El habla del final



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En AA.VV, Variaciones del Habla, Altamira, Bs As, 2004. El siguiente trabajo está entre las págs. 15/46 de este texto.





EL HABLA DEL FINAL


Metafísica y política en tiempos de cólera


Mario Casalla


1.Una cuestión filosófica.

A veces es conveniente destacar con un trazo más grueso la procedencia de una reflexión. Si bien esto va de suyo para quiénes consideramos la filosofía como un ejercicio de lo “universal situado”, en ciertos casos es conveniente que esa situación se presente con mayor nitidez. Tal es el caso presente.

Escritas a lo largo del año 2002, estas líneas reflejan las “marcas” de varias crisis simultáneas: en primer lugar, la del país inmediato, Argentina, que -como es globalmente conocido- atraviesa una situación prácticamente terminal, de pronóstico reservado y dudoso para los próximos años; en segundo lugar, la del subcontinente sudamericano, sometido a tensiones y expectativas también muy complejas y de dificultosa resolución. Todo ello, a su vez, sobre el inquietante trasfondo de un Estados Unidos de Norteamérica que –bajo esta administración Bush- ha potenciado lo peor de sus tendencias atávicas y de sus delirios universalistas y “redentores”. Y, lo que es más grave aún, sin contrapeso real a la vista; esto no sólo por la ya lejana desaparición de la inefable URSS, sino por la debilidad del proyecto europeo para enfrentarlo –o al menos inquietarlo- con algún éxito.

Estamos en años particularmente difíciles y nos pareció un imperativo ético de primer orden intentar pensarlos, además de vivirlos por cierto con toda la intensidad del caso. Y en el nuestro, ese intento tiene que ver con la filosofía. ¿Es lícito ese punto de vista?; ¿tiene la filosofía algo que decir, al respecto?; ¿lo tiene, en un mundo donde la información periodística y casi instantánea prolifera?; ¿no se tratan, por sobretodo, de problemas económicos, políticos y sociales, respecto de los cuáles las respectivas “ciencias” que los atienden poseen un discurso más afiatado y actualizado qué el de la filosofía?; ¿para qué entonces insistir con ella?; ¿acaso por la sensibilidad de un filósofo determinado que, para calmar su cosquilleo ciudadano, decide hacer su “aporte” al debate global?.

Rotundamente no. Me parece que la filosofía tiene algo específico que decir al respecto (al menos, insistimos, aquélla que se concibe y ejerce como juego de lo universal situado1) y creemos además que sus puntos de vista sobre la situación presente, no son sin más reductibles al discurso de las ciencias sociales, o políticas, ni al de la economía; aunque bien pueda la filosofía (y aun deba) dialogar con todas estas disciplinas, en un intercambio seguramente enriquecedor que, por lo demás, nosotros mismos practicamos desde hace años.

La pregunta es entonces, ¿en qué consiste un punto de vista filosófico sobre las crisis del presente?; ¿desde dónde puede la filosofía decirnos algo diferente y de interés (no reiterativo de la información periodística, ni de los análisis propios de otras disciplinas)? Me parece que la filosofía tiene –en su acerbo conceptual y en su propia experiencia histórica- una categoría central de análisis que puede resultarnos de gran utilidad contemporánea: esto es la noción de “final”.

La filosofía no sólo es una “experta en crisis” (por ser hija dilecta de ellas) como reiteradamente se ha dicho, sino que –por eso mismo- es también una “experta en finales”. Más aún, la metáfora del final –desde la segunda mitad del siglo XIX- la recorre de parte a parte. No de otra cosa hablaban Hegel y Nietzsche en la culminación apoteótica de la modernidad (aunque desde puntos de vista diametralmente opuestos, por cierto) y no de otra cosa habló Heidegger (para él y para muchos otros) ya dentro del siglo XX que acaba de finalizar. Así es que, los comienzos filosóficos de este nuevo siglo, no sólo heredan esa problemática del final potenciada, sino que no pueden (aun queriendo) desentenderse de ella.

