El funcionalismo estructural de Robert Merton



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El funcionalismo estructural de Robert Merton
Mientras Talcott Parsons es el teórico estructural funcional más notable, fue su discípulo Roben Merton quien desarrolló algunos de los enunciados más importantes del funcionalismo estructural en sociología (1949/1968). Merton criticó algunos de los aspectos extremos e indefendibles del funcionalismo estructural. Pero al mismo tiempo desarrolló una perspicacia conceptual que contribuyó a perpetuar la validez del funcionalismo estructural.
Modelo estructural-funcional.
Merton criticó lo que consideraba que eran los tres postulados básicos del análisis funcional. El primero atañe a la unidad funcional de la sociedad. Este postulado sostiene que todas las creencias y prácticas culturales y sociales estandarizadas son funcionales para la sociedad en su conjunto, así como para los individuos que a ella pertenecen. Esta perspectiva implica que las diversas partes de un sistema social deben tener un grado alto de integración. Sin embargo, Merton mantenía que aunque este postulado se verificaba en las pequeñas sociedades primitivas, no ocurría así en el caso de sociedades más grandes y complejas.
El funcionalismo universal constituye el segundo postulado, que presupone que todas las formas y estructuras sociales y culturales estandarizadas cumplen funciones positivas. Merton señalaba que este postulado contradecía lo que ocurría en el mundo real. Era evidente que no toda estructura, costumbre, idea, creencia, etcétera, cumplía funciones positivas. Por ejemplo, el nacionalismo fanático podía ser altamente disfuncional en un mundo en el que proliferan las armas nucleares.
En tercer lugar figura el postulado de la indispensabilidad, que sostiene que todos los aspectos estandarizados de la sociedad no sólo cumplen funciones positivas, sino que representan también partes indispensables para el funcionamiento del todo. Este postulado conduce a la idea de que todas las funciones y estructuras son funcionalmente indispensables para la sociedad.
Ninguna otra estructura o función podría funcionar mejor que la que de hecho se encuentra en cada sociedad. La crítica de Merton, de acuerdo con Parsons, era que al menos debíamos admitir que existían diversas alternativas funcionales y estructurales que podían adecuarse a la sociedad.
Merton afirmaba que todos estos postulados funcionales se fundamentaban sobre supuestos no empíricos basados en sistemas teóricos abstractos. Como mínimo, la responsabilidad del sociólogo es examinar empíricamente cada uno de esos supuestos. La creencia de Merton de que la verificación empírica, no los supuestos teóricos, era crucial para el análisis funcional, le condujo a desarrollar su «paradigma» del análisis funcional como guía para la integración de la teoría y la investigación.

Merton especificó claramente que el análisis estructural-funcional debía partir del estudio de los grupos, las organizaciones, las sociedades y las culturas. Afirmaba que todo objeto susceptible de análisis estructural-funcional debía «representar una cosa estandarizada (es decir, normada y reiterativa)» (Merton, 1949/1968: 104). Tenía en mente cuestiones tales como «roles sociales, normas institucionales, procesos sociales, normas culturales, emociones culturalmente normadas, normas sociales, organización grupal, estructura social, mecanismos de control social, etcétera» (Merton, 1949/1968: 104).


Los primeros funcionalistas estructurales solían centrarse casi exclusivamente en las funciones que cumplían una estructura o institución social para otra. Sin embargo, para Merton estos analistas solían confundir los motivos subjetivos de los individuos con las funciones de las estructuras o las instituciones. El funcionalista estructural debía centrarse en las funciones sociales más que en los motivos individuales. De acuerdo con Merton, las funciones se definían como «las consecuencias observadas que favorecen la adaptación o ajuste de un sistema dado» (1949/1968: 105). No obstante, hay un claro sesgo ideológico cuando uno se centra exclusivamente en la adaptación o el ajuste, porque invariablemente se trata de consecuencias positivas. Es importante señalar que un hecho social puede tener consecuencias negativas para otro hecho social. Para rectificar esta grave omisión del funcionalismo estructural temprano, Merton desarrolló la idea de disfunción. Del mismo modo que las estructuras o las instituciones podían contribuir al mantenimiento de las diferentes partes del sistema social, también podían tener consecuencias negativas para ellas. Por ejemplo, la esclavitud en el sur de los Estados Unidos tuvo claras consecuencias positivas para los habitantes blancos del sur tales como la disposición de una oferta de mano de obra barata, el soporte de la industria del algodón y el estatus social. También tuvo disfunciones, tales como la casi total dependencia de los habitantes del sur de la economía agraria y su falta de preparación para la industrialización. La persistente disparidad entre el norte y el sur de Estados Unidos en lo que atañe a la industrialización puede deberse, al menos en parte, a las disfunciones de la institución de la esclavitud en el sur.
Merton también enunció la idea de las no funciones que definía como consecuencias irrelevantes para el sistema sometido a estudio. Entre ellas figuraban, por ejemplo, las formas sociales que constituían «supervivencias» de tiempos pasados. Si bien probablemente tuvieron consecuencias positivas o negativas en el pasado, en la sociedad contemporánea carecían de efecto significativo. Un ejemplo (aunque algunos pueden disentir) podría ser el Movimiento Cristiano de la Templanza de las Mujeres.
Para responder a la cuestión de si las funciones positivas sobrepasan a las disfunciones o viceversa, Merton desarrolló el concepto de saldo neto. Sin embargo, jamás podremos sumar las funciones positivas, por un lado, y las disfunciones, por otro, y determinar objetivamente cuáles superan a las otras, porque los asuntos sometidos a estudio son tan complejos y se basan en tantos criterios subjetivos, que resulta difícil hacer un cálculo y sopesar de manera objetiva. La validez del concepto de Merton reside en el modo en que orienta al sociólogo cuando estudia una cuestión de cierta importancia. Regresemos al ejemplo de la esclavitud. La pregunta es si la esclavitud fue más funcional o más disfuncional para el sur. Pero es una pregunta muy general que oscurece otra serie de cuestiones (por ejemplo, que la esclavitud fue funcional para grupos como los blancos poseedores de esclavos).
Para solventar este tipo de problemas Merton desarrolló la idea de que había varios niveles de análisis funcional. Por lo general, los funcionalistas se habían limitado al análisis de la sociedad en su conjunto, y Merton señaló con claridad que también era necesario estudiar las organizaciones, las instituciones o los grupos. Retomemos el ejemplo de las funciones de la esclavitud para el sur. Para estudiar la cuestión es preciso diferenciar varios niveles de análisis y plantearse las funciones y las disfunciones de la esclavitud para las familias negras, para las blancas, para las organizaciones políticas negras, las organizaciones políticas blancas, etcétera. En términos del saldo neto, la esclavitud fue probablemente más funcional para unas unidades sociales y más disfuncional para otras. Abordar la cuestión en estos niveles más específicos nos facilita el análisis de la funcionalidad de la esclavitud para el sur en su conjunto.
Merton también introdujo los conceptos de funciones latentes y funciones manifiestas. Estos dos términos constituyen una contribución relevante al análisis funcional. En general, las funciones manifiestas son intencionadas, mientras las funciones latentes son no intencionadas. La función manifiesta de la esclavitud, por ejemplo, fue el aumento de la productividad económica del sur, pero cumplió también la función latente de producir una gran infra clase que hizo que se elevara el estatus social de los sureños blancos, tanto ricos como pobres. Esta idea guarda relación con otro concepto de Merton: las consecuencias imprevistas. Las acciones tienen consecuencias previstas y no previstas. Aunque todos somos conscientes de las consecuencias previstas, para identificar las consecuencias imprevistas se requiere del análisis sociológico; de hecho, algunos pensadores señalan que este es el verdadero objeto de la sociología. Peter Berger (1963) ha llamado a este estudio el «desenmascaramiento», o el descubrimiento de los efectos reales que surten las intenciones declaradas.
Merton especificó que las consecuencias no previstas y las funciones latentes no eran lo mismo. Una función latente es un tipo de consecuencia imprevista, que es funcional para un sistema determinado. Pero existen otros dos tipos de consecuencias imprevistas: «las que son disfuncionales para un sistema determinado, entre ellas las disfunciones latentes», y «las que son irrelevantes para el sistema, al cual no afectan ni funcional ni disfuncionalmente... las consecuencias no funcionales» (Merton, 1949/1968: 105).
En su esfuerzo por clarificar aún más la teoría funcional, Merton señaló que una estructura podía ser disfuncional para el sistema en su conjunto y, no obstante, seguir existiendo. Sin embargo, estas formas de discriminación cumplen también disfunciones incluso para el grupo para el que son funcionales. Los hombres padecen la discriminación a la que someten a las mujeres; asimismo, a los blancos les perjudica su propia conducta discriminatoria hacia los negros. Puede afirmarse que estas formas de discriminación perjudican a los mismos que la ejercen porque su comportamiento discriminatorio perpetúa la improductividad de una enorme cantidad de personas y agudiza el conflicto social.
Merton mantenía que no todas las estructuras son indispensables para el correcto funcionamiento del sistema social. Algunas partes de nuestro sistema social pueden ser eliminadas. Esta idea hace que la teoría funcional supere otro de sus sesgos conservadores. Al admitir que ciertas estructuras pueden eliminarse, el funcionalismo admite el cambio social intencional. Nuestra sociedad, por ejemplo, podría seguir existiendo (e incluso mejoraría) si se eliminara la discriminación que sufren diversos grupos minoritarios.
ROBERT K. MERTON: Reseña autobiográfica

No me es difícil identificar a los profesores que más me enseñaron, tanto personalmente como en la distancia. En mis cursos de licenciatura fueron P. A. Sorokin, quien me orientó hacia el pensamiento social europeo y con el que jamás llegué a enemistarme -a diferencia de otros estudiantes de la época-, aunque no siguiera la dirección que tomaron sus investigaciones a finales de los años treinta; el entonces joven Talcott Parsons, que ya había comenzado a enunciar ideas que culminarían en su magistral obra La estructura de la acción social; el bioquímico y, en ocasiones, sociólogo, L. J. Henderson, quien me enseñó la investigación disciplinada de lo que en principio son sólo ideas interesantes; el historiador económico E. F. Gay, de quien aprendí cómo reconstruir un desarrollo económico a partir de archivos; y, quizás el más importante, el entonces decano de la historia de la ciencia, George Sarton, quien me permitió trabajar bajo su tutela durante varios años en su famoso (por no decir consagrado) seminario de la Biblioteca Widener de Harvard. Aparte de estos profesores con los que tuve una relación personal, fue mucho lo que aprendí de dos sociólogos, Emile Durkheim, sobre todo, y Georg Simmel, que nos legó obras magistrales, y de un humanista al que atraía la sociología, Gilbert Murray. En los últimos años aprendí mucho de mi colega Paul F. Lazarsfeld, quien probablemente no se hizo idea de lo mucho que me enseñó durante nuestras innumerables conversaciones y colaboraciones a lo largo de más de treinta años.


Cuando miro hacia atrás y analizo el conjunto de mi obra, encuentro en ella más de una pauta que nunca imaginé que existiera. Casi desde el principio de mi carrera, tras aquellos años de la licenciatura, me propuse perseguir mis intereses intelectuales a medida que surgieran, en lugar de trazarme un plan para toda la vida. Prefería adoptar los modos de mi maestro en la distancia, Durkheim, antes que los de mi maestro personal, Sarton. Durkheim cambió sucesivas veces de tema durante su larga carrera de investigación. Empezó con el estudio de la división del trabajo social, examinó los métodos de investigación sociológica y luego se dedicó al estudio de cuestiones que aparentemente no guardaban relación con aquélla, como el suicidio, la religión, la educación moral y el socialismo; entretanto desarrolló una orientación teórica que, en su opinión, sólo la hubiera podido desarrollar considerando aquéllos aspectos tan diferentes de la vida social. Sarton procedió de un modo bastante diferente: en el inicio de su carrera se trazó un programa de investigación sobre la historia de la ciencia que culminaría en su grandiosa obra en cinco volúmenes Introduction (sic] to the History of Science (¡que abarca la historia de la ciencia hasta finales del siglo XIV!)
La primera de estas pautas me parecía más adecuada para mí. Mi deseo era (y aún lo es) desarrollar teorías sociológicas de la estructura social y el cambio cultural que nos ayuden a comprender cómo han llegado a ser como son las instituciones sociales y el carácter de la vida en la sociedad. Esta preocupación por la sociología teórica me llevó a evitar la actual (y, en mi opinión, en la mayoría de los casos conveniente) especialización que está a la orden del día en el ámbito de la sociología, así como en otras disciplinas evolucionadas. Para los propósitos que me tracé era esencial el estudio de una gran variedad de asuntos sociológicos. Sólo me ha interesado de manera continua un campo especializado: la sociología de la ciencia. Durante los años treinta me dediqué de manera casi exclusiva a los contextos sociales de la ciencia y la tecnología, especialmente en la Inglaterra del siglo XVII, para estudiar las consecuencias imprevistas de la acción social intencional. Como mi interés por la teoría aumentaba, durante la década de 1940 me ocupé del estudio de las fuentes sociales de la conducta desviada e inconformista, del funcionamiento de la burocracia, de la persuasión de masas y la comunicación en la compleja sociedad moderna, y del rol de los intelectuales, tanto dentro de las burocracias como fuera de ellas. Durante los años cincuenta, me centré en el desarrollo de una teoría sociológica de las unidades básicas de la estructura social: el rol y el estatus y los modelos de rol que las personas eligen no sólo debido a la emulación, sino también como fuente de valores adoptada como una base para la autoestima (esta última aproximación la denominé la «teoría de los grupos de referencia»). También emprendí junto con George Reader y Patricia Kendall el primer gran estudio sociológico sobre la formación médica, con el propósito de descubrir cómo se forman, al margen por completo de cualquier plan explícito, los diferentes tipos de médicos en las mismas escuelas de medicina, cuestión esta ligada al carácter distintivo de las profesiones como un tipo de actividad ocupacional. Durante los años sesenta y setenta, regresé al estudio intensivo de la estructura social de la ciencia y de su interacción con la estructura cognitiva; estas dos décadas han sido el periodo en el que la sociología de la ciencia terminó por madurar, siendo el pasado simplemente una suerte de prólogo. En todos estos estudios me orienté básicamente hacia las conexiones entre la teoría sociológica, los métodos de investigación y la investigación empírica sustantiva.
Agrupé estos intereses en décadas simplemente por conveniencia. Por supuesto, es evidente que no surgían y desaparecían de acuerdo con esas divisiones convencionales del calendario. Además no todos desaparecieron tras dedicarles un estudio intensivo. En la actualidad estoy trabajando en un volumen acerca de las consecuencias imprevistas de la acción social intencional, en la línea de un trabajo que publiqué por vez primera hace casi medio siglo y que desde entonces me ha ocupado intermitentemente. Otro volumen que todavía no ha visto la luz, titulado The Self-Fulfilling Prophecy, sigue en media docena de esferas de la vida social esa pauta que puede identificarse en un trabajo que realicé hace nada menos que un tercio de siglo con el mismo título. Y si el tiempo, la paciencia y la capacidad me lo permiten, me resta hacer una recapitulación de mi trabajo sobre el análisis de la estructura social, con especial referencia a los estatus, roles y contextos estructurales desde la perspectiva estructural, y las funciones manifiestas, latentes, a las disfunciones, las alternativas funcionales y los mecanismos sociales desde la perspectiva funcional.
Como la muerte se acerca y mi trabajo progresa lenta y dolorosamente, no tiene demasiado sentido pensar en lo que haré después de terminar las tareas que ahora estoy realizando.
Las aportaciones de Merton son enormemente valiosas para los sociólogos (por ejemplo, Gans, 1972) que se proponen realizar un análisis estructural funcional.
Estructura social y anomía.
Antes de pasar al siguiente apartado debemos prestar cierta atención a una de las aportaciones más conocidas al funcionalismo estructural y, de hecho, a toda la sociología: el análisis de Merton (1968) de la relación entre cultura, estructura y anomía. Merton define la cultura como «el cuerpo organizado de valores normativos que gobiernan la conducta que es común a los individuos de determinada sociedad o grupo» y la estructura social como «el cuerpo organizado de relaciones sociales que mantienen entre sí diversamente los individuos de la sociedad o grupo» (1968: 216; cursivas añadidas). La anomía se produce «cuando hay una disyunción aguda entre las normas y los objetivos culturales y las capacidades socialmente estructuradas de los individuos del grupo para obrar de acuerdo con aquéllos» (1968: 216). Es decir, debido a la posición que ocupan en la estructura social de la sociedad, ciertas personas son incapaces de actuar de acuerdo con los valores normativos. La cultura exige cierto tipo de conducta que la estructura social impide que se produzca.
Por ejemplo, la cultura de la sociedad estadounidense da gran importancia al éxito material. Sin embargo, la posición de muchas personas en la estructura social les impide alcanzar ese éxito. Una persona que nace en el seno de la clase socioeconómica baja puede obtener, en el mejor de los casos, un diploma de formación secundaria, por lo que sus oportunidades de alcanzar el éxito económico de una manera comúnmente aceptada (por ejemplo, progresando en el mundo convencional del trabajo) son mínimas o inexistentes. En estas circunstancias (y son muy frecuentes en la sociedad estadounidense contemporánea) puede aparecer la anomía y darse una tendencia hacia la conducta desviada. En este contexto, la desviación suele adoptar la forma de un medio alternativo, no aceptado y en ocasiones ilegal para alcanzar el éxito económico. Así, convertirse en traficante de drogas o en prostituta para alcanzar el éxito económico constituye un ejemplo de la desviación generada por la disyunción entre los valores culturales y los medios socio-estructurales para alcanzar esos valores. Para el funcionalista estructural ésta es una de las explicaciones del delito y la desviación.
Así, Merton analiza mediante este ejemplo las estructuras sociales (y culturales), pero no se centra de manera exclusiva en las funciones de esas estructuras. Antes bien, de acuerdo con su paradigma funcional, su preocupación central son las disfunciones, en este caso la anomía. Como hemos visto, Merton vincula la anomía con la desviación de manera que las disyunciones entre cultura y estructura tienen la consecuencia disfuncional de conducir a la desviación dentro de la sociedad.
Principales críticas
Ninguna teoría sociológica de la historia de la disciplina ha despertado tanto interés como el funcionalismo estructural. Desde finales de la década de 1930 hasta principios de la de 1960 fue virtual e indiscutiblemente la teoría sociológica dominante en los Estados Unidos. Sin embargo, durante los años sesenta comenzaron a aumentar de tal manera las críticas a esta teoría que llegaron a sobrepasar sus elogios. Mark Abrahamson describió esta situación vívidamente:
«Así, dicho en términos metafóricos, el funcionalismo se pavoneó como un gigantesco elefante que se permitía ignorar la picadura de los mosquitos, incluso cuando el enjambre le estaba inflingiendo cuantiosas pérdidas» (1978: 37).
Pasemos a analizar algunas de las críticas más importantes que se han desarrollado. En primer lugar examinaremos las críticas sustantivas al funcionalismo estructural y luego estudiaremos los problemas lógicos y metodológicos asociados a la teoría.

Críticas sustantivas.
Una de las principales críticas defiende que el funcionalismo estructural no es válido para tratar cuestiones históricas, que es intrínsecamente a histórico. De hecho, el funcionalismo estructural se desarrolló, al menos en parte, como reacción al enfoque histórico evolucionista de ciertos antropólogos. Se pensaba que los primeros antropólogos describían simplemente los diversos estadios de la evolución de una determinada sociedad o de la sociedad en general. Las descripciones de los primeros estadios eran altamente especulativas y los últimos estadios solían ser poco más que idealizaciones de la sociedad en la que vivía el antropólogo. Los primeros funcionalistas estructurales se afanaron por superar el carácter especulativo y los sesgos etnocéntricos de los trabajos de aquéllos. Al principio, el funcionalismo estructural fue demasiado lejos en sus críticas a la teoría evolucionista, y comenzó a centrarse tanto en sociedades abstractas como contemporáneas. Sin embargo,
Aunque los que lo utilizan o lo han utilizado han tendido a trabajar con él como si lo fuera, nada en la teoría les impide analizar cuestiones históricas. De hecho, la obra de Parsons sobre el cambio social (1966, 1971), como ya hemos visto, refleja la capacidad de los funcionalistas estructurales para analizar el cambio si lo desean.
Los funcionalistas estructurales también fueron atacados por su incapacidad para analizar con eficacia el proceso del cambio social (Abrahamson, 1978; P. Cohen, 1968; Mills, 1959; Turner y Maryanski, 1979). Mientras la crítica anterior atañe a la supuesta incapacidad del funcionalismo estructural para analizar el pasado, la que nos ocupa ahora hace referencia a su paralela incapacidad para estudiar el proceso contemporáneo de cambio social. El funcionalismo estructural es bastante más apropiado para el análisis de estructuras estáticas que para el de los procesos de cambio. Percy Cohen (1968) cree que el problema reside en la teoría estructural-funcional, en la que todos los elementos de una sociedad se refuerzan unos a otros y refuerzan también al sistema en su conjunto. Esto dificulta la comprensión del modo en que estos elementos pueden contribuir al cambio. Mientras Cohen cree que el problema está en la teoría, Turner y Maryanski piensan, de nuevo, que el problema reside en los que utilizan la teoría, no en la teoría misma.
Desde el punto de vista de Turner y Maryanski los funcionalistas estructurales no suelen abordar la cuestión del cambio, y cuando lo hacen es en términos del desarrollo más que de la revolución. Sin embargo, ambos piensan que no hay razón alguna que explique por qué los funcionalistas estructurales no pueden abordar la cuestión del cambio social. Independientemente de donde se encuentra el problema, si en la teoría o en los teóricos, el hecho es que las principales contribuciones de los funcionalistas estructurales se enmarcan en el estudio de estructuras sociales estáticas que no cambian9. Quizás la crítica más conocida que se haya hecho al funcionalismo estructural sea que no puede ser utilizado para analizar de forma satisfactoria la cuestión del conflicto (Abrahamson, 1978; P. Cohen, 1968; Gouldner, 1970; Horowitz, 1962/1967; Mills, 1959; Turner y Maryanski, 1979)10. Esta crítica adopta varias formas. Alvin Gouldner señala que Parsons, principal representante del funcionalismo estructural, tendió a dar demasiada importancia a las relaciones armoniosas. Irving Louis Horowitz mantiene que el funcionalismo estructural considera que el conflicto es invariablemente destructivo y que ocurre fuera del marco de la sociedad. Y en términos más generales, Abrahamson señala que el funcionalismo estructural exagera el consenso societal, la estabilidad y la integración, y no atiende al conflicto, el desorden y el cambio. La cuestión es, de nuevo, si el problema está en la teoría o en el modo en que los teóricos la han interpretado y utilizado (P. Cohen, 1968; Turner y Maryanski, 1979). Sea como fuere, es evidente que el funcionalismo estructural tiene poco que ofrecer para entender el análisis del cambio social.
La crítica general de que el funcionalismo estructural es incapaz de tratar la historia, el cambio y el conflicto ha llevado a muchos (por ejemplo P. Cohen, 1968; Gouldner, 1970) a afirmar que el funcionalismo estructural tiene un sesgo consevador. Como Gouldner señaló vívidamente en su crítica al funcionalismo estructural de Parsons: «Parsons siempre vió un vaso parcialmente relleno de agua como un vaso medio lleno más que como un vaso medio vacío» (1970: 290).
Aquél que ve un vaso medio lleno acentúa los aspectos positivos de una situación, mientras que el que lo ve medio vacío está considerando los aspectos negativos. Para decirlo en términos sociales, un funcionalista estructural conservador acentuaría las ventajas económicas de vivir en nuestra sociedad antes que sus inconvenientes. En efecto, probablemente existe un sesgo conservador en el funcionalismo estructural que puede deberse no sólo a su ignorancia de ciertas cuestiones (el cambio, la historia, el conflicto), sino también a su elección de los temas de investigación. Por un lado, los funcionalistas estructurales han tendido a centrarse en la cultura, las normas y los valores (P. Cohen, 1968; Mills, 1959; Lockwood, 1956). David Lockwood (1956), por ejemplo, critica a Parsons por su gran preocupación por el orden normativo de la sociedad. En términos más generales, Percy Cohen (1968) afirma que los funcionalistas estructurales se centran en los elementos normativos, pero que esta preocupación no es inherente a la teoría. La concepción pasiva del actor individual es de crucial importancia en la aproximación del funcionalismo estructural a los factores societales y culturales, y contribuye a la explicación de la orientación conservadora de la teoría. Las personas son tratadas como seres constreñidos por fuerzas sociales y culturales. Los funcionalistas estructurales (por ejemplo, Parsons) carecen de una concepción dinámica y creativa del actor. Como Gouldner señaló en su crítica al funcionalismo estructural: «Los seres humanos utilizan los sistemas sociales del mismo modo que éstos los utilizan a ellos» (1970: 220).
La tendencia de los funcionalistas estructurales a confundir las legitimaciones empleadas por las élites de la sociedad con la realidad social está muy relacionada con su enfoque cultural (Gouldner, 1970; Horowitz, 1962/1967; Mills, 1959). El sistema normativo se interpreta como un reflejo de la sociedad en su conjunto cuando, de hecho, es más bien un sistema ideológico promulgado por los miembros de la élite de la sociedad, cuya existencia les favorece. Horowitz expresa esta idea bastante explícitamente: «La teoría del consenso... tiende a convertirse en una representación metafísica de la matriz ideológica dominante» (1962/1967: 270).
Estas críticas sustantivas se orientan en dos direcciones básicas. Primera, parece evidente que el funcionalismo estructural presenta una estrechez de miras que le impide ocuparse de una serie de cuestiones y aspectos importantes del mundo social. Segunda, su enfoque suele tener un sesgo conservador; hasta cierto punto, tal y como ha sido y sigue siendo utilizado, el funcionalismo estructural ha operado y opera a favor del estatus quo y de las élites dominantes (Huaco, 1986).
Críticas lógicas y metodológicas.
Una de las críticas que se han formulado con mayor frecuencia (véase, por ejemplo, Abrahamson, 1978; Mills, 1979) es que el funcionalismo estructural es básicamente vago, ambiguo y poco claro. Por ejemplo: ¿qué es exactamente una estructura? ¿Y una función? ¿Y un sistema social? ¿Qué relación hay entre las partes de un sistema social? ¿Y entre ellas y el conjunto del sistema social? Parte de la ambigüedad se debe al nivel de análisis que eligen los funcionalistas estructurales para trabajar. Analizan sistemas sociales abstractos en lugar de sociedades reales. En gran parte de la obra de Parsons no hay ningún análisis de una sociedad «real». El análisis de los prerrequisitos funcionales que llevaron a cabo Aberle y sus colegas (1950/1967) tampoco está vinculado a ninguna sociedad real, sino que se desarrolla en un nivel alto de abstracción.
Otra crítica relacionada con la anterior es que, si bien nunca ha existido un gran esquema con el que poder analizar todas las sociedades que ha habido a lo largo de la historia (Mills, 1959), los funcionalistas estructurales han creido que sí hay una teoría o al menos un conjunto de categorías conceptuales que sirven para ese fin. La convicción de que existe esta gran teoría subyace a una buena parte de la obra de Parsons, a los prerrequisitos funcionales de Aberle y sus colegas (1950/1967), y a la teoría de Davis-Moore de la estratificación (1945). Muchos críticos consideran esa gran teoría pura ilusión y aducen que lo máximo a lo que puede aspirar la sociología es a producir teorías históricamente específicas, teorías de «alcance medio» (Merton, 1968). Entre otras críticas específicamente metodológicas se incluye también la cuestión de si existen métodos adecuados para el estudio de los temas que preocupan a los funcionalistas estructurales. Percy Cohen (1968), por ejemplo, se pregunta qué herramientas pueden utilizarse para estudiar la contribución de una parte de un sistema al sistema en su conjunto. Otra crítica metodológica es que el funcionalismo estructural dificulta el análisis comparado. Si se presupone que una parte del sistema tiene sentido sólo en el contexto del sistema social en el que existe ¿cómo es posible compararla con otra parte similar de otro sistema? Cohen plantea, por ejemplo, esta pregunta: si la familia inglesa sólo tiene sentido en el contexto de la sociedad inglesa, ¿cómo es posible su comparación con la familia francesa?
Teleología y tautología.
Percy Cohen (1968) y Turner y Maryanski (1979) consideran que la teleología y la tautología constituyen los dos problemas lógicos más relevantes del funcionalismo estructural. Algunos tienden a considerar la teleología del funcionalismo como un problema intrínseco (Abrahamson, 1978; P. Cohen, 1968), pero el autor de este libro cree que Turner y Maryanski (1979) están en lo correcto cuando afirman que el problema del funcionalismo estructura no reside en la teleología per se, sino en el carácter ilegítimo de su teleología. En este contexto, la teleología se define como la creencia de que la sociedad (u otras estructuras sociales) tiene propósitos o metas. Para alcanzar esas metas la sociedad crea o provoca la creación de estructuras sociales e instituciones sociales específicas. Turner y Maryanski no creen que esta idea sea necesariamente ilegitima; de hecho, afirman que la teoría social debe tomar en consideración la relación teIeológica entre la sociedad y sus partes componentes.
Para Turner y Maryanski el problema reside en la extensión excesiva de la teleología. Una teleología ilegítima es aquella que implica «que las intenciones y los propósitos guían los asuntos humanos en casos en los que no sucede así» (Turner y Maryanski, 1979: 118). Por ejemplo, es ilegítimo presuponer que, puesto que la sociedad requiere la procreación y la socialización, crea la institución familiar. Una variedad de estructuras alternativas pueden satisfacer estas necesidades; la sociedad no «necesita» crear la familia. El funcionalista estructural define y describe los diversos modos en que las metas conducen, de hecho, hacia la creación de subestructuras específicas. Sería útil también poder mostrar por qué otras subestructuras no satisfacen las mismas necesidades. Una teleología legítima es capaz de definir y demostrar empírica y teóricamente los vínculos entre las metas de la sociedad y las diversas subestructuras que existen en ella. Turner y Maryanski admiten que el funcionalismo presenta teleologías ilegítimas: «Podemos concluir que las explicaciones funcionalistas suelen convertirse en teleologías ilegítimas -un hecho que presenta graves impedimentos a la utilización del funcionalismo para comprender las pautas de la organización humana» (1979: 124).
La otra gran crítica a la lógica del funcionalismo estructural es que es tautológico. Un argumento tautológico es aquél en el que la conclusión simplemente explicita lo que está implícito en la premisa, o constituye una mera reafirmación de la premisa. En el funcionalismo estructural, este razonamiento circular suele adoptar la siguiente forma: se define el todo en términos de las partes, y entonces se definen las partes en términos del todo. Así, puede afirmarse que un sistema social se define por la relación entre sus partes componentes, y que las partes componentes del sistema se definen por el lugar que ocupan en el conjunto del sistema social. Como cada uno de estos elementos se define en términos del otro, lo que ocurre en realidad es que ni el sistema social ni sus partes constituyentes quedan definidas. En verdad no aprendemos nada ni del sistema ni de sus partes. El funcionalismo estructural ha sido particularmente propenso a las tautologías, pero aún queda por resolver la cuestión de si esta propensión es intrínseca a la teoría o simplemente una característica del modo en que los funcionalistas estructurales utilizan, o mal utilizan, la teoría.


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