El impresionismo



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EL IMPRESIONISMO

El impresionismo supuso una ruptura de los conceptos dominantes en la pintura y la escultura. Si hasta entonces primaban el estudio racional de la obra, la composición sobre dibujos previos y la claridad de las líneas, los neoimpresionistas abandonaron ese suelo para tratar de captar en sus obras la impresión espontánea, tal como llegaba a sus sentidos. No les importaba tanto el objeto que se quería pintar como la sensación recibida. La sensación fugaz, efímera, difícilmente perceptible y reproducible. Los pintores impresionistas abandonaron los talleres y salieron al exterior. Sus modelos fueron la calle, el edificio, el paisaje, la persona, el hecho pero no en su concepción estática y permanente, sino percibidos en ese momento casi único. El pintor impresionista pintaba in situ y terminaba la obra con rapidez. Utilizaba trazos sueltos, cortos y vigorosos. Los objetos y el propio espacio no se delimitaban con líneas siguiendo los cánones renacentistas sino que se formaban en la retina del observador a partir de esos trazos imprecisos. La pintura impresionista descubrió el valor cambiante de la luz y su movimiento, utilizando una rica paleta cromática de la que excluyeron el negro porque el color negro, según decían, no existía en la naturaleza.

Manet y sus amigos depreciaron los convencionalismos pictóricos por ajados y carentes de sentido. Los pintores tradicionales llevaban sus modelos al estudio, donde la luz cae a través de la ventana, y empleaban transiciones graduales de la luz a la sombra para dar la impresión de volumen y solidez. El publico llegó a acostumbrarse tanto a ver las cosas representadas de este modo, que había olvidado que el aire libre no percibimos de ordinario semejantes gradaciones de la sombra a la luz.

La pregunta sería ¿cuánto propendemos todos a juzgar los cuadros por lo que sabemos más que por lo que vemos?

Puede decirse que Manet y sus seguidores realizaron una revolución en la trascripción de los colores casi comparable a la revolución en la manera de representar las formas desencadenada por los griegos. Ellos descubrieron que, si contemplamos la Naturaleza al aire libre, no vemos objetos particulares, cada uno con su propio color, sino más bien una mezcla de tonos que se combinan en nuestros ojos. Estos descubrimientos no fueron hechos todos a la vez por un solo hombre. Pero las primeras obras de Manet, en las cuales éste abandono el método tradicional, de suavizar las manchas, en favor de violentos y duros contrastes, levantaron un clamor de protesta entre artistas conservadores. Es difícil concebir hoy en día, la violencia de las disputas tanto más cuanto que los cuadros de Manet nos sorprenden hoy como esencialmente encajados dentro de la tradición de los grandes maestros del pasado (Franz Hals y Velázquez) como sucede en la obra de El balcón.



Se trata de un sencillo grupo de personas en un balcón, en ella el pintor se complace en el contraste entre luminosidad del aire libre y la sombra que diluye las figuras del interior; las cabezas de las damas no están modeladas según el estilo tradicional , en comparación con este estilo, las que pintó Manet parecen planas pues de hecho a plena luz del día, al aire libre las formas voluminosas a veces parecen planas, como simples manchas coloreadas. El cuadro produce la impresión de que nos hallamos encarados con este grupo del balcón. La impresión general del conjunto no es plana, sino, por el contrario, de verdadera profundidad; una de las causas a que obedece este efecto sorprendente es el atrevido color de la barandilla del balcón, pinta de un verde brillante que corta la composición con el más absoluto desdén para las normas tradicionales sobre las armonías cromáticas. La barandilla parece avanzar haciendo que retroceda la escena que tiene detrás.



Las nuevas teorías no se refirieron tan solo al manejo del color al aire libre (plein air), sino también a las formas en movimiento. En la Carrera de caballos de Longchamp, Manet quiso facilitar una impresión de luz, velocidad y movimiento, no ofreciendo más que un simple indicio de las formas surgiendo de la confusión.

Entre los pintores que se unieron a Manet hubo un joven pobre y obstinado de Le Havre, Claude Monet, el cual impulsó a sus amigos a abandonar el estudio a no dar ni una sola pincelada sino delante del natural. Tuvo un barquichuelo equipado que utilizó como taller para poder observar las variaciones y los efectos del panorama del río. Para Monet la reproducción de la Naturaleza debía concluirse sobre el terreno, pues ésta cambia a cada minuto, al pasar una nube ante el sol o provocar reflejos en el agua el paso del viento. El pintor no tiene tiempo para mezclar y unir colores aplicándolos en capas sobre una preparación oscura, como habían hecho los viejos maestros; debe depositarlos directamente sobre la tela en rápidas pinceladas. Esta falta de acabamiento, este aparente descuido es lo que enfureció a los críticos. Los paisajistas entorno a Monet encontraron dificultad en que sus cuadros fueran aceptados en el Salón. Se agruparon y en 1874 organizaron una exposición en el estudio de un fotógrafo, allí presentó Monet su “Impresión: amanecer”. Después de algún tiempo, el mismo grupo de amigos aceptó el calificativo de “impresionistas”.


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