Editorial anagrama



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3

En noviembre de 1918 mi madre decidió huir con Sebastian y conmigo de los peligros de Rusia. La revolución estaba en pleno ímpetu, las fronteras estaban cerradas. Se puso en contacto con un hombre cuya profesión era pasar refugiados por la frontera y quedó concertado que por cierta suma —la mitad de la cual se pagó de antemano— nos llevaría a Finlandia. Dejaríamos el tren en la frontera misma, en un lugar al que podía llegarse legalmente, y después seguiríamos por senderos ocultos, tanto más escondidos a causa de las abundantes nevadas de aquella región silenciosa. En el punto de partida del tren mi madre y yo nos encontramos aguardando a Sebastian, que, con la heroica ayuda del capitán Belov, acarreaba el equipaje de casa a la estación. El tren debía partir a las 8.40 de la mañana. Eran ya las 8.30 y Sebastian no aparecía. Nuestro guía ya estaba en el tren, leyendo tranquilamente un diario; había advertido a mi madre que por ningún motivo le hablaría en público, y a medida que pasaba el tiempo y el tren estaba próximo a partir, una sensación de pánico empezó a invadirnos. Sabíamos que el hombre, de acuerdo con las tradiciones de su profesión, no volvería a intentar una operación fracasada en su principio mismo. Sabíamos, asimismo, que nunca más podríamos permitirnos los gastos de la huida. Pasaban los minutos y yo sentía que algo gorgoteaba desesperadamente en el hueco de mi estómago. La idea de que al cabo de uno o dos minutos el tren partiría y deberíamos volver al frío y oscuro desván (habían nacionalizado nuestra casa meses antes) era horrible. Durante el camino a la estación nos habíamos adelantado a Sebastian y a Belov, que empujaban el carricoche cargado sobre la nieve crujiente. Esa imagen permanecía inmóvil ante mis ojos (tenía entonces trece años y era muy imaginativo) como una visión encantada, inmóvil para siempre. Mi madre, con las manos metidas en las mangas y un mechón de pelo gris asomando bajo el pañuelo de lana, iba y venía, tratando de encontrar los ojos de nuestro guía cada vez que pasaba ante su ventanilla. Las 8.45, las 8.50... La partida del tren se demoraba, pero al fin sonó el silbato, una nubécula de cálido humo blanco dibujó su sombra sobre la nieve parda del andén y al mismo tiempo Sebastian apareció a la carrera, con las orejeras de su gorra de piel flameando en el viento. Los tres subimos al tren en movimiento. Pasó algún tiempo antes de que pudiera contarnos que el capitán Belov había sido arrestado en la calle, precisamente al pasar frente a la casa donde había vivido antes, y que, abandonando el equipaje a su destino, él, Sebastian, había emprendido una carrera desesperada hacia la estación. Pocos meses después supimos que nuestro pobre amigo había sido fusilado con otras personas, hombro con hombro junto a Palchin, que murió tan valientemente como Belov.

En su último libro, El extraño asfódelo (1936), Sebastian pinta un personaje secundario que acaba de escapar de un innominado país de terror y miseria. «¿Qué puedo deciros sobre mi pasado, caballeros? —escribe—. Nací en una tierra donde la idea de libertad, la noción de derecho, el hábito de la bondad humana eran cosas fríamente despreciadas y brutalmente descartadas. De cuando en cuando, en el curso de la historia, un gobierno hipócrita pintaba los muros de la prisión nacional con un matiz más vistoso de amarillo y proclamaba ruidosamente la garantía de los derechos, familiar en estados más felices; pero tales derechos eran el patrimonio exclusivo de los carceleros, o bien implicaban una degradación oculta que los hacía aún más amargos que las formas de la tiranía abierta... En esa tierra todo hombre era un esclavo o un matón. Puesto que el espíritu y cuanto le es afín estaba negado al hombre, la imposición del dolor corporal llegó a considerarse más que suficiente para gobernar la naturaleza humana... De cuando en cuando ocurría algo llamado revolución: los esclavos se hacían matones, y viceversa. Siniestro país, lugar infernal, caballeros; si de algo estoy seguro en la vida, es de que nunca cambiaré la libertad de mi exilio por la vil parodia de hogar...»

