venera en el Gran Santuario de Atsuta. Estas cosas ocurrieron en la montaña que antes se llamó de la Serpiente y ahora de Ocho Nubes; el ocho, en el Japón, es cifra sagrada y significa muchos. El papel-moneda del Japón aún conmemora la muerte de la serpiente.

Inútil agregar que el redentor se casó con la redimida, como Perseo con Andrómeda.

En su versión inglesa de las cosmogonías y teogonías del Japón (The Sacred Scriptures of the Japanese, Nueva York, 1952), Post Wheeler recuerda los mitos análogos de la hidra, de Fafnir y de la diosa egipcia Hathor, a quien un dios embriagó con cerveza color de sangre, para librar de la aniquilación a los hombres.




El Mirmecoleón

Un animal inconcebible es el mirmecoleón, definido así por Flaubert: «León por delante, hormiga por detrás, y con las pudendas al revés.» La historia de este monstruo es curiosa. En las escrituras se lee: «El viejo león perece por falta de presa» (Job, 4:11). El texto hebreo trae layish por león; esta palabra anómala parecía exigir una traducción que también fuese anómala; los Setenta recordaron un león arábigo que Eliano y Estrabón llaman myrmex y forjaron la palabra mirmecoleón.

Al cabo de unos siglos, esta derivación se perdió. Myrmex, en griego, vale por hormiga; de las palabras enigmáticas «El león-hormiga perece por falta de presa» salió una fantasía que los bestiarios medievales multiplicaron:
El fisiólogo trata del león-hormiga; el padre tiene forma de león, la madre de hormiga; el padre se alimenta de carne, y la madre de hierbas. Y éstos engendran el león-hormiga, que es mezcla de los dos y que se parece a los dos, porque la parte delantera es de león, la trasera de hormiga. Así conformado, no puede comer carne, como el padre, ni hierbas, como la madre; por consiguiente muere.


Youwarkee

En su Breve Historia de la Literatura Inglesa, Saintsbury considera que Youwarkee es una de las heroínas más deliciosas de esa literatura. Mitad mujer y mitad pájaro o —como escribiría el poeta Browning de su esposa muerta, Elizabeth Barret— mitad ángel y mitad pájaro. Sus brazos pueden abrirse en alas y un sedoso plumón cubre su cuerpo. Mora en una isla perdida de los mares antárticos; ahí la descubre un náufrago, Peter Wilkings, que se casa con ella. Youwarkee es de la estirpe de los glums, una tribu alada. Wilkings los convierte a la fe de Cristo y, muerta su mujer, logra regresar a Inglaterra.

La historia de este curioso amor puede leerse en la novela Peter Wilkings (1751) de Robert Paltoek.


El Odradek1

Unos derivan del eslavo la palabra odradek y quieren explicar su formación mediante ese origen. Otros la derivan del alemán y sólo admiten una influencia del eslavo. La incertidumbre de ambas interpretaciones es la mejor prueba que son falsas; además, ninguna de ellas nos da una explicación de la palabra.

Naturalmente nadie perdería el tiempo en tales estudios si no existiera realmente un ser que se llama Odradek. Su aspecto es el de un huso de hilo, plano y con forma de estrella, y la verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y entreverados, de distinta clase y color. No sólo es un huso; del centro de la estrella sale un palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse como si tuviera dos piernas.

Uno estaría tentado de creer que esta estructura tuvo alguna vez una forma adecuada a una función, y que ahora está rota. Sin embargo, tal no parece ser el caso; por lo menos no hay ningún indicio en ese sentido; en ninguna parte se ven composturas o roturas; el conjunto parece inservible, pero a su manera completo. Nada más podemos decir, porque Odradek es extraordinariamente movedizo y no se deja apresar.

