El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



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I. Familias judías, historias europeas: una depresión y sus consecuencias

1. LIBUSSA


La biografía de Melanie Klein1 nos revela, sin sorprendernos, que la infancia de esta descubridora del “objeto-madre” y del matricidio sufrió el dominio de la figura imponente de su propia madre Libussa Deutsch.

Esa belleza morena, cultivada e inteligente, provenía de una familia de rabinos de Eslovaquia, eruditos y tolerantes. Ella estudió piano y francés, y su hermano Hermann, futuro abogado acomodado que iba a desempeñar un papel importante en la vida de la familia Reizes, asistió a una escuela de jesuítas. A los 24 años, Libussa conoció a Moriz Reizes en Viena, y se casó con él. Judío polaco de una familia estrictamente ortodoxa de Galitzia, veinticuatro años mayor que ella, era un médico generalista no precisamente brillante, y ejercía en Deutsch-Kreutz, una modesta aldea húngara a unos cien kilómetros de Viena, donde se instaló la pareja. Esta unión inadecuada, debido a la diferencia de edad, de condición social y cultura (en la familia de Libussa, más rica y cultivada que la de Moriz, prevalecía además “un modelo de matriarcado”),2 no parece haber sido tampoco un matrimonio por amor.

En su breve Autobiografía redactada entre 1953 y 1959 (no publicada, propiedad del Melanie Klein Trust),3 la psicoanalista da una imagen muy modificada, incluso idealizada, de su vida. Dice haber sido fascinada por la atmósfera erudita que reinaba en la casa de los Deutsch, haber apreciado la independencia de espíritu de su padre, que supo oponerse a los hassidim para emprender estudios de medicina, y haber admirado su dominio de una decena de idiomas... No obstante, evoca también “la repulsión” que le inspiraban los caftanes de la hermana del padre, y no oculta su “desprecio” por el ídish que hablaban los judíos eslovacos de su familia materna.

Libussa y Moriz tuvieron tres hijos: Emilie, Emanuel y Sidonie, antes de establecerse en Viena, donde nació Melanie, en 1882. Emilie, la favorita del padre, fue muy pronto envidiada por la menor; Emanuel era el genio de la familia, y con él estaba muy ligada la futura analista; Sidonie, la más bella y la preferida de la madre, murió de tuberculosis a los 8 años, cuando Melanie solo tenía 4:


Recuerdo haber tenido la sensación de que mi madre tenía más necesidad de mí en ese momento en que ya no estaba Sidonie, y es probable que una parte de mis problemas provengan del hecho de que tuve que reemplazar a mi hermana.4
“Bella princesa judía”, Melanie parece haber recibido mucho amor en su infancia, haber sido la preferida del hermano y también de la madre después de la muerte de Sidonie.5 En cambio, afirma no haber comprendido al padre, en razón de su edad avanzada, pero sin duda también a causa de su mediocre posición social. Ejercía como médico consultor en un music-hall, empleo que él despreciaba, del mismo modo que la esposa, evidentemente insatisfecha. Las dificultades económicas de los Deutsch obligaron a Libussa a abrir un negocio un tanto extraño para una esposa de médico. Allí vendía plantas y reptiles: lo recordaremos al abordar la fantasía del cuerpo materno según Melanie Klein, bullente de horrorosos “objetos malos” péncanos y anales. Nada de esto inhibió a nuestra heroína: todo lo contrario, ella dice no haber sido “tímida absolutamente nunca”6 y se describe como “devorada por la ambición”.7 Proyectaba estudiar medicina (igual que el padre) y, más curiosamente, deseaba especializarse en psiquiatría, anhelo más bien raro en una joven, además judía... Animada por un verdadero fervor intelectual, convirtió a su hermano en un “amigo”, un “confidente” y un “profesor”, y floreció a su lado, para orgullo del joven.

Aunque era una judía asimilada y nunca fue sionista, Melanie Klein se sentía con los suyos profundamente judía, y manifiesta haber tenido una conciencia aguda de su marginalidad en una Viena católica que perseguía a la minoría judía. Su familia respetaba el ceremonial judío; Melanie recuerda la celebración de la Pascua y el Día del Perdón, pero observando que nunca habría podido vivir en Israel. Muy significativamente, Melanie recuerda la admiración de su madre por un estudiante del que ella, Libussa, había estado enamorada, y que, en su lecho de muerte, declaró: “Pronto voy a morir y repito que no creo en ningún dios”.8 Afirmar entonces (como algunos se arriesgan a hacerlo) que el psicoanálisis habría ocupado el lugar de ese dios ausente, al cual Melanie se habría “convertido”, como tantos otros judíos laicos, es totalmente injusto. Por el contrario, fue acompañando la catástrofe del sentido, según lo hace conocer la experiencia psicoanalítica, como Melanie Klein, junto con otros, supo identificar los fundamentos del nihilismo y de la creencia, de la depresión y de la reparación, para tratar de desconstruirlas a ambas.

Los “poderosos armónicos incestuosos”9 que resonaban en el seno de la familia Reizes se concentraron sobre todo en la relación de Melanie con Emanuel. Afectado de una enfermedad cardiaca como consecuencia de una escarlatina infantil, Emanuel se sabía condenado y, después de haber intentado estudiar medicina, se inscribió en la facultad de letras para dedicarse a la literatura y los viajes. Enfermo y endeudado, recorrió Italia escribiéndole a la madre y a la hermana, la cual le respondía con cartas llenas de sentimientos amorosos y alusiones sexuales. Fue en el marco de esta relación desesperadamente gemela, en la que hermano y hermana buscaban un fervor que estaba mucho más allá de la amistad, donde se inscribió... el matrimonio de Melanie.

Ella tenía 17 años cuando conoció, en 1899, a Arthur Steven Klein, sobrino segundo de Libussa y allegado a Emanuel: tenía 21 años y estudiaba química en la prestigiosa Alta Escuela Técnica de Zürich. Libussa vio en él “un buen partido”, e incluso a “el pretendiente más ventajoso”, y Emanuel demostró más entusiasmo por Arthur que la propia Melanie: más tarde, ella atribuyó su matrimonio no tanto al amor como al impulso del “temperamento apasionado del hermano”.

Al año siguiente murió de neumonía el padre, Moriz Reizes. Su “senilidad” era una degeneración debida probablemente a la enfermedad de Alzheimer que había padecido durante esos años. El 1 de diciembre de 1902 murió Emanuel en Genova, víctima de una crisis cardiaca, a menos que él mismo se haya “matado accidentalmente”.10

Sumergida aún en el duelo por su hermano, cuya muerte la conmovió profundamente, Melanie se casó el 31 de marzo de 1903, al día siguiente de cumplir 21 años. A juzgar por una novela muy autobiográfica que ella escribió más tarde (hacia 1913) el sexo solo le provocaba repulsión. Ese rechazo habría estado vinculado a la sensación de traicionar el lazo incestuoso con su hermano Emanuel. “¿Es entonces necesario que sea así, que la maternidad comience con el asco?”,11 le hace decir a su heroína, Anna.

Arthur, muy pronto infiel, se ausentaba en los numerosos viajes que le exigían sus actividades profesionales, y poco a poco se fue separando de Melanie. La joven se dedicó primero a la publicación de los escritos del hermano y, en su autobiografía, expresa su reconocimiento a Arthur por haberla ayudado a... recuperar los manuscritos de Emanuel... Aunque ella consideraba que ese matrimonio “hizo su desgracia [de él]”, y que el propio Emanuel habría sospechado que ella “cometió un error” al casarse con el primo, Melanie siguió apegada a su familia política.

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