El genio femenino La vida, la locura, las palabras Melanie Klein



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4. LA POSICIÓN DEPRESIVA: OBJETO TOTAL, ESPACIO PSÍQUICO, REPARACIÓN


Pero, según la teoría kleiniana, solo a partir de la posición depresiva se podrá establecer una relación suficientemente estable y satisfactoria con el objeto, en el sentido de que dé lugar a la simbolización y al lenguaje, que designarán un objeto para el yo. Melanie Klein introdujo la posición depresiva en 1934, y después la apuntaló y precisó en textos de 1940, 1948 y 1952,43 ubicándola en la evolución del niño después de la posición esquizoparanoide, que solo formuló en 1946.

Organizadora de la vida psíquica mucho antes que el Edipo freudiano, la posición depresiva es una invención teórica que Melanie Klein formuló después de un duelo devastador para ella. En efecto, en abril de 1934 murió en un accidente de montaña Hans Klein, su hijo mayor. Trabajaba en una fábrica de papel fundada por su abuelo materno, y le encantaba pasear por el bosque en los Tatras húngaros; un día se produjo un desprendimiento debajo de sus pies, precipitándolo en una caída mortal. Para la madre, el choque fue tal que, incapaz de viajar a los funerales en Budapest, permaneció en Londres. Primero se pensó que se había tratado de un suicidio, pero Erich Klein negó categóricamente esta hipótesis, y la propia esposa de Hans afirmó que el joven habría superado sus tendencias homosexuales y sus angustias.

No obstante, “todo lo concerniente a Hans sigue en una oscuridad perturbadora”.44 La madre en duelo, que no había asistido a la exequias de su hijo, se presentó no obstante en el XIII Congreso Internacional de Psicoanálisis realizado en Lucerna entre el 26 y 31 de agosto del mismo año; allí Melanie expuso “Una contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos”, exposición que repetiría en la Sociedad Británica en 1935. Estos dos acontecimientos —el duelo por el hijo y la postulación de la posición depresiva— están indudablemente relacionados: la conferencia tuvo en cuenta el trabajo psíquico del duelo, y al mismo tiempo contribuyó a su elaboración.

Son conocidos los rasgos principales de la posición depresiva según Klein: la novedad esencial, con relación a las teorías psicoanalíticas anteriores, consiste en que a partir de los 6 meses se le atribuye al niño la capacidad de experimentar la pérdida de un objeto total (la propia madre, y no ya el objeto parcial que era el pecho), gracias a la reducción de las escisiones; esa experiencia de la pérdida es además consecutiva a la introyección de ese objeto:

En efecto, la pérdida del objeto no puede ser experimentada como una pérdida total antes de que el objeto sea amado como objeto total as a whole.45

Ese cambio psicológico es posible en razón de la maduración neurobiológica que contribuye a una mejor síntesis de las percepciones y al desarrollo de la memoria: el bebé ha percibido a la madre como un ser unificado o total, e, incluso en los momentos en que experimenta frustraciones, recuerda las satisfacciones que ella le prodigó. Paralelamente, gracias a la maduración psicomotriz, al desarrollo cognitivo y a la adquisición de la marcha, el niño anticipa la existencia de la madre fuera de su campo perceptual, por ejemplo en una habitación vecina, y va a unirse a ella (cuarto trimestre de la vida). Se trata entonces de una localización de la madre total, “buena y mala a la vez, pero una diferente” de él y también de los otros miembros de la familia (por empezar del padre, y a continuación de los hermanos y las hermanas). Este reconocimiento de la madre como persona total va de la mano con la integración correlativa del yo: también este es experimentado como tal. Tanto en el interior como en el exterior, los objetos buenos y malos se concilian a medida que se los distingue; aparecen entonces menos deformados, se reduce la proyección, aumenta la integración, la separación entre el yo y el otro se vuelve más tolerable.

Por cierto, en este descubrimiento Klein se inspiró en ideas de Abraham, que no solamente había distinguido el “objeto parcial” y el “objeto total”, sino que, ya en 1923, había postulado una “desazón originaria” (Ur-Verstimmung) en la infancia que constituía el modelo de la melancolía ulterior, vinculando esa Ur-Melancholie infantil con el erotismo oral.46 Discípula atenta, no por ello Melanie innovó menos: para Abraham, los estadios oral y anal son narcisistas, mientras que Klein ubica la relación de objeto en la etapa sádico-oral, y por otra parte entiende que el objeto total emerge de la ambivalencia y la angustia depresivas, con lo cual convierte el “estadio” o síntoma que Abraham denomina “depresión primaria” (.primal depression) en una “posición central” que organiza toda la vida psíquica.

