El Libro de los Seres Imaginarios Jorge Luis Borges Margarita Guerrero



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El Behemoth

Cuatro siglos antes de la era cristiana, Behemoth era una magnificación del elefante o del hipopótamo, o una incorrecta y asustada versión de esos dos animales; ahora es, exactamente, los diez versículos famosos que lo describen (Job 40: 10-19) y la vasta forma que evocan. Lo demás es discusión o filología.

El nombre Behemoth es plural; se trata (nos dicen los filólogos) del plural intensivo de la voz hebrea b’hemah, que significa bestia. Como dijo fray Luis de León en su Exposición del Libro de Job: «Behemoth es palabra hebrea, que es como decir bestias; al juicio común de todos sus doctores, significa el elefante, llamado ansí por su desaforada grandeza, que siendo un animal vale por muchos».

A título de curiosidad recordemos que también es plural el nombre de Dios, Elohim, en el primer versículo de la Ley, aunque el verbo que rige está en singular («En el principio hizo los Dioses el cielo y la tierra») y que esta formación ha sido llamada plural de majestad o de plenitud...1

Éstos son los versículos que figuran en el Behemoth, en la traducción literal de fray Luis de León, que se propuso «conservar el sentido latino y el aire hebreo, que tiene su cierta majestad»:
10. Ves agora a Behemoth; yerba como buey come.

11. Ves; fortaleza suya en sus lomos, y poderío suyo en ombligo de su vientre.

12. Menea su cola como cedro; nervios de sus vergüenzas enhebrados.

13. Sus huesos fístulas de bronce; como vara de hierro.

14. El principio de caminos de Dios, quien le hizo aplicará su cuchillo.2

15. Que a él montes le producen yerba, y todas las bestias del campo hacen juegos allí.

16. Debajo de sombríos pace: en escondrijo de caña, en pantanos húmedos.

17. Cúbrenle sombríos su sombra; cercáranle sauces del arroyo.

18. Ves; sorberá río, y no maravilla; y tiene fiucia (fiducia, confianza) que el Jordán pasará por su boca.

19. En sus ojos como anzuelo le prenderá; con palos agudos horadará sus narices.

Agregamos, para aclaración de lo anterior, la versión de Cipriano de Valera:3
10. He aquí ahora Behemoth, al cual yo hice contigo; yerba come como buey.

11. He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos; y su fortaleza en el ombligo de su vientre.

12. Su cola mueve como un cedro; y los nervios de sus genitales son entretejidos.

13. Sus huesos son fuertes como acero, y sus miembros como barras de hierro.

14. Él es la cabeza de los caminos de Dios: el que le hizo le acercará de su espada.

15. Ciertamente los montes llevan renuevo para él; y toda bestia del campo retoza allá.

16. Debajo de las sombras se echará, en lo oculto de las cañas, y de los lugares húmedos.

17. Los árboles sombríos le cubren con su sombra; los sauces del arroyo le cercan.

18. He aquí que él robará el río que no corra; y confíase que el Jordán pasará por su boca.

19. Él le tomará por sus ojos en los tropezaderos, y le horadará la nariz.

1. Análogamente, en la Gramática de la Real Academia Española se lee: «Nos, sin embargo de ser plural por su naturaleza, suele juntarse con nombres del número singular cuando de sí propias hablan personas constituidas en dignidad; v. gr.: Nos, D. Luis Belluga, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica Obispo de Cartagena».

2. Es la mayor de las maravillas de Dios, pero Dios, que lo hizo, lo destruirá.

3. Las voces en bastardilla no figuran en el original hebreo y han sido suplidas por el traductor.


Una Cruza

Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina de los ratones. Horas y horas pasa en acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato. Lo alimento con leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano: Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo su poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, cómo se llama, etcétera. No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino. En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí, es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria; es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez —eso le acontece a cualquiera— yo no veía modo de salir de dificultades económicas, yo estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable.


