El barrio, de la unicidad a la multiplicidad



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EL BARRIO, DE LA UNICIDAD A LA MULTIPLICIDAD

«...Esta ciudad que no se borra de la mente es como un armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen esta ciudad de memoria»

ITALO CALVINO.

ARQ. FABIO H. AVENDAÑO TRIVIÑO


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I. INDICIOS



HAY BARRIOS...
Hay barrios, y hay barrios de barrios. Hay barrios que sólo los hay en Santa Fe de Bogotá. En esta ciudad, hay barrios por cientos. Los hay para satisfacer, a través de un grácil e irónico topónimo, los múltiples deseos, sueños y añoranzas del siempre insatisfecho ciudadano. Para ello y para mucho más, cientos de barrios hay. Hay barrios para colmar ideales, barrios para disfrutar de agradables lugares, los hay más allá de las nubes, los hay para todo el año, los hay para vivir con la historia, los hay beatificados; los hay también aquilatados, con cédula de extranjería, y hasta taxonomizados botánicamente. Así, para todo y para todos, barrios hay.
Hay barrios para colmar ideales: de la Esperanza, de la Ilusión, del Anhelo, del Delirio; del Descanso, de la Soledad, del Refugio, del Remanso, del Consuelo; de la Amistad, de la Igualdad, de la Concordia; del Socorro, del Amparo, de la Perseverancia, del Triunfo; de la Libertad, de la Victoria, de la Gloria, de la Alabanza; del Destino, del Porvenir, del Paraíso; de la Dulzura, de las Delicias, del Recuerdo, del Encanto, y hasta del mítico Edén.
Hay barrios para deslumbrarnos con sus agradables lugares, pues son: de la Bella Vista, del Patio Bonito, del Campo Hermoso, del Agualinda, de las Aguas Claras, de la Buena Vista, de la Tierra Linda, de los Buenos Aires, de la Vista Hermosa, y de la Bella Flor.
También hay barrios celestes, más allá de las nubes: en la Aurora, en la Alborada, en la Luna, en el Lucero, en la Estrella, y en el cálido Sol.
Hay barrios calendario, para todo el año, para el: Primero de Mayo, 20 de Julio, 7 de Agosto, 12 de Octubre, 11 de Noviembre y 8 de Diciembre.
Hay barrios para vivir con la historia y sus ilustres personajes, con: Nicolás de Federmán, Francisco José de Caldas, Camilo Torres, Juan José Rondón, Simón Bolívar, Rafael Núñez, Abraham Lincoln, Marco Fidel Suárez, Julio Flórez, José María Vargas Vila, Eduardo Santos, Jorge Eliecer Gaitán, Charles de Gaulle, Luis López de Mesa, Salvador Allende. Para vivir con otros, menos o más ilustres, también los hay.
Hay barrios amparados por lo sacrosanto: El Sagrado Corazón, La Sagrada Familia, El Divino Salvador; Santa Ana, Santa Librada, Santa Bárbara, Santa Cecilia, Santa Teresa, Santa Bibiana, Santa Paula, Santa Matilde, Santa Helenita; San Bernardino, San Benito, San Roque, San Cipriano, San Ignacio, San Juan Bautista, San Juanito, San Martín de Loba, San Blas, San Cristóbal, San Gabriel, San Patricio, San Isidro, San Dionisio, San Fernando, San Eusebio Alcalá, y el irreconocible San Victorino.
Hay barrios aquilatados y valiosos: La Guaca, El Tesoro, El Dorado, La Perla, La Esmeralda, El Rubí, El Zafiro, y el inalcanzable Diamante.
También hay barrios extranjerizados: Boston, Nueva York, Atlanta, Mandalay, Malibú; Canadá, Toronto, Alaska, Terranova; Europa, Normandía, París, Versalles, Marsella, Holanda, Ginebra, Berna, Mónaco, Roma, Palermo, Atenas, Barcelona, Sevilla, Covadonga, Gibraltar; Marruecos, Argelia, Egipto, Palestina, Jerusalén, Jericó; Arabia, Nueva Zelandia, Bombay, Nueva Delhy; Buenos Aires, Santiago, Valparaíso, Paraguay, Río de Janeiro, Brasilia, Maracaibo, Managua, México, y el placentero Acapulco.
Existen otros barrios taxonomizados, por ejemplo, desde la botánica: Las Flores, Las Camelias, Jazmín, La Azucena, Las Violetas, Las Amapolas, Las Margaritas, Las Orquídeas, Los Rosales, La Rosita, Azahares, Los Geranios; El Bosque, Las Acacias, El Arrayán, El Cedral, Los Cedros, Los Sauces, Sauzalito, El Nogal, Los Pinos, La Alameda, Las Palmas, El Palmar, El Guadual; El Vergel, Los Naranjos, El Limonar, Los Cerezos, El Uval, La Piña; El Verbenal, Los Laureles, Los Alcaparros, Los Olivos, Los Azafranes; El Prado, El Trébol, y la espinosa Zarzamora, Todos son barrios!, barrios son de Santa Fe de Bogotá. En número muy mayor a dos mil, conforman la ciudad que les permite ser. En todos habitan diferentes gentes, en todos crecen diferentes sueños. En unos vive la plenitud, en otros sobrevive la precariedad. En unos nace el ciudadano, en otros se refugia el desplazado. A casi todos llegan diferentes buses; no a todos el alcantarillado o el acueducto o la electricidad, pero sí la televisión y otras delikatesses del consumo. No todos son conocidos, y menos reconocibles. Unos son legales, otros casi, y otros no. Unos son codiciados, otros son estigmatizados. Unos son exclusivos otros son masivos. A unos se les conoce como son, en otros se piensa cómo serán.
Estos barrios son muy singulares, en conjunto son diferentes unos de otros, en el espacio se yuxtaponen de manera aleatoria; a pesar de ello, conforman un todo: el heteróclito aglomerado llamado ciudad. Ahora bien, si todos son diferentes y sui géneris, entonces, ¿por qué todos «barrios» son?

II. El BARRIO: IDENTIDAD DE LO NO IDENTICO




«Solamente podemos estar seguros de que no podemos estar seguros de si algo de lo que recordamos como pasado seguirá siendo lo que era en el futuro»

NIKLAS LUHMANN




1. IMAGINAR
Abandonemos, por un momento, los indicios detectados a través del retruécano y penetremos por el pensamiento, para construir nuestra versión de la realidad urbana que nos circunda. Examinemos reflexivamente el escenario urbano, que contiene nuestro diario vivir, para encontrarle una interpretación al preludio interrogativo de este artículo: ¿por qué todos «barrios» son?
Es conocido que el ser humano a través de su constante explorar, conocer y reconer el mundo en el cual vive, lo aprehende mentalmente. Su contexto y cotidianidad le suministran múltiples informaciones perceptibles. Unas las aprehende y procesa de manera consciente y convencional, y constituyen la materia prima, más no única, con la que su psique (intelecto) puede orientar gran variedad de procesos: biológicos, físicos, afectivos, intelectivos, creativos, prácticos, etc. Otras se le escapan de su control consciente (percepciones sin fijación), y penetran, sin ser elaboradas totalmente, por el umbral de lo inconsciente y permanecerán allí como reserva para atender situaciones de diversidad extrema y reflexiones tardías (Jung). Con unas y otras el hombre construye mentalmente su representación del mundo, la cual le permite adaptarse o adaptarlo para posibilitar su supervivencia.
El ser humano no se conforma con el mundo percibido y asimilado por medio de sus construcciones mentales, sino que, a partir de lo vivido y conocido, de lo elaborado y no elaborado, «re-crea» su propia imagen de su muy personal mundo de dominio, acude a su imaginación1 . Articula lo vivido en nuevas combinaciones mentales, las cuales se traducen en representaciones imaginarias -«lo que la realiter no es»-, según diferentes tiempos, lugares, intereses, conocimientos, añoranzas, idealizaciones, todo lo que le ayuda a sintonizarse con el mundo en que debe actuar. Generalmente en estas representaciones se depositan de manera dominante las nostalgias y anhelos del ser. La representación imaginaria, es selectiva, incluye únicamente lo que cada persona valora. Así, ante una realidad adversa a emociones, afectos e intenciones, puede prestar una función muy práctica: desde ella, y a manera de un filtro polarizador, transformamos imaginariamente lo circundante, tamizamos la intensidad de la vibración irregular de los males que nos aquejan, aligeramos la realidad y hacemos psíquicamente más llevadero nuestro diario actuar. La imaginación interviene como «factor general de equilibramiento» (Durand).
De esta forma, el ser humano, a partir del contexto real que lo contiene (espacio-tiempo), construye un mundo mental como interpretación selectiva de su activo percibir y creativo imaginar. Dentro de este mundo, la compleja y pesada realidad es simplificada, aligerada; se tranquiliza la conciencia ante lo indescifrable circundante que desafía a la perpleja razón. La imaginación le permite al ser, en palabras de Garagalza, «seguir viviendo, permite exorcizar el mal, la muerte, el absurdo, la «náusea», inyectando una dosis de esperanza» (1990: 69)
El hombre, que habita la ciudad, se acompaña de múltiples re-creaciones imaginarias que le permiten ver lo que desea (alucinar) y añorar lo que carece (idealizar). A través de la lucha de sobrevivencia urbana, va re-creando muchas de las experiencias que emanan de su cotidiano vivir, y, ante estados de inaprehensión intelectiva totalizante del medio en que habita, las depura imaginariamente para poder tranquilizar su razón desconcertada. En tal sentido, la ciudad es aprehendida, a partir de múltiples versiones, como un todo simplificado e imaginario, antes que como la versión única de la heterogénea, ineluctable e inasible realidad que nos aprisiona.
Imaginar la ciudad significa, en principio, observar la realidad a través de un filtro de abstracción orientado por nuestras vivencias, intereses, deseos y carencias. En consecuencia, encontramos dentro de nuestro imaginario colectivo, según intereses individuales o de grupo, diferentes representaciones imaginarias respecto a lo que es o debe ser la ciudad.
El ciudadano generalmente evade el temor que la realidad urbana le produce y deposita en su imaginación la idealización de lo que espera que algún día la ciudad le brinde: ante todo, un entorno confortable, totalmente aprehensible, lógico, armónico; en donde el ser humano, artífice y usufructuario, por el hecho de habitarlo pueda encontrar albergue, comunidad, seguridad, bienestar, y múltiples oportunidades (sueño eterno de Utopos!).
Los medios de comunicación, con la simultaneidad y volumen de información que todo y a todos permea, socaban esa idealización, y nos la dibujan a partir de la catastrófica sensación vendible: espacio urbano del peligro, de la violencia, de la desorganización, del consumo; ciudad de lo imposible en donde el tiempo nos ha confinado a sobrevivir2 .
La administración de la urbe, según las políticas que orientan a sus organismos de planeación y control, nos proyecta una versión exorcizante (legalizante) de la realidad -lo oficialmente normal-: un conglomerado abarcable y manejable en su totalidad, verificable en planos, planes, y programas, concordante cabalmente con la realidad. De esta realidad sólo queda una franja que escapa parcialmente de su control, «lo subnormal», y otra que se debe ignorar por estar por fuera de los términos declarados como normalidad, «lo ilegal».
Múltiples versiones de una misma ciudad pululan por el ambiente urbano, unas ideales, otras alarmantes, otras legalizantes, todas son imágenes distantes de aquel mundo del que ya perdimos todo «sentido de realidad» (Vattimo). Casi todas, de manera increíble, luchan por legitimar su versión como única y fidedigna. Todas persiguen lo imposible: aprehender lo inaprehensible, el conjunto urbano como totalidad homogénea.
Diferentes representaciones, construidas con base en la información que nos suministra nuestra práctica cotidiana, procesada a través de nuestra dimensión imaginaria, someten tiránicamente a múltiples singularidades a cohabitar dentro de una generalización aparentemente unificadora (reducción). Estas representaciones persuasivamente camuflan las diferencias, y todo lo reducen a la legitimación de la realidad por medio de versiones únicas y normatizadas, ideales. Versiones que por la sutileza con que interpretan la pesada realidad, son seductoras; estas de una u otra forma se alojan dentro de nuestro imaginario y simplifican el procesamiento de la multiplicidad impactante que a diario percibimos en nuestro enmarañado entorno.
Cuando intencional y fugazmente nos liberamos de la simplificación (reducción) a que está sometido el pensamiento, por las tradicionales representaciones generalizantes de la ciudad, alcanzamos a vislumbrar lo que siempre nos ha acompañado: «la complejidad»3 . Intrincadas singularidades y multiplicidad, lo contradictorio; características inherentes a la sociedad humana.
Más allá de la simplificación, descubrimos una realidad distante de la tradicional imagen «normatizada». Realidad que se nos revela ininteligible para nuestra razón ordenadora y clarificadora, puesto que se aleja de la generalización instituida. Realidad que pone en emergencia a nuestra conciencia. Realidad que reune una alta concentración de lo diferente y singular: amalgama heteróclita de seres, informidad de espacios, simultaneidad de tiempos, proliferación de sentidos, superposición de eventos, diseminación de sueños y deseos. Una realidad inaprehensible como totalidad, de la cual sólo podemos percibir síntomas de su heterogeneidad, de manera desintegrada y ambigua; cognitiva y conceptualmente inasible como conjunto; clara manifestación de la imposibilidad de una omnisciencia de la complejidad (Morin). Al intentarla aprehender sólo capturamos fragmentos, los cuales utilizamos para elaborar nuestro imaginario y tranquilizador «todo». Elaboraciones de la mente necesarias para vivir en la urbe enigmática, como lo define García Canclini4 .
Ver la ciudad más allá de la simplificación imaginada, es el contexto discursivo apropiado, desde el cual se pueden examinar diferentes versiones que la interpretan en dos niveles básicos: global, -urbe-, y fracción, -barrios-. Este contexto es el indicado para diseccionar la unidad, coherente y armónica, tradicionalmente imaginada e idealizada, y liberar las incoherencias, multiplicidades, heterogeneidades, incertidumbres y contradicciones, que a diario nos circundan e interrogan.
A pesar de las buenas intenciones, un examen reflexivo sobre la ciudad no escapa de los dominios del interpretar individual (re-crear), y de la simplificación de nuestro imaginar. Por estar inmersos dentro de la realidad que tratamos de comprender, observador - observado (Luhmann), nuestro ángulo de visión se reduce, fragmenta y parcializa. Un examen así se convierte en un constructo intelectual, a través del cual se revela una de las múltiples imágenes interpretativas de la ciudad, lo que queremos ver. Con él sólo se puede evidenciar aquello que, dentro de nuestro amplio contenedor urbano, sea coincidente con una intencionalidad predeterminada (propósito), y lo que selectivamente pueda servir de argumento para justificar la imagen que se quiere hacer ver (versión). Una versión que intenta examinar la ciudad un poco más allá de la simplificación imaginaria, no puede elucidar de manera generalizante la realidad urbana que nos circunda, tan sólo hace un llamado sobre las múltiples diferencias contenidas en el complejo escenario urbano que hoy habitamos.
Al abarcar comprensivamente una exigua parte de nuestra vida urbana, se deja escapar, ineludiblemente, la explicación generalizante de lo que hoy experimentamos, -la inabarcable totalidad-. Algo ya muy dentro de las reflexiones sobre nuestra contemporaneidad: «...cuando experimentamos la vida tan sólo podemos comprenderla en parte, y cuando tratamos de entenderla ya no estamos realmente experimentándola», afirma Steven Connor ([1989], 1996: 9).

2. IMAGINARIO
A partir de la relación que establece cada individuo y cada grupo, entre un idealizar su entorno y un organizar su actuar, cada parte constitutiva de la ciudad es procesada imaginariamente. El barrio, siendo una de ellas, es aprehendido, en consecuencia, a partir de una generalización imaginaria que posibilita la realización de múltiples propósitos, antes que como realidad compleja que generalmente los obstaculiza. Este sector de ciudad, entendido tradicionalmente como entorno inmediato del hogar, lugar de la proximidad y reconocimiento, referente espacio-temporal de sueños, eventos y deseos; lo re-creamos como unidad de vecindad, coherente, aprehensible y armónica. Cada día esta imagen la vamos depurando y maquillando sentimentalmente, al depositar en ella todo lo que nunca ha sido y lo que desearíamos que fuese.
Así, en nuestro medio, algunas mentes han alimentado la idea que, hoy dentro de la ciudad sus habitantes continúan encontrando sectores homogéneos e identificables; los cuales mediante su permanencia por residencia, llegan a ser el soporte territorial que permite el nacimiento de comunidad, con un marcado sentimiento de pertenencia, reconocimiento y arraigo. A estos sectores de ciudad, oficial y tradicionalmente se les ha identificado con el generalizante término de «barrios». Según la versión oficial y la de algunos habitantes de la ciudad, el barrio se revela como lo identificable por todos, cada espacio urbano con trayectoria, que le pertenece al grupo que lo habita y al cual el grupo pertenece. En este sentido, las subdivisiones urbanas se identifican como lugar, como sitio natural, como «terra patrum».
En consecuencia, se ha legitimado el término barrio como la palabra que nos remite a un territorio urbano, con características identificables, más o menos, homogéneas. Ese espacio de ciudad correspondería al tradicional «lugar antropológico», en el cual comunidades nacían, crecían y se transformaban dentro de un mismo territorio; tenían intereses comunes y eran solidarias para alcanzarlos. El territorio urbano así definido solía ser identificado por un uso predominante (vivienda, comercio, industria, recreación, etc), o por la actividad de sus moradores (esmeralderos, curtidores, zapateros, comerciantes, etc.), o por alguna fama adquirida a partir de la congruencia entre eventos y espacios (heroísmo, rebelión, resistencia, peligro, etc.).
En general, el barrio ha sido sinónimo de unicidad, de una pequeña aldea instalada dentro de la gran ciudad, en donde la mayor parte de sus habitantes se conocen, y casi todos conocen las diferentes partes de su entorno y todos son partícipes de una misma historia. Lugar en donde se comparte un territorio, una vecindad, una memoria; en donde existe una organización y se trabajaba mancomunadamente en pos del interés mutuo.
Con la irrupción de los rápidos procesos de urbanización, a partir de la incontenible migración rural hacia la ciudad, el concepto de barrio desborda su unidad significativa y penetra por la senda de lo inestable, cambiante, inaprehensible; se pierde la unicidad de su referente físico. El barrio como referente urbano, se distancia del barrio como referente imaginario. Lo físico, en muchos de los casos sigue la senda de la arbitraria convencionalidad con la que se bautiza a cada una de las múltiples parcelaciones que a diario se esparcen por la ciudad, topónimos vacíos de identidad y comunidad5 . Lo mental, se aferra a la idealización del lugar de arraigo, único, identificable y protector, lo tranquilizante.
Con el pasar del tiempo la realidad del barrio ha ido cambiando, aunque para nosotros evoque la misma unidad que nuestro imaginario ha decantado. Ahora notamos que el barrio es una unidad de administración, un continente de diferencias, desconocimientos sociales, arbitraria e inestable subdivisión del territorio, una sectorización vacía de «unidad temática» y de memoria compartida. En la práctica, entonces, el barrio es, ante todo, una versión de sectorización convencional y temporal del territorio urbano que facilita su administración y control. Cada fracción de esta versión adquiere un dimensionamiento, tanto espacial como social, diferente, en dependencia al crecimiento de la ciudad y de la dificultad para administrarla.

3. CONCEPTO
El barrio, desde una visión arquitectónica de la ciudad, se ha definido como «unidad» de la forma urbana que estructura a la urbe, y que presenta una caracterización (paisajística, social y funcional) diferenciable dentro de su entorno; así se desprende de la reflexión de Aldo Rossi en La Arquitectura de la Ciudad. Este tratadista, definió el barrio como: «un momento, un sector, de la forma de la ciudad, íntimamente vinculado a su evolución y a su naturaleza, constituido por partes y a su imagen. [...] Para la morfología social, el barrio es una unidad morfológica y estructural; está caracterizado por cierto paisaje urbano, cierto contenido social y una función propia; de donde un cambio de uno de estos elementos es suficiente para fijar el límite del barrio» ([1971], 1982: 118).
El concepto académico de Rossi nos obliga a pensar en la ciudad con gran arraigo histórico y una construcción paulatina en el tiempo (mayor parte de ciudades europeas). Dentro de otras condiciones de desarrollo (contexto latinoamericano), en donde las ciudades se originan a partir de un proceso de conquista y colonización, y se transforman posteriormente, mediados del siglo XX, por la irrupción brusca de migrantes; entonces, la ciudad de aquí, de abrupto crecimiento, diferirá mucho de la distante ciudad de allá, de arraigo cimentado. En nuestro aquí encontramos un crecimiento urbano incontrolado, protagonismo del interés privado sobre el interés público, metastásico desborde de lo construido de los cauces profilácticos del ordenamiento administrativo. Dentro de este muy particular panorama urbano, el concepto de barrio, como unidad morfológica y estructural, resulta insuficiente e incontextual para comprender nuestra realidad, pues la rebelión contemporánea de heterogeneidades disipó el arraigo de esas unidades globalizantes, con las que identificábamos a los tradicionales sectores urbanos.
Otro estudioso de la ciudad, como Lynch, quien la examina a partir de la forma visual, considera el barrio como una unidad temática homogénea, identificable por su continuidad. En la Imagen de la Ciudad, Lynch, define al barrio urbano como: «un sector homogéneo, que se reconoce por claves que son continuas a través del barrio y discontinuas en otras partes « ([1960], 1984: 127). Este autor identifica a estos sectores de ciudad, a partir de detectar en ellos una «unidad temática». Unidad que se manifestaría «en una infinita variedad de partes integrantes, como la textura, el espacio, la forma, los detalles, los símbolos, el tipo de construcción, el uso, la actividad, los habitantes, el grado de mantenimiento y la topografía. [...] Las claves no sólo son de carácter visual; el ruido también es importante. [...] en ciertos casos la misma confusión puede servir de clave» (Ibíd.: 86). Dentro de un contexto urbano como el nuestro, en donde lo diferente es lo común, en donde las continuidades temáticas se dan, si es que se dan, sólo dentro de un predio (lote), pero al pasar al predio vecino la fractura es total; cuando las características de confusión y caos cobijan a más de un 80% de la ciudad, este enfoque de Lynch, se queda como proyección idílica de lo que pudo haber sido, pero, para nosotros no fue.
La administración de nuestra ciudad, de manera netamente convencional, venía, hasta 1972, diferenciando los barrios de la ciudad a partir de una determinada extensión -cuadras-, una actividad predominante -vivienda- y cierta confraternidad entre sus habitantes -mutuo interés-. Dentro de estos términos globalizantes, encontramos la definición tradicional de barrio que referencia el documento de Planeación Distrital: «Desconcentración Administrativa». En este documento se lee que barrio es: «toda área predominantemente residencial de radio, por lo general, no mayor de seis (6) cuadras que cuente con dotaciones comunales apropiadas a sus necesidades, o que tenga posibilidades de conseguirlas y a cuyas gentes unen lazos de mutuo interés» (D.A.P.D. 1972: 42). En el mismo documento, en la parte que plantea la conveniencia de agrupar barrios para facilitar su administración, organizando para ello un nuevo ente, Administración Menor (Alcaldías Menores), se retoma el concepto tradicional de barrio, pero ya se comienza a dudar sobre la absoluta homogeneidad (por lo menos en lo socio-económico) que los debía caracterizar. En esta redefinición se acepta la unidad coherente y perfectamente identificable: «Estas células conocidas bajo la denominación de barrio, son áreas urbanas con nombre propio y límites definidos, en las cuales habitan gentes de condiciones socio-económicas más o menos homogéneas, no han perdido su vigencia y antes bien conservan el carácter de núcleos básicos de la vida ciudadana» (Ibíd.: 42).
Estos últimos casos reflejan la versión oficial sobre lo que es un barrio. Versión que enfatiza la idealización unitaria de lo que quisiéramos ver, más no hace referencia a la multiplicidad reinante en la realidad circundante. Con ello se seguía persiguiendo el ideal moderno de progreso, liberación del hombre, fraternidad, armonía; lo que se deseaba encontrar en la ciudad, a pesar de estar dentro de un mundo que frecuentemente nos ha demostrado todo lo contrario. La creación imaginaria que añora una identidad, definición y organización racional de la ciudad, no encuentra una realidad que le sirva de soporte. Posiblemente, entonces, estas definiciones y redefiniciones se convierten en las re-creaciones imaginarias en las que depositamos nuestras carencias y anhelos.
Por otra parte, las definiciones de los tratadistas de la ciudad, nos llevan a preguntarnos: ¿será posible que dentro de nuestro peculiar contexto, la ciudad y sus componentes adquieren características definitorias que la distancian de la ciudad histórica y de la ciudad que ha florecido dentro de otras latitudes? El nacimiento de nuestra urbe, como ciudad colonial, no refleja la expresión de múltiples voluntades. Voluntades que con el pasar del tiempo mancomunadamente irían concretizando un espacio contenedor de sus vidas, generando reconocimiento, identidad y arraigo. Por el contrario, nuestras ciudades surgen como la imposición de una voluntad que obliga a poblar una estructura que se construye bajo una idea predeterminada. Esta voluntad, de manera absolutista, encuentra mecanismos de sectorización convencional para controlar el fluir de la vida urbana. Así el barrio, dentro de la historia de la ciudad, se irá consolidando a partir de las múltiples subdivisiones a que se somete la urbe, producto de la voluntad temporal de cada fuerza dominante que la pretende controlar, más no como territorio de identidad de los grupos que la habitan.
Fueron primero las parroquias las que se distribuían a los feligreses circunvecinos, delimitando un territorio urbano dentro del cual se compartía la frecuentación de un templo, identidad de credo, entre sus habitantes. Posteriormente serán las necesidades de empadronamiento las que constantemente los desintegran y redistribuyen en nuevos sectores urbanos (barrios). Finalmente será la expresión de la voluntad privada la que polarizará a los habitantes de la urbe dentro del gran abanico de parcelaciones (nuevos barrios) que se ofrecen al mercado como oferta de vivienda en «conjuntos residenciales».
Así, las definiciones de barrio dentro de nuestro peculiar contexto estarán muy distantes de las de otras latitudes, e íntimamente ligadas a las convencionalidades adoptadas por los estamentos dominantes dentro de la estructura física, social e ideológica de la ciudad; responderán a un interés de control.
Examinemos, de manera tendenciosa (conveniente para nuestra exposición) e irresponsable (superficial), el histórico trasegar de la sectorización urbana de Santa Fe de Bogotá6 .

4. HISTORIA
Es conocido que hacia finales del siglo XVI primaba, dentro de los territorios conquistados, la religión como instrumento de polarización, control y refuerzo ideológico. Todo ello inspirado en el nacionalismo eclesiástico, que promovía el reinado de Isabel I de Castilla (Ots Capdequi). Por ello «la conversión a la fe de Cristo de los aborígenes sometidos y la defensa de la religión católica en estos territorios fue uno de los móviles que impulsaron la política colonizadora de la Reina y de sus Consejeros» (Ots Capdequi, 1952: 89).
Para dar cumplimiento a la política piadosa castellana, se incentiva la llegada de las diferentes órdenes religiosas a estos lugares infestados de almas de infieles: para convertir a los lugareños impíos y cuidar las almas fieles que llegaban de la Península. La aparición de las comunidades religiosas dentro de la urbe genera la necesidad de materializar su presencia e iniciar su actividad catequizadora, para ello se erigen conventos y ermitas. Según la importancia que van adquiriendo, a partir de su efectividad en el ganar almas adeptas, las primigenias capillas de culto irán paulatinamente alcanzando categorías de importancia y consolidando una feligresía circunvecina constante. Se instituían poco a poco las primeras parroquias. Estas parroquias atendían los deberes sacramentales y eucarísticos de amplios sectores de la ciudad.
A partir del cubrimiento de cada parroquia, en cuanto a los devotos creyentes que aglutina, se genera una polarización de la población y una sectorización de la ciudad que es convenientemente utilizada por la administración civil para facilitar el control de la urbe. Tomando como base el cubrimiento eclesiástico que proporcionaban las tres primeras parroquias y la central Catedral, se convencionaliza, desde la administración civil, una primera sectorización para Santa Fe. Se divide entonces el pequeño conglomerado urbano en cuatro barrios, cada uno identificado por la parroquia que polarizaba a su feligresía. El sector sur se polariza en torno a Santa Bárbara; el norte, a Las Nieves; el occidental, a San Victorino; y el centro y oriental, a la céntrica Catedral (Carlos Martínez). Estos cuatro primeros barrios, finalizando el siglo XVI, se distribuyen sectorialmente los cerca de 1500 habitantes de la ciudad.
Esta primera subdivisión de la ciudad parte de los elementos aglutinantes, centros de culto, a los cuales asisten asiduamente los feligreses vecinos. Una primera división que aprovecha esa fuerza de atracción que ejercían las construcciones simbolizantes de los altares de la antigüedad, fuerza que para el momento no era igualada por ningún otro componente urbano. Esta fuerza seductora, en parte, reemplaza la tradición y arraigo que se alcanzaban en las ciudades milenarias, en las cuales sus pobladores eran aglutinados por el «lugar - patria», que había sido elegido por los dioses y comunicado al augur por medio de visionarios signos, y que ellos, sus herederos, constantemente refrendaban a través de ritos.
Pero, con el desarrollo posterior de la urbe, no será la identidad religiosa la que sirva de aglutinante para los diferentes sectores de la ciudad sino la voluntad civil, la cual requiere cumplir procesos de administración y control. Es así como una siguiente sectorización de la ciudad se produce al dar respuesta a la voluntad del Soberano, Carlos III, quien ordena en 1774 dividir la ciudad en cuarteles y barrios para facilitar su gobierno. El virrey Manuel Guirior (1773-1776), da fiel cumplimiento a este mandato. La ciudad se subdivide en ocho barrios: Nieves Oriental, Nieves Occidental, al norte; El Príncipe, La Catedral, Palacio y San Jorge, en el centro; Santa Bárbara, al sur; y San Victorino, al occidente. Como cabeza de cada barrio se nombra a un alcalde, el cual, mantenía la tradición española de dar nombres a todo lo conquistado, él debía «dar principio a sus funciones poniendo nombre a las calles y numerando las casas del suyo por manzanas» (Martínez, [1976],1983: 52). La voluntad civil organiza la ciudad, cerca de 20.000 habitantes (1801) y 203 hectáreas (1797), de acuerdo a su necesidad de gobernarla.
La sectorización de Guirior sirvió a su propósito, pero, dentro de Santa Fe se mantenía el arraigo que habían generado los cuatro sectores, ya tradicionales, encabezados por sus respectivas parroquias. La sectorización aumenta con la aparición de nuevas parroquias. Con el crecimiento de la feligresía, se hace necesario atenderla lo más cercano posible al vecindario al que pertenece. Para ello algunas capillas de culto, que paulatinamente habían ido aglutinando gran número de feligreses, son instituidas como parroquias: Las Aguas y Egipto, y, otra queda postulada a ese título, la vice-parroquia de Las Cruces. Estas nuevas cabezas de conglomerados urbanos, servirían a la autoridad civil para dar una nueva sectorización a la ciudad.
A los cuatro distritos parroquiales, existentes hasta 1885, se le anexa un quinto, el de Chapinero (inspección 5a.). Posteriormente una nueva sectorización es impulsada por la constitución de 1886, la cual transformaba los distritos parroquiales en municipios, en Bogotá esta disposición repercute en la transformación de los distritos en barrios, con inspecciones de policia, a partir de 1887. Para 1890 se institucionalizan tres nuevos barrios: Las Aguas, Egipto y Las Cruces, (inspección 6a.,7a. y 8a, respectivamente). Para finales del siglo XIX, Bogotá contaba ya con ocho barrios, polarizantes de cerca de 100.000 habitantes dentro de 320 hectáreas (censo de 1905).
El siglo XX ha traído a la ciudad la transfiguración acelerada de su imagen consolidada mediante un lento desarrollo en los siglos anteriores. La necesidad de realizar constantes empadronamientos, motiva al gobierno de la urbe a redistribuirla para facilitar el conteo de sus habitantes. Serán los censos de población los que contribuyan, inicialmente, a la redistribución de los barrios (sectores) de la ciudad. Para el censo de 1938, los barrios originados a partir de las antiguas parroquias, son reemplazados por 11 zonas, y redistribuyen 330.312 habitantes. Posteriormente para el censo de 1951, las anteriores 11 zonas darán paso a 18, que agrupaban a 715.250 habitantes.
Hacia mediados del siglo se complejiza la urbe. Un proceso migratorio campo-ciudad, provocado por múltiples factores, invade a la ciudad y altera traumaticamente el lento crecimiento que hasta entonces había tenido. Comienza la ciudad a extenderse sobre municipios vecinos (Bosa, Engativa, Fontibón, Suba, Usme, Usaquén), y con ello su poder administrativo. En 1954, se organiza, entonces, el Distrito Especial. Dentro de la ciudad se designa un ente especializado para atender las labores de planeación, programación y definición de políticas de desarrollo urbano, con lo cual se pudiera controlar el desbordante crecimiento que había alcanzado la ciudad en los últimos años (Oficina de Planeación Distrital). La ciudad que para entonces ya había desbordado las anteriores zonas censales es reorganizada según fines técnicos y político-administrativos. Mediante el acuerdo 1 de 1961 (Sectorización y Barrios), se divide la zona urbana en 8 circuitos, cada uno de los cuales se subdivide en sectores, 32 para entonces, cada sector a su vez se divide en barrios, 304 en total; la población se acerca a 1’697.311 habitantes (censo de 1964).
En cuestión de medio siglo se da el gran salto dentro de la sectorización convencional de la ciudad. De los 8 barrios, polarizados a partir de cada parroquia, con que contaba la ciudad finalizando el siglo anterior, se alcanza el número de 304, a mediados del nuevo siglo.
El crecimiento de la ciudad continúa a pasos agigantados. La imposibilidad de controlar la ciudad a partir de un sólo ente administrativo central, obliga a subdividir la responsabilidad del administrar y con ello la implementación de nuevas sectorizaciones administrativas en la urbe. Hacia 1972, bajo la política de desconcentración administrativa, se crean agrupaciones de barrios bajo el nombre de Alcaldías Menores, conformándose 16 entes administrativos, aglutinantes de 520 barrios, la población sobrepasa los 2’855.065 habitantes (censo 1973). Estas Alcaldías se aumentan a 18, mediante el Acuerdo 7 de 1979.
Posteriormente, las Alcaldías Menores, según Acuerdo 8 de 1987, pasan a ser Alcaldías Zonales, aumentándose al número de 20, que redistribuyen a 4’441.470 habitantes (censo de 1985). A partir de la Constitución de 1991, en la cual se promueve el proceso de descentralización, Santa Fe de Bogotá pasa a ser Distrito Capital. Su Estatuto Orgánico (1993), redefine las Alcaldías Menores e instituye las Localidades. Nueva sectorización que divide la ciudad en 19 Localidades urbanas y 1 rural (Sumapaz), las cuales reúnen un total de 1528 barrios (1994)7 , y una población de 5’484.244 habitantes (censo de 1993), dentro de un perímetro urbano de 46.200 hectáreas (1996).
Esta rápida revisión del proceso de sectorización político-administrativa de la ciudad, es sólo una de las tantas versiones de agrupamiento del conglomerado urbano bajo zonas y barrios. Desde la década del setenta, del siglo XIX, con la dotación de los servicios públicos, alcantarillado (1877), acueducto (1888), alumbrado público (1876-1881), energía eléctrica (1900), la entidad encargada de administrar cada recurso, emprende un proceso similar de sectorización de la ciudad según sus conveniencias particulares. Dentro de otros servicios que se van desarrollando en el transcurso del siglo XX, policía, bomberos, transporte público, también sus entidades rectoras sectorizarán la ciudad.
En los últimos años de este siglo XX, con el crecimiento de las comunicaciones y el consumo, aparecen nuevos esquemas de sectorización, según la conveniencia temporal para poder administrar: vías, teléfonos, televisión por cable, celulares, comercio, finca raíz, valorización, gas, etc. Cada nuevo servicio, bien o interés particular va sobreponiendo al espacio urbano nuevas y más complejas sectorizaciones, que en la mayor parte de los casos no son coincidentes unas con otras. La convencionalidad, según los intereses de entidades públicas o privadas, es el nuevo aglutinante de los siempre cambiantes sectores de la ciudad. El aleatorio procedimiento de designación de los barrios, identificado hace quinientos años con la acción polarizante de las parroquias, dejó atrás todo signo de identidad, organización de colectividad en torno a una fuerza urbana y pasó a ser una convención vacía de significado. El nuevo barrio, identificado nominativamente en el listado oficial, sólo asocia temporalmente un territorio con una nomenclatura; asociación cambiante según las necesidades político-administrativas de cada nuevo gobierno urbano.

5. REFLEXION
El barrio, como lo registran los apuntes de la historia, ha pasado de ser lugar, vecindario, memoria, identidad, tradición, a ser parcelación convencional de la ciudad. Con la proliferación de esas subdivisiones, hoy más de dos mil8 , toda posibilidad de conservar una relación constante entre el espacio físico y sus habitantes desaparece. Si lo que hoy es común dentro de la subdivisión de la ciudad es que cada nueva parcelación (lotes vendibles), nuevos conjuntos residenciales; agrupamientos de locales comerciales, de bodegas, de industrias; reciban el denominativo de barrio, es porque predomina la subdivisión física, sobre la conformación de comunidad. La población, dentro de cada subdivisión urbana, será siempre flotante: quien tenga la posibilidad de adquirir la novedad en venta, será el nuevo habitante de cada sector, -barrio-. Esta tendencia se puede apreciar en las nuevas definiciones que se toman para identificar lo que es un barrio.
En el inventario general de Barrios de Bogota, desarrollado por Amparo Mantilla en 1978, ya se aproxima la noción de barrio a la de parcelación urbana, vacía de significado y vecindario, que hoy se vive. En este trabajo se sintetiza lo que en la práctica se considera como barrios de Bogotá: «todos aquellos núcleos o urbanizaciones con una configuración urbana o un indicio de loteo diferente de sus aledaños» (1978: 6). La subdivisión físico - formal, se da, en algunas zonas casi que predio a predio9 , sin vecindario, arraigo, reconocimiento, identidad. Metastásicamente aparecen día a día nuevas subdivisiones en todos los sectores de la ciudad, y por ser «diferentes» (en tiempo o configuración física) adquieren el status de «barrio».
Esta nueva parcelación de la ciudad refleja el predominio convencional en la sectorización urbana, predominio esta vez liderado por la fuerza urbana más fuerte: el interés económico privado. Es por ello que se facilita el dividir, subdividir, parcelar, lotear, toda parte de la ciudad (legal y/o ilegal) siempre que traiga altos beneficios económicos para pocos. Así, y para facilitar la venta de las múltiples re-subdivisiones, se acude a la nostálgica imagen de lo que alguna vez fue el tradicional «barrio». La tradicional palabra que conserva un encanto imaginario de arraigo, vecindario y seguridad, muy distante de lo que hoy se vive, sólo sirve de imagen propagandística para promover las ventas, y facilitar a la administración de la ciudad la definición de estratos (para servicios, impuestos, valorizaciones, etc.), para los nuevos sectores.
En algunas zonas de la ciudad desalojamos a sus habitantes (por tener bajos o inexistentes ingresos y ninguna estabilidad laboral), naturalmente sin reparar en arraigo, reconocimiento, vecindario; demolemos las estructura existentes, volvemos a alinderar el área (englobando o subdividiendo los lotes), volvemos a construir y volvemos a vender para atraer a nuevos habitantes (quienes son seleccionados según su «suficiente» nivel de ingresos y estabilidad laboral)10 . En otros sectores el proceso de parcelación física se adelantará sobre estructuras de antiguos municipios, o sobre áreas agrícolas. A unas y otras subdivisiones, siempre llegarán nuevos habitantes para quienes el arraigo y reconocimiento, será sinónimo de seguridad, y por ello lo impondrán por medio de celadores, rejas, circuitos cerrados de monitoreo, alarmas; y el vecindario, ya no será cuestión de relación comunidad-territorio, sino que se puede transportar de un lugar a otro gracias a los nuevos medios de comunicación: televisión, video, teléfono, celular, fax, internet, satélite, etc.
Otros nuevos habitantes -los que no poseen ningún poder económico-llegan día a día a otros nuevos sectores. La mayoría son inmigrantes quienes huyendo de la desgracia de otras regiones del país, buscan en la ciudad refugio11 ; ayudan a subdividir el territorio urbano al tomar posesión de áreas inestables que posteriormente alcanzarán el denominativo estable de barrio, ilegal o subnormal, pero barrio al fin de cuentas (ver, por ejemplo, la odisea urbana de Ciudad Bolivar12 ).
A pesar de vivir en una ciudad en donde la desintegración de lo tradicionalmente unitario es su característica preponderante, en el imaginario colectivo pervive la idea romántica de identificar al barrio con conceptos globalizantes como los de: unidad, coherencia, vecindario, comunidad, seguridad; o con el sector urbano perfectamente identificable, reconocible. Pero la realidad día a día nos continúa demostrando lo contrario. Así sucede cuando, por ejemplo, nos enfrentamos a localizar geográficamente el «barrio» (conjunto, agrupación, urbanización, ciudadela, condominio)13 , en donde vivimos o trabajamos. Por la rápida proliferación de éstos, para poder comunicar su localización geográfica, siempre tenemos que ayudarnos de hitos urbanos más impactantes. Estos hitos naturalmente ya no serán las parroquias, ni la ocupación tradicional de sus habitantes, ni la significación de la historia del asentamiento; ahora acudimos a los símbolos de nuestra contemporaneidad: grandes centros comerciales, hipermercados, parques cementerios, grandes avenidas, colosales puentes, fábricas de transnacionales, o la valla de lo más vendido. Hitos contemporáneos que con mayor reconocimiento, gracias a los “mass media”, dan una referencia geográfica más precisa, que la que puede dar nuestra insignificante parcela «barrio», que se ahoga dentro del extenso listado de más de dos mil nombres.
La producción de imágenes globalizantes es el resultado de interpretaciones emocionales de una realidad, las cuales abstraen y generalizan hasta alcanzar la simplificación e idealización. De forma desfiguradora, aplanamos la realidad para que coincida con los términos medios idealizados con base en nuestros deseos; excluimos la gran complejidad, -heterogeneidad-, existente en el entorno, y nos embelesamos con el estado de la abstracción homogeneizante y simplificadora. Los conceptos, que parten de estas imágenes, buscan globalizar lo inabarcablemente segmentado; para nuestra tranquilidad nos dibujan un todo aprehensible, que estabiliza nuestro sentimiento de pertenencia; soslayan la multiplicidad desconocida, ya que de lo contrario nos convertiríamos en extranjeros dentro de nuestra propia ciudad, e inseguros en nuestro actuar cotidiano.
Imágenes y conceptos evocadores de lo aprehensible, reconocible y denominado, existen dentro de nuestro imaginario, pero son cada vez menos coincidentes con la realidad física de los barrios de nuestra ciudad. Definen estados de la memoria, alimentados por pulsiones antes que por raciocinios. Son una interpretación, -versión emocional-, que abstraemos de nuestra realidad y nos ayuda a reconocerla, recordarla y vivirla. Desde este punto de vista, la imagen mental que conservamos del barrio, hace referencia a espacios de ciudad sobre los cuales se mantiene un cierto dominio individual; esta imagen se aleja totalmente de las sectorizaciones oficiales, legalmente llamadas barrios. Estas imágenes que hacen alegoría al barrio podrían acercarse más al concepto de «territorios» que desarrolla Armando Silva14 , que al de barrio como unidad de identidad, arraigo y comunidad urbana. Estos conceptos e imágenes están muy distantes de dar cuenta del proceso de desarraigo y parcelación arbitraria que se vive en la ciudad; a pesar de seguir identificándolo con el polisémico, y al mismo tiempo vacío, término «barrio».
Al parecer, entonces, a la unicidad discursiva a que hacía referencia el tradicional concepto «barrio», dentro de nuestro peculiar contexto, se le ha volatizado su unitario referente físico. La hoy palabra barrio ya ha dejado de designar la unidad comunidad-territorio, y se ha reducido a una categoría de sectorización física oficial. Dentro de cada ciudadano la imagen idílica que lo vincula con un territorio de dominio, genéricamente «barrio», continúa buscando su referente semántico, espacial y social, que le ayude a estabilizar, emocionalmente, su vivir urbano.
El tema del barrio que busca su nuevo significado, requiere de un estudio más juicioso y profundo. Aquí se han presentado sólo los indicios de algo que se percibe en el ambiente y derruye nuestra seguridad imaginaria totalizante.
Por ahora, podemos responder nuestro interrogante inicial, diciendo que todos barrios son, sólo por ser parcelaciones urbanas «diferentes» (temporal o físicamente); e igualmente podemos seguir consolándonos con que en nuestra ciudad, por lo menos de nombre y aunque vacíos de significado, historia, y comunidad, «barrios» es lo que hay, para todo y para todos «barrios» hay!.

CITAS
1. El término imaginación es empleado según el sentido que le da Castoriadis: «el poder (la capacidad, la facultad) de hacer aparecer representaciones, que proceden o no de una excitación externa. En otros términos: la imaginación es el poder de hacer lo que, realiter, no es». ([1991],1997: 140)
2. Por medio de los mass media, dice Lipovetsky, consumimos lo «peor». Son ellos los que exhiben y comentan las realidades catastróficas. ([1983], 1996: 52)
3. La complejidad, según Morin, es: «... el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico. [...] La complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inextricable, del desorden, la ambigüedad, la incertidumbre...» ([1990], 1998: 32)
4. Canclini llama a estas elaboraciones mentales: suposiciones, mitos, interpretaciones, versiones de lo real (1995: 108)
5. Un ejemplo de su gran variedad, en gran parte vacíos de significado, se muestra en la primera parte de este artículo.
6. Tomamos como fuentes de información el trabajo de Carlos Martínez: Bogotá. Sinopsis sobre su evolución urbana (1978); los documentos de Planeación Distrital: Desconcentración Administrativa Al caldías Menores (1972), Ordenamiento y Administración del Espacio Urbano en Bogotá (1981), Bogotá para Todos 1987 - 1990, Proyecciones Espa ciales de Población y Estadística (1992), Agendas Locales Ambientales (1994), Información Estadística Distrital (SIED) 1997.
7. Cifra calculada a partir de los barrios que mencionan las Agendas Locales Ambientales.
8. El crecimiento desbordante de la ciudad, generado en su mayor parte por desarrollos clandestinos, no permite precisar el número exacto de barrios que contiene la ciudad. Cada día se inician nuevos asentamientos, que pronto se convierten en barrios. En la localidad de Bosa, por ejemplo, se referenciaban en 1994, 68 barrios (Agendas Locales Ambientales); en 1996, la Guía Urbanística de Bosa mencionaba, 283; a mediados de 1997, se hace un recuento, a partir de la información suministrada por la Oficina de Planeación de Tintales, se lograron diferenciar 390 subdivisiones. Los pobladores aseguran que cada semana aparecen nuevos barrios.
9. Al poner en el plano de la Localidad de Bosa, una junta a otra y en color, a sus 390 subdivisiones -»barrios»- que cubren el área que antes pertenecia al territorio de un asentamiento de arraigo y tradición prehispánica; se pueden identificar casos en que dos subdivisiones (llamadas barrios) se reparten la pequeña configuración de una manzana.
10. Podemos recordar, sólo a nivel de ilustración, uno de los casos de este tipo: el hoy barrio Nuevo Santafé de Bogota. Este nuevo conjunto urbano, incluido dentro del Plan de Renovación Urbana del Centro, subdividió al tradicional barrio Santa Bárbara (en deterioro físico), asentándose sobre diez de sus manzanas y desalojando del lugar a los antiguos habitantes (en deterioro económico).
11. En los últimos años a estos nuevos migrantes que se trasladan a la ciudad se les conoce como «desplazados». Según cifras de la Arquidiócesis de Bogotá y el CODHES, su número es creciente, ya que cada 40 minutos llega una familia (5 personas en promedio), 34 hogares por día, 108.305 personas en los últimos dos años y medio (1997: 39). Sin recursos encuentran refugio en algún lugar de la urbe, en donde nuevos barrios día a día irán surgiendo.
12. Gabriel Cabrera, describe este drama en su libro reportaje «Ciudad Bolivar Oasis de Miseria» (1985)
13. Términos que tratan de diferenciar la nueva parcelación de lo ya existente.
14. Armando Silva, en el libro Imaginarios Urbanos, desarrolla el concepto de territorios: «marca de habitación de persona o grupo, que puede ser nombrado y recorrido físicamente o mentalmente... El territorio se nombra, se muestra o materializa en una imagen, en un juego de operaciones simbólicas...» ([1992], 1994: 50-51). Algo muy diferente de las parcelaciones convencionales oficiales: «barrios».

BIBLIOGRAFIA

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SERIE CIUDAD Y HABITAT - No. 5 - 1998



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