Educación contra mercado: la filosofía y la formación política de la ciudadaníA. Simón royo hernández



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2ª PARTE
EL LABERINTO DE LA EDUCACIÓN: REFLEXIONES DE UN EX-PROFESOR INTERINO. (ESBOZO DE UNA TEORÍA GENERAL DE LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA).
MEJOR QUE EL HAMBRE LA ESCUELA

Se podrían comentar acerca de mis exabruptos antipedagógicos un par de cosas que son ciertas: 1º Que es mejor la guardería Occidental que la situación de los niños y muchachos obligados a trabajar, a mendigar o a delinquir para sobrevivir en el Tercer Mundo, y 2º También es parcialmente acertado que en realidad, lo triste no es que el profesor este constituyendo futuros trabajadores disciplinados para insertarlos en la maquinaria del capitalismo, sino que está preparando futuros parados o camareros que no pueden inserirse en una maquinaria que cada vez necesita menos trabajadores. Y digo “parcialmente” a lo último porque se dice que “no” es triste que el profesor sea instructor laboral, lo que a mí me parece tristísimo, sin olvidar, desde luego que, además, o por si fuera poco, todos esos años de mera capacitación profesional, terminan en un frustrado ejercicio por falta de demanda de trabajadores. Respecto a lo primero, en muchos casos, más le valdría a un chaval de barrio marginal Occidental aprender a robar coches y a trapichear para medrar en la mafia, que aguantar muchas veces un encierro absolutamente inútil y absurdo que le va a dejar en la calle y en la miseria, sin haber aprendido ni siquiera a destripar una cabina telefónica. Desde luego cualquier putada del Occidente acaparador de recursos es mejor que morirse de hambre en Africa o mendigar en las calles de Bogotá, pero el corolario de dicho lugar común es que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que el sistema de vida que llevamos es, aunque imperfecto, la mejor forma de vida, esto es, la política (monarquía) parlamentaria con democracia representativa y sistema económico capitalista. Eso es la conclusión resignada y reformista de quien dice: ¡la educación es un coñazo! ¡Por supuesto!. Pero de momento, en las sociedades actuales nadie ofrece nada mejor.


Pero tal posición resignada es falsa. ¡Sí que existe algo mejor y lo ha existido siempre!, por ejemplo la educación que recibió de su padre y amigos John Stuart Mill, la que recibían los no esclavos en la Atenas de Perícles o la que se han podido costear con tutores e instructores las clases privilegiadas de antaño y con prestigiosas universidades privadas las clases privilegiadas de hoy. ¿Realmente nos debemos creer que nadie ofrece algo mejor a la educación pública para ser cajero de supermercado o camarero o parado? ¿O es que ese algo mejor es para privilegiados entre los que, parcialmente, nos encontramos? (Pues prolongar el estudio y la formación más allá de los 30 años es un privilegio y no un derecho ni una obligación).
Algo han tendido a decir al respecto los antropólogos acerca de si supone una ventaja tan inmensa el desarrollo tecnológico acaparado por pocas manos frente al modus vivendi de algunas tribus amerindias, pero eso siempre nos suena a rousseaunionismo o espontaneismo idilico-naturalista o/y anarquista. Sin embargo, no se puede evitar la sensación de que con el desarrollo de las fuerzas productivas bastaría un par de horas de trabajo de cada humano para poder proveer a la sociedad de todo lo estrictamente necesario (exceptuando quizá los artículos de lujo y el consumismo desenfrenado). Actualmente existe un movimiento (cuasi-inexsitente en España, claro) que se niega a enviar a sus hijos a las escuelas y que promueve la enseñanza en casa a través de grupos de padres que autogestionan la enseñanza de sus hijos (Cfr.Asociación americana de Homeschool: http://www.home-ed-magazine.com). ¿Una alternativa entre otras? Es muy posible. La escuela en casa es ya una realidad en aumento e Internet está revolucionando el intercambio de información no sólo a efectos de mercado sino también respecto al acceso a la formación.
LA ILUSIÓN EDUCATIVA.

