El lenguaje de los vínculos. De la independencia absoluta a la autonomía relativa



Descargar 133,77 Kb.
Página4/5
Fecha de conversión08.07.2017
Tamaño133,77 Kb.
1   2   3   4   5

Navegando hacia el mar de la complejidad:

Trescientos años después de la gran síntesis newtoniana, los científicos desalentados por el fracaso en la búsqueda de partícu­las elementales han comenzado a utilizar otras metáforas y a con­cebir modelos más complejos, ricos y extraños. El mundo "de los ladrillitos elementales" se desmoronó estrepitosamente al sonido de las trompetas cuánticas. Todo el universo físico es visto hoy como una inmensa "red de interacciones" donde nada puede definirse de manera absolutamente independiente, y en el que se enseñorea el "efecto mariposa" (cuya versión popular dice que cuando una mariposa aletea en el Mar de la China puede "causar" un tornado en Nueva York). La concepción de la partícula, y por lo tanto de la materia, se ha transformado al punto que podemos decir que se ha desmaterializado. Hemos pasado de una concepción estática ‑el átomo como una bola de billar‑ a una descripción dinámica que nos habla de una red o patrón de inte­racciones.

La transformación conceptual que viene de la mano de una nueva metáfora como la del universo como red o entramado de relaciones, y los individuos como nodos de esa red, excede lar­gamente a la transformación de la imagen del mundo propuesta por la fisica. La lingüística ha recorrido un largo camino en este siglo, dejando muy atrás las concepciones atomistas y la metáfora del lenguaje como "espejo" de la realidad, para plantear en la actualidad una multiplicidad de concepciones que han abandona­do la idea de la palabra como partícula elemental del lenguaje, para presentarnos una concepción en red multidimensional de los fenómenos lingüísticos. En el ámbito de la sociología, de las teorías organizacionales y de la economía no ha sido menos dra­mática la transformación de las ideas sobre la organización social. Desde una concepción mecánica, con interacciones rígidas pro­pias de la metáfora "piramidal" de la organización, característica del taylorismo, estamos asistiendo a la legitimación de otras for­mas de concebir lo social: las redes y las organizaciones "heterár­quicas" (von Foerster, 1991). La Batalla de las Islas Midway nos provee de un maravilloso ejemplo para diferenciar la concepción jerárquica ‑donde sólo gobierna el 'Jefe Supremo" y la línea de mando va únicamente de arriba abajo‑ del modelo heterárquico donde el poder circula. En esa contienda, la flota japonesa estuvo a punto de destruir a la estadounidense. En verdad, el barco insignia de Estados Unidos fue hundido en los primeros minu­tos, y su flota fue abandonada a su propia organización, yendo de una jerarquía a una heterarquía. Lo que pasó entonces fue que el encargado de cada barco, grande o pequeño, tomaba el comando de toda la flota cuando se daba cuenta de que, dada su posición en ese momento, sabía mejor lo que había que hacer. Como todos sabemos, el resultado fue la destrucción de la flota japonesa. Este modelo de organización heterárquica no sólo ha dado grandes resultados en la estrategia militar sino que ha guiado buena parte de la investigación en redes neuronales, uno de los proyectos científicos más importantes de este fin de siglo. En el campo de la información y las comunicaciones, la revolu­ción no ha sido menos drástica: las redes informáticas sustituye­ron casi completamente a las gigantescas computadoras que cen­tralizaban toda la información por un sistema de alta interconexión, donde ésta está distribuida y es más rápida y efi­cientemente accesible.

