Editorial anagrama



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17

Es curioso, pensé: parecía haber cierta semejanza familiar entre Nina Rechnoy y Helene von Graun..., o al menos entre las dos imágenes que el marido de una y la amiga de otra me habían pintado. Entre las dos no había mucho que elegir. Nina era superficial y mundana, Helene astuta y tenaz, pero ambas eran volubles. Ninguna era de mi gusto... ni pensaba que lo fuera de Sebastian. Me pregunté si ambas mujeres se habrían conocido en Blauberg: lo habrían pasado muy bien juntas... teóricamente. En realidad, se habrían mostrado las uñas mutuamente. Por otro lado, ya podía abandonar por completo la pista Rechnoy, cosa que me aliviaba mucho. Lo que aquella muchacha francesa me había dicho acerca del amante de su amiga no podía ser una mera coincidencia. A pesar de los sentimientos que me asaltaban al enterarme de cómo había sido tratado Sebastian, no podía sino alegrarme al ver que mi búsqueda se acercaba a su fin y que se me ahorraba la imposible tarea de desenterrar a la primera mujer de Pahl Pahlich, que debía de estar en la cárcel o en Los Angeles.

Sabía que era mi última oportunidad, y como estaba ansioso por asegurarme de su presencia, hice un esfuerzo tremendo y le envié una carta a su dirección de París, de modo que pudiera encontrarla a su llegada. Fui muy lacónico: le informé sucintamente que era huésped de su amiga en Lescaux y que había aceptado esa invitación con el solo objeto de encontrarme con ella. Agregué que había importantes cuestiones de índole literaria que deseaba consultarle. Esa última afirmación no era muy sincera, pero pensé que sonaba de manera atractiva. No había entendido si su amiga le había dicho algo sobre mi deseo de verla cuando telefoneó desde Dijon. Tenía un miedo espantoso de que el domingo Madame Lecerf me informara tranquilamente que Helene se había marchado a Niza. Después de echar la carta en el buzón me dije que haría todo lo posible por concertar nuestra entrevista.

Partí a las nueve de la mañana, para llegar a Lescaux al mediodía según lo dispuesto. Ya subía al tren cuando advertí con una conmoción que pasaría por St. Damier, donde había muerto y estaba enterrado Sebastian. Había viajado allí en una noche inolvidable. Pero esta vez no reconocí nada: cuando el tren se detuvo un minuto en la pequeña plataforma de St. Damier, su inscripción fue lo único que me dijo que ya había estado allí. El lugar parecía tan simple y definido y preciso comparado con el informe recuerdo de pesadilla que fluctuaba en mi memoria... ¿O se había deformado ahora?

Me sentí extrañamente aliviado cuando el tren reanudó la marcha: ya no iba tras las huellas espectrales que había seguido durante dos meses. El tiempo era excelente y cada vez que el tren se detenía creía oír el respiro ligeramente irregular de la primavera, aún invisible pero indiscutiblemente presente: «Niñas bailarinas de miembros helados que esperan entre bastidores», escribió alguna vez Sebastian.

La casa de Madame Lecerf era grande y descuidada. Un montón de viejos árboles enfermos representaba el parque. A un lado había campos y al otro una colina con una fábrica. Todo el conjunto tenía un curioso aspecto mísero, polvoriento, abandonado; cuando después supe que había sido construido apenas treinta años antes, me sentí aún más sorprendido por su decrepitud. Cuando me dirigía a la entrada principal encontré a un hombre que bajaba precipitadamente por el sendero de grava. Se detuvo y me tendió la mano.

Enchanté de vous connaître —dijo, envolviéndome en una mirada melancólica—. Mi mujer le espera. Je suis navré... pero estoy obligado a viajar a París este domingo.

Era un francés de aspecto corriente, de edad mediana, ojos cansados y sonrisa estereotipada. Nos dimos la mano nuevamente.

Mon ami, perderás el tren...

La voz cristalina de Madame Lecerf llegó desde el balcón, y él se marchó obediente.

Aquel día Madame Lecerf llevaba un vestido beige; tenía muy pintada la boca, pero no había alterado su piel diáfana. El sol daba un tinte azulado a su pelo y pensé que era muy joven y bella. Cruzamos por dos o tres habitaciones que producían la impresión de que se hubiera dividido entre ellas la idea de una sala. Me parecía como si estuviéramos totalmente solos en una casa desagradablemente llena de callejones. Tomó un chal de un canapé de seda verde y se lo echó sobre los hombros.