Una profesora de Lengua y Literatura se extrañaba desde las columnas de Opinión de la prensa diaría de que sus alumnos adolescentes no quisieran ser profesores. Decía inquietarse porque la respuesta a esa conducta estaba en que el dinero era el objetivo más buscado y no el saber o el conocimiento. Luego, realizaba un panegírico de la educación al estilo Mendiluce, con afirmaciones como las siguientes (a las que seguían las críticas): “Probablemente, uno de los elementos sociales que mejor muestran el valor que le concede el ser humano a la vida sea la escuela, así como los contenidos y cometidos que se le exigen, porque cada uno de esos elementos son capaces, a medio y largo plazo, de hacernos seres humanos más conscientes, más plenos, más reflexivos y comprometidos... Como espacio donde la vida se construye, la escuela es un lugar de conflicto; y de la calidad de su resolución depende (y no sé si somos conscientes de ello) la buena o mala vida que como sociedad y como individuos nos demos a nosotros mismos. Porque cuando la memoria científica, histórica, literaria nos enseña a cuestionarnos y a entender la vida, todas las vidas, nuestra propia vida -y alcanza la condición de sabiduría- entonces somos mejores como ciudadanos y como personas. Es verdad que eso no nos garantiza la felicidad absoluta pero sí nos acerca más a ella” (Olga Casanova Herederos. El País 4-1-2000). Si lo que escribe esta señora es cierto, entonces, ¡que me digan dónde imparte clase esa gran filósofa!, porque desde luego, yo, con mis más de treinta años, me apunto. Pero no, no es eso, la interpretamos mal, esa mujer no hablaba de lo que es la escuela sino, ay, de lo que debería ser.


Después de la bella expresión de lo que la escuela debería ser pero no es, se lanzaba la profesora a decir lo que hay: que su gremio no era valorado en la sociedad, que los padres delegaban toda la responsabilidad educativa (comportamiento, no conocimiento) en la escuela; que el utilitarismo economicista vigente forma trabajadores y no hombres; que cualquier acercamiento a la verdadera educación resultaba contraproducente para la selección natural del darwinismo social contemporáneo.
Finaliza, adoptando de nuevo el tono ilusionante de un cándido sesentayochista trasnochado, con un derroche de exaltación de lo grandioso que es el mundo del saber y del conocimiento, de lo bonita que es la transmisión hereditaria cultural, y de lo importante que resulta que todos nos demos cuenta de la importancia de la escuela.
Parece que bastaría con un voluntarismo emotivo para convertir cárceles de borregos en escuelas de Johns Stuarts Mills. La pobre mujer no se da cuenta de que la educación que ella pretende enseñar no puede existir, institucionalmente, bajo el sistema capitalista, ya que ni siquiera los no esclavos, esto es, los que poseen patrimonio y capital, al mandar a sus hijos a las escuelas privadas de élite, pretenden que se les forme como seres humanos y que se desarrollen todas sus capacidades; sino que piden que se les prepare para dirigir las empresas y los gobiernos, es decir, para ocupar su lugar adinerado en la cúspide social y comprar asalariados de educación pública en el mercado.
Se engaña quien se piensa educado en los términos exaltatorios antes expuestos. Yo desde luego no lo estoy, (y me esfuerzo por cubrir lagunas que debería haber superado a los ocho años de edad), y ninguno de los profesores que he tenido y conocido en mi vida, tampoco. ¡Nadie que haya conocido en persona!. ¡Qué mala suerte! -se me dirá: ¡No ha tenido maestros!. Pero es que no es tan fácil ser un maestro, tan sólo conozco a los que he accedido a través de los libros y creo que Grecia fue la única sociedad donde tales seres abundaban, luego solo se han dado como excepción.
LA EXPERIENCIA PERSONAL: DE LO VIVIDO A LO PENSADO.

