El lenguaje de los vínculos. De la independencia absoluta a la autonomía relativa



Descargar 133,77 Kb.
Página1/5
Fecha de conversión08.07.2017
Tamaño133,77 Kb.
  1   2   3   4   5

EL LENGUAJE DE LOS VÍNCULOS.

De la independencia absoluta a la autonomía relativa


Dra. Denise Najmanovich

Crisis, cambio y caos son tres términos que se escuchan cada vez con mayor frecuencia. La economía está en crisis, también la educación y los valores. Sin embargo, podemos preguntarnos si lo que está en crisis son las cosas en sí mismas o nuestra manera de apreciarlas. La concepción clásica del conocimiento y sus modos de producción y gestión asociados ponen el acento en la "objetividad" de los problemas. Desde otras perspectivas más contemporáneas, los problemas emergen al interactuar el sujeto con el mundo, se constituyen desde una determinada concep­ción, cobran valores distintos desde diversos puntos de vista.

Nuestra cultura parece haber llegado a un callejón sin salida: las viejas recetas destinadas a curar todos los males generalmente nos empeoran. Frente a esta situación, se hace cada vez más imprescindible reflexionar sobre los caminos que nos han traído hasta aquí y atrevernos a generar nuevos rumbos hacia parajes hoy desconocidos. Desde luego que semejante alternativa produ­ce vértigo. El miedo de nuestra civilización a lo desconocido es ancestral. Sin embargo, las rutas habituales nos han llevado al borde del abismo; todas las alternativas son riesgosas, aun la inmovilidad.

La civilización que creyó en las certezas definitivas, en el' conocimiento absoluto y en el progreso permanente ha comenza­do a derrumbarse, y están abriéndose paso nuevos modos de pensar y vivir en el mundo. De concebir el universo como un Cosmos Mecánico estamos pasando a una concepción de islas de estabilidad en un mar de Caos. De afirmar la posibilidad de un conocimiento absoluto, verdadero, objetivo y universal pasamos a afirmar el perspectivismo, la no separabilidad absoluta del observador y lo observado, la íntima ligazón entre la teoría, la acción, la emoción y los valores. De un mundo donde las cien­cias y las humanidades estaban separadas en dos culturas radical­mente distintas, estamos empezando a recorrer un camino hacia una ciencia que se piense a sí misma como una "mirada poética de la naturaleza" (Prigogine y Stengers, 1983), y unas artes que no dudan en proponerse como modos de conocimiento.

La crisis actual no se caracteriza sólo por la emergencia de nuevos paradigmas en la ciencia o por la revolución tecnológica permanente. Los cambios en nuestra forma de concebir la rela­ción humano‑mundo son el "sistema nervioso central de las transformaciones en este fin de la modernidad1. El recorrido de este trabajo, que parte desde el nacimiento de la edad moderna hasta llegar al punto de bifurcación cerca del cual nos encontra­mos, ha sido pensado de tal manera que nos permita una explo­ración de los supuestos fundamentales que conformaron la ner­vadura de nuestra forma de pensar sobre nosotros mismos y nuestro conocimiento, y ‑a la vez‑ analizar las concepciones del mundo de la modernidad y de los nuevos paradigmas emergen­tes. Este doble juego responde al objetivo de poner en marcha un modelo ecológico del conocimiento, que nos abra las puertas al mundo de la complejidad y nos facilite realizar algunas explo­raciones preliminares de las redes multidimensionales que se abren al pensamiento en el mundo contemporáneo. Propongo empezar el viaje con un verso de Caetano Veloso: "Navegar es preciso... ".




El nacimiento de la experiencia moderna

La idea de que existe un método que nos permite eliminar el error y la confusión para acceder al reino de la verdad es conna­tural con la modernidad. Descartes (1596‑1650) es su padre, y esta historia comenzó cuando el genial filósofo francés decidió recorrer metódicamente el camino de la duda para arribar ‑para­dójicamente‑ a la certeza. Atónito frente al estruendo que produ­jo el universo aristotélico‑tomista al derrumbarse, se propuso encontrar unos cimientos firmes que garantizaran que el edificio del conocimiento no caería nuevamente. La certeza que Descar­tes buscaba debía ser absoluta y contar con un fundamento indu­bitable. De este modo, la filosofía cartesiana instauró un modo específico de relación entre el hombre como sujeto y el mundo como objeto, que ya había comenzado a desarrollarse en el Renacimiento. La noción de sujeto racional, capaz de conocer la naturaleza como "lo otro de sí" y elaborar una imagen o repre­sentación de ella, nace con la modernidad y se incluye en una constelación conceptual constituida a su vez por las nociones de fundamento último, realidad única y verdad absoluta.

