El cuidado de la inteligencia espiritual



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EL CUIDADO DE LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL

El principio que está detrás del cuidado espiritual a uno mismo es el compromiso con nuestros valores: dejar de «yoear».

CHRISTOPHER GERMER, FILÓSOFO Y PSICÓLOGO.

Transformar la mente: ese es mi concepto de la espiritualidad.

Ahora bien, la mejor manera de transformarla es acostumbrarla a pensar de manera más altruista. Por eso, la ética es la base de la espiritualidad laica para todos, sin limitarse al grupo de creyentes de una u otra religión.

Dalai Lama

La inteligencia espiritual es la capacidad de leer la realidad desde su dimensión más profunda y vivir en coherencia con ello. Para hablar de espiritualidad, he presentado términos equivalentes como interioridad (frente a banalidad), profundidad (frente a superficialidad), transpersonalidad (frente a egocentración) y no-dualidad (frente a separatividad). Pues bien, la inteligencia espiritual es la que nos hace vivir específicamente esas dimensiones.

Fruto de nuestra historia, en el tema que nos ocupa, nos encontramos ante dos posibles trampas, ambas reduccionistas y gravemente empobrecedoras de lo humano: el materialismo y el espiritualismo1

El primero nació, en cierto sentido, en contra de la religión, privilegiando y absolutizando la razón instrumental. Desde ella, propugnó una visión «científica» del mundo, que negaba todo aquello que no podía ser experimentable científicamente. Se comprende que esta postura desemboque en un laicismo rígido, que niega -o incluso lucha contra- lo espiritual, considerándolo como un error perjudicial.

Lo menos que puede decirse de esta postura, en los inicios del siglo xxi, es que se trata de un planteamiento obsoleto, que está siendo rebatido ya incluso desde dentro de la misma ciencia, como ponen de manifiesto las investigaciones sobre las partículas elementales, por parte de la me¬cánica cuántica2

Un tal planteamiento cientificista no es solo obsoleto, sino ignorante, desconocedor de lo humano y, en consecuencia, sumamente empobrecedor, al amputar una (la) dimensión básica de lo real. Con una paradoja añadida en no pocas presentaciones o defensas del laicismo, aun estando de acuerdo con sus propuestas sociopolíticas, el oyente cree estar ante una nueva religión (o pseudoreligión), que pivota sobre los dos mitos del Occidente ilustrado, que el laicismo parece haber convertido en sus dogmas básicos: la afirmación de la razón como la forma suprema de conocimiento y la absolutización del yo (individuo). Tales creencias trasnochadas empobrecen y mutilan lo humano.

Una vez más, se han absolutizado dos valores -la razón crítica y el yo individual- que, siendo irrenunciables y habiendo constituido un logro decisivo en el proceso de la evolución de la conciencia, deben, sin embargo, ser integrados y trascendidos en un nivel o estadio superior.

La otra trampa es el espiritualismo, que se puede presentar una doble versión- en forma de «materialismo espiritual», de cierta New Age, donde lo espiritual se vive, advertida o inadvertidamente, al servicio del ego; o en forma de «sectarismo religioso», donde parecen buscar refugio ciertos grupos religiosos, probablemente en búsqueda de seguridad, en un momento en que pueden percibirse ignorados o incluso cuestionados.

Pues bien, ante ambos riesgos se requiere lucidez o inteligencia espiritual.

Inteligencia espiritual

Frente a un concepto reduccionista, que limitaba la inteligencia a la capacidad de resolver problemas mediante un razonamiento lógico, en los últimos treinta años estamos asistiendo al reconocimiento de las diferentes líneas o di¬mensiones que implica. Entre ellas, H. Gardner, el primero en hablar de las inteligencias múltiples, señala las siguientes: lingüística, musical, lógico-matemática, corporal o kinestésica, espacial o visual, intrapersonal, interpersonal y naturista (3) Por su parte, K. Wilber se refiere a las distintas líneas de desarrollo que puede recorrer la inteligencia cognitiva, interpersonal, psicosexual, emocional, moral. (4)

En concreto, en los últimos años se está prestando una atención especial al cuidado de la inteligencia emocional, con todas sus repercusiones, y más recientemente aún a la inteligencia espiritual. Si la primera se refiere a la capacidad de nombrar y gestionar las propias emociones, y de relacionarnos con los otros constructivamente, la segunda puede definirse como la capacidad de trascender el yo, separando la conciencia de los pensamientos.

En concreto, la inteligencia espiritual dotaría a las per-sonas de las siguientes capacidades:

capacidad de reconocer, nombrar y dar respuesta a las necesidades espirituales;

capacidad de trascender la mente y el yo: somos más que la mente;

capacidad de separar la conciencia de los pensamientos;

capacidad de percibir la dimensión profunda de lo real,

capacidad de percibir y vivir la unidad (no-dualidad) que somos.

Pero más allá, incluso, de las definiciones que podamos dar, lo que parece innegable es que -como ha escrito Francesc Torralba- el ser humano, independientemente de su credo religioso o adscripción confesional, sea religioso o no,

padece unas necesidades de orden espiritual que no puede satisfacer ni desarrollar si no es cultivando la inteligencia espiritual (5)

La inteligencia espiritual abre ante nosotros un horizonte ilimitado, que nos permite ubicar todo lo que ocurre en su verdadero contexto. Nos capacita para ver con profundidad, superando la visión estrecha de una mente absolutizada.

Gracias a ella, podemos, en primer lugar, reconocer, nombrar y dar respuesta a las necesidades espirituales que, incluso ahogadas, laten en todos nosotros.

Entre ellas, es necesario destacar la necesidad de sentido, que implica la respuesta a las preguntas esenciales. El sentido de la vida es inapresable para la inteligencia operativa o, más ampliamente, para la razón lógica. Desde ella, podemos pasarnos infructuosamente toda la vida queriendo encontrar un sentido; sin embargo, basta silenciar los pensamientos y venir al momento presente, para descubrir que todo está lleno de sentido. Ese recorrido desde la mente lógica hasta el silenciamiento y la permanencia en el presente es un don de la inteligencia espiritual.

Cercana a ella, está la necesidad de orden o, quizás mejor, de coherencia, de que todo tiene un porqué y se inserta en un conjunto armónico y sabio, a pesar de las apariencias en contra que percibimos en un primer nivel. De nuevo, donde la mente errática ve únicamente juegos de azar, absurdos y carentes de sentido, la inteligencia espiritual, trascendiendo la mente, permite ver y conectar con la luz de fondo que subyace a esta gran película en la que actuamos.

La necesidad de reconciliación (conexión) con uno mismo, con los otros, con todos los seres, con la vida parece estar presente también en todo ser humano. Su frustración provoca una sensación de soledad existencial difícil de sobrellevar Pues bien, frente a la imagen de islotes separados, la inteligencia espiritual nos hace descubrir, tan fuerte como las diferencias, la interconexión que somos, hasta el punto de compartir una misma identidad de fondo con todo lo que es. De este modo, los problemas del ego quedan relativizados y contextualizados en la otra realidad mayor que nos permite captar y experimentar la inteligencia espiritual.

La necesidad de autotrascendencia aparece omnipresente en el ser humano, a lo largo de toda su evolución histórica. A ella han tratado de dar respuesta las religiones, con formas y lenguajes condicionados por su propio momento histórico y cultural. La intuición de fondo podría expresarse de este modo: somos más que el yo que vemos. Y esto es precisamente lo que viene a corroborar la inteligencia espiritual. El yo es únicamente un objeto dentro de nuestra verdadera identidad. En realidad, la inteligencia espiritual nos capacita para tomar distancia y desapropiarnos de él.

La necesidad de silencio se hace más patente en una cultura del ruido, de todo tipo de ruidos. Diera la impresión de que, con ellos, se busca evitar la soledad y el silencio que, al dejarnos sin escapatoria, nos obliga a confrontarnos con nuestro mundo interior Sin embargo, aun en medio de tanta huida, no se puede negar que el ser humano tiene necesidad de silencio: no solo del bullicio exterior sino de todo el tumulto mental y emocional. Necesita silenciar el ego para acceder y saborear aquel otro silencio que es plenitud, en el que todo se reencuentra de un modo nuevo.

En cierto modo, todas las necesidades espirituales quizás puedan sintetizarse en la de enraizamiento en la verdad de lo que es, entendida como reencuentro con la fuente originaria Solo esa conexión permitirá establecer las bases para anclarse en la verdad, el amor, la libertad, la paz... Los grandes valores que el ser humano anhela los hallamos, gracias a la inteligencia espiritual, al encontrarnos con nuestro fondo o fundamento último.

Aparte de dar respuesta a estas necesidades, la inteligencia espiritual nos permite transcender la mente y el yo. Sabemos por experiencia que la causa de todos nuestros sufrimientos es la mente no observada, con su inevitable egocentración. Reducidos a la mente, somos como animalitos enjaulados, girando permanentemente en la noria del ego, marcada por la insatisfacción y el vacío, golpeándonos constantemente con los barrotes de aquella estrecha celda. La inteligencia espiritual nos permite detener esa noria y abandonar la prisión. No somos nada de eso que nos ocurre, sino el espacio consciente en que todo eso ocurre; no somos el yo que gira sin sentido, sino la conciencia ecuánime que permanece.

En realidad, lo que nos aporta esta inteligencia es capacidad y maestría para separar la conciencia de los pensamientos. Gracias a ella, percibimos los pensamientos como nubes inquietas en el firmamento de la conciencia, pero ya no nos identificamos con ellas, o como olas amenazadoras en el océano inmenso, pero tampoco nos reconocemos ya en ellas. No somos esos pensamientos ni emociones que se mueven, sino el firmamento y el océano donde aparecen y desaparecen.

Es así como la inteligencia espiritual nos permite bajar de la superficie, donde habitualmente se mueve el yo, a la profundidad de lo que somos. Así, entramos en contacto con nuestra verdadera identidad, vivimos desde nuestra raíz última y habitamos plenamente nuestra casa. Se acaban las fracturas, las distancias y las huidas; tiene lugar la unificación y la integración con toda nuestra verdad

Y esa verdad tiene color y sabor de no-dualidad. Todo, finalmente, resulta admirablemente coherente. No hay -ni puede haber- nada separado de nada. El Misterio de lo que es y somos se explicita admirablemente, como ha escrito, de manera hermosísima, Mónica Cavallé:

El Tao [también podría decirse: el Misterio, el ser la vida, Dios, el Espíritu] es lo que vive en nosotros, lo que respira en nuestra respiración y pulsa en el rítmico fluir de nuestra sangre; aquello que ríe cuando reímos y danza cuando danzamos; lo que arde en nuestra ira y en nuestro deseo. Es lo que mira por nuestros ojos, piensa en nuestro pensamiento y nos nspira palabras cuando hablamos.

Es el vigor que late en la semilla, que asciende como savia y se celebra en el fruto y en la flor Es la matemática armonía del cielo nocturno, de la estructura del cristal, de los arabescos del mundo subatómico, réplica analógica de las galaxias celestes. Es aquello que nos fascina en el andar alerta y grácil del tigre, en la creatividad y elegancia insuperables del color de los peces y del plumaje de las aves. Lo que une a estos peces y aves en bandadas. La voluntad única que los hace moverse y danzar al unísono, formando un solo cuerpo... Es la hermandad invisible que nos permite adivinar lo que sintió algún hombre del pasado, y compartir el dolor que adivinamos en la mirada de otro ser humano o en la mirada afligida de un perro... Es la insólita belleza de la música y lo que se conmueve en aquel que la escucha. La misteriosa armonía que, enlazando lo más sutil y lo más grosero, permite que nuestro espíritu necesite de la materialidad del oído para sentir esa mística familiaridad. Lo que hace acordar el alma con lo que solo son ondas sonoras... Es la inteligencia ilimitada e insondable que todo lo rige y en todo se manifiesta. ¿Qué hay de abstracto o de «otro» en todo ello? (6)

De este modo, en la medida que da respuesta a nuestras necesidades más profundas y nos pone en contacto con nuestra verdad última, al tiempo que nos ofrece herramientas para experimentarla, la inteligencia espiritual es fuente de plenitud humana.



Inteligencia espiritual y plenitud humana

Los psicólogos J.D. Atwood y L. Maltin definen la salud psicológica como



la habilidad de vivir en armonía con uno mismo y la naturaleza, comprender la relación de uno con el universo, mostrar tolerancia y compasión hacia el prójimo, soportar las penas y el sufrimiento sin desintegración mental, apreciar la no violencia, cuidar el bienestar de todos los seres conscientes y ver un significado y un propósito en la vida que le permita a uno llegar a edad avanzada o enfrentar la muerte con serenidad y sin miedo (7)

Desde la perspectiva transpersonal, añadiría algo más que me parece decisivo: una comprensión creciente de nuestra verdadera identidad, como la clave que ilumina y posibilita todo lo demás. En la respuesta ajustada a la pregunta «¿quién soy?», se encuentra la plenitud que somos (8).

Pues bien, todo ello no puede llevarse a cabo sin el cuidado de la inteligencia espiritual. Sin ella, no es posible vivir plenamente ni experimentar la felicidad, porque solo ella nos pone en contacto con nuestra verdad completa y nos libera de la fuente de toda ignorancia, confusión y sufrimiento: la identificación con el yo.

Podemos comprenderlo con claridad si caemos en la cuenta de que lo opuesto a inteligencia espiritual (o sabiduría) es identificación con (reducción a) la mente (o ego).

Nuestra felicidad, al contrario de lo que suele imaginarse con cierta frecuencia, no se halla en el exterior. No nos sentiremos más plenos a fuerza de tener, consumir, compensar, satisfacer... Felicidad y plenitud están contenidas en la comprensión adecuada de quienes somos: quien comprende, «ve» que todo está bien.

Pero, tanto la comprensión como la «visión» trascienden las posibilidades del yo. Para él, es bueno lo que lo alimenta; es malo lo que lo frustra. Su propia ceguera lo condena a una carrera sin fin, persiguiendo un futuro imaginado como la solución de su vacío y el final de su insatisfacción.

El yo se escapa permanentemente del momento presen-te, porque en él queda disuelto. Para ello, se refugia en la mente, identificándose con ella. Pero la mente no puede acceder más allá del mundo de los objetos. Por eso, es ciega ante la dimensión espiritual.

Todo ello nos explica que el yo puede ser muy erudito, pero nunca será sabio -porque es incapaz de llegar a la comprensión de la verdad de lo que es-; y, de la misma manera, podrá ser muy religioso, pero no espiritual. Al contrario: la espiritualidad supone la desidentificación del yo.

Desde el anhelo por la plenitud que habita a los humanos -un anhelo que se enraíza en (y es) nuestra misma identidad-, la inteligencia espiritual nos conduce de los «mapas» al «territorio» abierto de la verdad, que abraza todas las formas. En él, pasamos de creer a ver, de pensar a vivir, del enfrentamiento a la cooperación, del aislamiento a la unidad, del ego a la Presencia..., porque nos hace descubrir que no somos separados de nadie ni de nada. Ni Dios es un ser separado (como si de un individuo se tratase), ni nosotros somos islotes desconectados. En la no-dualidad permitimos, conscientemente, que Dios -más allá del modo como lo nombremos- se viva y se exprese en todo.

Si la inteligencia espiritual nos pone en camino hacia la plenitud que somos, podemos preguntarnos ahora por la práctica que nos hace receptivos a ella. Es sabido que las grandes tradiciones espirituales han hablado siempre de tres caminos, distintos pero convergentes, que favorecen la apertura y disponibilidad ante el Misterio que es y somos.

El camino del conocimiento -que no del pensamiento-consiste en aprender a observar, acallar y trascender la mente. El silenciamiento mental provoca que se descorra el velo que nos ocultaba la realidad y, de ese modo, surja la com-prensión.

Se trata, sencillamente, de estar atentos a lo que ocurre con nuestros pensamientos, sentimientos y emociones: vivir la atención plena, momento a momento, detectando lo que aparece en el instante en que aparece. Eso es vivir despiertos, con consciencia y, por tanto, con libertad, siendo dueños de los contenidos mentales, y no marionetas en sus manos.

Es una atención descansada que observa todo, sin con-denar ni evitar nada y sin identificarse con nada. Esa misma atención amistosa hará que se detengan las historias mentales y, simultáneamente, emerja la Presencia que somos. La atención es consciente del desvarío mental, cuando se produce, lo corta y nos trae a casa. Eso es inteligencia y práctica espiritual.

Habitualmente se asume que existe un pensador separado del pensamiento. Pero, si se examina más de cerca, se verá que es el pensamiento el que ha creado (está creando) al pensador- lo que llamamos el pensador es el resultado de nuestros pensamientos. Lo que ocurre es que, una vez admitida su existencia, se le otorga un estatus esencial, un papel protagónico que lo convierte en el centro de la escena. Basta, sin embargo, detener la mente, para percibir el engaño. Era únicamente la memoria la que validaba al yo.

La atención a la mente -el simple darnos cuenta-, haciendo que la conciencia gane la carrera a los pensamientos, desnuda al yo y nos revela nuestra verdadera identidad el espacio consciente, ilimitado, eterno y omniabarcante. Y, para nuestra sorpresa, venimos a descubrir que somos todo aquello que íbamos buscando: la felicidad, la plenitud, la conciencia, la presencia, la quietud... Realmente, el buscador es lo buscado.

Las tradiciones espirituales hablan también del camino afectivo, entendido como la entrega amorosa a ta divinidad Se trata de una perspectiva diferente, pero que conduce a la misma meta: la comprensión de quiénes somos y la experiencia de la no-dualidad, en la que nos encontramos no-separados de nada ni de nadie.

Al entregarse a la divinidad, el devoto vive un progresivo descentramiento de su yo, hasta el punto de desidentificarse de él y experimentar que su centro es Dios mismo. En esta vivencia, deja de ser esclavo de su mente, de sus pensamien¬tos, emociones y afectos..., deja de vivirse para su yo y ac¬cede a la verdad que es.

Todos los místicos que han personalizado su relación con el Misterio o la divinidad se han expresado en términos que no dejan lugar a dudas. Querría traer aquí únicamente dos testimonios: el de un místico sufí, representante de esa corriente admirable que ha aportado tanta hondura a la vivencia espiritual, y el de un místico cristiano, san Juan de la Cruz porque, a pesar de haber sido conducido por la senda de la nada y de la noche oscura, ha recorrido admirablemente también este segundo camino.

Ibn' Arabi (1165-1240) escribía, en su famoso Tratado de la Unidad:

He conocido a mi Señor por mi Señor sin confusión, ni duda.

Mi «naturaleza íntima» es la Suya,

realmente, sin falta ni defecto.

Entre nosotros dos no hay tiempo

y en mi alma el mundo oculto se manifiesta.

Después de haber conocido mi alma

sin mezcla ni desorden,

he llegado a la unión con el objeto de mi amor

sin largas ni cortas distancias.

He recibido las gracias, sin que nadie a mí descienda,

sin reproches ni motivos.

No he destruido mi alma por Su causa,

ni tengo duración temporal que pueda destruirme.

Y en otro lugar de la misma obra:



Tú piensas que eres,

mas no eres y jamás has existido.

Si fueras, serías el Señor

el segundo entre dos.

Abandona tal idea,

porque en nada diferís vosotros dos

en cuanto a la existencia.

Él no difiere de ti y tú no difieres de Él;

si por ignorancia piensas que eres distinto de Él,

quiere decir que tienes una mente no educada.

Cuando tu ignorancia cesa, alcanzas la paz,

porque tu unión es tu separación

y tu separación es tu unión;

tu alejamiento, una aproximación, y tu aproximación una partida.

Siendo así que te vuelves mejor

cesa de razonar y comprende por la Luz de la intuición,

sin la cual te olvidas de Sus rayos.

Guárdate de dar un compañero a Alláh,

porque en tal caso te envileces con el oprobio de los idólatras.

Por su parte, san Juan de la Cruz (1542-1591), escribe:



El centro del alma es Dios (Ll 1.12). Le comunica Dios [al alma] su ser sobrenatural de tal manera, que parece el mismo Dios y tiene lo que tiene el mismo Dios. Y se hace tal unión cuando Dios hace al alma esta sobrenatural merced, que todas las cosas de Dios y el alma son unas en transformación participante. Y el alma más parece Dios que alma, y aun es Dios por participación (2S 5,7).

Es claro que estos textos requieren ser leídos no desde la mente (desde un modelo dual), sino desde la sabiduría que la trasciende (modelo no-dual o místico), y de la que surgieron. Desde esa misma mirada, puede decirse con Baba Kuhi, otro místico sufí iraní del siglo XI.



En el mercado y en el claustro,

solamente vi a Dios.

En el valle y en la montaña

solamente vi a Dios.

Lo he visto detrás de mí

en la hora de la tribulación

y en los días del favor y la fortuna.

No vi alma ni cuerpo,

accidente ni sustancia,

causas ni cualidades:

solamente vi a Dios.

Abrí mis ojos,

y gracias a la luz

de Su rostro circundándome,

descubrí en todas las miradas

del Amado.

El tercero del que hablan las tradiciones espirituales es el camino de la acción desapropiada. También en este -es el denominador común de todos ellos-, la persona vive un pro-ceso de desegocentración progresivo. Se vuelca de tal manera en la acción, que únicamente hay acción. No se identifica con un yo que prevaleciera por encima de cualquier otra cosa, sino que se vive como cauce o canal de tal modo que no queda rastro de yo.

En realidad, todos nosotros hemos tenido experiencias de ello, aunque quizás no las hayamos hecho conscientes. Es seguro que nos habrán sorprendido en el momento más inesperado, ya que no es algo que podamos lograr En la lectura de un libro que nos ha atrapado, viendo una película, contemplando un paisaje, abrazando a una persona amada, jugando con un niño, trabajando en aquello que nos gusta..., nos habremos fundido de tal manera en la acción que, al menos por un momento, se habrá fracturado la dualidad- el conocedor y lo conocido se han reencontrado en una conciencia no-separada.

Tal experiencia de no-dualidad únicamente puede acaecer en el momento presente. Por tanto, lo que está a nuestro alcance es educar la atención para aprender a vivir cada vez más en el momento presente. Presente es sinónimo de no-dualidad.



Próximo a este tercer camino, se encuentra la propuesta más característica de Jesús de Nazaret y así aparece priorizada en el evangelio: la práctica del amor eficaz.

El amor constituye una fuerza poderosamente unitiva En su vivencia, el yo queda también trascendido en la experiencia misma de amar La persona vive también un proceso de desegocentración, hasta el punto de que el amor pasa a ser el centro mismo de su vida y de su acción.

Por otra parte, en la medida en que amamos, empezamos a experimentar que esa es nuestra identidad: somos amor y, cuando el ego no se interpone con su mecanismo apropiador, fluye a través de nosotros. En realidad, amor es otro nombre de no-dualidad, que parece subrayar más el aspecto de la relacionalidad. Afirmar que somos-en-relación significa reconocer, de una manera no-separada, la unidad en las diferencias, abrazándolas.

Por ello, la espiritualidad no puede ser sino comprometida. Como ha escrito alguien, espiritualidad y política constituyen también una realidad no-dual. En palabras de Ken Wilber, no solo se reclaman mutuamente, sino que, en el ámbito de lo interpersonal, en el reino de cómo usted y yo nos relacionamos con el otro como seres sociales, no hay áreas más importantes que las de la espiritualidad y la política (9)

Hasta aquí nos ha conducido la reflexión sobre la inteligencia espiritual. Encontramos en ella comprensión -con todo lo que ello implica de sentido y de liberación-, herramientas y caminos, que nos facilitan la vivencia de lo que somos. Todo ello nos hace ver que, al margen de la inteligencia espiritual, no puede haber plenitud de vida. Por eso mismo, potenciar su cuidado entre los niños aparece como una apremiante necesidad.

Educar a los niños en la interioridad (espiritualidad)

Tanto en los talleres de meditación como en los distintos grupos en que abordamos el acceso a la interioridad (o espiritualidad), es creciente el interés, expresado por padres y educadores, de ayudar a los niños y jóvenes a entrar en contacto con esa dimensión.

¿Cómo favorecer en los niños el acceso a la interioridad, el descubrimiento de su dimensión espiritual o la práctica de la meditación? De formas distintas, lo que se está buscando es el modo y las herramientas para que los más jóvenes puedan experimentar la dimensión profunda de la realidad, empezar a vivirse desde ella y comprobar que es desde dentro como se operan los cambios eficaces y donde se encuentra la felicidad.

En cierto sentido, esa demanda podría sintetizarse diciendo que, así como desde hace unos años se ha empezado a tener en cuenta la inteligencia emocional, quizás sea hora de abrirnos a la riqueza que aporta la inteligencia espiritual.

No hace mucho tiempo, un profesor de primaria me decía:

-Cada vez tengo más claro que uno de los mejores servicios que podemos hacerles a los chicos es ayudarles a observar su mente.

Lo que planteaba con esas palabras es claro: hay que trabajar el desarrollo de la mente, pero tienen que descubrir que son más que la mente.

Hablar de inteligencia espiritual no significa hablar de religión, sino de interioridad, de profundidad, de conciencia transpersonal, transmental o transegoica, de no-dualidad. Significa experimentar que somos más que nuestros pensamientos y emociones y que, cuando accedemos a esa dimensión, todo es percibido de un modo radicalmente nuevo.

Cualquiera que entra por ese camino puede comprobar por sí mismo cómo la inteligencia espiritual potencia capacidades como la serenidad, la observación desapegada de lo que ocurre, la libertad interior, la compasión...

De hecho, en aquellos centros educativos en los que se ha empezado a trabajar la educación de la interioridad, has-ta los profesores más escépticos han terminado reconociendo que, tanto la vivencia personal de los muchachos como las relaciones entre ellos, se han enriquecido notablemente. Y que, para sorpresa de muchos, terminan siendo los propios alumnos quienes reclaman la práctica de la meditación como modo de acallar la mente y aprender a vivir en el presente.

En definitiva, se trata de ayudar a los niños a desarrollar lo que llamamos «atención plena» {mindfulness, en el mundo anglófono), la capacidad de vivir en el aquí y ahora. Todo lo demás se irá dando...

Como decía al inicio, el interés de los educadores por esta cuestión es cada vez más claro. Y, paralelamente, son más los colegios que se hallan embarcados en esta tarea, como una inquietud que se contagia. Genéricamente, se suele hablar de educación de la interioridad, debido a que, para muchos de nuestros contemporáneos, la palabra «espiritualidad» viene cargada de connotaciones negativas, porque se asocia a algo anacrónico, obsoleto, doctrinario, confesional... Sin embargo, al mismo tiempo, se está empezando a revalorizar aquello a lo que la espiritualidad genuina se refiere: la dimensión profunda, sin la que todo lo humano se empobrece, abriéndose camino el vacío existencial. Debido precisamente a esta nueva consciencia que está emergiendo, y superados los arcaicos y reductores prejuicios materialistas de donde veníamos, son cada vez más las personas que están «saliendo del armario espiritual». Quizás nos estamos haciendo más conscientes de que el olvido de esa dimensión profunda conduce a una «anemia espiritual» insoportable (Mónica Cavallé), cuya consecuencia es la egocentración y el vacío.

Por el contrario, el trabajo con los niños en este campo, puede realizar un gran sueño: que, traspasando el reduccionismo del «mundo chato» (Ken Wilber), que ha caracteriza-do a gran parte de nuestra cultura -anclada en una visión obsoleta de la realidad, que depende del modelo materia-lista de la física clásica, hoy ya superado-, seamos capaces de acompañar a los niños en el encuentro con su interioridad. Para que, a la vez que construyen y afirman su identidad psicológica (el yo), aprendan que son infinitamente más que él y, gracias a la práctica de la atención, sean capaces de vivir en el presente y de reconocer su identidad más profunda, aquella identidad compartida, en la que experimentamos, simultáneamente, la plenitud de ser y la unidad con todos y con todo.

El sueño es que, en el siglo xxi, se reconozca la dimensión espiritual (transpersonal) de la vida humana, con todo lo que ello implica a todos los niveles. Porque negar o no tener en cuenta la dimensión espiritual es reducir al ser hu-mano, olvidando precisamente aquello que lo constituye en su verdad última. El cultivo de la auténtica espiritualidad no es una huida del mundo real; no es tampoco la adhesión a una confesión religiosa, a unas creencias o dogmas. Es la práctica que conduce nada menos que a experimentar y vivir lo que realmente somos. Por eso, solo esta experiencia nos garantiza encontrar «nuestra casa», hallarnos a nosotros mismos en aquel lugar donde hacemos la experiencia de unidad con todos y con todo, donde «todo está bien» Únicamente ahí nos encontramos -más allá de nuestro pequeño yo- con nuestro verdadero ser Y eso lo cambia todo... ¿Cómo privar a los niños del descubrimiento y vivencia de esta dimensión (interior, profunda, espiritual, transpersonal...), en la que, frente al vacío nihilista propio del yo, se juega la plenitud de la vida? Como decía Kierkegaard, en un ingenioso juego de palabras: «Me habría ido al fondo si no hubiera ido al Fondo».

De hecho De hecho, pocas cosas hay tan importantes como enseñar a los niños que no son sus pensamientos ni sus emociones; y que aprendan a observarlos, cómo vienen y van, para experimentar su libertad frente a ellos.

Pero ayudar a los niños en esta tarea, educarlos en la interioridad, requiere que previamente el educador lo haya experimentado. No es suficiente la buena voluntad ni tampoco conocer la teoría. Únicamente quien lo ha probado por sí mismo puede enseñar con autoridad.

En cuanto a las prácticas concretas de atención y de meditación, cada vez va apareciendo más material y más recursos facilitadores (10). En cualquier caso, con los niños pueden emplearse las mismas que con los adultos, acaso con dos salvedades: por un lado, con tiempos más breves; por otro, planteándolas siempre como un juego (en realidad, es lo que son).

Se puede trabajar con ellos la observación externa, o atención a lo que están haciendo y, en general, a todo aquello que les entra por los sentidos. Esa atención es sinónimo de estar en el presente y, por tanto, constituye un aprendizaje fundamental.

Con los niños es posible, también, practicar la observación interna, o atención a lo que ocurre en su mundo interior, tomando distancia de ello. Pueden aprender a detectar pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones..., como nubes que pasan dentro de ellos, pero que no son ellos. Es un ejercicio que les permitirá crecer en lucidez y en libertad frente a todo el movimiento mental y emocional. Y, progresivamente, les irá abriendo a percibir su verdadera identidad. Otro camino que resulta especialmente interesante para • introducir a los niños en esta sabiduría es la escucha del propio cuerpo y de la respiración Tanto una como otra poseen una extraordinaria virtualidad, la de conectar tres realidades que son básicas si queremos crecer en unificación, la men¬te, el cuerpo y el presente. La atención sostenida a la respiración o al cuerpo produce, por sí misma, ese efecto extraordinario.

Finalmente, me parece necesario apuntar también otras prácticas que se revelan beneficiosas por sus efectos, la relajación-, la escucha del silencio-, la visualización -de sí mismo, de sus seres queridos, de todos los seres- como puerta de entrada para favorecer el sentimiento de amor hacia sí mismo y hacia los demás.

Todas ellas no buscan sino entrenarlos y adiestrarlos en la inteligencia espiritual, que les permita comprender y vivir quiénes son, con la mayor plenitud posible. Eso es meditar.



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NOTAS:


1 Como ha escrito la psicoanalista Marie Balmary, «la espiritualidad [puede estar] prohibida por la ciencia, la política y, a veces, la religión... A nuestras consultas acuden a veces los dos extremos en materia de creen-cias: aquellos a quienes se les ha impedido y a aquellos a los que se ha obli-gado» {Freud hasta Dios. Barcelona, Fragmenta, 2011, pp. 13-16).

2 Véase el testimonio de Max Planck, considerado el padre de la física moderna, reproducido más arriba en página 24, nota 3.

3. H. GARDNER. La teoría de las inteligencias múltiples. México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

4. K. WILBER. La visión integral. Barcelona, Kairós, 2008

5. FRANCESC TORRALBA. Inteligencia Espiritual. Barcelona. Plataforma, 2010

6. M. CAVALLÉ. La Sabiduría recobrada. Filosofía como terapia. Barcelona. Martínez Roca, 2006. Se trata de un libro sumamente valioso que, afortunadamente, ha sido reeditado recientemente por la Editorial Kairós.

7. J. D. ATWOOD / L. MALTIN, «Putting eastern philosophies into western psy-chotherapies», en American Journal of Psychotherapy 45 (1991) p. 368, citado en P. P. ARIAS CAPDET, La utilidad de la meditación como modalidad terapéutica. Parte II, en:

http://bvs.sld.cu/revistas/mgi/voll4_3_98/mgi09398.htm



8 Volveré sobre ello en el Anexo, pp. 143-150.

10 Quien esté interesado puede encontrar algunas direcciones de interés en mi web: www.enriquemartinezlozano.com/educacion_interioridad.htm Desde su experiencia como profesora en educación infantil y primaria, y re¬firiéndose a esas edades, puede ser sugerente el libro de A. ALONSO SÁNCHEZ, Pedagogía de la interioridad. Aprender a «ser» desde uno mismo. Madrid, Nar-cea, 2011. También M. FRADERA / T. GUARDANS, La séptima dirección. El cul¬tivo de la interioridad. Barcelona, CETR, 2008. Y, sobre todo, el excelente programa «Aulas Felices», elaborado por el Centro de Profesores y Recursos (CPR) Juan de Lanuza, de Zaragoza, que puede encontrarse y descargarse desde: http://catedu.es/psicologiapositiva/


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