El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



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4. KARL ABRAHAM


Karl Abraham (1877-1925) fue una de las mayores figuras del psicoanálisis en sus inicios. En esa época se lo imaginaba sucesor de Freud, el cual, sin embargo, no apreciaba su carácter reservado. En 1910 fundó el Instituto de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín. Reemplazó a Ferenczi como mentor de Melanie; ella, a los 38 años, comenzaba precisamente a dar muestras de una rica creatividad hasta entonces refrenada. La influencia de Abraham, que había desarrollado más intensamente que Freud tanto la teoría de los estadios pregenitales como la tesis de la pulsión de muerte,39 es fácilmente perceptible en el recorrido kleiniano. Klein tomó de Ferenczi la idea de que los tics neuróticos son sustitutos de la masturbación, precisando que era indispensable revelar “las relaciones de objeto sobre las cuales se basa el tic”, pero se refería a las relaciones sádico-anales identificadas por Abraham en su estudio del carácter anal. Como consecuencia, en el caso de la pequeña Lisa (que habría sido su propia hija Melitta, según una hipótesis no confirmada), Melanie comprobó que la analista volvía a desempeñar el papel del objeto primario, y comenzó a analizar tanto la transferencia como la relación homosexual.

¿Había tomado como “cobayos” a sus propios hijos? ¿Es decir, a Erich presentado como Fritz, a Hans como Félix y a Melitta como Lisa? Con Abraham, Melanie afinó también su aptitud para exponer sus “casos” con más claridad que antes, y perfeccionó la sutileza de la técnica del juego. En 1922 se convirtió en miembro asociado de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín, y en 1923 pasó a ser miembro pleno.

Realizó una exposición en el VII Congreso de Psicoanálisis realizado en 1922 en Berlín, el último al que asistió Freud. Probablemente ausente en el momento de la intervención de Melanie, Freud debió sin embargo recibir algún eco de ella, pero sin duda no podía apreciar el reordenamiento kleiniano del Edipo, y tampoco la idea de una fijación anal precoz en el lactante como etiología de las inhibiciones. Sin embargo, las modificaciones aportadas por Klein a la teoría freudiana inicial encontraban su base y justificación en el texto de Freud titulado Más allá del principio de placer (1920): ella aceptó con más rapidez que los otros analistas la hipótesis de la existencia de una pulsión de muerte en el bebé, como respuesta al miedo de ser aniquilado (a diferencia de Freud, para quien el lactante ignoraba la muerte). Pero, al considerar la pulsión en términos más psicológicos que biológicos, Melanie añadió que la pulsión de muerte solo se pone de manifiesto en su relación con el objeto. Los escritos de Abraham la alentaron en esa dirección,40 y en su Autobiografía ella le rindió un homenaje destacado:
Abraham, que había descubierto la primera etapa anal [...], estuvo a dos pasos de la idea de los objetos internos. Su trabajo sobre las fantasías y las pulsiones orales va más lejos que el de F. Aunque está a mucha distancia de mi propia contribución [...]. Diría que A. representa el eslabón entre mi obra personal y la de F. [Mi análisis] terminó cuando Abraham cayó muy enfermo, en el verano de 1925, y murió en la Navidad del mismo año; esa fue para mí una gran pena, y el inicio de un período extremadamente difícil de superar.41
Las audacias e innovaciones de Melanie Klein no tardaron en encontrar oposición, incluso ya en vida de Abraham. En el Congreso de Salzburgo, en 1924, en el que Klein comenzó a cuestionar la edad de aparición del complejo de Edipo, a acentuar el papel de la madre en lugar del rol del padre en la organización de las neurosis, y a presentar la sexualidad en términos de oralidad, se elevaron fuertes objeciones. Melanie insistió en analizar con el mismo espíritu el caso Erna, “una neurosis obsesiva en una niña de 6 años”:42 fuerte disposición innata oral y sádico-anal, Edipo precoz, superyó igualmente precoz y tiránico, homosexualidad. Abraham había puesto en contacto a Melanie con Nelly Wollfheim, una analista que se ocupaba de una guardería en Berlín, y allí Klein conoció a la pequeña Erna. Nelly Wollfheim, secretaria de Melanie durante dos años, antes de tomar distancia, fue la primera en sentirse a la vez impresionada y contrariada por el talento y la seguridad de esa mujer: ¿acaso proyectaba ella sobre sus pacientes su propio carácter devorador, incluso sádico, que era su mejor aliado para penetrar e imponerse en un ambiente desconfiado y hostil?