El conocimiento matemático es el modelo ejemplar, el hori­zonte de sentido que guía a los pensadores en el camino de la construcción del espíritu moderno. Galileo (1564‑1642) fue uno de los más populares divulgadores de esta "nueva sensibilidad". Éste le otorga una alta prioridad a la teoría, a los principios y a las demostraciones matemáticas. Su concepción de la experiencia es mucho más amplia que el estrecho concepto de experimenta­ción de laboratorio ‑al que desde luego incluye‑; abarca además los experimentos mentales y todo tipo de idealizaciones construidas en el marco de un sistema teórico global. Galileo, nos dice Feyerabend, no rechazó la experiencia ni confió en ella con exclusión de todo lo demás, sino que la transformó. Esta utiliza­ción a fondo de la matemática como herramienta de interpreta­ción hizo que la experiencia galileana fuera más sofisticada que la aristotélica, pues estaba más alejada del sentido común2, ya que eliminaba la enorme diversidad cualitativa que percibimos y reducía la experiencia a términos puramente cuantitativos.

En palabras de Galileo:


La filosofía está escrita en ese grandioso libro que está conti­nuamente abierto ante nuestros ojos (lo llamo universo). Pero no se puede descifrar si antes no se comprende el lenguaje y se conocen los caracteres en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático, siendo los caracteres triángulos, círculos y figuras geométricas. Sin estos medios es humanamente imposible com­prender una palabra; sin ellos, deambulamos vanamente por un oscuro laberinto ("ll Saggiatore", Galileo Galilei).
Es curioso que esta sofisticación de la experiencia se conci­biera desde la perspectiva de la simplicidad. La perplejidad sólo desaparece si distinguimos los planos donde se estructura esta concepción. La experiencia se sofistica porque incluye nuevos elementos provenientes de la imaginación y de la estructuración conceptual propia de los modelos matemáticos. Por otra parte, si atendemos exclusivamente al producto y no al proceso de la experiencia, éste es más simple en tanto que elimina la diversi­dad cualitativa y se expresa en un solo registro: el de las formas geométricas abstractas y descarnadas. De allí que si atendemos sólo a los productos hablemos de un paradigma de la simpli­cidad.

Ahora bien, ¿era Galileo un extraterrestre, un ser absolutamente diferente de sus contemporáneos, o esta prioridad de lo cuantitativo era ‑por el contrario‑ un elemento fundamental de la sociedad en la que vivía? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué origi­nó este cambio radical en la sensibilidad, la cognición y la rela­ción del hombre medieval con el mundo? ¿Fue el Renacimiento el principio de una nueva era, a partir de los cambios ocurridos en el imaginario social de la alta Edad Media, o el resultado de un rayo divino que cayó del cielo para iluminar a una sociedad esencialmente estúpida? La pregunta por el origen es la pregunta mítica por excelencia y particularmente paradójica en nuestra tra­dición occidental, desde el momento en que Parménides decretó que algo no puede surgir de la nada (véase Najmanovich, 1994). En este trabajo no pretendo establecer la verdadera y única his­toria, sino ejercer una función historizante para construir una narración posible y coherente que permita producir sentido en nuestro navegar histórico. Es, entonces, un ejercicio de desatino controlado, porque intenta narrar lo inenarrable y, por lo tanto, es casi una locura, pero es una locura controlada, un ejercicio de suspensión temporaria de la incredulidad, para poder anclar el pensamiento e intentar comprender, y en este sentido es la acción más alejada del desatino. Estrategia paradójica y, sin embargo, eficaz y habitual en nuestra especie, que H. Atlan denominó "razón astuta" (1991). Paul Benoit y otros historiadores de la ciencia, entre los que se destacan Michel Serres y P. Thui­llier, al ejercer de una manera lúcida y comprometida esta fun­ción historizante, han planteado que el privilegio concedido a lo cuantitativo se relaciona estrechamente con el nuevo modus vivendi que se produce con el resurgimiento de la vida en las ciudades, el desarrollo del comercio y las actividades mercantiles, y con ellos el intercambio con otras civilizaciones y otros mundos conceptuales. En estas condiciones se fueron generando nuevas clases de hombres y de instrumentos técnicos, artísticos y socia­les, que vehiculizan las relaciones del sujeto con el mundo. En particular se destaca la revalorización de los clásicos griegos, su difusión gracias a la imprenta, la influencia de las culturas orien­tales, especialmente de la árabe que había conservado y traduci­do los clásicos griegos y que había prestado especial atención a la ciencia. La matemática se enriqueció enormemente con estos aportes, entre los que hay que destacar el sistema de numeración hindú, que incluía al cero y la notación posicional. Este sistema otorgaba grandes ventajas operativas, que fueron rápidamente aprovechadas por la nueva clase mercantil. Los viajes y las reor­ganizaciones políticas abrieron la puerta a nuevos mundos, desde la conquista de América hasta la reconfiguración del mapa polí­tico europeo, en permanente modificación. Las viejas certezas comenzaron a tambalear, pero su caída y reemplazo por una nueva cosmovisión duró varios siglos, durante los cuales se pro­dujeron transformaciones radicales en las artes, la filosofía y la religión, ligadas siempre al nuevo modo de vida de las ciudades y a la concepción mercantil del intercambio. B. Rotman (1987) plantea que la disrupción y la desintegración moral inherente al ascenso del capitalismo y su mercantilización de la realidad social, su capacidad para desestimar los sentimientos de camara­dería y reducir la interacción de los seres humanos a un inter­cambio fijado en dinero y poder, es el tema central de la obra de Shakespeare, El Rey Lear. El gran dramaturgo inglés nos muestra cómo hasta el amor es mercantilizado, evaluado cuantitativamen­te. Dice el Rey Lear a sus hijas:
¿Cuál de vosotras, decidme, nos ama más? Que nuestra mayor largueza se extienda sobre aquella cuyos sentimientos naturales merezcan mayor galardón.
Esto es sin duda un exquisito ejemplo de la lógica del "toma y daca" típica del mercantilismo, aplicada a los afectos y las relaciones personales3. Las dos hijas mayores de Lear complacen padre con inflados discursos henchidos de bellas palabras (que parecen ser la nueva forma de cuantificar el cariño). Cordelia, en cambio, cuando su padre la incita a la competencia, siente que ante esa pregunta ‑que a su juicio carece de sentido‑, sólo puede callar, pues no concibe el amor como un objeto medible. El diálogo de la hija menor con el rey es el siguiente:

Rey Lear.‑ ¿Qué puedes decir que merezca un tercio más rico que el de tus hermanas? ¡Habla!

Cordelia: Nada, monseñor.

Lear: ¿Nada?

Cordelia: Nada.

Lear: De nada no vendrá nada; habla de nuevo.

Cordelia: ¡Infeliz de mí, que no puedo llevar dentro de mis labios el corazón! Amo a Vuestra Majestad conforme a mi deber; ni más ni menos.

Lear: ¡Cómo, cómo Cordelia! Enmendad un poco vuestras pala­bras si no queréis dañar vuestros intereses.

Unos siglos antes, en la época de Dante Alighieri (1265‑1321), esa concepción del amor no había nacido. El lenguaje de los vínculos era totalmente distinto. Dante, en La Divina Comedia, habla del afecto en términos que hoy, después de varios siglos de mercantilización de la vida, nos resultan extraños:


