El juego relacional y la discapacidad visual



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El juego relacional y la discapacidad visual

M. R. Mayo Tagarro



RESUMEN: La autora destaca la importancia del juego relacional en el desarrollo de los niños de 0 a 3 años, y estudia su función específica en el desarrollo del niño ciego, según las diferentes etapas: juego sensorial y de proximidad, descubrimiento del cuerpo y los objetos, juego para la independencia, juego de imitación y juego simbólico. En cada una de estas etapas presenta y analiza las dificultades que pueden presentarse, tanto por parte del propio niño como de su entorno más inmediato.

PALABRAS

CLAVE: Atención temprana. Desarrollo del niño. Juego infantil. Juego relacional. Juego sensorial. Juego de imitación. Juego simbólico.

ABSTRACT: Relationship games and visual disability.

The author stresses the importance of relationship games for the development of 0- to 3-year-old children and studies their specific function in the various stages of blind children’s development: sensory games and proximity; discovery of the body and objects; games to enhance independence; imitation games; and symbolic games. She introduces and analyses the difficulties that may arise in each of these stages, both as regards the child himself and his family environment.



KEY

WORDS: Early care. Child development. Children’s games. Relationship games. Sensory games. Imitation games. Symbolic games.

Introducción


El contenido de este artículo parte de la aceptación de la hipótesis de que el juego es el «medio natural» a través del cual el niño interactúa con su entorno. Desde este punto de vista, el juego es el «facilitador», por excelencia, de su desarrollo1 y de su crecimiento personal y social. Lo biológico, lo emocional y lo social constituyen un entramado totalmente articulado que sirve de marco para el desarrollo del juego.

A través del juego, el niño establece contacto visual (lo biológico) con su madre (lo social), contacto que le facilita un conocimiento paulatino y progresivo de su madre (lo emocional); de la misma manera, activa su canal auditivo para prestar atención a cuanto su madre le dice, y surgen sus primeros movimientos como respuestas a las emociones que le producen los estímulos maternos.

Además, el juego facilita, a quienes entran en contacto con el niño, materiales que aportan «conocimientos» acerca de su forma de ser y comportarse. El juego nos proporciona una ventana desde la que observar lo que sucede en el «interior» del niño: si juega, o no juega; cómo, con qué, a qué, y con quién juega; si establece juegos repetitivos, o juega aislado; si tiene iniciativa en el juego; el lenguaje que acompaña a su juego; cómo establece las relaciones con sus cuidadores; cómo manipula los objetos y cómo se relaciona con ellos… constituyen indicadores valiosos para que quienes se acercan al niño, dispongan de información sobre su desarrollo y necesidades.

Sin embargo, bien por motivos de dotación biológica (la discapacidad visual en el caso de la población que atendemos), bien por las condiciones sociales que caracterizan sus entornos familiar y social más próximos, no todos los niños gozan de un ambiente facilitador de las relaciones necesarias para poder crecer de forma saludable. Es decir, no todos los niños están en condiciones de acceder a ese medio natural de crecimiento y desarrollo personal que es el juego.

En este artículo me propongo analizar las diferentes etapas del juego de los niños de 0 a 3 años como mecanismo del desarrollo infantil y, al mismo tiempo, hacer algunas reflexiones sobre las dificultades que se plantean, o pueden plantearse, a la hora de abordar casos de niños ciegos, provengan las dificultades del mismo niño, o de su entorno más próximo.

Un acercamiento al concepto de juego relacional


Hablar de crianza de un bebé es remitirse a acciones que tienen que ver con la satisfacción de sus necesidades básicas (alimentación, vestido, higiene, descanso, oportunidad de experiencias y protección emocional), y es en el marco de la satisfacción de estas necesidades, en el que deben desplegarse toda una serie de acciones de carácter lúdico que constituyen el núcleo de lo que se ha convenido en denominar «juego relacional».

Una característica fundamental del juego relacional es la reciprocidad, en la medida en que a una acción de quienes intervienen en él, le corresponde una reacción del resto de los participantes en el juego. En este sentido, podemos afirmar que la reciprocidad tiene efectos acumulativos: cualquier acción, o reacción de cada «jugador», se ve condicionada, o modificada, por las acciones, o reacciones previas del resto de los «jugadores». El niño acusa las acciones y reacciones de sus adultos de referencia, y estos acusan las acciones y reacciones de aquel.

La capacidad del niño para interaccionar con su entorno, es decir, para jugar y establecer relaciones de reciprocidad con su entorno está presente desde el momento mismo de su nacimiento, pero depende totalmente de la calidad de su entorno relacional2 para poder desarrollarla, y es esta dependencia la que lo hace vulnerable. El juego relacional va a posibilitarle al niño establecer y consolidar los vínculos afectivos con su(s) persona(s) de referencia, y en especial con su madre.

Si conseguimos que estas condiciones se hagan efectivas, estaremos sentando las bases de un desarrollo saludable del bebé.

Las experiencias que le proporcionan sus juegos con los «otros» van a servirle de estímulo para repetir esas experiencias, que van a posibilitarle dotarlos de intencionalidad.

Funciones del juego relacional en el desarrollo del niño


De entre las funciones que desempeña el juego relacional en el desarrollo del niño, cabe destacar las siguientes:

  • Proporcionar placer y posibilitar el establecimiento de relaciones.

  • Descubrir espacios y objetos, y, al mismo tiempo, obtener experiencias ─principal causa de la evolución gradual del niño─ en espacios, con personas y objetos, que le facilitan conocimientos sobre su entorno físico y social más inmediato.

  • Descubrirse a sí mismo, aprendiendo cómo, cuándo y dónde responder a las situaciones que se le van presentando, así como valorar a quienes responden a sus necesidades e intereses. La estabilidad de los «otros» va a ser determinante para que el niño consolide su seguridad, para enfrentar su mundo social.

  • Transmitir al niño pautas, modos de vivir y de sentir, que le facilitan la comprensión y el conocimiento del mundo cultural y social en que se desenvuelve.

  • Adquirir habilidades que el niño manifestará más tarde a través de sus conductas. El niño no juega únicamente para aprender, sino que «aprende jugando».

  • Facilitar a «los otros jugadores» el conocimiento del niño, pues en tanto que no aparece la palabra, el lenguaje natural del niño es el juego.

  • Organizar las experiencias infantiles, facilitando al niño el enfrentamiento y la comprensión del presente, y preparándole para «entrever» el futuro.

Etapas del juego relacional y el niño ciego


Como cualquier actividad social, los juegos infantiles se rigen por «patrones» que cambian a medida que el niño crece, por lo que resulta necesario conocer qué tipo de juegos se corresponden con qué etapas del desarrollo infantil, qué significado tienen para el niño y qué lectura podemos hacer de lo que experimenta cuando participa en ellos.

En lo que sigue, debemos tener presente que el niño ciego, como cualquier otro niño, necesita vivir todas las etapas del juego relacional, y lo hará en la medida en que, tanto desde su entorno familiar como desde su apoyo profesional, se creen condiciones que favorezcan el establecimiento del juego relacional, siempre respetando su especificidad.

En los siguientes apartados iremos exponiendo las diferentes etapas del juego relacional y su incidencia en el desarrollo del niño, haciendo especial énfasis en las dificultades con las que el niño ciego va a encontrarse para participar en él.

1. Juego sensorial y juego de proximidad


Las primeras formas lúdicas de relación del bebé con su entorno se conocen como juegos de crianza, y ponen su foco de atención en el cuerpo del niño en cuanto que participa de un importante compromiso corporal y de lenguaje por parte de la madre. En esta etapa, las interacciones bebé-madre se sostienen, fundamentalmente, en dos acciones: el juego de contactos y las palabras.

Los primeros juegos de crianza permiten al niño aproximarse y tener experiencias con su entorno más próximo a través de los sentidos, a través de los que va a ir interiorizando a su madre ─la persona más significativa de su entorno─, al tiempo que le dan ocasión de ser mirado, acariciado, escuchado, hablado e interpretado, es decir, de sentirse reconocido, lo que va a facilitarle la «diferenciación».

En esta etapa, el juego afectivo del niño con su madre, es de proximidad, es un «cuerpo a cuerpo» en el que «el niño se vive como un todo con su madre», y es en esta fusión donde se asienta el establecimiento del vínculo afectivo madre-hijo, que más tarde va a generar su desarrollo cognitivo, emocional y social.

En estos juegos, las emociones y el pensamiento del niño se identifican con los de su madre. Es su madre quien pone palabras a las emociones que manifiesta, a sus emisiones, a sus movimientos. Es su madre quien le observa, escucha e identifica las señales que envía, interpretándolas y dándole respuestas coherentes. Son juegos que utilizan el niño y su madre para conocerse, acoplarse y establecer un código de comunicación y entendimiento único entre ambos.

A través del lenguaje que acompaña al juego, la madre va describiendo al niño las situaciones que su entorno le presenta, las experiencias que comparten y los sentimientos que les producen estas experiencias compartidas, satisfaciendo sus necesidades de contención y propiciando el acceso del niño a la palabra, porque el lenguaje es, ante todo y en primer lugar, una cuestión de relación, de reciprocidad, que se construye en ese proceso de comunicación a través del juego.

El bebé pronto comienza a utilizar el balbuceo en el juego, empieza a percatarse de que es capaz de producir, y de devolver a su madre, lo que el lenguaje de esta depositó en él. Descubre su capacidad para escucharse a sí mismo como ser diferenciado de su madre, y esto le permite despegar hacia la constitución de su propia identidad.

En ese diálogo de miradas y contactos que acompañan a los juegos de esta etapa, aparecen las expresiones emocionales, y entre ellas, la sonrisa como respuesta (gratificante) del bebé a todos los cuidados que ha recibido de su madre.

Por otra parte, los juegos de crianza facilitan al niño la transición de su vida intrauterina a la extrauterina. La relación con su madre es un nexo ya conocido para él, que va a acompañarle en este nuevo mundo de sensaciones, prestándose a dosificárselas, de manera que pueda ir adaptándose a él de una forma organizada.



Es en el marco de este juego de intercambio de contactos, caricias, de acoplamiento corporal, de palabras, de miradas, de estados de tensión y de placer, de acciones y manifestaciones del niño y de los significados que su madre le atribuye, donde el niño irá diferenciándose de esta, lo que va a permitirle constituir su propia identidad y dar pasos hacia la conquista de un lugar propio en el mundo.

Algunas consideraciones para comprender las dificultades del niño ciego3 y su entorno, en el establecimiento del juego sensorial y el juego de proximidad

Cuando está presente la ceguera, se prevé que puedan aparecer dificultades para el establecimiento de este tipo de juegos derivadas de la situación emocional de la madre y de las limitaciones que la ceguera le impone al niño para participar en ellos.

El nacimiento de un niño ciego provoca un shock emocional en la familia, y, además, la enfrenta a una experiencia no prevista y para la que carece de referencias, creando sentimientos de incertidumbre, y provocando situaciones de desorientación que bloquean y/o minimizan la función parental.

El bebé ciego impresiona como un ser poco activo, con pocas competencias para la interacción, lo que no significa que no sea capaz de recurrir a otras señales, a otros códigos diferentes de los que el niño vidente utiliza, señales que su entorno más próximo debe reconocer, porque este reconocimiento lleva consigo el evitar que se produzca un fracaso en el sistema relacional madre-bebé. Sin embargo, no se nos puede escapar el hecho de que estas señales no tienen el valor provocador de la mirada, y resulta comprensible que la familia muestre dificultades para reconocerlas.

En esta primera etapa de su vida, las respuestas del bebé ciego a los estímulos afectivos se caracterizan por su escasa expresividad, y es, precisamente, esta falta de expresividad la que desmotiva y desalienta a su madre, llegando a generar, por parte de esta, una menor disponibilidad para la interacción, lo que da como resultado un marco de comunicación madre-hijo debilitado.

Por otra parte, la aparición de la sonrisa se constituye, a los ojos de los padres, en una señal que reporta tranquilidad, que se interpreta como un «todo va bien con su bebé», tranquilizándoles y dándoles la seguridad necesaria para sentir que están cumpliendo bien con su papel de padres. En el niño ciego tarda algo más en aparecer, lo que significa que los padres de los niños ciegos tienen que esperar la gratificación que la sonrisa conlleva.

Los condicionantes que supone la ceguera del bebé ponen en riesgo las conductas de apego que este necesita para su desarrollo emocional, que es el punto de partida para un posterior desarrollo cognitivo y social, y contribuir a la superación de estos riesgos es el fundamento de las intervenciones que se han venido enmarcando bajo el concepto de atención temprana.

La desorientación y el estado emocional que la ceguera del niño genera en las familias, hacen necesaria la intervención de profesionales que les presten apoyo emocional y orientaciones vinculadas a «lo diferente» de su hijo. En este acompañamiento se van señalando los aspectos diferenciales para que las familias puedan ir reconociendo las señales y los códigos de comunicación que previsiblemente utilizará el niño, de manera que la conducta del bebé se muestre a los ojos de su entorno familiar como previsible. A lo largo del desarrollo del acompañamiento, los padres del bebé ciego, van conociendo los aspectos diferenciales que son consustanciales a la ceguera, y las adaptaciones y necesidades que esta conlleva para el buen desarrollo de su hijo.

El bebé ciego tiene necesidad de que los contactos físicos vayan acompañados de palabras, que van a ayudarle a integrar las sensaciones y a dotarlas de significado: contactos y palabras van a dejar en él las huellas que van a facilitarle constituir en su mente la imagen materna.

El bebé ciego está preparado, desde su nacimiento, para utilizar, de forma selectiva, el resto de los sentidos: hace sus primeras adaptaciones (Leonhardt, 1992) a la audición y la selecciona para establecer relaciones con su entorno.

Por otra parte, el bebé ciego presta atención a lo que escucha, y manifiesta esta atención inmovilizando su cuerpo, conducta que equivale a la mirada fija que el niño vidente dirige a quien le habla. El bebé ciego únicamente requiere que le hagan llegar las primeras palabras, melodías, canciones, sonidos, cuentos, etc., para saber que fuera de él «hay algo» que merece la pena conocer. En este proceso adquieren gran significado las modulaciones y los tonos de voz, que, por otra parte, equivalen a las expresiones faciales que él no puede ver.

Otro aspecto relevante en el desarrollo del bebé ciego es la implantación de rutinas, que para él se convierten en marcos de referencia firmes donde poder articular y dar estabilidad, en espacios y tiempos predecibles y tolerables, en toda una sucesión de acontecimientos que son reflejo de un mundo, todavía, un poco caótico para él. Este juego de tiempos y espacios va a ayudarle a «organizarse», y es en este proceso de organizarse en el que las rutinas cumplen con su función de ser facilitadoras de la organización y ubicación del niño en la vida.

De forma paralela al señalamiento que venimos describiendo, en la crianza del bebé ciego cobra especial relevancia el potenciar el frágil entramado relacional madre-bebé, para establecer entre ambos unos lazos emocionales saludables.

Cuando se observa el no establecimiento del juego de proximidad madre-bebé, a pesar de que pueda ser conveniente respetar toda una serie de nuevos ritmos que la familia necesita para reorganizar sus pensamientos, sentimientos y actitudes ante la situación creada con la llegada de un bebé ciego, no debemos perder de vista el hecho de que el niño sigue ahí, «haciendo la espera», y que la prolongación de esta espera puede ser contraproducente para su desarrollo,4 y, por lo tanto, es conveniente hacer reflexionar a la familia sobre la necesidad de solicitar la intervención de profesionales, cuyo campo de especialización queda fuera del ámbito de la atención temprana.



La ausencia de contacto visual y la pasividad del niño ciego, junto con las dificultades a que deben enfrentarse los padres para la adaptación a la nueva situación no esperada, condicionan y dificultan el juego relacional. Es justamente durante este periodo donde resulta más necesaria la intervención de los profesionales, y donde se sitúa la mayor etapa de dificultad para la atención temprana, por ser el periodo de mayor complejidad para el niño y para su familia, y, al mismo tiempo, el más gratificante si el niño y su madre establecen, a pesar de sus dificultades, su marco de relación y comunicación.


2. Descubriendo el cuerpo y los objetos


Los cuidados que el bebé ha recibido, y su participación en los juegos relacionales con su madre le han posibilitado el establecimiento y el fortalecimiento de un vínculo5 que le aporta seguridad, y que le va a permitir descubrir nuevos juegos, que le van a afianzar en su proceso de diferenciación del «otro» y de los objetos que le rodean.

En esta etapa, el bebé descubre su propio cuerpo y los objetos que le rodean, y establece un mundo de relaciones con ellos. Los juegos motrices van a permitirle expresar las emociones que le genera su entorno, le ayudan a explorar los objetos que le rodean y a construir su pensamiento, a desplazarse y a recuperar el objeto del que se ha desprendido, a descubrir que en su entorno hay multitud de objetos diferentes, y a diversificar su atención, sus acciones y su mundo de relaciones.

El niño comienza a jugar con su cuerpo cuando percibe la proximidad de su madre, y mediante este acercamiento le expresa la emoción que siente ante su presencia. Durante esta etapa de su desarrollo, el cuerpo del niño es una fuente de expresión continuada de emociones. El niño se yergue cuando se le coge, y esta posición le permite ir descubriendo la cara de la madre, mientras esta le ayuda a descubrir la suya. En esta misma posición, el niño establece juegos de tirarse hacia atrás y de desplazarse lateralmente, estableciendo así las primeras separaciones físicas de su madre, mientras que esta le contiene. Son juegos que facilitan al niño la transición de la simbiosis en la que vivía con su madre, a diferenciarse de ella.

El niño descubre sus manos, y les da funcionalidad: las acerca a los objetos que su madre le presenta, en cuanto que mediadora entre él y el mundo. Cuando se le aproxima un objeto, el niño va a tratar de cogerlo, mirarlo y dirigirlo a su boca (primeras conductas de coordinación visomanual y primeras exploraciones). Cuando este recorrido lo hace con precisión, el bebé comienza a explorar los objetos para conocer su consistencia, formas, tamaños y texturas, y tener experiencias variadas con ellos.

El juego, en esta etapa, tiene una parte de acción y otra de pensamiento. El niño da un paso más en este proceso de interacción con los objetos y comienza a manipularlos hasta producir sonidos: repite la acción y disfruta al sentir que sus acciones producen un efecto en el objeto. El bebé continúa con nuevas experiencias en su relación con los objetos: coge uno en cada mano, los mira, los golpea entre sí (el golpeo horizontal) y los golpea contra la superficie (golpeo vertical). Comienza a diversificar el uso de sus manos dando palmadas y haciendo gestos con ellas para acompañar una canción.

Estamos ante el primer esbozo del yo: el niño se va apropiando de lo que él puede hacer, y sentando las bases de las representaciones mentales de los objetos, «las representaciones mentales se forman a través de la manipulación y experimentación con los objetos» (Piaget, 1961).

El niño comienza a comprender el significado del «toma», pero no así el del «dame», poniendo de manifiesto su dificultad para desprenderse de los objetos de los que se siente dueño, ya sean estos materiales o afectivos. Aunque aún tardará en desprenderse de los objetos, el niño comienza su juego para ir haciendo aproximaciones, para llegar a hacerlo: coge un objeto con cada mano, y al presentarle un tercero, los mira alternativamente, y de nuevo vuelve a desplazar su atención al tercero, y tira uno de los que esta asiendo para hacerse con él. El niño, en estos momentos, se desprende de un objeto en la medida en que se siente recompensado por la adquisición de otro, en la medida en que el trueque le resulta satisfactorio.

Por otra parte, las experiencias que le han proporcionado sus juegos con «los otros», van a servirle de estímulo para repetir las experiencias que le han resultado más placenteras (comienza a manifestar sus preferencias por ciertos juegos y objetos, se muestra selectivo), y es en esta repetición cuando las dota de intencionalidad.

El bebé disfruta cuando sus adultos de referencia le proporcionan juegos de estimulación vestibular, que proporcionan el equilibrio necesario para su marcha independiente.

Con la sedestación, el niño comienza una nueva aventura: lanza los objetos, sigue su trayectoria visualmente y se mantiene atento al sonido que producen cuando tocan el suelo. Mira a la madre para que se los acerque, para así poder repetir estas acciones y recrearse en lo que es capaz de hacer y sentir, lo que le permite ir construyendo sus percepciones de tiempo y espacio.

Con el juego de lanzamiento de objetos, el bebé da un paso más e intenta desplazarse hacia los propios objetos que ha lanzado, aunque solo podrá recuperar aquellos que han quedado próximos a él, en cuanto que aún no tiene desarrollada su capacidad de desplazamiento. Esta imposibilidad (la frustración) de recuperar los objetos potencia en el niño el deseo de ir hacia ellos, provocando sus primeros intentos de desplazamiento autónomo.

A través de estas acciones, el bebé descubre la relación causa-efecto y sorprende a los observadores del juego con su capacidad de atención mientras que experimenta los efectos de sus acciones. Realizar estos juegos supone para el niño la oportunidad de percatarse de lo que puede hacer por sí mismo, favoreciendo el proceso de su identidad.

Al bebé se le van presentando objetos pequeños para que pueda ejercitar la presión en forma de pinza, y objetos colocados en recipientes cerrados (cajas, tarros, etc.) para motivarle a abrirlos y obtener los objetos deseados, y así favorecer la coordinación de los movimientos de sus manos con el fin de ir preparándolas para actividades que van a exigirle cierto nivel de precisión (garabateo, dibujo, etc.).

Mientras el niño logra estas habilidades, realiza juegos centrados en la presencia y la ausencia de los adultos (aparecer y desaparecer, está y no está), y descubre su imagen reflejada en el espejo. Este tipo de juegos, que en principio se centran en él y en sus adultos de referencia, los desplaza a los objetos e interioriza el objeto permanente que es su madre. El bebé comienza a ensayar su tolerancia para el alejamiento y extrañamiento de su madre, y comienza a descubrir que las personas y los objetos existen aunque él no pueda verlos, que pueden desaparecer durante un tiempo para reaparecer más tarde.

Simbolizada la madre, aparecen conductas de extrañamiento del niño que permiten confirmar que el proceso de vinculación es sólido y que, después de darse un tiempo para consolidar su imagen, el niño comienza a establecer relaciones y a recibir cuidados de los otros de su entorno: está preparado para dar sus primeros pasos hacia la socialización.

El bebé descubre su cuerpo y los objetos que le rodean mostrando intencionalidad hacia ellos; los explora y va adquiriendo conocimiento de ellos; los manipula y va percibiendo los efectos de sus acciones; se va sintiendo dueño de los objetos y muestra dificultades para desprenderse de ellos. En esta etapa, los objetos cumplen una doble función: potenciar el movimiento y el pensamiento, y facilitar la separación entre el niño y su madre, posibilitando su proceso de independencia.

Algunas consideraciones que pueden ayudar a comprender las dificultades del niño ciego y su entorno para establecer el juego de descubrimiento del cuerpo y los objetos

En esta etapa, el niño ciego, como cualquier otro niño, es neurofisiológicamente más competente, con más tiempo de alerta, lo que implica una mayor exigencia de presencia de sus adultos de referencia en un momento en el que su madre aún se encuentra bajo el impacto emocional que le ha supuesto su nacimiento.

El lugar privilegiado que ocupa «lo visual» en el desarrollo humano sitúa los aspectos visuales en un primer plano, al mismo tiempo que relega a un papel secundario al resto de los sentidos, que son, precisamente, el medio natural de acceder al mundo para el niño ciego. Además, dado que vivimos en un mundo cada vez más visual, en esta etapa del desarrollo infantil nuestra reflexión tiene que ir encaminada a conocer en qué situación de riesgo sitúa al niño su ceguera, para situarnos frente a él y considerar la manera más adecuada de acercarle un mundo (el visual) del que, por su propias características, está excluido.

El objetivo de estas reflexiones debe ser la identificación de las limitaciones que conlleva la ceguera para que el niño ciego pueda establecer una relación con su cuerpo, con el del «otro» y con los objetos que le rodean, así como el diseño y la implantación de los caminos adaptativos que tiene que recorrer para crear su imagen mental y la del mundo que le rodea, para, de esta forma, poder tener un mundo propio de significados.

En todo caso, hemos de tener presente que para el niño ciego la ceguera supone, en primer lugar y ante todo, una limitación del conocimiento de la realidad, en tanto que le priva del mundo sugestivo y atrayente de las imágenes y del papel que estas juegan en la comprensión del funcionamiento del mundo y en la formación de sus propios esquemas mentales.

Además, la ceguera supone también una ralentización del proceso de intencionalidad en la búsqueda de los objetos, debido a que el niño ciego adquiere conciencia de ellos a través del tacto, cuando están en contacto directo con su cuerpo. La otra posibilidad de que el bebé ciego pueda conocer la existencia de objetos se realiza a través del sonido. La dificultad de esta forma de conocimiento estriba en que no todos los objetos producen sonido, ni el sonido informa de la sustancialidad del objeto. El bebé ciego asociará sonido con objeto después de un largo recorrido, y recurriendo al tacto inmediatamente después de que se haya estimulado con el sonido. Esto permite afirmar que, en principio, son las claves táctiles las que permiten la localización de los objetos.

El hecho de no sentirse motivado para el desplazamiento, para ir hacia los objetos, condiciona el desarrollo motor del bebé ciego. La estrecha relación que existe entre la percepción visual y el desarrollo motor de un niño con visión, en el niño ciego se sustituye motivándole a través del sistema auditivo.

Después de haber interactuado con el objeto y de haber establecido asociaciones sonidos-objetos, el bebé ciego muestra intencionalidad de ir hacia ellos «a través» del sonido, y se confirma que la conducta de coordinación audio-manual está adquirida. Esta conducta suele aparecer alrededor del año.

De forma paralela, el bebé ciego va haciendo sus aproximaciones al conocimiento del mundo a través de la piel, de la boca, de la mano y del oído, aunque tarda en hacer la transición de la boca a la mano como espacio de exploración y conocimiento. La mano va a ser la herramienta que el niño ciego va a utilizar para recoger información del mundo exterior, aunque en esta primera etapa le resulta una actividad compleja porque su mano es pequeña y su atención limitada.

El bebé ciego, en el primer periodo de esta etapa, sigue teniendo más preferencia por los objetos sociales que por los físicos, y sus primeros juegos, con sus manos, son descubrir la cara de su madre y tirarle del pelo. Al mismo tiempo, la madre establece un juego paralelo y le va descubriendo su propia cara. Son juegos de contactos y acciones del niño y de la madre sobre sus cuerpos, y de los que él se sirve para integrar su esquema corporal y diferenciarse de su madre.

Para el niño ciego, la manipulación y la experimentación para el conocimiento a través del tacto son complejas, lentas y poco motivadoras, porque así como la visión se estimula por el hecho de mantener los ojos abiertos, el tacto requiere intencionalidad. La información que el bebé ciego puede recoger a través del tacto no está limitada únicamente por el espacio que hay entre su cuerpo y el extremo de sus manos, sino que, además, la información tiene carácter analítico y le exige un proceso posterior de síntesis para, después, integrarla y poder construir un «todo significativo» Este proceso, que es específico de la ceguera, es el que lentifica el desarrollo cognitivo del niño ciego, desarrollo cognitivo que podrá compensar más tarde, cuando aparezca su pensamiento abstracto y utilice el lenguaje para comprender el mundo.

En el caso del niño ciego, los juegos de manipulación y exploración de objetos exigen del «otro» que le describa verbalmente cómo es el objeto y las actividades a las que lo somete, que gratifique sus logros y, sobre todo, que le motive a experimentar hasta descubrir su funcionalidad, porque este descubrimiento es lo que va a facilitarle su interiorización e ir haciéndose con un mundo de significados.

El niño ciego, para afianzarse, necesita desarrollar juego libre: elegir a qué juega, con quién, con qué objetos… Si le enseñamos, si le dirigimos, podemos obstaculizar la realización de sus deseos y la oportunidad de que tome conciencia de lo que es capaz de realizar por sí mismo.

Otro de los aspectos en los que el niño ciego va a tener dificultades es en la elaboración del objeto permanente. Son varios los autores que han estudiado las dificultades a que se enfrenta el niño ciego para elaborar el objeto permanente (Fraiber, 1990), coincidiendo todos ellos en que el proceso de adquisición sigue la misma secuencia que en el niño vidente, si bien con un retraso significativo. También comparten estos autores la idea de que el niño ciego elabora la «permanencia de los objetos sociales» con anterioridad a la «permanencia de los objetos físicos».

Los juegos del cu-cu, de aparecer/desaparecer (en este caso a través de la presencia/ausencia de la voz materna) y de aparecer/desaparecer con los sonidos que producen los pasos en el desplazamiento de la ,madre le irán acercando a la adquisición de la permanencia del objeto (su madre). Más tarde, lo logrará con el resto de objetos físicos.

Los juegos del descubrimiento permiten al niño descubrirse como un ser diferenciado de su madre, y desde ahí podrá ir descubriendo los objetos físicos ─aunque siguan siendo de su preferencia los sociales─ y, fundamentalmente, a su madre. Es su madre quién le va presentando el mundo de los objetos, y en esos espacios de interacción que establecen entre los dos puede ir tomando conciencia de que fuera de él existen cosas y tener deseos de ir hacia ellas para conocerlas y disfrutar de ellas.


3. El juego para la independencia


El niño, a través de los juegos con los objetos, descubre el espacio y siente curiosidad por conquistarlo. La exploración del espacio a través de su cuerpo posibilita al bebé el desarrollo de cambios posturales diversos ─volteos, reptación, gateo─, el establecimiento de nuevos contactos corporales, de nuevos intercambios con su medio, el conocer el sentido del ritmo de sus movimientos y conseguir por sí mismo los objetos que desea, o llegar al lugar donde su madre le espera. Estos juegos de relación, que establece con su cuerpo en movimiento y los objetos, potencian y fortalecen su desarrollo motor.

El juego para la independencia genera en el bebé sentimientos ambivalentes respecto a la «distancia» física y afectiva con su madre: «puedo estar lejos de mi madre, pero necesito estar próximo a ella para sentirme seguro». El niño siente curiosidad y deseos de explorar y conocer, y, al mismo tiempo, necesita de la presencia y de la mirada del adulto, sentando las bases de su independencia a través de estos tanteos, de estas idas y venidas.

En los múltiples juegos corporales con sus adultos, el niño descubre la verticalidad de su cuerpo, y le gusta verse en esta posición. Mantenido por el adulto en posición vertical, prepara su cuerpo para el desplazamiento en esta postura, apoyándose en una mesa, en una silla, en un sofá, para ir fortaleciendo sus músculos y la posición plantar. El proceso de mantenerse por sí mismo se pone en marcha en cuanto se le ofrece apoyo en su tronco, y, más adelante, se le sujeta únicamente por las manos. Los primeros pasos que da en el espacio que se crea entre los brazos de sus padres le llenan de emoción y, al mismo tiempo, de sentimientos de inseguridad.

En esta primera etapa, el niño no se desplaza por el placer de desplazarse, sino para acercarse a las personas u objetos que le son significativos. La alternancia entre ausencia y presencia de apoyos se va combinando hasta llegar a la marcha autónoma, que permitirá al niño conocer el mundo desde otra dimensión, dominar el espacio, situar a los objetos respecto a él y acercarse-alejarse de su madre.

El niño practica su marcha para hacerla más estable y adquirir el equilibrio que le permita realizar tareas desde esta posición: recoger un juguete del suelo, dar patadas al balón, caminar portando objetos, etc. En todo caso, el sostén y la mirada del adulto deben acompañar este proceso de marcha independiente. En sus desplazamientos, el niño vuelve la cabeza para comprobar que quien lo cuida sigue allí. El niño necesita saber que es mirado por el «otro», en la medida en que descubre que esta mirada le transmite mensajes: le invita a seguir, le aprueba, le gratifica, le pone límites, le anima, le asusta..., y él, interpretando estas señales, actúa en consecuencia.

Este tipo de juegos van introduciendo los límites a las conductas, tan necesarios para la buena evolución del niño, que precisa de límites estables y asequibles para estructurarse; necesita saber que hay cosas que puede hacer, y otras que no puede ni hacer, ni tener. Estas situaciones ayudan al niño a adquirir la capacidad de soportar pequeñas frustraciones, al mismo tiempo que le preparan para afrontar situaciones que la vida va a depararle, le ponen en contacto con la realidad social y le preparan para la vida en sociedad.

En este sentido, la madre comienza a establecer la «espera» en la relación que mantiene con su hijo, pasando a no dar respuesta a sus necesidades con tanta premura como venía haciéndolo, y comienza a retomar su vida (vuelta al trabajo, su pareja la reclama, atención a otros hijos). El niño comienza a ser consciente de que su madre tiene otros intereses y otras relaciones diferentes a las que le vinculan con él, por lo que ha de aprender que no siempre va a estar disponible en exclusiva para él. Es el momento adecuado para introducirle el objeto transicional, que hace de puente entre la madre y el mundo exterior al niño, y que va a ayudarle a elaborar la angustia que este proceso conlleva, hasta que llegue la etapa de la representación y el propio niño pueda proyectarla a través del lenguaje, del dibujo y del juego simbólico. Ha llegado el momento de introducir el juego de turnos, para que el que el niño comience a percibir la espera través de situaciones lúdicas.

Llegado este momento, el niño ha dispuesto de tiempo suficiente para almacenar una serie de experiencias afectivas y sensoriales, así como diversas vivencias de satisfacción y de frustración. Es decir, acumula todo un conjunto de experiencias y de sensaciones a las que puede acudir en los momentos que entrañan ciertos niveles de dificultad, como es el caso de la independencia.

Esta es una etapa de un crecimiento personal importante, en la que la espera y la ausencia proporcionan al niño la oportunidad de ir tolerando, poco a poco, los sentimientos de angustia que ambas situaciones puedan producirle, al mismo tiempo que le facilitan un espacio para la simbolización que va a posibilitar la aparición de la palabra.

El sostener y acompañar al niño en el juego para la independencia resulta crucial para su desarrollo. A medida que el niño crece, progresa, aprende y adquiere su independencia, el adulto va retirándose y ocupándose de él desde otros lugares.

Algunas consideraciones que pueden ayudar a comprender las dificultades del niño ciego y su entorno para establecer el juego de la independencia

La ceguera sitúa al niño ciego en una posición de dependencia mucho mayor que la que presenta el niño con visión. En la medida en que su entorno próximo tenga dificultades para potenciar su camino hacia la independencia, el niño ciego queda atrapado en esa dependencia, y «siente» la carencia de expectativas de su entorno respecto a él, siente que no cree en sus posibilidades para resolver los retos que debe afrontar durante su desarrollo.

En esta etapa puede darse la paradoja de que haya madres que, por una parte, tengan miedo a que su hijo no pueda adquirir su independencia y, por otra, que ante los peligros que puede entrañar la independencia para su bebé, adopten una actitud sobreprotectora. Pero, a pesar de ello, sabemos que el niño ciego tiene resortes suficientes para desarrollar una autonomía que debe potenciarse. Las conquistas que el niño ciego vaya consiguiendo ayudarán a su madre a contener sus dudas y sus miedos.

Como consecuencia de las experiencias que tuvo en el periodo anterior, el niño ciego ha ido creando en su memoria imágenes de los objetos con los que se relacionó, y esto va a provocar en él deseos de recuperarlos y desarrollar estrategias con su cuerpo para conseguirlos.

Debido al nivel de ansiedad que el niño ciego siente ante lo desconocido, en esta etapa, sus juegos van a estar centrados en los desplazamientos autónomos, lo que le obliga a desarrollar estrategias que le permitan superar las tensiones entre los deseos de autonomía y la seguridad que le proporciona la situación de dependencia: es la ambivalencia de la independencia.

Su proceso hasta adquirir la marcha autónoma será lento por la dificultad que tiene para organizar el espacio y, en consecuencia, para su desplazamiento en él. Por esto, para poder hacer este recorrido, el niño ciego necesita de las palabras tranquilizadoras y alentadoras de su madre y de su cercanía. Cada vez que da un paso es un riesgo, pero también un reto que el niño ciego termina por afrontar: pierde el contacto físico con la madre y da el paso hacia el espacio libre pero desconocido. Tensión, miedo, emoción… son sentimientos compartidos por la madre y el niño.

Es este un periodo de avances importantes, entremezclados con periodos de estancamiento, incluso de regresión. Necesita de estos periodos, los de estancamiento para conformar y consolidar los avances obtenidos, y las regresiones para coger seguridad y lanzarse de nuevo a hacer sus conquistas.

Con la marcha independiente, el niño ciego va a tener la oportunidad de conocer los espacios más cercanos y los objetos que hay en él, va a entender que los objetos tienen un lugar y una función, que puede disfrutar de ellos y que puede utilizarlos para hacer realidad sus deseos y cubrir sus necesidades. Es así como el niño ciego va construyendo el entorno desde donde podrá ir desarrollando la necesaria autonomía para desenvolverse en él.

Aunque su interés lo tiene centrado en caminar, el niño ciego aún no tiene conciencia de los riesgos que esta actividad implica, por lo que necesita que en sus juegos de idas y venidas se le introduzcan límites que le defiendan de los riesgos. Los límites le marcan la diferencia entre el adulto y él mismo, le ayudan a estructurarse psíquicamente y le posibilitan interiorizar normas tan necesarias para él, sobre todo, para cuando tenga que salir de su núcleo familiar y acceder al entorno educativo. No ponerle límites significa dejar al niño a merced de su descontrol y de sus caprichos, y le dejarían en un mundo sin referencias, un mundo que le resultaría caótico.

Su propia capacidad de movimiento autónomo le facilita la comprensión de las realidades dinámicas que tanta dificultad le genera su ceguera. Experiencias planificadas de desplazamientos de sus personas de referencia, de objetos que él pueda controlar y, posteriormente, su desarrollo cognitivo y el sonido, van a jugar un papel importante en la comprensión de las funciones dinámicas de los objetos y de las personas con las necesariamente ha de interactuar.



La separación de la madre le permite al niño ciego, como a cualquier otro, abrirse al mundo de las relaciones. Podrá ir tolerando sus ausencias porque ya puede hacer presente la imagen que ha hecho de ella a través del contacto físico, de sus palabras y de las experiencias compartidas.


4. El juego de imitación


Este tipo de juego ofrece al niño la posibilidad de imitar a otros, y se presenta como una pasarela que le permitirá acceder al juego simbólico. En esta etapa de su desarrollo el niño es capaz de realizar una marcha estable y de centrar sus intereses en hacerse con su entorno más próximo. Para conseguir este objetivo, va fijándose en lo que ocurre a su alrededor y comienza a desarrollar un juego más próximo a la realidad que los que ha venido realizando hasta ahora: imita las acciones que realizan las personas de su entorno y, a veces, se queda observando al adulto y a otros niños para poder hacerse con «aquello» que ellos dominan ya.

De toda la información que recibe mediante su percepción sensorial, el niño selecciona aquella que le es más significativa para sus intereses, porque va a permitirle tener una primera visión del mundo y del funcionamiento de la realidad que le rodea.


5. El juego simbólico


El juego simbólico6 es un juego libre y creativo basado en la imitación, mediante el cual el niño desarrolla su capacidad de crear símbolos e inventa historias a partir de cualquier objeto: una caja puede ser un camión, más tarde una casa o una cuna para su muñeca. Estas creaciones son totalmente reales para él, por lo que presentarles en esta etapa juguetes demasiado «acabados» puede reducir sus posibilidades de imaginar y simbolizar.

Son juegos que no conviene que estén dirigidos desde fuera, porque no solo le sirven para aprehender el mundo, sino que, también, le ayudan a la resolución de los conflictos y dificultades en que puede verse inmerso el niño. El juego simbólico es el juego infantil por excelencia, en el que los pequeños imaginan ser, imitando situaciones que copian de la vida real.

En este juego, los niños utilizan al máximo su imaginación, moviéndose constantemente en el límite entre lo real y lo imaginario, lo cual les ayuda a crear representaciones mentales que serán de gran ayuda para resolver situaciones futuras en su vida.

Pero el juego no consiste únicamente en imaginar, sino que el niño ya posee la palabra y se acompaña de ella en su juego: mientras interpreta, está hablando y compartiendo sus fantasías con otros niños, por lo que, además, fomenta su socialización.

En sus acciones, el niño sustituye el objeto real por otro no real: asigna papeles (esta muñeca está enferma) y propiedades a las cosas (esta sopa está muy caliente). Realiza la transición del sujeto al objeto, convirtiendo estos en personajes. Este desplazamiento de la intencionalidad le posibilita al niño el juego de roles, donde él mismo se convierte en personaje. A través de estos juegos el niño explora sus sentimientos y los coloca en los personajes que él mismo va creando, al tiempo que tiene la posibilidad de inventar, de imaginar y de organizar las experiencias vividas a través de diferentes manifestaciones creativas que le ayudarán a resolver sus conflictos internos y a superar sus temores.

Si el niño puede jugar libremente y nos mantenemos próximos a él, observando y escuchando lo que está proyectando en el juego, y le ayudamos a elaborarlo, estamos posibilitando que acepte situaciones que pueden crearle malestar, de manera que pueda ir encontrando soluciones a las dificultades a las que se tiene que enfrentar en su entorno social.

Por todo esto, el juego simbólico está considerado como un medio para la regulación emocional del niño, puesto que, a través de él, puede expresar sus sentimientos en un contexto «controlado», de laboratorio, repitiendo, de manera simbólica, esa experiencia que le ha producido sentimientos dolorosos o que le ha generado conflictos. La importancia del juego simbólico es tal que podemos afirmar que «pocas muñecas habrá en el mundo, que no conozcan los secretos de un niño» (Piaget).

La observación del niño durante el juego simbólico ayuda a conocerlo y a entenderlo mejor y, cuando compartimos sus juegos, ofrecemos al niño la oportunidad de compartir una experiencia en común.


Bibliografia seleccionada


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María Rosa Mayo Tagarro

rmt@once.es

Equipo Específico de Discapacidad Visual



Delegación Territorial de la ONCE en Asturias. Campoamor, 9. 33008 Oviedo, Asturias (España).


1 La Teoría Social, la Teoría de los Sistemas Ecológicos y la Teoría Transaccional consideran el desarrollo infantil como un proceso dinámico en el que interactúan el bagaje del niño y las experiencias y oportunidades de relación que le ofrece su entorno social (Kaye, 1986; Brofenbrenner, 1987; Pichon-Rivière, 1985).

2 A lo largo de esta exposición hacemos uso de los términos «entorno social», «otros», «padres», «adultos» como sinónimos, porque durante esta etapa la figura dominante en el desarrollo infantil es la figura materna.

3 En este artículo hablamos de ceguera porque consideramos que esta patología es la que entraña mayores dificultades para el niño y su entorno más próximo, dentro de las patologías que habitualmente se encuadran bajo la expresión «discapacidad visual».

4 El riesgo de que el niño ciego presente un trastorno durante su desarrollo, tiene a veces que ver más con cómo afronta y resuelve la ceguera su entorno relacional que con las consecuencias directas de la propia ceguera.

5 Entendemos por vínculo la relación afectiva que se construye entre el adulto cuidador y el bebé, alrededor del cual se organiza la vida del niño.

6 Una explicación más detallada del significado del juego simbólico en el niño ciego se encuentra en Lucerga et al. (1992).

Integración. Revista sobre discapacidad visual – Edición digital – N.º 58 – septiembre/diciembre 2010 – ISSN 1887-3383

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