El lenguaje de los vínculos. De la independencia absoluta a la autonomía relativa



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La tensión esencial

El sujeto cartesiano construyó un mundo estable de sustancias eternas y relaciones matemáticas expresadas en leyes univer­sales. Un mundo de líneas causales independientes, y absoluta­mente predecibles en su curso. Un mundo donde el sujeto estaba dividido en compartimientos estancos: cuerpo y alma, conoci­miento, emoción, acción. Un universo donde el hombre estaba solo en un mundo extraño, sordo a su ruido como a su música. Este sujeto moderno se pensaba capaz de reflejar la naturaleza a la que miraba desde afuera. El universo era un gran mecanismo y la racionalidad humana era maquinal. Esta perspectiva tuvo un gran éxito al lograr producir contextos estandarizados, patrones socialmente compartidos de evaluación y producción, sociedades altamente disciplinadas por un rígido sistema de mecanización del trabajo y por el establecimiento de sistemas de educación generalizados que garantizaran la transmisión de estas concepcio­nes. La vida siguió el ritmo del reloj que indicaba cuándo debían hacerse las cosas. Los "ritmos de la naturaleza" fueron arrancados de cuajo del ámbito de lo legítimo. El hambre debía seguir a la aguja de la hora o al silbato de la fábrica. Sin embargo, el estó­mago no siguió siempre con docilidad los dictados de las leyes modernas ni de los encargados de hacerlas cumplir. Primero con lentitud y cada vez más aceleradamente, las cosas se fueron de la horma y los hombres comenzaron a resistirse a las normas, dan­do lugar a un cambio de mirada, de sensibilidad, de actitud y, por lo tanto, a una transformación del mundo.

En esta agonía de la modernidad, están cayendo las certezas y las estabilidades. Cada vez se hace más necesario pensar los problemas del cambio y la creatividad, la aparición de novedad cualitativa, la transformación, pero no sólo del mundo sino de nosotros mismos, ya que nos hemos dado cuenta de que somos parte de la naturaleza y que nuestro conocimiento de ella está ligado a nuestra propia transformación. Lo único natural en el sujeto complejo es la conciencia de ser a la vez natural y artificial: el sujeto complejo se ve a sí mismo construir el mundo, se ve unido al mundo, perteneciente a él y con autonomía relativa, inseparable y a la vez distinguible, ocupando un lugar paradójico: es a la vez construido y constructor. Construido en su intercam­bio social, ya que sólo adviene como sujeto en la cultura, en la red relacional de la que forma parte, ligado al imaginario social compartido.

En la actualidad el sujeto puede pensarse como un partícipe activo y coartífice del mundo donde vive, un mundo en interacción, de redes fluidas en evolución, un mundo en el que son posibles tanto el determinismo como el azar, el cristal y el humo, acontecimiento y linealidad, sorpresa y conocimiento. Al abrirnos a nuevas formas de concebir, pensar y actuar, nos damos cuenta de que no existe "una única regla para jugar todos los juegos y, sin embargo, el diálogo es posible y podemos jugar este juego de juegos en el que la realidad sin ser irracional, desborda lo racio­nal (Atlan, 1991). Somos muchos los que ya no nos creemos desgajados del árbol de la naturaleza, que ya no nos concebimos como "pura objetividad", ni pensamos que nosotros como sujetos seamos sólo "pura subjetividad". En un mundo en interacción no hay lugar para ¡a pureza, la independencia, la separación absolu­ta y, por lo tanto, los sistemas cognitivos excluyentes, la raciona­lidad única de la modernidad, la creencia en las teorías completas y definitivas, también dejan de tener vigencia.



Los seres humanos convivimos en un universo vincular en evolución, nos relacionamos con él atravesados por la emoción, somos cocreadores del mundo en el que vivimos merced a nues­tra interacción compleja con lo real. El mundo, desde la perspec­tiva de la complejidad y de las redes de interacción, es concebido como una variedad de escenarios que emergen desde diversas convocatorias, ya que son posibles diversas objetivaciones y, aún más, que pueden vivir simultáneamente. En este mismo momen­to, una comunidad virtual de la red electrónica Internet conversa sobre el ciberespacio y un indígena del Mato Grosso recorre el Amazonas en su canoa pensando que la Tierra es chata, un joven profesor de física enseña las leyes newtonianas de movi­miento, que aún nos sirven para pensar muchos fenómenos, mientras en la central atómica bullen las reacciones nucleares producto de las teorías que han desplazado a la física clásica. Los mecánicos siguen utilizando modelos causales deterministas que son imprescindibles en su tarea, mientras los científicos de la complejidad diseñan nuevos tipos de vida. Y no sólo entre distin­tas comunidades y civilizaciones; en una misma persona se dan diversos modos de pensamiento en distintas situaciones. HOY podemos pensar en la posibilidad de órdenes diversos que coexisten en la mirada compleja del sujeto de fin de la Modernidad. La diversidad es la marca de la época, el reconocimiento de la diferencia y de la alteridad, de la interacción que hace posible el encuentro. La metáfora de la red, especialmente la de los flujos variables con desplazamiento de los puntos de encuentro y reno­vación de las pautas de conexión, se ha mostrado especialmente apta para pensar y construir estas nuevas formas de convivencia que permitan gestar nuevos mundos en el que seamos coprota­gonistas coevolucionando gracias al permanente interjuego del encuentro y la diferencia. Ya no estamos atados a un destino ina­pelable, regido por leyes deterministas, en el que el tiempo era una imagen móvil de la eternida”. La flexibilidad de los sistemas complejos, su apertura regulada, los provee de la posibilidad de cambiar o de mantenerse en relación con su intercambio con un ambiente que ya no es un único contexto estable, sino un ámbito multidimensional ligado a nuestra mirada y a nuestra acción. Ya no se trata de adaptarse pasivamente a un ambiente fijo, sino de coevolucionar en un intercambio activo. En nuestro siglo, Einstein nos ha provisto de poderosas herramientas para abandonar el espacio y el tiempo absolutos. El espacio ya no es un reservorio único e inerte, y a su vez el cambio "marca el tiem­po", que ya no es más externo, independiente, absoluto, sino propio, interno y fluctuante. Esta concepción relativista nos abre la puerta para plantear diversos mundos posibles. Pero, una vez aceptada la diversidad se hace posible y necesario un intercam­bio fecundo, una "fertilización cruzada" que sólo puede darse a condición de reconocer los ámbitos de pertenencia, la diversidad y su legitimidad; porque no debemos confundir interacción con indistinción. Para que haya relación tiene que haber tanto seme­janzas como diferencias. En el mismo sentido, debemos darnos cuenta de que la autonomía de un sistema abierto y complejo sólo es posible mediante una ligazón flexible con el contexto, que ya no es un ámbito separado sino que está enredado en el sistema. El otro es una hipótesis necesaria en el paradigma de la complejidad; sólo en relación con los otros hay un "yo", y desde este lugar emerge la ética del diálogo y la convivencia, que sólo se da reconociendo la validez ‑en cada contexto‑ de las distintas aproximaciones. Porque aunque cada racionalidad cree su mun­do y lo que llamamos hechos sean construcciones sociales (y no realidades en sí), ello no implica que los criterios que los hicie­ron surgir no tengan valor alguno. Sólo nos dice que no hay un criterio absoluto de racionalidad o de verdad válido en todo tiem­po y lugar. Desde esta perspectiva, el paradigma de la simplici­dad no está destinado al "museo de los errores", sino que tiene y tendrá un legítimo campo de aplicación en contextos estandariza­dos, estables y en equilibrio, cuando son norma las interacciones mecánicas y el ruido sólo provoca destrucción. En cambio, en sis­temas complejos, la diferencia, el otro, el conflicto, el aconteci­miento no programado son los que posibilitan el crecimiento y la evolución.

Las redes sociales son el ámbito por excelencia de la interac­ción humana; sin embargo, varios siglos de concepciones totali­tarias y excluyentes fosilizaron buena parte de nuestras relacio­nes. Hoy urge preguntarnos cómo construir un diálogo fecundo entre distintas racionalidades. El primer paso consiste en distin­guirlas, configurarlas, respetarlas. Una alternativa ‑frente al mode­lo modernista de aplastamiento de una razón por otra, o a las tentaciones new age de eliminar las diferencias‑ puede ser poner la paradoja en movimiento y saltar a otro plano. Es decir, ser capaces de pensar y de crear otro mundo donde sea posible pre­servar el valor y la autonomía de cada cultura o sistema explica­tivo, y que cada uno tome respecto del otro el papel de "insemi­nador de metáforas": es decir, de novedad y de creación.

Frente a la razón excluyente, la alternativa de mantener la diferencia se muestra mucho más fecunda (no en vano ésta ha sido la estrategia de la vida a través de la reproducción sexual). Al reconocer la legitimidad de cada una de las descripciones (lineal y no lineal, continua y discontinua, analítica y sintética, mecanicista y compleja, atomista o en red), aumentamos nuestras alternativas de interacción con el mundo, ya que ninguna puede agotar todas las posibilidades (¡ni es completada por las otras!). Al tornar los pares de opuestos y ponerlos en movimiento aparecen nuevos planos de la realidad para explorar y enriquecernos. Los científicos de la complejidad y los investigadores y facilitadores sociales que piensan en términos de la metáfora de las redes nos convidan a internarnos en los laberintos multidimensionales del conocimiento, la acción y la emoción de un sujeto complejo, compartiendo un imaginario con nuestros semejantes y un mun­do diverso con todas las criaturas, donde nuestros propios creci­miento y evolución están ligados a los de los demás en una red multiforme de interacciones dinámicas. En este escenario, la red social se entrama con la red natural, el hombre con el cosmos, en un diálogo incesante y productivo.

En el universo en red, la certeza es menos importante que la creatividad y la predicción menos que la comprensión. El punto de partida no es ya nuestra extrañeza en el mundo, sino un sen­timiento de profunda pertenencia, de legitimidad del otro, de su racionalidad, de su accionar y de la apertura a un diálogo emo­cionado en una interacción que no niegue el conflicto sino que reconozca la diferencia como la única vía hacia la evolución.

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 Publicado en “Redes el lenguaje de los vínculos”, Paidós, Buenos Aires, 1995.

1 Posmoderno, tardomoderno, sobremoderno son algunos de los términos utilizados para nombrar a nuestra época. No es éste el lugar para discutir las virtudes y defectos de cada uno, pero sí de aclarar en qué sentido hablo del fin de la modernidad. Mi propósito es indicar que estamos saliendo de una época, que aún no pasamos a otra civilización, sino que más bien estamos viviendo a la vez la ag6nía de un modo de vida‑conocimiento‑acción y empezando a parir otras formas de relacionarnos con los contextos donde con‑vivimos.

2 Considero el sentido común como la parte más estable y compartida del conocimiento social en un momento dado. Por lo tanto, una nueva teoría siempre se encuentra alejada del "sentido común", ya que éste ha sido forjado según el estilo cognitivo de teorías, paradigmas y cosmovisiones anteriores.

3 Agradezco a Daniel García el haberme hecho notar que no es la prime vez que en la historia y en la literatura aparecen intercambios de afecto p dinero o poder. La diferencia de la modernidad con épocas anteriores se debe fundamentalmente a la extensión social del privilegio del intercambio cuantitativo y mercantil, que convierte todo lo existente en objeto de compra‑venta

4 Octavio Paz ha planteado claramente esta vocación antipoética de la modernidad. "El racionalismo burgués es, por decirlo así, constitucionalmente adverso a la poesía [... ] La poesía no es un género moderno; su naturaleza pro­funda es hostil o indiferente a los dogmas de la modernidad: el progreso y la sobre valoración del futuro. [ ... 1 la poesía, cualquiera sea el contenido manifiesto del poema, es siempre una transgresión a la racionalidad y la moralidad de la sociedad burguesa" (Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la fe, México, Fondo de Cultura Económica, 1991).

