El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



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2. FABULAR CON ERICH/FRITZ


Este insight materno-analítico (es cierto que alentado, y Melanie lo reconoció, por los consejos de Antón von Freund, quien le recomendó a la novicia que no interpretara solo lo implícito consciente, sino también el material inconsciente profundo) llevó a Klein a hacer avanzar sus interpretaciones. Fue más allá del nivel consciente y educativo, más allá incluso del nivel del inconsciente freudiano al que Anna Freud quiso atenerse unos años después, para aventurarse en interpretaciones directas de esas fantasías, interpretaciones que lograban alcanzar en profundidad al niño. ¿A qué se debía ese rápido efecto de verdad? Se debía a que el niño está menos defendido o reprimido que el adulto, y puede acoger la palabra interpretativa cuando esta tiene la audacia de reconocer con precisión incluso la fractura entre la represión y el deseo, ese “sufrimiento”:
Escuchó con gran placer la historia de la mujer en cuya nariz creció una salchicha después de que el marido expresara ese deseo. Entonces, de un modo totalmente espontáneo, comenzó a hablar y, a partir de ese momento, contó historias fantásticas más o menos prolongadas [...]. Los siguientes son algunos fragmentos de esas fantasías:

Dos vacas caminan juntas, y una salta sobre el lomo de la otra y la monta a caballo, y entonces la otra salta a los cuernos de la otra y los agarra fuerte. El ternero salta también a la cabeza de la vaca y sostiene con fuerza las riendas [...] Una mañana, al decirle buen día a la madre, después de que ella lo acariciara, él le dijo: “Quiero trepar sobre ti; tú eres una montaña y yo te escalo”. [...] Comenzó a hacer ciertas preguntas con gran ardor [...]. Simultáneamente, volvió a jugar.18


¿Qué hace entonces la madre-analista? Fábula, juega, narra. Acompaña la curiosidad sexual y también el miedo a la castración o el miedo a la muerte que entretejen las fantasías del niño, sin vacilar en proponer ella misma pequeños relatos cuando Fritz calla. Se proyecta en la escisión de Fritz; vive con él, en su lugar, la tensión entre el deseo y la represión; le da las palabras, las historias que está segura son las de él y las de ella.

“¡Sugestión!”, dirán algunos. Juguemos el juego, parece pensar Melanie Klein. Sin imponer un sentido “esclarecedor”, su palabra permite que las fantasías infantiles se expresen como sainetes, fábulas entregadas al adulto en un intercambio lúdico, a la vez cómplice y distante. Por ejemplo, Fritz, atento al discurso de su madre y/o analista sobre las semillas que crecen en el vientre de las mujeres, se apasiona por... el estómago. Atención: ¿vientre o estómago? ¿Feto/niño o comida/excremento? La madre-analista ha escuchado, captado y sembrado; asocia, y junto con ella lo hace Erich/Fritz. ¡Por cierto, el niño iba a necesitar estómago para digerir todo lo que Melanie volcaba! Los aguardaba una larga aventura-.


Algunas veces había hablado de sus “cacas” como de niños malos que no querían venir [...]. Le pregunté: “Entonces, ¿son los niños que crecen en el estómago?” Vi que esto le interesaba, y continué: “Porque las cacas están hechas de comida; los niños verdaderos no están hechos de comida”. Respondió: “Eso lo sé, están hechos de leche. “No, están hechos de algo que hacen papá y el huevo que está dentro de mamá” (Presta mucha atención y me pide que explique.) [...] Su extraordinario interés por el estómago menguó considerablemente.19
Vemos aquí que el niño kleiniano no es inocente a la manera de Rousseau, ni “simplemente” (si así puede decirse) perverso polimorfo a la manera de Freud. Si es fóbico, teme a una excitación poderosa tanto como a una dura prohibición, y se defiende convirtiéndose en sádico violento. O, más bien: la excitación y la curiosidad sexuales efectivamente perversas-polimorfas subtienden la neurosis según Freud, pero en Melanie Klein se abren peligrosamente en abismo hacia un inconsciente aún más profundo, un inconsciente primario en el cual se encuentra la posibilidad de la represión originaria, y con ella la capacidad o incapacidad para el lenguaje y el pensamiento. Resulta insuficiente decir que “Freud nos mostró el niño que hay en el adulto, y Klein nos ha mostrado el lactante que hay en el niño”, según la bella y concisa fórmula de Hanna Segal.20 Desde el principio, Klein se aplicó a la escucha de la represión originaria tal como se hace oír en el niño, tal como fracasa en el psicótico, tal como se pone de manifiesto en los estados límite. Al hacerlo, la penetración kleiniana no solo altera los objetivos pedagógicos y normalizadores de un cierto psicoanálisis de niños, como se pudo pensar en las década de 1930 y 1940; tampoco constituye un llamado subversivo a la liberación de la sexualidad, finalmente desinhibida, en familias descargadas de la autoridad, en particular de la autoridad de los padres, como se hizo creer hacia 1968 y en el feminismo; desde sus primeros pasos clínicos la novedad kleiniana se presentó como un psicoanálisis de la capacidad de pensar, y así lo comprendieron y desarrollaron Bion y Winnicott, y todos los que posteriormente intentaron curar la psicosis infantil y el autismo.