Pero, como ocurre siempre para la mirada de esta analista, la ganancia psíquica va acompañada de inconvenientes. Se perfila una nueva desdicha: el niño descubre su dependencia respecto de la madre como persona, y comienza a sentir celos de los otros; las nuevas angustias depresivas suceden a las angustias paranoides de la posición anterior. En la posición esquizoparanoide el niño temía ser destruido por los objetos malos que proyectaba afuera; en la posición depresiva, experimenta una ambivalencia:

Lo que pone al objeto en peligro no es solo la violencia del odio incontrolable del sujeto, sino también la violencia de su amor. Pues, en ese estadio de su desarrollo, el hecho de amar a un objeto es inseparable del hecho de devorarlo. Cuando la madre desaparece, la niña pequeña que cree haberla comido y destruido (sea por amor o por odio), se siente torturada de angustia por ella misma, y también por la madre buena que ya no tiene, como consecuencia de haberla absorbido.47

Al guardar el recuerdo de un objeto bueno, el niño experimenta por él una nostalgia comparable al duelo, pero, puesto que ese amor es en la fase oral un amor devorador, fuertemente asociado con la pulsión sádica, a la sensación de perder lo bueno se añade la culpa de haberlo destruido al asimilarlo: la “experiencia depresiva característica” provendría de la “sensación de haber perdido al objeto bueno por la propia capacidad de destrucción”.48 Los miedos a la retaliación, específicos de la posición esquizoparanoide, sobreviven, pero mezclados con el nuevo sentimiento de culpa. Este refuerzo recíproco, y la prevalencia oral, explican los trastornos nutricionales del lactante durante este período, así como las angustias hipocondríacas, tanto en el niño como en el adulto: el paranoico teme ser envenenado por los objetos exteriores (alimentarios) en los cuales ha proyectado su agresividad, mientras que el deprimido hipocondríaco teme por sus órganos, que representan los objetos internos, y deben ser continuamente vigilados, protegidos y curados.49

En la nueva dinámica psíquica introducida por la posición depresiva, el niño descubre su propia realidad psíquica: comienza a distinguir la realidad exterior respecto de su propia fantasía y sus propios deseos; se modifica su creencia en la omnipotencia del pensamiento, que antes lo caracterizaba (por lo cual era magia más bien que pensamiento en sentido estricto): se vuelve posible la distinción entre las cosas reales y sus símbolos, premisa de la adquisición del lenguaje.50 La posición depresiva aparece entonces como la condición necesaria para el acceso a las ideas, y los lectores de En busca del tiempo perdido saben ya que esta hipótesis kleiniana encuentra un cómplice inesperado en... Marcel Proust, para quien “las ideas son sucedáneos de la pena”.51

Al mismo tiempo, y al establecer en su fondo un objeto bueno, cambia el régimen del superyó infantil. La severidad del superyó melancólico es temible, pero difiere de la característica de la posición esquizoparanoide. A los ataques de los objetos malos de la posición anterior se añade ahora la “necesidad acuciante de llenar los muy estrictos requerimientos de los «objetos buenos»“, los cuales, sin embargo, siguen siendo inseguros y pueden transformarse fácilmente en “malos”. Víctima de “exigencias interiores” contradictorias e imposibles (situación experimentada con la forma de “mala conciencia”), el yo es asaltado por “remordimientos”:


Estas exigencias rigurosas contribuyen a mantener el yo en lucha con su propio odio incontrolable, y con la agresividad de sus objetos malos, con los cuales se identifica en parte. Cuanto más grande es la angustia por la pérdida de los objetos amados, más lucha el yo por salvarlos, y más penosa se vuelve la tarea de restauración, más rigurosas las exigencias del superyó.52
Con todo, ciertos aspectos tiránicos o monstruosos de los padres que constituían ese superyó arcaico persecutorio se abandonan en adelante en beneficio de un objeto total que es entonces amado, aunque sea de manera ambivalente. El superyó, que en consecuencia deja de ser solo una fuente de culpabilidad, se convierte también en fuente de amor, y en un aliado posible del yo.

¿Qué defensas tiene entonces a su disposición el joven yo, para protegerse de la ambivalencia (amor y odio) característica de esa posición depresiva? En lugar de la escisión, de la idealización, de la expulsión y la destrucción que hemos encontrado en la posición esquizoparanoide, se instalan defensas maníacas. En continuidad con las anteriores, presentan sin embargo la novedad de que apuntan a controlar de manera omnipotente el objeto que se va a perder, y lo hacen de un modo triunfante y despectivo. Al principio esas defensas maníacas no son patológicas, y desempeñan un papel positivo en el desarrollo, al proteger al yo de la desesperación radical, sobre todo porque la reparación (el otro mecanismo que favorece la resolución del duelo en la posición depresiva) se instala con lentitud.



La manía utiliza las mismas lógicas surgidas en la posición precedente: escisión, idealización, identificación proyectiva, renegación. Pero hay una diferencia: esas lógicas aparecen altamente organizadas, el yo está más integrado, y ellas se dirigen menos contra el objeto persecutorio que contra la angustia depresiva y la culpabilidad en sí. Al apuntar a sus propios sentimientos, su blanco es la sensación de dependencia: así, para defenderse de las ambivalencias, el yo escinde el mundo interior y el mundo exterior, llegando incluso a negar el mundo interior y toda relación posible (el mecanismo de renegación del mundo interior y de su vínculo con el mundo externo se podría diagnosticar como la fuente psíquica incluso del “anarquismo” social y del culto al “yo solitario”). Se instala un sentimiento de omnipotencia, emparentado con la posición esquizoparanoide y basado en el mecanismo de la negación (en el sentido de Helene Deutsch, reinterpretado por Klein): la primera negación apunta a la angustia en sí y, en consecuencia, a la realidad psíquica en la que la angustia se produce.53 El maníaco se muestra indiferente porque sus defensas están dirigidas a priori contra la realidad psíquica que pretende anular y, si el sujeto se encuentra en análisis, esas defensas atacan al objetivo de la cura, tratando de paralizar al analista. El yo maníaco inflige simultáneamente un tratamiento triple al objeto interno o externo: control, triunfo y desdén. De este modo niega la importancia que tienen para él sus objetos buenos, los desvaloriza y los rebaja; su desprendimiento es el índice de su sentimiento de omnipotencia ejercida sobre un otro anulado.54
No obstante, con la posición depresiva sale a luz otra novedad, que favorecerá la creatividad: el sentimiento de depresión moviliza el deseo de reparar los objetos. Al creerse responsable de la pérdida de la madre, el bebé imagina también que, mediante su amor y sus cuidados, podrá deshacer las fechorías de su agresión. “El conflicto depresivo es una lucha constante entre la destructividad del lactante, y su amor y sus pulsiones reparadoras.”55 Para enfrentar el sufrimiento depresivo debido a la sensación de haber dañado al objeto externo e interno, el lactante se esfuerza en reparar y en restaurar el objeto bueno. Entonces acrecienta su amor: “La reaparición de la madre y su amor [...] son esenciales para este proceso [...]. Si la madre no reaparece o falta su amor, el niño puede encontrarse a merced de sus miedos depresivos y persecutorios.”56
Por cierto, esta reparación no es idílica, pues la colorea la desesperación:
Lo que está en pedazos es un objeto “perfecto”; el esfuerzo tendiente a reconstituirlo supone entonces la necesidad de fabricar un objeto bello y “perfecto”. La idea de perfección es tan coactiva porque también refuta la idea de desintegración.
En efecto, la sublimación tiene la ruda tarea de salvar “los trozos a los que ha quedado reducido el objeto amado”, mediante un supremo “esfuerzo para reunirlos [...]. Surge que el deseo de perfección enraíza en el miedo depresivo a la desintegración”.57
Ahora se comprende mejor la dificultad del trabajo psíquico que se le propone al lactante en la posición depresiva, así como la dificultad del duelo, que había sorprendido a Freud en su estudio “Duelo y melancolía”: en efecto, ¿por qué es tan difícil aceptar que la persona amada ya no existe en la realidad? Melanie Klein responde precisando que el trabajo de duelo no tiene que ver con la persona real, sino con el objeto interno, y que implica la necesidad de superar la regresión a los sentimientos paranoides, tanto como a las defensas maníacas, que es lo único que permite restaurar un mundo interior vivo y vivible.58 Se trata de soportar la ausencia del objeto externo sin replegarse en la identificación proyectiva.

