El Libro de los Seres Imaginarios Jorge Luis Borges Margarita Guerrero



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El Burak

El primer versículo del capítulo xvii del Alcorán consta de estas palabras: «Alabado sea Él que hizo viajar; durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestros signos». Los comentadores declaran que el alabado es Dios, que el siervo es Mahoma, que el templo sagrado es el de la Meca, que el templo distante es el de Jerusalén y que, desde Jerusalén, el profeta fue transportado al séptimo cielo. En las versiones más antiguas de la leyenda, Mahoma es guiado por un hombre o un ángel; en las de fecha posterior, se recurre a una cabalgadura celeste, mayor que un asno y menor que una mula. Esta cabalgadura es Burak, cuyo nombre quiere decir resplandeciente. Según Burton, los musulmanes de la India suelen representarlo con cara de hombre, orejas de asno, cuerpo de caballo y alas y cola de pavo real.

Una de las tradiciones islámicas refiere que Burak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de agua. El Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo y conversó en cada uno con los patriarcas y ángeles que lo habitan y atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El tiempo de los hombres no es conmensurable con el de Dios; a su regreso, el Profeta levantó la jarra de la que aún no se había derramado una sola gota.

Miguel Asín Palacios habla de un místico murciano del siglo xiii, que en una alegoría que se titula Libro del Nocturno Viaje hacia la Majestad del más Generoso ha simbolizado en Burak el amor divino. En otro texto se refiere al «Burak de la pureza de la intención».




Fauna de los Estados Unidos

La jocosa mitología de los campamentos de hacheros de Wisconsin y de Minnesota incluye singulares criaturas, en las que, seguramente, nadie ha creído.


El Hidebehind siempre está detrás de algo. Por más vueltas que diera un hombre, siempre lo tenía detrás y por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y devorado a muchos leñadores.
El Roperite, animal del tamaño de un petiso, tiene un pico semejante a una cuerda, que le sirve para enlazar los conejos más rápidos.
El Teakettler debe su nombre al ruido que hace, semejante al del agua hirviendo de la caldera del té; echa humo por la boca, camina para atrás y ha sido visto muy pocas veces.
El Axebandle Hound tiene la cabeza en forma de hacha, el cuerpo en forma de mango de hacha, patas retaconas, y se alimenta exclusivamente de mangos de hacha.
Entre los peces de esta región están los Upland Trouts que anidan en los árboles, vuelan muy bien y tienen miedo al agua.
Existe además el Goofang, que nada para atrás para que no se le meta el agua en los ojos y es del tamaño exacto del pez rueda, pero mucho más grande.
No olvidemos el Goofus Bird, pájaro que construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo.
El Gillygaloo anidaba en las escarpadas laderas de la famosa Pyramid Forty. Ponía huevos cuadrados para que no rodaran y se perdieran. Los leñadores cocían estos huevos y los usaban como dados.
El Pinnacle Grouse sólo tenía un ala que le permitía volar en una sola dirección, dando infinitamente la vuelta a un cerro cónico. El color del plumaje variaba según las estaciones y según la condición del observador.


El Fénix Chino

Los libros canónicos de los chinos suelen defraudar, porque les falta lo patético a que nos tiene acostumbrados la Biblia. De pronto, en su razonable decurso, una intimidad nos conmueve. Ésta, por ejemplo, que registra el séptimo libro de las Analectas de Confucio:


Dijo el Maestro a sus discípulos:

—¡Qué bajo he caído! Hace ya tiempo que no veo en mis sueños al príncipe de Chu.


O ésta, del noveno:
El Maestro dijo:

—No viene el fénix, ningún signo sale del río. Estoy acabado.


El «signo» (explican los comentadores) se refiere a una inscripción en el lomo de una tortuga mágica. En cuanto al fénix (feng), es un pájaro de colores resplandecientes, parecido al faisán y al pavo real. En épocas prehistóricas, visitaba los jardines y los palacios de los emperadores virtuosos, como un visible testimonio del favor celestial. El macho, que tenía tres patas, habitaba en el Sol.