Una vez que se ha establecido la conexión metafórica, no es difícil "ver" las cosas en términos de redes. Toda empresa, por ejemplo, tiene un organigrama que se supone representa su estructura organizacional; sin embargo, todos los que han traba­jado en instituciones saben que existe un entramado d2 relacio­nes que excede y se diferencia enormemente del esquema for­mal. Las teorías clásicas no podían dar cuenta de esta red de relaciones informales porque no la veían; el tamiz metodológico caracterizado por la metáfora mecanicista dejaba pasar todo lo que no era formalizable dentro de los estrechos marcos de la matemática linealizable, y retenía sólo las "estructuras formales". Esta invisibilidad de las relaciones informales se debía a que la mentalidad newtoniana no contaba con un sistema conceptual que permitiera legitimar cognitivamente aquello que no era cuan­tificable y formalizable dentro de su marco teórico‑metodológico. Todavía hoy tenemos grandes dificultades para incorporar el pun­to de vista implicado en la metáfora de la red, tanto a nivel de las organizaciones propiamente dichas como de la sociedad en su conjunto. La mayoría de las personas siguen pensándose como individuos aislados (partículas elementales) y no como parte de múltiples redes de interacciones: familiares, de amistad, laborales, recreativas (ser miembros de un club), políticas (formales: ser miembros de un partido; informales: ser votantes, simpatizantes de una organización), culturales (haber pertenecido o participar actualmente de una institución cultural o educativa), informativas (ser lectores, escritores o productores en un medio de comunica­ción), etcétera. Las disciplinas científicas siguen en muchos casos pensando en términos de compartimientos estancos y territorios exclusivos, creyéndose independientes de la cultura y la sociedad que las nutre. Sin embargo, son cada vez más los que adoptan otros paradigmas, otros sistemas de enfoque, y generan nuevas narraciones y escenarios donde transcurre la vida social del hom­bre de fines de la Modernidad.

Las ciencias han comenzado a dar cuenta de la multidimen­sionalidad que se abre cuando pasamos de las metáforas mecáni­cas al pensamiento complejo, que toma en cuenta las interaccio­nes dinámicas y las transformaciones. Ha comenzado a gestarse una cultura que no piensa el universo como un reloj sino como "archipiélagos de orden en un mar de caos": la cultura de la complejidad. La civilización que creyó en las certezas definitivas, en el conocimiento absoluto y el progreso permanente se derrumba y están abriéndose paso nuevos modos de pensar, de sentir, de actuar y vivir en el mundo. Desde finales del siglo pasa­do, la concepción newtoniana y moderna del mundo comenzó a presentar importantes fisuras. La geometría euclidiana que se suponía absoluta, completa y única tuvo que tolerar la aparición de otras competidoras en pie de igualdad con ella misma; la físi­ca relativista y la cuántica abrieron el juego a una nueva concep­ción del observador y de la realidad; la termodinámica de siste~ mas abiertos generó un espacio de pensamiento novedoso para los problemas del determinismo y el azar, además de dar cuenta de los procesos irreversibles y de la historia en la física. En la actualidad, se están desarrollando nuevas concepciones que contemplan la evolución de una manera muy distinta de la metáfora competitiva de la "supervivencia de los más aptos". La aparición, la propagación y la incorporación de nuevos términos como coe­volución, salto, diversidad, organización compleja, autoorganiza­ción, así como la extensión del estado de deliberación sobre los fundamentos de la biología hacen pensar que nos estamos apro­ximando a un cambio muy profundo. Estos nuevos paradigmas de la ciencia han abierto el camino a lo que hoy conocemos como ciencias de la complejidad, que implican una nueva mane­ra de pensarnos a nosotros mismos, la ciencia que producimos y el mundo que construimos gracias a nuestras teorías y nuestra capacidad creativa.

La evolución de la física puede concebirse según Einstein como un desarrollo contra el sentido común. Los científicos "duros" no dudaron en producir lo que Popper denominó "con­jeturas audaces" y dieron rienda suelta a la imaginación creativa sin consultar a epistemólogos ni metodólogos sobre cómo llevar adelante su tarea. ¿Qué ha pasado en este tiempo con las ciencias humanas y el sujeto? Los investigadores en ciencias "blandas", en cambio, han vivido una verdadera tiranía metodológica por parte de la epistemología empirista‑positivista que se autoerigió en juez de la cientificidad y elevó su peculiar concepción de lo científico a la categoría de "lo que la ciencia es". Esto ha llevado a que todos aquellos que aceptaron su discurso desarrollaran progra­mas de investigación lejos de la teorización atrevida; es decir, a quedar con los pies en la tierra, y la cabeza también. Quienes, por el contrario, desoyeron los dictámenes del tribunal epistemológico fueron expulsados de la santa tierra científica, y sus hipó­tesis fueron calificadas de irracionales, seudocientíficas o meras fantasías. En particular, todas las teorías del sujeto que salieran del marco clásico quedaron en el limbo de la no‑ciencia. El psi­coanálisis fue una de las víctimas preferidas de los ataques de furia de varios jueces epistemológicos, autoerigidos en tribunal inapelable, entre los que se destacaron sir K. Popper y nuestro compatriota Mario Bunge.

