Educación inclusiva para niños con capacidades especiales contenido introduccióN 3



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3.2. Discapacidad y sobreprotección

Uno de los principales retos que implica el proceso de convertirse en padres de un hijo con discapacidad consiste en la superación del binomio culpa – sobreprotección. Al respecto Porfirio Dámaso Lucía, Rodríguez Gutiérrez Xóchitl y Urrutia Silva Liliana (2003) señalan con relación a la sobreprotección que dos personas se unen con grandes esperanzas sobre todo para dar origen a una familia. El nacimiento de un niño sano produce una gran alegría, pero ¿que pasa en la familia cuando se enfrenta al nacimiento de un niño que sufre o presenta alguna discapacidad? Esta situación generalmente afecta a los integrantes de su grupo familiar experimentando una serie de sentimientos muy dolorosos, tales como: culpa, miedo, compasión, vergüenza, negación e infelicidad.


El desconocimiento para enfrentar estas situaciones da origen a una serie de actitudes negativas ejercidas por los padres, dificultándose la identificación de la legítima protección del niño, negándole al mismo, la posibilidad de explorar su entorno, sus miedos no les permiten disfrutar de las etapas del desarrollo del niño.
Con la sobreprotección los padres intentan, torpemente, protegerlos de los sentimientos que las limitaciones de sus hijos les provocan. Centrados en una necesidad de justificar y de expiar culpas inexistentes, se vuelven miopes a las capacidades y necesidades reales de sus hijos, y "buscan protegerlos" los dejan completamente inútiles, incapaces de reconocer y usar sus propios recursos; inhabilitados para creer en sí mismos, condenados a esperar todo de sus padres.
Un niño con discapacidad tiene las mismas necesidades emocionales y sociales que los otros niños, necesita cariño, cuidado, mas no compasión ni mimos exagerados que lo lleven a la sobreprotección favoreciendo la dependencia
Los extremos (el abandono – la sobreprotección) son peligrosos. En ambos casos suelen generar personas inseguras, incapaces de asumirse como seres independientes. Los niños con miedo a la separación son aquellos niños que cuándo tienen que separarse de sus padres o de lugares que le son familiares sienten angustia.

Los hijos sobreprotegidos sienten que:




  • Algún peligro amenaza a sus padres

  • Una catástrofe puede separarle de sus padres

  • Se niegan a ir a la escuela para no separarse de ellos, sobre todo de la madre

  • No quieren dormir fuera de casa

  • Evitan en lo posible quedarse solos en casa

  • Pueden tener sueños angustiosos relacionados con la separación

  • Síntomas de malestar: dolores de cabeza, de estomago, náuseas, vómitos, palpitaciones.

  • Son niños retraídos, tristes, tienen dificultades para concentrarse en la escuela y en el juego.

La causa general de la ansiedad de separación suele ser la sobreprotección de los padres. Esta sobreprotección impide que los niños aprendan a ser autónomos, a tomar decisiones y a hacer cosas por sí mismos. Los motivos de la sobreprotección paterna – materna pueden ser:




  • Las vivencias desagradables de los padres en su niñez o adolescencia, que no quieren que se repitan en sus hijos ( dificultades económicas, abandonos,...)

  • Padres que han tenido progenitores muy severos y/o agresivos

  • Padres con progenitores miedosos e inseguros

  • Hijos con alguna discapacidad ya sea física o psíquica.

  • Otra causa del miedo a la separación pueden ser las experiencias traumáticas: hospitalizaciones, separaciones, divorcios, muerte de algún ser querido.

Detrás del miedo a la separación suele haber un sentimiento culposo, ya sea del padre o de la madre, de no hacer bastante por el niño, no estar suficiente tiempo con él.


La protección justa, la que se queda en el límite del cuidado necesario hace personas seguras, conscientes de sus propios medios para salir adelante, capaces de ser independientes; esto es, de organizar y usar su tiempo y sus recursos para conseguir sus propias metas atendiendo a las prioridades que ellos mismos han elegido.
El niño que es dependiente de aquella persona que lo atiende más de lo normal, se le dificultará adaptarse a convivir con otros niños y adultos, así como a grupos escolares. Desarrolla poca tolerancia a la frustración, con lo adopta conductas intolerantes. Es importante que el niño conviva con sus hermanos, primos y vecinos para que el contacto social sea agradable, más no amenazante.
La familia es el pilar fundamental de apoyo, en ella radica la obligación de propiciar su crecimiento personal, respetando a la persona como individuo único, independiente, con gustos, posibilidades, valores y aptitudes propias. La persona con discapacidad debe sentir desde sus primeros años de vida que su familia es una referencia inamovible de amor y respeto a su individualidad repercutiendo en seguridad para enfrentarse a la vida, a la sociedad y a su futuro.
Es muy común en los padres de hijos con discapacidad intelectual la formulación de una profecía autocumplidora. Esta consiste en la creencia pobre y limitada de su capacidad. Esta creencia es percibida por el hijo a través de los mensajes verbales y no verbales que le envían sus padres y estos chicos con frecuencia pueden creer en esas creencias pobres de su propio desarrollo y actuar con la misma consecuencia. “Si soy tonto, mejor no lo intento porque seguramente lo haré mal, mejor que me atiendan otros”. Esto fomenta e incrementa su discapacidad.

3.3. Los padres no son el problema, son la respuesta

Un adecuado nivel de autoestima es la base de la salud mental y física del organismo. El concepto que tenemos de nuestras capacidades y nuestro potencial no se basa sólo en nuestra forma de ser, sino también en nuestras experiencias a lo largo de la vida. Lo que nos ha pasado, las relaciones que hemos tenido con los demás (familia, amigos, etc.), las sensaciones que hemos experimentado, todo influye en nuestro carácter y por tanto en la imagen que tenemos de nosotros mismos.

  

El autoconcepto deriva de la comparación subjetiva que hacemos de nuestra persona frente a los demás, así como de lo que éstos nos dicen y de las conductas que dirigen hacia nosotros. También los éxitos y los fracasos personales influyen en nuestra forma de valorarnos. Una persona con baja autoestima suele ser alguien inseguro, que desconfía de las propias facultades y no quiere tomar decisiones por miedo a equivocarse. Además, necesita de la aprobación de los demás pues tiene muchos complejos. Suele tener una imagen distorsionada de sí mismo, tanto a lo que se refiere a rasgos físicos como de su valía personal o carácter.


Todo esto le produce un sentimiento de inferioridad y timidez a la hora de relacionarse con otras personas. Le cuesta hacer amigos nuevos y está pendiente del qué dirán o pensarán sobre él, pues tiene un miedo excesivo al rechazo, a ser juzgado mal y a ser abandonado. La dependencia afectiva que posee es resultado de su necesidad de aprobación, ya que no se acepta ni quiere lo suficiente como para valorarse positivamente.

 

Otro problema que ocasiona infravaloración es la inhibición de la expresión de los sentimientos por miedo a no ser correspondidos. Se enoja y explota o se siente deprimido ante cualquier frustración, se hunde cuando fracasa en sus empeños y por eso evita hacer proyectos o los abandona a la primera dificultad importante o pequeño fracaso.


La familia por tanto, es la creadora de las bases del autoestima y si rechaza o califica al discapacitado como inútil, este desarrollará un concepto negativo de sí mismo. Cuando algunos familiares principalmente los padres del discapacitado maltratan física o verbalmente provocan que sus hijos desarrollen una autoestima baja que más adelante formará personas inseguras, con trabajo para relacionarse con otros y con poca confianza en sus capacidades, los cuales, son grandes obstáculos para la realización y felicidad de la persona con capacidades diferentes.
Sin embargo, a los padres también les corresponde desarrollar la tolerancia a la frustración de todos sus hijos cuando no les ayudan en exceso y les dan la oportunidad de equivocarse para repetir sus conductas hasta que logren sus objetivos. En este sentido, al igual que como lo llevan a cabo la mayoría de los padres con sus hijos, es importante que el hijo se equivoque y aprenda de sus errores.




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