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LA ISLA – ALDOUS HUXLEY
EDITORIAL SUDAMERICANA

BUENOS AIRES



Colección Horizonte

TITULO DEL ORIGINAL EN INGLES: "ISLAND"



Traducción de Floreal Mazía

DECIMOPRIMERA EDICIÓN



Enero de 1984
A Laura

Al elaborar un ideal

podemos dar por supuesto lo que deseamos,

pero es necesario evitar las imposibilidades.

Aristóteles



I
–Atención –comenzó a llamar de pronto una voz, y fue como si un oboe se hubiese vuelto de pronto capaz de pronunciación articulada–. Atención –repitió con el mismo tono alto, nasal y monocorde.

Echado como un cadáver entre las hojas muertas, el cabe­llo enmarañado, el rostro grotescamente sucio y magullado, Will Farnaby despertó con un sobresalto. Molly lo había llamado. Hora de despertar. Hora de vestirse. No se podía llegar tarde a la oficina.

–Gracias, querida –dijo, y se incorporó. Un agudo dolor le apuñaló la rodilla derecha, y sintió otros tipos de dolor en la espalda, los brazos, la frente.

–Atención –insistió la voz sin el menor cambio de tono. Apoyado en un codo, Will miró en torno y vio con des­concierto, no el empapelado gris y las cortinas amarillas de su dormitorio de Londres, sino un claro entre árboles y las largas sombras y luces sesgadas de las primeras horas de la mañana en un bosque.

¿Atención?

¿Por qué decía atención?

–Atención. Atención –insistió la voz.... ¡Cuan extraña, cuan insensata!

–¿Molly? –preguntó–. ¿Molly?

El nombre pareció abrir una ventana dentro de su ca­beza. De pronto, con esa sensación horriblemente familiar en la boca del estómago, olió el formol, vio a la pequeña y vivaz enfermera corriendo delante de él por el pasillo verde, oyó el seco crujir de su uniforme almidonado.

–Número cincuenta y cinco –decía la enfermera; se detuvo y abrió una puerta blanca. Él entró y allí, en una alta cama blanca, estaba Molly. Molly, con la mitad de la cara cubierta de vendas y la boca cavernosamente abierta.

–Molly –gritó–, Molly... –Se le quebró la voz y rompió a llorar, implorando.– ¡Querida mía! –No reci­bió respuesta. A través de la boca abierta la rápida respira­ción superficial surgía ruidosa, una y otra vez.– Querida mía, querida... –De pronto la mano que sostenía cobró vida por un instante. Luego volvió a quedar inmóvil. –Soy yo –dijo–, Will.

Los dedos se agitaron una vez más. Lentamente, en lo que era sin duda un enorme esfuerzo, se cerraron sobre los de él, los apretaron un momento y volvieron a aflojarse, inertes.

–Atención –llamó la voz inhumana–. Atención. Había sido un accidente, se apresuró a asegurarse. El camino estaba húmedo, el coche había patinado sobre la lí­nea blanca. Era una de esas cosas que suceden a cada rato. Los periódicos están repletos de ellas; él mismo había in­formado de decenas de esos accidentes. "Madre y tres niños muertos en violento choque..." Pero eso no venía al caso. El caso es que cuando ella le preguntó si eso era el fin, él le dijo que sí; el caso era que menos de una hora después de terminado el último y vergonzoso encuentro bajo la lluvia. Molly se encontraba en la ambulancia, agonizante.

Will no la miró cuando ella se volvió para alejarse, no se atrevió a mirarla. Contemplar una vez más el pálido ros­tro sufriente habría sido demasiado para él. Ella se había levantado de la silla y cruzado la habitación con lentitud, para irse lentamente de su vida. ¿Debía llamarla, pedirle que lo perdonase, decirle que aún la amaba? ¿La había ama­do alguna vez?

Por centésima vez, el oboe vocal le exigió atención. Sí, ¿la había amado?

–Adiós, Will. –Recordó el susurro de Molly cuando se volvió en el umbral. Y fue ella quien lo dijo... en un murmullo, desde lo hondo del corazón.– Sigo amándote, Will... a pesar de todo.

Un momento después la puerta del departamento se cerró tras ella casi sin un sonido. Un pequeño chasquido seco, y Molly ya no estaba más allí.

El se puso de pie de un salto, corrió a la puerta y la abrió, escuchando los pasos que se alejaban por la escalera. Como un fantasma al alba, un leve perfume familiar per­sistía, a punto de desaparecer, en el aire. Volvió a cerrar la puerta, entró en su dormitorio gris y amarillo y miró por la ventana. Pasaron unos segundos y la vio cruzar e introdu­cirse en el coche. Oyó el chirrido del arranque, una, dos ve­ces, y luego el tamborileo del motor. ¿Debía abrir la ven­tana? "Espera, Molly, espera", se escuchó gritar con la imaginación. La ventana permaneció cerrada; el auto comen­zó a avanzar, dobló en la esquina y la calle quedó desierta. Era demasiado tarde. Demasiado tarde, ¡gracias a Dios!, dijo una grosera voz burlona. ¡Sí, gracias a Dios! Y sin embargo, ahí estaba el sentimiento de culpa en la boca del estómago. La culpabilidad, la dentellada del remordimien­to... pero a través del remordimiento podía sentir un ho­rrible regocijo. Alguien vil y obsceno y brutal, alguien ex­traño y odioso, que, sin embargo, era él mismo, pensaba alborozadamente que ahora no había nadie que le impidiera tener lo que deseaba. Y lo que deseaba era un perfume distinto, la tibieza y elasticidad de un cuerpo más joven.

–Atención –dijo el oboe. Sí, atención a la almizclada habitación de Babs, con su alcoba color frambuesa, sus dos ventanas que daban sobre Charing Cross Road y que eran contempladas toda la noche por el parpadeante resplandor de un enorme letrero de Porter's Gin situado en la vereda de enfrente. Ginebra en regio carmesí... y durante diez se­gundos la alcoba era el Sagrado Corazón, durante diez mila­grosos segundos la arrebolada cara tan próxima a la de él resplandecía como la de un serafín, transfigurada como por un fuego interno de amor. Uno, dos, tres, cuatro.. ¡Ah, Dios, que siga eternamente! Pero puntualmente al contar diez el reloj eléctrico encendía otra revelación... pero de muerte, del Horror Esencial; porque las luces, entonces, eran verdes, y durante diez repugnantes segundos la rosada alcoba de Babs se convertía en un útero de barro, y en la cama la propia Babs tenía un color cadavérico, como de un cadá­ver galvanizado en epilepsia póstuma. Cuando el Porter's Gin se proclamaba en verde, resultaba difícil olvidar lo sucedido y quién era uno. Lo único que se podía hacer era cerrar los ojos y hundirse –si se podía– más profunda­mente en el Otro Mundo de sensualidad, hundirse violenta, deliberadamente, en el enajenador frenesí al que la pobre Molly –Molly ("Atención") con sus vendajes, Molly en su húmeda tumba de Highgate, y Highgate, por supuesto, era el motivo de que uno cerrase los ojos cada vez que la luz verde convertía la desnudez de Babs en un cadáver– había sido siempre tan totalmente ajena. Y no sólo Molly. Detrás de sus párpados cerrados, Will veía a su madre, pálida como un camafeo, el rostro espiritualizado por el su­frimiento aceptado, las manos convertidas en monstruos subhumanos por la artritis. Su madre, y, detrás de su sillón de ruedas, casi al borde de la obesidad, temblando como gelatina con todos los sentimientos que jamás habían encontrado expresión en el amor consumado, su hermana Maud.

–¿Cómo puedes hacer eso, Will?

–Sí, ¿cómo puedes? –repetía Maud, llorosa, con su vi­brante voz de contralto.

No había respuesta. Es decir, no la había en palabras que pudiesen ser pronunciadas en presencia de ellas y que, una vez pronunciadas, esas dos mártires –la madre de su desdichado matrimonio, la hija de la piedad filial– pudie­sen entender No había respuesta, a no ser en palabras de la más obscena objetividad científica, de la más inadmi­sible franqueza. ¿Cómo podía hacer eso? Podía hacerlo, todas las razones prácticas lo obligaban a hacerlo, porque, bueno, porque Babs tenía ciertas particularidades físicas que Molly no poseía y en ciertos momentos se comportaba de un modo que a Molly le habría resultado impensable.

Se había producido un prolongado silencio; pero ahora, de repente, la extraña voz repitió su antiguo estribillo. –Atención. Atención.