A partir de mediados de este siglo, comenzaron a oírse nue­vas narraciones que abrieron insospechados espacios de búsque­da. Todos los pensadores pospositivistas coinciden en que el conocimiento no puede ser ya concebido como la imagen espe­cular de la realidad, sino que el conocimiento expresa la forma peculiar de la relación humano‑mundo en un lenguaje simbólico producto de la vida cultural y del intercambio con el medio ambiente. El conocimiento no es el producto de un sujeto radi­calmente separado de la naturaleza sino el resultado de la inte­racción global del hombre con el mundo al que pertenece. El observador es hoy partícipe y creador del conocimiento. El mun­do en el que vivimos los humanos no es un mundo abstracto, un contexto pasivo, sino nuestra propia creación simbólico‑vivencial. Cada cosmovisión, sistema de ideas y creencias, cada paradigma han nacido de la interacción intelectual, sensorial y afectiva de los seres humanos con el mundo. Muchas y muy diversas conste­laciones conceptuales se han mostrado compatibles con una vida razonablemente eficaz del hombre sobre la Tierra. No hay ningún criterio que permita decir que alguna haya sido absolutamente superior a las otras, o que algunos hombres gocen de la preclara propiedad de la objetividad y que los otros no. La diversidad cul­tural humana también da por tierra con el postulado de objetivi­dad. Sin embargo, que nuestras ideas del mundo sean construc­ciones no quiere decir que el universo sea un "objeto mental", sino que al conocer no podemos desconectar nuestras propias categorías de conocimiento, nuestra historia, nuestras experien­cias y nuestras sensaciones. Es por eso que se puede decir que los humanos sólo conocen sus propias construcciones del mun­do. No sabemos cómo viven o sienten el mundo los perros y otras especies animales, ni siquiera conocemos profundamente cómo conciben el mundo otras culturas diferentes de la nuestra, como los aborígenes del desierto del Kalahari o los esquimales. Sabemos que otros pueblos utilizan distintas categorías cogniti­vas, que conciben un mundo totalmente diferente del nuestro, que nuestras creencias no son compartidas ‑ni mucho menos ­por otras civilizaciones, y que esto no las hace desaparecer del mapa. El mundo que construimos no depende sólo de nosotros, sino que emerge de la interacción multidimensional de los seres humanos con su ambiente, del que son inseparables. Y como nos muestra la gran diversidad cultural, muchos mundos diversos son posibles.

El "observador" está dando paso al "sujeto", ya que en el ser humano la capacidad de observar, como la de pensar, sentir o actuar, son inseparables y forman parte de un sistema multidi­mensional: el sujeto complejo. Desde la perspectiva de las cien­cias de la complejidad, el sujeto no es meramente un individuo, es decir un átomo social, ni una sumatoria de células que forman un aparato mecánico, sino que es una unidad heterogénea y abierta al intercambio. El sujeto no es una sumatoria de capacida­des, propiedades o constituyentes elementales; es una organiza­ción emergente de la interacción de suborganizaciones entre las que se destacan la cognición, la emoción y la acción; que son las formas de interacción del sujeto con el mundo. El sujeto sólo adviene como tal en la trama relacional de su sociedad.

Al hablar de organización emergente estoy poniendo el acen­to en que la comprensión del sujeto no puede reducirse a la de ninguno de los subsistemas, sino que surge de la interacción y debido a ella; no se trata de mera suma o yuxtaposición. Hemos abandonado el modelo mecanicista para pasar a la metáfora del ser vivo. Éste es siempre más que la suma de sus partes. La inte­racción produce un "plus" de significado y permite, entre otras cosas, que emerja una totalidad, una unidad11. Pero ya no se trata de una unidad elemental "pura", sin estructura interna, sino que hablamos de unidades heterogéneas, complejas, abiertas y en permanente intercambio. En estas unidades complejas las partes son distinguibles pero no independientes; sus propiedades y su significado se adquieren con la interacción en el seno del todo mayor.

Al hablar de interacciones ya estamos incluyendo la variable temporal, las cosas no "son" sino que "devienen" en las interac­ciones. Las propiedades ya no están en las cosas sino entre las cosas, en el intercambio. Un objeto no es pesado ni liviano, sino para alguien, en ciertas circunstancias, en determinado momento, respecto a ciertas expectativas. El "ser pesado" no es una catego­ría de los objetos sino de la relación del sujeto humano con ellos. Desde esta nueva mirada, tampoco el sujeto es un ser, una sus­tancia, una estructura o una cosa sino un devenir en las interac­ciones. Las nociones de historia y vínculos son los pilares funda­mentales para construir una nueva perspectiva transformadora de nuestra experiencia del mundo, no sólo en el nivel conceptual, sino que implica también abrirnos a una nueva sensibilidad y a otras formas de actuar y de conocer, ya que desde la mirada compleja estas dimensiones son inseparables en el con‑vivir humano.

Estamos pasando de las ciencias de la conservación a las de la creación, porque aunque parezca paradójico a primera vista, la noción de historia está estrechamente ligada a la de creatividad en un universo evolutivo y complejo. Liberadas del determinismo clásico, las teorías actuales han dejado lugar a la diferencia como factor de creación y cambio, de selección de rumbos. La historia no es mera repetición, ni despliegue de lo ya contenido en el pasado; incluye acontecimientos que no están predeterminados. El ruido, el azar, el otro, lo distinto son las fuentes de novedad radical y vías para el aumento de complejidad, y no meros "defectos despreciables". Esta transformación conceptual vino de la mano del pensar que no existen sólo sistemas cerrados y cerca del equilibrio sino también sistemas abiertos para los que el equi­librio significa la muerte. Es para estos sistemas, entre los que están todos los seres vivos, que el error, el ruido, pueden ser fuente de novedad, ya que en estos sistemas complejos lo que en un nivel es "error" puede ser re‑contextualizado y aprovechado como factor de evolución (Atlan, 1991). La diferencia es mera aberración sólo desde la monológica del sistema cerrado y lineal. Para la experiencia multidimensional de los sistemas abiertos se abre un abanico de alternativas, en la medida en que su encuen­tro con la naturaleza, en la que estamos activamente incluidos, es un diálogo multiforme.

El sujeto no es lo dado biológicamente, sino lo construido en el intercambio en un medio social humano en un mundo com­plejo. Es a través de los vínculos sociales de afecto, de lenguaje, de comportamientos que el sujeto se va autoorganizando. Von Foerster destacó la paradoja de los llamados "sistemas autoorga­nizadores", que sólo pueden existir en permanente intercambio con su entorno, del que se nutren para organizarse. Todos los seres vivos, y también otros sistemas complejos, tienen la capaci­dad de autoorganizarse. Los seres humanos no venimos "prepro­gramados", ni siquiera respecto de nuestro desarrollo biológico; sólo algunas características están rígidamente establecidas en el código genético, pero gran parte del desarrollo de los seres vivos es el producto de la coevolución en un medio ambiente con el que están en permanente intercambio. La idea de que la vida podría desarrollarse en un contexto estable es simplemente absurda, vida es inter‑cambio, de materia, de energía, de infor­mación.

Ahora bien, no debemos confundir el sujeto con la subjetivi­dad. Ésta es la forma peculiar que adopta el vínculo humano­ mundo en cada uno de nosotros; es el espacio de libertad y crea­tividad, el espacio de la ética. El sujeto no se caracteriza solamente por su subjetividad, sino por ser al mismo tiempo capaz de objetivar, es decir de convenir, de acordar en el seno de la comunidad, de producir un imaginario común y, por lo tanto, de construir su realidad. Lo que los positivistas llamaban "el mun­do objetivo" es para las ciencias de la complejidad una construc­ción imaginaria compartida, un mundo simbólico creado en la interacción multidimensional del sujeto con el mundo del que forma parte. El mundo donde vivimos es un mundo humano, mundo simbólico, mundo construido en nuestra interacción con lo real, con lo que está afuera del lenguaje, con el misterio que opone resistencia a nuestras creaciones, y que a la vez las hace posibles. Los sujetos son la fuente de novedad, brindan el espa­cio de la creatividad, lo que Castoriadis (1983) denominó "imagi­nario radical", ese ámbito no sujeto a una lógica determinista, espacio ambiguo donde habita la diferencia que posibilita la crea­tividad. Pero la novedad que aporta el sujeto será parte de la his­toria sólo cuando logre un lugar en el imaginario compartido, si no pasará inadvertida o será tomada por locura.

La metáfora del sistema viviente, que impregna muchos desa­rrollos de las ciencias de la complejidad, incluye una gran varie­dad de supuestos e hipótesis fundamentales, entre los que se destacan:

a) Las partes de un todo complejo y sus propiedades sólo adquieren sentido en la interacción, y por relación con la organi­zación total: hipótesis de identidad dinámica.

b) La totalidad no puede explicarse por sus componentes. El sistema presenta interacciones facilitadoras, inhibidoras y transfor­maciones internas que llevan a afirmar las hipótesis de Totalidad Compleja no totalmente especificable.

c) El sistema complejo es un sistema abierto en altísima inte­racción con su medio; su identidad dinámica sólo se conserva a través de múltiples ligaduras con el medio, del que se nutre y al que modifica. Las ligaduras con el medio son la condición de posibilidad para la libertad del sistema: hipótesis de autonomía relativa. Ya no existe un destino inapelable, regido por leyes deterministas. La flexibilidad del sistema, su apertura regulada, le provee la posibilidad de cambiar o de mantenerse, en relación con sus interacciones con su ambiente.

d) El contexto no es un ámbito separado e inerte, sino el lugar de los intercambios; a partir de allí el universo entero pue­de ser considerado una inmensa "red de interacciones" donde nada puede definirse de manera absolutamente independiente: hipótesis del universo como entramado relacional.

e) En todas aquellas situaciones en que se produzcan interac­ciones, ya sean positivas (sinérgicas) o negativas (inhibidoras) o cuando intentemos pensar el cambio cualitativo, no tiene sentido preguntarse por la causa de un acontecimiento, ya que no hay independencia ni posibilidad de sumar efectos, sino transforma­ción. Sólo podemos preguntarnos por las condiciones de emer­gencia, por los factores coproductores que se relacionan con la aparición de la novedad. Este modo explicativo apunta más a la comprensión global que a la predicción exacta, y reconoce que ningún análisis puede agotar el fenómeno que es pensado desde una perspectiva compleja.

El sujeto complejo ha producido un giro "recursivo" funda­mental e irreversible. Él sabe que todo conocimiento del mundo lo incluye necesariamente, como Velázquez, que aparece pintado en su obra Las Meninas. El sujeto de la perspectiva, que se había sustraído del cuadro del universo, reingresó en él. Sin embargo, el proceso dio lugar a múltiples perplejidades, paradojas y sufri­mientos. La transformación de nuestra mirada que estamos viviendo implica pasar de la búsqueda de certezas a la acepta­ción de la incertidumbre, del destino fijado a la responsabilidad de la elección, de las leyes de la historia a la función historizante, de una única perspectiva privilegiada al sesgo de la mirada. En el camino nos encontramos con nosotros mismos profundamente unidos al mundo en una interacción compleja y multidimensio­nal. Ese reencuentro del sujeto con su mirada ha dejado al descu­bierto nuestras limitaciones y nuestras posibilidades, ha eliminado las garantías tranquilizadoras y nos ha abierto las puertas al vér­tigo de la creación. ¿Sabremos aceptar el desafió?



1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal