El lenguaje de los vínculos. De la independencia absoluta a la autonomía relativa



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Nuevas lentes para un nuevo mundo

La modernidad tuvo una concepción ingenua del proceso cognitivo, en general, y de la percepción, en particular, al supo­ner que percibimos "lo que hay en el mundo tal cual es". Este punto de vista, aún muy extendido, comenzó a perder fuerza desde principios de siglo, pero sólo después de la Segunda Gue­rra Mundial comenzaron a plantearse divergencias cada vez más sistemáticas y generalizadas. Las críticas a la imagen del mundo como un conjunto de esencias inmutables (átomos, neuronas, unidades económicas, etc.) que debían ser descubiertas gracias a la razón y la observación y reflejadas en el lenguaje, comenzaron a tomar fuerza en la década del sesenta. Las nuevas perspectivas respecto del "conocimiento del conocimiento" provinieron de los más diversos campos, entre los que se destacan la filosofía del lenguaje, la epistemología, la semiótica, las ciencias cognitivas, la neurofisiología, la investigación en inteligencia artificial, la retóri­ca, las ciencias de la comunicación, las teorías organizacionales y los estudios que desde diversas perspectivas han analizado las relaciones entre el poder y el conocimiento. Todos estos movi­mientos conspiran desde diversas disciplinas contra la mirada modernista del conocimiento como un reflejo de la realidad.

Esta transformación en nuestra concepción del saber human ha tomado un auge fenomenal en las últimas décadas. Sin embargo, algunos de los más importantes trabajos científicos sobre 1 percepción ya se habían realizado a fines del siglo pasado y habían sido confirmados repetidamente a principios del siglo XX Aun así, sólo en la actualidad, cuando estamos por comenzar otro siglo nuevo, se los está valorando en toda su amplitud. Un de los más famosos y sencillos experimentos relata una experiencia en la que le colocaron a un individuo unos anteojos con len­tes inversos, de tal manera que viera todo "cabeza para abajo". La primera reacción del sujeto fue de una gran confusión y deso­rientación, pero en la medida en que se acostumbraba a moverse en su "nuevo mundo", todo su campo visual se transformó, y los objetos volvieron a verse en la posición "normal", es decir, igual que antes de usar los lentes. Si en esa nueva situación se le sacaban los anteojos, su visión se invertía nuevamente y sin ellos veía el mundo "patas para arriba"; aunque, nuevamente, el período de visión invertida sólo duraba un'tiempo y luego el individuo recu­peraba su visión "normal". Se puede ver a través de este experi­mento que el cerebro organiza la información recibida por los sentidos de manera tal que el individuo tenga una visión cohe­rente, compatible con una acción eficaz en el mundo. Para lograrlo, el sistema nervioso y el cerebro utilizan la información obtenida por los otros sentidos, lo que llevó a un eminente neu­rofisiólogo a decir que "vemos con nuestras piernas". A partir de experiencias similares, Heinz von Foerster (1991) propuso que debemos asumir que Va sensación por sí sola es insuficiente para la percepción, ya que es necesario correlacionar los cambios de la sensación con la propia actividad motora, es decir con nuestros movimientos de control, giros de la cabeza, cambios de nuestra posición, etc.". Tomando las palabras del biólogo Francisco Vare­la (1984) podemos decir que "lo que el organismo detecta como su mundo, depende de su comportamiento ya que ambas cosas son inseparables".

El fenómeno visual es complejo y excede largamente los estudios de óptica física. La visión humana es un proceso que sólo puede explicarse superficialmente con la metáfora de la cámara fotográfica. Si queremos pensar el fenómeno de la per­cepción ligado a los procesos del conocimiento, la situación se' torna mucho más compleja aún. Lo que vemos, en tanto expe­riencia visual humana, depende de la perspectiva en la que esta­mos mirando, y hoy, a casi un siglo de la teoría de la relatividad, resultaría absurdo afirmar que existe una perspectiva privilegiada. Más aún, no tenemos que olvidar que la experiencia visual ha sido traducida al lenguaje hablado y que lo que decimos que vemos resulta influido no sólo por la información recibida sino por nuestra capacidad para nombrarla. A su vez, aquello que logramos ver está en relación con nuestra experiencia previa tan­to visual como lingüística y cognitiva. Veamos el caso de tres hipotéticos astrónomos mirando la puesta del sol. El primero, partidario de un modelo astronómico geocéntrico, muy poco románticamente informa: "Veo al sol ponerse en el horizonte". El segundo, copernicano convencido, dirá: "Veo al horizonte moverse hacia arriba". Y el tercero, un astrónomo egipcio, resucitado especialmente para este diálogo imaginario exclamará: "Veo que Ra está por esconderse con su barca".

Frente a imágenes más complejas, tendremos que tener en cuenta que, no sólo estamos viendo las cosas desde cierta pers­pectiva, sino también que filtramos la información visual al foca­lizar la atención en ciertas cosas, que nuestros conocimientos previos sobre "qué debemos ver allí" guiarán en buena parte el proceso perceptivo y que aquello que hemos visto sólo podrá formar parte de un conocimiento público a través del lenguaje. Quienes hayan trabajado con microscopios, o quienes desean aprender a ver una radiografía o una ecografía, saben de la gran dificultad y del complejo proceso que permite a un hombre llegar a ver "lo que según sus maestros debe ver".

Todavía podemos avanzar un poco más en el análisis y con­siderar la siguiente afirmación: "Veo que la computadora no está sobre la mesa". Esta frase es absolutamente ininteligible desde el punto de vista ingenuo, pues es obvio que la "no presencia" de la computadora jamás podría ser considerada como "algo que está" allí afuera en el mundo. Sin embargo, la frase está escrita en castellano y es perfectamente entendible por cualquiera. Esto es así porque nuestras experiencias visuales incluyen nuestras expectativas y nuestros conocimientos previos. Es por compara­ci6n con el "modelo esperado" ‑que la computadora se encuen­tre sobre la mesa‑ que alguien puede decir que no ve allí una computadora.

Hemos visto cómo percepción y conocimiento se realimentan mutuamente, y empezado a considerar el rol del lenguaje en estos procesos. A medida que nos vamos separando de la con­cepción ingenua que plantea que el proceso cognitivo es pasivo a la manera de un espejo que refleja la imagen de un objeto independiente de él, se abren ante nosotros muchas dimensiones de análisis y diversas disciplinas que las han abordado (neurofi­siología, psicología cognitiva, cibernética, entre otras). La episte­mología también ha focalizado su interés en este proceso. Varios autores, entre los que se destacan N. Russell Hanson, T.S. Khun, von Foerster, G. Bateson, P. Feyerabend y Polanyi, desde distintas perspectivas de la tradición anglosajona, y M. Foucault, G. Bache­lard, E. Morin y P. Thuillier desde el pensamiento francés, han coincidido en destacar la multidimensionalidad del fenómeno perceptivo‑cognitivo y la imprescindible e inevitable influencia del lenguaje en el proceso.

Al analizar las relaciones entre lenguaje y pensamiento, Lakoff y Johnson (1991) han planteado que:


Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pen­samos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica.
Es decir, que no sólo hablamos con metáforas sino que pen­samos a través de ellas. Aunque el término ha sido utilizado por distintos autores de diferentes maneras, en este trabajo la metáfo­ra es concebida como un procedimiento guía de un proceso cog­nitivo‑perceptual (ya que desde nuestra perspectiva en los huma­nos la experiencia perceptual es ya una experiencia cognitiva). Si reflexionamos sobre la metáfora de la física clásica que hemos comentado, veremos que el reloj expresa la idea de un mecanis­mo, invariable, exacto y predecible, que puede ser desmontado y estudiado pieza por pieza y su funcionamiento explicado por el de sus partes componentes; y sólo merced a un salto metafórico Podemos atribuirle estas propiedades al Universo como un todo. De esta manera, teorías muy abstractas se presentan a través de metáforas que tienen un sustrato más tangible. Provistos de estos instrumentos cognitivos los hombres de la Modernidad produjeron desarrollos magníficos en los campos de la física, la astrono­mía, la ingeniería mecánica y muchas otras ciencias. También se vio favorecida la producción de variadas tecnologías para las más diversas industrias y actividades, desde tecnologías "duras" (máquinas, herramientas, aparatos diversos) hasta "tecnologías sociales" basadas en una concepción individualista de la vida social, fundamentada en la creencia en la noción de sujeto sepa­rado, independiente tanto de los otros sujetos como de la natura­leza, el átomo humano: el individuo (indivisible), engranaje de la gran máquina universal. Paradójica realidad la de este sujeto absolutamente independiente, pero cuya única libertad consiste en seguir las leyes universales de una naturaleza maquínica de la que se supone ajeno. Las leyes del mundo físico no pueden cam­biarse, pero pueden ser utilizadas para manipular la naturaleza, utilizando el conocimiento newtoniano de los "mecanismos del universo". Pero si la razón misma es mecánica, si todo está rígi­damente determinado, aun nuestros más profundos deseos, ¿qué espacio queda para la libertad, para la ética y para la creatividad? Mientras el universo domesticado se comportó dócilmente, los procesos de estandarización permitieron que se estableciera una forma específica de mirada y de acción en el mundo, que contri­buyeron a sostener la concepción ingenua del conocimiento. Sin embargo, la naturaleza y, en particular, la naturaleza humana no se contentaron con encajar en el chaleco de fuerza de las Leyes naturales" de la ‑Ciencia Clásica. Hacia fines del siglo pasado algu­nas nubes comenzaron a oscurecer el horizonte iluminado de la Modernidad; anomalías cada vez más llamativas comenzaron a brotar, paradojas persistentes y dificultades cada vez mayores inquietaron los sueños modernos de felicidad eterna y progreso permanente. El sujeto sintió el ruido que anunciaba el fin de su letargo maquínico, las viejas certezas se pusieron en duda y lo natural ya no lo fue tanto. Los fundamentos indubitables comen­zaron a resquebrajarse. Hoy, las construcciones conceptuales que se creían imperecederas muestran signos de profunda descompo­sición.

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