El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



Descargar 1,43 Mb.
Página7/41
Fecha de conversión10.04.2017
Tamaño1,43 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   41

II. Analizar a sus hijos:
del escándalo a la técnica
del juego


Mucho antes que Freud, Wordsworth (1770-1850) había escrito que “el niño es el padre del hombre”.1 Bajo el signo del Niño Jesús y de las Confesiones de San Agustín, dos modelos de la infancia se disputaban el imaginario inglés:2 por un lado, John Locke, con sus Pensamientos acerca de la educación (1793) y J.-J. Rousseau con el Emilio (1762) o el mito purificado de la inocencia infantil; por otra parte, la convicción, de inspiración calvinista,3 de que el niño tiene una naturaleza perversa, heredada del pecado original, la cual justificaba la severidad a menudo cruel de los métodos educativos (flagelaciones, privaciones, amenazas).

Tanto los científicos como los novelistas ubicaban al niño en el núcleo del vínculo social y de las magias del arte. En pleno siglo XIX, el escritor Charles Kingsley, en Antón Locke, describió de manera impresionante la tesis puritana. Su novela presenta los esfuerzos educativos de una madre convencida de la naturaleza diabólica de su niño, hasta su “conversión” a los valores cristianos (privación de comida y sesiones regulares de latigazos le enseñan a moderar sus pasiones). Esta visión rígida subtiende la ferocidad de los intentos de moralización de los niños de las clases populares por los filántropos del siglo XIX. El libro culto de la burguesía triunfante, Tomas Brown en la escuela (1857), de Thomas Hughes, narra la transformación de la public school de Rugby por obra de Thomas Arnold, y describe la metamorfosis de un niño tímido en “the bad of school, hecho a las virtudes de la “muscular Christianity”.

Paralelamente, numerosos modelos educativos propugnaban una vida en comunidad basada en la igualdad de todos los seres humanos: la utopía de Tomás Moro, los intentos de Digger en el momento de la revolución, las experiencias de Owen y, en el siglo XX, la de A. S. Neill (Summerhill). A partir del siglo XVIII abundan los libros sobre la educación de los varones, pero también de las niñas; entre los pedagogos más importantes podemos citar a Catherine Macaulay (1790), Mary Wollstonecraft (1792), Mana Edgeworth (1798) y Hannah More (1799).

En Inglaterra, la novela social del siglo XIX convierte la infancia en la cortina de lágrimas que refleja la miseria del mundo: una visión que prefigura la de los románticos, quienes realizarán la consagración del niño y harán de él el antepasado del hombre, para bien y para mal. Dickens describió su propia infancia miserable. En Alicia en el país de las maravillas, Lewis Caroll creó una infancia mítica, tejida con sus ensueños poéticos y sus pulsiones secretas. Peter Pan, héroe ficticio, cuya estatua muy real se eleva en Londres, es un mito increíblemente popular, que celebra la infancia a la vez prohibida y añorada. E incluso el moderno William Golding (1914), en El señor de las moscas (1954), opone de manera paródica el desencadenamiento de la cruel perversidad de los niños y su inventiva seductora, en la serie La banda de los cinco, donde crean una sociedad paralela llena de inteligencia y simpática extravagancia... El niño parece ser el objeto de deseo por excelencia del imaginario inglés, que calificaríamos de buena gana de paidófilo si el término pudiera aún vestirse de una cierta inocencia puritana.

En un plano más pragmático, y para escalonar el desarrollo de la psicología y el psicoanálisis de niños en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial (desde Bowlby hasta Winnicott), Juliet Mitchell4 observa que, por una parte, la independencia acordada a los niños y las mujeres debido a la movilización general durante la guerra impulsó avances emancipatorios que solo iban a hacerse realidad en la década de 1960; por otro lado, el retorno a la paz volvió a encerrar, al menos durante un tiempo, a la célula familiar inglesa en un repliegue moral. De hecho, estas dos tendencias contradictorias favorecieron la focalización de la atención en el niño.5

¿Acaso Inglaterra, sin saberlo, le había preparado el camino a Freud, y más en particular al análisis de niños, que nos invita a reencontrar la infancia que hay en nosotros para enfrentar el dolor de ser? Hasta que el consumo y la mercadotecnia globalizados ubicaron al niño-cliente en el centro de una humanidad administrada por la técnica, pero en realidad remitida a sus necesidades de satisfacción más primaria...

