El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



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Introducción
El siglo del psicoanálisis


Los hombres son tan necesariamente locos,

que no estar loco sería otro tipo de locura.

pascal

1925: “Está un poco chiflada, eso es todo. Pero sin duda su espíritu rebosa de cosas sumamente interesantes. Tiene una personalidad encantadora.” Alix Strachey describió de este modo a Melanie Klein en una carta al esposo, James Strachey, que iba a ser el célebre traductor y editor de la Standard Edition de las Obras de Freud, y uno de los animadores del famoso grupo londinense de Bloomsbury.1 Las dos mujeres se analizaban en Berlín con Karl Abraham, y por la noche salían a bailar en bares “de izquierda”, no necesariamente de muy buena fama.


1957: Al cabo de tres décadas, Melanie Klein se había forjado una notoriedad mundial como madre fundadora del psicoanálisis de niños y, más allá de esto, de refundadora, después de Freud, del psicoanálisis de adultos, en particular del psicoanálisis de las psicosis. En Envidia y gratitud escribió lo siguiente:
Mi experiencia clínica me ha enseñado que el pecho nutricio representa para el lactante algo que tiene todo lo que él desea; es una fuente inagotable de leche y amor, que no obstante él se reserva para su propia satisfacción: es entonces el primer objeto que el niño envidia. Ese sentimiento intensifica su odio y su reivindicación, y de este modo perturba la relación con la madre. Las formas excesivas que puede revestir la envidia denotan que los elementos paranoides y esquizoides son particularmente intensos; ese niño puede considerarse enfermo. [...] [Después la envidia] adoptará formas en las que no se apega únicamente al pecho, sino que se encuentra desplazada sobre la madre que recibe el pene del padre, que lleva hijos en el vientre, los pone en el mundo y los alimenta [...].

Estos ataques se dirigen sobre todo contra la creatividad. La envidia es un lobo voraz, como escribió Spenser en The Faene Queene [...]. Esta idea teológica nos llegaría de San Agustín, quien describe una fuerza creadora, la Vida, que opone a una fuerza destructora, la Envidia. Desde esta perspectiva se puede interpretar la Primera Epístola a los Corintios: “El amor no envidia”.2


Melanie Klein es ya una figura principal y un valor insoslayable. Del mismo modo que el psicoanálisis que ella ejerce con genio.

Gran aventura incorporada en las costumbres u oscura ignorancia salvajemente denigrada por algunos, el inconsciente aún sigue siendo un enigma en el alba del tercer milenio. Un siglo después de su aparición,3 aún no hemos medido la magnitud de la revolución copernicana realizada por Sigmund Freud (1856-1939) y sus discípulos. Heredero de la religión y la filosofía tanto como de la medicina y la psiquiatría de fines del siglo XIX, el psicoanálisis las desconstruyó y renovó, imponiendo la idea de que el alma humana, tributaria del cuerpo y del lenguaje, no solo es conocible, sino que, lugar de dolor y sujeta a destrucción, incluso a muerte, es sobre todo nuestro espacio privilegiado de renacimiento.

Con la pasión propia de los exploradores de lo desconocido, los pioneros de este descubrimiento movilizaron en torno a él la totalidad de su existencia, y forjaron de tal modo un nuevo tipo de conocimiento, que desafía la racionalidad clásica al amplificarse y tomar en cuenta lo imaginario que sostiene el vínculo entre dos seres hablantes. Aunque muchos desconfiaron y siguen desconfiando (desde Heidegger hasta Nabokov, para citar a los más empecinados), algunos hombres y mujeres que se contaron entre los más inventivos de este siglo (desde Virginia Woolf hasta Georges Bataille, desde André Bretón hasta Jean-Paul Sartre, desde Romain Rolland hasta Gustave Mahler, desde André Gide hasta Émile Benveniste, desde Charlie Chaplin y Alfred Hitchcock hasta Woody Allen) leyeron a Freud o se tendieron en el diván analítico, para comprender o experimentar esa innovación del autoconocimiento, a la vez condición de una nueva libertad y punto de inflexión de la civilización.

Los desgarramientos fratricidas e institucionales que acompañaron y agitaron el movimiento psicoanalítico en sus inicios y a lo largo de su historia secular no se debieron solo a la permeabilidad de los terapeutas ante la locura que atienden, como dicen las malas lenguas. Ni tampoco se debieron a que, al oponerse a las conveniencias civilizadas, la intensidad de las pulsiones y las palabras a menudo oficia de verdad. Pero, de manera más dramática, los conflictos internos del movimiento analítico revelan, si los examinamos como al microscopio, la crueldad intrínseca de toda cultura humana, puesto que solo hay innovación en las fronteras de lo imposible.

Para conocer y tratar de liberar el alma humana, Freud y sus “cómplices” tomaron el camino regio de la enfermedad mental. Numerosos moralistas y escritores, sobre todo franceses, habían ya abierto a su manera ese camino, al revelar la locura que hay en el fondo del alma humana. Esos precursores de Freud bosquejaron un pensamiento del exceso que estaba en las antípodas de su exclusión médica y psiquiátrica en la patología. En efecto, nada resta de “la locura” para la urbanidad de un La Rochefoucauld que escribe “Quien vive sin locura no tiene otra sabiduría”, o para el saber infernal de un Rimbaud, que proclama “La desdicha ha sido mi dios. Me he arrojado al barro. Me he secado con el viento del crimen. Y le he jugado buenas pasadas a la locura”. La locura, que no hay que ignorar ni encerrar, debe decirse, escribirse, pensarse: límite temible, estímulo interminable de la creatividad.

Esta paradoja aparente sigue estando ahora y siempre en el núcleo de la incomprensión y las resistencias que suscita el psicoanálisis: ¿cómo podría decir la verdad la patología? Al atender la enfermedad psíquica, al analizar el malestar, el psicoanálisis descubre las lógicas que también subtienden las experiencias humanas llamadas normales, y puede especificar las condiciones a partir de las cuales esas lógicas se fijan como síntomas. La teoría del inconsciente borra entonces la frontera entre “lo normal” y “lo patológico”; sin renunciar a curar, se ofrece esencialmente como un viaje hasta el fin de la noche íntima. Cierto vocabulario tomado de la psiquiatría puede inducir a error: el psicoanálisis parte de la locura, pero no la extiende a todo el mundo, no trata de convencer de que todos somos locos; por el contrario, encuentra en la locura modelos o estructuras que nos habitan en secreto y son portadores del exceso, de atolladeros, pero también de innovaciones.

El punto de apoyo que le permitió al psicoanálisis freudiano fundir las fronteras entre lo normal y lo patológico, e iniciar uno de los desmantelamientos más radicales de la metafísica de los que se enorgullece nuestro siglo, fue el descubrimiento de que la vida del espíritu enraíza en la sexualidad. A la vez energía y sentido, biología y comunicación con el otro, la sexualidad no biologiza la esencia del hombre (a Freud se le reprochó erróneamente que sostuviera esto) sino que, por el contrario (y siempre según Freud) inscribe desde el principio la animalidad en la cultura. Si la especie humana es capaz de simbolizar y sublimar, ello se debe a que tiene una sexualidad en la que se anuda indisolublemente lo que para la metafísica era un dualismo: el cuerpo y el espíritu, el instinto y el lenguaje. En efecto, el deseo es desde el comienzo energía e intención, y observando los accidentes de la sexualidad el psicoanálisis puede identificar los fracasos de esa copresencia, que son la fuente del malestar. Para que la desculpabilización de la sexualidad le permitiera a un judío vienés convertirla en objeto de conocimiento y, lo que es más, en el centro de la vida psíquica, fueron necesarios la herencia bíblica y todo el desarrollo libertario de la cultura europea, desde el Renacimiento y la Ilustración hasta la Belle Époque del siglo XIX. Los espíritus libertarios de todos los climas no dejaron de reconocerse en esa subversión. Pero el alcance del descubrimiento freudiano es más profundo. Ni libertinaje ni provocación, la sexualidad, según Freud, es la bisagra a partir de la cual se especifica “la esencia del hombre” como un deseo, indisolublemente energético y significante, de manera que lleva a la vez impresos el destino que nos limita y la singularidad que nos libera: un deseo en la encrucijada de la genética y lo subjetivo, de la pesadez y la gracia.

El alma, heredera de la antigua psique, se convierte entonces en un “aparato psíquico” cuyas “tópicas” variaron (inconsciente/pre-consciente/consciente primero, y después ello/yo/superyó), pero que está inexorablemente atravesado por las diversas economías y figuras del deseo, desde siempre psicosomático. La apuesta freudiana fue que ese deseo bifronte se descifra en el discurso dirigido al Otro-analista en el seno de la transferencia. Una apuesta llena de optimismo (pero que no evitó la desilusión más lúcida), una apuesta que instituyó la oreja como órgano principal, y el análisis del texto como referencia judeocristiana indispensable de esa prolongada aventura.

