Educación contra mercado: la filosofía y la formación política de la ciudadaníA. Simón royo hernández



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Está tan arraigado el estudiar para trabajar y con tal insistencia se fomenta desde las instituciones, que quien realiza una actividad formativa, humanamente formativa, sin perseguir su traducción en ingresos, sin ánimo de lucro, presente o futuro, es visto como un ser de otro planeta. Quien piensa que se puede hacer mejor mediante el estudio es desmentido por aquellos que le señalan al sabio criminal, pero no saben que este último no es sabio, sino que tan sólo parece serlo.
El principal lugar donde se estudia de por vida, o mejor dicho, donde se puede fácilmente estudiar de por vida en caso de querer y poder hacerlo, es hoy la Universidad, a partir de la Licenciatura, o, mejor dicho, del Doctorado. Lo que se contempla como el final no es sino un principio y la sociedad exige que se abandone cuando ya se está en condiciones de comenzar. Lo previo al Doctorado es hoy la alfabetización en la disciplina, y la mayoría, alfabetizados, abandonan la universidad con sus títulos bajo el brazo y comienzan a trabajar, su objetivo, sin haber llegado a disfrutar ni conocer aún la lectura. A quienes se hacen profesores de universidad, únicas personas que pueden permitirse el lujo de seguir estudiando (de comenzar a estudiar realmente), no se les denomina ya estudiantes ni se les quiere llamar de tal forma, se les llama, en el mejor de los casos, investigadores, en el peor, farsantes, pues se encuentran las universidades llenas de ineptos e incapaces, pero expertos en la burocracia y el amiguismo. Pocos son los que, sin abrazar la profesión universitaria, pueden permitirse el comenzar a realizar aportaciones a su disciplina de estudio al acabar con el Tercer Ciclo o durante los estudios de postgrado. El que dedicándose a otra profesión que no sea la docencia prosigue su formación y participación ciudadana se encontrará con cada vez más dificultades para ser admitido en la academia universitaria. Todos los artículos de las revistas especializadas de hoy en día están firmados por profesores de universidad y no se puede encontrar una aportación a la biología o a la filosofía firmada por fulanito de tal, zapatero, y eso no porque no haya zapateros ilustrados, sino porque el gremio de los profesores considera su intromisión como intrusismo profesional y les cierra el paso. El gremio profesoral universitario está cerrado opacamente a la ciudadanía al considerar que es la única forma de justificar su salario y al no querer admitir que un zapatero, bombero, azafata o heladero de profesión, pueda contribuir a la disciplina desde fuera de la academia universitaria. El cierre gremial de la universidad respecto a la sociedad es una de las consecuencias de que su función sea meramente la cualificación de profesionales especializados para determinados puestos en el mercado de trabajo.
Los conciliábulos académicos de los que Nietzsche llamara cultifilisteos se han extendido dentro de las fronteras universitarias como una plaga: conferencias, coloquios, seminarios, cursos, cursillos, que imparten unos profesores, siempre los mismos, a unos alumnos, siempre los mismos; docentes que se invitan los unos a los otros con dinero del Estado a sacarse sobresueldos por conferencias y a publicar, los unos en las de los otros en un círculo constante y perfecto, articulillos en las revistas provincianas de las facultades. La complacencia, la contemporización, el espíritu corporativo y gremial, la heteroalabanza empalagosa y desmedida de cualquier nadería intelectual cerrada a la sociedad (nivel nacional) y no digamos al ámbito internacional, elogiada como el desvelamiento de la quintaesencia del pensamiento por fín, es el pan nuestro de cada día en los reductos sociales aislados que son las instituciones de la llamada enseñanza superior. “¡Obra maestra!, ¡soberbio!, ¡el libro de pensamiento más importante del país en los últimos dos decenios!” son algunos de los epítetos retóricos que se repiten hasta el infinito en todos los conciliábulos académicos en los que se presenta la última soplapollada savatérica y en los que la baba empapa hasta el discurso más anodino elevándolo a los cielos. El que los pocos sabios que aún quedan, (a quienes pocos leen porque pocos están