Editorial anagrama



Descargar 0,71 Mb.
Página7/10
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño0,71 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

13

Lo primero era averiguar su identidad. ¿Cómo empezaría mi indagación? ¿Qué datos poseía? En junio de 1929, Sebastian había vivido en el Hotel Beaumont, en Blauberg, y allí la había conocido. Era rusa. No tenía otra pista.

Comparto la aversión de Sebastian por los fenómenos postales. Me parece más fácil viajar mil kilómetros que escribir la carta más breve, encontrar un sobre, la dirección exacta, comprar el sello, enviar la carta y romperme la cabeza pensando si la he firmado. Además, en el delicado asunto que estaba a punto de emprender, la correspondencia estaba fuera de cuestión. En marzo de 1936, después de pasar un mes en Inglaterra, consulté una oficina de turismo y partí hacia Blauberg.

Por aquí pasó Sebastian, reflexionaba mientras miraba los campos húmedos, con largas colas de niebla blanca donde flotaban enhiestos álamos. Una aldea de tejados rojos se acurrucaba al pie de una suave montaña gris. Dejé mi equipaje en la mísera estación donde un ganado invisible mugía tristemente en algún vagón y me dirigí por una suave pendiente hacia un grupo de hoteles y sanatorios, más allá de un parque oloroso y húmedo. Había pocas personas, no era «temporada alta», y súbitamente me dije con angustia que quizá encontraría cerrado el hotel.

Pero no fue así: la suerte me acompañaba.

La casa parecía muy agradable, con su jardín bien cuidado y los castaños llenos de brotes. Parecía no dar cabida a más de cincuenta personas, y eso me alivió: mi investigación sería reducida. El gerente del hotel era un hombre de pelo gris y barba ornamental y aterciopelados ojos negros. Me conduje con suma cautela.

Empecé por decir que mi difunto hermano, Sebastian Knight, un celebrado escritor inglés, gustaba mucho de ese lugar y que yo pensaba pasar el verano en el hotel. Acaso debí tomar una habitación, meterme en ella, congraciarme con el gerente, por así decirlo, y posponer mi indagación hasta un momento más favorable. Pero pensé que debía acabar con el asunto de inmediato. Dijo que sí, que recordaba al inglés que había vivido allí en 1929 y se bañaba todas las mañanas.

—No era muy inclinado a hacer amigos, ¿verdad? —pregunté como por casualidad—. ¿Estaba siempre solo?

—Oh, creo que estaba aquí con su padre— dijo vagamente el hotelero.

Durante algún tiempo luchamos por distinguir entre los cuatro o cinco ingleses que habían pasado por el Hotel Beaumont en los últimos diez años. Comprendí que apenas recordaba a Sebastian.

— Seamos francos —dije al fin—. Trato de encontrar la dirección de una dama, amiga de mi hermano, que vivió aquí por la misma época que él.

El hotelero levantó ligeramente las cejas y tuve la sensación de que había cometido una torpeza. —¿Para qué? —dijo.

«¿Tendré que sobornarlo?», pensé rápidamente. —Bueno, estoy dispuesto a pagarle por su información...

— ¿Qué información? —preguntó.

Era un viejo estúpido y receloso... que ojalá no lea nunca estas líneas.

—Me pregunto —seguí pacientemente— si será usted lo bastante amable para ayudarme a encontrar la dirección de una dama que vivió aquí en la misma época que Mr. Knight, es decir en junio de 1929.

— ¿Qué dama? —preguntó el viejo con el tono de la oruga de Lewis Caroll.

—No estoy seguro de su nombre —dije nerviosamente.

—Entonces, ¿cómo espera que la encuentre? —dijo el hombre, encogiéndose de hombros.

—Era rusa —dije—. Quizá recuerde usted una dama rusa, una mujer joven y, bueno..., atractiva.

Nous avons eu beaucoup de jolies dames —respondió, cada vez más distante—. ¿Cómo puedo acordarme?

—Bueno, lo más simple de todo sería revisar sus libros y buscar los nombres rusos por junio de 1929.

—Habrá muchos —dijo—. ¿Cómo encontraremos el que necesita, si no lo sabe?