Franz Kafka


Cronos o Hércules

El tratado Dudas y Soluciones sobre los Primeros Principios del neoplatónico Damascio registra una curiosa versión de la teogonía y cosmogonía de Orfeo, en la que Cronos —o Hércules— es un monstruo:


Según Gerónimo y Helánico (si los dos no son uno solo), la doctrina órfica enseña que en el principio hubo agua y lodo, con los que se amasó la tierra. Estos dos principios puso como primeros: agua y tierra. De ellos salió el tercero, un dragón alado, que por delante mostraba la cabeza de un toro, por detrás la de un león y por el medio el rostro de un dios; lo llamaron Cronos que no envejece y también Heracles. Con él nació la Necesidad, que también se llama la Inevitable, y que se dilató sobre el Universo y tocó sus confines... Cronos, el dragón, sacó de sí una triple simiente: el húmedo Éter, el ilimitado Caos y el nebuloso Erebo. Debajo de ellos puso un huevo, del que saldría el mundo. El último principio fue un dios que era hombre y mujer, con alas de oro en las espaldas y cabezas de toro en los flancos, y sobre la cabeza un desmesurado dragón, igual a toda suerte de fieras...
Tal vez porque lo desaforado y monstruoso parece menos propio de Grecia que del Oriente, Walter Kranz atribuye a estas invenciones una procedencia oriental.


Garuda

Vishnu, segundo dios de la Trinidad que preside el panteón brahmánico, suele cabalgar en la serpiente que llena el mar, o en el ave garuda. A Vishnu lo representan azul y provisto de cuatro brazos que sostienen la clava, el caracol, el disco y el loto; a garuda, con alas, rostro y garras de águila y tronco y piernas de hombre. El rostro es blanco, las alas de color escarlata, y el cuerpo, de oro. Imágenes de garuda, labradas en bronce o en piedra, suelen coronar los monolitos de los templos. En Gwalior hay uno, erigido por un griego, Heliodoro, devoto de Vishnu, más de un siglo antes de la era cristiana.

En el Garuda-purana (que es el decimoséptimo de los puranas, o tradiciones), el docto pájaro declara a los hombres el origen del universo, la índole solar de Vishnu, las ceremonias de su culto, las ilustres genealogías de las casas que descienden de la luna y del sol, el argumento del Ramayana y diversas noticias que se refieren a la versificación, a la gramática y a la medicina.

En el Nagananda (Alegría de las Serpientes), drama compuesto por un rey en el siglo vii, garuda mata y devora una serpiente todos los días, hasta que un príncipe budista le enseña las virtudes de la abstención. En el último acto, el arrepentido hace que vuelvan a la vida los huesos de las serpientes devoradas. Eggeling sospecha que esta obra es una sátira brahmánica del budismo.

Nimbarka, místico de fecha insegura, ha escrito que garuda es un alma salvada para siempre; también son almas la corona, los aros y la flauta del dios.


Los Elfos

Son de estirpe germánica. De su aspecto poco sabemos, salvo que son siniestros y diminutos. Roban hacienda y roban niños. Se complacen asimismo en diabluras menores. En Inglaterra se dio el nombre de elf-lock (rizo de elfo) a un enredo del pelo, porque lo suponían obra de elfos. Un exorcismo anglosajón les atribuye la malévola facultad de arrojar desde lejos minúsculas flechas de hierro, que penetran sin dejar un rastro, en la piel y causan dolores neurálgicos. En alemán, pesadilla se traduce por alp, los etimólogos derivan esa palabra de elfo, dado que en la Edad Media era común la creencia que los elfos oprimían el pecho de los durmientes y les inspiraban sueños atroces.




El Borametz

El cordero vegetal de Tartaria, también llamado borametz y polypodium borametz y polipodio chino, es una planta cuya forma es la de un cordero, cubierta de pelusa dorada. Se eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan, sale un jugo sangriento. Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Browne la describe en el tercer libro de la obra Pseudodoxia Epidémica (Londres, 1646). En otros monstruos se combinan especies o géneros animales; en el borametz, el reino vegetal y el reino animal.

Recordemos a este propósito, la mandrágora, que grita como un hombre cuando la arrancan, y la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infiemo, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de hojas.


El Dragón

Una gruesa y alta serpiente con garras y alas es quizá la descripción más fiel del dragón. Puede ser negro, pero conviene que también sea resplandeciente; asimismo suele exigirse que exhale bocanadas de fuego y de humo. Lo anterior se refiere, naturalmente, a su imagen actual; los griegos parecen haber aplicado su nombre a cualquier serpiente considerable. Plinio refiere que en el verano el dragón apetece la sangre del elefante, que es notablemente fría. Bruscamente lo ataca, se le enrosca y le clava los dientes. El elefante exangüe rueda por tierra y muere; también muere el dragón, aplastado por el peso de su adversario. También leemos que los dragones de Etiopía, en busca de mejores pastos, suelen atravesar el Mar Rojo y emigrar a Arabia. Para ejecutar esa hazaña, cuatro o cinco dragones se abrazan y forman una especie de embarcación, con las cabezas fuera del agua. Otro capítulo hay dedicado a los remedios que se derivan del dragón. Ahí se lee que sus ojos, secados y batidos con miel, forman un linimento eficaz contra las pesadillas. La grasa del corazón del dragón guardada en la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones de un ciervo asegura el éxito en los litigios; los dientes, asimismo atados al cuerpo, hacen que los amos sean indulgentes y los reyes graciosos. El texto menciona con escepticismo una preparación que hace invencibles a los hombres. Se elabora con pelo de león, con la médula de ese animal, con la espuma de un caballo que acaba de ganar una carrera, con las uñas de un perro y con la cola y la cabeza de un dragón.

En el libro xi de la Ilíada se lee que en el escudo de Agamenón había un dragón azul y tricéfalo; siglos después los piratas escandinavos pintaban dragones en sus escudos y esculpían cabezas de dragón en las proas de las naves. Entre los romanos, el dragón fue insignia de la cohorte, como el águila de la legión; tal es el origen de los actuales regimientos de dragones. En los estandartes de los reyes germánicos de Inglaterra había dragones; el objeto de tales imágenes era infundir terror a los enemigos. Así, en el romance de Athis se lee:
Ce souloient Romains porter,

Ce nous fait moult à redouter.
(Esto solían llevar los romanos,

Esto hace que nos teman muchísimo.)


En el Occidente el dragón siempre fue concebido como malvado. Una de las hazañas clásicas de los héroes (Hércules, Sigurd, San Miguel, San Jorge) era vencerlo y matarlo. En las leyendas germánicas, el dragón custodia objetos preciosos. Así, en la Gesta de Beowulf, compuesta en Inglaterra hacia el siglo viii, hay un dragón que durante trescientos años es guardián de un tesoro. Un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un jarro. El dragón se despierta, advierte el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos, baja a la caverna y la revisa bien. (Admirable ocurrencia del poeta atribuir al monstruo esa inseguridad tan humana.) El dragón empieza a desolar el reino; Beowulf lo busca, combate con él y lo mata.

La gente creyó en la realidad del dragón. Al promediar el siglo xvi, lo registra la Historia Animalium de Conrad Gesner, obra de carácter científico.

El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los dragones. Creemos en el león como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, ya que no como realidad; el dragón es acaso el más conocido pero también el menos afortunado de los animales fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas. Empero, en la Revelación de San Juan se habla dos veces del dragón, «la vieja serpiente que es el Diablo y es Satanás». Análogamente, San Agustín escribe que el Diablo «es león y dragón; león por el ímpetu, dragón por la insidia». Jung observa que en el dragón están la serpiente y el pájaro, los elementos de la tierra y el aire.


El Dragón Chino

La cosmogonía china enseña que los Diez Mil Seres (el mundo) nacen del juego rítmico de dos principios complementarios y eternos, que son el Yin y el Yang. Corresponden al Yin la concentración, la oscuridad, la pasividad, los números pares y el frío; al Yang, el crecimiento, la luz, el ímpetu, los números impares y el calor. Símbolos del Yin son la mujer, la tierra, el anaranjado, los valles, los cauces de los ríos y el tigre; del Yang, el hombre, el cielo, el azul, las montañas, los pilares, el dragón.

El dragón chino, el lung, es uno de los cuatro animales mágicos. (Los otros son el unicornio, el fénix y la tortuga.) En el mejor de los casos, el dragón occidental es aterrador, y en el peor, ridículo; el lung de las tradiciones, en cambio, tiene divinidad y es como un ángel que fuera también un león. Así, en las Memorias Históricas de Ssu-Ma Ch’ien leemos que Confucio fue a consultar al archivero o bibliotecario Lao Tse y que, después de la visita, manifestó:
—Los pájaros vuelan, los peces nadan y los animales corren. El que corre puede ser detenido por una trampa, el que nada por una red y el que vuela por una flecha. Pero ahí está el dragón; no sé cómo cabalga en el viento ni cómo llega al cielo. Hoy he visto a Lao Tse y puedo decir que he visto al dragón.
Un dragón o un caballo-dragón surgió del Río Amarillo y reveló a un emperador el famoso diagrama circular que simboliza el juego recíproco del Yang y el Yin; un rey tenía en sus establos dragones de silla y de tiro; otro se nutrió de dragones y su reino fue próspero. Un gran poeta, para ilustrar los riesgos de la eminencia, pudo escribir: «El unicornio acaba como fiambre, el dragón como pastel de carne.»

En el I King (Canon de las mutaciones), el dragón suele significar el sabio.

Durante siglos, el dragón fue un emblema imperial. El trono del emperador se llamó el Trono del Dragón; su rostro, el Rostro del Dragón. Para anunciar que el emperador había muerto, se decía que había ascendido al firmamento sobre un dragón.

La imaginación popular vincula el dragón a las nubes, a la lluvia que los agricultores anhelan y a los grandes ríos. La tierra se une con el dragón es una locución habitual para significar la lluvia. Hacia el siglo vi, Chang Seng-Yu ejecutó una pintura mural en la que figuraban cuatro dragones. Los espectadores lo censuraron porque había omitido los ojos. Chang, fastidiado, retomó los pinceles y completó dos de las sinuosas imágenes. Entonces, «el aire se pobló de rayos y truenos, el muro se agrietó y los dragones ascendieron al cielo. Pero los otros dos dragones sin ojos se quedaron en su lugar».

El dragón chino tiene cuernos, garras y escamas, y su espinazo está como erizado de púas. Es habitual representarlo con una perla, que suele tragar o escupir; en esa perla está su poder. Es inofensivo si se la quitan.

Chuang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte de matar dragones, y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo.




El Devorador de las Sombras

Hay un curioso género literario que independientemente se ha dado en diversas épocas y naciones: la guía del muerto en las regiones ultraterrenas. El Cielo y el Infierno de Swedenborg, las escrituras gnósticas, el Bardo Tbödol de los tibetanos (título que, según Evans-Wentz, debe traducirse Liberación por Audición en el Plano de la Posmuerte) y el Libro Egipcio de los Muertos no agotan los ejemplos posibles. Las «simpatías y diferencias» de los dos últimos han merecido la atención de los eruditos; bástenos aquí repetir que para el manual tibetano el otro mundo es tan ilusorio como éste y para el egipcio es real y objetivo.

En los dos textos hay un tribunal de divinidades, algunas con cabeza de mono; en los dos, una ponderación de las virtudes y de las culpas. En el Libro de los Muertos, una pluma y un corazón ocupan los platillos de la balanza; en el Bardo Tbödol, piedritas de color blanco y de color negro. Los tibetanos tienen demonios que ofician de furiosos verdugos; los egipcios, el devorador de las sombras.

El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no haber hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las medidas, no haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los animales, no haber apresado los pájaros de los dioses.

Si miente, los cuarenta y dos jueces lo entregan al devorador «que por delante es cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo». Lo ayuda otro animal, Babaí, del que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco identifica con un titán, padre de la Quimera.


El Caballo del Mar

A diferencia de otros animales fantásticos, el caballo del mar no ha sido elaborado por combinación de elementos heterogéneos; no es otra cosa que un caballo salvaje cuya habitación es el mar y que sólo pisa la tierra cuando la brisa le trae el olor de las yeguas, en las noches sin luna. En una isla indeterminada —acaso Borneo— los pastores manean en la costa las mejores yeguas del rey y se ocultan en cámaras subterráneas; Simbad vio el potro que salía del mar y lo vio saltar sobre la hembra y oyó su grito.

La redacción definitiva del Libro de las Mil y Una Noches data, según Burton, del siglo xiii; en el siglo xiii nació y murió el cosmógrafo Al-Qazwiní que, en su tratado Maravillas de las Criaturas, escribió estas palabras: «El caballo marino es como el caballo terrestre, pero las crines y la cola son más crecidas y el color más lustroso y el vaso está partido como el de los bueyes salvajes y la alzada es menor que la del caballo terrestre y algo mayor que la del asno». Observa que el cruzamiento de la especie marina y de la terrestre da hermosísimas crías y menciona un potrillo de pelo oscuro, «con manchas blancas como piezas de plata».

Wang Tai-hai, viajero del siglo xviii, escribe en la Miscelánea China:


El caballo marino suele aparecer en las costas en busca de la hembra; a veces lo apresan. El pelaje es negro y lustroso; la cola es larga y barre el suelo; en tierra firme anda como los otros caballos, es muy dócil y puede recorrer en un día centenares de millas. Conviene no bañarlo en el río, pues en cuanto ve el agua recobra su antigua naturaleza y se aleja nadando.
Los etnólogos han buscado el origen de esta ficción islámica en la ficción grecolatina del viento que fecunda las yeguas. En el libro tercero de las Geórgicas, Virgilio ha versificado esta creencia. Más rigurosa es la exposición de Plinio (viii, 67): «Nadie ignora que en Lusitania, en las cercanías de Olisipo (Lisboa) y de las márgenes del Tajo, las yeguas vuelven la cara al viento occidental y quedan fecundadas por él; los potros engendrados así resultan de admirable ligereza, pero mueren antes de cumplir los tres años».

El historiador Justino ha conjeturado que la hipérbole hijos del viento, aplicada a caballos muy veloces, originó esta fábula.




La Esfinge

La esfinge de los monumentos egipcios (llamada androesfinge por Heródoto, para distinguirla de la griega) es un león echado en la tierra y con cabeza de hombre; representaba, se conjetura, la autoridad del rey y custodiaba los sepulcros y templos. Otras, en las avenidas de Karnak, tienen cabeza de carnero, el animal sagrado de Amón. Esfinges barbadas y coronadas hay en los monumentos de Asiria y la imagen es habitual en la gemas persas. Plinio, en su catálogo de animales etiópicos, incluye las esfinges, de las que no precisa otro rasgo que el pelaje pardo rojizo y los pechos iguales.

La esfinge griega tiene cabeza y pechos de mujer, alas de pájaro, y cuerpo y pies de león. Otros le atribuyen cuerpo de perro y cola de serpiente. Se refiere que desolaba el país de Tebas, proponiendo enigmas a los hombres (pues tenía voz humana) y devorando a quienes no sabían resolverlos. A Edipo, hijo de Yocasta, le preguntó:

—¿Qué ser tiene cuatro pies, dos pies o tres pies, y cuantos más tiene es más débil?1

Edipo contestó que era el hombre, que de niño se arrastra en cuatro pies, cuando es mayor anda en dos y a la vejez se apoya en un báculo. La esfinge, descifrado el enigma, se precipitó desde lo alto de su montaña.

De Quincey, hacia 1849, sugirió una segunda interpretación, que puede complementar la tradicional. El sujeto del enigma, según De Quincey, es menos el hombre genérico que el individuo Edipo desvalido y huérfano en su mañana, solo en la edad viril y apoyado en Antígona en la desesperada y ciega vejez.

1. Así es, parece, la versión más antigua. Los años le agregaron la metáfora que hace de la vida del hombre un solo día. Ahora se formula de esta manera: ¿Cuál es el animal que anda en cuatro pies a la mañana, en dos al mediodía, y en tres a la tarde?

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