Educación contra mercado: la filosofía y la formación política de la ciudadaníA. Simón royo hernández



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EDUCACIÓN CONTRA MERCADO: LA FILOSOFÍA Y LA FORMACIÓN POLÍTICA DE LA CIUDADANÍA.
Simón ROYO HERNÁNDEZ

Vigilante Nocturno

siroyo@rocketmail.com
1ª PARTE
A PROPÓSITO DE LAS CRÍTICAS A GUSTAVO BUENO DE JUAN BAUTISTA FUENTES: UN DESARROLLO COHERENTE DE LAS TESIS BUENISTAS.
Gustavo Buenoi defiende una visión estricta de lo que es la filosofía (distinción platónica entre filosofía, ciencia y opinión) y laxa de los lugares donde se hace o tiene lugar la filosofía (ciudadanía); mientras que J.B.Fuentesii adopta una visión laxa de lo que pueda ser la filosofía (no muy distinguible de la ideología) y estricta (gremial) del lugar (instituciones estatales de enseñanza) donde se hace o tiene lugar la filosofía. Para el primero la filosofía brota eminentemente de las ciencias, mientras que para el segundo la filosofía brota principalmente entre las ideologías. El primero recomienda estudiar las Ciencias como saberes necesarios y constitutivos del quehacer filosófico, el segundo el estudio de la Historia como disciplina complementaria al quehacer filosófico.
En lo que sigue demostraremos que la posición del primero tiene una mayor capacidad reductora que la alternativa crítica que le plantea el segundo e incorpora un mayor número de contenidos del presente, con lo cual este segundo deberá estar dispuesto a ceder posiciones ante una opción teórica más potente; ya que supera los obstáculos que se le planteaban, como veremos, bien mediante los desarrollos que expondremos a continuación o bien mediante las disoluciones de las objeciones que se producirán cuando mostremos que son debidas a una interpretación más estrecha.
EDUCACIÓN Y ESTADO: LA DIFUSIÓN DE LA IDEOLOGÍA DOMINANTE Y LOS POSIBLES LUGARES DE LA FILOSOFÍA EN LA SOCIEDAD ACTUAL.

Por un lado reconoce Fuentes que las instituciones de enseñanza que el Estado pone en funcionamiento tienen la misión, encomendada por éste, de propagar la ideología vigente y dominante, además de formar trabajadores cualificados y obedientes que reproduzcan dicha ideología a otras escalas de la enseñanza oficial:



“En principio, todas las formas de institucionalización donde la filosofía pueda tener lugar tienden a acabar funcionando como formaciones ideológicas, y por tanto a reciclar la crítica dialéctica bajo formas metafísicas” (CM11, p.20). Sin embargo, considera que al filosofía sólo tiene vida en el interior de dichas instituciones de enseñanza, confundiendo la necesidad de la existencia del Estado para la existencia de la filosofía, (en cuanto surgida en sociedades excedentarias: urbanas, políticas y civilizadas, cfr.Ibid.p.15; sociedad que, sorprendentemente, califica de “inexorablemente capitalista” CM11, p.42), con la necesidad de que la filosofía, -sin privilegiar a la/s ciencia/s (geometría) positivas como criterio/s de discriminación de las ideologías-, se desarrolle de manera privilegiada en el interior de las instituciones estatales: “De aquí que los Estados necesiten institucionalizar (sin duda, de muy diversos modos) la actividad filosófica, generar instituciones eminentemente públicas, o bien directamente estatales, o al menos de algún modo controladas por el Estado, donde la filosofía deba tener lugar, y a través de las cuales se juegue la vida misma del Estado. Mas por ello mismo, estas instituciones tendrán que albergar dicho juego dialéctico, y por tanto tendrán que soportar los momentos en los que la crítica dialéctica brota entre sus reapropiaciones metafísicas, como parte de su propio juego” (CM11, p.23). Desde luego que el homo erectus no vivía en una sociedad en la que pudiera desarrollarse la filosofía, sin embargo, los egipcios y los persas contemporáneos de los griegos clásicos sí que vivian dentro de unos marcos estatales e institucionales y no por eso desarrollaron, como sus vecinos, la filosofía. Si bien la existencia del Estado es condición necesaria de la filosofía no es condición suficiente, y además, no podemos obviar los diferentes modelos de Estado posibles y declarar, con Fuentes y los neoliberales, que toda economía excedentaria tiende necesariamente al capitalismo, pues ¿acaso en la antigua URSS, en la Cuba de hoy, en la Hungría comunista de G.Lukács, no se hacía filosofía?
Si, más allá de la mera mención de la necesidad de excedentes de producción se atiende a las configuraciones de la educación en el desarrollo de los Estados y de los Imperios se puede percibir que su función es sumamente ambigua, como es el caso de la introducción de la escritura. Fuentes tan sólo atiende a sus virtualidades positivas, limitando la acción de la alfabetización a la posibilidad del surgimiento de la Ley, pero hace caso omiso a sus virtualidades negativas que, por ejemplo, se aprecian en las investigaciones del antropólogo C.Lévi-Strauss.
Éste nos recuerda que el surgimiento de la escritura hacia el tercer o cuarto milenio antes de nuestra era va ligado a la “formación de ciudades y de imperios”iii, a “la integración de un número considerable de individuos en un sistema político”iv y con ello, a una eficaz distribución vertical de las sociedades, a la “jerarquización en castas y clases”v. La estructura piramidal de las sociedades, no obstante, también existió con anterioridad a la escritura, sostenida por otros medios de sujeción (orales), pero aquí lo fundamental es darse cuenta de cómo la escritura entró a formar parte de los recursos de dominación de las culturas humanas, sirviendo de apoyo, por ejemplo, a la religión, que pasa a codificarse, y al Estado, al control de los subyugados, que pasan a cuantificarse.
“Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. Esta explotación, que permitía reunir a millares de trabajadores para constreñirlos a tareas extenuantes, explica el nacimiento de la arquitectura... Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud. El empleo de la escritura con fines desinteresados para obtener de ella satisfacciones intelectuales y estéticas es un resultado secundario, y más aún cuando no se reduce a un medio para reforzar, justificar o disimular el otro”vi. Tenemos aquí planteada la teoría de la doble verdad característica de la hipocresía que ha teñido la política contemporánea. Los medios de dominación son presentados como elementos de liberación, de modo que la escritura oculta su carácter adverso y se presenta escolarmente como un inicuo placer estético, como un juego estético que puede estar encubriendo al intelectualismo orgánico. Lévi-Strauss nos ayuda a romper semejante ideología: “Si la escritura no bastó para consolidar los conocimientos, era quizás indispensable para fortalecer las dominaciones. Miremos más cerca de nosotros: la acción sistemática de los Estados europeos en favor de la instrucción obligatoria, que se desarrolla en el curso del s.XIX marcha a la par con la extensión del servicio militar y la proletarización. La lucha contra el analfabetismo se confunde así con el fortalecimiento del control de los ciudadanos por el Poder. Pues es necesario que todos sepan leer para que este último pueda decir: la ignorancia de la Ley no excusa su cumplimiento (sic)”vii. La cultura de masas actual, no obstante, es doblemente oral y escrita, sujeta a la televisión, a la imagen que habla y al mismo tiempo, en cuanto alfabetizada, a la ideologización escrita, a la lectura de los periódicos y los best-sellers, a la acción de marketing sobre la conciencia burguesa de un capitalismo que ha traspasado la mera esfera de la reproducción material.
Desde ésta perspectiva la Ilustración educativa, la instrucción obligatoria de los ciudadanos, revela que todo método de socialización es empleado, simultáneamente, como método de dominación. Tras la formación de ciudadanos ilustrados en democrática y participativa convivencia se oculta la preparación de carnaza para ser explotada en el mercado laboral, la formación de obreros cualificados y obedientes. El sueño del total alfabetismo de las sociedades es un nuevo instrumento de poder, quizá no menos tenebroso que los mecanismos de la transmisión oral, pero al menos sí completamente novedoso respecto a las sociedades sin escritura y más omniabarcante. Pero el aumento del control social por los gobernantes no se debe solamente al empleo de la escritura, toda la tecnología y todo el desarrollo científico-técnico han contribuido a un mayor control, tanto ejercido contra la sociedad (p.ej.racionalidad instrumental del exterminio nazi) como a favor de ésta (p.ej.erradicación del virus de la viruela del planeta). El control social por tanto, es como la escritura misma, un Jano bifronte que nos lanza una paradoja terrible: no podrás inocular racionalidad política en oposición a la barbarie sin aumentar la codificación y el control social y con él, la posibilidad de predicción y planificación de las ciencias sociales, pero éste último, abrirá al mismo tiempo la posibilidad de los mayores actos de barbarie.
A diferencia de los pueblos sin escritura (que utilizan otros mecanismos de dominación) en los pueblos en los que predomina la cultura escrita, la información impresa constituye uno de los principales elementos materiales de modelamiento de las conciencias y la herramienta de producción y mantenimiento de las ideologías, «accediendo al saber asentado en las bibliotecas, esos pueblos se hacen vulnerables a las mentiras que los documentos impresos propagan»viii. Con la imprenta (y no digamos con los medios audiovisuales como la televisión) se propagan mentiras con apariencia de verdades, falsedades que, la manía revisionista del re-pensar los documentos transmitidos por la tradición, se ha propuesto combatir. Pero el proceso de desmitificación quizá es más lento que los mecanismos múltiples de producción de mitologías, con lo cual, pensando que vivimos en un mundo cada vez más racional, es posible que vivamos, por el contrario, en un espacio cada vez más mitologizado.
La institucionalización de la enseñanza implica formaciones ideológicas dominantes puestas en juego, no siendo menos ideológica la Historia que se impartía durante el franquismo que la Historia que se imparte ahora en las escuelas españolas o en las escuelas catalanas o vascas. Hay que decirle a Fuentes que su visión de la filosofía en la Universidad es tremendamente provinciana ya que la presencia de las facultades de filosofía en el panorama universitario, dada la multiplicidad de facultades y saberes, es más bien pequeña y muy poco determinante en términos sociales. Son más bien los medios de comunicación de masas, los sucedáneos de la filosofía hoy en día (cfr.QF, p.73), quienes ocupan su lugar y su función, configurando la opinión o juicios del pueblo; el periodismo y la televisiónix, difícilmente contrarrestables desde una institución cerrada sobre sí misma y, sin embargo, sin unidad alguna, como es la Universidad. Institución alejada y cerrada a la ciudadanía, la cual jamás participa en ella, dada una estructura burocrático administrativa dirigida a la matriculación de alumnos de determinadas edades, destinados a formarse en doxografía para concurrir laboralmente a la guardería que hoy se insiste en llamar enseñanza en secundaria, donde se imparten a lo sumo las Éticas para Amador como el grado más excelso de filosofía.
“De hecho, si estas minusfilosofías ideológicas invaden la enseñanza secundaria es por su objetiva función social, en la que objetivamente no puede dejar de estar implicado el Estado: A su vez, semejante implicación exige que sean asimismo estas ideologías minusfilosóficas las que se implanten en la enseñanza universitaria de filosofía, puesto que de ésta depende la formación de los profesores de filosofía que han de alimentar la atmósfera adecuada en la enseñanza secundaria. El Estado no puede dejar de estar objetivamente interesado en el mantenimiento de la filosofía, tanto universitaria como secundaria, en la medida misma en que está interesado en la reproducción de una determinada atmósfera ideológica que sólo puede cobrar forma a través de semejantes filosofías, por muy menores y degradadas que ellas sean —y esto, aun cuando los propios Estados de estas sociedades se vean crecientemente reducidos y desbordados por los intereses tecnoeconómicos transnacionales, respecto de los cuales comienzan a funcionar como meros apéndices, pero en todo caso apéndices necesarios para aquellos intereses que deben seguir jugando el juego ideológico que dichos intereses imponen—. Según esto, sólo entre medias de semejantes ideologías (minusfilosóficas, como digo), puede brotar la crítica. Esto es lo que hay...” (CM11, p.31-32, ponemos en negrita las últimas frases para resaltar su alto nivel de resignación y ceguera, pues hay más de lo que Fuentes dice que hay). Lo contrario a lo que dice Fuentes es más bien aquí lo verdadero, resulta milagroso que entre ideologías pueda llegar a brotar la crítica, casi podría decirse que la filosofía surge en nuestra sociedad a pesar del Estado, que un estudiante de filosofía puede llegar a hacer filosofía a pesar de lo difícil que se lo pone la Universidad, que la fiebre doxográfica puede ser en lugar de una ayuda propedéutica inestimable para el quehacer filosófico, un impedimento. Gustavo Bueno lo deja ver con la observación del carácter de parcialmente “contraproducentes” (QF, p.71) que pueden tener hoy las instituciones de enseñanza reglada y su gremio de enseñantes profesionales a los efectos del surgimiento de la filosofía entre los ciudadanos: “Solamente en el supuesto de que la acción de este gremio fuera contraproducente para la educación filosófica cabría proponer su disolución... o la reconversión del gremio en su conjunto” (QF, p.73), supuesto que dice Bueno “parece gratuito” (Ibid.) pero que en fiel coherencia con su postura y desarrollando sus planteamientos llega a no parecer tan gratuito.
El Estado está interesado en la minusfilosofía, en la ciudadanía estulta y embrutecida lo suficiente para ejercer sobre ella la demagogia más barata pero funcional a efectos laborales. Los profesores de filosofía de secundaria no degradan su docencia por su complaciente voluntad, malformados, expuestos a toda clase de vejaciones y con un alumnado analfabeto funcional, no tienen más remedio si quieren sobrevivir en el medio que degradar su materia y degradarse a sí mismos. La función social de los profesores de secundaria se reduce a guardería y selección más propedéutica para la profesionalización, asignando, desde cada vez más pronto (especialización y temprana optatividad), el trabajo asalariado al que se destina a un ciudadano desde los 14 años. ¿Qué le espera al jovencito de 16 años que acaba el obligatorio graduado en educación secundaria y abandona sus estudios? Ser cajero del Día, poco más. Y consumir fútbol, alcohol y televisión, además de teléfonos móviles y juegos de ordenador. Votará cada cuatro años a quienes le ordenen votar los medios de comunicación de masas, a quien más dinero tenga para publicitarse y saldrá a la calle con las manos pintadas de blanco gritando ¡Eta asesina! para luego irse al Estadio futbolístico a partirle la cara al del equipo contrario al suyo. Desde luego no son esos los lugares para la filosofía ni tal ciudadano en el que brilla una conciencia crítica y comprometida, pero decir por ello que el lugar de la filosofía es la Universidad sería como aceptar que el lugar de la música es el Conservatorio superior o que el del arte es la Facultad de Bellas Artes. No todos los ciudadanos son ciudadanos alienados (recuérdese que la ideología es la alienación a nivel de la conciencia) sino que existe un cierto número de ciudadanos críticos y es de la mayor o menor cantidad de ciudadanos de este tipo de lo que depende que se pueda hablar de una sociedad con formación política o sin ella. Sostenemos que, si bien los profesores de filosofía pueden (aunque en las condiciones de la ESO cada vez menos) desempeñar algún papel a tal respecto, como los profesores de cualquier otra materia, también y principalmente del contacto con los ciudadanos críticos o ilustrados es que brotan otros ciudadanos críticos. Y en lo relativo a la filosofía, que situamos por encima de la mera conciencia crítica, ésta no queda circunscrita a la Academia-universitaria, sino que brota cuando los ciudadanos ilustrados tienen el suficiente ocio y talento para desarrollarla. Los grandes novelistas no están en las facultades de filología, ni los grandes músicos en los conservatorios de música, ni los grandes artistas en las facultades de Bellas Artes, algunos han pasado por esas instituciones formativas otros no sólo no han pasado por éstas sino que han sido rechazados por ellas (p.ej. no siendo admitido Goya en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando). Pretender que el profesor de filosofía es el albacea de la filosofía es querer darle una importancia excesiva a un funcionario que en la mayoría de los casos (salvo loables excepciones) deja intelectualmente mucho que desear y de lo único que se preocupa es de su salario y de su carrera meritocrática, escondiendo su incapacidad filosófica bajo montañas de mala doxografía.
“La unidad de concepto «profesores universitarios de filosofía de finales del siglo XX», es fundamentalmente de estirpe administrativa, lo que, lejos de excluir, implica, sin embargo, un mínimum de patrones culturales comunes (como puedan serlo: haber leído un mismo conjunto -cada vez menor- de manuales, citar de vez en cuando a Platón o Wittgenstein y utilizar algunos términos característicos identificadores del gremio tales como «óntico», «silogismo», «trascendental»... Pero esta unidad gremial no autorizaría a hablar de una «comunidad de filósofos españoles», a la manera que suele hablarse de una «comunidad científica». Una comunidad supone un consenso, aunque sea polémico, en torno a ciertos métodos, temática, principios, por parte de las personas que,... constituyen la comunidad... Pero el «conjunto de profesores univer-sitarios de filosofía» no sólo no mantienen consenso alguno sobre métodos, temática, o principios doctrinales, sino que sus miembros ni siquiera se conocen (intelectualmente) entre sí, puesto que se ignoran mutuamente, no se citan, ni se leen, ni se escuchan los unos a los otros, absorbidos como están en su mayoría, en leer, escuchar o citar a pensadores extranjeros”. (Revista El Basilisco Nº8, segunda época, primavera 1991: Bueno, Gustavo «Sobre la filosofía del presente en España», pág.60).
El grave defecto de los profesores universitarios de Humanidades reside en su soberbia intelectual, que suele ser proporcional a su degeneración académica. En las universidades de nuestros días los jóvenes se preparan para su cualificación y habilitación profesional, han llegado al más alto escalafón formativo dentro del Estado y están destinados a reemplazar en breve futuro a las clases dirigentes en el ejercicio de la gestión social. Los esclavos ya han sido seleccionados previamente pero todavía se impone una penúltima selección antes del mercado de trabajo que plataforme a unos arriba y a otros abajo. Esto es así en casi todas las esferas formativas menos en las Humanidades. De ellas el Estado sólo busca proveerse de profesores o de directores de recursos humanos. Su escasa proyección profesional es inversamente proporcional al número de jóvenes con verdadera curiosidad intelectual que llegan a poblar las aulas universitarias donde se imparten tan inútiles disciplinas. Por eso mismo, el profesor universitario de humanidades, al verse frente a unas poblaciones estudiantiles motivadas por la materia y no tanto por el dinero que conseguirán llegar a ganar algún día a través de su estudio sufren de la fiebre mesiánica. Año tras año frente a jóvenes ansiosos como esponjas de beber de ellos, pero siempre entre mocosos de 18 a 25 años, el profesor de humanidades, al nunca tratar con estudiosos de entre los 30 y los 65 años, (que o son profesores como ellos y por eso mismo les resultan detestables a causa de portar criterios alternativos a los suyos, o, simplemente, son trabajadores y por tanto, no pudieron continuar sus estudios más allá de, a lo sumo, el doctorado), se empieza a creer Dios y a reunir feligreses que adoran sus sermones. Ya sólo le interesa aquel estudiante que es capaz de repetir como una grabadora sus lecciones doctrinales, los fieles pupilos, y mira con torva desconfianza a cualquier alumno que llegue a pensar por su cuenta, ya que tiene la osadía de considerarse su igual. Los departamentos hacen las veces de Iglesia con la que hay que comulgar y como contínuamente el material juvenil se renueva, los profesores siempre son extremadamente superiores a sus alumnos, pues justo cuando habían empezado a ser interesantes los mejores alumnos, (por haber aprendido ya lo básico y ser ya capaces de discriminar a ese 10% de profesores realmente valiosos entre la patanería restante, agotadas ya todas las becas), se tienen que marchar al mercado de trabajo o al paro, viniendo una nueva hornada de ignorantes que adoctrinar. Por eso los profesores de humanidades universitarios siempre están por encima de sus pupilos. Al cabo del tiempo, ese tan fácil estar por encima, no les deja apreciar su propia degradación científica, su propia pérdida de desarrollo, sus contenidos cada vez más triviales, su estancamiento, y terminan dando lecciones triviales cuando no absurdos galimatías de terminología neobarroca, que no obstante, son siempre aplaudidos por los neófitos, por quienes carecen aún de criterios de discriminación. Es de resaltar como los profesores de humanidades universitarios no pueden ni verse entre ellos, se evitan, para no ser evaluados por sus compañeros, y cuando no pueden evitarse se espera de los profesores sabios que tengan el tacto necesario como para no desenmascarar a los farsantes, planeando sobre los primeros la amenaza tácita de guerra burocrática funcionarial (que no intelectual) en caso de no guardar la ley del silencio. Por eso cuando sucede, que rara vez, el que un buen alumno de un buen profesor consigue sustraerse lo suficiente a la esclavitud de la mayoría de las jornadas laborales como para seguir asistiendo a la Academia, lo hace ya sin matricularse, asistiendo como oyente a las clases de quien fue su maestro y ahora es su compañero de investigación. Pero aun así, hay algo en la Academia que huele a podrido y que la rodea de un hedor insoportable para quien ya no necesita que le den el biberón y tiene dientes para comer sólido, la papilla pedagógica, correlato de la vanidad y engreimiento de quienes la preparan. ¿Éste es y sólo éste el lugar de la Filosofía?, ¿aquí es donde debe brillar la Política?
“Las Universidades son esencial y constitutivamente políticas, y más aún las Facultades de Filosofía, por su propio contenido disciplinar, de modo que si toda pugna política se da no globalmente contra el Estado, sino dentro del Estado, también toda pugna de ideas universitaria debe darse dentro de la Universidad. Si la crítica filosófica puede surgir en algún sitio, ese sitio será aquél en donde la pugna filosófica esté políticamente instituida —¿donde, si no?—; por tanto, en la Universidad” (CM11, p.24). ¿Que dónde? La mayoría de los grandes filósofos de la historia de Occidente han pensado y escrito fuera de la Universidad: Platón y Aristóteles (terratenientes); Epicteto (esclavo); Marco Aurelio (emperador romano); San Agustín y Santo Tomás (eclesiásticos); Spinoza (pulidor de lentes); Descartes (mercenario); Leibniz (diplomático); Bacon (canciller de Inglaterra); Rousseau (copista de música); Marx (pensionado de Engels y periodista), Stuart Mill (diputado del parlamento británico y comerciante), etcétera.
La palabra Política viene del griego (polis = ciudad; polités = ciudadano; politiká = aquello que hacen los ciudadanos) y resulta un concepto mucho más amplio que el de Estado (en griego: Politeia); es el Estado una parte de la Política (y no al revés como sugiere la lectura de Fuentes). La Política engloba a todo el tejido social o entramado comunitario de una sociedad determinada, incluyendo las formas de Estado que se puedan suceder en ella.
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