En el primer siglo de nuestra era, el arriesgado ateo Wang Ch’ung negó que el fénix constituyera una especie fija. Declaró que así como la serpiente se transforma en un pez y la rata en una tortuga, el ciervo, en épocas de prosperidad general, suele asumir la forma del unicornio, y el ganso, la del fénix. Atribuyó esta mutación al «líquido propicio» que, dos mil trescientos cincuenta y seis años antes de la era cristiana, hizo que en el patio de Yao, que fue uno de los emperadores modelo, creciera pasto de color escarlata. Como se ve, su información era deficiente o más bien excesiva.

En las regiones infernales hay un edificio imaginario que se llama Torre del Fénix.


Los Silfos

A cada una de las cuatro raíces o elementos, en que los griegos habían dividido la materia, correspondió después un espíritu. En la obra de Paracelso, alquimista y médico suizo del siglo xvi, figuran cuatro espíritus elementales: los gnomos de la tierra, las ninfas del agua, las salamandras del fuego y los silfos o sílfides del aire. Estas palabras son de origen griego. Littré ha buscado la etimología de silfo en las lenguas celtas, pero es del todo inverosímil que Paracelso conociera o siquiera sospechara esas lenguas.

Nadie cree en los silfos, ahora; pero la locución figura de sílfide sigue aplicándose a las mujeres esbeltas, como elogio trivial. Los silfos ocupan un lugar intermedio entre los seres materiales y los inmateriales. La poesía romántica y el ballet no los han desdeñado.


El Golem

Nada casual podemos admitir en un libro dictado por una inteligencia divina, ni siquiera el número de las palabras o el orden de los signos; así lo entendieron los cabalistas y se dedicaron a contar, combinar y permutar las letras de la Sagrada Escritura, urgidos por el ansia de penetrar los arcanos de Dios, Dante, en el siglo xiii, declaró que todo pasaje de la Biblia tiene cuatro sentidos, el literal, el alegórico, el moral y el anagógico; Escoto Erígena, más consecuente con la noción de divinidad, ya había dicho que los sentidos de la Escritura son infinitos, como los colores de la cola del pavo real. Los cabalistas hubieran aprobado este dictamen; uno de los secretos que buscaron en el texto divino fue la creación de seres orgánicos. De los demonios se dijo que podían formar criaturas grandes y macizas, como el camello, pero no finas y delicadas, y el rabino Eliezer les negó la facultad de producir algo de tamaño inferior a un grano de cebada. Golem se llamó al hombre creado por combinaciones de letras; la palabra significa, literalmente, una materia amorfa o sin vida.

En el Talmud (Sanhedrin, 65, b) se lee:
Si los justos quisieran crear un mundo, podrían hacerlo. Combinando las letras de los inefables nombres de Dios, Rava consiguió crear un hombre y lo mandó a Rav Zera. Éste le dirigió la palabra; como el hombre no respondía, el rabino le dijo:

—Eres una creación de la magia; vuelve a tu polvo.

Dos maestros solían cada viernes estudiar las Leyes de la Creación y crear un ternero de tres años, que luego aprovechaban para la cena.1
La fama occidental del Golem es obra del escritor austriaco Gustav Meyrink, que en el quinto capítulo de su novela onírica Der Golem (1915) escribe así:
El origen de la historia remonta al siglo xvii. Según perdidas fórmulas de la cábala, un rabino2 construyó un hombre artificial —el llamado Golem— para que éste tañera las campanas en la sinagoga e hiciera los trabajos pesados. No era, sin embargo, un hombre como los otros y apenas lo animaba una vida sorda y vegetativa. Ésta duraba hasta la noche y debía su virtud al influjo de una inscripción mágica, que le ponían detrás de los dientes y que atraía las libres fuerzas siderales del universo. Una tarde, antes de la oración de la noche, el rabino se olvidó de sacar el sello de la boca del Golem y éste cayó en un frenesí, corrió por las callejas oscuras y destrozó a quienes se le pusieron delante. El rabino, al fin, lo atajó y rompió el sello que lo animaba. La criatura se desplomó. Sólo quedó la raquítica figura de barro, que aún hoy se muestra en la sinagoga de Praga.
Eleazar de Worms ha conservado la fórmula necesaria para construir un Golem. Los pormenores de la empresa abarcan veintitrés columnas en folio y exigen el conocimiento de los «alfabetos de las 221 puertas» que deben repetirse sobre cada órgano del Golem. En la frente se tatuará la palabra emet, que significa verdad. Para destruir la criatura, se borrará la letra inicial, porque así queda la palabra met, que significa muerto.