—Déme usted los nombres y las direcciones —dije desesperadamente— y déjeme hacer el resto.

Suspiró hondamente y sacudió la cabeza:

—No.


— ¿Quiere decir que no lleva libros? —pregunté, tratando de hablar con calma.

—Oh, los llevo muy bien. Mi negocio requiere gran orden en esas cosas. Oh, sí, he anotado todos los nombres.

Se alejó al fondo del cuarto y tomó un gran volumen negro.

—Aquí..., primera semana de julio de 1935..., profesor Ott con su mujer, coronel Samain...

—Óigame —dije — , no me interesa el mes de julio de 1935, lo que quiero...

Cerró su libro y se lo llevó.

—Sólo quería mostrarle —dijo, volviéndome la espalda (se oyó una cerradura)— que llevo en orden mis libros.

Volvió al escritorio y dobló una carta que yacía sobre el secante.

—Verano de 1929 —supliqué—. ¿Por qué no quiere usted mostrarme las páginas que necesito?

—Bueno, es algo que no debe hacerse. Primero, no quiero que un desconocido moleste a personas que han sido y serán mis clientes. Segundo, porque no entiendo por qué se muestra usted tan ansioso por encontrar a una mujer que no puede nombrar. Y tercero..., no quiero meterme en líos. Ya los he tenido bastante... En el hotel de la esquina una pareja suiza se suicidó en 1929 —agregó, de manera un tanto inconexa.

— ¿Es su última palabra? —pregunté.

Asintió y miró su reloj. Giré sobre mis talones y golpeé la puerta detrás de mí, o al menos traté de golpearla: era una de esas malditas puertas automáticas que se resisten al empujón.

Lentamente, regresé a la estación. El parque. Quizá Sebastian recordara aquel banco de piedra, bajo aquel cedro, en el momento de morir. El perfil de aquella montaña pudo ser el fondo de una noche inolvidable. El lugar entero me parecía un inmenso montón de desperdicios donde se hubiera perdido una alhaja. Mi fracaso era absurdo, horrible, doloroso. La gravosa apatía de un sueño agotado. Desesperados manoteos en medio de cosas que se esfuman. ¿Por qué era el pasado tan rebelde?

«¿Qué haré ahora?» La corriente de la biografía que tanto deseaba seguir se hundía en la pálida niebla después de un recodo, como el valle que contemplaba ahora. ¿Podía prescindir del dato y escribir el libro? Un libro con un pasaje en blanco. Una imagen inacabada..., miembros incoloros del mártir con los dardos en el flanco.

Me sentía perdido, no tenía adonde ir. Había calculado bastante los medios de descubrir el último amor de Sebastian y sabía que no había otra manera de dar con el nombre. ¡Su nombre! Estaba seguro de poder reconocerlo de inmediato con sólo echar una mirada a aquellos folios grasientos. ¿Debería abandonar la búsqueda y ponerme a recoger otros detalles menudos acerca de Sebastian que, lo sabía, me sería fácil obtener?

Me encontraba en medio de semejante confusión cuando tomé el pequeño tren de cercanías que me llevaría a Estrasburgo. Después seguiría hasta Suiza, y quizá... Pero no, era incapaz de sobrellevar el dolor agudo de mi fracaso; hice lo posible por sumergirme en un diario inglés que llevaba conmigo (me adiestraba, por así decirlo, leyendo exclusivamente el idioma inglés, como preparación para la obra que emprendería... Pero ¿quién puede emprender nada en tal estado de ánimo?).

Estaba solo en mi compartimiento (como suele ocurrir en la segunda clase de ese tipo de trenes), pero en la siguiente estación un hombrecillo de cejas pobladas subió al vagón, me saludó con aire europeo, en espeso francés gutural, y se sentó frente a mí. El tren siguió la marcha, derecho hacia el poniente. Súbitamente, advertí que el pasajero me observaba fijamente.

—Tiempo maravilloso —dijo, quitándose el sombrero y exhibiendo una calva rosada—. ¿Es usted inglés? —preguntó sonriendo y con una leve inclinación.

—Pues... sí, por el momento.

—Lo veo, lee usted diario inglés —dijo, señalando con el dedo.