A lo largo de la siguiente reflexión, quizá sea provechoso, presentar los acontecimientos biográficos con los que está relacionada, para que pueda ser ubicada concreta y correctamente en un contexto que, siendo particular, no deja de ser común a numerosos miembros de mi generación. Aspiramos a que lo que aquí se va a escribir, si bien tiene que ver con experiencias particulares, sea un producto de la reflexión en general acerca de la educación de nuestro tiempo. No pretende ser una queja personal sino un análisis general que, no obstante, aprovecha para la reflexión las experiencias recogidas de primera mano. La cuestión educativa me ha interesado desde hace mucho tiempo, ya que me preocupa tanto mi formación como la de los demás. Pero ahora, además de la experiencia teórica como estudioso que he podido al cabo del tiempo adquirir, y de la experiencia práctica como alumno, que se remonta desde la más tierna infancia hasta la fecha, cuento con un poco de experiencia práctica como profesor. Todo ello sin embargo tendrá que desparecer, finalmente, en el conjunto de la exposición, ante el esbozo de una teoría general de la enseñanza de la filosofía; una teoría filosófica y, por tanto, independiente de mi subjetividad.


LA CONDICIÓN INTERINA: VIGILANTES O VIGILADOS.

Plazas, internidades, trienios, sexenios, traslados, hipotecas, salarios, vacaciones, días libres, los hijos, las notas, si aprueban, si suspenden, las estadísticas, el Ministerio de Educación, la selectividad, la bolsa (donde meten sus ahorros), el coche, la inspección educativa, el Claustro, el director, el jefe de estudios, el jefe de departamento,... son estos los principales temas de discusión entre el profesorado de un Instituto. Apasionante ¿verdad?. Las funciones que se desempeñan: padre, madre, policía, vigilante, funcionario de prisiones, asistente social, psicólogo, pedagogo, relaciones públicas, monitor de tiempo libre... etc.