Como este personaje hace una referencia marginal a los «grandes bosques y las llanuras cubiertas de nieve», Goodman supone precipitadamente que el pasaje entero se relaciona con la actitud del propio Sebastian Knight hacia Rusia. Error absurdo: cualquier lector sin prejuicios advertirá fácilmente que las palabras citadas se refieren más bien a una amalgama antojadiza de iniquidades tiránicas que a una nación o realidad histórica determinadas. Y si traigo a colación esas palabras en la parte de mi relato que describe la huida de Sebastian desde la Rusia revolucionaria, es porque quiero introducir en seguida algunas frases tomadas de su libro más autobiográfico: «Siempre he pensado —escribe en El bien perdido— que una de las emociones más puras es la del hombre que recuerda su patria. Me habría gustado mostrarlo en un penoso esfuerzo de la memoria para mantener viva y resplandeciente la imagen de su pasado: las azules colinas recordadas, las alegres carreteras, el cerco con su rosa silvestre, el campo con sus conejos, la cúpula lejana, la campánula inmediata... Pero como el tema ya ha sido tratado por autores que me superan —y también porque siento un recelo innato por lo que me es fácil expresar — , he negado acceso a todo viajero sentimental en la roca de mi áspera prosa.»

Sea cual fuere la interpretación de este pasaje, es evidente que sólo quien ha sabido qué es huir de un país amado se sentirá atraído por esa imagen de nostalgia. Me es imposible creer que Sebastian, por tétrico que fuera el aspecto de Rusia cuando huimos de ella, no sintiera el desgarramiento que todos experimentábamos. En suma: Rusia había sido su hogar, la sede de personas bondadosas, comprensivas, de buenas maneras, condenadas al exilio por el único crimen de existir. Y ése era el grupo al que también él pertenecía.

Después de haber penetrado silenciosamente en Finlandia, pasamos algún tiempo en Helsingfors. Luego nuestros caminos se bifurcaron. Mi madre cedió a la sugerencia de un viejo amigo y me llevó a París, donde seguí mi educación. Y Sebastian se marchó a Londres y Cambridge. Su madre le había dejado una renta nada despreciable: no serían monetarias las preocupaciones que lo estorbarían en el futuro. Antes de que partiera, los tres nos sentamos un minuto en silencio, según la tradición rusa. Recuerdo cómo estaba sentada mi madre, con las manos en el regazo, haciendo girar el anillo de bodas de mi padre (como solía hacerlo cuando estaba inactiva), que llevaba en el mismo dedo que el suyo, los había atado con un cordel negro porque el de mi padre le iba demasiado grande. También recuerdo la actitud de Sebastian; iba vestido con un traje azul oscuro, tenía las piernas cruzadas y mecía apenas el pie en el aire. Fui el primero en incorporarme; me siguieron Sebastian y después mi madre. Nos hizo prometerle que no iríamos a despedirlo al puerto, de modo que fue allí, en ese cuarto de paredes blanqueadas, donde nos dijimos adiós. Mi madre hizo una rápida señal de la cruz sobre la cara inclinada de Sebastian y un momento después lo vimos por la ventana, mientras subía a un taxi con su equipaje, en la actitud curvada y final de la partida.

No sabíamos de él con demasiada frecuencia ni eran sus cartas muy largas. Durante sus tres años en Cambridge, sólo nos visitó dos veces en París..., aunque en verdad no fue más que una visita, ya que la segunda vez asistió al entierro de mi madre.