en condiciones de comprenderlos y pocas editoriales se arriesgan a publicarlos), se presten a semejantes escarceos, componendas y corruptelas, es algo que dice muy poco en su favor. Traducciones realizadas por becarios o ciudadanos ilustrados no se publican si no es bajo la firma de un profesor universitario que roba el trabajo de los demás y se apunta sus méritos, y tal es la extensión de semejante parasitismo intelectual que es incluso bien visto y socialmente admitido. Las instituciones aprisionan las mentes en sus ramificaciones burocráticas volviéndolas mezquinas al constreñirlas a la funcionalidad empresarial y estatal, sin embargo, el conocimiento es un producto peculiar, pues no se enajena cuando se transmite a otro, es decir, quien lo aporta no por ello lo pierde al hacerse de otro, el negro que escribe un libro para que se publique bajo el nombre de quien detenta un puesto burocrático no se torna ignorante al traspasar el libro, simplemente es el ignorante quien le roba los derechos de autor bajo la mera promesa de plataformarle en la sucia carrera meritocrático-burocrática que lleva a la docencia universitaria.
¿Cómo es posible que un profesor de universidad (en humanidades) se conforme con publicar sus artículos en una revista provinciana interfacultativa que debería ser para los alumnos? ¡Fácil respuesta! Esas publicaciones basura en revistillas de tres al cuarto, con unas tiradas ridículas de 700 ejemplares de los cuales 400 se quedan en los almacenes, son las que les van a dar puntos para cuando se presenten a catedráticos de universidad. No tienen entrada en los grandes medios de difusión y tampoco son capaces de escribir en inglés y presentar sus investigaciones a revistas internacionales especializadas. Semejante cortedad de miras es algo idiosincráticamente español, debido a una tradición de cierre y a un aucocultivado y autocomplaciente complejo de inferioridad respecto de Europa. Nuestros especialistas en Nietzsche no publican en los Nietzsche Studien, la revista internacional sobre la materia con mayor reputación, sino en los Análes de sus respectivas facultades, no se atreven a medirse con los especialistas de todo el mundo que acuden a esa publicación (y muchos con razón ya que en el fondo saben que son un fraude y no se quieren arriesgar a que pueda hacerse pública su condición) y saben que no podrán pasar la selección de calidad que allí se exige. En los últimos tiempos, en las disciplinas científicas, semejantes cosas están afortunadamente en extinción, no puntua un artículo de matemáticas que no haya sido publicado en una prestigiosa revista internacional a la hora de adjudicar plazas de profesores universitarios. Cualquier matemático se echaría a reir con sólo ver el currículum de publicaciones de la mayoría de los catedráticos de universidad de filosofía. Pero es que a nivel de formación de investigadores las ciencias positivas han evolucionado bastante más que las humanidades (si bien a nivel de formación de profesionales para el mercado de trabajo las ciencias produzcan sujetos tecnológicos menos críticos que los profesionales que escupen las humanidades).
Por poner un ejemplo que conozco bien, hablemos del Licenciado en Filosofía, ¿qué sabe?: ¡Nada! Lo único que ha aprendido es, en el mejor de los casos, a orientarse por sí mismo en un mundo bibliográfico y metodológico, ya sabe lo que hay que leer, ya sabe leer y cómo hacerlo, pero sólo le falta ponerse manos a la obra, cosa que ya nunca hará. Hasta entonces no ha recibido más que propedéuticas y al final es cuando se encuentra realmente capacitado para empezar. El proyecto de cubrir lagunas, que son mares, y especializarse, sin embrutecerse por perder de vista lo general, consiste en profundizar en dos o tres temas. Ese es el camino que se le presentará de seguir estudiando (ya entonces lo llaman investigando), pero la cruda realidad de tener que trabajar y ganarse el pan termina truncando el 95% de los proyectos de continuidad. Nuestra sociedad capitalista presiona para introducir al sujeto en el mercado, todo gira entorno a tal conclusión, pues junto a la obligatoriedad de finalizar el estudio cuanto antes mejor, es decir, la formación profesional, colaboran también instituciones como el matrimonio, con sus secuelas biológicas, los procreados y abandonados niños y jovenes.
“HIJOS Y PADRES.

Los hombres nacen por un procedimiento natural que está al alcance de todos. No hay que saber muchas matemáticas para producir seres humanos. Es algo que obedece al instinto de supervivencia de las especies, pero en el caso humano tiene muchas más connotaciones, acaso culturales más que naturales. Los hombres nacen, crecen, maduran, entonces se encuentran con que no saben qué hacer ni para qué vivir y para romper ese vacío insoportable, engendran otros seres humanos de los que ocuparse, bien o mal, mejor o peor. Hasta que los primeros mueren y los segundos se encuentran en las mismas condiciones y se lanzan, al paliativo de la procreación como forma de vida, y así sucesivamente, de manera que el reemplazo generacional queda garantizado. Conforme los humanos van sabiendo qué hacer con sus vidas, el instinto de parir disminuye, la natalidad baja. Luego el día en que todos los hombres sean dueños de su existencia y vivan para sí mismos en lugar de para otros, se acabará el hombre.

Se podría contar una fábula como la antecedente, y sin embargo no se darían con las claves de la producción de hombres en el mundo. En los países del Tercer Mundo se engendran hijos como conejos, en los del Primero no. Y esto no es porque los tercermundistas no sepan para qué ni cómo vivir y los primermundistas sí. Esto se debe a que bajo condiciones precarias de existencia se estimulan las ganas de vivir y producir vida, mientras que en la confortable y segura vida occidental la fuerza de la naturaleza disminuye. No hay más que ver a la selva amazónica destrozar el pavimento de una autopista y comparar esa fuerza con las briznas de yerba seca de los parques de las ciudades de Occidente. Por tanto, la disminución de la natalidad occidental no surge de la emancipación humana, sino de su sujeción esclava del trabajo.

El capitalismo se enfrenta al problema de que los hijos no salgan rentables en una sociedad en la que la rentabilidad es el único criterio de actuación. Lo quiere solucionar con una importación de mano de obra esclava y barata, pero al mismo tiempo quiere que esa importación sea controlada, de acuerdo con las necesidades del mercado. De ahí el gran problema de la inmigración, que no es que quite puestos de trabajo (falacia de Le Pen), sino que crea una nueva clase social, la de los esclavos, que unidos bajo algún Espartaco, podrían dar problemas al Imperio y a los pocos que dominan sobre muchos.

A los bárbaros se los quiere fuera, no dentro del Imperio exigiendo tierra y libertad. Dentro, unos pocos esclavos son controlables, pero su aumento hace temblar a los pocos que dominan toda la riqueza y que ya tienen adiestrados a sus ciudadanos en el respeto de la desigualdad, es decir, de la propiedad privada.

La máquina de producir hijos es algo ambigua. Se niega a los ciudadanos la libertad de adopción (lo que equivale ha hacer de un esclavo, ciudadano con todos sus derechos), la adopción debe ser controlada, al igual que la inmigración. Se fomenta el naturalismo y la familia clásica patriarcal, los hijos deben ser biológicos, nos consideramos tan estupendos que tenemos que pasarle todas nuestras taras a un nuevo ser que las perpetúe por el mundo. Mientras nuestro tarado se deprime (pues la depresión es el lujo burgués del siglo XXI), millones de niños enérgicos y con ganas de vivir se preparan para el sacrificio: la muerte por hambre.

Todo encaja en el Capitalismo, donde la Familia, el Estado (patria) y la Religión, son el modo de control, de la máquina de producir hijos”.

(Carta a <El País Digital>. Sección Hijos y padres>. Simón Royo Hernández, Madrid 07/05/97).





Hoy en España, por diversas causas idiosincráticas, es a los 30 años cuando la mayoría de la gente alcanza la madurez. Y tal cosa, la madurez, se cifra en tres características fundamentales: a) casarse por la Iglesia (claudicación importante para romper las últimas resistencias de juventud); b) comprarse una casa y un coche (dos créditos hipotecarios cuyo pago justifique la vida consagrada a la producción); y c) engendrar retoños (parir vástagos que sirvan así mismo de dotación de sentido a una vida esclava en un trabajo esclavo; ya no se vive y uno mismo no importa, se aguanta por ellos, por los niños). Si esto es la madurez, francamente, prefiero ser un inmaduro, como lo era el detective Philip Marlowe, personaje de las novelas policiacas de Raymond Chandler (cfr.nota XII).
Los padres de hoy procuran solucionar con el sucedáneo del dinero la falta del tiempo que no les dedican a sus hijos. Siete mil pesetas a un quinceañero para el fin de semana, que salga, coma y duerma. El resto de la semana, mientras se trabaja, a los chicos se les deja en la guardería. ¿Para qué parir entonces? En tales condiciones traer un nuevo ser al mundo no puede sino concebirse como un elevado acto de crueldad. Pero no es cierto que los padres no se ocupen de los hijos, se ocupan, vaya si se ocupan, los chicos zafios, mezquinos y economicistas, aprenden el egoísmo, el maltrato, la insolidaridad, en sus casas y en la sociedad, de los hombres zafios, necios y mezquinos. Si el padre quiere un coche nuevo, el niño quiere unas Nike, por la misma regla de tres, aunque la industria automovilística se cobre más víctimas que el tabaco o el terrorismo y aunque las zapatillas Nike las realicen niños esclavos en el Tercer Mundo. ¡Eso no importa! Ellos no tienen nada que ver porque la política la llevan unos señores muy importantes y de ellos no depende nada. ¡Qué ignorancia! y que impresionantemente firme y dogmática es semejante creencia que parece grabada con fuego en la frente del occidental actual.
OTRA VEZ LA TELEVISIÓN.

Vivimos en un mundo en el que los medios de comunicación, las formas de cultura de masas generadas por la industria del entretenimiento, y los planes de educación obligatoria, tienden al embrutecimiento y al desarme cultural de los ciudadanos, especialmente de los que no tienen recursos económicos suficientes para ponerse a salvo del bombardeo ideológico constante. Así, mientras una parte de la población se embrutece burdamente viendo “El informal”, un programa televisivo en el cual, según uno de sus protagonistas, se habla como en el barrio de Carabanchel, otra parte de la población se embrutece en la televisión de pago viendo “Lo más plus”, un programa en el que se habla como los progres del barrio de Moncloa. Traduciendo esos dos programas televisivos de gran audiencia a finales de siglo el uno en el vocabulario del otro, simplemente, veríamos el mismo contenido con distintas palabras.
En el siglo V a.C. ya enseñaba Crítias en su Sísifo que los gobernantes habían inventado a los dioses con la intención de gobernar mejor a los ciudadanos, haciéndoles creer en un policía interior (Freud lo llamará “Über-Ich”) ante el cual no podrían ocultar sus delitos ni pensamientos. Poco después, hacia el 400 a.C., Platón escribirá La República (Politeía), donde nos contará lo que son las “mentiras necesarias” (414b-d): el hombre de estado tiene que inventar “mentiras nobles” para persuadir a los ciudadanos y que sean buenos. Inmediatamente pasa a narrar el Mito de las Edades (415a-d) y termina su libro sobre cómo fundar y dirigir el Estado perfecto con el Mito de Er (614b ss), en el que tal personaje muere, permaneciendo su cuerpo incorrupto, resucita y nos cuenta cómo es el más allá, la manera en que las almas inmortales de los buenos van hacia arriba a recibir dichas y las de los malos hacia abajo a recibir castigos. Por algo dijo Nietzsche que “el cristianismo es platonismo para el pueblo”.
Pero hoy, el poder del estadista ya no necesita del omnisciente ojo divino para someter a los ciudadanos, sino que le basta con la televisión. Ese aparato sustentado por la nada eléctrica de los rayos catódicos es el superego actual. Aborrega mucho mejor que las Iglesias y las sectas, manipula, más bien crea la opinión pública, a la que hace balar como les place a los políticos de turno. De ahí la furiosa pelea entre el PP y el PSOE por el monopolio de la televisión por cable.
Quien desenchufa la televisión y se pone a leer comete un pecado de desmesura -hybris, la llamaban los griegos- y comienza la difícil andadura del héroe trágico. La buena literatura universal, la primera democracia en la Atenas ilustrada, desde cuyo repensamiento podrá quizá salvarse la democracia actual, me ha protegido de la psicosis.
Ya no veo la televisión, ni la pública ni la privada y tengo muy buenas sugerencias sobre lo que pueden hacer con el cable. Después de estar casi lobotomizado por los partidos de fútbol, los programas concurso y los reality shows, intenté mirar sólo los telediarios, pero las imágenes contradictorias se sucedían con pasmosa celeridad: “¡Feliz desenlace!, todos muertos, los monstruos peruanos que se han atrevido a exigir tierra y libertad exterminados”; “Un oso hormiguero nace en el zoo de Berlín”; “Desnutrición en Zaire, se calcula que el dictador Mobutu posee 350 mil millones de pesetas, su mujer tiene un chalet de 200 millones en Madrid, ciudad que la acoge como benefactora de la humanidad”; “Pase de modelos”; “Más millones de parados”. Anuncios: “Compre un coche, una casa, pida créditos; Pulcrilim lava mejor”; “Beber no es vivir! Consejería de Salud”; “Whisky de los triunfadores, la copa que te hace irresistible”...
¡Apagadlo!, ¡Apagadlo!, mi hermana me dice que no les de ordenes contradictorias a sus perros porque se vuelven psicóticos, pero a nosotros nos bombardean de mensajes contradictorios sin descanso.
Dejemos la televisión pasiva y volquémonos sobre los medios participativos y verdaderamente democráticos, como ciudadanos responsables en la construcción de una ciudad. Platón mentía en sus mitos, pero dejó maravillosas partes de su obra, como ejemplos de la participación política.
INICIACIÓN EN LA SECUNDARIA: LA PENITENCIA.

En la educación secundaria no se puede hablar (estudiar, trabajar) intercambiando inquietudes sobre la materia con los profesores de la misma especialidad, porque lo que les interesa es dar sus clases y punto, ganarse la vida y punto. Los profesores de literatura, por ejemplo, no hablan de literatura entre sí, ni los de filosofía hablan de filosofía y por supuesto, los de física o matemáticas no aprenden ya juntos absolutamente nada de sus respectivas disciplinas. Lo que imparten de sus materias es hasta tal punto trivial que con los recuerdos de sus estudios pretéritos y el fusilamiento de manuales tienen de sobra para rellenar la guardería. No se dialoga, tan sólo se intercambia material pedagógico, exámenes y trámites burocráticos.


Al pobre profe de secundaria, a partir de que consiga sacar la oposición, frecuentemente, después de haber penado varios años como profesor interino, es decir, como profesor basura que se hace cargo de todos los centros y cursos que no quieren los demás; le esperan entre 6 y 8 años de lo mismo. Centros basura y cursos basura, lo llaman expectativa de destino, y mientras esperan un futuro mejor, con ardor escatológico, se les quema y maltrata, trasladándolos arbitrariamente de un sitio a otro, sin atender a su lugar de residencia, formación, disponibilidad. Para cuando un profesor de secundaria se ha asentado, o bien es de acero inoxidable, o está más quemado que una tostada. Lo más frecuente es lo segundo, que realice su trabajo de la manera menos comprometedora posible y que haya llegado a aborrecer su disciplina, aquella que quizá alguna vez, hace mucho tiempo, estudió con amor. Muy pocos son los que, frente a viento y marea, consiguen llevar una vida intelectual decente simultaneándola con la profesión docente en secundaria. Yo conozco tres o cuatro casos, excepcionalísimos, de personas con una voluntad de hierro, quebrantados por el esfuerzo, que consiguen a duras penas llevar adelante sus tesis doctorales y sus investigaciones.
MANIFIESTO ROUSSEAUNIANO.

“El hombre a nacido libre pero por todas partes se encuentra encadenado”, así empieza el capítulo I del Libro I del Contrato social de Rousseau, una severación nunca más cierta y constatable que en nuestros días. El hombre es bueno por naturaleza, el recien nacido llora y se rebela contra su introducción en este mundo, no es de extrañar. Los jovencitos de la ESO y del Bachillerato se rebelan contra lo que les están haciendo. Ellos no lo entienden, no saben, más bien intuyen lo que les está pasando y se revuelven como fieras contra ello. Los cachorros lanzas zarpazos con sus pequeñas garras, con la altivez que da la inocencia respecto a las propias fuerzas y la temeridad y brillo en los ojos del que desconoce al adversario real. Si supiesen lo que se esconde bajo la palabra socialización, ya sea primaria, secundaria o laboral, se revolverían aún con más ímpetu o se meterían bajo la cama llenos de escalofríos.


Los llamados Centros Educativos son prisiones donde los chicos son puteados, normalizados, adaptados y ¡Ay del que se resista!, la degradación, la miseria y la explotación le esperan a la vuelta de la esquina, perfectamente planificada y programada por sus mayores. La diversificación curricular o los programas de Garantía social son calculados métodos de segregación, pero, todo es muy democrático, porque no segrega la institución sino que se supone que el jóven “elige segregarse. Un ser que no es autónomo en nada, que no tiene a su cargo la más mínima responsabilidad, elige, sin embargo, su futuro itinerario formativo y laboral desde edades cada vez más tempranas. De hecho la madurez biológica habilita al acto sexual y la procreación mucho antes de que se reconozca la posesión jurídica de las capacidades para emprender tales ejercicios.
Los profesores tienen la función real de hacer de funcionarios de prisiones, acción carcelaria que se oculta bajo sutiles retóricas de la neopedagogía, de terminología grotesca, jurídica a veces, siempre con apariencia de cientificidad, informática en ocasiones (programación, secuenciación). ¡Y pobre del que se niegue a ejercer de carcelero!. Los jovencitos, dominados con violencia por los carceleros duros, auténticos maestros de la coacción, optarán por revolverse contra el que titubea. ¡Pobrecillos! Tienen necesidad de defenderse y no pueden comprender que un colaboracionista diga que está de su lado. El colaboracionista es carne de psiquiátrico, unas instituciones completas, en el sentido de procurar llenar el tiempo con la modelación del comportamiento (aunque ya no tan austeras como antaño), surgidas de las reformas en materia de educación, culminan el trabajo que los medios de comunicación de masas realizan sin cesar mediante el bombardeo publicitario y subliminal. La presión es tan sutil que el presionado se cree libre cuanto más esclavizado se encuentra por unas estructuras que oprimen a todos los puntos de manera constante.
“Unas «instituciones completas y austeras» (...) su modo de acción es la coacción de una educación total: «En la prisión, el gobierno puede disponer de la libertad de la persona y del tiempo del detenido; entonces se concibe el poder de la educación que, no sólo en un día sino en la sucesión de los días y hasta de los años, puede regular para el hombre el tiempo de vigilia y de sueño, de la actividad y del reposo, el número y la duración de las comidas, la calidad y la ración de los alimentos, la índole y el producto del trabajo, el tiempo de la oración, el uso de la palabra, y por decirlo así hasta del pensamiento, esa educación que, en los simples y breves trayectos del refectorio al taller, del taller a la celda, regula los movimientos del cuerpo e incluso en los momentos de reposo determina el empleo del tiempo, esa educación, en una palabra, que entra en posesión del hombre entero, de todas las facultades físicas y morales que hay en él y del tiempo en que él mismo está inserto»” (Ch. Lucas, De la réforme des prisons, 1838, II, pp.123-124; citado por: Michel Foucault, Vigilar y castigar. 4ª parte: Prisión, I: Unas instituciones completas y austeras, pág.238-239. Editorial Siglo XXI, Madrid 1998).
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