Al pobre interino, no le interesan gran cosa todos esos debates de los compañeros privilegiados jerárquica y burocráticamente. Su destino es diferente, como en la mili, debe, en cuanto novato, hacerse cargo de todo lo que los demás no quieren impartir. Curiosamente, los veteranos, los auténticos profesionales de la educación, no quieren dar clase en la ESO, y los supuestamente más hábiles huyen de las clases más difíciles, de las que se hace cargo el inexperto. No es de extrañarse, ni los veteranos pueden con ello, simplemente lo han sufrido y quieren dejar de sufrirlo, de manera que se les fuerza a condenar a otro para salvarse ellos un poco. Si soy veterano no quiero la ESO, no quiero ser Tutor de un grupo, ser jefe de departamento o catedrático de instituto no significa saber más, sino ser más antiguo y, lo que es más importante, librarse de tres horas de clase.
A lo largo del año 1999 el gobierno y los sindicatos resolvieron rectificar la baremación relativa a la adjudicación de interinidades de los exámenes de oposición al cuerpo de profesores de educación secundaria. Sus decisiones son loables. Frente a tres listas para cubrir interinidades por méritos y nota de oposición (1ª lista: aprobados sin plaza, mi caso; 2ª lista: aprobados en el primer ejercicio y suspensos en el 2º; 3ª lista: suspensos en todo) decidieron establecer una lista única en la que la experiencia (tiempo de desempeño de interinidades) prime frente a la cualificación (conocimientos de la materia). De esta manera, pasarán a los primeros puestos para interinos aquellos que ya hayan suspendido numerosas veces la oposición y, aun así, hayan trabajado varios años como profesores interinos (para las oposiciones del 2.000 que en Madrid cuentan con 10 plazas de profesores de filosofía de secundaria se anuncia que la “experiencia docente”, es decir, el haber desempeñado interinidades, contará el 45% de la nota). Los primeros de la lista, que acabarán acumulando puntos y entrando en la condición funcionarial, serán los cazurros que, año tras año, examen tras examen, han sido siempre incapaces de aprobar, hasta una última y milagrosa vez, pero que siempre han tenido la “suerte” de que les llamasen para cubrir una vacante. ¡Gracias! ¡Muchas gracias sres. del gobierno y los sindicatos! Con esa medida podrán impedir en cierto grado que las mejores cabezas malgasten sus vidas y energías en las guarderías públicas, donde saber demasiado de una materia cualquiera no sólo es contraproducente, sino sumamente indeseable y se castiga con severidad. Serán mis compañeros de carrera más ineptos, los que se paseaban por el pasillo de la facultad en quinto de carrera con el libro de filosofía de COU de Navarro&T.Calvo bajo el brazo, quienes acaben en la profesión docente de secundaria. Los que me encontré en la oposición que, año tras año, se presentaban, a ver si hay suerte. Un merecido destino si fueran ellos responsables de su condición pero un funesto sino para quienes no han hecho más que lo que nuestra sociedad les pedía y lo que sus oposrtunidades les permitía.
Los que hemos sido interinos ya tenemos la experiencia inenarrable que nos habilita para sonar mocos, enseñar modales y dar ridículas clases de parvulario a jóvenes semianalfabetos y maleducados. Yo fuí uno de los que aprobó sin plaza (y sin méritos por interinidades pretéritas) en la oposición a profesores de secundaria (especialidad de filosofía) del año 1998 de Madrid, con lo cual, al quedar en la antigua 1ª lista, con el nº 31, tuve la desgracia de que me adjudicaran una vacante. Presuroso corrí a pedir una excedencia en mi trabajo como vigilante nocturno para, amante de los libros, del aprendizaje y de todo aquello que se puede denominar cultura, lanzarme en brazos de la carrera docente. ¡No me lo podía creer! ¡Lo repito! ¡increible! Ya me habían advertido profesores de secundaria que conocía, pero la realidad superaba con creces las más amargas previsiones.
Lo que he vivido durante el año 98-99 como profesor interino es algo que todo enseñante de secundaria conoce muy bien y que apenas soy capaz de transmitir en estas páginas. Es el primer año de mi vida desde que tenía 14 años que paso sin leerme un solo libro entero. Exhausto, decepcionado y deprimido, no tenía tiempo ni ganas de leer, todo el supuesto tiempo libre que tienen los profesores se me iba en preparar clases (cada vez más simples, bajando y bajando sin cesar) y en procurar relajarme y no acabar en el psiquiátrico a través del encefalograma plano que se obtiene con el visionamiento pasivo de un rato de televisión.
Ahora, gracias a la cada vez más infrecuente posibilidad de elegir, he rechazado el segundo año de interinidad y con ello, permanecer en la lista de experimentados, pidiendo el reingreso en mi antiguo puesto de vigilante nocturno. Prefiero mil veces ser vigilante nocturno a profesor de Instituto. Gano la mitad, es cierto, pero al menos tengo tiempo de leer y de estudiar, que es lo que a mí más me interesa hacer, y de comentar mis lecturas e investigaciones con mis amigos, colegas y conocidos, aprendiendo yo de ellos y enseñándoles a mi vez. Como soy comunista platónico, no sólo en la teoría (o de boquilla) sino también en la práxis (económica), no me importa vivir austeramente y con poco dinero mientras tenga el tiempo de ocio necesario para continuar con mi formación y mi participación política.
Prefiero ser un preso en libertad condicional al que se obliga a ir 12 noches al mes a encerrarse en la cárcel que un funcionario de prisiones que tenga que emplearse a fondo en enseñar modales y comportamientos, preparando a los jovencitos para ser obreros cualificadillos en distinto grado, obreros sumisos y obedientes al fin y al cabo, que sepan leer el cartel de “prohibido fumar” en la fábrica de explosivos o, en todo caso, que constituyan material de aprovechamiento productivo. Volver a mi anterior trabajo me asegura, aunque austeramente, las necesidades básicas, nutrición y vivienda, sin pagar por ello un excesivo coste psíquico y personal, y lo que es más importante, libera mi mente, me permite pensar, leer y estudiar; es decir, me permite hacer terrorismo. Pensar, leer y estudiar sin que ello forme parte y esté destinado a la finalidad de la producción, es una actitud terrorista.
Lo único que pude hacer como profesor fue aprobar a todos, absolutamente a todos, incluso a quien nunca había venido a clase y que yo me había negado a denunciar a la dirección y los padres tras pasar obligatoriamente lista, control de la asistencia obligatoria a la enseñanza obligatoria (función que fingía prácticar sin practicarla pero que era imposible evitar totalmente). Me pareció la única forma de poner de manifiesto que el título en educación secundaria no significa nada, o al menos de no darle ningún reconocimiento. Pero sé muy bien lo que significa, porque significa que el sujeto ha sido amaestrado para levantarse religiosamente todas las mañanas a las 7:00 a.m. y acudir a un centro, hábito que tiene que estar grabado en los que pasen al mundo laboral y que se prolongará hasta la jubilación. La enseñanza no existe, tan sólo la Formación Profesional existe, hoy por hoy todo es formación profesional, habilitación para llegar al mercado en condiciones de ser explotado en la mayor medida posible. A eso se le llama socialización y debe ir acompañado del inculcamiento de doctrinas ideológicas hipócritas, como los derechos humanos, la democracia, de la historia contada por la socialdemocracia neoliberal vigente. Debe ir acompañada la constitución de una subjetividad productiva de todos sus justificantes ideológicos. Pero hoy por hoy resulta que ni los justificantes ideológicos ni sus posibles críticas interesan lo más mínimo, está todo muy claro, demasiado claro, se acepta la condición de ente productor-consumidor como se aceptan las órbitas de los planetas, “estudiar para trabajar y así poder consumir”, es la máxima más categórica y más extendida en las sociedades de los países desarrollados. Los jovencitos no hacen sino transmitir las convicciones más profundas de sus padres al manifestarse al respecto. Pequeños y mayores de todas las clases sociales coinciden en ese punto, a cuya justificación y afianzamiento se dedican cuatro horas diarias de medios de comunicación de masas.
Epicuro, Epicuro es una de las claves y posibilidades de alternativa, el Jardín, un hedonismo bien racional y bien entendido como fortaleza psíquica. A nivel psicológico-subjetivo hace falta construirse los propios mecanismos de defensa, alternativos al consumo conspicuo, con los que poder vivir en un mundo insoportable de manera soportable. Después o, a la vez, afianzarse en el materialismo, un Marx siempre presente para no olvidar que toda escapatoria que no modifique el modo de producción no puede ser más que una ilusión individual. Propongo vivir así en una evasión psicológica-subjetiva a nivel privado, como mera protección, sin olvidar que, “objetivamente”, en general, impera el horror. Uno no puede luchar si la mente no se parapeta tras una barricada, pero la barricada tiene que ser real para ser eficaz, el Dios de los creyentes es una ilusión, pero la comunidad de amigos de Epicuro como una asociación que surge ante la desintegración de la polis y el advenimiento del Imperio macedónico es bien real y fue muy efectiva en su momento; es una evasión, más no ilusoria. Quizá se pueda vivir en constante evasión o incluso en constante ilusión, pero yo no pretendo tal cosa, el interés por la verdad me impide la ilusión, ya sea parcial o completa, y el interés por los demás, el compromiso social, me impide la evasión completa; permitiéndome la parcial como un medio, no como un fin. El fin de la libertad, la igualdad y la justicia se podrá alcanzar así, parcialmente, en un entorno privado basado en la fraternidad, elitista, donde la poesía, el arte, la filosofía y la música clásica desplacen a los diarios deportivos, al fútbol, a la opinomanía y al bakalao. Un reducto semejante, que no se sustente sobre la esclavitud de los demás (para ello ha de ser austero) sino que vaya en su contra, es el único lugar que me parece habitable y defendible hoy por hoy.
Continuando en un Instituto no soy yo el que hubiese transformado a los que me rodeaban en personas sino que, por el contrario, todo lo que me rodeaba me hubiese transformado a mí en un gañán. Tuve que dejarlo para defenderme, sólo tenía que mirar a otros profesores para darme cuenta de lo que podía llegar a sucederme. ¿Y si no hubiese tenido opción? ¿Y si no hubiese estado en excedencia por incompatibilidad en mi otro trabajo alternativo? Entonces me hubiese gañanizado inevitablemente ¿En qué medida? ¡No sé! Quizá hubiese resistido más de lo que pienso, pero el embrutecimiento, el desinterés por la filosofía, la simplicidad de miras, le necesidad de medrar administrativo-burocráticamente, la agresión psíquica, el agotamiento, la falta de tiempo libre, me hubiesen dañado irremediablemente. ¡Adaptación o psiquiátrico! era la opción. Y la adaptación a un medio bajo, mezquino, ruín, zafio, inculto, ignorante, brutal, policial, burrocrático, meritocrático, socializador y castrador, se cobra grandes precios en quienes no tienen más remedio que aceptarla. La otra opción, la psiquiátrica, la esquizofrenia como enfermedad de la sociedad capitalista, la psicósis, la paranoia, la depresión, opción castigada con el encierro o el abandono, opción tristísima de seres humanos rotos, destruidos, en cierto modo admirables por no haber sido capaces de soportar toda la mierda que otros somos capaces de tragar y aguantar, pero a quienes se destina a gravar con su enajenación las vidas de sus allegados por hallarse abandonados a la familia o condenados a la mendicidad.
LA VOCACIÓN DOCENTE.

¿Cómo es eso posible?. Fácilmente se echará la culpa a mi inadecuación personal diciendo: “es que no tiene vocación docente; es que no sabe enseñar; es que no consigue despertar el interés y el amor al aprendizaje a sus alumnos”, una sarta de tópicos que producen una sonrisa amarga en cualquier profesor de primaria y secundaria. Quienes continuaron hace ya muchos años que abandonaron esos tópicos de la enseñanza y se adaptaron a la realidad, simplemente no comentan públicamente su situación por dos motivos: 1) tienen que convencerse a sí mismos de que aún le resta algún sentido a su labor para no acabar en el psiquiátrico y 2) nadie les comprendería de hablar francamente. Los niños y jóvenes son intocables, irresponsables, no puede aceptar la sociedad que estemos produciendo aberraciones, el fallo es de los adultos que los tienen a su cargo, de los padres y de los profesores, en primer lugar, de los burócratas de la administración educativa a lo sumo. Desde luego no es la sociedad, la televisión, nuestra forma de vida, nuestros gobiernos y nuestra política a la que se responsabiliza del carácter de los ciudadanos, y desde luego, puesto que jurídicamente no existe, el jóven no puede fallar, es sujeto de derechos pero no de obligaciones. El profesor al fin y al cabo no es más que un currito más: ¡Hay que comer! -se dice- como frase justificatoria de la aceptación resignada de todas las vejaciones. Si alguien trabaja en una fábrica de armamento y se le reprocha su conducta responde: ¡hay que comer! y ya se queda tan ancho, justificado, redimido.


Al principio, créanme, pensaba en mi inadecuación, en que los jóvenes hablaban en mi clase y tenía yo que mandar callar 50 veces en 50 minutos de clase porque yo era nuevo e inexperto. Pero poco a poco me fuí dando cuenta que todos los demás profesores, veteranos y menos veteranos padecían las mismas condiciones de enseñanza que yo; lo que me ha llevado a pensar que no es tanto mi inadecuación sino la de un sistema que pretende que se realice una labor imposible, consiguiendo que permanezca el ideal escrito en las leyes y hecho jirones en la realidad. Mientras que en la LOGSE diga que se proporciona a todo ciudadano la capacidad de hablar y escribir correctamente en nuestra lengua, mientras que tal cosa quede escrita justificando y legitimando la sociedad en que vivimos, no importa que todos esos escritos, que la Constitución o Los Derechos Humanos, sean papel mojado; no importa que la realidad esté a años luz de la expresión escrita de dichos ideales, ni importa que el camino que lleva nuestra sociedad la aleje cada vez más de esos ideales, la pretensión de ser bueno en la teoría, fingida o optimisticamente creida, legitima para detentar el poder en la práctica y justifica y legitima toda dominación. Se pueden hacer cruzadas o montar la Inquisición, simplemente hay que hacerlo por amor al prójimo, y ya basta con la declaración de motivos, para que se consideren aceptables todos los actos. Si un joven no sabe casi leer ni escribir al acabar la ESO, no importa, se le otorga el Graduado en Educación Secundaria, de todas formas, y ya entra en las estadísticas como uno más de nuestros triunfos. Sobre el papel ya sabe leer y escribir correctamente y está habilitado para comprender la lectura del periódico, pero en la relidad le cuesta, como a su padre frecuentemente, leer el Marca.
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