La virtud formativa ‑el alma‑ irradia "en torno, como cuando vive en los miembros; y como el aire, cuando está nebuloso, por el rayo ajeno ‑del sol‑ que en él refleja, de diverso color se mues­tra ornado, así el aire vecino toma la forma que le imprime virtual­mente el alma que se detuvo aquí; y semeja ante pues a la llama que sigue al fuego dondequiera se traslada, sigue el espíritu su forma nueva. Y porque a esto debe su apariencia, se le llama som­bra; y así organiza pues cada sentido, hasta la vista. De aquí que hablemos y de aquí que riamos, de aquí que lancemos las lágri­mas y los suspiros que por el monte habréis sentido. Según nos afecten los deseos y los demás afectos, la sombra toma sus formas; y ésta es la razón de lo que admiras.
Sin embargo, en su obra, de claro espíritu medieval, ya apa­recen elementos que prefiguran un cambio de sensibilidad, por ejemplo respecto de lo temporal. El viaje de Dante va siendo rigurosamente cronometrado, lo que sugiere una transformación sutil, pero fundamental, pues aunque los afectos no son aún con­cebidos con metáforas mercantiles, la sola presencia del tiempo medible nos muestra cómo empieza a infiltrarse una nueva forma de relación del hombre con el mundo. El reloj será el emblema de la modernidad. Símbolo a la vez de la nueva ciencia y de sus modos de objetivación, de la vida ciudadana y sus sistemas de regimentación social. Aún en la actualidad, en buena parte de las sociedades, el tiempo es la unidad de medida del trabajo y del salario. "El tiempo es oro" es sólo una ' de las metáforas características del espíritu moderno. Sin sospechar la importancia que adquiriría este artefacto, la cronometría del derrotero de Dante, que ha sido fechado por la mayoría de los estudiosos en el año 1300, en los últimos suspiros del siglo XIII, muestra su cada vez más permanente presencia. En los dos siglos siguientes, las artes plásticas pasarán de ser consideradas una actividad manual infe­rior, a adquirir la categoría de conocimiento exacto y reproduc­ción rigurosa de la realidad. La literatura seguirá en cambio nave­gando en los mares de la fantasía4, ajena a los nuevos aires pletóricos de una vocación por re‑presentar la naturaleza de una manera exacta. En 1434, Alberti en su Tratado de la pintura expone claramente la nueva sensibilidad, ligada a una escala de valores naciente y a comportamientos sociales que conformarían luego el espíritu moderno, pero que comienza a tomar forma en el Quattrocento:
Deseo que el pintor sea el hombre bueno y docto de las bellas artes [...] deseo que adquiera la mayor sabiduría posible en todas las artes liberales, pero ante todo quiero que aprenda geometría.
Puede pensarse que la mercantilización progresiva de todas las relaciones, junto al desarrollo de técnicas de medición y cálculo asociadas a este fenómeno, está en la base de una trans­formación de la sensibilidad artística. Pero también es verosímil considerar que los artistas pre‑figuraron a través de sus obras y el desarrollo de sus propias técnicas ‑como la invención de la pers­pectiva en la pintura y los primeros instrumentos de medición exacta del tiempo por parte de los músicos‑ lo que luego la filosofía y la ciencia naciente explicitarían y profundizarían. En cual­quier caso, no estoy hablando de condiciones ni necesarias ni suficientes, ya que no pretendo dar una explicación causal del origen de la modernidad sino historizarla, es decir, proponer un sentido posible y verosímil para nuestra cultura. Desde esta pers­pectiva es historia abierta, que siempre puede enriquecerse, crecer, cambiar, incorporar otras relaciones, explorar otras inte­racciones, modificar el foco: una historia viva producto de una actividad historizante.

Uno de los puntos fundamentales para entender el paso del Medioevo a la Modernidad es, desde mi punto de vista, el de comprender la prioridad concedida a la cuantificación. He inten­tado explicitar la mercantilización de las relaciones, que permitió la emergencia de la pregunta "¿Cuánto me querés?" del Rey Lear a sus hijas, y he planteado que esa forma de ver el mundo y de formularse preguntas acerca de él era inexistente en la mentali­dad medieval. Shakespeare se lamenta en el 1600 de esta mer­cantilización afectiva, la reconoce sólo para vituperarla ya que aún no se ha efectuado la "naturalización" de la forma moderna de ver el mundo, a la que el gran dramaturgo inglés le endilga buena parte de las desdichas del Rey Lear. A pesar de las quejas de Shakespeare y otros poetas, una nueva sensibilidad se fue expandiendo en las ciudades, donde comenzaron a gestarse nuevas formas de interacción humana desconocidas en la baja Edad

Media. En el nuevo espacio vivencial que es la ciudad surgieron otros diálogos del hombre con el mundo. Los pintores comenza­ron a desarrollar una técnica de estandarización de sus obras basada en fundamentos geométricos, y la transmitieron a sus dis­cípulos a través de una nueva forma de organización propia de la ciudad: los gremios.