Después de la muerte de Abraham, los detractores se manifestaron abiertamente. En Berlín se exteriorizó el desprecio a Klein por su origen polaco, se subrayó su carencia de estudios universitarios, se ironizó: ¿una mujer que pretendía ser maestra y, por si fuera poco, analista de niños? El asesinato de Hermine von Hug-Hellmuth por parte de su sobrino, que había sido su paciente, reforzó la oposición al psicoanálisis de niños. Las tesis de Otto Rank expuestas en El trauma del nacimiento (1924) (la separación respecto del útero como prototipo de la angustia) parecían cercanas a la posición kleiniana, según la cual la culpa no resulta solo de la manifestación tardía del triángulo del Edipo, sino que se bosqueja ya en la etapa oral, en la relación ambivalente con el pecho: los freudianos más fieles veían allí una disidencia peligrosa.


5. LONDRES


Ernest Jones (1879-1958), por el contrario, advertido de las cualidades de Melanie Klein por James Strachey, a su vez intrigado por las cartas de Alix, invitó a Melanie a dar una serie de tres conferencias (¡en inglés!) sobre el psicoanálisis de niños, en julio de 1925. Alix Strachey, que tradujo las conferencias, consideraba a Klein “segura en la clínica, pero débil en la teoría”. En síntesis, antes de ese viaje la causa de Melanie Klein estaba lejos de ser comprendida del otro lado de la Mancha. No hablemos ya de su terrible acento, a pesar de las lecciones de Alix, ni de sus horribles sombreros:
A propósito, Melanie me mostró el sombrero que acaba de comprar para ponérselo en Londres cuando dé las conferencias y con la intención de impresionar al auditorio. ¡Demonios, seguro que lo va a impresionar! Es una cosa enorme, voluminosa, amarillo intenso, con un ala muy grande y un matorral enorme [...]. Hace el efecto de una rosa té que hubiera crecido demasiado, con un corazón rojo (la cara de ella), y los psicoanalistas temblarán.43
Pero la presentación de Klein barrió con todos los temores y superó las expectativas: vestida con mucha sobriedad, expuso su análisis de niños (¡qué tema inglés!) mediante el juego (¡qué técnica sensitiva y empírica!), produciendo “una impresión extraordinariamente profunda; se ganó nuestra más alta estima por su personalidad y su trabajo”, le escribió Jones a Freud, el 17 de julio de 1925. La Sociedad Británica de Psicoanálisis solo tenía entonces 27 miembros, pero el interés fue tal que la conferencia se transfirió al salón de Karin y Adrián Stephen, el hermano de Virginia Woolf, en 50, Cordón Square. De modo que la entrada triunfal de Melanie en Londres se realizó bajo los auspicios del grupo de Bloomsbury. Inmediatamente Jones la invitó a pasar un año en Inglaterra para analizar a sus hijos. ¡Adiós Berlín, Budapest y Viena! ¡Viva Londres!

