El hombre (Diccionario de Catequética y Pedagogía Religiosa)



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EL HOMBRE

(Diccionario de Catequética y Pedagogía Religiosa)


 La maravilla suprema de la Creación divina, del Ser Supremo reconocido por todas las religiones y filosofías, es el hombre, en el cual se unifica el mundo de la materia y el mundo del espíritu. Toda tarea catequística parte de una buena presentación de lo que significa el hombre en el mundo en doble dimen­sión.


   Se parte de la ciencia cosmológica, biológica y antropológica para analizar lo que es el hombre en clave de naturaleza. Y se llega a la Revelación divina sobre la realidad del ser humano.

   1. Cómo es el hombre



Ser humano, los hizo varón y mujer
   Así descubrimos, en una simbiosis admirable de datos naturales y sobrenaturales, que el ser humano es cuerpo y alma en íntima unidad de materia y espí­ritu.
   1.1. El cuerpo
    El cuerpo humano ofrece caracteres comunes con los animales más evoluciona­dos de la tierra: los mamíferos superiores. Pero hay algo en él que le hace superior a cualquier organismo animal del universo, por perfecto y desarrollado que se presente.


    La vida maravillosa que late en la corporalidad humana es semejante a la animal, pero no idéntica. Se explica por leyes biológicas, pero no en todas sus dimensiones.  Su más perfecta organización le permite ser soporte del desarrollo original de la inteli­gen­cia, de la voluntad, de la afectividad, de la so­ciabi­lidad y de los demás rasgos origina­les.

   1.2. El alma
   El alma goza de las características de los espíritus, pero se halla tan íntima­mente vinculada al cuerpo que no puede actuar por separado en la vida presente. Sólo misteriosamente, al "salir" del cuerpo por la muerte, podrá realizar los actos de conocimiento y de amor que le permitirán gozar de Dios, si para entonces ha merecido la salvación.

   Su naturaleza espiritual, libre e inmortal constituye un misterio de fe para el creyente, que le permite descubrir con admiración su dignidad superior.


   1.3. Es cuerpo y alma

 
  El hombre ha sido creado por Dios con un cuerpo y una alma que constituyen realidad unitaria. El hombre no es una dualidad material-espiritual, sino una uni­dad personal. Es una realidad personal dotada de cuerpo, que al morir se destruye, y de alma, que sobrevive después de la muerte corporal.




    No se puede considerar al cuerpo como ser malo que nos lleva al pecado y al alma como espíritu limpio que nos eleva al bien. Tenemos y somos cuerpo y alma, pero nos somos dos realidades.

    Nuestra naturaleza sintetiza lo material y lo espiritual. El cuerpo procede de nuestros padres, que lo configuran según las leyes hermosas de la naturaleza. El alma es creada por Dios de manera singular y amorosa.


    De la unión de ambos brota el hombre concreto, que crece, se desarro­lla y se hace consciente de sus dones naturales, físicos, psicológicos y sociales, y de sus dones espiri­tua­les como el pensamiento y amor, y sobrenaturales, como la fe y la gracia En ellos coinciden todas las creencias y filosofías naturalistas: el hombre tiene cuerpo, pero no es solo cuerpo. En el reside un espíritu, un alma, un daimon, una chispa de Brahama.



    El Concilio Vaticano II entre los católicos aludía a esta dignidad natural maravillosa: 
"Uno es el hombre en cuerpo y alma; por su misma condición corporal reúne en sí los elementos del mundo material y espiritual. De tal modo es así que, por medio del cuerpo, estos elementos alcanzan su cima y elevan su voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y ha de resucitar en el último día".   (Gaudium et Spes 14)


    El alma es espiritual, libre e inmortal. Sobre­vive a la muerte y, como criatura de Dios, está destinada para la vida eterna. Ella, en cierto modo, reclamará al cuerpo propio cuando llegue el mo­mento de la resurrec­ción final de todos los hombres.

   Si en esta vida el alma no puede ac­tuar sin la intervención del cuerpo, se hace activa y misteriosa­mente consciente cuando se separa de él por la muerte. Seguirá entonces conociendo y amando en la vida que le espera.
     1.4. Teorías sobre el hombre
     El humanismo en general ha resaltado siempre la figura del hombre hasta conver­tir su identidad en el centro de todo el universo. El hombre para los griegos (para los sofistas, como Protágoras) es la medida de todas las cosas. El hombre para los humanistas del Renacimiento también es la refe­rencia de todas las cosas. Y para los humanistas actuales es la razón de ser de todas las cosas.
     El evolucionismo biologista enseña que el hombre no es más que un animal desarrollado, un mamífero superior con mayor capacidad de respuesta ante los estímulos de la naturaleza.
    El espiritualismo de cualquier signo tiende a considerar al hombre como alma prisionera de una materia orgánica, limitada en sus tendencias trascendentes por la realidad orgánica que lo confi­gura.

   El existencialismo mira al hombre sólo como fruto de una circunstancia variable, relativa y superficial. No se interesa por su identidad, sino sólo por su existencia inmediata.


   El naturalismo tiende a mirar al hom­bre como un ser original y diferente, capaz de obrar bien, pero nada más.
   El pesimismo, por el contrario, lleva hacia una visión negativa del hombre. El hombre es ser malo, fruto de un desorden de la naturaleza, nacido para sufrir él y para hacer el mal a los demás.
   El positivismo y el pragmatismo le consideran como un ser capaz de produ­cir cosas útiles y ventajosas para sí mismo y para los demás.

 
  Otros sistemas o estilos de pensamiento: el
maniqueísmo, el misticismo, el nihilismo, y muchos más "ismos" más, tratan de ofrecer teorías sobre el hombre.



 
   El hombre, varón y mujer, está situado en el mundo

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