—¿No tiene frío? —dijo—. Es una de las cosas que odio en la vida, el frío. Toque mis manos..., siempre están así, salvo en verano. El almuerzo estará listo dentro de un minuto. Siéntese.

— ¿Cuándo llegará ella?

Ecoutez —dijo Madame Lecerf—, ¿no puede olvidarla un minuto mientras hablamos de otras cosas? Ce n 'est pas très poli, vous savez. Dígame algo sobre usted mismo. ¿Dónde vive, qué hace?

— ¿Vendrá ella esta tarde?

—Sí, sí, qué hombre tan obstinado... Monsieur l'entêté. No dejará de venir. No sea tan impaciente. Las mujeres no se preocupan por los hombres con una idée fixe. ¿Qué le ha parecido mi marido?

Dije que debía de ser mucho mayor que ella.

—Es muy bueno, pero terriblemente aburrido —siguió ella, riendo—. Lo despaché adrede. Sólo hace un año que estamos casados, pero ya me siento como a punto de cumplir las bodas de diamante... Y odio esta casa. ¿Y usted?

Dije que me parecía más bien anticuada.

—Oh, ése no es el término exacto. Parecía nueva cuando la vi por primera vez. Pero desde entonces se ha ajado... Una vez le dije a un médico que todas las flores, salvo los claveles y los asfódelos, se marchitaban si los tocaba..., ¿no es curioso?

— ¿Y qué dijo él?

—Que no era botánico. Había una princesa persa como yo. Hizo que se marchitara todo el jardín del palacio.

Una criada anciana y de aspecto deprimente se asomó e hizo una seña a su ama.

—Vamos —dijo Madame Lecerf—. Vous devez mourir de faim, a juzgar por su cara.

Chocamos en el umbral de la puerta, porque ella se volvió de improviso mientras la seguía. Me cogió por el hombro y su pelo me rozó la mejilla.

—Joven torpe... —dijo—. He olvidado mis píldoras.

Las encontró y recorrimos la casa en busca del comedor. Al fin lo encontramos. Era un lugar horrible, con un mirador que parecía haber cambiado de idea en el último momento y haber hecho un débil esfuerzo por volver a su estado más simple. Dos personas entraron silenciosamente, por diferentes puertas. Una de ellas era una anciana que, supuse, era prima de Monsieur Lecerf. Su conversación se limitaba a gruñidos de aprobación frente a la comida. La otra persona era un hombre apuesto, de cara solemne y con una extraña franja gris en el ralo pelo rubio. Tampoco él pronunció una sola palabra durante el almuerzo. La presentación de Madame Lecerf consistió en un ademán precipitado y no dijo nombres. Advertí que ignoraba la presencia del hombre a la mesa... En verdad, el individuo parecía estar sentado aparte. El almuerzo estaba bien preparado, pero como al azar. El vino era excelente.

Después del primer plato, el caballero rubio encendió un cigarrillo y se marchó. Volvió un minuto después, con un cenicero. Madame Lecerf, que había estado consagrada a su comida, se volvió hacia mí y dijo:

—¿De modo que ha viajado usted mucho últimamente? Yo nunca he estado en Inglaterra... No se me ha presentado la ocasión. Debe de ser un lugar aburrido. On doit s'y ennuyer follement, n'est ce pas? Y la niebla... Y sin música, sin arte de ninguna especie... Esta es una receta especial para preparar el conejo... Espero que le guste.

—A propósito —dije—, olvidé decirle que escribí una carta a su amiga avisándola de que vendría aquí... y recordándole que viniera.

Madame Lecerf dejó el cuchillo y el tenedor. Pareció sorprendida y fastidiada.

— ¡No es posible! —exclamó.

—Espero no haber hecho mal...

Terminamos el conejo en silencio. Siguió crema de chocolate. El caballero rubio dobló cuidadosamente su servilleta, la metió en un aro, se puso de pie, se inclinó ligeramente ante nuestra anfitriona y desapareció.

—Tomaremos café en la habitación verde —dijo Madame Lecerf a la criada.

—Estoy furiosa con usted —dijo cuando nos sentamos—. Creo que lo ha echado todo a perder.

—¿Por qué, qué he hecho? —pregunté.

Miró a otro lado. El pecho duro y pequeño subía y bajaba (Sebastian escribió una vez que eso ocurría sólo en los libros, pero ahí estaba la prueba de que se equivocaba). La venilla azul de su pálido cuello infantil pareció latir (pero no estoy seguro de eso). Las pestañas se agitaron. Sí, era decididamente una mujer hermosa. Sin duda era oriunda del Mediodía. De Arles, quizá. Pero no, su acento era parisiense.

—¿Nació usted en París? —pregunté.

—Gracias —dijo sin mirarme—. Es la primera pregunta que me hace sobre mí misma. Pero eso no repara su error. Es lo más tonto que pudo hacer. Quizá si yo hubiera tratado... Perdón, volveré dentro de un minuto.

Volví a sentarme y fumé. El polvo giraba en un rayo de sol inclinado; volutas de humo de tabaco se le unían y rotaban insistentes, como a punto de formar una imagen. Permítaseme repetir que odio perturbar estas páginas con observaciones de índole personal, pero creo que quizá divertirá al lector (y acaso también al espectro de Sebastian) si digo que por un momento pensé hacer el amor a esa mujer. Era muy extraño..., al mismo tiempo me irritaban las cosas que decía. En cierto sentido estaba perdiendo mi dominio. Me recobré mentalmente mientras volvía.

—Ya está hecho —dijo—. Helene no está en su casa.

Tant mieux —respondí—. Probablemente venga hacia aquí, y debería usted comprender la impaciencia que tengo por verla.

—Pero ¿por qué demonios le escribió? —exclamó Madame Lecerf—. Ni siquiera la conoce. Yo le había prometido que estaría aquí hoy. Si no me creyó y quiso cerciorarse... alors vous etes ridicule, cher Monsieur.

—Oh, eso nunca se me ocurrió —dije sinceramente—. Sólo pensé..., bueno, la mantequilla puede arruinar el pastel, como decimos los rusos.

—Creo que la mantequilla y los rusos me importan un bledo.

¿Qué podía hacer? Miré la mano de Madame Lecerf, que yacía cerca de la mía. Temblaba ligeramente, su vestido era leve y vaporoso... Un extraño estremecimiento que no era de frío me recorrió la espalda. ¿Debía besar esa mano? ¿Podía mostrarme cortés sin sentirme tonto?

Ella suspiró y se puso de pie.

—Bueno, no hay nada que hacer. Me temo que la haya ahuyentado y si viene..., bueno, no importa. Ya veremos. ¿Le gustaría ver nuestra finca? Creo que hace más calor fuera que en esta miserable casa, que dans cette triste demeure.

La «finca» consistía en el jardín y el bosquecillo que ya había advertido. Todo estaba muy tranquilo. Las ramas negras, matizadas aquí y allá de verde, parecían atentas a su propia vida. Algo lúgubre pesaba sobre el lugar. Contra un muro había tierra excavada y amontonada por un misterioso jardinero que se había marchado olvidando su herrumbrosa pala. Por algún extraño motivo recordé un asesinato ocurrido hacía poco, en un jardín como aquél.

Madame Lecerf estaba silenciosa; después dijo:

—Debió de querer mucho a su hermanastro, para consagrarse de tal modo a su pasado. ¿Cómo murió? ¿Se suicidó?

—Oh, no —dije—. Padecía una enfermedad cardíaca.

—Creí oírle decir que se había matado. Habría sido mucho más romántico. Su libro me decepcionará si todo termina en la cama. Aquí hay rosas durante el verano... aquí, en este fango... pero es difícil que el verano vuelva a pescarme aquí.

—Nunca se me ocurrirá falsificar su vida —dije.

—Oh, muy bien. Conocí a un hombre que publicó las cartas de su difunta mujer y las distribuyó entre sus amigos. ¿Por qué supone que la biografía de su hermano interesará a la gente?

—¿Nunca leyó usted?... —empecé, cuando súbitamente un automóvil elegante pero cubierto de barro se detuvo ante el portal.

—Oh, demonios —dijo Madame Lecerf.

—Quizá sea ella —exclamé.

Una mujer bajó del automóvil en un charco.

—Sí, es ella —dijo Madame Lecerf—. Quédese usted donde está.

Bajó corriendo el sendero y cuando estuvo junto a la recién llegada, la besó y la guió a la izquierda, donde ambas desaparecieron tras unas matas. Las espié un momento después, cuando, fuera ya del jardín, subieron los escalones y desaparecieron en la casa. Nada distinguí de Helene von Graun, salvo el abrigo de piel abierto y el pañuelo de vivos colores.

Encontré un banco de piedra y me senté. Estaba excitado y bastante satisfecho de mí mismo por haber capturado por fin a mi presa. Había un bastón sobre el banco y con él hurgué la rica tierra marrón. ¡Había triunfado! Aquella misma noche, después de hablar con ella, volvería a París y... Un pensamiento distinto del resto, fluctuante e insensato, se insinuó en el fárrago de mi mente... ¿Tendría que marcharme aquella noche? ¿Cómo era aquella frase en el mediocre relato de Maupassant: «He olvidado un libro»? Yo también estaba olvidando el mío.

—Conque está usted aquí —dijo la voz de Madame Lecerf—. Pensé que quizá se habría marchado.

— ¿Todo anda bien?

—Lejos de eso —respondió tranquilamente —. No sé qué le habrá escrito usted, pero Helene creyó que se trata de un negocio sobre una película que está procurando arreglar... Dice que le ha tendido una trampa. Ahora haga usted lo que le digo. No hable con ella hoy ni mañana ni pasado mañana. Pero quédese aquí y muéstrese amable con ella. Después, tal vez pueda hablarle. ¿Me ha entendido?

—Es usted muy buena... Todo este trabajo que se toma...

Se sentó junto a mí, y como el banco era muy pequeño y yo..., bueno, no soy endeble, nuestros hombros se rozaron. Me humedecí los labios con la lengua y tracé líneas en el suelo con el bastón.

— ¿Qué trata de dibujar? —preguntó aclarándose la garganta. —Las ondas de mi pensamiento —respondí burlonamente. —Una vez besé a un hombre porque sabía escribir su nombre al revés.

El bastón se me cayó de las manos. Miré a Madame Lecerf. Miré su suave frente blanca, los oscuros párpados violetas —que había bajado, equivocando quizá el sentido de mi mirada—, el minúsculo lunar en la pálida mejilla, las delicadas aletas de la nariz, el dibujo de su labio superior, mientras inclinaba la oscura cabeza, la blancura opaca de la garganta, las uñas pintadas de rojo de sus finos dedos. Levantó la cara y sus ojos, con las pupilas extrañamente aterciopeladas y situadas un poco más alto de lo habitual, miraron mis labios. Me levanté.

— ¿Qué pasa? —dijo—. ¿En qué piensa usted?

Sacudí la cabeza. Pero ella tenía razón. Estaba pensando en algo, ahora, en algo que debía resolver inmediatamente...

— ¿Cómo, quiere usted que regresemos? —preguntó mientras avanzábamos por el sendero.

Asentí.


—Pero ella no bajará todavía. ¿Por qué frunce usted el ceño?

Creo que me detuve, la miré nuevamente, esta vez deteniéndome en su esbelta figura envuelta en el ajustado vestido color canela.

Seguí caminando, sin dejar de reflexionar, y el sendero manchado de sol parecía mirarme con hostilidad.

Vous n 'êtes guère amiable —dijo Madame Lecerf.

Había una mesa y varias sillas en la terraza. El silencioso caballero rubio que había visto durante el almuerzo estaba sentado allí, examinando el mecanismo de su reloj. Cuando me senté le rocé torpemente el codo y él dejó caer una ruedecilla.

Boga radi —dijo (no tiene importancia) cuando le pedí disculpas.

(Oh, conque era ruso. Bueno, eso podía serme útil.)

La dama nos dio la espalda canturreando ligeramente, golpeando el pie contra las lajas de piedra. Fue entonces cuando me volví hacia mi silencioso compatriota, que seguía escudriñando su reloj descompuesto.

Ah-oo-neigh na-sheiky pah-ook —dije quedamente.

La mano de la dama subió hasta la nuca y ella giró sobre sus talones.

Shto? (¿Qué?) —preguntó mi lento compatriota, mirándome.

Después miró a la dama, gruñó incómodamente y se irguió hurgando en su reloj.

J'at quelque chose dans le cou..., lo noto —dijo Madame Lecerf.

—En verdad —dije—, acabo de decirle a este caballero ruso que creía ver una araña en su cuello. Pero me equivoqué. Era un efecto de luz.

— ¿Ponemos el gramófono? —preguntó ella alegremente.

—Lo siento muchísimo —dije—, pero creo que debo regresar. ¿Me perdona usted?

Mais vous êtes fou —exclamó—. ¿No quiere ver a mi amiga?

—Otro día, quizá —dije suavemente—, otro día...

—Dígame —dijo, siguiéndome por el jardín—. ¿Qué es lo que pasa?

—Fue muy hábil por su parte —dije, en nuestra generosa lengua rusa— hacerme creer que hablaba de su amiga cuando no hacía sino hablar de usted misma. La burla pudo seguir mucho tiempo si el destino no le hubiera movido el codo: ahora se ha derramado la leche. Porque resulta que he conocido al primo de su primer marido, el único que podía escribir su nombre al revés. De modo que hice una pequeña prueba. Y cuando inconscientemente escuchó las palabras en ruso que murmuré para mí mismo...

No, no dije una sola palabra de eso. Me limité a inclinarme, llegado al portal. Le mandaré un ejemplar de este libro, y entenderá.
18

La pregunta que hubiera querido hacer a Nina quedó sin formular. Hubiera querido preguntarle si nunca había advertido que el hombre de cara exangüe, cuya presencia encontraba tan tediosa, era uno de los escritores más notables de su época. Pero ¿habría valido la pena? Los libros no significan nada para una mujer de su clase: su propia vida le parece contener los estremecimientos de cien novelas. Si la hubieran condenado a permanecer todo un día encerrada en una biblioteca la habrían encontrado muerta por la noche. Estoy seguro de que Sebastian nunca le hablaba de su trabajo: habría sido como hablar de meridianos con un murciélago. Dejemos, pues, que el murciélago vuele y ruede en la creciente oscuridad, con la mímica astuta de una golondrina.



En los últimos y tristes días de su vida Sebastian escribió El extraño asfódelo, sin duda su obra maestra. ¿Dónde y cómo lo escribió? En la sala de lectura del British Museum (lejos de la mirada vigilante de Goodman). En la humilde mesa de un bistro parisiense (no de la clase preferida por su amante). En una silla plegable, bajo una sombrilla anaranjada, en Cannes o Juan, cuando ella y su pandilla lo abandonaban para retozar en otra parte. En la sala de espera de una estación anónima, entre dos ataques al corazón. En un hotel, entre el ruido de los platos que lavaban en un patio. En muchos otros lugares que sólo puedo conjeturar vagamente. El tema del libro es simple: un hombre se muere. Lo sentimos hundirse a lo largo de la obra. Sus pensamientos y sus recuerdos lo invaden todo con más o menos claridad (como las aspiraciones y espiraciones de un jadeo irregular), ya precisando esta imagen, ya aquélla, dejándola galopar al viento o arrojándola sobre la playa, donde parece mecerse y vivir un instante por sí sola, hasta que la arrebata el mar gris, donde se hunde o se transfigura extrañamente. Un hombre se muere, y él es el héroe del relato: pero mientras las vidas de otras personas en el libro parecen perfectamente reales (o al menos reales en un sentido knightiano), el lector ignora quién es el hombre moribundo, si su lecho de muerte está fijo o fluctúa, si es de veras un lecho. El hombre es el libro; el libro mismo está muñéndose como un fantasma. Una imagen-pensamiento, después otra, rompe en la playa de la conciencia y seguimos el ser o la cosa que son evocados: restos dispersos de una vida destrozada, inertes fantasmas que sacuden y despliegan alas con ojos. Esas vidas no son sino comentarios sobre el mismo tema. Seguimos al viejo y dulce Schwarz, jugador de ajedrez, que se sienta en una silla en una habitación en una casa para enseñar a un niño huérfano a mover el caballo; nos encontramos a la gorda gitana con esa franja gris en el pelo que traiciona su tinte barato; escuchamos a la pálida desdichada que denuncia ruidosamente el sistema de opresión a un hombre atento, bien vestido, en una casa pública de pésima fama. La alta y encantadora prima donna pone el pie en un charco y sus zapatos plateados se estropean. Un anciano solloza, consolado por una afectuosa muchacha de luto. El profesor Nussbaum, un estudioso suizo, mata a su amante y se suicida en una habitación de hotel a las tres y media de la mañana. Pasan y pasan, esas y otras personas, abriendo y cerrando puertas, viviendo mientras está iluminado el camino que siguen, tragadas sucesivamente por las oleadas del tema dominante: un hombre agoniza. El hombre parece mover un brazo o girar la cabeza sobre lo que puede ser una almohada, y mientras se mueve, tal o cual vida que acabamos de vislumbrar se desvanece o cambia. A veces su personalidad adquiere conciencia de sí, y entonces sentimos que atravesamos la arteria principal del libro. «Ahora, cuando era demasiado tarde y las tiendas de la Vida estaban cerradas, lamentaba no haber adquirido cierto libro que siempre había deseado, no haber presenciado ningún terremoto, ningún incendio, ningún accidente de tren, no haber visto Tatsienlu en el Tibet, no haber oído las urracas azules discurriendo en los sauces chinos, no haber hablado a aquella escolar errabunda, de ojos desvergonzados, que encontró un día en un páramo, no haberse reído del mal chiste de una mujer tímida y horrible, cuando nadie había reído en la habitación, haber perdido trenes, alusiones y oportunidades, no haber tendido la moneda que llevaba en el bolsillo a aquel viejo violinista que tocaba para sí, trémulo, en cierto triste día, en una ciudad olvidada.»

A Sebastian Knight siempre le había gustado hacer malabarismos con los temas, estrechándolos o armonizándolos diestramente, haciéndoles expresar ese oculto sentido que sólo podía expresarse en una sucesión de olas, como la música de una boya china sólo puede producirse por ondulación. En El extraño asfódelo, su método ha llegado a la perfección. No son las partes las que importan, sino su combinación.

Parece haber un método, asimismo, en el modo con que el autor expresa el proceso físico de la muerte: los pasos que llevan a la oscuridad; la acción que sucesivamente desarrollan el cerebro, la carne, los pulmones. Primero el cerebro sigue cierta jerarquía de ideas, ideas sobre la muerte: pensamientos de falsa profundidad escritos al margen de un libro prestado (el episodio del filósofo): «Atracción de la muerte: el crecimiento físico considerado al revés, como el afinarse de una gota suspendida; al fin el precipitarse en la nada.» Pensamientos poéticos, religiosos: «... el pantano del pútrido materialismo y el dorado paraíso de los que Dean Park llama optimistas...» «Pero el moribundo sabe que no eran ideas verdaderas; que sólo puede decirse que existe una mitad de la noción de la muerte: este lado de la cuestión; el arranque, la partida, el muelle de la vida alejándose con los pañuelos; ah, él estaba ya del otro lado, ya que podía ver alejarse la orilla. No, no del todo, si aún pensaba.» (Así alguien que acude a despedir a un amigo, puede quedarse demasiado tiempo en la cubierta sin convertirse en viajero...)

Después, poco a poco, los demonios de la enfermedad física sofocan bajo montañas de dolor toda suerte de pensamientos, filosofía, conjetura, recuerdos, esperanza, nostalgia. Tropezamos y nos arrastramos por horribles paisajes y no reparamos adonde vamos... porque todo es angustia y sólo angustia. El método se invierte. En vez de esas ideas-pensamientos que se atenuaban cada vez más, mientras las seguíamos por ciegos pasajes, es ahora el asalto de horribles visiones que nos cercan por todos lados: la historia de un niño torturado; el relato de un exiliado sobre su vida en un despiadado país de donde ha escapado; un pobre demente con un ojo en blanco; un campesino que da puntapiés a sus perros... divirtiéndose cruelmente. Después también el dolor desaparece. «Quedó tan exhausto que casi no se interesaba en la muerte.» Como «un hombre sudando ronca en un vagón de tercera; como un escolar cae dormido sobre sus deberes incompletos». Estoy cansado, cansado... un neumático que rueda y rueda por sí solo, unas veces bamboleándose, otras aminorando la marcha, otras...»

Es el momento en que una oleada de luz súbitamente inunda el libro: «...como si alguien hubiese abierto la puerta y las personas de la habitación hubieran saltado sobre sus pies, recogiendo nerviosamente sus paquetes». Sentimos que estamos al borde de una verdad absoluta, deslumbrados por su esplendor y al mismo tiempo sosegados por su sencillez perfecta. Por su increíble ardid de palabras sugestivas, el autor nos hace creer que conoce la verdad sobre la muerte y que va a contárnosla. Dentro de un instante, al fin de esa oración, en medio de la siguiente, o acaso un poco más adelante, hemos de saber algo que cambiará nuestros conceptos, como si descubriéramos que moviendo nuestros brazos de un modo simple, pero nunca ensayado, podemos volar. «El nudo más difícil no es sino un cordel que resiste a nuestras uñas, un poco por inercia, otro poco por sus graciosas revueltas. Los ojos lo disciernen, mientras los dedos inexpertos sangran. El (el moribundo) era ese nudo, y habría sido desatado de inmediato si hubieran podido ver y seguir el cordel. Y no sólo él mismo: todo habría sido resuelto, todo lo que pudiera imaginar en nuestros infantiles términos de espacio y tiempo, ambos acertijos inventados por el hombre como acertijos, y así vueltos a nosotros: los boomerangs del disparate... Ahora había aprehendido algo real, que nada tenía que ver con ninguno de los pensamientos o sentimientos o experiencias que pudiera haber tenido en el jardín de infantes de la vida.»

La respuesta a todas las cuestiones de la vida y la muerte, «la solución absoluta», estaba escrita en el mundo todo que él había conocido: era como un viajero que advierte que la salvaje región por donde caminó no es un conjunto accidental de fenómenos naturales, sino la página de un libro donde esas montañas y selvas, y campos, y ríos, están dispuestos de tal modo que forman una frase coherente: la vocal de un lago se funde con la consonante de una pendiente sibilante; las vueltas de un camino escriben su mensaje en una caligrafía redondeada, nítida como de su propio padre; árboles que conversan en su muda pantomima, que impresiona a quien ha aprendido los gestos de su lenguaje... Así el viajero deletrea el paisaje y su sentido es manifiesto. Asimismo, el intrincado dibujo de la vida humana se revela monogramático, luminoso para los ojos interiores que desentrañan las letras enlazadas. Y la palabra, el sentido que surge, es asombroso por su sencillez: la sorpresa es tanto mayor, quizá, porque en el curso de una existencia terrena con el cerebro oprimido por un anillo de hierro, por el ceñido sueño de nuestra propia personalidad, no hemos hecho el menor esfuerzo mental, que habría liberado el pensamiento prisionero y le habría otorgado infinita comprensión. Ahora el enigma estaba resuelto. «Y como el sentido de todas las cosas brillaba a través de sus formas, muchas ideas y acontecimientos que parecían de gran importancia degeneraron no convirtiéndose en cosas insignificantes, porque nada podía ser insignificante ahora, sino colocándose en el mismo nivel al que otras ideas y acontecimientos, antes desprovistos de toda importancia, han llegado ahora.» Así, estos maravillosos gigantes de nuestros pensamientos, la ciencia, el arte o la religión, cayeron del esquema familiar de su clasificación y, dándose la mano, se mezclaron gozosamente en el mismo nivel. Así, un hueso de cereza y su minúscula sombra proyectada sobre la madera pintada de un banco, o un pedazo de papel roto o cualquier otra fruslería entre millones y millones de fruslerías alcanzaba proporciones maravillosas. Remodelado, recreado, el mundo comunicaba su sentido al alma naturalmente, como ambos respiraban.

Y ahora sabemos qué es exactamente; la palabra será formulada... y ustedes, y yo, y cada ser en el mundo se dará una palmada en la frente: ¡Qué tontos hemos sido! Al final de su libro el autor parece detenerse un instante, como diciéndose si es sensato revelar la verdad. Parece levantar la cabeza, olvidar al hombre agonizante cuyos pensamientos seguía y volverse para pensar: ¿Lo seguiremos hasta el fin? ¿Susurraremos la palabra que sacudirá el silencio espeso de nuestras mentes? Lo haremos, hemos llegado demasiado lejos, la palabra ya está forjándose y surgirá. Y nos volvemos una vez más, y nos inclinamos sobre un lecho oscuro, sobre una forma gris y flotante... cada vez más abajo, más abajo... Pero ese minuto de duda ha sido fatal: el hombre ha muerto.

El hombre ha muerto y nosotros lo ignoramos. El asfódelo en la otra orilla es tan incierto como siempre. Tenemos en nuestras manos un libro muerto. ¿O estamos equivocados? A veces, cuando vuelvo las páginas de la obra maestra de Sebastian, siento que la «solución absoluta» está allí, en alguna parte, oculta en algún párrafo. Lo he leído con demasiada prisa, o está entrelazada con otras palabras cuya acepción familiar me ha despistado. No sé de otro libro que dé esa peculiar sensación y quizá ése fue el intento principal del autor.



Recuerdo vividamente el día en que vi El extraño asfódelo anunciado en un periódico inglés. Había dado con un ejemplar del periódico en un hotel de París, mientras esperaba a un hombre que la compañía para la cual trabajo necesitaba comprometer en un negocio. Mientras estaba sentado a solas en el vestíbulo de lúgubre comodidad y leía los anuncios editoriales y el hermoso nombre de Sebastian en letras capitales, envidié su suerte como nunca la había envidiado antes. No sabía dónde estaba Sebastian en esos momentos, no lo había visto en los últimos seis años, ignoraba que estuviera tan enfermo y fuera tan desgraciado. Por el contrario, el anuncio de su libro me pareció un índice de felicidad, y lo imaginé en una habitación cálida y alegre de algún club, con las manos en los bolsillos, las orejas relucientes, los ojos húmedos y brillantes, una sonrisa notándole en los labios... y todas las demás personas de la habitación de pie alrededor de él, con vasos de oporto, festejando sus bromas. Era un cuadro trivial, pero seguía brillando con los toques de las blancas pecheras de las camisas y las negras chaquetas de etiqueta y el vino color de miel y los rostros bien delineados, como una de esas fotografías iluminadas que vemos en las portadas de las revistas. Decidí comprar el libro no bien se publicara —siempre compraba sus libros en cuanto aparecían—, pero de algún modo estaba particularmente impaciente por leer este último. Al fin apareció la persona que esperaba. Era un inglés, muy instruido. Antes de abordar el negocio conversamos unos instantes sobre otros temas, y observé por casualidad que acababa de leer el anuncio en el diario y hasta le pregunté si había leído alguno de los libros de Sebastian Knight. Dijo que había leído uno o dos, Caleidoscopio «o algo así» y El bien perdido. Le pregunté si le gustaban. Dijo que sí, en cierto modo, pero que el autor le parecía terriblemente snob, al menos en el sentido intelectual. Le pedí que se explicara. Agregó que Knight le parecía constantemente embarcado en un juego de su propia invención cuyas reglas no comunicaba a sus compañeros. Dijo que prefería los libros que le hacían pensar a uno; los libros de Knight no hacían pensar: dejaban a sus lectores perplejos e irritados. Después habló de otro autor contemporáneo que juzgaba mucho mejor que Sebastian Knight. Aproveché una pausa para iniciar nuestra conversación mercantil. La conversación no resultó tan fructífera como esperaba mi compañía.

El extraño asfódelo fue objeto de muchas reseñas y la mayoría de ellas resultaron muy halagüeñas. Pero aquí y allá se reiteraba la insinuación de que el autor era un autor cansado, lo cual parecía otro modo de decir que era aburrido. Y hasta percibí como un asomo de conmiseración..., como si ellos supieran ciertos tristes detalles sobre el autor que no estaban en el libro, pero que influían en la actitud con que lo consideraban. Un crítico llegó a decir que lo había leído con «sentimientos dispares, porque era una experiencia más bien desagradable para el lector sentarse junto a un lecho de muerte sin tener la certeza de si el autor es el paciente o el médico». Casi todas las reseñas dieron a entender que el libro era quizá demasiado largo y que muchos pasajes eran oscuros y oscuramente pesados. Todos elogiaban la «sinceridad» de Sebastian Knight..., sea lo que fuere tal «sinceridad». Me pregunto qué pensó Sebastian de todas esas reseñas.

Presté mi ejemplar a un amigo que pasó varias semanas sin leerlo y al final lo perdió en un tren. Compré otro y no lo presté a nadie. Sí, creo que entre todos sus libros ése era mi favorito. Ignoro si le hace «pensar» a uno y poco me importa si lo consigue o no... Me gusta por lo que es. Me gusta su estilo. Y a veces me digo que no sería demasiado difícil traducirlo al ruso.

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