Atención a Molly, atención a Maud y a su madre, aten­ción a Babs. Y de súbito otro recuerdo surgió de la bruma de vaguedad y confusión. La alcoba color frambuesa de Babs albergaba a otro huésped, y el cuerpo de su dueña se estremecía extáticamente con las caricias de otro. A la culpa que pesaba en el estómago se agregó entonces una angus­tia que atenazaba el corazón, un agarrotamiento de la gar­ganta.

–Atención.

La voz se había acercado, llamaba desde arriba, a la de­recha. Volvió la cabeza, trató de incorporarse para ver me­jor; pero el brazo que sostenía su peso comenzó a temblar, cedió y el cuerpo cayó otra vez entre las hojas. Demasiado fatigado para continuar recordando, se quedó echado durante largo tiempo, mirando a través de los párpados entrecerrados. ¿Dónde estaba y cómo demonios había llegado allí? No porque eso tuviese importancia alguna... Por el momento nada tenía importancia, salvo ese dolor, esa debilidad ani­quiladora. De cualquier modo, como cosa de interés cien­tífico...

Ese árbol, por ejemplo, bajo el cual (por ningún motivo que pudiese conocer) se encontraba, esa columna de corteza gris, con la bifurcación, muy en lo alto, de ramas moteadas por el sol, tenía que ser una haya. Pero en ese caso –y Will se admiró por ser tan lúcidamente lógica–, en ese caso las hojas no tenían derecho a ser tan sin duda alguna perennes. ¿Y por qué una haya habría de sacar sus raíces por sobre la superficie del suelo? Y los absurdos puntales de madera en los que se apoyaba la seudo haya... ¿en qué forma encajaban en el cuadro? Will recordó de pronto su peor verso favorito: "¿Quién apuntaló, preguntas, en aquella época mi espíritu?" Respuesta: ectoplasma conge­lado, Dalí Primitivo. Cosa que excluía definitivamente los Chiltern. Lo mismo que las mariposas que revoloteaban en el denso sol mantecoso. ¿Por qué eran tan grandes, tan im­probablemente cerúleas, de ojos y motas tan extravagantes? Púrpura sobre castaño, plata espolvoreada sobre esmeralda, sobre topacio, sobre zafiro. –Atención.

–¿Quién está ahí? –preguntó Will Farnaby, con voz que pretendía ser fuerte y formidable; pero lo único que salió de su boca fue un graznido leve y tembloroso.

Hubo un silencio prolongado y, en apariencia, profunda­mente amenazador. Desde el hueco de entre dos puntales de árboles apareció por un momento un enorme ciempiés negro; luego se alejó corriendo sobre su regimiento de patas carmesíes y desapareció en otra hendidura del ectoplasma cubierto de liquen.

–¿Quién está ahí? –graznó otra vez. Hubo un susurro de hojas entre los matorrales de la iz­quierda y de repente, como un cucú de un reloj de habita­ción infantil, surgió un enorme pájaro negro, del tamaño de un grajo.... sólo que, ni falta hace decirlo, no era un grajo. Agitó un par de alas con las puntas blancas y, hen­diendo el espacio, se poso en la rama más baja de un arbolillo muerto, a unos cinco metros de donde se encontraba Will. Advirtió que su pico era anaranjado y tenía un manchón implume, amarillento, debajo de cada ojo, barbas color canario que le cubrían los costados y la parte trasera de la, cabeza con una gruesa peluca de carne desnuda. El pájaro inclinó la cabeza y lo miró primero con el ojo derecho y luego con el izquierdo. Después abrió el pico anaranjado, silbó diez o doce notas de una pequeña melodía en escala pentatónica, hizo un ruido como de quien tiene hipo y, en una frase canturreada, do sol do, dijo: "Ahora y aquí, mu­chachos; ahora y aquí, muchachos." Las palabras oprimieron un disparador, y súbitamente lo recordó todo. Esa era Pala, la formidable isla, el lugar que ningún periodista había visitado nunca. Y ahora debía de ser la mañana siguiente a la tarde en que cometió la ton­tería de zarpar solo de la bahía de Rendang-Lobo. Lo recordó todo: la blanca vela curvada por el viento en imi­tación de un gigantesco pétalo de magnolia, el agua hirvien­do en la proa, el chisporroteo de diamantes en las crestas de todas las olas, y entre una y otra, el jade arrugado de las aguas. Y hacia el este, al otro lado del estrecho, ¡qué nubes, qué prodigios de blancura esculpida sobre los vol­canes de Pala! Y sentado ante la caña del timón se sor­prendió cantando... se sorprendió, cosa increíble, en el acto de sentirse inequívocamente feliz.

–Tres, tres para los rivales –había declamado al viento. –Dos, dos para los jóvenes puros, ataviados de verde. Uno es uno, y está solo...

Sí, solo. Completamente solo en la enorme joya del mar. –Y siempre será así.

Después de lo cual, ni qué decirlo, sucedió aquello con­tra lo cual lo habían prevenido todos los marinos cautelosos y experimentados. La negra turbonada salida de ninguna parte, el repentino e insensato frenesí del viento y la lluvia y las olas...

–Ahora y aquí, muchachos –entonó el pájaro–. Ahora y aquí, muchachos.

Lo realmente extraordinario era que estuviese ahí, refle­xionó, bajo los árboles, y no allá, en el fondo del estrecho de Pala, o, peor aun, hecho pedazos al pie de los arrecifes. Porque incluso después de que logró, por puro milagro, llevar el yate semihundido a través de las rompientes y en­callarlo en la única playa de arena de todos los kilómetros de costa rocosa de Pala, aun entonces no había terminado todo. Los riscos se erguían sobre él, pero en la boca de la cueva había Una especie de barranco por el cual descendía un pequeño torrente en una sucesión de delgadas cascadas, y entre las paredes de caliza gris crecían árboles y arbustos.

Ciento ochenta o doscientos metros de ascensión en la roca... con zapatos de tenis y todos los puntos de apoyo resbala­dizos por el agua. Y después, ¡Dios!, las serpientes. La ne­gra, enroscada en la rama de la cual se sostenía para subir. Y cinco minutos después, la verde, enorme, en el saliente a que se disponía a trepar. El terror había sido reemplazado por un terror infinitamente más grande. La visión de la ser­piente lo sobresaltó, lo obligó a retirar el pie con violencia, y ese movimiento repentino e impremeditado le hizo perder el equilibrio. Durante un largo y enfermizo segundo, con la espantosa conciencia de que ese era el fin, se tambaleó en el borde. Luego cayó. La muerte, la muerte, la muerte. Y entonces, con el ruido de madera astillada en los oídos, se encontró aferrado a las ramas de un arbolillo, el rostro arañado, la rodilla derecha magullada y sangrante, pero vivo. Reinició penosamente la ascensión. Experimentaba un dolor insoportable en la rodilla, pero siguió trepando. No había otra alternativa. Y entonces empezó a disiparse la luz. Al final ascendía casi en la obscuridad, movido por la fe, por la desesperación pura. –Ahora y aquí, muchachos –gritó el pájaro. Pero Will Farnaby no estaba allí ni en ese momento. Es­taba en la pared de roca, estaba en el terrible momento de la caída. Las hojas secas crujieron bajo su cuerpo; tem­bló. Violenta, incontrolablemente, tembló de pies a cabeza.



II
De repente el ave dejó de hablar y rompió a gritar. Una aguda vocecita humana dijo "¡Mynah!", y luego agregó algo en un idioma que Will no entendió. Hubo un ruido de pasos sobre hojas secas. Luego un gritito de alarma. Des­pués, silencio. Will abrió los ojos y vio a dos exquisitos niños contemplándolo con los ojos enormemente abiertos de asom­bro y de fascinado horror. El más pequeño era un chiquillo de cinco o quizá seis años, ataviado sólo con un taparrabos verde. A su lado, llevando un cesto de frutas en la cabeza, había una niña cuatro o cinco años mayor Tenía unas fal­das color carmesí que le llegaban casi hasta los tobillos; pero por sobre la cintura estaba desnuda. A la luz del sol, su piel brillaba como un cobre pálido teñido de rosa. Will los contempló. ¡Cuan hermosos eran, y cuan perfectos, cuan extraordinariamente elegantes! Como dos pequeños potrillos de raza. Un potrillo rotundo y robusto, con un rostro de querube... así era el niño Y la chiquilla era otro tipo de animalito de raza, delicado, de carita más bien larga, grave, enmarcada por dos trenzas de cabello negro.

Hubo un chillido más. Encaramado en el árbol muerto, el pájaro se agitaba, nervioso; después, con un chillido fi­nal, se zambulló en el aire. Sin apartar la mirada del rostro de Will, la niña tendió la mano en un gesto de invitación. El pájaro aleteó, se posó, agitó alocadamente las alas, en­contró su equilibrio, plegó las alas y comenzó a hipar. Will observaba sin sorprenderse. Todo era posible ahora... todo. Incluso los pájaros parlantes que se posaban en el dedo de un niño. Trató de sonreírles, pero los labios le temblaban aún, y lo que estaba destinado a ser un signo de amistad debe de haber parecido una mueca aterradora. El chiquillo se ocultó detrás de su hermana.

El pájaro dejó de hipar y empezó a repetir una palabra que Will no entendió. "Runa"...¿Era así? No, "Karuna". Sí, decididamente "Karuna".

Levantó una temblorosa mano y señaló las frutas del re­dondo cesto. Mangos, bananas... La boca reseca se le hacía agua.

–Hambre –dijo. Luego, intuyendo que en esas exóticas circunstancias la niña podía entenderlo mejor si imitaba a un chino de comedia musical, especificó: Mí muy hambliento.

–¿Quiere comer? –preguntó la niña en perfecto inglés.

–Sí, comer –repitió él– Comer.

–¡Vuela, mynah! –La chiquilla retiró la mano. El ave lanzó un graznido de protesta y volvió a su percha del árbol muerto. Elevando los delgados bracitos en un gesto que era como el de una bailarina, la niña levantó la cesta sobre la cabeza y la depositó en el suelo. Eligió una banana, la peló y, entre temerosa y compasiva, avanzó hacia el desconocido. En su incomprensible lenguaje, el chiquillo lanzó un grito de advertencia y se aferró de sus faldas. Con una palabra tranquilizadora, la niña se detuvo, fuera de peligro, y ten­dió la fruta.

–¿La quiere? –preguntó.

Temblando aún, Will Farnaby extendió la mano. Con suma cautela, la chiquilla se adelantó, volvió a detenerse y, acuclillándose, lo observó con atención. –Rápido –pidió Will en una agonía de impaciencia. Pero la niña no quería correr riesgos. Con la vista cla­vada en su mano, para anticiparse a toda señal de un movimiento sospechoso, se inclinó hacia adelante y extendió el brazo con cautela. –Por amor de Dios –imploró él. –¿Dios? –repitió la niña con repentino interés–. ¿Qué Dios? –inquinó–. Hay muchos.

–Cualquier condenado Dios que te plazca –contestó él con impaciencia.

–En realidad no me place ninguno –replicó ella–. Me gusta el Compasivo.

–Entonces sé compasiva conmigo –suplicó Will–. Dame esa banana.

La expresión de la niña cambió.

–Perdón –dijo, disculpándose. Se irguió, dio un rápido paso hacia adelante y dejó caer la fruta en la mano tem­blorosa del hombre.

–Ahí tienes –dijo, y, como un animalito que elude una trampa, saltó hacia atrás, fuera del alcance de él.

El chiquillo aplaudió y lanzó una carcajada. La niña se volvió y le dijo algo en su incomprensible lenguaje. Él movió afirmativamente la redonda cabeza, dijo "Muy bien, jefa" y se alejó trotando, por entre una cortina de mari­posas azules, y sulfúreas, hundiéndose en las sombras del rincón más lejano del claro.

–Le he dicho a Tom Krishna que vaya a buscar a al­guien –explicó la niña.

Will terminó de comer la banana y pidió otra, y luego una tercera. A medida que disminuía la urgencia de su ham­bre, experimentaba necesidad de satisfacer su curiosidad.

–¿Cómo es que hablas tan bien en inglés? –preguntó.

–Porque todos hablan en inglés –respondió ella.

–¿Todos?


–Quiero decir, cuando no hablan en palanés, –Como el tema no le resultaba interesante, agitó una manita morena y silbó.

–Ahora y aquí, muchachos –repitió el pájaro una vez más, y bajó aleteando de su percha en el árbol muerto y se posó en el hombro de la niña. Esta peló otra banana, en­tregó dos tercios a Will y ofreció el resto al mynah.

–¿El pájaro es tuyo? –preguntó Will.

Ella meneó la cabeza.

–Los mynah son como la luz eléctrica –declaró–. No pertenecen a nadie.

–¿Por qué dice esas cosas?

–Porque alguien se las enseñó –respondió la chiqui­lla con paciencia. ¡Qué burro!, parecía insinuar su tono.

–¿Pero por qué le enseñan esas cosas? ¿Por qué "Aten­ción"? ¿Por qué "Ahora y aquí"?

–Bien... –Buscó las palabras correctas para explicar lo evidente a ese extraño imbécil.– Eso es lo que uno siem­pre ¿olvida, ¿no es así? Quiero decir, uno olvida de prestar atención a lo que sucede. Y eso equivale a no estar ahora y aquí.

–Y los mynah vuelan de un lado a otro recordándolo... ¿es eso?

La niña asintió. Por supuesto, era eso. Hubo un silencio.

–¿Cómo te llamas? –preguntó ella. Will se presentó.

–Yo me llamo Mary Sarojini MacPhail. –¿MacPhail? –No era muy admisible. –MacPhail –aseguró la chiquilla. –¿Y tu hermanito se llama Tom Krishna? –Ella asin­tió.– ¡Bueno, qué me dices! –¿Llegaste a Pala por avión? –Vine por el mar. –¿Por el mar? ¿Tienes un barco? –Lo tenía. –Will recordó las olas rompiendo sobre la embarcación encallada, oyó, con el oído interior, el estré­pito de su impacto. Bajo el interrogatorio de la niña, le relató lo que había sucedido. La tormenta, la varadura del bote, la larga pesadilla de la ascensión, las serpientes, el horror de la caída... Comenzó a temblar de nuevo, con más violencia que antes.

Mary Sarojini escuchó con atención y sin hacer comen­tarios. Luego, cuando la voz de él vaciló y finalmente se quebró, se adelantó, y, con el pájaro todavía encaramado en su hombro, se arrodilló junto a él.

–Escucha, Will –dijo, poniéndole una mano en la fren­te–. Tenemos que librarnos de eso. –Su tono era profe­sional y serenamente autoritario.

–Ojalá supiera cómo –respondió él, castañeteando los dientes.

–¿Cómo? –repitió la niña–. Pues en la forma acostum­brada, por supuesto. Vuelve a hablarme de esas serpientes, y de cómo te caíste.

–No quiero –dijo él, meneando la cabeza.

–Es claro que no quieres –dijo ella–. Pero tienes, que hacerlo. Escucha lo que dice el mynah.

–Ahora y aquí, muchachos –continuaba exhortando el pájaro–. Ahora y aquí, muchachos.

–No puedes estar ahora y aquí –continuó la niña– hasta que te hayas librado de esas serpientes. Díme.

–No quiero, no quiero. –Estaba casi al borde de las lágrimas.

–Entonces jamás te librarás de ellas. Se arrastrarán toda la vida dentro de tu cabeza. Y te lo tendrás merecido –agre­gó Mary Sarojini con severidad.

Él trató de dominar los temblores, pero su cuerpo había dejado de pertenecerle. Algún otro se había hecho cargo de él, alguien malévolamente decidido a humillarlo, a ha­cerlo sufrir.

–Recuerda lo que sucedía cuando eras niño –le decía Mary Sarojini–. ¿Qué hacía tu madre cuando te lasti­mabas?

Lo tornaba en sus brazos, le decía "Mi pobre niño, mi pobre niñito".

–¿Hacía eso? –Mary habló con un tono de escanda­lizado asombro.– ¡Pero es espantoso! Es la mejor forma de hacerlo permanente. "Mi pobre niñito" –repitió, bur­lona–; debe de haberte seguido doliendo durante horas enteras. Y es seguro que no lo olvidabas nunca.

Will Farnaby no ofreció comentario alguno; permaneció echado en silencio, sacudido por irreprimibles estremeci­mientos.

–Bueno, si no lo haces tú, lo haré yo en tu lugar. Es­cucha, Will: había una serpiente, una gran serpiente verde, y tú casi la pisaste. Casi la pisaste, y te dio un susto tan grande, que perdiste el equilibrio y caíste. Y ahora dílo... ¡Di lo!

–Casi la pisé –susurró él obediente–. Y entonces... –No pudo decirlo.– Y entonces caí –pronunció al cabo, con voz casi inaudible.