Puede estar en el cielo raso, en el hueco de la escalera, en los corredores, en el zaguán. A veces pasan meses sin que uno lo vea. Se ha corrido a las casas vecinas, pero siempre vuelve a la nuestra. Muchas veces, cuando uno sale de la puerta y lo ve en el descanso de la escalera, dan ganas de hablarle. Naturalmente no se le hacen preguntas difíciles, sino que se lo trata —su tamaño diminuto nos lleva a eso— como a un niño. «¿Cómo te llamas?», le preguntan. «Odradek», dice. «¿Y dónde vives?» «Domicilio incierto», dice y se ríe, pero es una risa sin pulmones. Suena como un susurro de hojas secas. Generalmente el diálogo acaba ahí. No siempre se consiguen esas respuestas; a veces guarda un largo silencio, como la madera, de la que parece estar hecho.

Inútilmente me pregunto qué ocurrirá con él. ¿Puede morir? Todo lo que muere ha tenido antes una meta, una especie de actividad, y así se ha gastado; esto no corresponde a Odradek. ¿Bajará la escalera arrastrando hilachas ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No hace mal a nadie, pero la idea que puede sobrevivirme es casi dolorosa para mí.


Franz Kafka

1. El título original de este relato es Die Sorge des Hausvaters. («La Preocupación del Padre de Familia».)




La Pantera

En los bestiarios medievales, la palabra pantera indica un animal asaz diferente del «mamífero carnicero» de la zoología contemporánea. Aristóteles había mencionado que su olor atrae a los demás animales; Eliano —autor latino apodado Lengua de Miel por su cabal dominio del griego— declaró que ese olor también era agradable a los hombres. (En este rasgo, algunos han conjeturado una confusión con el gato de algalia.) Plinio le atribuyó una mancha en el lomo, de forma circular, que menguaba y crecía con la luna. A estas circunstancias maravillosas vino a agregarse el hecho que la Biblia griega de los Setenta usa la palabra pantera en un lugar que puede referirse a Jesús (Oseas 5: 14).

En el bestiario anglosajón del códice de Exeter, la pantera es un animal solitario y suave, de melodiosa voz y aliento fragante. Hace su habitación en las montañas, en un lugar secreto. No tiene otro enemigo que el dragón, con el que sin tregua combate. Duerme tres noches y, cuando se despierta cantando, multitudes de hombres y de animales acuden a su cueva, desde los campos, los castillos y las ciudades, atraídos por la fragancia y la música. El dragón es el antiguo Enemigo, el Demonio; el despertar es la resurrección del Señor; las multitudes son la comunidad de los fieles y la pantera es Jesucristo.

Para atenuar el estupor que puede producir esta alegoría, recordemos que la pantera no era una bestia feroz para los sajones, sino un sonido exótico, no respaldado por una representación muy concreta. Cabe agregar, a título de curiosidad, que el poema Gerontion, de Eliot, habla de Christ the tiger, de Cristo el tigre.

Anota Leonardo da Vinci:
La pantera africana es como una leona, pero las patas son más altas, y el cuerpo más sutil. Es toda blanca y está salpicada de manchas negras que parecen rosetas. Su hermosura deleita a los animales, que siempre le andarían alrededor, si no fuera por su terrible mirada. La pantera, que no ignora esta circunstancia, baja los ojos; los animales se le aproximan para gozar de tanta belleza y ella atrapa al que está más cerca y lo devora.


El Pelícano

El pelícano de la zoología común es un ave acuática, de dos metros de envergadura, con un pico muy largo y ancho, de cuya mandíbula inferior pende una membrana rojiza que forma una especie de bolsa para guardar pescado; el de la fábula es menor y su pico es breve y agudo. Fiel a su nombre, el plumaje del primero es de color blanco; el del segundo es amarillo y a veces verde. Aún más singular que su aspecto resultan sus costumbres.

Con el pico y las garras, la madre acaricia los hijos con tanta devoción que los mata. A los tres días llega el padre; éste, desesperado al hallarlos muertos, se abre a picotazos el pecho. La sangre que derraman sus heridas los resucita... Así refieren los bestiarios el hecho, salvo que San Jerónimo, en un comentario al salmo 102 («Soy como un pelícano del desierto, soy como una lechuza del yermo»), atribuye la muerte de los hijos a la serpiente. Que el pelícano se abre el pecho y alimenta con su propia sangre a los hijos es la versión común de la fábula.

Sangre que da vida a los muertos sugiere la eucaristía y la cruz, y así un verso famoso del Paraíso (xxv, 113) llama «nuestro pelícano» a Jesucristo. El comentario latino de Benvenuto de Imola aclara: «Se dice pelícano porque se abrió el costado para salvarnos, como el pelícano que vivifica a los hijos muertos con la sangre del pecho. El pelícano es ave egipcia.»

La imagen del pelícano es habitual en la heráldica eclesiástica y todavía la graban en los copones. El bestiario de Leonardo da Vinci define así al pelícano:
Quiere mucho a sus hijos, y hallándolos en el nido muertos por las serpientes, se desgarra el pecho y, bañándolos con su sangre, los vuelve a la vida.


El Gato de Cheshire y los Gatos Kilkenny

En inglés existe la locución grin like a Cheshire cat (sonreír sardónicamente como un gato de Cheshire). Se han propuesto varias explicaciones. Una, que en Cheshire vendían quesos en forma de gato que ríe. Otra, que Cheshire es un condado palatino o earldom y que esa distinción nobiliaria causó la hilaridad de los gatos. Otra, que en tiempos de Ricardo Tercero, hubo un guardabosque Caterling que sonreía ferozmente al batirse con los cazadores furtivos.

En la novela onírica Alice in Wonderland publicada en 1865, Lewis Carrol otorgó al gato de Cheshire el don de desaparecer gradualmente, hasta no dejar otra cosa que la sonrisa, sin dientes y sin boca. De los gatos de Kilkenny se refiere que riñeron furiosamente y se devoraron hasta no dejar más que las colas. El cuento data del siglo xviii.


El Simurg

El simurg es un pájaro inmortal que anida en las ramas del Árbol de la Ciencia; Burton lo equipara con el águila escandinava que, según la Edda Menor, tiene conocimiento de muchas cosas y anida en las ramas del Árbol Cósmico, que se llama Iggdrasill.

El Thalaba (1801) de Southey y la Tentación de San Antonio (1874) de Flaubert hablan del simurg Anka; Flaubert lo rebaja a servidor de la Reina Belkis y lo describe como un pájaro de plumaje anaranjado y metálico, de cabecita humana, provisto de cuatro alas, de garras de buitre y de una inmensa cola de pavo real. En las fuentes originales el simurg es más importante. Firdusí, en el Libro de Reyes, que recopila y versifica antiguas leyendas del Irán, lo hace padre adoptivo de Zal, padre del héroe del poema; Farid al-Din Attar, en el siglo xiii, lo eleva a símbolo o imagen de la divinidad. Esto sucede en el Mantig al-tayr (Coloquio de los pájaros). El argumento de esta alegoría, que integran unos cuatro mil quinientos dísticos, es curioso. El remoto rey de los pájaros, el simurg deja caer en el centro de China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su presente anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña o cordillera circular que rodea la tierra. Al principio, algunos pájaros se acobardan: el ruiseñor alega su amor por la rosa; el loro, la belleza que es la razón que viva enjaulado; la perdiz no puede prescindir de las sierras, ni la garza de los pantanos ni la lechuza de las ruinas. Acometen al fin la desesperada aventura; superan siete valles o mares; el nombre del penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros mueren en la travesía. Treinta, purificados por sus trabajos, pisan la montaña del simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el simurg, y que el simurg es cada uno de ellos y todos ellos.

El cosmógrafo Al-Qazwiní, en su Maravillas de las Criaturas, afirma que el simurg Anka vive mil setecientos años y que, cuando el hijo ha crecido, el padre enciende una pira y se quema. Esto, observa Lane, recuerda la leyenda del fénix.




La Salamandra

No sólo es un pequeño dragón que vive en el fuego; es también (si el diccionario de la Academia no se equivoca) «un batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con manchas amarillas simétricas». De sus dos caracteres el más conocido es el fabuloso, y a nadie sorprenderá su inclusión en este manual.