Pero el “final” del que habla la filosofía –ese final que la traba y le exige, desde adentro, su propia superación- es un final muy especial. Un final diferente, tanto del sentido usual de esta expresión (“muerte”), como del matiz “apocalíptico” conque suele presentarse en cierta teología, así como de la noción de “término o acabamiento de algo” conque suele utilizarse en las ciencias. El final que aquí aludimos –filosóficamente hablando- tiene su propio estatuto y su propia gramática, particularmente aptos para pensar cierto tipo de crisis como las que recorren nuestro presente.




2.El huevo de la serpiente.

¡Con qué anticipación la Vieja Europa lo supo o, más bien, lo intuyó! Cómo no iba a ser así si se trataba de un mundo (de un cosmos) que ella misma había creado y que acababa de universalizar. Por eso, en pleno auge del “progreso constante” y cuando el esplendor de la ciencia y de la técnica prometía poner todos los deseos a su alcance, empezó a darse cuenta que esa creación estaba herida de muerte. Esto es que -envuelto en el papel de regalo de sus mejores ilusiones- venía un huevo de serpiente. La incubación sería relativamente corta (sobretodo si la medimos con la regla del tiempo histórico y no con el personal): en poco menos de dos siglos la cabecita empezaría a asomar.

El pichón nació, como todos, con la impostergable necesidad de alimentarse y la mesa estaba servida, bien servida. La Modernidad iba camino de su propia apoteosis y al principio creyó que se trataba de una simple y molesta picadura. Barrió con más prolijidad el jardín y aceptó que la molestia no volvería a producirse. Craso error, cuando se dio cuenta la serpiente había regresado y en este “segundo Edén” tuvo mucho menos problemas que en el primero. La prohibición original estaba casi olvidada (¡al contrario, se había vuelto incentivo, antes que freno!); Dios era mucho más comprensivo y razonable (perdonaba en cuotas y casi sin dejar culpa) y el hombre (el Hombre) era (¡por fin!) el rey de la creación. Liberado de la culpa, aligerado enormemente del dolor y munido de los instrumentos que él mismo se había procurado, iba por fin a cumplir el viejo mandato: someter la Tierra y colocarla a su servicio.

Es cierto que ya ni se acordaba de quién se lo había ordenado, ni para qué. ¿Pero acaso no era él un ser libre, no había alcanzado ya aquella soñada e Ilustrada “mayoría de edad de la Razón”?. Pues bien, para qué preocuparse, el progreso constante superaría cualquier obstáculo y –de tornarse muy molesta- la serpiente terminaría ella también en un (moderno) zoológico. Allí donde las jóvenes generaciones –viéndola en su jaula- aprenderían que el peligro estaba definitivamente controlado (sino extirpado, al menos controlado).

Con esa seguridad visual, forjó una máxima incontrastable: “todo está bajo control” y así inició el siglo XX y –aunque no con la misma convicción, es cierto- también lo terminó. Sin embargo, algunos empezaron a pensar de otro modo. Incomodaban casi tanto como la serpiente y si para aquélla era el zoológico, para estos sería el manicomio (también moderno, por cierto).

3. El canto del cisne.
El último siglo de la filosofía moderna es el de la gran convicción en un final que (inexorablemente) se aproximaba. Esta convicción no podía dejar de colisionar con aquél ideal del “progreso constante” y así fue. Mientras unos siguieron decorando el jardín del segundo Edén, otros empezaron a advertir sobre la inutilidad de la tarea. Peor aún, atentaron contra esa ilusión compartida y denunciaron el espejismo: no había Edén alguno, sólo se trataba de un inmenso desierto. Un desierto que amenazaba con devorarlo todo. Entonces, como el cisne que asume su último canto, gritaron sin demasiadas posibilidades de ser escuchados. Fueron por ello extemporáneos e intempestivos y, por eso mismo, proféticos.