Después se quitó precipitadamente el guante de cabritilla y volvió a señalar (quizá le habían enseñado que es grosero señalar con el guante puesto). Murmuré algo y miré a otro lado: no me gusta conversar en los trenes y en aquel momento me sentía peculiarmente poco inclinado a hacerlo. Siguió mi mirada. El sol bajo inflamaba las muchas ventanas de un vasto edificio que giró lentamente, mostrando una inmensa chimenea, después otra, mientras el tren avanzaba.

—Es Flambaum y Roth —dijo el hombrecillo—. Gran fábrica. Papel.

Hubo una breve pausa. Después se rascó la gran nariz lustrosa y se inclinó hacia mí.

—He estado en Londres, Manchester, Sheffield, Newcastle —dijo.

Se quedó mirándose el pulgar, que no había intervenido en la cuenta.

— Sí —dijo—. Comerciante de juguetes. Antes de la guerra. Y jugaba un poco al fútbol —agregó, quizá porque advirtió que miré un campo escabroso con dos porterías en los extremos: una de ellas había perdido un travesano.

Hizo un guiño; el bigotillo se le erizó. —Una vez —empezó a decir, sacudiéndose con risa silenciosa—, una vez, sabe usted, corrí y chuté la pelota desde «fuera»... —Oh —dije con tono exánime—. ¿Metió usted un gol? —El viento lo metió. Fue una buena robinsonada.

— ¿Una qué?

—Una robinsonada..., una buena jugarreta. Sí... ¿Viaja usted lejos? —preguntó con una vocecilla melosa.

—Bueno —dije—, este tren no va más allá de Estrasburgo.

—No, quiero decir en general. ¿Es usted viajante?

Dije que sí.

— ¿De qué? —preguntó, ladeando la cabeza. —Oh, de pasados, supongo... —respondí.

Asintió como si hubiera entendido. Después, inclinándose otra vez hacia mí, me tocó en la rodilla y dijo:

—Ahora vendo cuero..., pelotas de cuero, sabe..., para fútbol. Y bozales para perros y cinturones como éste.

Volvió a palmearme ligeramente la rodilla.

—Pero antes..., el año pasado, los cuatro años pasados, estaba en la policía... No, no; no del todo... con traje de civil... ¿Comprende?

Lo miré con súbito interés.

—Espere... Me da usted una idea —dije.

— Sí —dijo—. Si quiere una ayuda..., buen cuero, cigarette-étui, guantes de boxeo...

—Nada de eso —dije.

Cogió el sombrero que tenía junto a sí, en el asiento, se lo puso cuidadosamente (la nuez de Adán subía y bajaba) y después, con una brillante sonrisa, se lo quitó para saludarme.

—Me llamo Silbermann —dijo, tendiéndome la mano.

Nos dimos un apretón de manos y me presenté.

—Pero ese nombre no es inglés —exclamó, dándose una palmada en la rodilla—. ¡Es ruso! Gavrit parussky? También sé otras palabras... Espere... Ah, sí. Cookolkah..., la muñequita.

Calló un instante. Ya maduraba la idea que me había dado. ¿Consultaría a un detective privado? ¿Me resultaría útil aquel hombrecillo?

¡Rebah! —exclamó—. Otra... Pez, ¿no? Y... Sí. Braht, millee braht..., querido hermano.

—Estaba pensando —dije— que quizá, si le cuento el mal momento por el que paso...

—Pero eso es todo —dijo con un suspiro—. Hablo (de nuevo contaron sus dedos) lituano, alemán, inglés, francés (y otra vez quedó libre el pulgar). Olvidé el ruso. ¡Es una época!...

— ¿Quizá podría usted?... —empecé.

—Lo que usted quiera —dijo—. Cinturones de cuero, bolsos, blocs de notas, sugerencias...

—Sugerencias —dije—. Estoy tratando de encontrar a una persona..., una dama rusa a quien nunca conocí y cuyo nombre ignoro. Todo cuanto sé es que vivió en cierta época en un hotel de Blauberg.

—Ah, buen lugar —dijo Silbermann—. Muy bueno... —Y torció la boca en signo de grave aprobación—. Buena agua, caminatas, casino. ¿Qué desea usted que haga?

—Bueno, ante todo me gustaría saber qué se hace en tales casos.

—Lo mejor es que se olvide usted de ella —dijo Silbermann prontamente.

Después adelantó la cabeza y sus cejas hirsutas se movieron:

—Olvídela. Quítesela de la cabeza. Es peligroso e inútil.

Me quitó algo del pantalón y volvió a apoyarse en su respaldo.

—Eso no es posible —dije—. La cuestión es cómo, no por qué.

—Cada cómo tiene su por qué —dijo Silbermann—. ¿Usted encuentra, ha encontrado su casa, su fotografía, y ahora quiere encontrarla a ella misma? Eso no es amor. ¡Puaf!... ¡Superficie!

—Oh, no... —exclamé—. No es eso. No tengo la menor idea de cómo es. Pero mi querido difunto hermano la amó, y quiero oírla hablar de él. Es muy simple.

— ¡Triste! —dijo Silbermann, y sacudió la cabeza.

—Quiero escribir un libro sobre él —continué—, y cada detalle de su vida me interesa.

—¿De qué padecía? —preguntó Silbermann, ásperamente.

—El corazón —dije.

—El corazón..., eso es malo. Demasiadas alarmas, demasiado...

—Demasiados ensayos generales de muerte. Eso es cierto.

—Sí. ¿Cuántos años?

—Treinta y seis. Escribía libros, con el nombre de su madre. Knight. Sebastian Knight.

—Escríbalo aquí —dijo Silbermann, tendiéndome un bloc de notas flamante y lujosísimo, que incluía una deliciosa pluma de plata.

Con un trac trac trac, arrancó la página, se la puso en el bolsillo y me volvió a entregar el bloc.

—Le gusta, ¿no? —dijo con una sonrisa ansiosa—. Permítame que le haga este pequeño presente...

—Bueno... —dije—, me parece demasiada bondad...

—Nada, nada —dijo, agitando la mano—. Dígame ahora qué desea.

—Deseo una lista completa de las personas que vivieron en el hotel Beaumont durante junio de 1929. También deseo algunos detalles sobre esas personas, por lo menos las mujeres. Quiero estar seguro de que un nombre extranjero no oculte a una mujer rusa. Después elegiré el más probable, o los más probables, y después...

—Y tratará de dar con esas personas —dijo Silbermann, saludando—. ¡Bien, muy bien! Tengo aquí a todos los hoteleros (me mostró la palma de la mano). Su dirección, por favor.

Tomó otro libro de notas, esta vez muy gastado, algunas de cuyas páginas colgaban como hojas otoñales. Agregué que no me movería de Estrasburgo esperando su llamada.

—El viernes —dijo—. A las seis en punto.

Después el extraordinario hombrecillo se repantigó en el asiento, cruzó los brazos y cerró los ojos, como si el negocio concertado hubiera agotado la conversación. Una mosca inspeccionó su calvicie, pero no se movió. Durmió hasta Estrasburgo. Allí nos despedimos.

—Oiga —dije mientras nos despedíamos—. Debe decirme cuáles son sus honorarios... Estoy dispuesto a pagarle cuanto me pida... Quizá desee usted algún adelanto...

—Me mandará usted su libro —dijo, levantando un dedo regordete—, Y me compensará por gastos posibles —agregó con un suspiro—. ¡Sin duda!
14

Pude así hacerme con cuarenta y dos nombres, entre los cuales el de Sebastian (S. Knight, 36 Oak Park Gardens, Londres) parecía extrañamente solo y perdido. Me sorprendió (agradablemente) el hecho de que los nombres fueran acompañados por todas las direcciones: Silbermann explicó que en Blauberg las personas mueren con frecuencia. De cuarenta y una personas desconocidas, treinta y siete «no interesaban», apuntaba el hombrecillo. En verdad, tres de ellas (mujeres solteras) tenían nombres rusos, pero dos de ellas eran alemanas y una alsaciana: pasaban muchas temporadas en el hotel. Había una muchacha dudosa, en cierto sentido: Vera Rasine. Silbermann, sin embargo, daba por sentado que era francesa: en realidad era una bailarina, la amante de un banquero de Estrasburgo. Había una pareja de ancianos polacos que pasamos por alto. Todas las demás personas que «no interesaban» eran veinte hombres; de ellos, sólo ocho estaban casados o por lo menos habían llevado a sus mujeres (Emma, Hildegard, Pauline, etc.), las cuales, juraba Silbermann, eran ancianas, respetables y esencialmente no rusas.

Quedaban así cuatro nombres:

Mademoiselle Lidya Bohemsky, con dirección en París. Había pasado nueve días en el hotel a principios de la estancia de Sebastian y el gerente no recordaba nada de ella.

Madame de Rechnoy. Había dejado el hotel rumbo a París en vísperas de la partida de Sebastian hacia la misma ciudad. El gerente recordaba que era una joven elegante y muy generosa con las propinas. El «de» revelaba, lo sabía, cierto tipo de rusa inclinado a aparentar nobleza, aunque en verdad el uso de la particule francesa ante un nombre ruso no sólo es absurdo, sino también ilegal. Podía ser una aventurera; podía ser la mujer de un snob.

Helene Grinstein. El nombre era judío, pero a pesar del «stein» no era judía alemana. La «i» de «grin», en lugar de la «u» natural, revelaba su nacimiento en Rusia. Había llegado una semana antes de la partida de Sebastian y se había quedado tres días más. El gerente decía que era una mujer hermosa. Ya había estado antes en su hotel, y vivía en Berlín.

Helene von Graun. Un nombre alemán. Pero el hotelero estaba seguro de que varias veces, durante su estancia, había cantado canciones en ruso. Tenía una espléndida voz de contralto y era encantadora, según me dijo. Se había quedado un mes, para salir hacia París cinco días antes que Sebastian.

Anoté minuciosamente todos esos detalles y las cuatro direcciones. Cualquiera de ellas podía ser la que necesitaba. Le di las gracias cálidamente a Silbermann, sentado ante mí con su sombrero sobre las rodillas juntas. Suspiró y se miró las puntas de los zapatos negros, adornados de fango gris.

—Lo he hecho —dijo— porque me es usted simpático... Pero... (me miró con una súplica en sus brillantes ojos pardos), por favor, creo que es inútil... No puede usted ver la otra faz de la luna. Por favor, no busque a la mujer. Lo pasado es pasado... No recordará a su hermano.

—Haré que lo recuerde —dije hoscamente.

— Como quiera —murmuró, abotonándose la chaqueta. Se levantó—. Buen viaje —dijo, sin su sonrisa habitual.

—Oh, un momento, Silbermann, tenemos que arreglar algo. ¿Cuánto le debo?

— Sí, es lo correcto —dijo, volviendo a sentarse.

Tomó su pluma, anotó unas cifras, las examinó golpeándose los dientes con la pluma.

— Sí, sesenta y ocho francos.

—Bueno, no es demasiado —dije—. ¿Aceptó usted...?

—Espere —exclamó—. Está mal. Lo había olvidado... ¿Conserva usted el bloc de notas que le di?

—Sí, en efecto, he empezado a usarlo. Pensé...

—Entonces no son sesenta y ocho —dijo, revisando rápidamente la suma—. Son... sólo dieciocho, porque el bloc cuesta cincuenta. Dieciocho francos en total. Gastos de viaje...

—Pero... —empecé, más bien confundido por su aritmética.

—Está bien así —dijo Silbermann.

Encontré una moneda de veinte francos, aunque le hubiera dado con alegría mil veces más, si me lo hubiera permitido.

—Conque le debo ahora... —dijo—. Sí, está bien, dieciocho y dos hacen veinte. —Frunció las cejas—. Sí, veinte.

Puso la moneda sobre mi mesa y se marchó.

Me pregunto cómo le enviaré este libro cuando lo termine: el curioso hombrecillo no me dio su dirección y yo tenía la cabeza demasiado llena de otras cosas para pedírsela. Pero si alguna vez da con La verdadera vida de Sebastian Knight me gustaría hacerle saber cuánto le agradezco su ayuda. Y el bloc de notas. Ya está lleno, y pronto compraré un recambio de hojas.

Cuando Silbermann se marchó estudié detalladamente las cuatro direcciones que había obtenido tan mágicamente, y decidí empezar por Berlín. Si no conseguía nada, me quedaría un trío de posibilidades en París sin necesidad de emprender otro largo viaje, viaje que sería tanto más terrible cuanto que significaría mi última carta. Si no, si mi primer intento era afortunado, entonces... Pero no me importaba... El destino me recompensó ampliamente por mi decisión.

Grandes copos de nieve húmeda caían oblicuamente en la Passauer Strasse, al oeste de Berlín, cuando me acerqué a una casa vieja y fea, con la fachada medio oculta por andamios. Golpeé en el vidrio de la portería, una cortina de muselina se corrió bruscamente, se abrió de golpe un ventanuco y una vieja rubicunda me informó rudamente que Frau Helene Grinstein vivía en la casa. Sentí un estremecimiento de alegría y subí las escaleras. «Grinstein», ponía en una placa de bronce sobre la puerta.

Un muchacho con corbata negra, la cara pálida e hinchada, me abrió la puerta y sin preguntar siquiera mi nombre se volvió y desapareció en el pasillo. Había una multitud de abrigos en el perchero del minúsculo vestíbulo. Como nadie parecía acercarse, llamé en una de las puertas, la abrí y volví a cerrarla. Divisé a una niña de pelo negro, dormida en un diván, bajo un abrigo de piel de topo. Me quedé un minuto en mitad del vestíbulo. Me enjugué la cara, todavía mojada de nieve. Me soné la nariz. Después me aventuré por el pasillo. Una puerta estaba abierta y percibí voces que hablaban en ruso. Había muchas personas en las dos grandes habitaciones unidas por una especie de arco. Una o dos caras se volvieron cuando entré, pero en general no suscité el menor interés. Había vasos con té en la mesa, y una bandeja con bizcochos. En un rincón, un hombre leía un diario. Una mujer con un chal gris estaba sentada a la mesa, con la cara apoyada en una mano y una lágrima en el puño. Dos o tres personas estaban inmóviles en un diván. Una niña muy parecida a la que había visto durmiendo hostigaba a un viejo perro acurrucado en una silla. Alguien empezó a reír o carraspear o no sé qué en el cuarto adyacente, donde había más personas sentadas o caminando. El muchacho que me había recibido en el vestíbulo pasó con un vaso de agua. Le pregunté en ruso si podía hablar con Mrs. Helene Grinstein.

—Tía Elena —dijo.

Se dirigía a una mujer morena, delgada, vuelta de espaldas, inclinada, sobre un anciano arrellanado en un sillón. Se volvió y me invitó a pasar a un saloncito, al otro lado del pasillo. Era muy joven y graciosa. En la cara pequeña y empolvada se destacaban los largos y suaves ojos, que parecían estirados hacia las sienes. Llevaba un jersey negro y tenía las manos tan delicadas como el cuello.

Kahk eto oojahsno... ¿No es terrible? —susurró.

Respondí un poco a ciegas que quizá la visitaba en un momento inoportuno.

—Oh —dijo ella—. Pensé... Siéntese —agregó, mirándome—. Pensé que había visto su cara durante el entierro... ¿No? Bueno, ya lo ve usted, acaba de morir mi cuñado y... No, siéntese usted. Ha sido un día terrible.

—No quiero molestarla. Me marcharé... Sólo quería hablarle de un amigo mío... Creo que usted lo conoció en Blauberg..., pero no importa...

—¿Blauberg? Estuve allí dos veces —dijo, y se le crispó la cara al sonar en alguna parte el timbre del teléfono.

—Se llamaba Sebastian Knight —dije, mirándole los labios tiernos, trémulos, sin pintura.

—No, nunca oí ese nombre —dijo—. No.

—Era medio inglés —dije—. Escribía libros.

Sacudió la cabeza y se volvió a la puerta, que había entreabierto su sobrino, el lúgubre muchacho.

— Sonia vendrá dentro de media hora —dijo.

Ella asintió y el muchacho se marchó.

—En realidad, no conocía a nadie en el hotel —continuó.

Saludé y volví a excursarme.

—Pero ¿cómo se llama usted? —preguntó, observándome con sus suaves ojos nublados que, de algún modo, me recordaban a Clare —. Creo que ya me lo ha dicho, pero hoy mi cerebro parece envuelto en bruma... Ah... —dijo, cuando volví a presentarme—. Me suena familiar. ¿No es el nombre de alguien que murió en un duelo, en San Petersburgo? Oh, su padre...

Ya veo... Espere usted un minuto... Alguien recordaba el caso, el otro día... Es curioso. Siempre ocurre así, todo de golpe. Sí... Los Rosanov... Conocían a su familia y todo lo que...

—Mi hermano tenía un compañero de escuela llamado Rosanov.

—Lo encontrará en la guía telefónica —siguió ella, rápidamente—. Yo no lo conozco muy bien, y ahora soy totalmente incapaz de buscar nada.

La llamaron y me dirigí a solas hacia el vestíbulo. Allí encontré a un anciano sentado pensativamente sobre mi abrigo, fumando un cigarro. Al principio no supo qué deseaba, pero después se mostró efusivamente apologético.

Lamenté que no hubiera sido Helene Grinstein. Aunque desde luego ella no podía haber hecho tan desdichado a Sebastian. Muchachas de ese tipo no arruinan la vida de un hombre, la construyen. Allí estaba ella, atendiendo con firmeza una casa deshecha por el dolor; y hasta había encontrado tiempo para escuchar la fantástica conversación de un extraño superfluo. Y no sólo me había escuchado: hasta me había dado una pista que entonces seguí. Y aunque las gentes que vi nada tenían que ver con Blauberg y la mujer desconocida, recogí las páginas más preciosas de la vida de Sebastian. Una mente más sistemática que la mía las habría puesto al principio de este libro, pero mi indagación ha desarrollado su propia magia y su propia lógica, y aunque a veces no puedo sino creer que se ha ido convirtiendo en un sueño, esta indagación mía, usando los esquemas de la realidad para tejer sus propias fantasías, me ha guiado certeramente —estoy obligado a reconocerlo—, y al luchar por dar una imagen de la vida de Sebastian no puedo sino reiterar los mismos entrelazamientos rítmicos.

Parece haber una ley de extraña armonía en la situación de un encuentro relativo al primer amor adolescente de Sebastian en tan estrecha proximidad con los ecos de su último, oscuro amor. Dos modos de su vida se interrogan mutuamente y la respuesta es la vida misma, y esto es lo más cerca que podemos llegar de una verdad humana. El tenía dieciséis años y ella también. Las luces se apagan, el telón se levanta y aparece un paisaje ruso, en verano: la orilla de un río, a la sombra de los frondosos abetos que crecen en la escarpada ribera y que casi proyectan sus siluetas en la orilla, baja, soleada y amable, con flores de caña y hierba argéntea. Sebastian, sin sombrero, al aire su cabeza casi rapada, con la camisa de seda adhiriéndose a sus omoplatos o a su pecho, de acuerdo con sus movimientos, rema alegremente en un bote pintado de verde brillante. Al timón está sentada una muchacha: pero dejémosla acromática, una mera silueta, una sombra blanca que el artista no ha llenado de color. Libélulas de color azul oscuro vuelan lentamente en todas direcciones y se posan sobre las anchas flores acuáticas. Nombres, fechas y hasta rostros han sido grabados en la roja arcilla del barranco, de cuyos agujeros entran y salen veloces lagartos. Los dientes de Sebastian relumbran. Después Sebastian se detiene, mira hacia atrás y el bote, con un sedoso giro, se desliza entre la maleza.

—Eres una tontuela —dice.

Cambia el cuadro: otra orilla del río. Un sendero lleva al borde del agua, se detiene, vacila, rodea un banco rústico. No es el atardecer aún, pero el aire está dorado y las mosquillas se entregan a una primitiva danza nativa en un rayo de sol, entre las hojas de álamo que al fin están inmóviles, absolutamente inmóviles, olvidadas de Judas.

Sebastian está sentado en el banco. Lee en voz alta unos versos ingleses de un cuaderno negro. De pronto se detiene: un poco a su izquierda, la cabeza de una náyade pelirroja asoma del agua, arrastrando lentamente las largas trenzas que flotan tras ella. Después la bañista desnuda emerge en la orilla opuesta, sonándose la nariz con ayuda del pulgar: es el sacerdote de la aldea, que lleva el pelo muy largo. Sebastian sigue leyéndole a la muchacha que tiene junto a sí. El pintor no ha llenado aún el espacio en blanco, salvo el brazo tostado, estriado desde la muñeca hasta el codo por un vello luminoso.

Como en el sueño de Byron, el cuadro vuelve a cambiar. Es de noche. El cielo está vivo de estrellas. Años después Sebastian escribirá que mirar las estrellas le producía una sensación de náusea y temor, como por ejemplo cuando miramos las entrañas de un animal descuartizado. Pero por el momento no se ha expresado este pensamiento de Sebastian. Está todo muy oscuro. Nada puede distinguirse de lo que posiblemente sea la avenida de un parque. Masas negras, masas negras y, en alguna parte, el grito de un búho. Un abismo de negrura donde, súbitamente, se mueve un pequeño círculo verde: el cuadrante luminoso de un reloj (Sebastian desaprobaría los relojes en sus años de madurez).

— ¿Quieres irte? —pregunta su voz.

Un último cambio: un vuelo en forma de V, la migración de las grullas. Su tierno lamento fundiéndose en un cielo azul turquesa, alto sobre un bosque oliváceo de abedules. Sebastian no está solo. Está sentado en el tronco blanco y ceniciento de un árbol caído. Su bicicleta descansa, centellean sus rayos entre los frenos. Una mariposa revolotea y se posa en el manubrio, agitando las alas aterciopeladas. Mañana, regreso a la ciudad; las clases empiezan el lunes.

— ¿Es el fin? ¿Por qué dices que no nos veremos este invierno? —pregunta Sebastian por segunda o tercera vez.

No hay respuesta.

— ¿De veras crees que te has enamorado de ese estudiante?... vetovo studenta?

La figura de la muchacha sentada en blanco, salvo el brazo y una mano breve y tostada que juega con un inflador de bicicleta. Con el extremo del mango escribe en la blanda tierra la palabra yes, en inglés, para hacerla menos dura.

Cae el telón. Sí, eso es todo. Muy poco, pero conmovedor. Nunca más podrá preguntar Sebastian a su compañero de banco: «¿Cómo está tu hermana?» Tampoco podrá preguntar a la vieja Miss Forbes, que de cuando en cuando reaparece, por la niña a quien también daba lecciones. ¿Y cómo podrá recorrer los mismos senderos el verano próximo, y observar el ocaso y la bicicleta yacente junto al río? (Pero el próximo verano habrá de consagrarse casi exclusivamente al poeta futurista Pan.)

Una serie de circunstancias fortuitas hizo que fuera el hermano de Natasha Rosanov quien me llevara a la estación de Charlottenburg para tomar el expreso de París. Comenté lo curioso que había sido la experiencia de hablar con su hermana, ahora la opulenta madre de dos niños, acerca de un lejano verano en la tierra del sueño, en Rusia... Respondió que él estaba muy contento con su trabajo en Berlín. Como ya había procurado antes, traté en vano de hacerlo hablar de los años escolares de Sebastian.

—Mi memoria es pésima —respondió—, y de todos modos, estoy demasiado ocupado para mostrarme sentimental con cosas tan triviales.

—Oh, pero sin duda..., sin duda puede usted recordar algún pormenor curioso. Agradecería cualquier cosa...

—Bueno —dijo, riendo—. ¿No se ha pasado horas hablando con mi hermana? Ella adora el pasado, ¿no es así? Dice que la pondrá usted en su libro tal como era entonces. No hace más que pensar en ello.

—Por favor, trate de recordar algo —insistí, obstinado.

—Le digo que no recuerdo. ¡Qué raro es usted! Es inútil, inútil. No hay nada que contar, salvo las habituales tonterías de las fiestas y los exámenes y los apodos de los profesores. Supongo que lo pasábamos muy bien. Pero sabe... Su hermano... ¿Cómo le diría? Su hermano no era muy popular en la escuela...

1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal