Educación contra mercado: la filosofía y la formación política de la ciudadaníA. Simón royo hernández



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Por eso Gustavo Bueno acierta al señalar que “todo ciudadano puede ser filósofo, y no de un modo espontáneo (por mera respiración de la atmósfera en la que está envuelta una sociedad democrática ya dada y, por tanto, situada de algún modo en un nivel histórico, lingüístico, determinado), sino por modo de disciplina que esa misma sociedad democrática le imponga” (QF, p.100). La disciplina, es decir, la política. Debido a que el ciudadano griego tenía que participar en las tareas de gobierno (asamblea ateniense) o defenderse a sí mismo y acusar en un juicio público (cfr.Apología platónica), filosofar se convirtió en necesidad social, requisito indispensable para la ciudadanía.
LA FILOSOFÍA COMO BROTE ENTRE LAS CIENCIAS, QUE A SU VEZ SURGEN ENTRE LAS IDEOLOGÍAS.

Recordemos que Fuentes nos dice en su escrito que los debates de Crónicas Marcianas y los libros de Savater son el único terreno donde puede surgir la filosofía: “sólo entre medias de semejantes ideologías (minusfilosóficas, como digo), puede brotar la crítica. Esto es lo que hay” (CM11, p.32), aceptando con ello un panorama grotesco y paradójico. Pero se olvida de que Sócrates no debatía con grotescos ufólogos o expertos en fenómenos para-anormales, como ha llegado a hacer Gustavo Bueno en los medios de comunicación con el fin de inocular su quehacer filosófico entre las ideologías y acercar la racionalidad crítica, no a sus obtusos interlocutores, con quienes renunciaba a dialogar, sino a la audiencia ciudadana televidente capaz aún de razonar. Sócrates debatía con ciudadanos como Protágoras, Hipías, Ión, Alcibíades, Aristófanes, Górgias, Teeteto, Menón, e interpelaba a todos los capaces de razón, incluyendo al esclavo del último citado, a los artesanos, comerciantes, poetas y políticos como se señala en la Apología platónica, pero ningún personaje de los diálogos platónicos se asemejaba, ni remotamente, a la imbecilidad de una Pitita Ridruejo, y eso que llegan a aparecer personajes tan obtusos como el Hermógenes del Crátilo o Eutidemo y Dionisidoro, sino que la mayoría de ellos, ya estuviesen dedicados a alguna profesión liberal, ya fuesen terratenientes, contaban con unos saberes previos desde los que Sócrates ejercía su quehacer mayéutico, saberes que no eran otros que las ciencias y las técnicas, eminentemente la geometría. Sin siquiera esa base racional no era posible el diálogo, pero es que en Grecia ¡hasta un esclavo sabía geometría!. Suponer que la filosofía brota de las ideologías presupone saltarse el necesario suelo científico desde el que se puede llegar a dialogar.
En la historia de Occidente se produjo en Grecia un paso del Mithos a la Scientia (crecida con la techné) y de ésta a la Filosofía, resumido por Nestle en paso del Mithos al Lógos, esto es, de la Ideología a la Razón, con lo que se olvida que entre ambos se sitúan las técnicas y las ciencias, como cuñas racionales brotando dentro del envoltorio ideológico que supura toda sociedad. Gustavo Bueno es bastante explícito en este punto: “La filosofía crítica, tal como la entendemos aquí, aparece muy principalmente, como crítica a las construcciones científicas categoriales, que son construcciones cerradas dentro de su categoría; pero la filosofía, por ocuparse de Ideasx que brotan a través de esas categorías, no puede arrogarse una «categoría de categorías» para sí misma, o una categoría sui generis en función de la cual pudiera definirse como ciencia. La filosofía no es una ciencia, lo que no significa que deba dimitir {como geometría de las Ideas} de los métodos característicos del racionalismo.

Cuando hablamos de filosofía académica nos referimos a este modo platónico de entender la filosofía, más que al modo burocrático universitario” (QF, p.37).
Con ello se pone de manifiesto que no es lo mismo filósofo, que profesor de filosofía, ya que el primero no tiene como condición de su posibilidad que estar comprendido dentro del entramado estatal burocrático universitario o pedagógico. Se puede ser filósofo académico sin necesidad de pisar una Universidad en la vida, Rafael Sanchez Ferlosio es un buen ejemplo de ello, y se puede ser profesor de filosofía sin llegar nunca a ser filósofo ni a tener siquiera un sólo juicio realmente crítico.
Las ciencias y la Filosofía son solidarias en el sentido en que no se puede ejercer la segunda sin entrar en familiaridad con las primeras. Si bien se diferencian en sus procedimientos, en el experimentalismo y el cierre -no clausura- de las primeras frente al teoreticismo y apertura de la segunda; es el núcleo teorético de toda ciencia, cerrado y particular, es decir, su estructura Noetológica, lo que tiene en común con la filosofía, en cuanto teoría general y abierta de los principios de la razón material dialéctica. “4. Las distancias que hay que establecer entre los procedimientos científicos (tan diversos a su vez entre sí) y los procedimientos filosóficos no impiden la sospecha, ni excluyen el reconocimiento, de una «afinidad de principio», fundada en la razón, entre el saber científico y el saber filosófico” (QF, p.104). Las ciencias y la filosofía conforman el “racionalismo crítico” porque “piden una validez para todos los hombres y para todas las culturas” (QF, p.36) contrarrestando tanto a las ideologías como a esa concreta ideología que conocemos como relativismo cultural.
Lo esencial para que haya tanto ciencias como filosofía es su común sustrato en una “«Lógica material dialéctica»” (QF, p.105), que iría más allá del proyecto gnoseológico de una teoría general de la ciencia, al buscar “englobar tanto a las formas de proceder de la razón científica como a las formas de proceder de la razón filosófica. El análisis de los procedimientos más generales de la razón dialéctica” (Ibid.), lo que desde Platón se conoce como Ontología o Metafísica dentro de la tradición filosófica, la Lógica o principios del razonamiento en general, es decir, la Lógica del ser (onto-lógos), tan denostada por los seguidores de los autores llamados postmodernos; lógica que se materializa al concretar bajo la Idea del ser en general, cualquier ente o Ideas que las ciencias proporcionen para la reflexión: por eso la “filosofía es «enfrentamiento con las Ideas y con las relaciones sistemáticas entre las mismas»” (QF, p.38) y lo demás es opinión, cháchara ideológica.
La filosofía (saber de segundo grado) surge en todo el entramado social, a partir no ya de las ideologías, como afirma Fuentes, sino de las ciencias (saberes primarios), tanto de sus conmensurabilidades como de sus inconmensurabilidades: “Y, en la medida en que todos estos «saberes primarios» solo pueden conformarse socialmente y, por tanto, políticamente, habrá que reconocer que los diversos tipos de estructura política (según el nivel histórico o social) y, por tanto, de saber político, habrán de estar moldeando de un modo profundo la posibilidad misma de la conciencia filosófica. Otra cosa es determinar —desde la heterogeneidad de las diferentes estructuras políticas— si hay algún tipo de estructura política que facilite, más que otras, la constitución de la conciencia filosófica (o, lo que es equivalente, si hay algún tipo de estructura política que bloquee la posibilidad de una conciencia filosófica —no ya la expresión pública de la misma—)” (QF, p.89).
Por eso, el cuerpo de funcionarios del estado, los profesores de filosofía universitarios o secundarios, son en su conjunto, salvo excepciones minoritarias, un obstáculo para la formación filosófica de la ciudadanía, en un sistema capitalista que les encomienda el bloqueo de la posibilidad de una conciencia filosófica: “la filosofía tiende a desbordar todo gremio. Rechazadas estas alternativas, la única que se mantendría como alternativa plausible sería la que se propusiera como objetivo lograr que un conjunto «disperso» de ciudadanos, de profesiones múltiples, no vinculados entre sí gremial o institucionalmente, y con una «masa crítica» (¿medio millón? para España, ¿un millón?) suficiente, pueda ejercer una influencia social efectiva. Este «conjunto» o «Tribunal Supremo disperso» podría comenzar a desempeñar, de hecho, la función de un órgano insustituible en una sociedad avanzada, un órgano que ejercería, entre otras cosas, el papel de filtro de los millares de juicios individuales gratuitos e infundados que pululan en una sociedad en la que ese órgano no actúa, juicios venales que, sin embargo, son compatibles con los de un publicista, un periodista, un «intelectual libre» (no orgánico), &c., que ha alcanzado la función de «formador de la opinión pública», careciendo de toda capacidad de formular juicios filosóficos fundados a la altura del presente.

En España, en nuestro presente, la educación filosófica es universal a todos los ciudadanos, a menos desde un punto de vista legal; sin embargo la presencia de hecho de una filosofía crítica puede considerarse como prácticamente nula. ¿No debe ser esto uno de los principales motivos de reflexión autocrítica para el cuerpo de funcionarios del Estado a quienes se les ha encomendado la educación filosófica de la Nación?” (QF, p.78; pág.71: La filosofía estará presente en la sociedad “según la proporción de ciudadanos (¿un 5% un 50%?) capaces de argumentar sus juicios sobre ideas comunes incorporando los argumentos de los rivales”; pág.77: luego no se trata de la República de los Sócrates ya que “no sería necesario... que «todo el pueblo» estuviese al tanto de las obras de los filósofos. Sería, en cambio, necesario que una minoría suficiente del cuerpo social (¿el uno por cien mil? ¿el uno por millón?) fuese capaz de constituir un público disperso, pero bastante, para que la crítica estrictamente filosófica pudiese desempeñar, en el conjunto del saber, el papel social que virtualmente puede corresponderle”).
Nietzsche fue durante diez años catedrático de Universidad y lo dejó, pasando a vivir en cutrísimas pensiones de mala muerte de su pensión por enfermedad, para poder ser libre de pensar y escribir, muestra de que la Universidad moderna tiende a castrar al filósofo al cumplir su tarea de fabricar al profesor, a diferencia de la Academia y el Liceo (o del Jardín) donde los ciudadanos no iban para convertirse en profesores, destino despreciable como bien se aprecia en el Protágoras de Platón, sino a convertirse en ciudadanos.
LOS CIUDADANOS CON JUICIO CRÍTICO.

Hay una serie de distinciones que ni Fuentes ni Bueno hacen y que dejan en la indefinición las diferenciaciones que se habrían de realizar entre los siguientes términos: 1) Filosofía y filósofo, quien lleva a cabo la actividad contemplativa (theorein) consistente en conocer el mundo a través del entrelazamiento de las ideas que brotan de los distintos campos categoriales en un sistema coherente con los principios generales de la Lógica, es el filósofo, el que hace filosofía (lo que Gustavo Bueno denomina filosofía académica o dialéctica): “se trata de elegir auxiliados desde luego por las ciencias históricas y políticas, entre hace filosofía vulgar (mundana) casi siempre ingenua y mala, o hacer teoría académica, no por ello necesariamente excelente (y entendemos aquí por filosofía académica no ya tanto la filosofía universitaria, cuanto la filosofía dialéctica, cuyos métodos fueron ejercitados y representados por primera vez en la Academia de Platón)” (Gustavo Bueno, España frente a Europa, pág.10). 2) a) Los ciudadanos ilustrados, quienes estudian e investigan tanto en las disciplinas científicas como en las humanísticas a fin de formar su juicio crítico, no con el objetivo de especializarse en una única área desdeñando todas las demás, capaces de entrelazar ideas pero sin preocuparse por sistematizarlas en un todo coherente o filosofía (lo que les convertiría en filósofos académicos o dialécticos). Y b) Profesionales del estudio y la investigación especializada, ya profesores de filosofía que desempeñen tareas de investigación (lo que Gustavo Bueno llama filosofía universitaria), ya profesionales de cualquier área (medicina, física, matemáticas, ingeniería, económicas, historia, arte, etc, etc), capaces de manejar las ideas de, al menos, un campo categorial; 3) ciudadanos con juicio crítico simple u opinión verdadera, lo que Gustavo Bueno llama filosofía mundana o vulgar, y 4) ciudadano alienado por las ideologías dominantes.
Esta analítica de la tipología ciudadana, a los efectos de su situación respecto a la racionalidad, de nuestras sociedades contemporáneas, no supone ningún idealismo, sino más bien un cuidadoso materialismo, perfectamente adscribible al de Gustavo Bueno. Cierto que el camino real del aprendizaje y del conocimiento tanto ontogenética como filogenéticamente, va de la experiencia a la filosofía (progresus), para luego retornar desde la filosofía hasta la experiencia (regresus), en un ciclo de feedback o retroalimentación constante. Pero aquí no estamos haciendo un análisis diacrónico o historiográfico sino analizando por separado y de forma sincrónica la tipología ciudadana, de manera que obviamos el hecho de que todo filósofo fue en algún momento de su existencia un bebé que sólo sabía balbucear.
1) Respecto a la Filosofía y los filósofos tengase en cuenta, por el momento, lo dicho en el apartado anterior. Los que hacen filosofía, (esos son los filósofos), son en realidad muy pocos, aquellos que, desde cualquier área, sin necesidad de que hayan estudiado nunca la Historia de la Filosofía, despliegan un pensamiento teórico y sistemático propio.
Abundan lo casos de grandes filósofos con muy poca formación historiográfica como Wittgenstein o Althusser. Y si bien el conocimiento de los textos de los grandes filósofos puede favorecer y ayudar a la actividad filosófica (indispensables en la erudita o doxográfica), -así como el que quiere pintar intenta emular a Velázquez- no parecen indispensables para que se produzca: ¿con qué historiografía filosofíca contaban los presocráticos? ¡Con ninguna! ¿Y Platón? ¡Con muy poca! Con lo que sí contaban es con una serie de técnicas, con ciencias y con un determinado entramado político y social que, secularizado, ofreció un entorno indiscutiblemente favorable a la filosofía, la polis, tan apropiada para ésta como dotada de ciudadanos críticos.
Schopenhauer, por ejemplo, fue un filósofo que afirmaba no preocuparle en absoluto el hecho de que tras su muerte una miriada de gusanos se dedicasen a devorar su cuerpo; pero decía preocuparle sobremanera que, después de morir, una miriada de catedráticos de filosofía se dedicasen a roer su obra. También era Nietzsche consciente del destino funesto que podían recibir sus escritos. Demasiado familiarizado estaba con las tergiversaciones y utilizaciones interesadas de las obras de los grandes pensadores de la humanidad gracias a su formación como filólogo, como se refleja en una Carta a su hermana (Venecia, mediados de junio de 1884): “¡Quién sabe cuántas generaciones habrán de pasar para producir algunos hombres que puedan sentir en toda su profundidad lo que he hecho! E incluso así, me causa espanto la idea de que gentes, sin título para ello y totalmente inadecuadas, se apoyarán en mi autoridad. Éste es, sin embargo, el tormento de todo gran maestro de la humanidad: saber que, en determinadas circunstancias y por ciertos accidentes, puede convertirse tanto en fatalidad como en bendición para ella”. Con lo cual vemos que, al menos los filósofos, han tenido siempre motivos para temer a los profesores de filosofía y que no es lo mismo lo uno y lo otro.
2) Aquí distinguimos entre los ciudadanos ilustrados y los profesionales de un área de investigación. Los primeros serán ciudadanos críticos ya que eso es algo que viene incluido con la ilustración, pero los segundos, aunque puedan ser auténticos genios en un área determinada, pueden estar tan ideologizados en todas las demás (e incluso en la que representa su especialidad) que no se les pueda considerar como críticos en absoluto.
Entre los miembros del tipo que planteamos en este punto destacan, a juicio de Gustavo Bueno, los dedicados a las Ciencias Positivas, mientras que a jucio de Fuentes, destacan los dedicados a las Humanidades, (a quienes -dice- hay que distinguir, de los dedicados a las Ciencias Sociales, cfr.CM11, pág.28): “Muy diferente, sin embargo, es el caso de las genuinas "Humanidades" —que son, en rigor, las filologías, la historia y la propia filosofía—; éstas tienen ciertamente cada vez más difícil su lugar en el "mercado laboral", debido precisamente a que, por su vecindad cognoscitiva consustancial con la historia, están mucho menos reconciliadas con su presente puntual histórico” (CM11, pág.29).
Y nosotros estamos de acuerdo con Fuentes en la tesis de que las humanidades pueden ayudar a proporcionar a quien las cultiva capacidad crítica, así como estamos de acuerdo con Bueno en que dicha capacidad puede adquirirse a partir de las ciencias positivas, pero discrepamos de ambos al identificar la filosofía con la crítica y el ser filósofo con el ser ciudadano crítico o profesional de las humanidades. Ciertamente las obras filosóficas o el contacto discursivo con un filósofo pueden ayudar al desarrollo de la conciencia crítica, pero si bien necesaria, ésta no es suficiente para lograr llegar a hacer filosofía y ser, por tanto, filósofo.
El problema reside en que tanto Fuentes como Bueno admiten sin discusión la escisión decimonónica entre ciencias del espíritu o humanidades y ciencias naturales o positivas. Pero dicha distinción no es más que institucional y aunque admitamos, con Bueno, que las primeras no han llegado a ser cierres categoriales y las segundas sí, para tener un criterio de discriminación; dicho criterio no explica suficientemente la escisión institucional, cuyas determinaciones no vienen comandadas por la naturaleza de los materiales de estudio sino por la naturaleza de las necesidades del mercado. De manera que una de las maneras en que la educación puede hacer frente al mercado es proporcionando una formación integral o humanística, siguiendo la tradición renacentista que se remonta a su vez a la Grecia clásica.