Melanie viviría allí como una nómada de lujo, cambiando a menudo de domicilio. El 6 de mayo de 1926, día del cumpleaños de Freud, se inauguró la Clínica del Psicoanálisis en Londres. La joven Sociedad Británica de Psicoanálisis era dinámica, libre, casi insolente en su preocupación de informarse para innovar mejor, estaba impregnada de una vieja inclinación a la democracia y de un gusto vanguardista por los individuos extravagantes, incluso judíos, ¿por qué no?... Su fundador (en 1913) y director era Ernest Jones, un galés proveniente de la clase media. Jones había sido un brillante estudiante de medicina y se apasionó por los primeros trabajos de Freud: para leerlos, no vaciló en aprender alemán. Después, acusado de haber utilizado un lenguaje indecente con pacientes muy jóvenes, se exilió en Toronto, antes de volver a Londres para consagrarse al psicoanálisis británico e internacional. Apreciado por Freud como “gentil” (uno de los pocos, si no el único en la ruda época de la escisión de Jung), ese hombre complejo y muy diplomático iba a convertirse en el biógrafo del maestro. Más bien pusilánime, apoyó no obstante las novedades de Melanie, no sin retroceder ante Freud y Anna, tratando de no tomar partido. Las relaciones entre Freud y Jones se parecían a una especie de “esgrima con espadas sin filo”,44 pero fue él quien instaló a Klein en Londres para que dispensara su saber analítico a la señora Jones en persona, así como a los dos niños Jones, Mervyn y Gwenith (esta última murió trágicamente en 1928).

El renombre de Melanie creció rápidamente, al punto de que Ferenczi, al visitar Londres en 1927, le escribió a Freud que estaba consternado ante “la influencia dominante” de esa mujer sobre el grupo inglés. A partir de entonces la vida de Melanie se confunde totalmente con el destino de su obra. El conflicto con Anna Freud, la ruptura con Melitta (su hija), las fidelidades e infidelidades de sus discípulas, e incluso las Grandes Controversias en la Sociedad Británica en plena Segunda Guerra Mundial: todo esto se inscribe en el espíritu de la obra kleiniana y de su recepción conflictiva, y también se inscribe en la historia del siglo. La emigración de los psicoanalistas judíos a Inglaterra o los Estados Unidos y la difusión internacional del psicoanálisis: todo ocupaba para ella su lugar en y alrededor del trabajo microscópico y encarnizado que realizaba y que modificó la talking cure freudiana. Y luchó con uñas y dientes por su vurk, como lo llamaba con un fuerte acento germánico (“mi otro hijo, el trabajo”).45 De modo que en adelante la seguiremos a partir de su clínica y de su teoría, hasta ese día del 22 de septiembre de 1960, en el que se extinguió en Londres, derrotada por la enfermedad, la anemia y la vejez, a la edad de 78 años.

Al sentir que se acercaba el fin, trató de renovar sus vínculos con la fe judía, hizo llamar a un rabino, pero, ante la complejidad de lo que esto suponía, renunció, considerando que solo se trataba de una veleidad sentimental. Esa abuela alegre que adoraba a Diana, a Hazel y sobre todo a Michael,46 los niños de su hijo Eric y Judy, no tomaba en análisis a niños desde la década de 1940, pero siempre tenía adultos en análisis didácticos, y seguía supervisando. Le gustaba pasar las noches en las salas de concierto y el teatro. Sus locas carcajadas en las reuniones científicas llenaban de alegría a sus colegas. Aunque algunos temieron su seriedad y su dureza hasta el final, otros la idealizaron, describiéndola como la mujer “más impresionante”47 que hubieran conocido. En la ceremonia de su cremación, una amiga reciente y cercana, Rosalynd Tureck, interpretó con sobriedad el Andante de la Sonata en re menor de Bach.

Por el momento conservemos la imagen que nos entrega su fiel exégeta, Hanna Segal, la de una Melanie caminando:
Mientras avanzaba a pequeños pasos, la espalda y la cabeza se inclinaban ligeramente hacia adelante, como bajo el efecto de una vigilancia extrema. Adelantaba un poco la cabeza. Pienso ahora que esa manera de caminar [...] era profesional, y que la usaba en la sala de espera y en el consultorio. Era así como deseaba encontrarse con la gente. Pienso que en el exterior era distinta, se mantenía más derecha, sin esa especie de postura atenta.48
Melanie avanza inclinada hacia nosotros; todavía no ha llegado verdaderamente.

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