En el libro x de su Historia, Plinio declara que la salamandra es tan fría que apaga el fuego con su simple contacto; en el xxi recapacita, observando incrédulamente que si tuviera esta virtud que le han atribuido los magos, la usaría para sofocar los incendios. En el libro xi, habla de un animal alado y cuadrúpedo, la pyrausta, que habita en lo interior del fuego de las fundiciones de Chipre; si emerge al aire y vuela un pequeño trecho, cae muerto. El mito posterior de la salamandra ha incorporado el de ese olvidado animal.

El fénix fue alegado por los teólogos para probar la resurrección de la carne; la salamandra, como ejemplo que en el fuego pueden vivir los cuerpos. En el libro xxi de la Ciudad de Dios de San Agustín, hay un capítulo que se llama Si pueden los cuerpos ser perpetuos en el fuego y que se abre así:


¿A qué efecto he de demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia del Todopoderoso, ruegan que lo demostremos por medio de algún ejemplo. Respondemos a éstos que hay efectivamente algunos animales corruptibles porque son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego.
A la salamandra y al fénix recurren también los poetas, como encarecimiento retórico. Así, Quevedo, en los sonetos del cuarto libro del Parnaso Español, que «canta hazañas del amor y de la hermosura»:
Hago verdad al Fénix en la ardiente

Llama, en que renaciendo me renuevo,

Y la virilidad del fuego pruebo

Y que es padre, y que tiene descendiente.
La Salamandra fría, que desmiente

Noticia docta, a defender me atrevo,

Cuando en incendios, que sediento bebo

Mi corazón habita, y no los siente...
Al promediar el siglo xii, circuló por las naciones de Europa una falsa carta, dirigida por el Preste Juan, Rey de Reyes, al emperador bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de prodigios, habla de monstruosas hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de un Mar de Arena con peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el reino, y de un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o alumbran la noche. Uno de los párrafos dice: «Nuestros dominios dan el gusano llamado salamandra. Las salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las señoras de palacio devanan, y usan para tejer telas y vestidos. Para lavar y limpiar estas telas las arrojan al fuego.»

De estos lienzos y telas incombustibles que se limpian con fuego, hay mención en Plinio (xix, 4) y en Marco Polo (xxxix). Aclara este último «La salamandra es una sustancia, no un animal.» Nadie, al principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como de piel de salamandra y fueron testimonio incontrovertible del hecho que la salamandra existía.

En alguna página de su Vida, Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar en el fuego a un animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Éste le dijo que el animal era una salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión, tan pocas veces permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.

Las salamandras, en la simbología de la alquimia, son espíritus elementales del fuego. En esta atribución y en un argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el primer libro de su De natura deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a creer en la salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la teoría de cuatro «raíces de cosas», cuyas desuniones y uniones, movidas por la Discordia y por el Amor, componen la historia universal. No hay muerte; sólo hay partículas de «raíces», que los latinos llamarían elementos, y que se desunen. Éstas son el fuego, la tierra, el aire y el agua. Son increadas y ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos (ahora creemos saber) que esta doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y generalmente se admite que fue benéfica. «Los cuatro elementos que integran y mantienen el mundo y que aún sobreviven en la poesía y en la imaginación popular tienen una historia larga y gloriosa», ha escrito Theodor Gomperz. Ahora bien, la doctrina exigía una paridad de los cuatro elementos. Si había animales de la tierra y del agua, era preciso que hubiera animales del fuego. Era preciso, para la dignidad de la ciencia, que hubiera salamandras.

En otro artículo veremos cómo Aristóteles logró animales del aire.

Leonardo da Vinci entiende que la salamandra se alimenta de fuego y que éste le sirve para cambiar la piel.




Sirenas

A lo largo del tiempo, las sirenas cambian de forma. Su primer historiador, el rapsoda del duodécimo libro de la Odisea, no nos dice cómo eran; para Ovidio, son aves de plumaje rojizo y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son mujeres y, abajo, aves marinas; para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica), «la mitad mujeres, peces la mitad». No menos discutible es su género; el diccionario clásico de Lemprière entiende que son ninfas, el de Quicherat que son monstruos y el de Grimal que son demonios. Moran en una isla del poniente, cerca de la isla de Circe, pero el cadáver de una de ellas, Parténope, fue encontrado en Campania, y dio su nombre a la famosa ciudad que ahora lleva el de Nápoles, y el geógrafo Estrabón vio su tumba y presenció los juegos gimnásticos que periódicamente se celebraban para honrar su memoria.

La Odisea refiere que las sirenas atraían y perdían a los navegantes y que Ulises, para oír su canto y no perecer, tapó con cera los oídos de los remeros y ordenó que lo sujetaran al mástil. Para tentarlo, las sirenas le ofrecieron el conocimiento de todas las cosas del mundo:
Nadie ha pasado por aquí en su negro bajel, sin haber escuchado de nuestra boca la voz dulce como el panal, y haberse regocijado con ella y haber proseguido más sabio... Porque sabemos todas las cosas: cuantos afanes padecieron argivos y troyanos en la ancha Tróada por determinación de los dioses, y sabemos cuanto sucederá en la tierra fecunda (Odisea, xii).
Una tradición recogida por el mitólogo Apolodoro, en su Biblioteca, narra que Orfeo, desde la nave de los argonautas, cantó con más dulzura que las sirenas y que éstas se precipitaron al mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando alguien no sintiera su hechizo. También la esfinge se precipitó desde lo alto cuando adivinaron su enigma.

En el siglo vi, una sirena fue capturada y bautizada en el Norte de Gales, y figuró como una santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó por una brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo xvi razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque podía vivir en el agua.

El idioma inglés distingue la sirena clásica (siren) de las que tienen cola de pez (mermaids). En la formación de esta última imagen habrían influido por analogía los tritones, divinidades del cortejo de Poseidón.

En el décimo libro de la República, ocho sirenas presiden la revolución de los ocho cielos concéntricos.

Sirena: supuesto animal marino, leemos en un diccionario brutal.


Talos

Los seres vivos hechos de metal o de piedra integran una especie alarmante de la zoología fantástica. Recordemos los airados toros de bronce que respiraban fuego y que Jasón, por obra de las artes mágicas de Medea, logró uncir al arado; la estatua psicológica de Condillac, de mármol sensible; el banquero de cobre, con una lámina de plomo en el pecho, en la que se leían nombres y talismanes, que rescató y abandonó, en Las Mil y Una Noches, al tercer mendigo hijo de rey, cuando éste hubo derribado al jinete de la Montaña del Imán; las muchachas «de suave plata y de furioso oro» que una diosa de la mitología de William Blake apresó para un hombre, en redes de seda; las aves de metal que fueron nodrizas de Ares y Talos, el guardián de la isla de Creta.1 Algunos lo declaran obra de Vulcano o de Dédalo; Apolonio de Rodas, en su Argonáutica, refiere que era el último superviviente de una Raza de Bronce.

Tres veces al día daba la vuelta a la isla de Creta y arrojaba peñascos a los que pretendían desembarcar. Caldeado al rojo vivo, abrazaba a los hombres y los mataba. Sólo era vulnerable en el talón; guiados por la hechicera Medea, Cástor y Pólux, los Dióscuros, le dieron muerte.

1. A la serie podemos agregar un animal de tiro: el rápido jabalí Guillinbursti, cuyo nombre quiere decir El de Cerdas de Oro, y que también se llama Slidrugtanni (El de Peligrosos Colmillos). «Esta obra viva de herrería —escribe el mitólogo Paul Herrmann— salió de la fragua de los habilidosos enanos; éstos arrojaron al fuego una piel de cerdo y sacaron un jabalí de oro, capaz de recorrer la tierra, el agua y el aire. Por oscura que sea la noche, siempre hay bastante claridad en el sitio en que esté el jabalí.» Guillinbursti tira del coche de Freyr, dios escandinavo de la generación y de la fecundidad.




Las Ninfas

Paracelso limitó su habitación a las aguas, pero los antiguos las dividieron en ninfas de las aguas y de la tierra. De éstas últimas, algunas presidían sobre los bosques. Las hamadríadas moraban invisiblemente en los árboles y perecían con ellos; de otras se creyó que eran inmortales o que vivían miles de años. Las que habitaban en el mar se llamaban oceánidas o nereidas; las de los ríos, náyades. Su número preciso no se conoce; Hesíodo aventuró la cifra de tres mil. Eran doncellas graves y hermosas; verlas podía provocar la locura y, si estaban desnudas, la muerte. Una línea de Propercio así lo declara.

Los antiguos les ofrendaban miel, aceite y leche. Eran divinidades menores; no se erigieron templos en su honor.


El Zaratán

Hay un cuento que ha recorrido la geografía y las épocas: el de los navegantes que desembarcan en una isla sin nombre, que luego se abisma y los pierde, porque está viva. Figura esta invención en el primer viaje de Simbad y en el canto vi del Orlando FuriosoCh’ella sia una isoletta ci credemo»); en la leyenda irlandesa de San Brandán y en el bestiario griego de Alejandría; en la Historia de las Naciones Septentrionales (Roma, 1555) del prelado sueco Olao Magno y en aquel pasaje del primer canto del Paraíso Perdido, en el que se compara al yerto Satán con una gran ballena que duerme sobre la espuma noruega («Him hap’ly slumbering on the Norway foam»).

Paradójicamente, una de las primeras redacciones de la leyenda la refiere para negarla. Consta en el Libro de los Animales de Al-Yahiz, zoólogo musulmán de principios del siglo ix. Miguel Asín Palacios la ha vertido al español con estas palabras:
En cuanto al zaratán, jamás vi a nadie que asegurase haberlo visto con sus ojos.

Algunos marineros pretenden que a veces se han aproximado a ciertas islas marítimas y en ellas había bosques y valles y grietas y han encendido un gran fuego; y cuando el fuego ha llegado al dorso del zaratán, ha comenzado éste a deslizarse (sobre las aguas) con ellos (encima) y con todas las plantas que sobre él había, hasta tal punto, que sólo el que consiguió huir pudo salvarse. Este cuento colma todos los relatos más fabulosos y atrevidos.


Consideremos ahora un texto del siglo xiii. Lo escribió el cosmógrafo Al-Qazwiní y procede de la obra titulada Maravillas de las Criaturas. Dice así:
En cuanto a la tortuga marina, es de tan desaforada grandeza que la gente del barco la toma por una isla. Uno de les mercaderes ha referido:

«Descubrimos en el mar una isla que se elevaba sobre el agua, con verdes plantas, y desembarcamos y en la tierra y cavamos hoyos para cocinar, y la isla se movió, y los marineros dijeron: Vuelvan, porque es una tortuga, y el calor del fuego la ha despertado, y puede perdernos


En la Navegación de San Brandán se repite la historia:
...y entonces navegaron, y arribaron a aquella tierra, pero como en algunos lugares había escasa profundidad, y en otros, grandes rocas, fueron a una isla, que creyeron segura, e hicieron fuego para cocinar la cena, pero San Brandán no se movió del buque. Y cuando el fuego estaba caliente, y la carne a punto de asarse, esta isla empezó a moverse, y los monjes se asustaron, y huyeron al buque, y dejaron el fuego y la carne, y se maravillaron del movimiento. Y San Brandán los reconfortó y les dijo que era un gran pez llamado Jasconye, que día y noche trata de morderse la cola, pero es tan largo que no puede.1
En el bestiario anglosajón del códice de Exeter, la peligrosa isla es una ballena, «astuta en el mal», que embauca deliberadamente a los hombres. Éstos acampan en su lomo y buscan descanso de los trabajos de los mares; de pronto, el Anfitrión del Océano se sumerge y los marineros se ahogan. En el bestiario griego, la ballena quiere significar la ramera de los Proverbios («sus pies descienden a la muerte: sus pasos sustentan el sepulcro»); en el bestiario anglosajón, el Diablo y el Mal. Guardará ese valor simbólico en Moby Dick, que se escribirá diez siglos después.

1. Véase el artículo El urobobos, más adelante.



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