Según Freud, la heterogeneidad carne/espíritu entretejida en la sexualidad solo puede entenderse en el discurso con la condición de que se abra su superficie controlada por la conciencia, y se cave en él la brecha de otra lógica. De este modo se hace vacilar la totalidad del edificio del sujeto pensante, heredado de la historia de la metafísica y sellado por el cogito de Descartes. El inconsciente freudiano se convierte en esa “otra escena”, accesible a través de la conciencia pero irreductible a ella, que se ofrece a la escucha analítica. El inconsciente se sustrae al irracionalismo, pues, lejos de ser un caos irreductible, tiene una estructura, aunque diferente de la estructura de la conciencia. Soslayando el secreto psicológico en el que actúan la vergüenza de las familias y la moral social, me constituye sin que yo lo sepa, con una profundidad insospechable. Y cuando llego a acceder a él, me libra de mis inhibiciones al restituirme la libertad. Yo no soy responsable de mi inconsciente, pero si bien no respondo por él, sí fe respondo... repensándolo y recreándolo.

La sexualidad inconsciente iluminó desde entonces con una nueva luz la diferencia tradicional entre los sexos, y no fue la menor revelación de la revolución psicoanalítica el hecho de que acompañara y estimulara las modernas mutaciones de las relaciones entre ellos. Para captar la lógica del inconsciente, Freud afinó su oreja en la escucha de la histeria femenina. Toda una galería de “personajes” o “casos” femeninos se pusieron en sus manos para que fundara el psicoanálisis: Anna O., Emmy von N., Lucy R., Katharina, Elisabeth von R., sin olvidar a Dora, la más célebre, y a muchas otras, más o menos conocidas. Lejos de atribuir esas sintomatologías al sexo femenino exclusivamente, Freud ocasionó un escándalo al rastrear las histerias masculinas: una manera más de cuestionar el clivaje tradicional hombre/mujer. El psicoanálisis comienza por reconocer la bisexualidad psíquica inherente a cada uno de los dos sexos biológicamente constituidos, y para terminar revela la singularidad sexual propia de cada individuo. Así, aunque la mayoría de las corrientes analíticas afirman que la heterosexualidad sobre la que se funda la familia es la única que puede asegurar la individuación subjetiva de los niños, el psicoanálisis explora y reconoce de hecho un polimorfismo sexual subyacente en todas las identidades sexuales, y se afirma por lo tanto como una ética de la emancipación subjetiva.

Este contexto intelectual favorece el acceso de las mujeres a la práctica del psicoanálisis, y revela más sus talentos que otras disciplinas más o menos sensibles a los trastornos sociales y políticos de la época. A pesar de las resistencias y hostilidades que muchas de ellas encontraron en un ambiente masculino, en el que además regía la jerarquía médica tradicional y rígida, numerosas mujeres participaron en la revolución psicoanalítica o realizaron aportes reconocidos de inmediato: Lou Andreas-Salomé, Sabina Spielrein, Karen Horney, Helene Deutsch, Anna Freud, Joan Riviere, Susan Isaacs, Paula Heimann, Jeanne Lampl-De Groot, Marie Bonaparte, y sobre todo Melanie Klein (para no citar más que algunas de las contemporáneas de Freud).
Adorada hasta el fanatismo dogmático por sus discípulos, vilipendiada por sus detractores (algunos de los cuales no vacilaron en negarle la condición de analista), Melanie Klein (1882-1960) no tardó en imponerse como la innovadora más original del psicoanálisis, entre los analistas de uno y otro sexo por igual. En efecto, supo dar una nueva orientación a la teoría y a la clínica del inconsciente, sin romper con los principios fundamentales del freudismo (como lo hicieron los disidentes, por ejemplo C. G. Jung). Su obra clínica y teórica es menos un texto canónico que el desarrollo de una poderosa intuición práctica, la cual, después de dolorosas controversias, suscitó las consecuencias más fecundas de las que se enorgullece hoy en día el psicoanálisis moderno, en particular el inglés.

La clínica del niño, de la psicosis y del autismo, en la que prevalecen nombres como W. R. Bion, D. W. Winnicott o Francés Tustin, sería impensable sin la innovación kleiniana. Veremos que esta mujer (que fue una esposa infeliz y una madre deprimida, que emprendió un análisis con Ferenczi y lo terminó con Abraham, que no era médica ni tenía ningún otro título) en 1919 realizó su primer estudio de psicoanálisis de niños pequeños, basándose en el análisis de sus propios hijos, y se convirtió en psicoanalista en 1922, a los 40 años de edad. En 1926 se instaló en Londres y se ganó una notoriedad fulgurante, consagrada por la publicación en 1932 de su compilación El psicoanálisis de niños. Las divergencias con Freud y las disputas con Anna Freud, que culminaron en las Grandes Controversias de la Sociedad Británica de Psicoanálisis entre 1941 y 1944, no hicieron mella en su determinación ni en su expansión. Por el contrario, la influencia directa o indirecta de Klein no cesó de aumentar en el mundo después de su muerte, en particular en Inglaterra y América latina, pero también en Francia, tanto entre psicoanalistas clínicos como entre sociólogos y feministas.



Son conocidas las líneas principales de sus divergencias con el pensamiento de Freud, divergencias que nunca dieron lugar a una fractura, sino que fueron presentadas como una manera de completar la teoría del inconsciente. El inconsciente freudiano está estructurado por el deseo y la represión; Melanie Klein, por su parte, insiste en el dolor psíquico del recién nacido, en la escisión, disociación o clivaje, y en la capacidad precoz de sublimación más o menos obstaculizada. La pulsión freudiana tiene una fuente y un fin, pero no objeto; las pulsiones del recién nacido kleiniano se dirigen primero hacia el objeto (el pecho, la madre): el otro está desde siempre allí, y los dramas de ese vínculo precoz que se establece entre el objeto y un yo con su superyó igualmente precoces con un Edipo precocísimo, se despliegan con todo el horror y la sublimidad de un Hieronymus Bosch. Freud centra la vida psíquica del sujeto en la experiencia de la castración y la función del padre: sin ignorarlas, Melanie Klein las considera apuntaladas por una función materna omitida en la teoría del padre fundador del psicoanálisis, con lo cual ella, Melanie, corre el riesgo de reducir el triángulo a una diada (aunque en la teoría la pareja sea presentada desde el principio con la forma primaria de un “objeto combinado”). No obstante, la madre así privilegiada está lejos de erigirse “en objeto de culto, como con demasiada facilidad lo pretendieron los adversarios. Pues el matricidio, sobre el que Klein fue la primera en reflexionar, no sin audacia, está precisamente en el origen de nuestra capacidad de pensar, junto con la envidia y la gratitud. Freud inventó el psicoanálisis a partir del amor de transferencia, que nunca teorizó a fondo; Klein analiza la transferencia materna de sus pequeños pacientes sobre la analista sustituía de la madre, y escucha las fantasías tal como se manifiestan en los juegos, y como las induce la contratransferencia (sacada a luz por sus discípulos) en la propia analista. En Freud, sueños y lenguaje; en Klein, despliegue de la fantasía en el juego: lo que rige esa modificación técnica no es solo la edad de los pequeños pacientes, que aún no han adquirido el lenguaje o que padecen trastornos de la palabra. La fantasía kleiniana está en el núcleo del análisis, tanto del lado del paciente como del lado del analista; es más heterogénea aun que la fantasía freudiana, constituida por elementos dispares, conscientes e inconscientes, debido a lo cual el fundador del psicoanálisis la define como “mestiza”. Hecha de pulsiones, de sensaciones, tanto de actos como de palabras, la fantasía (en inglés phantasy, palabra que los kleinianos escriben con ph en lugar de la f habitual), tal como el niño la juega, pero también tal como el adulto la describe en el diván, en un discurso desembarazado de motricidad, es una verdadera encarnación, una metáfora carnal; Proust diría “una transustanciación”.

En Klein, esta complejidad conceptual no es específica de la fantasía. Veremos que todas las concepciones de nuestra autora son ambiguas, están desdobladas, y operan según una lógica más circular que dialéctica. ¿Debilidad de la teórica? ¿O, por el contrario, pertinencia de la intuición analítica, que en la aprehensión de la regresión no necesita emplear el concepto de lo “arcaico” para hacerla actuar como repetición o reduplicación, o aun como una sutil alianza de la sustancia y el sentido, que insisten en cuanto índices principales del inconsciente en nuestros pensamientos y comportamientos?

Cuando el pensamiento kleiniano se coagula en escuela, pretende conocer el inconsciente, que a menudo simplifica hasta el extremo. Melanie cree que ella es el inconsciente, protestaron sus detractores... Sin embargo, en la preparación de esos descubrimientos, en la alquimia de sus “casos” y la génesis de sus concepciones, el lector moderno de Melanie Klein comprueba con sorpresa una apertura permanente del inconsciente de la analista con el inconsciente de sus pacientes: ese “at-one-men” que inventó W. R. Bion, uno de sus sucesores más originales, a partir de la expresión inglesa “to be at one with”, lo más cerca del dolor y al acecho de la capacidad para simbolizarlo, y solo así atravesarlo y recrear esa fantasía continuada que llamamos una vida.

Por haber comprendido más claramente que nadie la angustia, onda portadora del placer, Melanie Klein convirtió el psicoanálisis en un arte de curar la capacidad de pensar. Atenta a la pulsión de muerte que Freud ya había puesto al mando de la vida psíquica en Más allá del principio de placer (1920), ella hizo de esta función el agente principal de nuestras afecciones, por cierto, pero sobre todo de nuestra capacidad de creadores de símbolos. La represión del placer crea la angustia y el síntoma, dijo Freud en sustancia. ¿En qué condiciones se vuelven simbolizables las angustias que nos devastan? Es así como Klein reformula la problemática analítica, lo que ubica su obra en el núcleo de la humanidad y de la crisis moderna de la cultura (por cierto, sin que ella lo supiera, pues era sobre todo una clínica valerosa, y en absoluto una “maestra de pensamiento”).

En efecto, esta mujer, que se convirtió en jefa de escuela, ocultaba bajo su seguridad aparente una excepcional permeabilidad a la angustia: la de los otros y la propia. La convivencia con la angustia, simbolizada y por ello vivible, en virtud de haber sido superada mediante el pensamiento, le había procurado el gusto y la fuerza de no retroceder ante la psicosis, sino brindarle tratamiento con más atención que Freud. Erasmo había hecho ya un Elogio de la locura (1511) para significarle a la humanidad renacentista que la libertad se nutre de experiencias límite. Cuando Freud, en La interpretación de los sueños (1900), nos enseñó que los sueños son nuestra locura privada, no negó la enfermedad: nos la hizo conocer mejor al describirla también como nuestra “inquietante extrañeza”, y la acompañó con tanto cuidado como benevolencia. Al identificar en el recién nacido un yo “esquizoparanoide”, o al comprobar que la “posición depresiva” es indispensable para adquirir el lenguaje, Melanie Klein amplió nuestra familiaridad con la locura y amplificó nuestro conocimiento de su alquimia.

Aunque arrastrada por la historia dramática de nuestro continente, que culminó en el delirio nazi, Melanie Klein no se dedicó a los rostros políticos de esa locura que ha desfigurado a nuestro siglo. Pero si bien se protegió de ese modo del horror social que la rodeaba, su análisis de la psicosis privada, infantil o adulta, nos permite circunscribir mejor los mecanismos profundos que condicionan (junto con los gajes económicos y partidistas) la destrucción del espacio físico y el aniquilamiento de la vida del espíritu que amenazaron a la época moderna. La locura habrá sido la actualidad política quemante de nuestro siglo, y es forzoso recordar que el psicoanálisis fue contemporáneo de ella. No porque haya participado de no se sabe qué nihilismo consecutivo a la secularización, que habría producido conjuntamente la muerte de Dios, los totalitarismos y la “liberación sexual”... Sino porque, en esta desconstrucción de la metafísica que vivimos con más o menos riesgos y felicidad, el psicoanálisis nos ha llevado hasta el núcleo de la psique humana, para descubrir allí la locura que es a la vez su motor y su atolladero. La obra de Melanie Klein se cuenta entre las que más han contribuido al conocimiento de nuestro ser como malestar, en sus diversos aspectos: la esquizofrenia, la psicosis, la depresión, la manía, el autismo, los retrasos e inhibiciones, la angustia traumática, la fragmentación del yo, entre otros padecimientos. Y si bien no nos proporciona claves mágicas para evitarlos, nos ayuda a acompañarlos del mejor modo, y tal vez nos procura una oportunidad de modulación con vistas a un renacimiento.


Más allá de los destinos específicos y de las desemejanzas entre las obras, es posible entrever ya algunas constantes comunes en los genios respectivos de Melanie Klein y Hannah Arendt: ambas se interesaron por el objeto y el vínculo, se preocuparon por la destrucción del pensamiento (un “mal” para Arendt, una “psicosis” para Klein) y rechazaron el razonamiento lineal. A esto se suman paralelos existenciales: provenientes de ambientes judíos laicos, estas dos intelectuales se apropiaron de una manera crítica y muy personal de la filosofía cristiana, el espíritu de la Ilustración y el saber moderno, para desarrollar una libertad excepcional de comportamiento y pensamiento, en comparación con la existencia de las mujeres y los hombres de su tiempo. Disidentes respecto de sus ambientes originales y profesionales, víctimas de la hostilidad de los clanes normativos, pero capaces también de guerrear sin misericordia para desarrollar y defender sus ideas originales, Arendt y Klein son de las insumisas cuyo genio consistió en arriegarse a pensar.

Tratemos de seguir más pacientemente la génesis y la cristalización de estas particularidades que hicieron de Melanie Klein la refundadora más audaz del psicoanálisis moderno.


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