1. Parejamente, Schopenhauer escribe: «En la página 325 del primer tomo de su Zauberbibliothek (Biblioteca Mágica), Horst compendia así la doctrina de la visionaria inglesa Jane Lead: Quien posee fuerza mágica, puede, a su arbitrio, dominar y renovar el reino mineral, el reino vegetal y el reino animal; bastaría, por consiguiente, que algunos magos se pusieran de acuerdo para que toda la Creación retornara al estado paradisíaco.» (Sobre la Voluntad en la Naturaleza, vii.)

2. Judah Loew ben Bezabel.


El Grifo

Monstruos alados dice de los grifos Heródoto, al referir su guerra continua con los arimaspos; casi tan impreciso es Plinio que habla de las largas orejas y del pico curvo de estos «pájaros fabulosos» (x, 70). Quizá la descripción más detallada es la del problemático Sir John Mandeville, en el capítulo 85 de sus famosos Viajes:


De esta tierra [Turquía] los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados y astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la que hacen tela. En esa tierra hay ypotains [hipopótamos] que a veces moran en la tierra, a veces en el agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y sólo se alimentan de hombres, cuando los consiguen. En esa tierra hay muchos grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están hechos; pero el grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto que cien águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el jinete, o dos bueyes uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en los pies, del grandor de cuerpos de bueyes, y con éstas hacen copas para beber, y con las costillas, arces para tirar.
En Madagascar, otro famoso viajero, Marco Polo, oyó hablar del roc y al principio entendió que se referían al ucello grifone, al pájaro grifo (Milione, clxviii).

En la Edad Media, la simbología del grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que significa el demonio; en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: «Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila porque, después de la resurrección, sube al cielo.»

En el canto xxix del Purgatorio, Dante sueña un carro triunfal tirado por un grifo; la parte de águila es de oro, la de león es blanca, mezclada con bermejo, por significar, según los comentadores, la naturaleza humana de Cristo.1 (Blanco mezclado con bermejo, da el color de la carne.)

Otros entienden que Dante quería simbolizar el Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron, en su Iconografía Cristiana: «El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de Dios a recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza y con vigor.»

1. Éstos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares (5-10-11): Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro.


El Cien Cabezas

El cien cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buddha refiere que éste se encontró con unos pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buddha le preguntó:

—¿No eres Kapila?

—Soy Kapila —respondieron las cien cabezas antes de morir.

El Buddha explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados. A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía cabeza de mono, cabeza de perro, etc. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.


Haniel, Kafziel, Azriel Y Aniel

En Babilonia, Ezequiel vio en una visión cuatro animales o ángeles, «y cada uno tenía cuatro rostros, y cuatro alas» y «la figura de sus rostros era rostro de hombre, y rostro de león a la parte derecha, y rostro de buey a la parte izquierda, y los cuatro tenían asimismo rostro de águila.» Caminaban donde los llevara el espíritu, «cada uno en derecho de su rostro», o de sus cuatro rostros, tal vez creciendo mágicamente, hacia los cuatro rumbos. Cuatro ruedas «tan altas que eran horribles» seguían a los ángeles y estaban llenas de ojos alrededor.

Memorias de Ezequiel inspiraron los animales de la Revelación de San Juan, en cuyo capítulo iv se lee:
Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y en medio del trono; y al derredor del trono cuatro animales llenos de ojos delante y detrás. Y el primer animal era semejante a un león, y el segundo animal, semejante a un becerro, y el tercer animal tenía la cara como hombre, y el cuarto animal, semejante al águila que vuela. Y los cuatro animales tenían cada uno por sí seis alas al derredor; y de dentro estaban llenos de ojos; y no tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, Santa, Santo es el Señor Dios Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir.
En el Zohar o Libro del Esplendor se agrega que los cuatro animales se llaman Haniel, Kafziel, Azriel y Aniel, y que miran al Oriente, al Norte, al Sur y al Occidente.

Stevenson preguntó que si tales cosas había en el Cielo, qué no habría en el Infierno. Del pasaje anterior del Apocalipsis derivó Chesterton su ilustre metáfora de la noche: «un monstruo hecho de ojos».



Hayoth (seres vivientes) se llaman los ángeles cuádruples del Libro de Ezequiel; para el Sefer Yetsirah, son los diez números que sirvieron, con las veintidós letras del alfabeto, para crear este mundo; para el Zohar, descendieron de la región superior, coronados de letras.

De los cuatro rostros de los Hayoth derivaron los evangelistas sus símbolos; a Mateo le tocó el ángel, a veces humano y barbado; a Marcos, el león; a Lucas, el buey; a Juan, el águila. San Gerónimo, en su comentario a Ezequiel, ha procurado razonar estas atribuciones. Dice que a Mateo le fue dado el ángel (el hombre), porque destacó la naturaleza humana del Redentor; a Marcos, el león, porque declaró su dignidad real; a Lucas, el buey, emblema de sacrificio, porque mostró su carácter sacerdotal; a Juan, el águila, por su vuelo ferviente.

Un investigador alemán, el doctor Richard Hennig, busca el remoto origen de estos emblemas en cuatro signos del Zodíaco, que distan noventa grados uno del otro. El león y el toro no ofrecen la menor dificultad; el ángel ha sido identificado con Acuario, que tiene cara de hombre, y el águila de Juan con Escorpio, rechazado por juzgarse de mal agüero. Nicolás de Vore, en su Diccionario de Astrología propone también esta hipótesis y observa que las cuatro figuras se juntan en la esfinge, que puede tener cabeza humana, cuerpo de toro, garras y cola de león y alas de águila.


La Banshee

Nadie parece haberla visto; es menos una forma que un gemido que da horror a las noches de Irlanda y (según la Demonología y Hechicería de Sir Walter Scott) de las regiones montañosas de Escocia. Anuncia al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Es privilegio peculiar de ciertos linajes de pura sangre celta, sin mezcla latina, sajona o escandinava. La oyen también en Gales y en Bretaña. Pertenece a la estirpe de las hadas. Su gemido lleva el nombre de keening.




El Hipogrifo

Para significar imposibilidad o incongruencia, Virgilio habló de encastar caballos con grifos. Cuatro siglos después, Servio el comentador afirmó que los grifos son animales que de medio cuerpo arriba son águilas, y de medio abajo, leones. Para dar mayor fuerza al texto, agregó que aborrecen a los caballos... Con el tiempo, la locución Jungentur jam grypes equis1 llegó a ser proverbial; a principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto la recordó e inventó al hipogrifo. Águila y león conviven en el grifo de los antiguos; caballo y grifo en el hipogrifo ariostesco, que es un monstruo o una imaginación de segundo grado. Pietro Micheli hace notar que es más armonioso que el caballo con alas.

Su descripción puntual, escrita para un diccionario de zoología fantástica, consta en el Orlando Furioso:
No es fingido el corcel, sino natural, porque un grifo lo engendró en una yegua. Del padre tiene la pluma y las alas, las patas delanteras, el rostro y el pico; las otras partes, de la madre y se llama Hipogrifo. Vienen (aunque, a decir verdad, son muy raros) de los montes Rifeos, más allá de los mares glaciales.
La primera mención de la extraña bestia es engañosamente casual:
Cerca de Rodona vi un caballero que tenía un gran corcel alado.
Otras octavas dan el estupor y el prodigio del caballo que vuela. Ésta es famosa:
E vede l’oste e tutta la famiglia,

E chi a finestre a chi fuor ne la via,

Tener levati al ciel occhi e le ciglia,

Come l’Ecclisse a la Cometa sia.

Vede la Donna un’alta maraviglia,

Che di leggier creduta non saria:

Vede passar un gran destriero alato,

Che porta in aria un cavalliero armato.
(Y vio al huésped y a toda la familia,

Ya otros en las ventanas y en las calles,

Que elevaban al cielo los ojos y las cejas,

Como si hubiera un eclipse o un cometa.

Vio la mujer una alta maravilla,

Que no sería fácil de creer:

Vio pasar un gran corcel alado,

Que llevaba por los aires a un caballero armado.)


