El evangelio según san Juan



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Annie Jaubert

El evangelio según san Juan



Verbo Divino, Cuadernos bíblicos n° 17


Contenido

I. En medio del conflicto


Primer conflicto: los discípulos de Juan bautista

Conflicto con “los judíos”

La ofensiva gnóstica

Discusiones y celos


Persecuciones

II. La escuela de Juan

Procedimientos literarios

Un trabajo en colaboración

Un himno

III. El movimiento del prólogo

IV. Encadenamientos


1. Juan bautista presenta al Cordero;

Los primeros discípulos (Jn 1, 19-51)

2. De Caná a Caná (Jn 2-4)

Las bodas de Caná (2, 1-12)

Los vendedores del templo (2, 13-22)

La conversación con Nicodemo (3, 1-21)

Juan bautista desaparece ante Jesús (3, 22-36)

La samaritana (4, 1-42)

Segundo signo de Caná (4, 46-54)

3. Escándalos y discursos (Jn 5-6)

El paralítico de Bezatá (Jn 5, 1-9)

La multiplicación de los panes (6, 1-71)

A) Los relatos (6, 1-25)

B) El discurso (6, 26-71)

4. Grandes controversias (Jn 7-10)

5. Jesús sube hacia su muerte y su glorificación (Jn 11-12)

La resurrección de Lázaro (11, 1-57)

El diálogo con Marta (11, 17-27)

6. La última cena y los discursos de despedida (13-17)

A. La verdadera vid (15, 1-17)

B. El “como” joánico

7. Los relatos de la pasión (Jn 18-19)



I. En medio del conflicto

El evangelio de Juan ha recibido el apodo de “evangelio espiritual”. Hay que entender bien esta designación de “espiritual”. No hemos de prestarle ese sentido blando y sin relieve que a veces le dan las lenguas modernas, sino el sentido vibrante de “animado por el espíritu”.

Si este epíteto se le ha reservado al evangelio de Juan —a pesar de que la Biblia por entero es “espiritual”—, ha sido sin duda debido a la profundidad de la mirada que dirige sobre el misterio de Cristo. Pero profundidad no significa evasión de lo cotidiano, refugio en lo abstracto, alejamiento del “mundo”. En este evangelio se relatan las polémicas, los conflictos, las rupturas que, siguiendo la línea de los que conoció Jesús, marcaron a la primitiva iglesia y más especialmente a la del ambiente joánico.

Esa es la lectura que conviene hacer en primer lugar, para desmitificar una imagen convencional del cuarto evangelio, para percibir cuáles fueron las dificultades y las crisis que rodearon al mensaje de Juan. Más todavía: precisamente a la rudeza de esos enfrentamientos es a la que debemos en parte la profundidad de su visión. Un crecimiento en un ambiente cómodo no habría permitido una visión incisiva y penetrante. Es en la aspereza de la lucha donde se robusteció la doctrina.



Primer conflicto: los discípulos de Juan bautista
Un pequeño episodio, que constituye para la crítica una información de primera mano, nos habla de una relación que los discípulos de Juan acaban de hacer a su maestro. Juan estaba entonces bautizando en Ainón, no lejos de Salín. Era una época en la que, precisa el texto, “Juan no había sido apresado todavía”. Pues bien, los discípulos de Juan vienen a decirle: “Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquél de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él (Jn 3, 22-26).

Preciosa información: Jesús, después de haber sido bautizado por Juan bautista, ejerció también con sus discípulos un ministerio de bautismo, mientras que Juan bautista bautizaba por su lado. Esta información ha sido desechada por los evangelios sinópticos, que hacen comenzar la vida pública de Jesús después del encarcelamiento de Juan bautista (Mc 1, 14). El evangelio de Juan es el único que nos dice que el ministerio de Jesús tuvo una fase común y paralela con el de Juan bautista, Y ya entonces los discípulos de Juan habían reaccionado en contra: “Todos se van a él”. ¿Y tú? ¿Y nosotros? ¿Qué va a pasar contigo, si él no era más que tu discípulo?

La pluma del evangelio retoca la antigua información insistiendo en el testimonio que Juan bautista ha dado de Jesús (Jn 3,27 s), pero muestra claramente el punto de partida de una rivalidad que perduraría largos años entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús.

El evangelio de Juan es también el único en decir explícitamente que los primeros discípulos de Jesús le vinieron del grupo que rodeaba al bautista (1,35 s). Este dato nos permite comprender la importancia de Juan bautista para la comunidad primitiva: todo había comenzado con el precursor, según los sinópticos y los fragmentos catequéticos conservados por los Hechos de los apóstoles (Hch 1, 5.22; 10,37: 11, 16; 13,24;18,25; 19, 3). Explica también las reacciones de los que, apegados a su maestro Juan bautista, se negaron a pasar al lado de Jesús el Galileo.

Juan bautista había enviado una delegación de sus discípulos a Jesús (Lc 7, 19). Tampoco en el ayuno estaban de acuerdo sus discípulos (Mc 2, 18): el bautista se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre, mientras que Jesús comía y bebía (Mt 11, 19). Ellos esperaban a un juez, que “en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era”, es decir, a Israel (Mt 3, 12); pero ¿Jesús se manifestaba acaso como juez?

Para los discípulos del bautista que no pudieron dar el paso hacia Jesús ni aceptar que fuera el Mesías esperado, la ruptura fue tanto más dura cuanto que se hizo precisamente en el interior de un grupo en el que primitivamente todos podían considerarse como hermanos en la conversión. Los que habían seguido al Nazareno, se presentaron como competidores sin título de ninguna clase. Es verdad que los discípulos de Jesús proclamaron que Juan bautista había testimoniado en favor de su maestro, pero esta llamada no fue escuchada.

El prólogo de Juan demuestra a su manera la existencia de una polémica, al refutar la opinión de que Juan fue la luz: “Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien diera testimonio de la luz” (Jn 1, 6-8). Juan era la lámpara, pero no la luz (cf. Jn 5, 35); “una voz”, pero no la palabra (Jn 1, 23).

Como el mismo Jesús, Juan el bautista fue también signo de contradicción: guía para los unos, pantalla para los otros. Los documentos más tardíos nos dicen que sus discípulos constituyeron una secta en oposición abierta a los cristianos.



Conflicto con “los judíos”
La expresión “los judíos” en Juan designa con frecuencia a los que, en la nación judía, rechazaron a Jesús. El término “los judíos” ha pasado a ser a veces el tipo de un comportamiento: la hostilidad de las autoridades judías figura todas las hostilidades contra Jesús; “los judíos” de Juan se han convertido en muchos casos en el símbolo del “mundo” considerado en su odio contra Jesús (Approches, 94).’

Esta apelación “los judíos” introduce una distancia entre los discípulos de Jesús y aquellos con los que han roto; ¿es que no eran judíos los primeros discípulos de Jesús? Indica la dificultad de trato entre gentes que pertenecían antes a la misma comunidad de raza. Insinúa que las polémicas del cuarto evangelio (que son una prolongación de las de Jesús) reflejan muchas veces las controversias del momento entre la comunidad cristiana y la sinagoga, hipótesis que se ve confirmada por la misma materia de las discusiones.

Sin embargo, la continuidad y la permanencia de estos debates sugieren también una proximidad, ya que no es posible discutir con tanto acaloramiento más que bajo la presión de unos adversarios no muy alejados todavía y que aún están unidos con muchas ataduras. Las comunidades cristianas de la diáspora estaban formadas, no sólo de paganos y de “temerosos de Dios” que rodeaban a las sinagogas, sino también por judíos que se habían separado de sus hermanos extendidos por el imperio (cf. Hch 18, 8; Rom 14. 8). Había muchas sinagogas en las ciudades de Siria y del Asia Menor en las que se elaboró el cuarto evangelio.

Los sinópticos nos han transmitido el recuerdo de los enfrentamientos entre Jesús y los fariseos a propósito de las curaciones en día de sábado (cf. Mc 3, 2). Esas mismas acusaciones son las que se lanzan contra Jesús en Jn 5, 9-10 (el paralítico de Bezatá) y en Jn 9, 14 (el ciego de nacimiento). Pero, en Juan, el punto de partida que es el sábado conduce rápidamente a la cuestión esencial: ¿quién es Jesús? Lo que está en discusión es la persona de Jesús y sus pretensiones exorbitantes: “No sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5, 18). También el ciego de nacimiento recibe la salud un día de sábado, pero el alcance de la escena es totalmente cristológico. Es una reflexión sobre la fe, ya elaborada, y que se sitúa en una perspectiva posterior a la muerte de Jesús. La decisión de “excluir de la sinagoga a todo el que confiese que Jesús es el Cristo” (Jn 9, 22) se tomó a finales del siglo I. Esto demuestra, una vez más, la proyección de la actualidad sobre el relato joánico.

Por eso la discusión sobre el origen de Jesús está en el centro de todas las controversias y el enfrentamiento llega a su punto crucial. Ya en los sinópticos Jesús había sido acusado de curar gracias a Belcebú, el jefe de los demonios (Mc 3, 22). También en Juan se le trata a Jesús de poseso (Jn 8, 48). Las dos partes se acusan mutuamente de estar de lado del diablo: “¡Vuestro padre es el diablo!” (Jn 8, 44). Jesús es acusado de ser un samaritano (Jn 8, 48), esto es, un hereje, un sincretista. Se comprende el lugar que deja el evangelio al “príncipe de este mundo”: semejante concentración de fuerzas de calumnia y de mentira no podía explicarse más que por la acción oculta de Satanás.

Batalla con los judíos sobre el sentido de la escritura (cf. Jn 5, 39). Batalla sobre la vida sacramental de la comunidad cristiana: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

De esta forma, toda la cristología, en lo que ésta tiene de más elaborado, de más penetrante, se ha ido formando en la contestación, frente a las protestas judías: las creencias cristianas eran absurdas, ofensivas a Dios, escandalosas. En este clima de permanente acusación es donde se robusteció la doctrina cristiana.


La ofensiva gnóstica

Pero había otras dificultades doctrinales más insidiosas que acechaban a la comunidad cristiana. Las epístolas de Juan, que provienen del ambiente joánico, permiten percibir sus tensiones internas. Habían surgido anticristos en la comunidad que negaban a Jesucristo, esto es, que disociaban al hombre histórico Jesús del Cristo celestial, el Hijo enviado por el Padre (1 Jn 2, 18-23). “Muchos falsos profetas han salido al mundo... Todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese es del anticristo (1 Jn 4, 1-3).

Las corrientes de pensamiento que promovían semejantes concepciones han recibido el nombre de “gnósticos” (“gnosis” = conocimiento), porque atribuían la salvación al conocimiento que venía de la revelación de los secretos divinos. Todo lo que tenía relación con el cuerpo era despreciable. El alma tenía que liberarse de la materia y era inconcebible que un enviado divino pudiera comprometerse con la “carne”. De ahí se deducía que Cristo no había podido nacer de una mujer ni sufrir el suplicio infame de la cruz. La encarnación del revelador era un escándalo. Escándalo inverso al de los judíos, pero que desembocaba finalmente en un resultado semejante: el esplendor del enviado divino impedía percibir la realidad de su existencia terrena y suprimía efectivamente la cruz.

Entonces se negaba el encuentro de Dios y del hombre en Jesucristo. En el momento en que el mensaje evangélico buscaba su expresión, semejantes concepciones habrían podido ser algo así como el gusano dentro de la fruta. Si Cristo no hubiera vivido la condición de hombre, esa condición no habría podido cambiarse ni transformarse; los cristianos no podrían entonces decir “Padre” en el Hijo; no se habrían convertido en hijos de Dios.

El prólogo de Juan es una respuesta directa e incisiva a las especulaciones que suprimían la humanidad de Cristo. Al afirmar que el Verbo se había hecho carne, designándose por “la carne” al hombre entero, el evangelio afirmaba que Dios había asumido en Cristo a toda la realidad humana, incluido el sufrimiento. Jesús había compartido la fatiga del caminante sediento (Jn 4, 6), había llorado de emoción ante la muerte (Jn 11, 36)...

El evangelista agarraba con fuerza los dos extremos de la cadena: Jesús era el hijo del hombre que reunía en sí mismo al cielo y a la tierra. El Cristo, el enviado celestial, no podía separarse del hombre, Jesús, el coronado de espinas, el crucificado.

El porvenir del cristianismo se decidía en aquella lucha contra los profetas de la mentira, que se habían infiltrado entre los discípulos. Una vez para siempre, Dios se había encontrado con el hombre de una forma indisoluble en su Hijo Jesús. El Hijo había compartido todas las limitaciones y dificultades de la condición humana. La salvación no estaba en la evasión del mundo, sino en la asunción de la realidad humana a manos llenas.

Discusiones y celos
El “amaos los unos a los otros” se presenta como un leit-motiv en el discurso de despedida, lo mismo que en las epístolas de Juan, ¿Se trata del signo de una comunidad regida por el amor fraterno? La insistencia del evangelista demuestra más bien que este amor estaba en crisis. Las epístolas aclaran de forma muy especial este punto del evangelio.

La tercera carta de Juan refiere el caso de un personaje llamado Diotrefes. Pertenecía a la misma iglesia que el destinatario de la carta, Gayo, a quien el anciano escribe con afecto. En aquella iglesia, Diotrefes quería gobernarlo todo y se negaba a reconocer al anciano, autor de la carta. “Cuando yo vaya, le recordaré las cosas que está haciendo, criticándonos con palabras llenas de malicia; y como si no fuera bastante, tampoco recibe a los hermanos, impide a los que desean hacerlo y los expulsa de la iglesia” (3 Jn 9-10),

¿Quién era aquel anciano cuya carta han guardado con tanto esmero las iglesias y cuya autoridad era discutida por Diotrefes? El análisis del estilo demuestra que es también el autor de las dos primeras cartas y se cree que fue el que imprimió su sello a la redacción final del evangelio. Era por lo menos un compañero de los discípulos del Señor, mantenedor de la tradición apostólica. Tenía que dirigirse personalmente a la iglesia —esto es, a la asamblea de los hermanos— para denunciar los abusos que se habían introducido en ella y quizá para defender la doctrina. ¿Pertenecía aquel Diotrefes a “esos seductores que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn 7)? “El que obra mal, no ha visto a Dios” (3 Jn 11).

La primera epístola interpela a los que pretenden amar a Dios sin amar a sus hermanos, Esos son unos embusteros: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20; cf. 2, 9). Algunos cerraban el corazón a sus hermanos en la necesidad (1 Jn 3, 17).

Estos textos reflejan el clima difícil en que vivían algunas iglesias: expulsión de hermanos, denuncias recíprocas. Las comunidades cristianas estaban divididas internamente. Algunos fieles, como Gayo, marchaban en el amor y a la luz de la verdad (3 Jn 3-6); eran blanco de los ataques que procedían de sus mismos hermanos en la fe. Desde el principio, fue esta la condición de las iglesias cristianas (cf. Mt 18, 1 7; Gál 6, 15).

Persecuciones
Si a estas dificultades se añade la amenaza o la existencia de persecuciones por el nombre de Jesús, se comprenderá que no era tan idílico convertirse en discípulo de Cristo. Conocemos las persecuciones contra los discípulos (cf. Hch 7, 58; etcétera). La persecución de Nerón en Roma en el año 64 debió de ser atroz y sus huellas se nos conservan en el Apocalipsis de Juan (cf. Ap 17, 6).

A su manera, también el evangelio de Juan testimonia estas persecuciones. Hay una parte entera del discurso de despedida dedicada a describir el “odio del mundo” a los discípulos (Jn 15, 18-20): “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también les perseguirán a ustedes (Jn 1 5, 20). “Los expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios” (Jn 1 6, 2). Los judíos perseguirían a los discípulos bajo la acusación de apostasía y de blasfemia. Pronto los paganos considerarán a los cristianos como ateos que atraían sobre la ciudad la cólera de los dioses ultrajados.

Así, pues, hemos de guardarnos de idealizar la vida de la comunidad primitiva: desautorizados por parte de los antiguos hermanos, los discípulos de Juan Bautista, acusados por los judíos, rivalidades interiores, persecuciones procedentes del exterior. Pero no hay que oscurecer más este cuadro. El tono de la comunidad lo daba más bien la densidad de su fe, de la convicción que le comunicaba el espíritu. El mal y el odio estaban ya vencidos en su misma fuente: “¡Animo! Yo he vencido al mundo”. En medio de la tempestad, Cristo les había dejado su paz: “No se la doy como la da el mundo”. A través de aquellas condiciones de vida —en el mundo y no fuera del mundo—, es donde encontraban la alegría y la esperanza.

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