Sin embargo, ¿de qué hablamos propiamente cuando hablamos de “final”?. Acertadamente ha señalado Derrida que “no se está afuera de una época cuyo final puede aún anunciarse”, y vaya si ahora se anuncia ese final. La filosofía contemporánea casi no hace otra cosa, aun a regañadientes. En consecuencia no son adecuadas –sino bien aumentan la confusión reinante- algunas expresiones que intentan caracterizar este presente. No se trata de tiempos “postmodernos”, ya que la modernidad no ha sido dejada todavía del todo atrás, más aún sus valores fundamentales (aún en crisis profunda) informan nuestro tiempo. Tampoco son tiempos “neomodernos” ya que el programa de la modernidad está irremediable cumplido y agotado (mal que les pese a algunos nostálgicos), frente a lo cual no hay maquillaje que resista demasiado tiempo; la crisis de la modernidad es indisimulable y su origen no es el “olvido de los altos ideales” del programa ilustrado, sino precisamente su cumplimiento. Finalmente tampoco nos parece adecuada la expresión “tardomodernos”, ya que el prefijo temporal da la impresión de que se tratase de problemas de cierta etapa de la modernidad, cuando en realidad es todo ella (desde su origen) la que está ahora en juego terminal.

A fuer de sintetizar conceptualmente lo que realmente pasa, me parece mucho más adecuada la denominación heideggeriana de “consumación de la metafísica, que éste ensaya en el comienzo de su Carta sobre el humanismo de 1949. La palabra consumación señala allí un doble movimiento, insoslayable para caracterizar el presente de la Modernidad: 1º) el de algo que “se realiza en la suma, en la plenitud de su esencia” (con-sumare) pero, y precisamente por esto, 2º) lo que se consuma declina, decae y, en un largo tiempo, acaba 2. La Modernidad está hoy en ese largo tiempo del acabamiento.

Por cierto, este fenómeno de la consumación, no es una ocurrencia académica o sólo una interpretación del profesor Heidegger. Es la propia Modernidad la que presiente que -en su traspaso- ha de ser tras-pasada. Desde mediados del siglo XIX, la Modernidad "sabe" de qué se trata; oscuramente intuye que su tiempo es nocturnal y no auroral; que la ilusión ilustrada puede conducir, a un gran equívoco primero y a una gran frustración después (como de hecho ocurrió). Ya sea pensado como realización y progreso (tal los casos, por ejemplo, de Hegel y Marx), o como máscara y decadencia (a la manera de Nietzsche o de Kierkegaard), el proyecto moderno sabe que se va aproximando a su final y lo dice.

En esto consiste también, buena parte de su grandeza: en la autoconciencia de su propio desarrollo. Haciendo honor a su nombre, el proyecto moderno intuye que lo mejor está por venir y que esto requerirá incluso su propia muerte. Su largo retiro de la escena principal3. Lo "moderno" -como su nombre lo predica- es siempre circunstancial, por eso la tarea principal consiste en consumarse, es decir en dejar de ser lo que se es. Por tanto, la consumación no es algo que le viene desde afuera a la Modernidad sino que, por el contrario, le pertenece a su ser más íntimo4.

Sin embargo, insistimos, el tiempo del final “es largo” e imprevisible. El gran Goethe en una de sus Máximas lo advirtió proféticamente: "Nunca llegamos tan lejos como cuando ya no sabemos adonde vamos" (901). Muy por el contrario, es un tiempo activo (a veces hasta superactivo!), ya que no es precisamente por falta de “novedades” o entretenimientos que un final es lo que es. Esa vorágine de cosas que se da en el final le es casi consustancial y cumple un papel enmascarador esencial: le permite a la existencia –aunque más no sea fugazmente- creer que todavía “algo” (de lo irremediablemente consumado) puede salvarse o restaurarse y así ésta intenta (una y otra vez) su neurótica danza repetitiva. Sin embargo, cada paso de ese baile está condenado de antemano, porque el “inquietante huésped” ya se ha aproximado con “pasos de paloma”: el nihilismo está instalado entre nosotros y lentamente va haciendo su trabajo, enmascarado primero, desembozadamente después.

El grito nietzscheano fue en esto pionero: “Dios ha muerto” y los hombres lo han asesinado. Por eso aquél desesperado grito final, escrito en la mísera pensión de Turín en 1889, ya con la firma de El Crucificado: "Después de haberme buscado, no era difícil hallarme. La dificultad está ahora en perderme". O la lúcida comprobación del muy piadoso Kierkegaard: “nuestra especie está enferma y, desde el punto de vista espiritual, enferma de muerte", confesión que a su vez le provoca "la señal de un dolor casi loco; pero he ido tan lejos que me ha hecho bien". Ambos, parafraseando a Benjamin, habían comprendido que "El infierno es que todo siga así". Era (y es) necesario cambiar, pero esto no será fácil ni rápido.

El final, al igual que el ser, “viene de múltiples maneras al brillo del aparecer”. Lo cual a su vez nos lleva –en primer lugar- a diferenciar entre distintos tipos de “fines” ya que, como veremos, no todo fin tiene el mismo peso histórico u ontológico; para luego diferenciar también entre fin y crisis, dos términos de fácil (y peligrosa) confusión intelectual.



4. Los distintos tipos de “fines”.

Lo más común es identificar el fin con la muerte, de aquí la “mala prensa” de que goza esta temática (sobretodo en los tiempos hipertecnológicos de la modernidad consumada, en los cuales el horror a esa consumación es casi tan fuerte como los esfuerzos por postergarla indefinidamente). Sin embargo, no todo fin implica la muerte, ni es a ésta a quien nos referimos ahora. Es cierto que la muerte es un tipo de fin; más aún, generalmente es sobre su modelo que pensamos todo otro fin posible. Pero la muerte tiene ciertos elementos (inextirpables) que no están presente en otro tipo de “fines” y que la singularizan frente a cualquier otra experiencia del fin.

Señalemos sólo un par de ellos. En primer lugar, la muerte implica una suerte de “corte” con la serie temporal que la precede, que no es sin más extensible a otros tipos de finales. El corte, la cisura que produce la muerte, es absolutamente diferente a todo otro. En segundo lugar –y precisamente por eso- la “continuidad” después de ese fin, es un punto de complejidad y debate incomparables con el que está asociado a otro tipo de fin. Cuando de las naturales nociones de ruptura y continuidad se trata, la muerte coloca a la finitud humana en un punto tan dilemático y fronterizo, como no lo hace ningún otro tipo de fin.

Como fin, la muerte es intraspasable y (casi) impensable. Es una suerte de “fin de todos los fines” que, a un tiempo, nos origina como los mortales que somos. Ella, junto con el nacer, constituye los “bordes” (existenciales) de eso que enigmáticamente denominamos Vida. Sin embargo, hay otro tipo de fines por completo diferentes y a ellos propiamente nos referiremos aquí5.

Se trata de fines y de finales que -a diferencia de aquella experiencia de la muerte, pero teniéndola siempre como “telón de fondo”- son en cierta manera fines habitables, traspasables y hablados (al menos como posibilidades existenciales). Fines internos a ese horizonte de la Vida, que bien acontecen dentro del propio lapso vital individual (y que por esto denominaremos aquí como “personales”); o bien ocurren dentro del período –ya más extenso- de una comunidad histórica concreta (a los que podemos llamar“sociales”); y existe también un tercer tipo de “final” que coincide con la consumación de un ciclo civilizatorio determinado, o sea con un lapso vital aún más intenso y prolongado (y que, para distinguirlo de los dos anteriores, bien podríamos denominar “históricos”). Es decir que esta experiencia del fin a la que queremos aquí referirnos, nos puede suceder como personas individuales, como sociedades concretas y/o como civilizaciones históricas; por cierto que también, con las diversas combinaciones y simultaneidades del caso, lo cual les otorga peculiares registros de agravamiento6.

Más en cualquiera de los casos, el final es siempre un “ereignis” ( un acontecimiento) y no un simple “hecho”, ni tampoco un mero “suceso” (en la cadena más o menos regular de “sucederes”). Y por eso mismo, el final es primordialmente una experiencia (existencial), antes que teorías o discursos (“sobre” algo que pasa).

La experiencia del fin es así siempre un acontecimiento que nos “marca”; sin que esa “marca” necesariamente sea –como recién deslindáramos- la muerte personal, o la desaparición (física) de una sociedad, o de una civilización determinada. Sin bien también es cierto que esos “finales”, no pocas veces, nos llevan hasta el “borde” de la Muerte; así como la consumación que en sus “interiores” se opera, pueda también ser pensada bajo esa metáfora, como una suerte de complejas, “muertes en vida”.