Hemos comprendido que esta prueba penosa trae consigo un beneficio considerable: el dolor de la pérdida, el sufrimiento del duelo, así como las pulsiones reparadoras que superan las defensas maníacas, desembocan en la reconstrucción (es decir, en la simbolización) del objeto perdido interno y externo, y de este modo se encuentran en la base de la creatividad y la sublimación. Si es cierto, como pensaba Freud, que la sublimación resulta de una renuncia exitosa a la meta de la pulsión, con un resto de pulsión de muerte, Melanie Klein añade que esa renuncia se realiza mediante el proceso de duelo, con un resto de pulsión de vida. Nuestra analista pone el acento en el aspecto creador de la posición depresiva: en lugar de reaccionar con defensas maníacas, si el yo es capaz de reparar al objeto perdido puede emprender una obra creativa que contenga el dolor y todo el trabajo de duelo, en beneficio de la generación del símbolo. “Creo que este objeto asimilado se convierte en un símbolo en el interior del yo. Cada aspecto del objeto, cada situación que se debe abandonar en el proceso de crecimiento, da lugar a la formación de símbolos.”59

El papel “central” atribuido a la posición depresiva60 modula sensiblemente la concepción del complejo de Edipo en Klein. Al principio de sus trabajos, el Edipo aparece en primer lugar, se desencadena cuando el odio está en su apogeo, de modo que, tanto en el varón como en la niña, el vínculo primordial con el pecho apunta también al pene paterno que para la fantasía habita en el cuerpo de la madre. Después, con el descubrimiento de la posición depresiva, Melanie cambia de opinión. Sostiene en adelante que el complejo de Edipo comienza con la instalación de la posición depresiva, que es una parte intrínseca de ella. Los padres son entonces percibidos separadamente, y ya no como progenitores combinados, y la pareja forma objetos buenos totales: el niño les destina sus fantasías ambivalentes, sobre todo cuando están unidos en el coito. Por lo tanto, no es el miedo a la castración, a la afánisis y a la muerte lo que lleva al niño a renunciar a sus deseos edípicos (como pensaba Freud), sino (mucho antes de la etapa genital) la ambivalencia propia de la posición depresiva (amor a los padres y miedo a dañarlos con una agresividad destructiva siempre presente). Si el niño se sustrae a las defensas maníacas mediante la reparación, puede dominar sus deseos edípicos y convertirlos en creatividad. De este modo, por el rodeo de la reparación se realiza finalmente el trabajo de duelo. En el caso de que este fracase, se instalan los estados patológicos maníaco-depresivos:

El maníaco-depresivo y el que fracasa en el trabajo de duelo, aunque sus defensas pueden estar muy alejadas, tienen en común el hecho de que en la primera infancia no pudieron establecer sus objetos internos “buenos” y sentirse seguros en su mundo interior.61

A la luz de la posición depresiva, la tarea de la resolución del Edipo parece consistir en constituir de manera estable, en el centro del yo, un pecho bueno (una madre buena), un padre bueno y una buena pareja creadora. Una tarea de introyección de los dos sexos, de los dos otros, que se realiza en el sufrimiento propio de la elaboración depresiva. En el horizonte de esta posición está la diferencia de los sexos, y, aunque Klein no insiste en ella, la distinción que traza el niño entre los dos protagonistas de la pareja anuncia que el acceso a la heterosexualidad será la resolución óptima de la posición depresiva.62 La dificultad psíquica que implica este trabajo es considerable, y explica sus fracasos, sobre todo por la formación de “barreras de defensas” (cluster of defenses) que protegen al niño del sufrimiento depresivo, pero al precio de una regresión esquizo-paranoide que le impide el desarrollo intelectual.

Decididamente, todo se convierte en su contrario en este purgatorio kleiniano, no obstante iluminado por el paraíso de la sublimación. Una sublimación siempre capaz de un mejor desarrollo, sobre todo gracias al análisis. Y, aunque solo sea un poquito, gracias a los cuidados maternos satisfactorios...



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