Astolfo, en uno de los cantos finales, desensilla el hipogrifo y lo suelta.

1. Cruzar grifos con caballos.




Haokah, Dios del Trueno

Entre los indios sioux, Haokah usaba los vientos como palillos para que resonara el tambor del trueno. Sus cuernos demostraban que era también dios de la caza. Lloraba cuando estaba contento; reía cuando triste. Sentía el frío como el calor y el calor como frío.




La Hidra de Lerna

Tifón (hijo disforme de la Tierra y del Tártaro) y Equidna, que era mitad hermosa mujer y mitad serpiente, engendraron la hidra de Lerna. Cien cabezas le cuenta Diódoro el historiador; nueve, la Biblioteca de Apolodoro. Lemprière nos dice que esta última cifra es la más recibida; lo atroz es que, por cada cabeza cortada, dos le brotaban en el mismo lugar. Se ha dicho que las cabezas eran humanas y que la del medio era eterna. Su aliento envenenaba las aguas y secaba los campos. Hasta cuando dormía, el aire ponzoñoso que la rodeaba podía ser la muerte de un hombre. Juno la crió para que se midiera con Hércules.

Esta serpiente parecía destinada a la eternidad. Su guarida estaba en los pantanos de Lerna. Hércules y Yolao la buscaron; el primero le cortó las cabezas y el otro fue quemando con una antorcha las heridas sangrantes. A la última cabeza, que era inmortal, Hércules la enterró bajo una gran piedra, y donde la enterraron estará ahora, odiando y soñando.

En otras aventuras con otras fieras, las flechas que Hércules mojó en la hiel de la hidra causaron heridas mortales.

Un cangrejo, amigo de la hidra, mordió durante la pelea el talón del héroe. Éste lo aplastó con el pie. Juno lo subió al cielo, y ahora es una constelación y el signo de cáncer.


La Mandrágora

Como el borametz, la planta llamada mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, iv, 3). Pitágoras la llamó antropomorfa: el agrónomo latino Lucio Columela, semi-homo, y Alberto Magno pudo escribir que las mandrágoras figuran la humanidad, con la distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra Judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.

La supuesta forma humana de las mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidemica, 1646) habla de la grasa de los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente. Mandrágora, en alemán, es alraune; antes se dijo alruna; la palabra trae su origen de runa, que significó misterio, cosa escondida, y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.

El Génesis (xxx, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la mandrágora. En el siglo xii, un comentador judío-alemán del Talmud escribe este párrafo:


Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal.
El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la que se lee en la Odisea, en el libro x; «La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos.»


El Kami

Según un pasaje de Séneca, Tales de Mileto enseñó que la tierra flota en el agua, como una embarcación, y que el agua, agitada por las tormentas, causa los terremotos. Otro sistema sismológico nos proponen los historiadores, o mitólogos, japoneses del siglo viii.

En una página famosa se lee:
Bajo la Tierra —de llanuras juncosas— yacía un Kami (un ser sobrenatural) que tenía la forma de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el Magno Dios de la Isla de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y le atravesó la cabeza. Cuando el Kami se agita, el Magno Dios se apoya en la empuñadura y el Kami vuelve a la quietud.
(El pomo de la espada, labrado en piedra, sobresale del suelo a unos pocos pasos del templo de Kashima. Seis días y seis noches cavó en el siglo xviii un señor feudal, sin dar con el fin de la hoja.)

Para el vulgo, el Jinshin-Uwo, o Pez de los Terremotos, es una anguila de setecientas millas de largo que lleva el Japón en el lomo. Corre de Norte a Sur; la cabeza viene a quedar bajo Kioto, la punta de la cola bajo Awomori. Algún racionalista se ha permitido invertir ese rumbo, porque en el Sur abundan los terremotos y resulta más fácil imaginar un movimiento de la cola. De algún modo, este animal es análogo al Bahamut de las tradiciones arábigas y al Midgardsorm de la Edda.

En ciertas regiones lo sustituye sin ventaja apreciable el Escarabajo de los Terremotos, el Jinshin-Mushi. Tiene cabeza de dragón, diez patas de araña y está recubierto de escamas. Es bestia subterránea no submarina.

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