Por eso mismo, la experiencia de este tipo de “fin” conmueve a la existencia en lo más profundo (la nihiliza y la angustia); la instala sobre un “límite” (esa “Línea” de la que simbólicamente nos hablaba Jünger); en las proximidades de un abismo (abgrund), que a su vez requiere un salto (sprung) para poder seguir adelante. Esto precisamente porque “lo que acontece” (ereignis) es por completo extra-ordinario y, por tanto, no encuentra solución (ni calma), ni en la continuidad de la serie que la precede (como si “nada” hubiese pasado), ni en la reinstalación ( neuróticamente “repetitiva”) de algún elemento de ese pasado, incólume a la consumación del todo7.

Esta singularidad del “fin”, pide la distinción que sigue.
5. Diferenciación entre “final” y “crisis”.

Cuando esa “repetición” (neurótica) se instala, el fin no puede ser comprendido en su verdad, ni mucho menos “superado”. Esto porque el fin no es una crisis y las conductas que en las crisis son todavía posibles (y a veces hasta transitoriamente efectivas), en los tiempos del fin no sirven, peor aún, las agravan8.

Por un sutil procedimiento de la Memoria, el fin requiere más del olvido que del recuerdo (polaridades éstas que sin embargo exigen ser pensadas en conjunción, antes que en disyunción). La “positividad” del fin está fuera de él, en lo que aparece como su futuro, como su superación (en el sentido tripartito que evoca el término alemán aufhebung, utilizado por Hegel: negar-conservar-superar); la “negatividad” del fin está, en cambio, “dentro” de él, en la enorme carga de un pasado (definitivamente consumado) que, reiteradamente, vuelve a presentarse (y seductoramente, por cierto) como “solución” a los males del presente.

De aquí la anteriormente citada “esquela de la locura” de Nietzsche expresando esa tensión en una sola línea (”Después de haberme descubierto no era muy difícil hallarme: la dificultad está ahora en perderme...”) Aunque, por cierto, este olvido no es lo contrario de la “memoria”, sino su complemento indispensable. En el necesario “olvido” del final –sin el cual no hay “superación” posible- mora un tipo especial de memoria (“recuerdo” la llamaríamos ahora, para diferenciarla de la otra) cuya relación con aquél pasado (irremediablemente) consumado es de liberación y no de (neurótica) reinstauración. Este recuerdo –cuando se da- es capaz de “conservar” lo consumado en la memoria (precisamente como aquello que debe ser “superado”), previniéndonos así contra los fantasmas del pasado, el disimulo de la muerte y la reiteración de los fracasos.

Gracias a este tipo especial de memoria (que “recordando”, olvida), se instala esa desesperanza radical (respecto de lo ya consumado) a partir de la cual –paradójicamente- es posible volver a tener esperanza. Hay una figura poética de Antonio Machado (la de la “segunda inocencia”) que ilustra esto maravillosamente bien: “esa segunda inocencia que da el no creer en nada”. Sencilla afirmación primera, que sobrevive al nihilismo incompleto del “final” y lo fuerza más allá de sí mismo, a ese “lugar” (todavía indecible) en el cual –a diferencia de la muerte- es posible seguir hablando9.

El “fin”, a diferencia de la “crisis” con la que no debe confundírselo, implica una cesación de sentido de todo el pasado y la necesidad angustiosa de un futuro, el que aparece casi siempre como lejano y dificultoso. En cambio la crisis (aún la más extrema), nos remite de manera primordial al presente y tiene siempre un principio de “solución”, en tanto y en cuanto se mantiene en ella en pie el (o los) paradigmas dentro de los cuales acontece. Por el contrario, el fin implica la crisis terminal, el colapso del propio paradigma, el cual pierde allí su carácter “fundamentador”.



