El lenguaje de los vínculos. De la independencia absoluta a la autonomía relativa



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La concepción moderna del mundo

La Modernidad generó un estilo narrativo aséptico, en una tercera persona genérica e incorpórea. Del magnífico estilo de Galileo, vivaz y lleno de colorido, digno del gran publicitario que fue y la convincente prosa de Descartes9, pasamos a la belleza más parca pero todavía vital de Newton. De allí en adelante comenzó a imponerse un modo estandarizado de narración del trabajo científico en donde el "yo me maravillo" del gran cientí­fico italiano fue reemplazado por el "se sabe" de las publicacio­nes actuales. La ética, la estética, los odios y los amores, los gus­tos y los olores no figuran en el gran libro de la naturaleza que escribieron los científicos clásicos. A pesar de esto, ellos creyeron poseer una imagen completa del universo, total, absoluta y obje­tiva. Kant llegó incluso a considerar que gracias al imponente tra­bajo de Newton y sus sucesores se había desentrañado el esque­ma general del universo, y si algo faltaba era sólo cuestión de detalle. La imagen del cosmos forjada en la época moderna nos muestra un gran mecanismo compuesto de piezas elementales independientes, cuyo funcionamiento está regido por leyes inva­riables y eternas. Un mundo donde el único cambio es el lento pasar de las manecillas del reloj, su símbolo por antonomasia, que siempre vuelve a su posición inicial restableciendo todas las piezas a su lugar original. Un universo estable, donde sólo están permitidos los desplazamientos reversibles y las relaciones linea­les. Un mundo donde cada partícula es independiente y sólo pueden darse interacciones mecánicas, donde no se producen transformaciones.

La idea de un mundo mecánico está estrechamente ligada a la concepción analítica del conocimiento, que busca una unidad elemental para explicar el comportamiento de un todo mayor a partir de las propiedades de sus unidades componentes. Siguien­do con la metáfora del reloj, podemos decir que el mecanismo puede ser desmontado y estudiado pieza por pieza, y que su fun­cionamiento puede ser explicado por el de sus partes componen­tes, que no se transforman en ningún momento. Desde esta pers­pectiva, los químicos intentaron comprender el comportamiento de las sustancias complejas a partir de sus componentes más sim­ples, y los biólogos pensaron las funciones del organismo a partir de unidades cada vez más pequeñas: órganos, tejidos, células; los médicos dividieron el conocimiento de la "máquina humana" en decenas de especialidades, y cada una se ocupaba de su "apara­to" correspondiente. Los psicólogos conductistas Pi7etendieron explicar el comportamiento como una relación lineal estímulo­ respuesta, y la sociología mecanicista abordaba el análisis de la sociedad como resultante de la sumatoria de las acciones de los individuos aislados. El análisis positivista del lenguaje considera­ba que la palabra era un átomo lingüístico. La economía también fue reducida a un modelo simple y lineal, cuya meta era un "pro­greso equilibrado", una "ciencia de los balances".

La física, y bajo su ala toda la ciencia de la Modernidad, ha intentado meter el mundo dentro de un modelo legal, determinis­ta, único. Los principios de conservación ‑de la cantidad de movimiento, de la masa, de la energía‑ son el alma de la física clásica, que pretende explicar la diversidad a partir de la unidad (ato­mismo mecanicista). El sistema no tolera intrusos, no acepta rui­do ni cambio; sólo le está permitido seguir su propia monológica. Todo lo que el modelo no puede digerir será considerado mons­truoso, quimérico, errado, cantidad despreciable, anormal, abe­rrante, etcétera, y tiene que ser expulsado. En el mundo moderno las excepciones (errores y compañía) no tienen cabida. Deben ser eliminados, ya que no podemos atribuirles ningún rol. La Moder­nidad cree tener la propiedad de la razón, como sucede con todos los partidarios de los sistemas totalizadores, que afirman que con sus métodos puede leerse el libro del universo y que ‑explícita o implícitamente‑ piensan que tienen acceso privilegiado a la Rea­lidad última. Los modernos producen un único gran monólogo, un discurso cerrado al diálogo, al otro, a la diferencia, reconocien­do una sola y monolítica racionalidad, la propia.

La metáfora del universo‑reloj, además de su ligazón concep­tual con el método analítico, tiene varios supuestos subyacentes más. Entre ellos debemos destacar cuatro: a) Las relaciones entre los elementos no pueden ser transformadoras. Esto quiere decir que la partícula elemental (el engranaje) no cambia, es estable, eterna e igual a sí misma: hipótesis de identidad estática. b) En las relaciones mecánicas el todo siempre es igual a la suma de las partes (no hay interacciones facilitadoras, ni inhibidoras, sólo transmisión y equivalencia): hipótesis de totalidad desarmable. c) El sistema mecánico sólo se ve afectado por el cambio de unas pocas variables mientras el resto del universo se considera que permanece constante y no lo afecta: hipótesis de independencia absoluta. d) Todo efecto es producido por una causa específica e identificable, cuya acción provoca necesariamente el efecto con­siderado, actuando de modo independiente del resto de las con­diciones que se relacionan con el fenómeno: hipótesis de causa­lidad eficiente o mecánica.