Ella y yo hablábamos a menudo de él, sobre todo en los últimos años de su vida, cuando estaba segura de que su fin se acercaba. Fue ella quien me contó la extraña aventura de Sebastian en 1917, sobre la cual no sabía yo nada, ya que por entonces estaba de vacaciones en Crimea. Parece que Sebastian había trabado amistad con el poeta futurista Alexis Pan y con su mujer Larissa, una simpática pareja que alquilaba una cabaña vecina a nuestra casa de campo, cerca de Luga. Alexis Pan era un hombrecillo estrepitoso y fornido, que ocultaba en la intrincada oscuridad de sus versos una luz de genuino talento. Pero como hacía lo posible para alarmar a las gentes con su monstruosa promiscuidad de palabras ociosas (era el inventor del «gruñido submental», como lo llamaba), su esfuerzo parece hoy tan frívolo, falso y anticuado (las cosas demasiado modernas tienen la curiosa virtud de envejecer mucho antes que las demás) que su verdadero valor es recordado por unos pocos estudiosos que admiran sus maravillosas traducciones de poemas ingleses hechas al margen de su carrera literaria. Una de ellas es un verdadero milagro de transposición verbal: su versión rusa de La Belle Dame Sans Merci, de Keats.



Una mañana, pues, Sebastian, de diecisiete años, desapareció dejando a mi madre una nota en que le informaba que acompañaría a Pan y a su mujer en un viaje a Oriente. Al principio mi madre lo tomó por una broma (a pesar de su aire serio, Sebastian urdía a veces bromas feroces, como cuando en un tren atestado hizo que el guarda entregara a una muchacha situada en el extremo opuesto del vagón un mensaje que decía: «No soy más que un pobre guarda, pero la amo»). Pero cuando fue a casa de los Pan, comprobó que se habían marchado de veras. Algo después se supo que la idea de ese viaje a lo Marco Polo, sugerido por Pan, consistía en avanzar hacia Oriente, de una ciudad a otra, organizando en cada una, una «sorpresa lírica», es decir alquilando una sala (o un cobertizo, si no había sala disponible) para dar en ella un recital poético cuyo producto permitiría a los tres llegar hasta la próxima ciudad. Nunca se aclaró en qué consistían las funciones, deberes o auxilios de Sebastian, o si tan sólo le correspondía estar alerta para alcanzar cosas cuando eran necesarias y ser amable con Larissa, de genio vivo y difícil de calmar. Por lo común, Alexis Pan aparecía en escena vestido con traje de calle, perfectamente correcto, a no ser por las inmensas flores de loto que tenía bordadas. En su frente calva llevaba pintada una constelación (la Osa Mayor). Recitaba sus versos con vozarrón tonante que, en hombre tan pequeño, hacía pensar en un ratón pariendo montañas. A su lado, sobre la plataforma, estaba sentada Larissa, gorda y equina en su vestido malva: cosía botones o remendaba un par de pantalones viejos para demostrar que nunca hacía esos menesteres para su marido en la vida cotidiana. De cuando en cuando, entre dos poemas, Pan iniciaba una danza lenta, una mezcla de contorsiones javanesas y de sus propias invenciones rítmicas. Después de los recitales, se emborrachaba gloriosamente, y ésta era su ruina. El viaje a Oriente terminó en Simbirsk, con Alexis borracho perdido, sin un céntimo, en una posada mugrienta, y con Larissa y su histerismo encerrada en un calabozo por haber abofeteado a un oficial poco gentil que había desaprobado el ruidoso genio de su marido. Sebastian volvió a casa con la misma indiferencia con que partiera. «Cualquier otro muchacho —agregó mi madre— se habría mostrado más bien turbado y avergonzado por toda esa tontería», pero Sebastian hablaba de su viaje como de un incidente curioso del que hubiera sido espectador desapasionado. ¿Por qué había tomado parte en ese espectáculo irrisorio?, ¿qué lo había llevado a sumarse a esa pareja grotesca? Todo eso es un misterio completo (mi madre pensaba que acaso lo había engatusado Larissa, pero la mujer era perfectamente fea y madura, y estaba loca de amor por su extravagante marido). Pronto desaparecieron ambos de la vida de Sebastian. Dos o tres años después Pan gozó de una breve y artificial boga en ambientes bolcheviques, debida según creo a la absurda idea (basada sobre todo en una confusión de términos) de que existe una relación natural entre la política extrema y el arte extremo. Después, en 1922 o 1923, Alexis Pan se suicidó con un par de ligas.

— Siempre he sentido —decía mi madre— que no conocí de veras a Sebastian. Sabía que obtenía buenas calificaciones en la escuela, que leía un número asombroso de libros, que era muy cuidadoso en el vestir, que insistía en bañarse con agua fría todas las mañanas, aunque sus pulmones no eran demasiado fuertes... Sabía todo eso y más aún, pero él mismo se me escapaba. Y ahora que vive en un país extraño y nos escribe en inglés, no puedo dejar de pensar que siempre habrá de ser un enigma..., aunque sabe Dios cuánto he tratado de ser buena con él.

Cuando Sebastian nos visitó en París, al finalizar su primer año universitario, me impresionó su aire extranjero. Llevaba un jersey amarillo canario bajo su abrigo de tweed. Sus pantalones de franela tenían rodilleras y llevaba caídos los calcetines, desprovistos de ligas. La corbata ostentaba rayas chillonas y por algún misterioso motivo guardaba el pañuelo en la manga. Fumaba su pipa por la calle, y después la golpeaba contra el tacón. Había adquirido el hábito de volver la espalda al fuego y de hundir las manos en los bolsillos. Hablaba ruso como a saltos y pasaba al inglés si la conversación se prolongaba más allá de un par de frases. Se quedó exactamente una semana.

Cuando regresó, mi madre ya no existía. Nos sentamos juntos un largo rato después del entierro. Me palmeó torpemente el hombro cuando los lentes de mi madre, olvidados sobre un estante, me provocaron un acceso de lágrimas que hasta entonces había logrado retener. Fue muy amable y servicial, con un aire distante, como pensando siempre en otra cosa. Discutimos mi situación y me sugirió que me marchara a la Riviera y después a Inglaterra. Yo acababa de terminar mis estudios. Dije que prefería quedarme en París, donde tenía bastantes amigos. No insistió. El problema monetario también fue mencionado y Sebastian observó, con su curioso aire ausente, que podía darme cuanto dinero necesitara. Creo que usó la palabra "pasta", pero no estoy seguro. Al día siguiente se marchó al sur de Francia. Por la mañana salimos a dar un paseo corto, y como solía ocurrir cuando estábamos a solas, me sentí curiosamente turbado. De cuando en cuando me sorprendía en el penoso esfuerzo de encontrar un tema de conversación. También él callaba. Justo antes de partir, dijo:

—Bueno... Si necesitas algo, escríbeme a mi dirección de Londres. Espero que tu Sorbona1 te sirva como a mí Cambridge. Y a propósito, busca y encuentra algo que te guste, y entrégate a ello... hasta que te aburras.

Sus ojos oscuros brillaron un instante.

—Buena suerte —agregó—, hasta la vista.

Me sacudió la mano de la manera blanda y afectada que había adquirido en Inglaterra. De pronto, sin motivo explicable, le tuve una lástima infinita y quise decir algo real, algo con alas y corazón, pero los pájaros que deseaba se posaron en mis hombros y en mi cabeza sólo después, cuando estuve solo y no necesitaba palabras.


4

Cuando empecé este libro habían pasado dos meses desde la muerte de Sebastian. Bien sé cuánto habría detestado él este derretimiento sentimental, pero no puedo sino decir que mi afecto constante hacia él, de algún modo siempre contrariado y sofocado, empezó a adquirir vida con tal ímpetu emocional que todas mis demás obligaciones se convirtieron en sombras fluctuantes. Durante nuestros raros encuentros nunca hablamos de literatura y ahora, cuando la posibilidad de cualquier forma de comunicación entre nosotros quedaba impedida por el extraño hábito de la muerte humana, lamenté desesperadamente no haber dicho nunca a Sebastian cuánto me gustaban sus libros. Y hasta me pregunto, desolado, si llegó a saber que los había leído.



Pero ¿qué sabía, en verdad, sobre Sebastian? Puedo dedicar un par de capítulos a lo poco que recuerdo de su juventud y su niñez... pero ¿qué puedo decir después? Al planear mi libro se me hizo evidente que debía iniciar una paciente investigación para reconstruir su vida pedazo por pedazo y soldar los fragmentos con mi íntimo conocimiento de su carácter. ¿Conocimiento íntimo? Sí, tenía ese conocimiento, lo sentía en cada nervio mío. Y cuanto más pensaba en ello, más advertía que tenía otro instrumento en mis manos: al imaginar actos suyos conocidos sólo después de su muerte, tenía por seguro que en tal o cual caso yo mismo me habría conducido como él. Una vez vi a dos hermanos, campeones de tenis, que jugaban como adversarios; sus golpes eran del todo diferentes, y uno de los dos era mucho mejor que el otro, pero el ritmo general de sus movimientos mientras corrían por la cancha era exactamente el mismo, de tal manera que de haber sido posible dibujar ambos sistemas habrían aparecido dos diseños idénticos. Me atrevería a decir que Sebastian y yo teníamos una especie de ritmo común: esto podría explicar la curiosa impresión de lo ya sentido que se apodera de mí al seguir las huellas de su vida. Y si los motivos de sus actitudes eran siempre otros tantos enigmas, ahora, en el giro inconsciente de tal o cual frase mía, se me revela su significado. No quiere decir esto que compartiera con él su riqueza espiritual, la variedad de su talento. Lejos de ello, su genio me pareció siempre un milagro absolutamente independiente de cuanto habíamos experimentado juntos en el ámbito similar de nuestra niñez. Por más que recuerde y haya visto lo mismo que él, la diferencia entre su capacidad de expresión y la mía es comparable a la que existe entre un piano Bechstein y el organillo de un niño. Nunca le habría mostrado una sola línea de este libro, por temor a verlo fruncir el ceño ante mi deplorable inglés. Y no habría podido sino fruncir el ceño. Tampoco me atrevo a imaginar sus reacciones si hubiera sabido que antes de iniciar su biografía, su hermanastro (cuya experiencia literaria se reducía hasta entonces a una o dos traducciones al inglés encargadas por una fábrica de automóviles) había iniciado un curso «sea-usted-escritor» jubilosamente anunciado en una revista inglesa. Sí, lo confieso... y no me arrepiento de ello. El caballero que, por una remuneración conveniente, debía hacer de mi persona un escritor de éxito hizo cuanto pudo para enseñarme a ser recatado y gracioso, enérgico y ágil, y si me revelé como un discípulo sin esperanza —aunque fue demasiado amable para admitirlo— el motivo se debe a que desde el principio mismo quedé hipnotizado por la perfecta armonía de un relato breve que me indicó como ejemplo de lo que podían hacer y vender sus alumnos. Entre otros elementos contenía a un perverso chino que gruñía, una muchacha animosa con ojos color de nuez y a un tranquilo muchachón cuyos nudillos se ponían blancos cuando alguien lo fastidiaba de veras. He recordado esta penosa historia sólo para demostrar cuán poco preparado estaba para mi tarea y hasta qué extremos me llevó el recelo de mí mismo. Al fin, cuando tomé la pluma, había resuelto afrontar lo inevitable, lo cual es un modo de decir que estaba dispuesto a hacer la prueba lo mejor que podía.

Detrás de esta historia se vislumbra además una especie de moraleja. De haber seguido Sebastian el mismo curso por correspondencia sólo por divertirse, por ver qué sucedía (le gustaban esos pasatiempos), habría sido un alumno infinitamente peor que yo. Si alguien le hubiese indicado que escribiera como el señor Todo-el-mundo, habría escrito como nadie. Yo no puedo siquiera imitar su estilo, porque el estilo de su prosa era el de su pensamiento: una serie alucinante de abismos. Y no es posible remedar un abismo, sencillamente porque es necesario llenar los abismos... y suprimirlos en el proceso. Pero cuando encuentro en libros de Sebastian algún detalle estilístico que me recuerda súbitamente, por ejemplo, un determinado efecto de luz en el cielo que ambos habíamos advertido —aunque sin comunicárnoslo—, siento que, a pesar de que su talento está más allá de mi alcance, los dos poseíamos determinadas afinidades psicológicas que me ayudarán.

El instrumento estaba allí: había que usarlo. Mi primer deber después de la muerte de Sebastian era investigar entre sus objetos personales. Me lo había dejado todo y poseía una carta suya donde me indicaba que quemara algunos papeles. Estaba escrita tan oscuramente que al principio pensé que se refería a borradores o manuscritos descartados, pero no tardé en descubrir que, salvo unas cuantas páginas inconexas dispersas entre otros papeles, él mismo los había destruido mucho antes, pues pertenecía a ese curioso tipo de escritor que sólo concede validez a la realización perfecta, el libro impreso, y para quien la existencia real de éste nada tiene que ver con la de su espectro, el intrincado manuscrito que revela sus imperfecciones como un fantasma vindicador que lleva bajo el brazo su propia cabeza. Por tal motivo el desorden de su taller nunca debe exhibirse, sea cual fuere su valor comercial o sentimental.

Cuando visité por primera vez el pequeño apartamento de Sebastian en Londres —en el 36 de Oak Park Gardens— tuve la desolada sensación de haber demorado una cita hasta que fue demasiado tarde. Durante los últimos tres años de su vida no había vivido mucho tiempo allí; tampoco era en ese lugar donde había muerto. Tres habitaciones una fría chimenea, silencio. Media docena de trajes, casi todos viejos, pendían en el guardarropa, y por un segundo tuve la impresión del cuerpo de Sebastian rígidamente multiplicado en una sucesión de formas con hombros cuadrados. Una vez lo había visto con aquella chaqueta marrón; toqué la manga, pero era floja, inconsciente a aquella débil llamada de la memoria. También había zapatos; habían andado muchos kilómetros y ahora estaban al final de su viaje. Camisas plegadas, puestas de espaldas. ¿Qué podían decirme sobre Sebastian todas aquellas cosas inmóviles? Su cama. Un viejo cuadro al óleo, un poco cuarteado (camino fangoso, arco iris, hermosos charcos) contra el blanco marfil de la pared, al frente: el punto de mira a su despertar.

Miré en torno a mí: en aquel dormitorio todas las cosas parecían haber retrocedido de un salto en un abrir y cerrar de ojos, como sorprendidas de improviso, y ahora iban devolviendo mi mirada, como procurando comprobar si había advertido su fuga culpable. Esa parecía, sobre todo, la actitud del sillón bajo, enfundado de blanco, que estaba junto a la cama; me pregunté qué habría hurtado. Después, hurgando en los escondrijos de sus pliegues reacios, encontré algo duro: era una nuez del Brasil, y el sillón volvió a cruzar los brazos y a adoptar su expresión inescrutable (que podría muy bien ser de altiva dignidad).

El cuarto de baño. La repisa de cristal, sin más compañía que una cajita para polvos de talco con un ramo de violetas en la parte posterior; sola, reflejada en el espejo, parecía un anuncio coloreado.

Después revisé los dos cuartos principales. El comedor era curiosamente impersonal, como todos los lugares donde come la gente —acaso porque el alimento es nuestro vínculo principal con el caos común de la materia que rueda en torno a nosotros—. Cierto que en un cenicero de vidrio había una colilla, pero la había dejado allí un tal Mr. McMath, agente inmobiliario.

El estudio. Desde él se veía el jardín posterior o parque, el cielo extenuado, un par de olmos, no robles, a pesar de la promesa del nombre de la calle. Un diván de cuero extendido en un ángulo del cuarto. Estanterías densamente pobladas. El escritorio. Sobre él, casi nada: un lápiz rojo, una caja de ganchos para papeles... Todo parecía sombrío y distante, pero, en la punta occidental, la lámpara era adorable. Encontré la llave y el globo opalescente se disolvió en la luz: esa mágica luna había visto escribir la mano de Sebastian. Había llegado el momento de ponerme a la obra. Tomé la llave que Sebastian me había dejado en herencia y abrí los cajones.

Ante todo encontré dos mazos de cartas sobre los cuales Sebastian había escrito: para ser quemadas. Uno de ellos estaba doblado de tal modo que no pude siquiera echar una ojeada a la letra; el papel era celeste, con un ribete azul oscuro. El otro mazo consistía en un montoncito de papeles cubiertos por una enérgica escritura femenina. Me pregunté de quién sería. Durante un penoso instante luché con la tentación de examinar detenidamente ambos paquetes. Lamento decir que ganó mi parte mejor. Pero mientras quemaba aquellas cartas en la chimenea, una de las hojas azules se desprendió, curvada bajo la tortura de la llama, y antes de que el negro rugoso la cubriera por completo, unas pocas palabras se revelaron a plena luz: después se desvanecieron con todo el resto.

Me hundí en un sillón y medité unos minutos. Las palabras que había visto eran palabras rusas, parte de una frase en ruso... Eran insignificantes en sí, y no porque yo esperara que la llama de la casualidad descubriera la inspiración de un novelista. La traducción literal sería «tu manera habitual de descubrir...». No era el sentido lo que me impresionaba, pero sí el hecho de reconocer mi lengua. No tenía la más remota idea de quién sería la mujer, esa mujer rusa cuyas cartas Sebastian había tenido en estrecha vecindad con las de Clare Bishop. Y de algún modo, ello me tenía perplejo y fastidiado. Desde mi silla junto a la chimenea —de nuevo fría y negra— podía ver la débil luz de la lámpara sobre el escritorio, la brillante blancura del papel que asomaba por el cajón abierto y una hoja abandonada sobre la alfombra azul, la mitad en las sombras, cortada en diagonal por el límite de la luz. Por un instante creí ver a un Sebastian transparente en su escritorio; o más bien pensé en aquel paso por la Roquebrune equivocada: ¿quizá prefiriera escribir en la cama?

Un momento después volví a mi trabajo; examiné y clasifiqué sumariamente el contenido de los cajones. Había muchas cartas. Las aparté para revisarlas después. Recortes de diarios en un libro llamativo, con una mariposa imposible en la cubierta. No, no se trataba de reseñas sobre sus libros; Sebastian era demasiado orgulloso para recogerlas y su sentido del humor no bastaba para pegarlas cuando daba con ellas. Pero lo cierto es que había un álbum de recortes, todos ellos relativos (como descubrí después, observándolos con más detenimiento) a incidentes incongruentes o absurdos, ocurridos en los lugares y condiciones más triviales. Las metáforas abigarradas también merecían su aprobación, según comprobé; acaso las incluía en la misma categoría de pesadillas. Entre algunos documentos legales encontré un pedazo de papel en el cual había empezado a escribir un relato. Sólo había un párrafo que se cortaba bruscamente, pero me dio ocasión de comprobar el curioso hábito que Sebastian tenía —en el proceso de escribir— de no tachar las palabras reemplazadas por otras. Así, por ejemplo, el párrafo que encontré decía: «Como tenía el sueño pesado Roger Rogerson tenía el sueño pesado El viejo Rogerson compró El viejo Roger compró, tan asustado como dormilón que era, el viejo Rogers temía perder la mañana siguiente. Tenía el sueño muy pesado. Tenía un miedo terrible de perder los grandes acontecimientos del día siguiente, el primer tren de la mañana siguiente, de modo que compró y llevó a su casa esa noche y no uno sino muchos despertadores de varios tamaños y fuerza nueve ocho once despertadores de diversos tamaños que colocó que dieron a su cuarto el aspecto de un.»

Por desgracia, eso era todo.

Monedas extranjeras en una caja de chocolates: francos, marcos, chelines, coronas, y su cambio pequeño. Varias estilográficas. Una amatista oriental, sin engaste. Una banda elástica. Un tubo con pastillas para el dolor de cabeza, la postración nerviosa, la neuralgia, el insomnio, el dolor de muelas, las pesadillas. Lo de dolor de muelas inspiraba algunas dudas. Un viejo cuaderno de notas (1926) lleno de números de teléfonos caducados. Fotografías.

Pensé que encontraría montones de chicas. Del tipo habitual: sonriendo al sol, instantáneas estivales, juegos de sombra, sonrientes, de blanco, sobre el pavimento, la arena o la nieve. Pero me equivocaba. Las dos docenas, más o menos, de fotografías que saqué de un gran sobre (en el cual había escrita de mano de Sebastian la lacónica inscripción «Mr. H.») mostraban a la misma persona en diferentes etapas de su vida: primero un chiquillo con cara de luna llena, con un traje de marinero de corte vulgar, después un muchacho feo, con gorra de cricket, después un joven de nariz respingona y así sucesivamente, hasta llegar a una serie de Mr. H., plenamente desarrollado: un tipo repelente con algo de bulldog que iba engordando sobre fondos fotográficos o en jardines de verdad. Me enteré de quién era el hombre al leer un recorte de diario unido a una de las fotografías.

«Autor biografías ficticias busca fotografías de caballero aspecto eficiente, sencillo, aplomado, abstemio, preferiblemente soltero. Pagará por fotos de niñez, juventud, madurez, para publicar en obra mencionada.»

Era un libro que Sebastian nunca escribió, pero que acaso contemplara en el último año de su vida, pues la última fotografía de Mr. H., de pie junto a un coche flamante, tenía la fecha «marzo de 1935» y Sebastian había muerto sólo un año después.

De pronto me sentí cansado, desdichado. Lo que yo deseaba era el rostro de su corresponsal rusa. Quería retratos del propio Sebastian, quería muchas cosas... Después, mientras paseaba la mirada por el cuarto, advertí un par de fotografías enmarcadas, envueltas en la sombra difusa sobre las estanterías.

Me puse de pie y las examiné. Una de ellas era una instantánea ampliada de una china atada por la cintura, en el acto de ser vigorosamente decapitada; la otra era un trivial estudio fotográfico de un niño con rizos que jugaba con una muñeca. El gusto de su yuxtaposición me pareció dudoso, pero quizá Sebastian tenía sus razones para conservarlas y colgarlas así.

Eché una mirada a los libros. Eran muchos, variados y desordenados. Pero un estante se veía más ordenado que el resto y allí advertí esta serie, que durante un momento me pareció formar una vaga frase musical, curiosamente familiar: Hamlet, La muerte de Arturo, El puente de San Luis Rey, El doctor Jekyll y Mr, Hyde, Viento Sur, La dama del perro, Madame Bovary, El hombre invisible, El tiempo recobrado, Diccionario anglo-persa, El autor de Trixie, Alicia en el país de las maravillas, Ulises, Sobre el modo de adquirir un caballo, El rey Lear,..

La melodía tuvo una breve interrupción y se desvaneció. Volví al escritorio y empecé a examinar las cartas que había apartado. Eran casi todas cartas comerciales y me sentí autorizado a revisarlas. Algunas no tenían relación con el oficio de Sebastian, otras sí. El desorden era considerable y muchas alusiones me eran ininteligibles. En unos pocos casos, había hecho copias de sus propias cartas. Así conocí todo un largo y sabroso diálogo entre él y su editor acerca de un libro. Después había un tipo absurdo en Rumania, nada menos, que clamaba por una opción... También me enteré de las ventas en Inglaterra y los Dominios... Nada muy brillante, pero en un caso, al menos, realmente satisfactorio. Unas cuantas cartas de autores amigos. Un amable corresponsal, autor de un libro único y famoso, reprochaba a Sebastian (4 de abril de 1928) que fuera conradish (por la afinidad de su inglés con el de Conrad) y le sugería que dejara el «con» y cultivara el radish (rábano) en obras futuras. Me pareció una soberana tontería.

Por fin, en el fondo mismo del montón, llegué a las cartas de mi madre y a las mías propias, mezcladas con varias de sus camaradas de universidad. Y mientras luchaba un poco con sus páginas (las cartas viejas no se dejan desplegar fácilmente) comprendí de pronto cuál sería mi nuevo ámbito de indagación.

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