5 La idea de un tiempo métrico no nació de un repollo. En ciertas historias de la Ciencia parecería que Galileo concibió e impuso una idea que era total­mente novedosa y ajena a su época; sin embargo, nuevas historiografias propo­nen otra interpretación. La protoidea de un tiempo métrico ya estaba en germen en la práctica musical, materia obligatoria de la educación de toda persona culta en el Medioevo. La escritura de la música polifónica exigía el desarrollo de un sistema simbólico para representar y comparar las duraciones. Así nació la cro­nometría.

6 Los centímetros y los segundos no existen en la naturaleza sino median­te nuestra producción conceptual de sistemas de medid2> y aparatos para encar­narlos. Por otra parte, es importante destacar que los "patrones" de medida depositados en París nunca fueron aceptados por los ingleses, ya que éstos tenían muy claro la necesidad de preservar sus propias escalas. Hasta la actua­lidad, los países de habla inglesa continúan utilizando sus peculiares sistemas de medida, para nosotros tan "complicados" (libras, pulgadas, grados Fahrenheit, galones, etc.).

7 También los términos que corresponden a "moderación" y "meditación" poseen esta raíz común. Al respecto nos dice David Bohm que "física, social y mentalmente, la conciencia de la medida interna de las cosas fue considerada como la clave esencial de una vida saludable, feliz y armoniosa" (1980). (Agra­dezco los comentarios de los doctores M. Vul y A. Kornblith respecto de la eti­mología de nuestro término "medir" que proviene del latín metiri y que expresa nuestra concepción actual de medida en comparación con un patrón externo.) Los griegos, sin embargo, privilegiaron la idea de medida interna muy por enci­ma de la de "medida externa", a la que también desde luego conocían. En mi trabajo "De EL TIEMPO a las temporalidades", figura mederi como origen eti­mológico del "medir", cuando lo es de "curar", debido a una errónea redacción del texto, que no aclaraba la raíz original del término.

8 Frederick Taylor fue uno de los pioneros de la teoría de dirección científica de las organizaciones. La concepción mecánica fue el núcleo de la pers­pectiva intelectual de este ingeniero norteamericano, del que se ha dicho que fue "el mayor enemigo del trabajador. En 1mágenes de la organización" Gareth Morgan (1991) plantea que [... ] en las fábricas de producción en serie, donde las ideas de Taylor constituyen la propia tecnología, convirtiéndose a los trabajadores en meros sirvientes de las máquinas, siendo éstas las que llevan el control y marcan el paso del trabajo".

9 Galileo publicó en italiano y Descartes en francés en una época en que los filósofos lo hacían en latín. No debe extrañarnos, puesto que debían con­vencer a sus contemporáneos de teorías muy alejadas del sentido común de la época. Por lo tanto, trataron de llegar a un público más amplio que el de sus pares. Cuando las concepciones del mundo de la Modernidad se naturalizaron y pasaron a llamarse descripciones, los científicos ya no tenían que convencer a nadie y nuevamente produjeron lenguajes herméticos, desapasionados y abu­rridos. Respecto de los lenguajes "cerrados" nos dice M. Serres que son "noci­vos en la ciencia y en la filosofía, casi todas las palabras técnicas no tienen otra finalidad que separar a los iniciados de los excluidos" (1991). Sólo los fundado­res de doctrinas profundamente revolucionarias y provocativas como Freud escribieron en un estilo emocionalmente comprometido y con una prosa atrac­tiva y persuasiva. (Tal vez por ello resulte particularmente llamativo que muchos de sus seguidores hayan adoptado una jerga incomprensible.)

10 Agradezco al contador Bleger el haberme hecho notar la diferencia entre eficacia y eficiencia. La primera es un parámetro global que implica sola­mente la posibilidad de llevar adelante una tarea más o menos dignamente, y por lo tanto es multidimensional y compleja; la eficiencia es monodimensional y lineal, por lo tanto sólo tiene sentido en contextos estables.

11 E. Morin (1994) ha destacado que se obtiene tanto un "plus" debido a que las interacciones producen propiedades emergentes que no estaban presen­tes en las partes, pero también se da un minus porque las ligaduras de la orga­nización impiden que se manifiesten algunas características de las partes que no pueden, por lo tanto, expresarse.
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