Un aspecto central de la concepción moderna se relaciona con la idea de que los sistemas mecánicos están concebidos para funcionar en contextos especificados, que no afecten su funcionamiento. Para controlar la naturaleza hay que generar condiciones de aislamiento que admitan ser reguladas por el hombre. El reloj, por ejemplo, sólo funciona adecuadamente cuando el mecanismo está aislado de las influencias externas, protegido por una caja herméticamente sellada. Es, justamente, la producción artificial de estos ámbitos regulados lo que permitió que se desarrollara la ilusión de un contexto estable e independiente. Sin embargo, la mentalidad moderna naturalizó este proceder artificioso y planteó la existencia de un mundo estable y un contexto único. A nivel de la organización social, la Revolución Industrial produjo un impresionante aumento de la estandarización de la producción y de la rutina de trabajo. El acento que pone la industria moderna en la eficiencia está en relación directa con la creencia en la esta­bilidad del contexto. La eficiencia es un concepto monodimensio­nal, ya que se elige un parámetro al que se privilegia por sobre todos los demás. El método exige que el resto de las variables se comporte de modo estable. Esto puede llevar a una situación en la que la eficiencia puede volverse contraproducente, especial­mente en contextos cambiantes o inestables. La rigidez que exige la eficientización mecanicista ha llevado a la ruina a muchas empresas, organizaciones sociales e individuos que al "olvidarse" del contexto (interno y externo) en el que viven, para privilegiar un solo parámetro ‑llámese productividad, inteligencia o rentabi­lidad‑ no han tenido la flexibilidad suficiente para producir cam­bios cuando las circunstancias se modificaban, por disminución de la demanda, necesidad de afecto o deterioro irreversible de recursos10.

El universo de la simplicidad, el mundo reloj de la moderni­dad, aquel al que la epistemología clásica concibió como objeti­vo, también puede ser entendido como una monumental construcción humana producida a través de sujetos sociales fir­memente convencidos de su verdad y que, gracias a ello, fueron capaces de generar los procesos de estandarización, y de crear los contextos artificiales adecuados al horizonte de sentido que ellos mismos se trazaron. La vida en la ciudad, la rutinización del trabajo, la construcción de maquinarias y el establecimiento de una disciplina social rígida, apoyada por una educación común y un control permanente, mantuvieron durante muchas décadas la estabilidad pre‑supuesta.

La Modernidad concibió lo humano dividido en comparti­mientos estancos. A partir de la mirada newtoniana, conocimien­to‑emoción‑acción son esferas incomunicadas, absolutamente independientes. Desde el punto de vista social se impuso una confianza ilimitada en los poderes de la razón y en que la ciencia impulsaría el progreso permanente, si los seres humanos se mos­traran capaces de dominar sus sentimientos y disciplinar su accio­nar detrás de los dictados de la razón. A su vez, el hombre se pensaba radicalmente separado de la naturaleza; observador y observado eran términos rigurosamente separados. En un univer­so domesticado de esencias estables, de procesos reversibles, de leyes universales, reglado y predictible en el que el hombre se concebía separado de la naturaleza, se sentía ajeno, creía poder observar desde una perspectiva exterior independiente y arrancar al mundo‑objeto sus secretos para dominarlo a su arbitrio, sólo un proyecto era posible: conocer para dominar.

La concepción clásica tomaba la separación radical sujeto­ objeto como una verdad incuestionable y no como una perspec­tiva particular, entre otras muchas posibles; es decir que para la mentalidad moderna es tan obvia esta afirmación que nunca la puso en duda. Más que verdadera era transparente, pues nadie se cuestionaba su verdad. Los herederos de Newton y Descartes cre­yeron que el conocimiento humano podría llegar a abarcarlo todo, que podía llegar a establecerse teorías completas sobre el mundo. Sin embargo, hoy nos damos cuenta de que al expulsar lo cualitativo y privilegiar exclusivamente lo cuantificable; al mecanizar el cosmos y separar el cuerpo y el alma del hombre, quedaron fuera del mundo de la ciencia la emoción y la belleza, la ética y la estética, el color y el dolor, el espíritu y la fe, el arte y la filosofía, el cuerpo emocional y el mundo subjetivo. El sujeto de la objetividad no podía dar cuenta de sí mismo porque no se veía a sí mismo, era un hombre desencarnado. Esta dicotomía radical entre arte y ciencia, razón y emoción, cuerpo y alma impactó fuertemente en el desarrollo de las ciencias humanas.

¿Cómo hacer ciencia de los sujetos sin poder pensar la subjetivi­dad? ¿Cómo describir lo cualitativo a partir de lo cuantitativo? El hombre, que creía haber domesticado al universo, se había per­dido a sí mismo.



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