Todo el horror volvió a caer sobre él... la náusea del miedo, el sobresalto de pánico que le había hecho perder el equilibrio, y luego un miedo peor aun y la tremenda certidumbre de que eso era el fin.

–Dílo otra vez.

–Casi la pisé. Y entonces...

Se escuchó gimotear.

–Está bien, Will. ¡Llora... llora!

El gimoteo se convirtió en un gemido. Avergonzado, apre­tó los dientes y los gemidos cesaron.

–No, no hagas eso –exclamó Mary–. Déjalo salir, si quiere. Recuerda la serpiente, Will. Recuerda cómo caíste.

Los gemidos volvieron a estallar, y se estremeció con más violencia que antes.

–Y ahora díme lo que ocurrió.

–Pude verle los ojos, la lengua que aparecía y se ocul­taba.

–Sí, pudiste verle la lengua. ¿Y qué sucedió luego? –Perdí el equilibrio, caí.

–Dílo otra vez, Will. –Este sollozaba ahora.– Dílo de nuevo –insistió ella. –Caí. –Otra vez.

Le estaba haciendo pedazos, pero lo dijo: –Caí.

–Otra vez, Will. –Mary era implacable.– Otra vez. –Caí, caí. Caí...

Los sollozos disminuyeron gradualmente las palabras sur­gían con más facilidad y los recuerdos que despertaban eran menos dolorosos.

–Caí –repitió por centésima vez. –Pero la caída no fue muy larga –dijo Mary Sarojini. –No, no fue muy larga –admitió él.

–Y entonces, ¿a qué viene toda la alharaca? –inquirió la niña.

No había malicia ni ironía en su tono, ni la menor in­sinuación de censura. Formulaba una pregunta sencilla y directa que exigía una respuesta sencilla y directa. Sí, ¿a qué venía tanta alharaca? La serpiente no lo había mor­dido; no se había roto el cuello. Y de cualquier manera todo aquello había sucedido la víspera. Hoy estaban las mariposas, el pájaro que le llamaba a uno la atención, la extraña niña que le hablaba a uno como una tía severa, que parecía un ángel salido de una mitología poco familiar y que, a cinco grados del ecuador, se llamaba, créase o no, MacPhail. Will Farnaby lanzó una carcajada.

La chiquilla palmoteo y rió también. Un momento más tarde el pájaro posado sobre su hombro se unió a ellos en carcajada tras carcajada de fuerte risa demoníaca, que llena­ron el claro y repercutieron entre los árboles, de modo que todo el universo pareció desternillarse con la enorme broma que era la existencia.
III
–Bien, me alegro de que todo esto sea tan divertido –comentó de pronto una voz profunda.

Will Farnaby se volvió y vio, sonriéndole, a un hombre pequeño y delgado, vestido con ropas europeas, que llevaba un maletín negro. Un hombre, calculó, de cerca de sesenta años; Bajo el ancho sombrero de paja el cabello era espeso y blanco, ¡y qué extraña nariz ganchuda! Y los ojos... ¡cuan insólitamente azules en el rostro moreno!

–¡Abuelo! –oyó que exclamaba Mary Sarojini.

El desconocido se volvió de Will a la niña.

–¿Qué gracia festejaban? –preguntó.

–Bueno –comenzó Mary Sarojini, y se interrumpió un instante para reunir sus pensamientos–. Bueno, ¿sabes?, él estaba en un bote y ayer hubo una gran tormenta y nau­fragó... por ahí. De modo que tuvo que trepar por el risco. Y había unas serpientes, y se cayó. Pero por fortuna había un árbol, de modo que sólo se llevó un susto. Por eso temblaba tanto, de modo que le di unas bananas y le hice repetirlo un millón de veces. Y de pronto se dio cuenta de que no tenía motivos para preocuparse. Quiero decir, todo eso ha terminado ya. Y eso lo hizo reír. Y cuando se rió, yo reí también. Y el mynah nos imitó.

–Muy bien –dijo su abuelo, aprobando–. Y ahora –agregó, volviéndose hacia Will Farnaby–, después de los primeros auxilios psicológicos, veamos qué podemos hacer por el pobre y viejo Hermano Asno. Soy el doctor Robert MacPhail, de paso. ¿Quién es usted?

–Se llama Will –dijo Mary Sarojini antes de que el joven pudiera responder–. Y su apellido es Far no sé cuánto.

–Farnaby, para ser exactos. William Asquith Farnaby. Mi padre, como podrá adivinar, era un ardiente liberal. Incluso cuando estaba borracho. Especialmente cuando es­taba borracho. –Lanzó una áspera carcajada burlona, extra­ñamente distinta de la jubilosa risa que había saludado su descubrimiento de que en realidad no había motivos para alharaca.

–¿No querías a tu padre? –preguntó Mary Sarojini con preocupación.

–No tanto como habría podido quererlo –repuso Will.

–Quiere decir –explicó el doctor MacPhail a la niña– que odiaba a su padre. A muchos de ellos les sucede –ex­plicó entre paréntesis.

Se acuclilló y comenzó a desatar las correas de su ma­letín.

–Uno de nuestros ex imperialistas, supongo –dijo al joven por sobre el hombro.

–Nacido en Bloomsbury –confirmó Will.

–De la clase superior –diagnosticó el médico–, pero no integrante de la subespecie militar o rural.

–Correcto. Mi padre era abogado y periodista especiali­zado en temas políticos. Es decir, cuando no estaba dema­siado ocupado alcoholizándose. Mi madre, por increíble que pueda parecer, era la hija de un archidiácono. Un archi­diácono –repitió, y volvió a reír como lo había hecho con la preferencia de su padre por el coñac.

El doctor MacPhail lo miró un instante, y luego volvió a dedicar su atención a las correas.

–Cuando ríe de esa manera –hizo notar con tono de desapego científico–, el rostro se le vuelve curiosamente feo.

Desconcertado. "Will trató de cubrir su turbación con una broma.

–Siempre es feo –dijo.

–Por el contrario, en un sentido baudeleriano es más bien hermoso. Salvo cuando se dedica a hacer esos ruidos semejantes a los de una hiena. ¿Por qué los hace?

–Soy periodista –explicó Will–. Nuestro Corresponsal Especial, a quien se le paga para que viaje por todo el mundo e informe sobre los horrores del momento. ¿Qué otro tipo de ruido espera que haga? ¿Cucú? ¿Bla, bla? ¿Marx, Marx? –Volvió a reír y luego enunció una de sus probadas ingeniosidades.– Soy el hombre que no acepta el sí por respuesta.

–Bonito –dijo el doctor MacPhail–. Muy bonito. Pero vayamos al grano. –Sacó del maletín un par de tijeras y comenzó a cortar la pernera desgarrada y ensangrentada que cubría la rodilla herida de Will.

Will Farnaby lo miró y se preguntó, mientras lo miraba, qué proporción de ese improbable montañés seguía siendo escocesa y qué proporción tenía de palanés. En cuanto a los ojos azules y la nariz larga no cabía duda alguna. Pero la piel morena, las manos delicadas, la gracia de movimien­tos... era indudable que provenían de algún lugar situado muy al sur de Tweed.

–¿Nació aquí? –preguntó. El doctor afirmó con la cabeza.

–En Shivapuram, el día del funeral de la reina Victoria. Hubo un chasquido final de las tijeras y la pernera cayó al suelo, dejando al descubierto la rodilla.

–Feo –fue el veredicto del doctor MacPhail después de un primer examen atento–. Pero no creo que haya nada demasiado grave. –Se volvió hacia su nieta. Me gus­taría que fueras corriendo a la estación y le pidieras a Vijaya que viniese con uno de los otros hombres. Díles que tomen unas angarillas en la enfermería.

Mary Sarojini asintió y, sin una palabra, se puso de pie y cruzó el claro a la carrera.

Will contempló la figurita que se alejaba... las faldas rojas moviéndose de uno a otro costado, la suave piel del torso brillando, color de rosa y de oro, a la luz del sol.

–Tiene una nieta notable –dijo al doctor MacPhail.

–El padre de Mary Sarojini –dijo el médico luego de un breve silencio– era mi hijo mayor. Murió hace cuatro meses... un accidente, en una ascensión de montaña.

Will masculló su simpatía, y se produjo otro silencio.

El doctor MacPhail destapó una botella de alcohol y se lavó las manos.

–Esto le va a doler un poco –advirtió–. Sugiero que escuche a ese pájaro. –Agitó una mano en dirección del árbol muerto, al cual el mynah había vuelto después de la partida de Mary Sarojini.

