El caso de los exploradores de cavernas



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EL CASO DE LOS EXPLORADORES DE CAVERNAS




TEORÍA DEL DERECHO






















CRISTINA VEGA MAYOLÍN











Siguiendo con las interpretaciones sobre este caso, sale a escena el ministro Keen, quien se basa en el principio del derecho positivo o iuspositivismo, éste encuentra que son culpables y deben ser sentenciados a la pena sugerida por tal violación de la ley. Keen argumenta que es inadmisible dejar que los actores de un acto tan monstruoso queden libres de toda acusación, tal y como dice el texto literal de la ley: “quien intencionalmente privare de la vida a otro es un asesino, y sin excepción alguna debe hacerse cumplir el orden de la ley”. Además, según Keen nada tiene que ver con el caso la clemencia ejecutiva, y tampoco los aspectos morales del caso.


Por una parte, Keen ejerciendo como ciudadano, agrega que en el caso de que él tuviera en sus manos el poder de otorgar el perdón, sin vacilar lo otorgaría por las características de la tragedia sucedida. Por otro lado, y esta vez ejerciendo como juez, expresa que este caso no puede ser juzgado ni como “justo” ni como “injusto”, ni tampoco los comportamientos son “malos” o “buenos”. Argumenta que su función no es dictaminar la moralidad de los hechos sino el Derecho del Estado. Keen en referencia a su colega Foster, añade que a éste le gustan en demasía las lagunas en la ley, para recalcar el gusto de Foster por los vacíos legales cuenta una anécdota sobre un hombre que se comió unos zapatos el cual contestó, cuando se le preguntó qué parte le había agradado más, que la parte de los agujeros. Así es como da a entender que a Foster cuánto más agujeros contenga la ley más le agrada, en resumidas cuentas, no le gustan las leyes.
Para el ministro Keen, no importan las circunstancias, no importa realmente “la intencionalidad” de la conducta de estos hombres, no importa más que la comprobación de las cuestiones fácticas, y estas han quedado por de más comprobadas, por lo tanto confirma la sentencia condenatoria. Keen cree que la cuestión no está en el propósito conjetural de la regla, sino en su alcance. Ahora bien, el alcance de la excepción a favor de la defensa propia es claro: se aplica a los casos en que una parte resiste una amenaza agresiva a su propia vida. Es, por ende, demasiado evidente que el presente caso no cae dentro del ámbito de la excepción desde que es obvio que Whetmore no dirigió ninguna amenaza a la vida de los acusados. También sostiene que el desaliño esencial del intento de Foster, que ha querido cubrir su reformulación de la ley escrita con un aire de legitimidad, surge trágicamente a la superficie en el voto de Tatting. En dicho voto el juez Tatting lucha fieramente para hacer compatible el vago moralismo de su colega con su propio sentido de fidelidad hacia la ley escrita. El resultado de esta lucha sólo pudo ser el que efectivamente ocurrió, fue un completo fracaso el desempeño de la función judicial. No se puede aplicar una ley tal como está escrita y al mismo tiempo reformularla según los propios deseos. Ahora bien, Keen considera que sus colegas fracasaron al no distinguir los aspectos jurídicos de lo moral. Además añade que la ley debe aplicarse como la concibió el Poder Legislativo, y los jueces no son quienes para investigar sus propósitos, que además suelen ser diversos.
En conclusión, Keen se atreve a decir que sus principios son más sanos. Con respecto a la defensa propia, éste argumenta que si los tribunales se hubieran puesto firmes y hubieran cumplido la letra de la ley, el resultado sería otro llegando a tener bases comprensibles y razonables. Por todo ello, concluye dictaminando que la sentencia condenatoria debe ser confirmada y ejecutada.

Finalmente, el ministro Handy es el último en exponer sus argumentos sobre el caso, éste se basa en el realismo jurídico. En primer lugar, excluye a todos los raciocinios y casuismos expuestos con anterioridad y sociológicamente, apunta que la opinión pública ya se ha manifestado, casi la mayoría aboga por el perdón de los acusados. Es de conocimiento del ministro Handy que el Presidente no está dispuesto a conmutar la pena.


El ministro Handy, un hombre harto realista, critica a Truepenny y a Tatting por intentar desentenderse del problema. Éste comenta que su única desilusión ha sido que nadie haya hecho cuestión acerca de la naturaleza jurídica del convenio celebrado en la misma caverna, si fue unilateral o bilateral, y si no puede considerarse que Whetmore revocó una oferta antes de que se hubiera actuado en base a la misma. Handy defiende la sabiduría práctica, no la teoría abstracta, sino las realidades humanas. Considera que el pueblo es bien gobernado cuando se entienden los sentimientos y concepciones de las masas.
Considera que cierto formalismo es un mal necesario para regular las relaciones del hombre en sociedad, pero cree que este formalismo está sobredimensionado, por ello propone no modificar las normas en si, sino atender a las valoraciones de la opinión publica, ya que a ésta está dirigida la legislación y el gobierno debe estar cercano a la masa a quien gobierna.
Por último, termina su extenso y brillante hilvanado opinando que la sentencia debe revocarse, es decir, falla por la absolución.
En último lugar, Tatting fue nuevamente preguntado por si quería cambiar su posición de abstención, pero este vocal reitera su decisión de no participar en la parte resolutiva de la sentencia, incluso después de escuchar las últimas opiniones su tesitura se encontraba más robusta. Debido a la abstención por parte de Tatting, la votación se encontraba totalmente igualada en el voto de los vocales, por lo que la sentencia condenatoria fue finalmente confirmada.
Luego, se ordena la ejecución de los acusados, y así se cierra este caso. Lejano queda ya el estado de naturaleza, la conducta humana está cada vez más estrechamente vinculada con la juridicidad, así como ésta, en su aspecto positivo, es cada vez más autoritaria.

“La conducta humana está sujeta al gobierno de las normas” | Lon Fuller



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