En su primer sentido, humanismo es la atmósfera intelectual emanada del interés renacentista por las investigaciones terrenales. Así, el humanismo renacentista vendría a rescatar la opción socrática del quehacer filosófico centrado en la polis. El humanista del Renacimiento es aquel que se ocupa de las cosas humanas (ciencias y letras) frente al teólogo medieval, ocupado con las cosas sobrenaturales (teología escolástica). No hay que confundir el sentido que la acepción humanidades tuvo para los humanistas del Renacimiento, tan científicos como letrados, con la doctrina filosófico-ideológica humanista del siglo XX, a la que se enfrentó el antihumanismo de Althusser o Foucault. La acepción original de humanista es la que remite a aquellos que ya han recibido la propedéutica indispensable para el cultivo de la filosofía, lo que no significa que lleguen necesariamente a dar ese salto; el humanista es quien está formado tanto en las ciencias como en las letras, apelativo que aún llegó a identificarse con ilustrado en los siglos XVII y XVIII, ya que la mayoría de los máximos representantes de la Ilustración, como Voltaire por ejemplo, estaban tan versados en las ciencias como en las letras.
Ahora bien, dado que la escisión de los saberes en compartimentos burocráticos heterogéneos es un hecho en aumento desde el siglo XIX, es decir, dado un estado de cosas que degenera y limita la formación en grado sumo a través de la especialización extrema, es probable que en este punto vaya Fuentes por delante de Bueno, es decir, que hoy por hoy, lo que el primero denomina Humanidades, disciplinas menos reconciliadas con las ideologías dominantes, tenga más probabilidades de proporcionar una conciencia crítica que lo que se conoce por disciplinas científicas, en las que se extrema la formación de meros tecnólogos.
Los resultados de la inversión educativa, tanto privada como estatal, dependen del tipo de enseñanza que se quiera fomentar. A lo largo del siglo XX se ha procurado cada vez más incentivar la formación de trabajadores cualificados y obedientes, tecnócratas superespecializados y sabios en su reducto profesional, pero absolutamente ignorantes de todo lo demás, de la historia, la política, la filosofía y la filología, de todas aquellas disciplinas humanísticas que les podrían capacitar para ejercer como ciudadanos críticos, autónomos y responsables, en democrática convivencia.
Para la formación de trabajadores cualificados, orgánicos y uniformes, sobran las materias humanísticas (filologías, historias), que generan individuos críticos, sujetos comprometidos con una sociedad democrática y participativa que nació en Atenas hace dos mil quinientos años.
Los ciudadanos críticos son difíciles de gobernar como borregos. No caen en la trampa del círculo vicioso alienante: trabajo - consumo - ocio adictivo - trabajo -... El «ocio adictivo» se caracteriza hoy en día por tres opios del pueblo: religión (o esoterismo), fútbol y televisión. Esta última es el «Opium par excellence» que reúne a tres personas en una, como nueva Trinidad del monoteísmo del mercado.
El humanista o letrado ilustrado no ha sido educado para el ocio adictivo, porque como estudia lenguas clásicas, sabe que la palabra griega para ocio es la raíz de nuestro vocablo escuela. Pero además, como estudia filosofía, comprende, que si los griegos equiparaban escuela y ocio, es porque consagraban su tiempo libre a actividades formativas que desarrollasen todas sus potencialidades.
No obstante, el letrado ilustrado, pese a la admiración que le reporta la antigüedad clásica, al estudiar la historia de la política, se da cuenta de que en Grecia, aún siendo admirable por multitud de motivos, la posibilidad del desarrollo educativo pleno, le estaba reservada a los ciudadanos libres a consta de los esclavos. Y de que es gracias a la Ilustración y a los ideales de la Enciclopedia, que se quiso generalizar una educación humanística y profesional, pública y gratuita, para todos los hombres sin discriminación alguna. ¿La pretensión?: Que la sociedad humana fuera gobernada por la Razón y no por las pasiones de los hombres, encontrándose todos los ciudadanos con el deber y el derecho de ejercitar la razón común. Una pretensión intentada en la URSS por última vez y hoy desaparecida.
Si no se invierte en una educación integral sino tan sólo en una profesional, tendremos un mundo aberrante en el que los maravillosos adelantos técnicos de trabajadores especializados, convivirán, con la más absoluta zafiedad y cortedad ética, política e intelectual, lo que será aprovechado por los timócratas populares para dominar y monopolizar los bienes de todos los hombres.
El profesional de las Humanidades (profesor de filologías, de historia de la filosofía, de historia de la política, etc.) no es importante tan sólo por el juicio crítico que se pueda adquirir por medio de su concurso. Hoy, la mayoría de los profesores son incapaces de proporcionar una formación integral, ni siquiera ellos mismos la poseen, pero sí pueden llegar a despertar el juicio crítico en sus alumnos o bien formar profesionales de su disciplina. Pero es aún más importante que se dediquen a trabajar profesionalmente en su disciplina (investigación) y no sólo en la enseñanza. Los filólogos, arqueólogos, bibliotecarios, papirólogos, etnólogos, demógrafos, historiadores de la filosofía y de todas las demás áreas, etc, cumplen una labor social inestimable cuando se dedican a preservar los materiales en los que se conservan los saberes, que nos parece mucho mayor que la de intentar ser los creadores del juicio crítico en las conciencias de los alumnos. Para crear el juicio crítico no sólo en sus alumnos sino en todos sus conciudadanos no tiene más que actuar como ciudadano crítico. ES ENTRE LOS CIUDADANOS CRÍTICOS QUE BROTAN NUEVOS CIUDADANOS CRÍTICOS.
La transmisión oral de los conocimientos no se da únicamente en algún lugar privilegiado de la sociedad (Universidad e instituto) sino en toda ella, y no tiene por qué estar enclaustrada en un cuerpo oficial de transmisores profesionales, pero la conservación de los materiales receptores de los saberes sí que necesita un soporte institucional, sin el cual se corre el riesgo de perderlos.
“Aunque pusieron silencio a las lenguas no le pudieron poner a las plumas, las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado” (Miguel de Cervántes Saavedra Don Quijote de la Mancha, I, XXIV). Con esta cita comienza un excelente libro de Luis Gil (Censura en el mundo antiguo. Alianza Universidad. Madrid 2ª edición 1985. 1ª edición Revista de Occidente 1961), cuyos dos prólogos, a la primera y segunda ediciones, resultan indispensables para que los que no vivimos la censura franquista comprendamos cómo se las ingenió este erudito del helenismo para que su libro sobre la censura pasase la censura, ironía socrática sobre la que se asienta la libertad de pensamiento y que nos recuerda el talento de un Voltaire para hacer que los reyes y los nobles aplaudieran sus obras sin notar que eran corrosivas para el Antiguo Régimen. Merced a la hábil presentación de la materia y con algunas concesiones al nacionalcatolicismo, el libro pudo publicarse por primera vez durante el franquismo, logrando eludir a los censores y realizar un alegato contra la censura. Mientras a Camilo José Cela se le daba el Nobel de Literatura, quizá premiando su labor como censor durante la época franquista, y luego el Premio Cervantes del que había dicho cuando no se lo daban, con su educada dicción poética, que era un premio de mierda; los eruditos volterianos que lucharon con sus armas y a su manera contra la opresión, yacen sumidos en el olvido. ¿Por qué todavía no somos los occidentales pueblos que lean más ciencia que literatura, o al menos, igual de ciencia que de literatura? Puede ser un problema de acceso y un defecto de la educación, especializada para la profesionalización especializada y el consumo masivo.
La censura surge de la idea dogmática según la cual no habría que dar la misma libertad ni las mismas oportunidades de difusión al error que a la verdad. Así, quienes se creen en posesión de la verdad absoluta se sienten autorizados para proscribir y destruir las opiniones y libros que les son ajenos o contrarios. El liberalismo literario, sin embargo, surge de la idea antidogmática según la cual en igualdad de condiciones de acceso, y con la misma libertad y oportunidades de difusión, la verdad se abre camino frente al error por sí sola, sin necesidad de que la ayudemos eliminando lo adverso. Pero: ¿Acaso gozan hoy los clásicos de igualdad de oportunidades de difusión que los best sellers? ¿Acaso gozan los ciudadanos del planeta de igualdad de acceso a los textos de los grandes genios que la humanidad ha parido? ¿O acaso no se estará hoy dando más oportunidades a la barbarie que a la cultura, a la televisión y al fútbol que a Dante o Cervantes? El no erigirse en eliminador de lo que se considera indigno de perdurar no significa inacción, sino posición activa de defensa y elogio de lo que se tiene por valioso, al menos para que se encuentre tan representado como las demás opciones, ni más ni menos. Si hubiese igualdad de difusión y de acceso existiría hoy ya la plena libertad literaria y nada habría que hacer para que lo mejor, seleccionado por el tiempo, se superpusiera a lo peor.
Sin la destrucción premeditada y con igualdad de condiciones, el Tiempo sería el mejor clasificador y seleccionador de aquello que merece ser recordado generación tras generación. Desgraciadamente, a lo largo de la Historia no se ha dejado que fuese el Crónos quien dictaminase, manteniendo, en principio, la totalidad de la producción intelectual humana, qué habría de perdurar y qué habría de desaparecer, sino que las distintas religiones e ideologías han marcado las pautas de conservación y destrucción. Quizá hoy en día, con los medios informáticos, haya llegado el momento de conservarlo todo y para dejar que sea el tiempo y los lectores de sucesivas generaciones quienes elijan lo esencial y valioso sobre lo perecedero, y nuestro papel sea el de esforzarnos por la conservación y nunca prestarnos a la destrucción por muy mal que nos parezcan las otras opciones.
La diferencia entre un clásico y un best seller es que el clásico sobrevive a su propia época y aunque tenga una pequeña tirada editorial inicial, luego se sigue leyendo generación tras generación. El best seller, por el contrario, comienza con una tirada de miles y hasta millones de ejemplares, pero nadie recordará esos títulos al cabo de una generación. No hay que lamentar que se pierda la literatura basura, escritos del momento y para el olvido, pero atendiendo a la historia tenemos que lamentar la enorme pérdida intencionada de innumerables clásicos en la antigüedad, de las alrededor de 100 tragedias de Esquilo conservamos 7; de las 120 de Sófocles, otras 7; de las 92 de Eurípides, 18; por sólo hablar de los grandes trágicos que conocemos. La mayor parte del saber de la antigüedad ha desaparecido y toda nuestra admiración por Grecia parte de la conservación de tan sólo el 10% de su producción intelectual.
En la antigüedad -señala Luis Gil en el prólogo a la 1ª edición de su libro citado- se puso tanto celo en la conservación de lo que se consideraba valioso como en la destrucción de lo que se consideraba nocivo y perjudicial. Hubo una censura en la antigüedad mediatizadora de la transmisión o no transmisión de los textos. Muchas obras se destruyeron consciente y voluntariamente y otras muchas se retocaron de acuerdo con las luchas ideológicas y religiosas de cada época.
Hacer esta historia, la historia de la censura, tiene la intención de que no nos erijamos nunca en censores y dejemos que el tiempo y lo mejor perdure en competencia libre con lo peor, pues si bien el evangelio de la libre competencia es inhumano y destructivo en el terreno económico, cimentando la desigualdad, e insatisfactorio en el terreno político, donde deriva en la renuncia a la participación directa en los asuntos que a todos afectan; en el terreno de las ideas y de las artes y las letras, nada parece más saludable. Frente al liberalismo económico y político, y no junto a ellos, se yergue el liberalismo literario, donde debería brillar plena tanto la libertad de creatividad y manifestación como la igualdad de difusión y acceso.
Por último vemos que Luis Gil vincula a la forma de organización política de la ciudad-estado el nacimiento de la literatura griega y de sus éxitos culturales y sociales (cfr.Ibid.I, pág..29), vinculada a ella, como algo característico del pueblo griego y que vendría a explicar buena parte de sus logros, la libertad de expresión (isegoría): “Pero ya en las más antiguas creaciones literarias encontramos muestras de algo que va a ser característico del mundo griego: el gusto por el debate de las opiniones y el aprecio por la expresión sincera y elocuente de éstas. Un lector de los poemas homéricos se asombrará del lugar ocupado en ellos por los discursos y de la soprendente libertad de palabra de los héroes” (Ibid.I,pág.31). Los debates entre ciudadanos críticos son el mejor caldo de cultivo para el surgimiento de nuevos ciudadanos críticos.
3) El ciudadano con juicio crítico simple no se identifica con los antedichos y bien puede surgir con independencia de ellos. De los teóricos (filósofos) beben tanto los ciudadanos ilustrados como los profesionales, pero el ciudadano con juicio crítico puede beber o no beber de los teóricos, estaría en el nivel que Platón denominaba “opinión verdadera”, para el cual no es de ninguna manera indispensable el contacto con la filosofía teorética, aunque sí suelen haber tenido contacto con los profesionales o ilustrados durante algún período de su vida. Médicos, abogados, conductores de autobús, parados, fontaneros, albañiles, terroristas, políticos o cualesquiera otros profesionales o ciudadanos, no sólo en el ámbito profesional sino en todo el espacio público, pueden haber adquirido un juicio crítico simple y pertenecer a esta categoría, ya que no por el hecho de tener una licenciatura en algo se dominan las ideas de su campo categoríal. Muchos ciudadanos, incluso habrán podido llegar a desarrollar un juicio crítico sin necesidad de pasar por ninguna institución de enseñanza, sino aprendiendo de la experiencia en la vida y de los demás ciudadanos que le rodean, dedicando su ocio al aprendizaje a través del diálogo y mediante el intercambio con sus conciudadanos.
En principio, alcanzar este grado no parece muy difícil, pero si planteamos algunas de las dificultades que lo impiden su consecución ya no nos parecerá tan clara. Todos los elementos ideologizantes de la sociedad laboran contra la ciudadanía crítica, las deficiencias en las necesidades materiales básicas de la existencia (higiene, comida, vivienda, formación y ocio), así como el trabajo intensivo y extenuante, también laboran en su contra. Por eso el porcentaje de ciudadanos críticos en los diversos Estados es tan pequeño, porque determinados requisitos mínimos indispensables se incumplen flagrantemente o son simplemente inexistentes y porque demasiadas fuerzas e individuos laboran intencionadamente en su contra.
4) El ciudadano alienado por las ideologías dominantes, incapaz de una crítica racional, es hoy la especie más abundante del planeta. Ya no importa el lugar social en el que se encuentra el individuo, proporcionalmente hay tantos alienados entre los ricos como entre los pobres, si bien los primeros son del tipo de los que se creen libres sin serlo y merecen mayor reprobación (cuando no directamente un tiro en la nuca) ya que no sólo desaprovechan las oportunidades del bienestar material sino que acumulan con tal exceso que acaparan lo que le falta a los otros, impulsados por lo que Platón llamó alma apetitiva que domina en ellos por encima del alma racional. El debate actual entre neoliberales y socialdemócratas parte de la concesión de la premisa anterior a los primeros por parte de los segundos y resulta urgente replantear y repensar las alternativas a la idea de que lo que llamó Platón el alma apetitiva (epithymia), (junto a la irascible (thymos) puesta a su servicio en lugar de al de la razón), alternativas a la idea de que las pasiones son lo que domina y gobierna esencialmente en el ser humano. El alma racional (lógos psyché), lo racional del alma (tó logistikon tês psychés; Rep.IV, 439d), la Razón, yace hoy sumida en el olvido, desprestigiada cuando no condenada como el mayor de los males: “Y estas dos especies, criadas de ese modo y tras haber aprendido lo suyo y haber sido educadas verdaderamente, gobernarán sobre lo apetitivo (epithymia), que es lo que más abunda en cada alma y que es, por naturaleza insaciable y ávido de riquezas. Y debe vigilarse esta especie apetitiva, para que no suceda que, por colmarse de los denominados placeres relativos al cuerpo, crezca y se fortalezca, dejando de hacer lo suyo e intentando, antes bien, esclavizar y gobernar aquellas cosas que no corresponden a su clase y trastorne por completo la vida de todos” (Rep.IV,442a-b).
Frente a los que afirman que el mundo racional es cada vez mayor por el mero hecho de conllevar tecnología, hay que poner de manifiesto como, el desarrollo tecnológico, puede ser la mayor de las irracionalidades, como se demostró en Auschwitz o en Hiroshima y Nagasaki. No sólo hay barbarie en lo dionisíaco (la fuerza del volcán, del terremoto, de la vida en su despliegue) sino que el extremismo apolíneo resulta incluso mayormente barbarie (la fuerza de una bomba atómica, del Gulag o el campo de concentración). De Platón a Spinoza, de Nietzsche a Husserl, todos los grandes filósofos han reconocido la existencia de las pasiones y abogado por su dominio por la razón. Pero los Calicles y Trasímacos, la demagógia y los políticos, los poetas narcotizantes, están triunfado hoy sobre los filósofos tras una batalla que comenzó hace más de dos mil años.
En los llamados países del Tercer Mundo la ciudadanía crítica no se alcanza debido principalemente a la pobreza, la violencia, la carestía de lo más mínimo, la televisión y la explotación, en los llamados países desarrollados a causa de la riqueza, la avaricia, la abundancia consumista, la televisión y la explotación. En ambos mundos a causa, también, de la desposesión del poder político por parte de los ciudadanos, que siempre son gobernados, ya por una oligarquía burguesa, por profesionales de la explotación (banqueros y empresarios) y profesionales de la demagogia (políticos electos), dirigentes de una sociedad a la que nos empeñamos en llamar democracia representativa; ya por una dictadura o teocracia.
Mucha preocupación se muestró en Europa por el hecho de que el líder ultraderechista Haider subiese al poder en las elecciones del comienzo de milenio, comenzado a formar parte del gobierno de Austria, pero muy poco se investigaron las causas de tal hecho ni se hacieron preguntas acerca de ese 27 % de votantes que eligieron esa opción. Si un 27 % de votantes de ciudadanos austriacos votaron a Haider ello quiere decir que el programa de formación de ciudadanos de los países llamados democráticos está fallando terriblemente. Aplicadas las instituciones de enseñanza en forjar trabajadores sumisos, cualificados y obedientes, aptos para producir y consumir en el capitalismo globalizado, se prepara al mismo tiempo la masa más apta para la abducción demagógica. Como ha dicho el Papa de los valores: “Lo que más me preocupa del caso austriaco -¡ay, Thomas Bernhard, cuánta razón tenías!- no es Haider, ese vulgar desaprensivo sin mejor ideología que el afán de poder, sino sus votantes. Porque precisamente en democracia la responsabilidad de la política nefasta no es sólo culpa de los arribistas y aspirantes a tirano sino sobre todo de esos pésimos políticos, los ciudadanos que los eligen” (Fernándo Savater “Responsabilidad democrática”. El País 06/02/2000). Pero no acierta a detectar que son sus “valores políticos” teñidos de bonitos derechos pero cuajados de capitalismo y ese su “valor de educar”, tan valiente como paternalista, en unas instituciones degeneradas o, como la escuela pública, abandonadas, los que generan esos ciudadanos “hiperdemocráticos” que salen a linchar y perseguir inmigrantes extranjeros en el Ejido para defender su “derecho a la propiedad privada ilimitada”, o que abuchean opositores políticos o defienden a exministros cuya criminalidad ha sido probada en los tribunales. No se aprecian diferencias en el artículo de Ralph Dahrendorf (Ibid 13/02/2000) entre Haider “lider oportunista” y los gobiernos “democráticos” que lo condenan con gran aspaviento e indignación y cuyas “razones para intervenir son en parte nacionales y electorales” (Ibid.), ambos son demagogos y actuan de la mejor manera para ganarse la adhesión de una ciudadanía consumista y embrutecida, como en la nave de los locos de la que hablara Platón.
Si en 1991 a través de panfletos repartidos por la Unión Europea se acusó a los judíos de secuestrar y asesinar niños para extraer su sangre y celebrar con ella extraños rituales -como indicaba con preocupación Morris B.Abram en el International Herald Tribune (Saturday-Sunday, February 5-6, 2000)- no hay que limitarse a llevarse las manos a la cabeza ante semejante demagogia racista. Ya en 1945 se propagó la leyenda de que los nazis habían fabricado jabón con la grasa de los judíos y hasta hoy resulta muy popular creerse semejante tontería, cuando basta con atender a las aberraciones reales para no suscribir tal movimiento. Lo preocupante es que haya gente lo suficientemente estupida como para creer y atender a semejantes libelos de satanización, lo que indica que cada vez más somos víctimas de una educación deficiente y carne de cañón para la manipulación ideológica. Hace tiempo que se debería enseñar a quien quiera ver al Diablo que no tiene más que mirarse al espejo con suficiente profundidad y así, consciente de lo peor que hay en cada ser humano, esforzarse por cumplir con su parte y alumbrar por lo que a él respecta, lo mejor del ser humano.
Aunque también habría que investigar de qué clase de vida goza ese 27 % que votaron a la ultraderecha en Austria, por si acaso algunos de ellos no son tan obtusos como nos lo parecen. Fácil es decir que los etarras o los guerrilleros de Sendero Luminoso están locos, pero más difícil es darse cuenta de que el currante que para meramente existir y poder llegar a gozar de una vivienda, tiene que trabajar en una función poco estimulante (que no le deja tiempo para desarrollarse mediante otras actividades, accediendo tan sólo al consumo conspicuo y a la televisión) durante 40 años de su vida, para luego jubilarse y luego morir, puede que esté loco y que le hayan convertido en el más loco de todos los mortales.
A los judíos, el pueblo más culto del planeta y el que más grandes hombres ha proporcionado a la Humanidad, los nazis tuvieron que meterles a la fuerza, con amenazantes ametralladoras, en los vagones de los trenes que les llevaban a los campos de trabajo y exterminio. Hoy, sin embargo, millones de ciudadanos de los países democraticos del planeta, se acinan “voluntariamente” en los vagones de metro atestados de gente, para acudir a trabajar en hora punta; e incluso en Japón existe un cuerpo de empujadores que apretan a los viajantes de metro para que quepa el mayor número en la lata de sardinas. Mientras tanto, nuestros gobernantes electos se pasean en coche oficial y antes de que lleguen al restaurante de lujo en el que van a cenar a cuenta del contribuyente, los servicios de limpieza y seguridad se ocupan de borrar los grafitis y limpiar las calles, con lo cual el representante demócrata se cree que vivimos en el mejor de los mundos posibles y cuando los apestados del metro comienzan a votar al Haider de turno no se explica las razones de semejante descalabro electoral.
A Sócrates le llamaban el tábano en Atenas, porque incordiaba a todos los paseantes diciéndoles: “Eres ateniense, de la ciudad más bella y sabia de este mundo, ¿no te avergüenzas de buscar la riqueza y la fama y en nada cuidarte de mejorarte a ti mismo día a día?”. Por supuesto, lo mataron, bajo una democracia bastante mejor construida que la nuestra, ya que al menos, si se era ciudadano, se participaba directamente en las tareas de gobierno, no delegando las decisiones en un voto conseguido por el marketing.
Nos preocupamos de comer lo que sienta bien a nuestro organismo, escogemos aquello que alimenta y nos da fuerza, lo que permite crecer a los niños y vivir con salud a los ancianos. Generalmente, tenemos cuidado con lo que entra por nuestra boca, (aunque algunos coman hamburguesas), pero en nada vigilamos lo que entra por nuestros ojos y nuestros oídos.
Al mirar la televisión, el actual opio del pueblo, en ningún momento nos cuidamos de si es beneficioso o perjudicial para nuestra salud mental, sino que cada cual se come lo que le ponen delante del plato, sin meditar ni un instante sobre los efectos de tales viandas. ¿Favorecen nuestra libertad, igualdad y fraternidad? ¿Nos dan fuerza, nos alimentan acaso de manera que nos hacen crecer como seres humanos? ¿Nos convierten en solidarios, pacíficos, instruidos, emprendedores, libres y responsables?. El que se plantee responder a estas preguntas y cuide algo más que su estómago quizá acabe viendo menos horas la televisión y comprometiéndose más con la sociedad, pero hoy tener tal oportunidad, en el mundo que proclama la igualdad de oportunidades con tanta obstinación como la incumple, es sumamente infrecuente.
La labor pedagógica de las instituciones tradicionales, hoy empeñadas en la enseñanza temporal para el olvido, en lugar del aprendizaje permanente para la acción social, poco pueden hacer frente a la labor manipuladora y pseudopedagógica de los mass media. Quizá recogiendo retrospectivamente algunas experiencias del pasado para ver que nos pueden decir en el presente podríamos llegar a formular algunas vías de contrarrestamiento de los mass media y del neoliberalismo que los financia.
LA EDUCACIÓN GRIEGA: LA PAIDEIA EN UN PUEBLO DONDE ABUNDABAN LOS FILÓSOFOS.

“Platón aprendió rápidamente lo que formaba la instrucción de un niño ateniense de buena familia. No se sintió en modo alguno constreñido por ella. En República (II,376e) nos dice que es difícil mejorar la educación que hemos heredado tradicionalmente en sus dos aspectos de música para el alma y gimnasia para el cuerpo. La música para los griegos tenía, además de su sentido propio, otro más extenso, en el que se engloban no sólo el arte del canto y los instrumentos, sino toda la educación artística, y aún literaria y científica en general, presidida como estaba, por las Musas” (Tovar, Antonio Un libro sobre Platón. 2ª ed. Madrid : Espasa-Calpe, 1973. Colección Austral. Cap.III, p.24). Las nueve Musas según la lista más extendida eran: Urania (la astronomía); Clio (la historia); Talia (la comedia); Melpómene (la tragedia); Terpsícore (la danza); Euterpe (la flauta); Erato (la lírica coral); Polimnia (la pantomima) y Calíope (la épica). Resumen dichas nueve disciplinas las áreas de investigación en Grecia y en Heródoto se antepone el nombre de cada una de ellas a cada uno de sus Nueve Libros de la Historia.
El caso de la práctica de la gimnasia y de la música tiene una clara separación entre su ejercicio con ánimo de lucro, con vistas a la profesionalización (epi téchne) propio del atleta o de quien quiera convertirse en maestro de gimnasia o en músico profesional y el ejercicio sin ánimo de lucro y con vistas a la formación (epi paideia) propio del hombre libre que quiera desarrollarse física y armónicamente con salud y vigor. Por eso el joven Hipócrates ansioso de acudir a las enseñanzas de Protágoras se averguenza cuando Sócrates le pregunta si su intención de aprender del sofista tiene como finalidad la de convertirse él mismo en sofista. “SOC: ¿no te avergonzarías de presentarte a los griegos como sofista?” (Protágoras 312a). Ante lo cual responde el muchacho: “HIP: Sí, ¡por Zeus!, Sócrates, si tengo que decir lo que pienso” (Ibid. 312a). Porque un muchacho noble y libre de Atenas no acude a un sofista para profesionalizarse como sofista y desempeñar en el futuro tan modesta ocupación, sino para formarse como hombre y ciudadano, cosa que promete Protágoras al decir que en su compañía se hará mejor cada día.
“SOC: Pero tal vez, Hipócrates, opinas que tu aprendizaje de Protágoras no será de ese tipo, sino más bien como el recibido del maestro de letras, o del citarista, o del profesor de gimnasia, de quienes tu aprendiste lo relativo a su arte, no para hacerte profesional (epi téchne), sino con vistas a tu educación (epi paideia), como conviene a un particular y a un hombre libre” (Protágoras 312a-b). Hipócrates asiente, Sócrates ha sabido definir perfectamente lo que el muchacho va buscando de Protágoras, aliviando la inquietud que le había provocado con anterioridad, al dar la respuesta que el joven, confuso, no acertaba a expresar. Protágoras ante las insistentes preguntas de Sócrates sobre los beneficios que recibirá Hipócrates al seguir sus enseñanzas, responderá que progresará hacia lo mejor (tò Béltion épididomai) y que se hará mejor (Protágoras 318a-c). Y cuando se le preguntá en qué se hará mejor la respuesta de Protágoras queda sintetizada en éstas palabras de su interlocutor: “SOC: hablas de la ciencia política (tén politikén téchnen) y te ofreces a hacer a los hombres buenos ciudadanos (poiein ándras ágathous politas)” (Ibid.319a). Pretensión de la que Sócrates considera incapaz al sofista, lo que lleva a este a admitir que los ciudadanos se enseñan los unos a los otros y lo que llevará a Platón a plantearla desde la filosofía.
Frente a la educación que se considera que se obtiene del médico o el escultor en la Grecia clásica, contrasta la que se obtiene a través del maestro de letras, el citarista o el profesor de gimnasia. El aprendiz de zapatero pretende adquirir una enseñanza profesional, mientras que los ciudadanos libres y con recursos, al acudir a los maestros, no lo hacen con vistas a aprender una profesión que les reporte un salario del cual vivir sino a adquirir una formación variada e integral. Para ésto último, con vistas a la formación integral del ciudadano, Platón recomendará el cultivo general no profesionalizado de algunos de los relatos tradicionales (mythos) especialmente seleccionados (Rep.II,377a-c), de la gimnasia y de la música (Rep.III, 410b), luego de la filosofía (Rep.VI, 497a); y para los que destaquen en ésta, propone el estudio, ya con mayor detenimiento, pero no con vistas a la profesionalización sino a la realización de las tareas de gobierno y enseñanza, de la matemática (Rep.VII, 522c-530d) y de la dialéctica (Rep.VII, 531d).
Se entenderá que lo que en nuestros días se denomina educación obligatoria es un contrasentido, el maestro no puede grabar con un cincel en el cerebro de sus alumnos las lecciones. A los jovenes a quienes se les encierra contra su voluntad en unos centros de adoctrinamiento se les puede retener, e incluso obligar coactivamente a memorizar ciertas cosas que olvidarán en seguida, cuando las hayan vomitado en un examen, pero no se les puede enseñar.
Vista la enseñanza de la Grecia arcaica y clásicas, y la propuesta de Platón, curioso resulta que, en la actualidad, estudiar con posterioridad a los 28 años (continuar estudiando, mejor dicho), ser licenciado en algo o/y profesional de alguna cosa y emplear tiempo en el estudio, es cosa sumamente mal vista en nuestra sociedad actual. Hoy se estudia para producir, el joven a lo sumo se licencia en una Universidad y de los 25 a los 65 años se le destina al trabajo especializado y al consumo masivo, por eso en nuestra sociedad capitalista actual los institutos públicos de enseñanza secundaria no son más que guarderías, en las que, funcionarios de prisiones, modelan a las nuevas generaciones de trabajadores sumisos y obedientes, asegurándosele su suministro al Estado, el suministro de los aptos para ocupar en su mayoría los puestos asalariados más bajos y ruines de la sociedad. No se forman hombres ni ciudadanos, sino máquinas de producción y de consumo conspicuo para las que pensar resulta absurdo y paradójico.
En la Grecia clásica, donde los jóvenes selectos filosofaban en la juventud, también estuvo mal visto el continuar con la reflexión posteriormente a la adolescencia, como le indica Calicles a Sócrates: “Ciertamente, Sócrates, la filosofía tiene su encanto si se toma moderadamente en la juventud; pero si se insiste en ella más de lo conveniente es la perdición de los hombres. Por bien dotada que esté una persona, si sigue filosofando después de la juventud, necesariamente se hace inexperta en todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre esclarecido y bien considerado (Gorgias 484c-d)... Está muy bien ocuparse de la filosofía en la medida en que sirve para la educación, y no es desdoro filosofar mientras se es joven; pero, si cuando uno es ya hombre de edad aún filosofa, el hecho resulta ridículo, Sócrates (Ibid.485a)”. El joven griego cultivaba la filosofía para luego pasar a la política y valerse como gestor de la ciudad, el milagro griego está constituido de un amor al saber y al desarrollo de todas las capacidades humanas para lograr ser mejor, que se confunde a menudo con un medio de medrar en la sociedad y especializarse en la división del trabajo. El sofista que piensa que el mejor es el que consigue el éxito social no entiende a los personajes como Sócrates, estudiantes eternos de filosofía, que le resultan ridículos al no emplear el aprendizaje en la adquisición de riquezas, gloria y poder. Pero lo que resultan tales sujetos es una amenaza para el demagogo y una denuncia constante de las hipocresías de las que se alimenta lo más ruin de la ciudad. Por eso se les acaba matando.
No obstante, dada la actuación socrática con los jóvenes atenienses, o debido a los resultados de la misma (como es el caso de Alcibíades), su discípulo Platón (Rep.VII, 537a ss), recomendará no empezar a filosofar hasta los 30 años por quienes tengan ya bases sólidas en otras disciplinas de estudio y muestren aptitudes para la reflexión. La gimnasia, la música, determinada poesía y las matemáticas, se recomiendan como la base educativa general, que, cultivadas de por vida, proporcionarían orden y armonía al estudiante; a partir de los 30 años empezaría el camino de la filosofía cuando, se dedicarían 5 años a la dialéctica, después, 15 años de práxis dedicados a la política, para finalizar a los 50 años acometiendo la labor de gobernar, educar y filosofar.
La formación política y humana de los ciudadanos no es necesaria en unas sociedades gobernadas por la demagogia del espectáculo y la hipocresia. Cuando un futbolista, una cantante o un presentador de televisión son los personajes más emblemáticos de una sociedad en la que los grandes poetas, ignorados por la mayoría, acaban tirándose por la ventana. Cuando las declaraciones de principios meramente formales se esgrimen como coartadas de los hechos más viles e inconfesables. Cuando los seres humanos son mercancía homogeneizada, los ideales de la ilustración mueven a risa a los jóvenes, o a sonrisas cínicas y estúpidas de incomprensión absoluta, pero mejor si se sonrie, porque de lo contrario se corre el riesgo de volverse un hipócrita. Libertad, Igualdad y Fraternidad se mientan como los pilares de nuestra sociedad Occidental. Los políticos demagógicos de la sociedad de masas lo hacen a diario. Pero los jovencitos que son todavía sinceros consigo mismos saben que el dinero es el único pilar de la sociedad occidental y todo lo demás les parece, con razón, un rollo intragable. Entonces podríamos pasar a decir que los principios de la ilustración no son nuestros pilares sino nuestros ideales a alcanzar, pero de nuevo la realidad (los jóvenes viven todavía en la realidad que los adultos enmascaramos) les desmiente a los interpelados semejante aserción con rotundidad. La realidad se les aparece todos los días durante unas cuatro horas a través de la televisión.
La Ilustración nos engañó, prometió abolir el Antiguo Régimen para generalizar como derechos lo que fueron privilegios. Así, la esmerada educación de la aristocracia, dejaría de ser un lujo y se divulgaría La Enciclopedia para que el privilegio de la razón dejase el paso al derecho a la razón. Pero pronto la burguesía ocupó el puesto de la aristocracia y los tenderos reemplazaron a los nobles. Para el artísta, poeta, escritor, científico o filósofo, ha supuesto un desastre, pues los tenderos ya no requieren sus servicios, con la diferencia de que ya nadie recibe la formación que tuviera un aristócrata, porque estaba llena de cosas inútiles, es decir, no rentables en Bolsa.
Quien se declara, como el que aquí escribe, comunista platónico, sólo puede aceptar que la educación de John Stuart Mill se le conceda, si no a todos los hombres de cada sociedad, al menos a un número suficientemente representativo en todo el ámbito social. Fue éste uno de los pocos modernos que recibió una educación como la de Alejandro Magno y sin embargo, a quienes oyen hablar de ella, les mueve a espanto. Veamos sucintamente la formación de Stuart Mill: Su educación hasta la adolescencia estuvo a cargo de su padre, James Mill, quien le sometió a un rígido programa de estudio, ya que pensaba que todo lo que pudiera ser un hombre se debía a la educación. Se pasaban el día en el despacho paterno, el niño estudiando a su lado y con la licencia de preguntar cuantas cosas no comprendiese. John Stuart nos cuenta en su Autobiografía como se desarrolló su educación primaria y secundaria, bajo la supervisión y la dirección paterna: empezó a estudiar griego a los tres años aprendiéndome de memoria lo que mi padre llamaba vocablos, que eran una lista de palabras griegas con su significado en inglés y las cuales él me escribía en tarjetas. El estudio del latín no lo comenzó hasta los siete años, edad a la que leyó seis diálogos de Platón, aunque afirma que no comprendió bien el Teeteto; al mismo tiempo, aprendía aritmética y una gran cantidad de historia. Pocas veces se le consentía la lectura de libros de entretenimiento, como Robinson Crusoe, del que dice que le deleitó toda la infancia. Después de los ocho años John no solo tenía que aprender sino que enseñar también a sus hermanos menores. En esa época se dedicaba ya a la lectura de la Ilíada y la Odisea, de tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, de los mejores autores latinos, de una gran cantidad de historia y del estudio minucioso del gobierno romano. Antes de los doce años llegó a dominar el algebra, la geometría, el cálculo diferencial y algunas otras ramas de las matemáticas superiores. Su mayor entretenimiento por entonces era leer libros donde se relataban ejercicios de ciencia experimental. A los doce años comenzó a estudiar lógica. Leyó todo lo que Aristóteles había escrito sobre el tema, a varios escolásticos y a Hobbes. Todo ello con un único profesor, su padre, y en contacto con los eminentes amigos de éste, como era J.Bentham. En las horas de descanso paseaba con su padre y discutían. Al cumplir los catorce años se juzgó que el muchacho había llegado al momento de ver algo del mundo y se le envió al extranjero durante un año. A su regreso comenzaría sus estudios fuera de casa.
No muy diferente hubo de ser la formación de los Medicci en la Florencia renacentista. Pero si alguien indica que es imposible otorgar esa formación a todos los hombres entonces que no sea hipócrita y que reconozca que sigue vigente la esclavitud, y que no nos reproche el negarnos a colaborar con ella. Nosotros pensamos que el primer Estado de Platón sería viable, sin necesidad de suprimir las artes, la ciencia y la literatura convirtiéndolo en un estado de cerdos (cfr.Rep.II,372d). Bastaría con que trabajase cada ser humano tres horas al día para proveer a las necesidades con tal de que se eliminase la producción y el consumo superfluos y se mantuviese tan sólo lo nutritivo para el cuerpo y lo nutritivo para el espíritu, repartiendo por igual entre todos los hombres los enormes dividendos de los productos de la naturaleza, de la ciencia y de la tecnología que hoy han alcanzado cotas impresionantes.
FORMACIÓN + OCIO: LO NECESARIO PARA UN ALTO PORCENTAJE DE CIUDADANÍA CRÍTICA.

La formación más el ocio es lo necesario para una filosofía crítica potente dispersa entre la ciudadanía, para que la Ley surja de la democracia real representada por un Tribunal pupular disperso en todo el tejido social. Sin formación, el ocio se torna consumo conspicuo, televisión, fútbol y alcoholemia, opio del pueblo; más para quien alcanza formación política, violando todos los programas estatales destinados a impedirlo (y para eso no basta hoy por hoy con una licenciatura en filosofía) el ocio es fundamental para desempeñar el papel de ciudadano crítico, esto es, de filósofo.
Para una catedrática de Universidad que ganó su puesto con sucias componendas de hoy vota por mí mañana voto por tí, como Montserrat Galcerán, puede ser insoportable el ocio de los griegos, cuya dedicación a la filosofía se caracterizaría por “exigir a aquel que quiera dedicarse a su cultivo una buena dosis de ocio: se trataría de un saber privilegiado, destinado a unos pocos que pueden gozar de la ausencia de ocupaciones inmediatas... la filosofía como un lujo para una minoría... ligada al modelo ancestral de una Universidad para la educación de las élites” (M.Galcerán, Anexo a CM11). Para Galcerán puede sonar la necesidad de ocio para la filosofía como algo aristocrático y elitista desde su obrerismo de salón, dado que ella gana (pues el puesto que ocupa así se remunera) entre 400.000 y 600.000 pesetas al mes dando entre 5 y 8 horitas de clase a la semana como jornada laboral. Nosotros exigimos la misma formación y ocio de que ella disfruta para toda la sociedad, para que al menos un número lo suficientemente amplio de la misma pueda llegar a desarrollarse hasta alcanzar un juicio crítico en su vida ciudadana, sea cual sea la profesión que desempeñe, y no sólo unos pocos privilegiados. De lo contrario nada podrá impedir que la sociedad se siga vertebrando en dos clases:La cultura y la casta. No puede nacer una cultura superior más que en aquellas sociedades en donde existan dos castas claramente diferenciadas: la de los trabajadores y la de los ociosos, capaces de verdadero ocio; o, con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la casta del trabajo libre. El reparto de la felicidad no es un punto de vista fundamental cuando se trata de crear una cultura superior; pero el hecho es que la casta de los ociosos tiene una mayor capacidad de sufrimiento, que sufre más, que su alegría de vivir es menor y que su tarea es más pesada. Si se produce un intercambio entre las dos castas, de forma que los individuos más obtusos y menos inteligentes de la casta superior sean relegados a la casta inferior, y a su vez los seres más libres de ésta tengan acceso a la otra, se logra un estado más allá del cual no se ve más que el mar abierto de las aspiraciones ilimitadas. -Esto es lo que nos dice la voz agonizante del pasado: pero ¿habrá oídos que la oigan?”. (Nietzche Humano demasiado humano I, 439).
Nietzsche no era un burgués hipócrita, porque reconocía que su posición era de privilegio y que no se resolvía con meras apelaciones a la ideología humanista moralizante, sino que eso era la forma moderna de perpetuar de una manera mezquina e hipócrita el mismo aristocratismo del antiguo Régimen, pero enormemente degradado por la compra-venta. A su juicio era mejor ser esclavo que obrero que se cree libre sin serlo: “Los esclavos y los obreros. Concedemos más valor a la satisfacción de nuestra vanidad que al resto de cosas que constituyen nuestro bienestar (seguridad, puesto de trabajo, placeres de todo tipo), como se evidencia hasta extremos ridículos en el hecho de que todo el mundo (al margen de razones políticas) desee la abolición de la esclavitud y rechace con horror la idea de reducir a alguien a ese estado: pero todo el mundo debiera reconocer que los esclavos llevaban una vida más segura y feliz en todos los aspectos que el obrero moderno, que el trabajo servil era poca cosa en comparación con el del “trabajador”. Se protesta en nombre de la “dignidad humana”, pero lo que se encuentra debajo de este eufemismo es nuestra querida vanidad que nos lleva a considerar que no hay peor suerte que no ser tratado como igual, que ser considerado públicamente inferior. -El cínico piensa de otro modo en este aspecto, porque desprecia el honor -de ahí que Diógenes fuera durante un tiempo esclavo y preceptor doméstico». (Nietzsche Humano demasiado humano I, 457).
La meritocracia del liberalismo acabó con la aristocracia para extender la esclavitud (ya no era necesaria la antigua porque se generalizó la moderna), eso es, el trabajo asalariado, y situar en la cúspide social, además de al capitalista, al nuevo detentador del patrimonio y el capital, ya no un noble terrateniente rentista sino un banquero o un empresario financiero, o los asalariados más productivos, que en la sociedad del consumo de masas son los cantantes de rock, los futbolistas, las modelos, los actores cinematográficos, junto a los publicistas y los directivos. La esclavitud se ha ampliado más que nunca porque quien no dispone de las tres cuartas partes de su tiempo para sí mismo es un esclavo, haga lo que haga: “El grave defecto de los hombres activos. Lo que les falta ordinariamente a los hombres activos es la actividad superior, es decir, la actividad individual. Actúan en calidad de funcionarios, de hombres de negocios, de expertos, es decir, como representantes de una categoría, y no como seres únicos, dotados de una individualidad muy definida; en este aspecto, son perezosos. La desgracia de los hombres activos es que su actividad resulta siempre un tanto irracional. No cabe preguntar al banquero, por ejemplo, el objetivo de su compulsiva actividad, porque está desprovista de razón. Los hombres activos ruedan como lo hace una piedra, según el absurdo de la mecánica. Todos los hombres, tanto de hoy como de cualquier época, se dividen en libres y esclavos; pues quien no dispone para sí de las tres cuartas partes de su jornada, es un esclavo, sea lo que sea: político, comerciante, funcionario o erudito”. (Nietzsche Humano demasiado humano I, 283).
Ante Nietzsche, que es antiliberal y antimoderno, que critico con saña tanto al Estado prusiano-hegeliano como al socialismo, cabe o bien la postura aristocrática o bien la postura anarquista. Pero está claro que tener tres cuartas partes del tiempo para uno mismo, condición para no ser esclavo, es algo que está ligado a la economía, individual y colectiva, y que no se consigue más que individual y epicúreamente en el liberalismo capitalista. No se le ocurrió a Nietzsche que podía ser lo suficientemente radical como para exigir universalmente la liberación de los esclavos, sino que vió tan sólo una salida individual, logró su libertad individual al renunciar a su trabajo de profesor universitario y disponer de las tres cuartas partes de su tiempo libre viviendo con suma austeridad de su pensión por enfermedad.
La igualdad económica colectiva (no otra) es conditio sine qua non de la libertad colectiva. Para conseguir la libertad colectiva habría que reducir la jornada laboral a tres horas al día (15 semanales), o menos, dependiendo de la función a desempeñar, y proporcionar a todo ser humano la renta que le corresponde por el mero hecho de nacer, el porcentaje que le corresponde de la riqueza que produce la ciencia, la tecnología o la tierra. Así sería compatible el trabajo forzado y el trabajo libre, no tendrían que inmolarse muchos para que pudieran vivir unos pocos, y la verdadera democracia, la participación directa de todos los ciudadanos en la asamblea ejecutiva y en la asamblea judicial, como la hubo en la Atenas de Pericles, podría realizarse también generalizadamente.
Quien, como Aristóteles hiciera con las de la antigüedad, se moleste en hacer un estudio comparado de las diversas Constituciones de nuestro presente actual, quizá se sorprenda al encontrar que es en la Constitución de la República Islámica de Irán donde se contempla la necesidad de ocio para toda la población: “Artículo 43.3: La planificación de la economía nacional, deberá estructurarse de tal manera que la forma, contenido y horas de trabajo de todo individuo le deje suficiente ocio y energía como para comprometerse, más allá de su responsabilidad profesional, en actividades intelectuales, políticas y sociales, que le permitan un desarrollo integral; tomar parte activa en los asuntos del país, desarrollar sus habilidades y hacer pleno uso de su creatividadxi“.
En la actualidad los estudios institucionales (como todo) tienden a plegarse a las necesidades del mercado, sus investigaciones, al aumento del control social (baste como ejemplo la relación de la psicología, sociología y filosofía con la selección de personal o recursos humanos) y por ello, para burlar el cerco, sigue vigente la consigna que Agustín García Calvo hiciera a los jovenes del 68, tendente a impedir que acabasen ocupando los puestos de la burguesía que les estaban destinados (traición a la propia clase, §18), sin que le secundaran, como históricamente hemos visto: “seguir siendo estudiantes indefinidamente... perpetuos retrasados mentalesxii... de tal modo que, bien que importe para la continuación del pronunciamiento que las nuevas oleadas de estudiantes más recientes sigan viniendo (como siguen viniendo de hecho, sin que haga falta molestarse para ello demasiado) con el deseo y la conciencia de que a lo que de veras vienen a entrar no tanto en la Universidad (que cada vez se sabe menos lo que sería) sino en el pronunciamiento, más importante todavía es seguramente el hecho de que de año en año vayan siendo más numerosos los viejos estudiantes que se quedan, que no terminan, que siguen con ello indefinidamente” (Anónimo De los modos de integración del pronunciamiento estudiantil. Atribuible a A.G.Calvo. Editorial Lucina. Madrid 3ª edición 1987; 1ª edición Paris 1973. §10, pág.25; cfr. §32: “durar en la subversión” y §36: “sigamos siendo estudiantes por maneras y períodos indefinidos... que las carreras no lleguen a terminarse nunca... indagar, preguntarse, experimentar y discutir interminablemente”). (Respecto al ocio cfr.ibid.§16).
A Juan Bautista Fuentes le preocupa la empresarialización de la Universidad, como si no fuese simplemente un detalle insignificante dentro de un mucho más vasto proceso de globalización universal. Sólo habla y se preocupa por que sea “suprimida precisamente la que debiera ser la capacidad crítica del estudiante universitario para interesarse por el significado social y político de sus eventuales puestos de trabajo” (CM11, p.30) como si no fuese éste un ciudadano más entre millones y la capacidad crítica del resto no importase en absoluto. “Bajo semejante ideología de la libertad de compra por parte del cliente, se esconde naturalmente la formación de un nuevo tipo de estudiante universitario que resulta ser (objetivamente) una función de los intereses tecnoeconómicos que le aseguran un puesto de trabajo, suprimida precisamente la que debiera ser la capacidad crítica de un universitario para interesarse por el significado social y político de sus eventuales puestos de trabajo; y es a este nuevo tipo de estudiante al que procuran halagar y dirigirse quienes creen haber visto en la formación de ejecutivos un posible objetivo formal de la enseñanza de la Humanidades. Ahora bien, estos estrategas de la salida laboral parecen no haberse percatado de una singular paradoja, a saber: que si el estudiante de humanidades se muestra comparativamente más eficaz en las tareas de ejecutivo incluso que los licenciados en principio formados para ello, esto se debe precisamente a la mayor capacidad crítica” (CM11, p.30). Lo primero a resaltar es la ingenuidad de Fuentes al creer que sus estudiantes tienen capacidad crítica, cuando precisamente esa corte mesiánica de discípulos que siguen a un profesor de lo que dan muestra es de su escasa independencia y de su carencia de criterio. Acostumbrado a tratar de forma paternalista con jovencitos, Fuentes, como muchos otros profesores uiniversitarios, ha perdido la medida de la crítica y considera bien formado a quien repite, como un magnetófono, lo que ha oido en sus clases. Pocos de los que acaban la carrera de Filosofía se dan cuenta de ésto. Lo que hacen quienes llegan a ser conscientes de que apenas han empezado cuando se les dice que ya tienen que acabar es empezar a estudiar Matemáticas, Física, Biología, Filología, Idiomas, Historia, Economía y Política, a parte de empezar a leer todas las obras filosóficas que llevaban citando y oyendo durante cinco años sin nunca llegar a leerlas y estudiarlas en su integridad y sin haberse acercado ni lejanamente a los originales. Los que hace tiempo se licenciaron actúan así porque ya saben que no saben, principio socrático elemental del comienzo del filosofar, pero la Academia y los profesores ya los miran con desconfianza, al igual que la sociedad capitalista, que los reclama para la producción y el consumo. Los que se hayan convertido en profesores de Instituto no podrán proseguir sus estudios sino que se degenerarán progresivamente para sobrevivir a la ESO, siendo tan escasísimo el número de los superhombres que consigan proseguir profundizando en sus aprendizajes (cuando su empleo les pide lo contrario, trivializar sus enseñanzas) que resulta más bien lamentable los muchos que no siguen frente a los pocos que logran continuar. Del resto empiezan algunos a vivir de la limosna, es decir, las becas, con todo el baboseo y la bajeza que conlleva el intentar seguir la carrera endogámico-meritocrática que lleva a trabajar en la Universidad; otros, con posibles familiares deciden socializar por su parte los ingresos de papá, ¡bien hecho!, el que tenga una familia de cerdos enriquecidos será, además de cerdo, estúpido, si no vive de ese odre; los menos consiguen un trabajo que les permite seguir estudiando, aunque el contacto con la Academia, (dado que sus antiguos compañeros ya no volverán, dedicados como están a parir, trabajar y consumir, tras haber abandonado todo interés por la filosofía), tiene hoy por hoy muy pocos alicientes para el ciudadano que consigue seguir estudiando tras pasar la barrera de los 30 años y pese a haberse insertado en el mundo laboral. Este tipo de estudiante mantiene un mínimo contacto con la Universidad, acudiendo a lo sumo a un curso de doctorado interesante en el que participar algo más que como comparsa (al haber leído bastante ya del tema que trabaja el profesor). Pero su acción filosófico-política se tiene que orientar finalmente fuera de una Universidad, cargada de pseudoerudición doxográfica gremial donde ya nadie escucha a nadie (ni siquiera nadie entendería a nadie si se hablasen dado el enorme barroquismo alcanzado por las jergas pseudopostmodernas y de otras índoles), para dialogar en su vida profesional y mundana con sus conciudadanos de temas de preocupación general, no sólo en lenguaje nacional sino con terminología entendible por cualquier hablante de cultura media, participando en debates, colaborando en publicaciones abiertas, interviniendo en Internet o realizando traducciones y divulgaciones.
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