–Escúchelo con atención, reflexivamente. Le apartará los pensamientos del dolor.

Will Farnaby escuchó. El mynah había vuelto a su pri­mer tema.

–Atención –llamaba el oboe vocal–. Atención.

–¿Atención a qué? –inquinó, en la esperanza de obte­ner una respuesta más esclarecedora que la recibida de Mary Sarojini.

–A la atención –respondió el doctor MacPhail.

–¿Atención a la atención?

–Por supuesto.

–Atención –canturreó el mynah en irónica confirmación.

–¿Tienen muchos de estos pájaros parlantes?

–Debe de haber por lo menos mil volando por la isla. Fue una idea del Viejo Raja. Pensó que le haría bien a la gente. Y quizá sea así, aunque parece un poco injusto para con los mynah. Pero por suerte los pájaros no entienden de discursos estimulantes, Ni siquiera los de San Francisco.

Imagínese –continuó–: ¡predicar sermones a tordos y car­delinas! ¡Qué presunción! ¿Por qué no podía tener la boca cerrada y dejar que los pájaros le predicasen a él? Y ahora –agrego con otro tono–, será mejor que empiece a escu­char a nuestro amigo del árbol. Voy a limpiar esta herida.

–Atención.

–Ahí va.


El joven respingó y se mordió los labios.

–Atención. Atención. Atención.

Sí, era cierto. Si se escuchaba con concentración, el dolor no era tan intenso.

–Atención. Atención...

–No entiendo –dijo el doctor MacPhail, mientras toma­ba las vendas– cómo logró subir a ese risco.

Will logró reír.

–Recuerde el comienzo de Erewhon –dijo: "La suerte quiso que la Providencia estuviese de mi parte."

Del extremo más lejano del claro llegó el sonido de vo­ces. Will volvió la cabeza y vio a Mary Sarojini aparecer por entre los árboles, con la falda ondulando mientras corría. Detrás de ella, desnudo hasta la cintura y llevando al hom­bro las varas de bambú y la lona enrollada de una liviana angarilla, caminaba la gigantesca estatua bronceada de un hombre, y detrás del gigante venía un esbelto adolescente de piel morena y pantaloncitos blancos.

–Este es Vijaya Bhattacharya –dijo el doctor MacPhail cuando la estatua de bronce se aproximó–. Vijaya es mi ayudante.

–¿En el hospital?

El doctor MacPhail meneó la cabeza.

–Sólo en caso de situaciones, de urgencia –explicó–. Ya no practico la profesión. Vijaya y yo trabajamos en la Estación Agrícola Experimental. Y Murugan Mailendra –agitó la mano en dirección del joven moreno– está con nosotros temporariamente, para estudiar la ciencia del suelo y del cultivo de plantas.

Vijaya se apartó y, poniendo una enorme mano sobre el hombro de su compañero, lo empujó hacia adelante. Con­templando el hermoso y enfurruñado rostro juvenil, Will reconoció de repente, con un sobresalto de asombro, al jo­ven elegantemente ataviado que había conocido, cinco días antes, en Rendang-Lobo, y que viajó con él por toda la isla en el Mercedes blanco del coronel Dipa. Sonrió, abrió la boca para hablar y se contuvo. En forma casi impercep­tible, pero inconfundiblemente, el joven había sacudido la cabeza. En sus ojos Will vio una expresión de angustiado ruego. Sus labios se movieron sin emitir un sonido. "Por favor –parecían decir–, por favor..." Will reacomodó la expresión.

–¿Cómo le va, Mr. Mailendra? –dijo, con tono de ne­gligente formalidad.

Murugan se mostró enormemente aliviado.

–¿Cómo le va?–respondió, e hizo una pequeña incli­nación de cabeza.

Will miró en torno para ver si los otros habían adver­tido lo sucedido. Vio que Mary Sarojini y Vijaya estaban ocupados con las angarillas, y que el médico volvía a aco­modar las cosas en su maletín. La pequeña comedia se había representado sin público. Era evidente que el joven Murugan tenía sus motivos para no querer que se supiera que había estado en Rendang. Los jóvenes siempre serán jóvenes. Los jóvenes incluso pueden ser muchachas. El coronel Dipa se había mostrado más que paternal hacia su joven protegido, y Murugan se mostraba algo más que filial hacia el coro­nel... era absolutamente indudable que lo adoraba. ¿Era un simple culto al héroe, una admiración de colegial por el hombre que había realizado una revolución exitosa, liqui­dado a la oposición para instalarse como dictador? ¿O ha­bía además otros sentimientos? ¿Hacía Murugan el papel de Antinoo de su Adriano de negros bigotes? Bueno, si eso era lo que sentía ante bandoleros militares de edad me­diana, era cosa de él. Y si al bandolero le gustaban los jóvenes bonitos, era cosa de él. Y quizá, continuó– reflexio­nando Will, era por eso que el coronel Dipa se había abs­tenido de efectuar una presentación formal.

–Este es Muru –había dicho, cuando el joven fue in­troducido en la oficina presidencial–. Mi joven amigo Muru. –Y se había puesto de pie y apoyado un brazo sobre los hombros del joven, para llevarlo al sofá y sentarse junto a él.

–¿Puedo conducir el Mercedes? –preguntó en esa oca­sión Murugan. El dictador sonrió con indulgencia y asintió moviendo la bien peinada cabeza. Y había otro motivo para suponer que la curiosa relación era algo más que una sim­ple amistad. Al volante del coche de deporte del coronel, Murugan era un maniático. Sólo un enamorado perdido po­día confiarse –y confiar sus invitados– a semejante con­ductor. En el tramo llano entre Rendang-Lobo y los yaci­mientos petrolíferos, el velocímetro había llegado dos veces a los ciento setenta y cinco; y peor, mucho peor, era seguir por el camino de montaña de los yacimientos a las minas de cobre. Los abismos se abrían ante uno, los neumáticos chi­llaban en los recodos, búfalos acuáticos aparecían de entre bosquecillos de bambú a pocos centímetros del coche, ca­miones de diez toneladas pasaban rugiendo por el costado del camino que no les correspondía.

–¿No está usted un poco nervioso? –se había atrevido Will a preguntar. Pero el bandolero era tan religioso como enamoradizo.

–Si uno sabe que está haciendo la voluntad de Alá, y yo lo sé, Mr. Farnaby, no hay motivos para nerviosidades. En tales circunstancias la nerviosidad sería una blasfemia. –Y mientras Murugan viraba para esquivar otro búfalo, abrió su cigarrera de oro y ofreció a Will un Sobranje bal­cánico.

–Listo –indicó Vijaya.

Will volvió la cabeza y vio las angarillas en el suelo junto a él.

–¡Muy bien! –dijo el doctor MacPhail–. Levantémos­lo. Con cuidado. Despacio...

Un minuto más tarde la pequeña procesión serpenteaba por el caminito, entre los árboles. Mary Sarojini iba ade­lante, su abuelo cerraba la marcha y entre ellos iban Murugan y Vijaya en cada extremo de la camilla.

Desde su lecho móvil Will Farnaby miró a través de la verde obscuridad como desde el fondo de un mar vivo. Muy arriba, cerca de la superficie, había un susurro entre las hojas, un ruido de monos. Y ahora era una docena de cálaos brincando, como ficciones de una imaginación desordenada, a través de una nube de orquídeas.

–¿Está cómodo? –preguntó Vijaya, inclinándose, solí­cito, para mirarlo a la cara.

Will le sonrió.

–Lujosamente cómodo –respondió.

–No es lejos –continuó el otro, para tranquilizarlo–. Llegaremos en unos pocos minutos.

–¿Adónde vamos?

–A la Estación Experimental. Es como Rothamsted. ¿Al­guna vez fue a Rothamsted cuando estuvo en Inglaterra?

Will había oído hablar del lugar, por supuesto, pero nunca estuvo en él.

–Hace más de cien años que funciona –continuó Vi­jaya.

–Ciento veinte, para ser exactos –dijo el doctor Mac­Phail–. Lawes y Gilbert iniciaron sus trabajos sobre ferti­lizantes en 1843. Uno de los alumnos vino aquí a principios de la década del 50 para ayudar a mi abuelo a iniciar la estación. Rothamsted en los trópicos... esa era la idea. En los trópicos y para los trópicos.

La penumbra verde se fue aclarando y un momento más tarde la camilla salió del bosque al resplandor del sol del trópico. Will levantó la cabeza y miró en torno. Estaban no muy lejos del centro de un inmenso anfiteatro. Ciento cincuenta metros más abajo se extendía una amplia llanura, cuadriculada de campos, moteada de grupos de árboles y de apiñamientos de casas, en la otra dirección las cuestas ascendían centenares de metros hacia un semicírculo de montañas. Terraza sobre terraza, verdes o doradas, desde la llanura hasta el muro dentado de picos, los arrozales seguían las líneas del contorno, destacando cada hinchazón y hun­dimiento de la ladera en lo que parecía una intención deli­berada y artística. Allí la naturaleza no era ya simplemente natural; el paisaje había sido compuesto, reducido a sus esen­cias geométricas y traducido, por lo que en un pintor habría sido un milagro de virtuosismo, en términos de esas sinuosas líneas, de esos manchones de color puro y luminoso.

–¿Qué hacía usted en Rendang? –preguntó el doctor Robert, interrumpiendo un largo silencio.

–Reunía materiales para un artículo sobre el nuevo ré­gimen.

–No creía que el coronel fuese tema periodístico.

–Se equivoca. Es un dictador militar. Eso quiere decir que hay muertes en el aire. Y la muerte siempre es noticia. Incluso lo es el olor lejano de la muerte –rió–. Por eso me dijeron que pasara por allí, de regreso de China.

Y había habido otros motivos que prefería no mencionar. Los periódicos eran sólo uno de los intereses de lord Aldehyde. En otra de sus expresiones era k South-East Asia Petroleum Company, era la Imperial and Foreign Copper Limited. Oficialmente, Will había ido a Rendang para olfa­tear la muerte en su aire militarizado; pero también se le había encomendado que averiguase qué opinaba el dictador sobre los capitales extranjeros, qué rebajas impositivas estaba dispuesto a ofrecer, qué garantías contra nacionalizaciones. ¿Y qué proporción de las ganancias se podría exportar? ¿Cuántos técnicos y administradores nativos habría que emplear? Toda una batería de preguntas. Pero el coronel Dipa se había mostrado sumamente afable y dispuesto a colaborar. De ahí el espeluznante viaje, con Murugan al volante, hacia las minas de cobre.

–Primitivas, mi querido Farnaby, primitivas. Urgente­mente necesitadas, como usted mismo puede ver, de equipos modernos. –Se había concertado otra entrevista... y se la había concertado, recordó Will, para esa misma mañana. Se imaginó al coronel ante su escritorio. Un informe del Jefe de policía:

–Mr. Farnaby fue visto por última vez en un pequeño bote de vela, solo, rumbo al estrecho de Pala. Dos horas después una tormenta de gran violencia... Presumiblemen­te muerto...

Y en cambio se encontraba allí, vivo y coleando, en Ja isla prohibida.

–No le darán el visado –le había dicho Joe Aldehyde en la última entrevista–. Pero quizá pueda desembarcar disfrazado. Con un albornoz o algo por el estilo, como Lawrence de Arabia.

–Lo intentaré –había respondido Will, con el rostro imperturbable.

–Sea como fuere, si logra llegar a Pala, vaya directa­mente al palacio. La rani –es la reina madre– es una vieja amiga mía. La conocí hace seis años en Lugano. Se hos­pedaba en la casa del viejo Voegeli, el banquero de inver­siones. La amante de él está interesada en el espiritualismo, y organizaron una sesión en mi honor. Una médium, autén­tica Voz Directa... sólo que por desgracia hablaba única­mente en alemán. Bueno, después de que se encendieron las luces conversé con ella. –¿Con la médium?

–No, no. Con la rani. Es una mujer notable. Ya sabe, La Cruzada del Espíritu.

¿Ella lo había inventado?

–En efecto. Pero yo prefiero el Rearme Moral. En A»ñ lo asimilan mejor. Conversamos mucho al respecto, esa no­che. Y después hablamos de petróleo. Pala está repleta de petróleo. La South-East Petroleum ha tratado de conseguirlo durante años. Lo mismo que todas las otras compañías. Todo inútil. No hay concesiones petroleras para nadie. Es la polí­tica inmutable de ellos. Pero la rani no está de acuerdo con eso. Quiere que el petróleo sirva para algo útil en el mundo. Para financiar la Cruzada del Espíritu, por ejemplo. Entonces, como le digo, si llega a Pala, vaya enseguida al palacio. Hable con ella. Averigüe los antecedentes de los hombres que toman las decisiones. Descubra si existe una minoría partidaria de las concesiones y pregunte cómo pode­mos ayudarlos a realizar la tarea.

Y terminó prometiéndole a Will una buena recompensa si sus esfuerzos se veían coronados por el éxito. Lo sufi­ciente como para concederle todo un año de libertad. "No más reportajes. Nada más que Arte Elevado, Arte, arte." Y lanzó una carcajada escatológica, como si en vez de arte se hubiese, hablado de otra palabra, también de cuatro letras. ¡Increíble criatura! Pero sea como fuere escribía para los infames periódicos de la increíble criatura, y estaba dispues­to, por un soborno, a hacer todos los trabajos sucios que le encargase la increíble criatura. Y ahora, oh milagro, es­taba en tierra de Pala. La suerte había querido que la Provi­dencia estuviese de su parte... evidentemente con el ex­preso propósito de perpetrar una de las siniestras bromas pesadas que son la especialidad de la Providencia.

Lo volvió a la realidad el sonido de la voz chillona de Mary Sarojini.

–¡Hemos llegado!

Will volvió a levantar la cabeza. La pequeña procesión se había apartado del camino y pasaba por una abertura practicada en una pared de estuco blanco. A la izquierda, en una creciente sucesión de terrazas, había hileras de edi­ficios bajos sombreados por higueras sagradas. Enfrente, una avenida de altas palmeras descendía hacia un estanque de lotos, en el extremo más lejano del cual había un enorme Buda de Piedra. Doblando hacia la izquierda, subieron por entre árboles en flor, a través de una mezcla de perfumes, hacia la primera terraza. Detrás de una cerca, inmóvil salvo por el rumiar de las mandíbulas, se veía un toro jiboso blanco como la nieve, semejante a una deidad en su serena y absorta belleza. El amante de Europa retrocedió hacia el pasado y cedió el lugar a varias aves de Juno que arras­traban su plumaje por el césped. Mary Sarojini abrió la puertecilla de un jardinillo.

–Mi bungalow –dijo el doctor MacPhail, y volvién­dose hacia Murugan–; Permíteme que te ayude a subir los escalones.
IV
Tom Krishna y Mary Sarojini se habían ido a hacer su siesta con los hijos del jardinero vecino. En su sala sumi­da en la penumbra, Susila MacPhail estaba sentada a solas, con sus recuerdos de dichas pasadas y el actual dolor de su duelo. El reloj de la cocina dio la media hora. Se puso de píe con un suspiro, se calzó las sandalias y salió al tre­mendo resplandor del sol de la tarde. Levantó la vista al cielo. Por sobre los volcanes, enormes nubes trepaban hacia el cenit. Dentro de una hora llovería. Pasando de un es­tanque de sombra al siguiente, avanzó por el sendero bor­deado de árboles. Con un súbito rumor de alas, una bandada de palomas salió volando de una de las higueras. Con las alas verdes y el pico color coral, el pecho cambiado de color como la madreperla, se alejaron hacia el bosque. ¡Cuan her­mosas eran, cuan indeciblemente encantadoras! Susila estuvo a punto de volverse para sorprender la expresión de placer en el rostro de Dugald vuelto hacia arriba; se contuvo y bajó la mirada al suelo: Dugald ya no existía; no había más que ese dolor, como el dolor de un miembro fantasmal que continúa obedeciendo la imaginación, obedeciendo incluso las percepciones de los que han sufrido una amputación.

–Amputación –musitó para sí– amputación... –Sin­tió que los ojos se le llenaban de lágrimas y apartó el pensamiento. La amputación no era una excusa para tenerse lástima, y, a pesar de que Dugald estaba muerto, los pája­ros eran tan bellos como siempre y sus hijos, y todos los otros niños, tenían tanta necesidad como siempre de ser amados, ayudados y educados. Si la ausencia de él era tan constantemente presente, lo era para recordarle que en ade­lante debería amar por dos, vivir por dos, pensar por dos, percibir y entender, no sólo con sus ojos y cerebro, sino con el cerebro y los ojos que le habían pertenecido a él y, antes de la catástrofe, también a ella, en comunión de deleite e inteligencia.

Pero he ahí la cabaña del doctor. Subió los escalones, cruzó la galería y entró en la sala. Su suegro estaba sen­tado cerca de la ventana, bebiendo sorbitos de té frío de un jarro de barro y leyendo el Journal de Mycologie. Levan­tó la vista cuando ella se acercó y le dedicó una sonrisa de bienvenida.

–¡Susila, querida mía! Me alegro de que hayas venido.

Ella se inclinó y le besó la barbuda mejilla.

–¿Qué es eso que me ha contado Mary Sarojini? –in­quirió–. ¿Es cierto que encontró a un náufrago?

–De Inglaterra... Pero vía China, Rendang y un nau­fragio. Un periodista.

–¿Cómo es?

–Tiene el físico de un Mesías. Pero es demasiado inte­ligente para creer en Dios o estar convencido de su propia misión. Y aunque estuviese convencido, es demasiado sen­sible para cumplirla. Sus músculos querrían actuar y sus sentimientos creer; pero sus filetes nerviosos y su inteli­gencia no se lo permiten.

–De modo que sin duda se siente muy desdichado.

–Tanto, que se ve obligado a reír como una hiena.

–¿Sabe él que ríe como una hiena?

–Lo sabe, y está más bien orgulloso de ello. Incluso hace epigramas al respecto. "Soy el hombre que no acepta el sí por respuesta."

–¿Está muy gravemente herido?

–No mucho. Pero tiene fiebre. He comenzado a tratar­lo con antibióticos. Ahora queda a tu cargo elevarle la re­sistencia y dar a la vis medicatrix naturae una oportunidad de actuar.

–Haré todo lo posible. –Luego, después de un silen­cio–: Fui a ver a Lakshmi –dijo–, al regreso de la es­cuela.

–¿Qué tal la encontraste?

–Casi igual. No, quizás un poco más débil que ayer.

–Eso me pareció cuando la vi esta mañana.

–Por fortuna el dolor no parece empeorar. Todavía po­demos encararlo en términos psicológicos. Y hoy la tratamos en lo referente a la náusea. Al cabo pudo beber algo. No creo que haya más necesidad de fluidos intravenosos.

–¡Me alegro mucho! –exclamó él–. Esas inyecciones intravenosas eran una tortura. Tanta valentía frente a los peligros reales, pero cada vez que se trataba de una hipodérmica o una aguja en una vena, el terror más abyecto e irracional.

Pensó en aquella época, en los primeros tiempos de su matrimonio, en que perdió los estribos y la llamó cobarde por hacer tanto alboroto. Lakshmi había llorado y, después de someterse a su martirio, lo abrumó de remordimientos al pedirle que la perdonara. "Lakshmi, Lakshmi...".Y ahora, dentro de pocos días, estaría muerta. Después de treinta y siete años.

–¿De qué hablaron? –preguntó.

–De nada en especial –respondió Susila. Pero la ver­dad es que habían hablado de Dugald y que no podía obli­garse a repetir la conversación.

–Mi primer hijo –había susurrado la mujer agonizan­te–. No sabía que los niños pudieran ser tan hermosos. –Los ojos, hundidos y sombríos dentro del cráneo, se habían iluminado; los labios exangües habían sonreído.– Unas manos tan pequeñitas –decía la voz débil y ronca–, ¡una boquita tan ávida! –Y una mano casi descarnada tocó, tem­blorosa, el lugar en que, antes de la operación del año pasado, había estado su pecho.– No lo sabía –repitió. Y antes del suceso, ¿cómo habría podido saberlo? Fue una revelación, un apocalipsis de emoción y amar–. ¿Entiendes lo que quiero decir? –Y Susila había asentido. Entendía, por supuesto... lo había experimentado en relación con sus dos hijos, lo había sabido, en esos otros apocalipsis de emoción y amor, con el hombre en que se había con­vertido el pequeño Dugald, el de las manos minúsculas y la boca ávida.

–Solía tener miedo por él –había susurrado la mujer moribunda–. Era tan fuerte, tan tiránico; habría podido herir y amedrentar y destruir. Si se hubiese casado con otra mujer... ¡Me sentí tan feliz de que se casara contigo! –Desde el lugar donde había estado el pecho descarnado, la mano se movió para posarse en el brazo de Susila. Esta inclinó la cabeza y la besó. Ambas lloraban.

El doctor MacPhail suspiró, levantó la mirada y, como un hombre que ha salido del agua, se sacudió.

–El náufrago se llama Farnaby –dijo–. Will Farnaby.

–Will Farnaby –repitió Susila– Bien, será mejor que vaya a ver qué puedo hacer por él. –Se volvió y se alejó.

El doctor MacPhail la miró; luego se recostó contra el respaldo y cerró los ojos. Pensó en su hijo, pensó en su esposa... en Lakshmi, que se extinguía lentamente; en Du­gald, que había sido como una ígnea y luminosa llama apa­gada de pronto. Pensó en la incomprensible secuencia de cambios y azares que componen una vida, en todas las belle­zas y horrores y absurdos cuya conjunción crea el esquema, imposible de interpretar, pero divinamente significativo, del destino humano.

–Pobre muchacha –se dijo, recordando la expresión del rostro de Susila cuando le informó de lo que había sucedido a Dugald–, pobre muchacha. –Entretanto, ahí estaba ese artículo sobre los hongos alucinógenos, en el Journal de Mycologie. Esa era otra de las cosas extrañas que aparecían en el esquema. Recordó las palabras de uno de los raros poemitas del Viejo Raja:
Todas las cosas, hacia todas las cosas

absolutamente indiferentes,

trabajan juntas a la perfección,

en discordia, por un Bien que está

más allá del bien, por un Ser más

intemporal en su transitoriedad, más

eterno en su desaparición que

el Dios que está en el cielo.
Crujió la puerta y un instante más tarde Will oyó pasos ligeros y un susurro de faldas. Una mano se posó sobre su hombro y una voz de mujer, de tono bajo y musical, le preguntó cómo se sentía.

–Me siento pésimamente –respondió sin abrir los ojos.

No había conmiseración por sí mismo en la respuesta, ningún pedido de simpatía; sólo la colérica objetividad de un estoico que se ha cansado al cabo de la larga farsa de la impasividad y, resentido, barbota la verdad.

–Me siento pésimamente.

La mano volvió a tocarlo.

–Soy Susila MacPhail –dijo la voz–, la madre de Mary Sarojini.

A regañadientes, Will volvió la cabeza y abrió los ojos. Una versión más adulta y morena de Mary Sarojini estaba sentada junto a su cama, sonriéndole con amistosa solicitud. Devolverle la sonrisa le habría costado un esfuerzo dema­siado grande; se conformó con decir:

–¿Cómo le va? –Subió la sábana un poco más hacia arriba y volvió a cerrar los ojos.

Susila lo contempló en silencio; miró los hombros hue­sudos, la jaula de las costillas bajo una piel cuya palidez nórdica hacía que pareciese, para sus ojos de palanesa, tan extrañamente frágil y vulnerable, y el rostro atezado, enfá­ticamente delineado como una talla para ser contemplada desde lejos... enfático pero sensible; el rostro estremecido, más que desnudo –se sorprendió pensando–, de un hom­bre que hubiese sido azotado y abandonado para sufrir. –Tengo entendido que es de Inglaterra –dijo al cabo. –No me importa de dónde soy –masculló Will, irri­tado–, Ni adonde voy. Del infierno al infierno.

–Yo estuve en Inglaterra después de la guerra –con­tinuó ella–. Como estudiante.

Él trató de no escuchar, pero las orejas no tienen pár­pados; era imposible eludir esa voz que se entrometía.

– Había una muchacha en mi clase de psicología –decía la voz– Los padres vivían en Wells. Me pidió que me alojase en la casa de ellos durante el primer mes de las vacaciones de verano. ¿Conoce Wells?

Por supuesto que conocía Wells. ¿Por qué lo hostigaba con sus tontas reminiscencias?

–Me encantaba caminar por la orilla del agua –prosi­guió Susila–, mirar la catedral desde el otro lado del foso –...y pensar, mientras contemplaba la catedral, en Dugald bajo las palmeras de la playa, en Dugald cuando le dio su primera lección de ascensión. "Estás amarrada con la soga. Estás segura. No puedes caerte..."No puedes caerte, je repitió con amargura... y entonces recordó, ahora y aquí, recordó que tenía una labor que cumplir, recordó, mientras volvía a mirar el rostro enfático y azotado, que había un ser humano dolorido. ¡Cuan encantador era todo eso –continuó–, y cuan maravillosamente tranquilo! La voz, le pareció a Will Farnaby, se había vuelto más musical y, en cierto extraño sentido, más remota. Quizá fue por eso que no le molestó ya la intromisión.

–Una sensación tan extraordinaria de serenidad, Shanti, shanti, shanti. La tranquilidad que supera el entendimiento. La voz canturreaba casi, ahora.... y en apariencia cantaba como surgida de otro mundo.

–Puedo cerrar los ojos –canturreó–, puedo cerrar los ojos y verlo con toda claridad. La iglesia... y es enorme, mucho más alta que los árboles gigantescos que rodean la tasa del obispo. Puedo ver las verdes hierbas y el agua y la luz dorada del sol en las piedras y las sombras obli­cuas entre los contrafuertes. ¡Y escuche! Oigo las campanas. Las campanas y los grajos. Los grajos en el campanario.... ¿No oye los grajos?

Sí, Will pudo escuchar los grajos, casi con tanta claridad como ahora oía los loros entre los árboles, al otro lado de la ventana. Estaba allí y al mismo tiempo estaba también allá; allí, en esa obscura y calurosa habitación, cerca del ecua­dor, pero también allá, al aire libre, en esa fresca hondo­nada al borde de las Mendip, y los grajos llamaban desde el campanario de la catedral, y el sonido de las campanas se alejaba en el silencio verde.

–Y hay nubes blancas –decía la voz–, y el cielo azul entre ellas es tan pálido, tan delicado, tan exquisitamente tierno...

Tierno, repitió él, el tierno cielo azul del fin de semana de abril que había pasado allí, con Molly, antes del desas­tre del matrimonio, Entre la hierba había margaritas y dien­tes de león, y al otro lado del agua se erguía la gigantesca iglesia, como un desafío de su austera geometría contra la locura de las suaves nubes de abril. Un desafío a la locura y al mismo tiempo un complemento de ella, una concor­dancia con ella en perfecta reconciliación. Así habría debido de ser entre él y Molly.... así había sido entonces.

–Y los cisnes –canturreó, soñadora, la voz–, los cis­nes...

Sí, los cisnes. Cisnes blancos cruzando el espejo de jade y azabache... un espejo palpitante que se movía y tembla­ba, de modo que las argentadas imágenes se quebraban a cada rato y volvían a formarse, se desintegraban y recom­ponían.

–Como las invenciones de la heráldica. Romántica, im­posiblemente bellos. Y sin embargo, helos ahí... aves de verdad en un lugar real. Tan próximos a mí, ahora, que casi puedo tocarlos... y sin embargo tan lejanos, a miles de kilómetros de distancia. Lejos, en esas aguas quietas, moviéndose como por arte de magia, suave, majestuosa­mente...

Majestuosamente; moviéndose majestuosamente, y el agua se levantaba y se partía ante el avance de los blancos pe­chos curvos; se levantaba y se partía, retrocediendo en ondu­laciones que se ensanchaban detrás de ellos en una reluciente punta de flecha. Podía verlos cruzar su espejo obscuro, y oía los grajos en el campanario, y percibía, a través de esa mezcla más cercana de desinfectantes y gardenias, el frío, uniforme, herboso olor del foso gótico del lejanísimo valle verde.

–Flotando sin esfuerzo alguno –se dijo Will–. Flo­tando sin esfuerzo alguno. –Las palabras le proporcionaron una profunda satisfacción.

–Yo me sentaba allí –decía ella–; me sentaba, a mi­rar y mirar, y al cabo de un rato yo misma me encontraba flotando. Flotaba con los cisnes en la suave superficie, entre la obscuridad de abajo y el cielo tierno y pálido de arriba. Y al mismo tiempo floto en la otra superficie, entre el aquí y la lejanía, entre el entonces y el ahora. –Y entre las dichas recordadas, pensó, y la insistente, atormentadora presencia de una ausencia.– Flotaba en la superficie, entre lo real y lo imaginado, entre lo que nos viene de afuera y lo que nos llega de adentro, de muy, muy adentro.

Se llevó la mano a la frente y de pronto las palabras se trasformaron en las cosas y los sucesos que representaban; las imágenes se convirtieron en hechos. Él flotaba real­mente.

–Flotaba –insistió la voz con suavidad–. Flotaba como un ave blanca en el agua. Flotaba en un gran río de vida... un gran río liso y silencioso, que fluye con tanta, tanta serenidad, que una casi podría pensar que el agua está dormida. Un río dormido. Pero fluye irresistiblemente. La vida fluye silenciosa e irresistiblemente hacia una vida cada vez más plena, hacia una paz viviente, tanto más profunda, tanto más rica y fuerte y completa cuanto que conoce todos sus dolores y desdichas, los conoce y los acoge y los convierte en una sola cosa con su propia sustancia. Y ha­cia esa paz está flotando usted ahora, flotando sobre ese río liso y silencioso, que duerme pero que es irresistible, y es irresistible precisamente porque duerme. Y yo floto con él. –Hablaba para el desconocido. Y hablaba, en otro plano, para sí. Floto sin esfuerzo alguno. No tengo que hacer nada. Me abandono, permito que me arrastre, pido a ese irresistible río dormido de la vida que me lleve adon­de va... y sé que adonde él va es adonde yo quiero ir, adonde debo ir; hacia una vida más plena, hacia una paz viviente. Por el río dormido, irresistiblemente, hacia la recon­ciliación absoluta.

Sin quererlo, sin tener conciencia de ello, Will Farnaby exhaló un profundo suspiro. ¡Cuan silencioso se había vuel­to el mundo! Silencioso, con un silencio profundo y cris­talino, aunque los loros seguían atareados, más allá de las persianas, y aunque la voz continuaba canturreando a su lado. Silencio y vacío, y a través del silencio y el vacío fluía el río, dormido e irresistible.

Susila contempló el rostro que reposaba sobre la almohada. De pronto parecía muy joven, infantil en su perfecta sere­nidad. Había desaparecido el ceño. Los labios tan fuerte­mente cerrados de dolor estaban ahora entreabiertos, y la respiración surgía con suavidad y lentitud, casi impercepti­ble. Recordó de pronto las palabras que habían acudido a su pensamiento cuando contempló, una noche de luna, la trasfigurada inocencia del rostro de Dugald: "Otorgó reposo a su amado."

–Duerma –dijo en voz alta–. Duerma.

El silencio pareció tornarse absoluto, el vacío más enorme.

–Dormido en el río que duerme –decía la voz–. Y por sobre el río, en el cielo pálido, hay enormes nubes blan­cas. Y cuando uno las mira comienza a flotar hacia ellas.

Sí, flota hacia arriba, hacia ellas, y el río es ahora un río en el aire, un río invisible que lo lleva hacia arriba, cada vez más alto.

Hacia arriba, más y más, a través del vacío silencioso. La imagen era la cosa, las palabras se convertían en la expe­riencia.

–Y sale de la calurosa llanura –decía la voz–, sin esfuerzos, y va hacia la frescura de las montañas.

Sí, estaba el Jungfrau, deslumbradoramente blanco contra el azul. Y estaba el Monte Rosa...

– ¡Cuan fresco es el aire cuando uno lo inspira! ¡Fresco, puro, cargado de vida!

Will inspiró profundamente y una nueva vida fluyó por su cuerpo. Y entonces un vientecillo cruzó los campos cu­biertos de nieve, fresco sobre la piel, deliciosamente fresco. Y como un eco de sus pensamientos, como describiendo su experiencia, la voz dijo:

–Frescura. Frescura y sueño. A través de la frescura, hacia una vida más rotunda. A través del sueño, hacia la reconciliación, hacia la integridad, hacia la paz viviente. Media hora más tarde Susila volvió a entrar en la sala. –¿Y bien? –preguntó su suegro–. ¿Tuviste éxito? Ella asintió.

–Le hablé de un lugar de Inglaterra –dijo Susila–. Se aferró a él con más rapidez de lo que esperaba. Des­pués de eso le hice algunas sugestiones acerca de su tem­peratura...

Y sobre la rodilla, supongo. –Es claro.

–¿Sugestiones directas?

–No, indirectas. Siempre son mejores. Logré que tu­viera conciencia de la imagen de su cuerpo. Y entonces hice que lo imaginara mucho más grande que en la realidad cotidiana... y su rodilla mucho más pequeña. Una cosita desdichada, en rebelión contra una cosa gigantesca y esplén­dida. No cabe duda alguna en cuanto a cuál de las dos vencerá. –Miró el reloj de pared. Caramba, tengo que darme prisa. De lo contrario llegaré tarde para mi clase en la escuela.

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