¿Es decir que Melanie Klein estaba necesariamente destinada a desarrollar su talento en Inglaterra, más bien que en otros lugares, y no por azar? En todo caso, ella declaró que Inglaterra era “su segunda tierra natal”,6 y sus allegados observaron hasta qué punto se llenó de vida después de instalarse en Londres.7 En efecto, aunque los textos que abordaremos en este capítulo datan de su período continental, de Budapest y Berlín, en realidad solo en Londres Melanie Klein pudo darles su sentido profundo, imprimirles un desarrollo clínico y teórico compartible, y por lo tanto un verdadero destino. Al tratar de fundar el psicoanálisis de niños inaugurado por Freud con su estudio sobre Juanito,8 y antes del áspero debate que iba a oponerla a Arma Freud, ella publicó en 1932 su compilación El psicoanálisis de niños,9 donde expuso veinte curas analíticas: cuatro niños de entre los 2 años y 9 meses hasta los 4 años y 3 meses (el período edípico); cinco niños de entre 5 y 6 años (el período posedípico); cinco niños de entre 7 y 9 años (el período de latencia); cuatro niños de entre 12 y 14 años (la pubertad), y dos adultos en una cura clásica.10

1. EL SABER INCONSCIENTE (DEL NIÑO) CONTRA LA ILUSTRACIÓN (DE LOS PADRES)


En su primera comunicación, “El desarrollo de un niño” (1921), 11 la analista realiza un giro total, una inversión sin duda ya intrínseca en el pensamiento freudiano, pero que Melanie profundiza con cuidado. Comienza por afirmar que la represión que impone la educación reprime la sexualidad infantil y determina la inhibición del pensamiento, por lo cual recomienda la participación del psicoanálisis en la educación de todos los niños, comenzando por los más pequeños, e incluso los que no plantean aparentemente ningún problema de comportamiento o pensamiento. Este postulado educativo se inspira evidentemente en la Ilustración, y la autora no deja de subrayarlo, recordando que la autoridad de los padres tiene tendencia a apoyarse en la de Dios, cuya existencia es difícil de demostrar, y que a fuerza de enredos lógicos agravados por los inevitables desacuerdos religiosos entre los dos progenitores, esta actitud produce una confusión en el espíritu del niño, incluso un retardo mental. Afortunadamente, la psicoanalista advertida que es Klein (y que, por un maravilloso azar, vive muy cerca de los padres de Fritz y pudo seguirlo ¡como si fuera la propia madre, por su parte atea!) tiene el coraje de asociar la curiosidad metafísica relativa a la existencia de Dios con la curiosidad sexual que el niño experimenta y al mismo tiempo reprime. La analista resuelve también la confusión del pequeño y, ahorrándoles a los padres sus disputas ideológicas, hace que no siga pesando la autoridad de ellos y que permitan el desarrollo del pensamiento de su vástago. Hasta este punto, no hay nada que no sea clásicamente freudiano...

El pequeño Fritz (en realidad, recordémoslo, se trata de Erich, el hijo de Klein) comienza a hablar tarde, se expresa con dificultad y se encierra en repeticiones; en síntesis, parece “lento” e incluso “retrasado” para sus 4 años. Entonces su madre, ayudada por la analista (¿o a la inversa?), le propone algunas explicaciones sobre la inexistencia de Papá Noel, y también acerca del origen de los nacimientos. Fritz empieza a hacer preguntas, interroga al mundo, se interesa por las heces y la orina, desarrolla un sentido de la realidad. A veces se estanca, e incluso retrocede, cuando la madre o la analista, desbordadas, suspenden sus interpretaciones. Pero finalmente supera su creencia en la omnipotencia de su pensamiento infantil, expresa cada vez mejor su deseo y, para terminar, pone de manifiesto una inteligencia totalmente satisfactoria.

Sin embargo, sin aguardar a la segunda parte de su trabajo, que modificará esta visión optimista, un optimismo del siglo XVIII, acerca de la vida infantil,12 a partir de la cuarta página de su estudio Melanie Klein sostiene que la interpretación, que tiene el efecto saludable de socavar tanto a la autoridad de Dios como a la de los propios padres, y liberar de este modo el pensamiento del niño, no se confunde en absoluto con una simple educación, sexual enlightenment o Aufklärung. Pues la represión que sufre Fritz es más profunda que la represión secundaria impuesta por la educación moralizante: en efecto, “entre las razones que lo empujaban a repetir sin cesar, el factor determinante era «un cierto sufrimiento», una negativa a aceptar (contra la cual luchaba su deseo de verdad)”.13 Reducir el peso de la autoridad religiosa o moral no bastaba; por otra parte, en la familia de Fritz ella no gravitaba mucho, gracias al desacuerdo de los padres, como hemos visto. La inhibición de Fritz no era el producto de una presión educativa externa, sino que arraigaba en un universo mental que ya estaba allí; era la expresión de un saber inconsciente que estructuraba la fuerza de los deseos, por un lado, y por el otro el poder de la represión y la prohibición del incesto. En suma, había “una tendencia innata a la represión”,14 pero Melanie Klein bosqueja desde ese momento una especie de escisión entre “la fuerte curiosidad sexual” de Fritz y su feroz “represión”. De ello resultaba que para Fritz la sexualidad estaba asociada con una repugnancia insuperable. Este niño, al que sus padres ilustrados nunca habían reprimido o amenazado por sus juegos sexuales, se resistía sin embargo a todos los esclarecimientos, “se negaba sencillamente a recibirlos”.15
El rechazo y la renegación de los hechos sexuales primitivos [...] ponían en acción la represión mediante la escisión.16
Se imponía entonces una hipótesis, que para Klein se convirtió en certidumbre. El inconsciente del niño nos confronta con otro saber, un saber enigmático propio de la fantasía,* rebelde a las explicaciones o al “esclarecimiento”, un saber que no quiere conocer el mundo real en el sentido de aprender y adaptarse a la realidad. Es un saber que se resiste al conocimiento. Este saber inconsciente es filogenético e innato: se trata del complejo de castración, “sin duda desarrollado, al menos en parte, a partir del complejo de Edipo”;17 se adhiere al enigma de la prohibición del incesto y, en tal sentido, está cargado de deseo y prohibición.

Ante el inconsciente de Fritz, la analista tiene la convicción de haber encontrado ¡la represión originaria! En adelante, no solo se tratará de respetar ese saber inconsciente que se opone a nuestros principios ilustrados, sino también de acompañarlo, de ayudarlo a formularse, pues solo así será posible reelaborarlo. Y, a pesar de todo, se podrá entonces conocer la vida, gracias a un largo proceso que no sería ya una adaptación (como quieren los padres), sino una negociación entre fantasía y realidad. Ese iba a ser el camino del psicoanálisis kleiniano. Sus parámetros aparecen planteados desde el primer texto de Melanie: el exceso de pulsión, el poder de la prohibición inconsciente, la escisión, el lento retroceso de la fantasía que le cede el lugar a un conocimiento de la realidad nunca definitivamente consumado, la naturaleza imaginaria del yo enfrentado desde el principio con objetos interiorizados, ferozmente deseados y ferozmente prohibidos... Parece que el genio se reconoce en sus primeros pasos. Este es el caso de Melanie.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   41


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal