El conocimiento silencioso



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EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO

Carlos Castaneda

Índice



ADVERTENCIA 3
INTRODUCCION 4

LAS MANIFESTACIONES DEL ESPIRITU



I. El Primer Centro Abstracto 9

II. La Impecabilidad del Nagual Elías 15

EL TOQUE DEL ESPIRITU



III. Lo Abstracto 21

IV. El Ultimo Desliz del Nagual Julián 28

LOS TRUCOS DEL ESPIRITU



V. Quitar el Polvo del Vínculo con el Espíritu 34

VI. Las Cuatro Disposiciones del Acecho 43

EL DESCENSO DEL ESPÍRITU



VII. Ver al Espíritu 53

VIII. El Salto Mortal del Pensamiento 63

IX. Mover el Punto de Encaje 69

X. El Sitio donde No Hay Compasión 79

LOS REQUISITOS DEL INTENTO



XI. Romper la Imagen de Sí 89

XII. El Tercer Punto 97

EL MANEJO DEL INTENTO



XIII. Los Dos Puentes de una Sola Mano 112

XIV. Intentar Apariencias 124

ADVERTENCIA


Desde que por vez primera se publicó mi trabajo, me han preguntado si mis libros son ficción. Y yo he manifestado continuamente que lo que he hecho en mis libros es des­cribir fielmente las diferentes facetas de un método de instrucción utilizado por don Juan Matus -un indio mexicano brujo- para enseñarme a comprender el mundo en términos de un grupo de premisas que él lla­maba brujería.

El aprender a manejar de manera inteligente el mundo de la vida cotidiana, nos toma años de adiestra­miento. Nuestra preparación, ya sea en el razonamiento mundano o en temas especializados, es muy rigurosa, porque el conocimiento que se nos trata de impartir es muy complejo. Idéntico criterio puede aplicarse al mun­do de los brujos; sus métodos de enseñanza, los cuales dependen de la instrucción oral y de la manipulación de la conciencia de ser, aunque diferentes de los nuestros, son igualmente rigurosos, puesto que su conocimiento es tan, o hasta quizás más, complejo que el nuestro.

INTRODUCCIÓN
En varias ocasiones, a fin de ayudarme, don Juan trató de poner nombre a su conocimiento. El creía que el nombre más apropiado era nagualismo, pero que el término era demasiado oscuro. Llamarlo simplemente "conocimien­to" lo encontraba muy vago, y llamarlo "hechicería", su­mamente erróneo. "La maestría del intento" y "la búsqueda de la libertad total" tampoco le gustaron por ser términos abstractos en exceso, demasiado largos y metafóricos. Incapaz de encontrar un término adecuado optó por llamarlo "brujería", aunque admitiendo lo inexacto que era.

En el transcurso de los años, don Juan me dio diver­sas definiciones de lo que es la brujería, sosteniendo siempre que las definiciones cambian en la medida que el conocimiento aumenta. Hacia el final de mi aprendi­zaje, me pareció que estaba yo en condiciones de apreciar una definición tal vez más compleja o más clara que las que ya había recibido.

-La brujería es el uso especializado de la energía -dijo, y como yo no respondí, siguió explicando-. Ver la brujería desde el punto de vista del hombre común y corriente es ver o bien una idiotez o un insondable miste­rio, que está fuera de nuestro alcance. Y, desde el punto de vista del hombre común y corriente, esto es lo cierto, no porque sea un hecho absoluto, sino porque el hombre común y corriente carece de la energía necesaria para tratar con la brujería.

Dejó de hablar por un momento y luego continuó.

-Los seres humanos nacen con una cantidad limi­tada de energía -prosiguió don Juan- una energía que a partir del momento de nacer es sistemáticamente des­plegada y utilizada por la modalidad de la época, de la manera más ventajosa.

-¿Qué quiere usted decir con la modalidad de la época? -pregunté.

-La modalidad de la época es el determinado con­junto de campos de energía que los seres humanos perci­ben -contestó-. Yo creo que la percepción humana ha cambiado a través de los siglos. La época determina el modo de percibir; determina cuál conjunto de campos de energía, en particular, de entre un número incalculable de ellos, será percibido. Manejar la modalidad de la épo­ca, ese selecto conjunto de campos de energía, absorbe toda nuestra fuerza, dejándonos sin nada que pueda ayu­darnos a percibir otros campos de energía, otros mundos.

Con un sutil movimiento de cejas, me instó a con­siderar todo lo dicho.

-A esto me refiero cuando digo que el hombre común y corriente carece de energía para tratar con la brujería -prosiguió-. Utilizando solamente la energía que dispone, no puede percibir los mundos que los bru­jos perciben. A fin de percibirlos, los brujos necesitan utilizar un conjunto de campos de energía que habi­tualmente no se usan. Naturalmente, para que el hom­bre común y corriente perciba esos mundos y entienda la percepción de los brujos, necesita utilizar el mismo con­junto que los brujos usaron. Y esto desgraciadamente no es posible porque toda su energía ya ha sido desplegada.

Hizo una pausa, como si buscara, palabras más ade­cuadas para reafirmar este punto.

-Piénsalo bien -continuó- no es que estés aprendiendo brujería a medida que pasa el tiempo; lo que estás haciendo es aprender a ahorrar energía. Y esta energía ahorrada te dará la habilidad de manejar los campos de energía que por ahora te son inaccesibles. Eso es la bru­jería: la habilidad de usar otros campos de energía que no son necesarios para percibir el mundo que conocemos. La brujería es un estado de conciencia. La brujería es la habilidad de percibir lo que la percepción común no puede captar.

-Todo por lo que te he hecho pasar -prosiguió don Juan- cada una de las cosas que te he mostrado fue­ron simples ardides para convencerte de que en los seres humanos hay algo más de lo que parece a simple vista.

Nosotros no necesitamos que nadie nos enseñe brujería, porque en realidad no hay nada que enseñar. Todo lo que ne­cesitamos es un maestro que nos convenza de que existe un poder incalculable al alcance de la mano. ¡Una ver­dadera paradoja! Cada guerrero que emprende el camino del conocimiento cree, tarde o temprano, que está apren­diendo brujería, y lo que está haciendo es dejarse con­vencer de que existe un poder escondido dentro de su ser y que puede alcanzarlo.

-¿Es eso lo que usted está haciendo conmigo don Juan? ¿Está convenciéndome?

-Exactamente. Estoy tratando de convencerte de que puedes alcanzar ese poder. Yo pasé por lo mismo. Y fui tan difícil de convencer como tú.

-¿Y una vez que lo alcanzamos, qué hacemos exac­tamente con ese poder, don Juan?

-Nada. Una vez que lo alcanzamos, el poder mis­mo hará uso de esos inaccesibles campos de energía. Y eso, como ya te dije, es la brujería. Empezamos entonces a ver, es decir, a percibir algo más, no como una cosa de la imaginación sino como algo real y concreto. Y después comenzamos a saber de manera directa, sin tener que usar palabras. Y lo que cada uno de nosotros haga con esa percepción acrecentada, con ese conocimiento silencioso, dependerá de nuestro propio temperamento.

En otra ocasión don Juan me dio otro tipo de defini­ción. Estábamos entonces discutiendo un tema entera­mente ajeno cuando de repente empezó a contarme un chiste. Se rió y, con mucho cuidado, como si fuera dema­siado tímido y le pareciera muy atrevido de su parte el tocarme, me dio palmaditas en la espalda, entre los omóplatos. Al ver mi reacción nerviosa soltó una carca­jada.

-Tienes los nervios de punta -me dijo en tono ju­guetón, y golpeó mi espalda con mayor fuerza.

De inmediato me zumbaron los oídos. Perdí el aliento. Por un instante, sentí que me había hecho daño en los pulmones. Cada respiración me provocaba una gran molestia. No obstante, después de toser y sofocarme varias veces, mis conductos nasales se abrieron y me en­contré respirando profunda y agradablemente. Sentía tanto bienestar, que ni siquiera me enojé con él por ese golpe tan fuerte y tan inesperado.

Don Juan empezó entonces una maravillosa expli­cación. En forma clara y concisa, me dio una diferente, y más precisa, descripción de lo que era la brujería.

Yo había entrado en un estupendo estado consciente. Gozaba de tal claridad mental, que era capaz de comprender y asimilar todo lo que don Juan me decía.

Dijo que en el universo hay una fuerza inmensura­ble e indescriptible que los brujos llaman intento y que absolutamente todo cuanto existe en el cosmos esta enla­zado, ligado a esa fuerza por un vínculo de conexión. Por ello, el total interés de los brujos es delinear, entender y utilizar tal vínculo, especialmente limpiarlo de los efec­tos nocivos de las preocupaciones de la vida cotidiana. Dijo que a este nivel, la brujería podía definirse como el proceso de limpiar nuestro vínculo con el intento. Afirmó que este proceso de limpieza es sumamente difícil de comprender y llevar a cabo. Y que por lo tanto, los brujos dividían sus enseñanzas en dos categorías. Una es la enseñanza dada en el estado de conciencia co­tidiano, en el cual el proceso de limpieza es revelado en forma velada y artificiosa; la otra, es la enseñanza dada en estados de conciencia acrecentada, tal como el que yo estaba experimentando en ese momento. En tales estados los brujos obtenían el conocimiento directamente del intento, sin la intervención del lenguaje hablado.

Don Juan explicó que, empleando la conciencia acrecentada y a través de miles de años de tremendos es­fuerzos, los brujos obtuvieron un conocimiento es­pecífico y al mismo tiempo incomprensible acerca del intento; y que habían pasado ese conocimiento de gene­ración en generación hasta nuestros días. Dijo que la ta­rea principal de la brujería consiste en tomar ese incom­prensible conocimiento y hacerlo comprensible al nivel de la conciencia cotidiana.

A continuación me explicó el papel que desempeña el guía en la vida de los brujos. Dijo que a un guía se le llama "nagual" y que el nagual es un hombre o una mujer dotado de extraordinaria energía; un maestro do­tado de sensatez, paciencia e increíble estabilidad emo­cional; un brujo, al cual los videntes ven como una esfe­ra luminosa con cuatro compartimentos, como si cuatro esferas luminosas estuvieran comprimidas unas contra las otras. Su extraordinaria energía les permite a los na­guales intermediar; les permite ser un viaducto que ca­naliza y transmite, a quien fuera, la paz, la armonía, la risa, el conocimiento, directamente de la fuente, del intento. Son los naguales quienes tienen la responsabilidad de suministrar lo que los brujos llaman la "oportunidad mínima": el estar consciente de nuestra propia conexión con el intento.

Le manifesté que mi mente estaba asimilando todo lo que él decía, y que la única parte de su explicación que me confundía era el por qué se requería dos tipos de enseñanza. Yo podía ciertamente entender cuanto me decía acerca del mundo de los brujos, aunque él había ca­lificado como muy difícil el proceso de entender ese mundo.

-A fin de recordar lo que estás percibiendo y enten­diendo en estos momentos, necesitarás una vida entera -dijo- porque todo esto forma parte del conocimiento silencioso. En unos breves instantes habrás olvidado todo. Ese es uno de los insondables misterios de la con­ciencia de ser.

De inmediato, don Juan me hizo cambiar niveles de conciencia con una fuerte palmada en mi costado iz­quierdo, en el borde de las costillas. Al instante mí mente volvió a su estado normal. Perdí, a tal extremo mi ex­traordinaria claridad mental que ni siquiera pude recor­dar el haberla tenido.


El mismo don Juan me asignó la tarea de escribir so­bre las premisas de la brujería. Al poco tiempo de haber empezado mi aprendizaje, me sugirió una vez que escri­biera un libro, a fin de aprovechar las cantidades de notas que yo había acumulado sin noción alguna de qué hacer con ellas.

Argüí que la sugerencia era absurda porque yo no era escritor.

-Claro que no eres escritor -dijo-. Para escribir libros tendrás que usar la brujería. Primeramente tendrás que hacer una imagen mental de tus vaivenes en la bru­jería, como si estuvieras reviviéndolos; después tendrás que ensoñarlos: verlos en tus sueños; y luego tendrás que ensoñar el texto del libro que quieres escribir; tendrás que verlo en tus sueños. Para ti el escribir un libro no puede ser un ejercicio literario sino, más bien, un ejercicio de brujería.

Yo he escrito de este modo acerca de las premisas de la brujería, tal como don Juan me las explicó, dentro del contexto de sus enseñanzas.

En sus enseñanzas, desarrolladas por brujos de la antigüedad, existen dos categorías de instrucción. A una de ellas se le denomina "enseñanza para el lado dere­cho" y se la lleva a cabo en estados de conciencia cotidia­nos. A la otra se le llama "enseñanza para el lado iz­quierdo" y se la practica solamente en los estados de conciencia acrecentada.

Las dos categorías de instrucción permiten a los maestros adiestrar a sus aprendices en tres áreas: la maestría del estar consciente de ser, el arte del acecho y la maestría del intento. Estas tres áreas también se conocen como los tres enigmas que los brujos encuentran al bus­car el conocimiento.

La maestría del estar consciente de ser, es el enigma de la mente; la perplejidad que los brujos experimentan al darse cabal cuenta del asombroso misterio y alcance de la conciencia de ser y la percepción.

El arte del acecho es el enigma del corazón; el des­concierto que sienten los brujos al descubrir dos cosas: una, que el mundo parece ser inalterablemente objetivo y real debido a ciertas peculiaridades de nuestra percep­ción; y la otra, que si se ponen en juego diferentes pecu­liaridades de nuestra percepción, ese mundo que parece ser inalterablemente objetivo y real, cambia.

La maestría del intento es el enigma del espíritu, el enigma de lo abstracto.

La instrucción proporcionada por don Juan en el arte del acecho y la maestría del intento se basaron en la instrucción del estar consciente de ser: una piedra angu­lar que consiste de las siguientes premisas básicas:

1. El universo es una infinita aglomeración de cam­pos de energía, semejantes a filamentos de luz que se ex­tienden infinitamente en todas direcciones.

2. Estos campos de energía, llamados las emana­ciones del Aguila, irradian de una fuente de inconcebi­bles proporciones, metafóricamente llamada el Aguila.

3. Los seres humanos están compuestos de esos mis­mos campos de energía filiforme. A los brujos, los seres humanos se les aparecen como unos gigantescos huevos luminosos, que son recipientes a través de los cuales pa­san esos filamentos luminosos de infinita extensión; bo­las de luz del tamaño del cuerpo de una persona con los brazos extendidos hacia los lados y hacia arriba.

4. Del número total de campos de energía filiformes que pasan a través de esas bolas luminosas, sólo un pequeño grupo, dentro de esa concha de luminosidad, está encendido por un punto de intensa brillantez locali­zado en la superficie de la bola.

5. La percepción ocurre cuando los campos de energía en ese pequeño grupo, encendido por ese punto de brillantez, extienden su luz hasta resplandecer aún fuera de la bola. Como los únicos campos de energía per­ceptibles son aquellos iluminados por el punto de bri­llantez, a este punto se le llama el "punto donde encaja la percepción" o, simplemente, "punto de encaje".

6. Es posible lograr que el punto de encaje se des­place de su posición habitual en la superficie de la bola luminosa, ya sea hacia su interior o hacia otra posición en su superficie o hacia fuera de ella. Dado que la brillan­tez del punto de encaje es suficiente, en sí misma, para iluminar cualquier campo de energía con el cual entra en contacto, el punto, al moverse hacia una nueva posición, de inmediato hace resplandecer diferentes campos de energía, haciéndolos de este modo percibibles. Al acto de percibir de esa manera se le llama ver.

7. La nueva posición del punto de encaje permite la percepción de un mundo completamente diferente al mundo cotidiano; un mundo tan objetivo y real como el que percibimos normalmente. Los brujos entran a ese otro mundo con el fin de obtener energía, poder, solu­ciones a problemas generales o particulares, o para en­frentarse con lo inimaginable.

El intento es la fuerza omnipresente que nos hace percibir. No nos tornamos conscientes porque percibi­mos, sino que percibimos como resultado de la presión y la intromisión del intento.

9. El objetivo final de los brujos es alcanzar un esta­do de conciencia total y ser capaces de experimentar todas las posibilidades perceptuales que están a disposición del hombre. Este estado de conciencia implica asimismo, una forma alternativa de morir.
La maestría del estar consciente de ser requería un nivel de conocimiento práctico. En ese nivel don Juan me enseñó los procedimientos para mover el punto de encaje. Los dos grandes sistemas ideados por los brujos videntes de la antigüedad eran: el ensueño, es decir, el control y utilización de los sueños, y el acecho, o el con­trol de la conducta.

Puesto que mover el punto de encaje es una manio­bra esencial, todo brujo tiene que aprenderlo. Algunos de ellos, los naguales, llegan a hacerlo en otros; son capaces de desplazar el punto de encaje de su posición habitual mediante una fuerte palmada asestada directamente al punto de encaje. Este golpe que se siente como una ma­notada propinada en el omóplato derecho -aun cuando nunca se toca el cuerpo- produce un estado de concien­cia acrecentada.

De acuerdo con su tradición, era exclusivamente en esos estados de conciencia acrecentada que don Juan im­partió la parte más dramática e importante de sus enseñanzas: la instrucción para el lado izquierdo. Debido a las extraordinarias características de esos estados, don Juan me ordenó que no los discutiera con nadie hasta no haber concluido con todo su plan de enseñanzas. Esta exigencia no me fue difícil de aceptar. En esos estados únicos de conciencia, mi capacidad para entender las enseñanzas aumento en forma increíble, pero, al mismo tiempo, mí capacidad para describir o recordar las dichas enseñanzas se vio disminuida en extremo. Podía fun­cionar yo en esos estados con destreza y firmeza, pero una vez que regresaba a mi estado de conciencia normal, no podía recordar nada acerca de ellos.

Me llevo años el poder hacer la conversión crucial de mi memoria de la conciencia acrecentada a la memo­ria normal. Mi razón y mi sentido común retrasaron esta conversión al estrellarse contra la realidad absurda e ini­maginable de la conciencia acrecentada y del conocimien­to directo. Por años enteros, el tremendo desajuste cog­noscitivo resultante me forzó a buscar desahogo en el no pensar al respecto.

Todo lo que he escrito hasta ahora acerca de mi aprendizaje de la brujería ha sido un relato de cómo me educó don Juan en la maestría del estar consciente de ser. Todavía no he descripto el arte del acecho ni la maestría del intento.

Don Juan me enseñó los principios y aplicaciones de estas dos maestrías con ayuda de dos de sus compañeros: un brujo llamado Vicente Medrano y otro llamado Silvio Manuel. Desafortunadamente, todo lo que aprendí acerca de estas dos maestrías aún permanece oculto en lo que don Juan denominó las complejidades de la conciencia acrecentada. Hasta hoy en día, me ha sido imposible des­cribir o inclusive pensar de manera coherente acerca del arte del acecho y maestría del intento. Mi error ha sido el creer que es posible incluirlos en la memoria normal. Es posible, pero al mismo tiempo no lo es. Con el propósito de resolver esta contradicción, los he encarado indirecta­mente, a través del tópico final de las enseñanzas de don Juan: las historias de los brujos del pasado.

Don Juan me relató estas historias para hacer evi­dente lo que él llamaba los centros abstractos de sus lec­ciones. Pero yo fui incapaz de captar la naturaleza de esos centros abstractos, pese a sus amplias explicaciones, las cuales, ahora lo sé, estaban diseñadas para abrirme la mente más que para explicar su conocimiento de manera racional. Su modo de hablar me hizo creer, por muchos años, que sus explicaciones de los centros abstractos eran como disertaciones académicas; todo lo que yo fui capaz de hacer bajo tales circunstancias, era aceptar de manera incondicional tales explicaciones. Y así, el significado de los centros abstractos pasó a formar parte de mi acepta­ción tácita de las enseñanzas de don Juan, pero sin la me­ticulosa valoración que es esencial para entender tal sig­nificado.

Don Juan me dio a conocer dieciocho centros abs­tractos. He tratado aquí con la primera serie compuesta de los seis siguientes: las manifestaciones del espíritu, el to­que del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento, y el manejo del intento.



LAS MANIFESTACIONES DEL ESPIRITU




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