Como hemos visto, la vida ciudadana se va ligando cada vez más íntimamente al reloj como medio de estandarización de las costumbres. Aunque hoy nos resulte extraño, los músicos tuvie­ron una influencia muy importante en el cambio de la concep­ción temporal debido a su interés en la producción de instrumen­tos de precisión, para medir intervalos cortos de tiempo, necesarios para la composición de música polifónica. Al respecto nos dice el historiador G. Szamosi (1986):



El tiempo métrico se inventó mediante la teoría y la práctica de una forma musical exclusiva de Occidente: la música polifónica y su notación5 [ ... ] Lo que las sociedades humanas necesitaron des­de un principio fue seguir la marcha del tiempo, que no tiene nada que ver con medir el tiempo, aunque a veces se confundan ambas. Seguir la marcha del tiempo significa que hay que adaptar­se a las fases de un cambio periódico del medio. Para ello todas las civilizaciones construyeron relojes y calendarios, pero los utili­zaban más o menos como los relojes biológicos. [ ... 1 Reflejaban el mundo natural y permitían que la sociedad estuviese preparada ante sucesos futuros predecibles, pero no medían el tiempo.
Galileo, en el campo de la filosofía natural (puesto que la ciencia y la filosofía aún no eran concebidas como compartimien­tos estancos), también destacó el rol del tiempo y lo tomó como
42

una magnitud fundamental para analizar el movimiento. Sus estu­dios sobre la caída de los cuerpos, la trayectoria de los proyecti­les, el movimiento y la rotación de la tierra suelen citarse como hitos fundamentales del nacimiento de una nueva ciencia, a la que hoy llamamos física clásica. Uno de los principales aportes de Galileo para apoyar la teoría copernicana del movimiento de la tierra fue su original solución de lo que se conocía con el nombre de "el argumento de la torre". Éste planteaba que si se arroja un objeto desde una torre en línea recta hacia el suelo y éste tarda unos segundos en descender, en ese tiempo ‑por ejemplo 4 segundos‑ la tierra se habrá desplazado del punto des­de donde se arrojó el objeto unos 1800 metros. No obstante, el objeto no cae casi a 2 Km. del punto original: lo hace muy cerca de él, a los pies de la torre. Este argumento muestra que la tierra no se ha movido desde la perspectiva aristotélica. La argumenta­ción es impecable y no contiene fallas lógicas ni empíricas. ¿Cómo refutarla, entonces? Galileo planteó otra forma de concebir las cosas, ligada también a la experiencia y lógicamente impeca­ble, que si bien no falseaba el argumento de la torre, abría la puerta para otras interpretaciones y, por lo tanto, otros mundos. Lo que dijo es por demás sencillo; en términos actuales podría presentarse así: cuando un pasajero dentro de un vagón de tren que está en movimiento deja caer un atado de cigarrillos desde una cierta altura, éste cae a los pies de quien lo soltó y no a varios metros de distancia del fumador. Sin embargo, respecto del suelo terrestre, el paquete sí ha quedado a muchos metros del lugar donde fue soltado. Nosotros creemos que el paquete cayó en línea recta porque nuestra percepción visual así lo indica, pero la sofisticada interpretación galileana de la experiencia nos propone pensar el movimiento del paquete como una parábola que surge de la composición de dos movimientos, uno vertical debido a la gravedad y otro horizontal en la dirección en que se desplaza el tren, porque el atado de cigarrillos conservó el movi­miento del ferrocarril (esto es precisamente lo que vería un observador desde la tierra firme, si tuviera los instrumentos ade­cuados). Nuevamente Galileo nos muestra su genialidad. El argumento de la torre era irrefutable por su construcción. No tenía sentido buscar otras alternativas en el mismo plano de análisis; sólo había que saltar a otro mundo posible, es decir, a otro esce­nario conceptual tan válido empírica y lógicamente como el ante­rior, pero que surgiera de premisas distintas, de tal manera que al pasar a ese otro mundo, con un contexto diferente, el problema no se resuelve sino que lisa y llanamente se disuelve.

Galileo aportó a sus contemporáneos una forma novedosa de encarar los problemas. Lejos de aferrarse a las observaciones, las incluyó dentro de marcos conceptuales nuevos, producto de su brillante imaginación y expresados en modelos matemáticos de gran simplicidad y rigurosidad. El gran historiador de la ciencia B. Cohen (1961) nos dice al respecto:
Para apreciar cabalmente la índole de los descubrimientos gali­leanos, debemos comprender la importancia del pensamiento abs­tracto y del uso que le dio Galileo como herramienta que, en su refinamiento final, constituyó un instrumento mucho más revolu­cionario que el telescopio. Demostró cómo puede relacionarse la abstracción con el mundo de la experiencia, cómo del pensar sobre la "naturaleza de las cosas" es posible deducir leyes relacio­nadas con la observación directa.
Galileo estableció el primer principio relativista del movi­miento. Siempre debemos establecer cuál es el marco de referencia que vamos a utilizar para poder decir si algo se ha movido o no, sin dar lugar a la formación de paradojas. Generalmente esto no suele ser necesario porque en la cultura suelen existir acuer­dos tácitos respecto de los marcos de referencia. Los hombres sólo pueden contentarse con el establecimiento de un tiempo y un espacio relativos, es decir, convencionales, producto del acuerdo entre sujetos sobre una base arbitraria. Sin embargo, al definir una unidad y una escala, al construir instrumentos de medida basados en ellos, al acostumbrarse la sociedad a estos procedi­mientos y olvidar su origen, su artificialidad, su convencionalidad, se producirá en las generaciones siguientes la ilusión de una medida absoluta y exacta.

El éxito de la física newtoniana colaboró especialmente para que los hombres de los siglos XVIII y XIX se forjaran esta ilusión de un conocimiento absoluto, universal, eterno y completo del universo. Sin embargo, aunque las ideas de Newton sobre el tiempo y el espacio absolutos son hipótesis necesarias para hacer inteligible su teoría, el gran maestro de la física clásica tenía muy claro la imposibilidad de obtener una medida de estos paráme­tros absolutos, ya que por obra y gracia de su propia definición, son independientes de nosotros y, por lo tanto, no podemos tener contacto con ellos. Sólo podemos hacer mediciones basa­das en escalas definidas arbitrariamente, pero sobre las que nos ponemos de acuerdo en que serán tomadas como las bases de la medición6. Una vez fijada una escala y aceptada por la sociedad, su carácter convencional se olvida. Su origen se borra y el proce­so se naturaliza. Raramente alguien se pregunta cosas como ¿a quién llama la señorita de la hora para preguntarle "qué hora es?” o ¿con qué midieron el "metro patrón" los expertos parisinos?



En la medida en que los procesos de cuantificación ‑con sus instrumentos matemáticos como la geometría analítica de Descar­tes, el cálculo diferencial‑integral de Newton y Leibniz, y sus apa­ratos técnicos como el reloj y los patrones de medida‑ se fueron haciendo más y más comunes, su presencia permanente los volvió naturales para el hombre moderno. Procedimientos y pregun­tas, que a Aristóteles y a los hombres medievales les hubieran resultado absurdos y poco interesantes, emergieron en el nuevo ambiente social posrenacentista y moderno como prioritarios y luego obvios y naturales. Los griegos tenían una noción de medi­da interna, es decir, una relación armónica propia de la naturaleza de las cosas. Esta concepción se expresó claramente en la idea hipocrática de salud como equilibrio armónico y en que el térmi­no latino mederi, que significa "curar" (raíz de la moderna medi­cina), se basara en una raíz que significa "medir" 7. Sin embargo, esa medida interna no podía ser expresada en términos cuantita­tivos, sino que era reconocida y apreciada por la belleza, la salud o la armonía del objeto, la persona o la sociedad de que se tra­tara. En cambio, la modelización matemática del mundo, basada en la relevancia otorgada a los procedimientos de cuantificación exacta y rigurosa de la nueva mentalidad mercantil, privilegió la comparación con un patrón externo y al proceso se le otorgó el pomposo nombre de "procedimiento objetivo". Las nociones abs­tractas de tiempo y espacio se "naturalizaron" merced a nuevos modos de representación y se volvieron objetivas para todos aquellos que no conocían su origen. Nótese que digo que "se volvieron objetivas" y no que "son objetivas". A diferencia de los epistemólogos clásicos cuyas concepciones son fundamentalmen­te atemporales, me propongo historizar para comprender y, des­de esta perspectiva, lo que ellos pensaban como conocimiento objetivo, y por lo tanto absoluto y eterno, es concebido por mí como objetivado por una cultura en un contexto social específi­co. Lo que la epistemología clásica llamaba "conocimiento obje­tivo" no es más que el producto de un proceso histórico de estandarización perceptual y cognitiva. Así, el tiempo, el espacio, la masa, todos esos términos que hoy imaginamos que re‑presen­tan entidades eminentemente concretas, no son más que una compleja construcción mental absolutamente abstracta, cuya úni­ca "concretud" reside en que estamos acostumbrados a los relo­jes, los metros y las balanzas, y hemos olvidado su origen. La Modernidad fijó las coordenadas para concebir lo posible y lo relevante, priorizó lo cuantitativo y construyó los instrumentos de medida, estableció procedimientos canónicos para hacer las cosas tanto en la ciencia como en algunas disciplinas artísticas, en par­ticular la pintura. El realismo es fruto de la estandarización. En la pintura, la perspectiva fue el modo de presentar visualmente esa nueva sensibilidad moderna. El pintor renacentista lleva la geo­metrización del espacio al arte, pinta como si estuviera viendo al mundo desde una ventana abierta, pero él mismo no está allí, se halla más atrás, fuera del espacio de representación, ajeno e inde­pendiente de esa realidad, creando la ilusión de que es capaz de re‑presentar la realidad "tal cual es". Sin embargo, ese pintor está estático y con un ojo cerrado, haciendo un recorte de su mundo perceptual para presentarlo estandarizadamente en una tela, gra­cias a las reglas geométricas de la perspectiva. Para la física clá­sica, el sistema de coordenadas tridimensional es la representa­ción del espacio, correspondiente a la geometría euclidiana. El espacio abstracto del cuadro era, desde esta concepción, capaz de contener cualquier "realidad" mientras se sigan las leyes de construcción perspectivista. Las enseñanzas de Euclides estable­cían cómo era el espacio ‑en esa época nadie soñaba con que pudiera haber más de una geometría‑ y la pintura lo re‑presenta­ba. El físico y el pintor consideraban que estaban separados del mundo que plasmaban en sus obras. El mundo era para ellos anterior e independiente de la representación humana, por lo tanto la física y la pintura eran un "espejo de la naturaleza". El sujeto, al que Descartes había dado nacimiento en sus meditacio­nes filosóficas, no encuentra lugar alguno en el mundo de la Modernidad; de él sólo se espera que sea objetivo, que observe el mundo desde afuera de sí mismo, que cumpla las reglas, que se comporte como "se debe", en fin, que trate... de no ser subjetivo. Tamaña proeza se logrará mediante una educación unifor­me, en relación directa con la emergencia de un "sujeto arquetí­pico": el normal. La escuela "obligatoria" también es un invento de la Modernidad. Sin ella, hubiera sido muy difícil imponer el mito de la objetividad. En las aulas escolares aprendemos a obje­tivar; allí nos cuentan cómo es el mundo, nos dicen lo que es importante y cómo expresarlo. La educación, formal e informal, es la que "normatiza" nuestras percepciones.

Paradójicamente, el sujeto de la Modernidad, el que cree tener un punto de vista semejante a la perspectiva de Dios, es decir externo al mundo, absoluto y universal, aquel que se sepa­ra de la naturaleza para dominarla, aquel que hace del saber un poder, es el mismo que no puede dar cuenta de sí, porque está fuera del cuadro del universo, como el pintor de la perspectiva. La suposición de un conocimiento objetivo eliminó la subjetivi­dad del sujeto como algo digno de ser tenido en cuenta por la ciencia o por la sociedad. Las emociones, las pasiones y la ima­ginación debían ser dominadas al igual que la naturaleza. El suje­to del universo‑reloj es él mismo un autómata capaz de objetivar, un puesto de trabajo en la línea de producción8. Así, la serpiente se comió la cola, el cuadro del universo no incluyó a su creador. El sujeto sólo tenía la libertad de seguir las reglas, de adecuarse al ideal de ser cada vez más una mente pura que refleja el mun­do externo y es capaz de manipularlo a su antojo... sólo que no podía dar cuenta de su antojo y de que él mismo habría de ser manejado como un objeto cualquiera.



  1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal