Educación contra mercado: la filosofía y la formación política de la ciudadaníA. Simón royo hernández



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3ª PARTE
LA EDUCACIÓN COMO DOMINIO SOBRE LAS PASIONES Y COMO PROYECTO DE LA INGENIERÍA SOCIAL.
1) EL PREJUICIO SOCIOLÓGICO: ENSAYO SOBRE EL RESENTIMIENTO O DE LA PASIÓN CONTRA LA RAZÓN.

Muchas personas cometen un prejuicio sociológico: sus situaciones particulares son extrapoladas a consideraciones generales, es decir, se cuenta la película conforme a ellos les va en ella, por eso se puede acusar del redactor de este escrito de visceralidad, lo que equivale a negarle el más mínimo estatuto cognoscitivo. Pero quien está habituado al razonamiento realiza precisamente el movimiento inverso: cada cosa particular tan sólo es tratada en general, sin atender a las emociones particulares que se tengan de ella, sino tan sólo a los argumentos racionales que se puedan generar entorno del problema o la cuestión, sea cual sea el problema o la cuestión tratados y los sentimientos y emociones que suscite.


Ahora bien, quienes no están habituados a razonar, sino que son presa crónica del prejuicio sociológico, creen que los demás llaman pensar a realizar la misma operación que ellos hacen, esto es, considerar su ombligo como el ombligo del mundo. Quien no es capaz de un tratamiento abstracto y general de los problemas cree que nadie es capaz de semejante cosa y adjudica al oponente dialéctico la misma enfermedad que padece. Confundir las sensaciones subjetivas con teorías generales, esto es, carecer de la posibilidad de elevarse a un plano racional y objetivo. Tal plano incluirá tanto al mundo interno objetivo (M2) como al sujeto operatorio, también objetivable.
De la manera como se lleva a cabo la presente e ilegítima forma de descalificación fueron un ejemplo las acusaciones hacia el juez Baltasar Garzón de actuar por resentimiento al encausar al ministro Barrionuevo en el sumario de los GAL. Tal aseveración sobre las motivaciones, no estrictamente jurídicas, sino supuestamente envueltas en la animadversión personal, resultaban irrelevantes para la razón jurídica y la evaluación de las pruebas por si constituyeran delito. No importa tampoco que los jueces que han de juzgar a criminales de guerra o dictadores, como Pinochet, sientan aprecio o desprecio por los encausados, caso en el que resultó ridicula la recusación de uno de los letrados por pertenecer a una organización humanitaria, como si su condición de miembro de una ONG fuese a turbar y volver parcial su razonamiento jurídico. Las emociones de los jueces no se involucran en la evaluación de las pruebas policiales y periciales, ni en la aplicación de las penas que otorgan a los criminales, si así fuera todo proceso judicial sería arbitrario y los jueces los dictadores más terribles de la tierra, capaces de dar rienda suelta a su odio, compasión, amor, enemistad, crueldad, resentimiento, culpa o venganza, que se traducirían en penas mayores o menores y en la irrelevancia de las pruebas, testimonios y argumentaciones. Nadie que piense un poquito puede creer que cuando el juez Garzón odia a un fulano lo mete sin más en la cárcel. La motivación de perseguir la causa criminal, si bien debe proceder de la racional profesionalidad del letrado, no importa que se encuentre entremezclada de sentimientos y emociones, de agrado o desagrado, ya que un conductor de autobus puede conducir contento o descontento sin que su estado de ánimo altere su conducción; pues de no atenerse a ella le multarán y le impedirán proseguir una peligrosa conducción temeraria. El juez procede si hay caso, de acuerdo con la razón jurídica, y si no lo hay, por más que su odio y su resentimiento se lo indique, no podrá proceder contra nadie, a riesgo de que otras instancias le corrijan e inhabiliten, como en el caso de Gomez de Liaño al excederse con Jesús Polanco.
Es la pereza racional la que lleva a descalificar unos argumentos que nos resultan molestos atribuyéndolos, sencillamente, al prejuicio sociológico. Resulta que Marx escribió El Capital, porque era pobre y estaba resentido; Engels o Foucault han descalificado la institución de la Familia porque se debían llevar mal con sus padres o sus hermanos; Agustín García Calvo critica el Amor porque no tiene una feliz vida conyugal; Nietzsche destrozó la Educación Moderna porque su experiencia durante diez años como profesor en Basilea fue decepcionante; y Euclides desarrolló sus Teoremas geométricos porque le tenía asco a las líneas curvas y sinuosas. ¡Ya está! Marx, Engels, Foucault, Nietzsche y Euclides, han sido refutados por la económica vía de la reducción de sus teorías a meras supuraciones pasionales de sus subjetividades malheridas. El resentimiento, la falta de amor familiar o conyugal, la depresión profesoral o el asco matemático, explican la génesis y límites de las teorías, reducidas a pasiones individuales y subjetivas que han sido, según esta reducción, ilícitamente exportadas a lo general, como si fuesen productos de la razón, cuando, por la máxima del prejuicio sociológico, se “demuestra” que no eran más que productos de su bajo vientre. Por eso el nacionalcatolicismo franquista se contentaba con refutar a Marx a partir de la aseveración de que su condición de judío resentido había hecho que volcase todo su odio sobre la sociedad. Pero de esta manera lo que se está haciendo es confundir la evaluación de la verdad o falsedad de una teoría (cuestión general abstracto-gnoseológica) con la reducción de dicha teoría a la mera supuración de excrecencias emocionales individuales, lo que, a priori, declara la teoría falsa, esto es, válida tan sólo para el sujeto individual que la produce.
Los comentarios vertidos en el libro que citamos a continuación necesitan de una aclaración previa. Constituye un libro de texto de la asignatura Formación del Espíritu Nacional, que se impartió durante de Dictadura de Francisco Franco en el antiguo 5º de Bachillerato en todas las escuelas. El haber localizado su séptima edición no es sino una muestra de la amplia difusión del libro, cuya lectura es prueba histórica del grado de de-formación y maniqueísmo al que llegaron los planes de estudio nacionales durante el franquismo, sobre todo, a través de la citada asignatura, destinada a cultivar los valores de los alumnos:

“Al final de la primera mitad del siglo XIX, un judío alemán converso, que vió muchos caminos cerrados en su vida por su raza, entra en contacto con núcleos extremistas franceses al ser expulsado de su patria. Carlos Marx había de volcar en su obra todo el profundo resentimiento que albergaba su alma contra la sociedad... En una reunión internacional de tipo comunista celebrada en Londres, se le encomienda la redacción del famoso , que realiza en 1848 en colaboración con Engels, otro judío alemán, también resentido”. (Gerardo Lagüens Marquesan & Roberto García de Vercher Teorías y Formas Políticas. Primer Curso de Formación Política. 7ª edición, Madrid 1967. Capítulo XII: La Crisis del Estado Liberal (II): 2. Materialismo histórico: Marxismo, pág.130. Las mayúsculas son mías).


Es muy fácil refutar (falsamente) por reducción de lo racional a lo pasional (sin argumentos), pero muy difícil refutar lo racional con lo racional y reducir al absurdo los argumentos dialécticos con los que disputamos, oponiendo razones a otras razones para que sobrevivan las más consistentes. Cierto que el resultado no tiene que ser unilateral, ya que a los argumentos racionales de Gacía-Calvo contra el Amor conyugal, basados en una lúcida comprensión de los defectos y vicios de tal relación, (por ejemplo en las rutinas que conlleva el compromiso), se pueden oponer argumentos racionales a favor de la relación conyugal, basados en las virtudes de tal relación, por ejemplo, la complicidad y el apoyo mútuo que genera el compromiso a lo largo del tiempo. Después de sopesar las razones a favor y en contra se podrá evaluar el problema y llegar a una conclusión, no menos válida por ser más compleja que la postura unilateral, sino más rica en matices, al contemplar todas las caras del problema.
Otro ejemplo: Si alguien afirma la proposición contra la educación moderna siguiente: las instituciones de enseñanza pública son los lugares de producción y clasificación de los obreros cualificados, sumisos y obedientes, que requiere la sociedad capitalista. Semejante tesis no se refuta con la sospecha de que su génesis sea el resentimiento de un albañil, ya que preguntarse por las motivaciones que la han producido no es un argumento en contra con el que sopesar la proposición citada. Para contrarestarla dialécticamente es necesario producir una proposición, con pretensiones de verdad, de índole contraria, esto es, una proposición a favor de la educación moderna como la siguiente: las instituciones de enseñanza pública son los lugares donde se forman los ciudadanos de una democracia bien construida y donde los jóvenes interrelacionan entre sí, aprendiendo no sólo los conocimientos que les son necesarios para vivir en sociedad sino también a relacionarse socialmente. (Tesis que no se refuta a fuerza de insistir obcecadamente en la sospecha de que su génesis se deba a una escondida e inconsciente pasión altruista). Con esas dos proposiciones unilaterales se puede iniciar un diálogo y cada posición las transformará conforme se vayan minando los argumentos que vayan surgiendo a favor de un lado o de otro, lográndose si es fructífero, finalmente, el acercamiento a una evaluación comprensiva del problema que recoja conclusivamente la sintesis de las dos proposiciones antitéticas iniciales.
El emotivismo, (que ya no consiste en vincular y reducir la evaluación gnoseológica de una teoría, problema o cuestión, a los estados subjetivos y pasionales de sus productores), no debe confundirse con el prejuicio sociológico, ya que el emotivismo constituye una respetable argumentación racional acerca de la emotividad en general que se remonta a David Hume, quien no aceptaría que su renuncia a la teoría moral se debiera a su personal y emotivo-subjetiva forma de sentirxiii, sino a la forma de sentir en general de los seres humanos, la cual, al ser eminentemente subjetiva, impediría un tratamiento objetivo y el establecimiento de una saber racional entorno suyo. Tesis a partir de la cual el filósofo niega la posibilidad de la existencia de una razón práctica o la posibilidad de la fundamentación racional de la ética, conseguida al analizar racionalmente el mundo de las emociones, pasiones y voliciones. La moral no puede ser sujeta al dominio de la razón, cuya función se agota en el descubrimiento de la verdad y de la falsedad. Radicalizandose, llegará Hume, hasta sus tesis sobre la creencia, pasando del escepticismo moral al escepticismo gnoseológico, inevitable si no se diferencian las ideas de las creencias.
Sin embargo, a pesar de lo antedicho acerca del modo de desarrollo de la dialéctica, hay que resaltar que la principal actividad racional es la destructiva, esto es, la tarea crítica, que somete a pruebas de consistencia las cuestiones ya existentes y ya planteadas, a causa de la tendencia a la solidificación de los prejuicios y costumbres, tarea donde puede apreciarse el cumplimiento de la labor social del intelectual que, en palabras de Foucault, consiste en interrogar de nuevo las evidencias y los postulados, cuestionar los hábitos, las maneras de hacer y de pensar; disipar las familiaridades admitidas, retomar la medida de las reglas y las instituciones a partir de esta reproblematización... y, en fin, participar en la formación de una voluntad política (desempeñando su papel de ciudadano). Tarea que puede proseguirse generando, posteriormente, alternativas a las teorías de las que se han destacado las inconsistencias y falacias, que logren eludirlas, recogiendo los aciertos y yendo más allá.
Ahora pasemos a otro tropo de la retórica pasional, sutileza del prejuicio sociológico que vamos a bautizar como la argucia de San Sábato. Esta consiste en aplicar a cualquier género de disputa en general acerca de la calidad de vida la siguiente premisa: el pesimista es alguien que ha esperado demasiado de la vida. Fácil es ver que bajo tal principio, toda argumentación racional se dilucida de acuerdo con lo que los individuos, en su subjetividad pasional más íntima, esperen o no de los acontecimientos, todo dependerá de la virtud teologal-pasional de la esperanza. El esclavo con grilletes que debe picar piedra durante 18 horas al día está deprimido, luego, aplicando la argucia de San Sábato, hemos de concluir, que el esclavo con grilletes esperaba mucho de la vida y que, por tanto, en el fondo su pesimismo proviene de su exagerado optimismo. Ahora démosle la vuelta al acontecimiento y expliquémoslo, invertido, por la misma regla de tres: El esclavo con grilletes que debe picar piedra durante 18 horas diarias es muy feliz, luego, aplicando la argucia de San Sábato, hemos de concluir, que no esperaba mucho de la vida y que, por tanto, no ha pecado de optimismo hasta el punto de que le llevase a la depresión. De esta manera resulta que todo el que está deprimido es porque espera mucho de la vida, mientras que todo el que esté feliz será quien no espere mucho de la vida. Con lo cual nos vemos imposibilitados de realizar ninguna argumentación objetiva acerca de la calidad de vida de los individuos, ya que ésta dependerá del grado de esperanza que éstos sientan o dejen de sentir en su fuero interno.
Distinto sería plantear la medida de alimentación, ciertamente objetivable, que los cuerpos humanos (dependiendo de su complexión y otras variables) deben ingerir para que se los considere suficientemente nutridos y declarar que, aquellos que sobreviven por debajo del nivel nutricional mínimo tienen, en ese aspecto, una mala calidad de vida. Forma objetiva de la calibrar la calidad de vida que los pensadores tendríamos que perfeccionar añadiendo todos los aspectos que, en general, puedan considerarse, como propios de una buena vida, y decimos en general, porque si basta con las consideraciones emotivo-subjetivas de cada cual, entonces la teoría sobra, ya que no habrá una buena vida en general, sino que cada cual, en solipsista relativismo, escogerá la que su gusto prefiera o le depare la suerte.
Desde luego la consideración del visceralismo emotivo individual como forma humana de concebir el mundo resulta muy favorable al mantenimiento del status quo. Si vivimos en el mejor de los mundos posibles y, consiguientemente, entonces no esperamos demasiado de la vida, resulta que nos adecuamos a “la realidad” y le hacemos justicia. Pero si realizamos la labor crítica propia de la filosofía, entonces, nos situamos en una posición inadecuada respecto a la “realidad”, lo que sólo se puede deber, bajo tales premisas, a un desajuste de lo individual-subjetivo (toda teoría en el caso del prejuicio sociológico) con lo general-objetivo (lo que hay). De tal modo que la crítica de lo establecido siempre es tachada de utopía irreal subversiva, causada por el visceral dolor de turmas que sufre un individuo aislado determinado y anormalmente peculiar; mientras que el mantenimiento de los lugares comunes aceptados por la costumbre y la estupidez colectiva se tienen por verdades incontrovertibles. Esto supone que la carga de la prueba: a) se vuelca siempre sobre el que crítica (por ejemplo: los creyentes en Dios consideran la existencia de la divinidad como un hecho incontrovertible que quienes niegan tienen que probar) y b) aunque se proporcionen infinidad de pruebas siempre se pueden descalificar por el recurso al prejuicio sociológico y mantenerse en una posición absoluta (es decir, el ateo en última instancia, es un resentido al que, su incapacidad e inadecuación para captar la realidad divina le llena de odio, pasión a la que se deben sus furiosos improperios, que quiere hacer pasar por argumentaciones racionales). Pero una peculiaridad de la fe religiosa es el tercer y realmente último e inexpugnable punto de descalificación, c) el creo porque es absurdo de Tertuliano, que lleva a que los argumentos en contra no hagan sino confirmar la “verdad” que se cree poseer, de manera que contra más evidencias racionales se muestren en contra más se retroalimenta la posición, puesto que se sustenta sobre el paradójico, cuanto más absurdo más verdadero; (de donde se sigue, lógicamente, que contra menos absurdo más falso).
2) Se pueden resumir las historias intelectuales de los pensadores de todos los tiempos como la historia particular y autobiográfica del desarrollo de los propios prejuicios pasionales de cada cual. Así, el estudio y la erudición, la investigación y la argumentación racional, pueden no estar más que al servicio de la justificación de un prejuicio intuido pasionalmente con anterioridad a la reflexión y que guía todo el trabajo de búsqueda. Digamos que Nietzsche, Feuerbach, Marx, Freud y Gustavo Bueno, eran visceralmente ateos, su resentimiento visceral les había llevado al ateismo, y luego, con gran despliegue de energía investigadora, se dedicaron a buscar justificaciones de su ateismo, de su pasión visceral; mientras que Santo Tomás de Aquino, San Agustín, Karl Rahner y Karol Woijtila, partieron de su creencia visceral y emocional en Dios, para luego, con gran despliegue de medios y energías, dedicarse a justificar argumentalmente sus presupuestos teístas y dotarlos de credibilidad. Si la subjetividad es la guía primera y última de los discursos entonces éstos serán inconmensurables y no se podrá hablar de verdad o falsedad, para que ésto último sea posible la individualidad tiene que desaparecer en la teoría, ya que, de no ser así, la teoría no será tal, no tendrá una validez general independientemente de las emociones y opiniones de su propio autor. La subjetividad necesariamente es la guía primera pero no última de los discursos, hay un punto en el que éstos se despegan de la primera y pasan a ser científicos o teóricos (tránsito de la doxa a la episteme).
El creyente literalista de los Testigos de Jehová o de los Evangelistas del protestantismo norteamericano despliegan una enorme cantidad de estudios destinados a apuntalar la tesis de que la Biblia es la verdad revelada y que, por tanto, todo el conocimiento está ya contenido y expresado en ella. Los católicos tienen en su nómina unos magníficos especialistas consagrados a limar las asperezas históricas del Nuevo Testamento y adaptar la historiografía a la doctrina. Los nazis contaron con un buen equipo de intelectuales, lingüístas y biólogos, que desplegaron todos sus esfuerzos en apuntalar las tesis del racismo ario. Y gran parte de lo que las anteriores teorías tienen de falso está relacionado con esa intromisión de la volición subjetiva en el ejercicio teórico.
Pues la diferencia entre un justificador de sus prejuicios y un pensador, aunque debería ser clara, no es fácil de trazar. Se puede argumentar que el pensador será aquél que está dispuesto a cambiar hasta sus posiciones intelectuales más serias y profundas con tal que, al menos, se le proporcionen argumentos racionales suficientes para ello, mientras que el prejuicioso nunca estará dispuesto a cambiar. Pero también existe quien lo único que hace es cambiar unos prejuicios por otros, a veces para refundirlos todos, al final, en uno solo. Y así, por ejemplo, después de defender que Dios era Marx, cambiar a decir que lo es Cristo y después, que Alá (Roger Garaudy), se puede culminar con la declaración de que todos los anteriores son lo mismo (su tesis ecumenista). Es decir, los prejuiciosos también cambian, aunque de prejuicios. De todas formas la idea de poseer verdades absolutas es la que casa mal con el pensador, que aunque cuente con argumentos firmes, siempre los tendrá por provisionales y envueltos, en mayor o menor medida, por una capa más o menos densa de prejuicios, que nunca se llegará a disolver por completo, pero cuya mayor verdad o falsedad se juega en ese más o menos.
Si bien es cierto que pudo ser un prejuicio del pensar ilustrado el creer que el Lógos puede quedar totalmente purificado del Mithos y hoy se reconoce que el primero siempre está envuelto por una capa más o menos densa del segundo, quizá no sea tampoco de recibo la consideración mitológica de todo discurso con pretensiones de una cierta firmeza, y desde luego, es absurda la consideración pasional de todo discurso.
3) La hermenéutica postmoderna exige espacio para la verdad poética, para la verdad religiosa, para una pluralidad de verdades una vez que se consideran de tal modo cualesquiera descripciones o construcciones lingüísticas, más allá de la verdad como conocimiento verdadero. Ahora bien, dicha radicalización del carácter mediático del lenguaje, proviene en buena parte de la física del siglo XX. Una generalización un tanto arbitraria de los descubrimientos de la mecánica cuántica iban a ser determinantes para esta nueva concepción de mundo. El propio Werner Heisenberg, amigo de Heidegger, contribuiría a tal mistificación, al hablar en términos holísticos de su principio de incertidumbre o indeterminación.
Si bien al estudiar las partículas cuánticas el método experimental modificaba el propio objeto del experimento, no por ello puede afirmarse que cuando un astrónomo observa y calcula las órbitas de los planetas, modifica los movimientos de los astros por el hecho de estudiarlos. Se confunde en las disciplinas humanísticas el principio de incertidumbre de la microfísica con el círculo hermenéutico, cuando no son en absoluto equiparables. Es curioso que la filosofía hermenéutica haya abusado de una física de la cual precisamente reniega. Decir que el ser humano es a la vez sujeto y objeto del conocimiento humanístico, no implica que el uso de unos métodos de investigación alteren el objeto estudiado y viceversa. El historiógrafo puede perfectamente manosear un manuscrito sin que en éste se modifique una sola línea, podrá errar en su esfuerzo de datación del manuscrito, pero no por estudiarlo lo altera, del mismo modo, que aunque el astrónomo se equivoque en sus cálculos no conseguirá con ello modificar la órbita de los planetas. De manera que la historicidad y circularidad de la comprensión no afecta a los objetos de conocimiento sino que se reduce a una cuestión de alteración de la psicología del sujeto, irrelevante para la lógica. Y digo de la psicología porque desde luego no afecta a su fisiología (al menos mientras estén prohibidos los trabajos genéticos con los seres humanos), se sigue siendo un homo sapiens sapiens se edifique, forme o comprenda, lo que sea. Pero decir esto puede ser visto, por la hermenéutica, como una recaida en el kantismo o en el positivismo, lo que para algunos, tras la extrapolación política, significa, tanto como recaer en la dictadura fascista o stalinista, ya que la democracia política equivale, a su juicio, al relativismo gnoseológico.
Desde aquí defendemos la verdad como conocimiento verdadero, como lo viene haciendo la filósofía desde hace 2.500 años frente al relativismo de las descripciones lingüísticas religiosas y poéticas, llenas de emotividad y pasión. Si la filosofía es lo que dice la postmodernidad, entonces, la filosofía no es más que un género literario más.
En Gadamer y Rorty hay una recusación del positivismo analítico que se extiende a todas las ciencias y culmina en sus máximos momentos de radicalidad, con la afirmación de la lingüísticidad de lo real. La filosofía pasará a ser literatura edificante o teoría de la comprensión literaria, difuminándose los límites entre el Mithos y el Lógos tan arduamente mantenidos desde el inicio de la Historia del Pensamiento. La función de la filosofía será la edificación o la formación del filosofante lector, función que también pensamos cumplirán el resto de las literaturas a las que no vemos motivos para negar dicha función.
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