6. Caminando sobre la “línea”.

Por eso con el fin –a diferencia de la crisis- “no hay nada que hacer”, a no ser experimentarlo (sentirlo), ya que es él quien hace algo con nosotros. De aquí que el fin nos sustraiga siempre de lo habitual (de lo “ordinario”) y nos instale en la experiencia (extra-ordinaria) del límite, en esa línea infranqueable que exige un salto. Jünger ha llamado a esa línea “meridiano cero” y la entendió como aquel trazo donde “todo fluye hacia la nada”, o como la frontera que separa “dos edades del mundo”. Y precisamente porque no debe ser confundida con la muerte, es que puede invitarnos a su “cruce” describiéndolo en estos términos: “El instante en que se cruza la línea, trae una nueva donación del ser y con ello comienza a relampaguear lo real”. Es decir, “algo” de un otro orden acontece y entonces lo apagado se ilumina, a la luz precaria pero terrible del relámpago10.

Sin embargo, nos equivocaríamos también largamente si creemos que se trata de un proceso breve. No lo es ni en tiempo, ni en intensidad. La palabra “instante” -referida al cruce propiamente dicho de la Línea- se inscribe en el largo “tiempo del final”, el cual tiene características muy peculiares. Por eso Heidegger -en ese mismo intercambio epistolar- completa la incitación jüngiana al “cruce” con su propia exhortación a “habitar la línea”, es decir a hacer la experiencia de permanecer “sobre” (Über) ella, ya que ésta “posee, como meridiano, su zona”. Esa Línea, nos dice Heidegger, “recorre un espacio, el cual a su vez, está determinado por un lugar”; ese lugar –como todo lugar- “congrega”, es decir reúne en torno de sí.

Más lo que se congrega en el lugar del fin, lo que allí se concentra, lo hace de una manera muy particular. Es una concentración y una condensación (de sentido y sin-sentido), tal como no se da en ninguna forma de “crisis”, a no ser en el colapso del final. En ese texto de 1955 Heidegger hablaba de una congregación tal, “que clausura lo congregado en su esencia”; es decir que no se trata de cualquier clausura, sino de una clausura que realiza lo clausurado en su ser más propio (su esencia) y lo hace de manera tal que lo así realizado -simultáneamente y a causa de esa misma realización- ya no tiene “razón de ser”: se vuelve entonces “nada”.

De aquí que, a la hora de denominar ese lugar (topos) “sobre la Línea”, Heidegger lo llame “la zona del nihilismo perfecto”. Es decir, aquel lugar donde todo (lo que hasta aquí “era”), es (adviene, se presenta ahora como...) nada11.

Y no se trata por cierto de la Nada “dialéctica” de un Hegel (de aquélla Nada que -recuperada de su “extrañamiento”- regresa al seno del Ser y ahora, por fin “conocida”, deja de ser su “exterior”, permitiendo así la realización plena en la “verdad absoluta”) sino, muy por el contrario, se trata de un hundimiento del “ser del ente” y de un desfondamiento del sentido del mundo, que traba al pensamiento sobre sí mismo, obligándolo a un salto.

Habitar en esa “zona del nihilismo”, propia de todo “fin”, no es algo precisamente deseable ni feliz. No lo busca la conciencia expresamente, sino que “cae” en ella de una manera que -en la mayoría de los casos- no le resulta de inmediato comprensible ni transparente.

En otro lugar Heidegger (siguiendo una de las metáforas nietzscheanas del Zaratustra) caracterizó a esa “zona del nihilismo” como “el desierto” y llamó a la larga travesía que supone, los “tiempos de penuria” (evocando esta vez un verso de Hölderlin). Lo cierto es que la experiencia del final, es de un orden por completo singular12.

Se trata –insistimos una vez más- de una experiencia que nos atraviesa, antes que de una “voluntad” que dispone y ordena, o de una “conciencia” que reflexiona. Es que allí, tanto la “voluntad” (del sujeto), como la conciencia (racional) que la acompaña, quedan ellas también erosionadas por el “final” e irremediablemente arrastradas hacia esa ¨línea”, donde todo fluye hacia la nada.

De aquí también que el pensamiento, en estos “tiempos de penuria”, cobre una dimensión muy especial. No se trata ya del sistema, ni del tratado, sino del “ensayo”, apostándolo casi todo a una “nueva donación del ser” en la cual acaso mora esa posibilidad de un“otro comienzo”.

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