Los grandes analistas que renovaron al psicoanálisis abriendo nuevos dominios de investigación psíquica lo hicieron transformando su secreto y su pasión en un objetivo epistemológico. Desde sus primeros escritos, el secreto (la pasión), el objetivo de Melanie se pusieron claramente de manifiesto: se trataba de entender (y hacer advenir) un deseo que piensa. ¿Acaso de este modo se revelaba la madre, preocupada por el buen desarrollo de su hijo? ¿O era la hija de Libussa que acorralaba al antiguo poder de su madre sobre la niñita que ella fue, en las fronteras de la excitación incestuosa y el ahogo depresivo?


El combate que el sentido de la realidad debe emprender en su desarrollo contra la tendencia innata a la represión, el proceso mediante el cual la ciencia [pero también el lenguaje, el pensamiento podríamos añadir nosotros] solo puede consumarse, tanto en el individuo corno en la historia de la humanidad, en el dolor...21 [...] En el caso descrito, me parece que las bases de las inhibiciones del niño y de sus rasgos neuróticos se establecieron incluso antes del momento en que comenzó a hablar.22
En ciertas condiciones, la familia humana (y el psicoanálisis que podría ayudarla) logra metabolizar ese “combate” y ese “dolor” intrínsecos de nuestra especie pensante, en un desarrollo exitoso del pensamiento y la cultura. Se tratará de detallar los vínculos, es decir las variantes de la “relación de objeto”, como Klein dirá más tarde, que le permiten al deseo engendrar sentido, con y más allá del sufrimiento, en lugar de fijarse en la inhibición. Con el análisis de Fritz quedan ya planteadas las principales coordenadas del pensamiento kleiniano: deseo-sublimación-simbolización.

Eric Clyne recordó que, en 1919, en Rosenberg, y en 1920 en Berlín, la madre dedicaba una hora a su análisis, antes de acostarlo. El vínculo materno, ¿favoreció o, por el contrario, vició la escucha kleiniana? Este interrogante, continuamente debatido tanto por los discípulos como por los adversarios, solo puede recibir una respuesta ambigua: sin duda, ambas cosas. Como madre, Melanie era el objeto del deseo inconsciente de su hijo, del mismo modo que él lo era para ella, y esta proximidad (¿renegada o sobreinvestida?) la ayudaba a identificar los signos ínfimos de la curiosidad sexual de Erich respecto de sus dos progenitores. Al mismo tiempo, como la analista que intentaba ser y en la que llegó a convertirse en gran medida, era también agente, si no de una inhibición óptima, al menos de una negativación sublimatoria de ese deseo: por el sesgo de la interpretación, llevaba hacia la simbolización a Erich/Fritz. Desde el principio, ella prestó atención a esa doble función, pero sin cartografiar las dificultades o los atolladeros a los que exponía a los dos protagonistas:


Los deseos incestuosos [de Erich] habían sido llevados a su conciencia; a continuación, el apego apasionado a su madre se puso claramente de manifiesto en la vida cotidiana [...]. Sus relaciones con el padre, aunque él tenía conciencia de sus deseos agresivos (o precisamente porque tenía conciencia de ellos), eran excelentes [...]. El proceso de liberación respecto de la madre había ya comenzado en parte, o al menos [...] se había realizado un intento en tal sentido.23
Esta amalgama madre-analista, ¿no es lo que podría explicar que no hubiera “ninguna alusión al papel del padre”? Como si Klein desconfiara de la respuesta que podría ponerla en dificultades, propone (¿con demasiada simpleza?) que “en ese momento, él [Erich] no había hecho ninguna pregunta directa acerca de ese tema”. Y anota más adelante:
No hacía preguntas directas sobre el papel del padre en el nacimiento y el acto sexual en general. Pero, ya en ese momento, yo pensaba que estos interrogantes lo perturbaban inconscientemente.24
Sin duda, es imposible que una madre asuma a la vez el papel de objeto del deseo y del sujeto al que se le supone que conoce el inconsciente. Por otra parte, recordemos, para hacerle justicia a Klein, que nunca lo recomendó, y que incluso se esforzó en olvidar lo que ella misma había hecho.25 Hubo también una toma de conciencia acerca de la necesidad de separar el lugar familiar respecto del lugar analítico:
Llegué a la conclusión de que el psicoanálisis no debería realizarse en la casa del niño.26
De todos modos, nunca la abandonó su tendencia a “maternar” el inconsciente,27 tendencia que se prolongó incluso hasta sus prácticas ulteriores más lúcidas y más distanciadas. Esa tendencia se pone de manifiesto en la ambición, aparentemente más específica de los kleinianos que de la propia Klein, de aprehender la represión originaria y el inconsciente, al punto de objetivarlos y fijarlos en “posiciones” dogmáticas, cuando no en interpretaciones esquemáticas estereotipadas y subjetivas. Fue con otra aptitud para una maternidad más serena y lúdica (la de Winnicott), como “las semillas” (para retomar las palabras de Melanie y Fritz/Erich) plantadas por Klein en el terreno del psicoanálisis iban a sustraerse al dogmatismo del control materno y desarrollarse como reconocimiento de la “madre suficientemente buena” en el analista o la analista, como una invitación a crear un “espacio transicional” entre la madre y el bebé, así como entre el analista y el paciente.28
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