Editorial anagrama



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19

He procurado reconstruir el último año de la vida de Sebastian: 1935. Murió a principios de 1936 y observando esta cifra no puedo sino decirme que hay un extraño parecido entre un hombre y la fecha de su muerte. Sebastian Knight m. 1936... Esa fecha me parece el reflejo del nombre en un estanque de agua rizada. Hay algo en las curvas de los últimos tres números que recuerda el sinuoso perfil de la personalidad de Sebastian... Como he solido hacer a lo largo de este libro, procuro expresar una idea que le hubiera agradado... Si aquí y allá no he captado siquiera la sombra de su pensamiento, o si de cuando en cuando la actividad cerebral inconsciente no me ha llevado a encontrar el camino acertado en su laberinto privado, mi libro es un fracaso total.

La aparición de El extraño asfódelo en la primavera de 1935 coincidió con el último intento de Sebastian por. ver a Nina. Cuando uno de aquellos jóvenes rufianes con pelo engominado le anunció que Nina estaba harta de él, Sebastian regresó a Londres y no se movió de allí durante un par de meses; hasta hizo un lastimoso esfuerzo para burlar la soledad mostrándose en público cuanto podía. Figura silenciosa, frágil y lúgubre, se le veía en todas partes con un pañuelo en torno al cuello, hasta en el comedor más caldeado, exasperando a los anfitriones por su distracción y su amable resistencia a las preguntas, vagabundeando en medio de una reunión o refugiado en la habitación de los niños, absorto en un rompecabezas. Un día, cerca de Charing Cross, Helen Pratt vio a Clare en una librería y pocos minutos después, mientras seguía su marcha, tropezó con Sebastian. Sebastian enrojeció ligeramente al dar la mano a Miss Pratt y la acompañó hasta la estación del metro. Miss Pratt agradeció al cielo que no hubiera aparecido un minuto antes y, más aún, que él no aludiera al pasado. En cambio Sebastian le contó una extraña historia sobre dos hombres que habían intentado engañarlo la noche anterior, jugando al poker.

—Me alegro de haberla encontrado —dijo él, cuando se despidieron—. Lo encontraré aquí, supongo...

—¿Qué encontrará usted? —preguntó Miss Pratt.

—Iba a... —nombró la librería—, pero ya veo que encontraré lo que buscaba en este quiosco.

Sebastian iba a conciertos, al teatro, bebía leche caliente en mitad de la noche, en cafés llenos de taxistas. Cuentan que fue a ver tres veces la misma película —una película increíblemente trivial, llamada El jardín encantado—. Dos meses después de su muerte, y pocos días después de enterarme de quién era en realidad Madame Lecerf, descubrí esa película en un cine francés. Entré con el solo objeto de averiguar qué le había interesado tanto. Parte de la historia pasaba en la Riviera, y se veía una rápida escena de bañistas tendidos al sol. ¿Estaría Nina entre ellas? ¿Era suya esa espalda desnuda? Creo que una muchacha que se volvió a la cámara se le parecía, pero el aceite bronceador y las gafas negras y las quemaduras del sol hacen difícil reconocer una cara que pasa. Sebastian estuvo bastante enfermo durante el mes de agosto, pero se negó a acostarse, como ordenó el doctor Oates. En septiembre visitó a unos amigos en el campo: tenía poca relación con ellos, que lo habían invitado por mera cortesía, porque él había dicho que había visto la foto de su rasa en el Prattler. Durante una semana vagabundeó por una casa fría donde los demás huéspedes se conocían íntimamente; una mañana caminó quince kilómetros hasta la estación y regresó tranquilamente a la ciudad, dejando a sus espaldas el smoking y la esponja de baño. A principios de noviembre comió con Sheldon en el círculo de este último, y se mostró tan taciturno que su amigo se preguntó por qué habría ido a la comida. Después hay un espacio en blanco. Quizá viaja al extranjero, pero no creo que hiciera planes para reencontrarse con Nina, aunque quizá una débil esperanza de esa índole fuera el origen de su inquietud.

Yo pasé casi todo el invierno de 1935 en Marsella, ocupado por algunos negocios de mi compañía. A mediados de enero de 1936 recibí una carta de Sebastian. Cosa extraña, estaba escrita en ruso:

«Como ves, estoy en París, y quizá me quede pegado (zasstrianoo) aquí por algún tiempo. Si puedes venir, ven; si no puedes, no me ofenderé. Pero sería mejor que vinieras. Estoy harto (osskomina) de un montón de cosas tortuosas, y en especial de mis mudas de piel de serpiente (vypolziny), de modo que ahora encuentro un poético solaz en lo obvio y lo corriente que, por algún motivo u otro, he desdeñado durante toda mi vida. Me gustaría preguntarte, por ejemplo, qué has estado haciendo durante todos estos años y contarte de mí mismo: espero que lo hayas pasado mejor que yo. Últimamente he visto con frecuencia al doctor Starov, que trató a maman (así llamaba Sebastian a mi madre). Me lo encontré por casualidad una noche en la calle, cuando yo tomaba un respiro forzoso en el estribo de un automóvil estacionado. Me pareció que suponía que yo había vegetado en París desde la muerte de maman, y no contradije esa versión de mi existencia de emigrado porque (eeboh) cualquier explicación parecía demasiado complicada. Algún día tendrás entre manos ciertos papeles míos; los quemarás de inmediato; en verdad, han oído voces en (una o dos palabras indescifrables: dot chetu?}, pero ahora han de sufrir el tormento. Los he conservado y les he dado albergue nocturno (notchleg) porque es más seguro dejar que esas cosas duerman, sin que nos acosen como espectros cuando las matamos. Una noche en que me sentí particularmente mortal, firmé su sentencia de muerte, y por ella los reconocerás. He vivido en el hotel de siempre, pero acabo de mudarme a un sanatorio lejos de la ciudad. Anota la dirección. He empezado esta carta hace una semana, y hasta la palabra "vida" estaba destinada (prednaznachalos) a otra persona. Después, por algún motivo, la dirigí a ti, como un invitado tímido en una casa extraña hablaría con insólita extensión con el pariente que lo ha acompañado a la reunión. Perdóname si te abrumo (dokoochayou), pero no me gustan esas ramas desnudas que veo desde mi ventana.»

Esa carta me impresionó, desde luego, pero no despertó en mí la ansiedad que hubiera sido natural de haber sabido que Sebastian padecía una enfermedad incurable desde 1926 y que había empeorado durante los últimos cinco años. Debo hacer la vergonzosa confesión de que mi alarma natural se apaciguó por la idea de que Sebastian era muy sensible y nervioso y que siempre se había mostrado inclinado a un pesimismo injustificado en cuanto se refería a su salud. Repito que no tenía la menor sospecha de su enfermedad cardíaca, de modo que me las compuse para convencerme de que sufría un exceso de trabajo. Sin embargo, me suplicaba que me reuniera con él en un tono nuevo para mí. Nunca parecía haber necesitado mi presencia, pero ahora la buscaba explícitamente. Eso me conmovió, me asombró; me habría metido en el primer tren si hubiera sabido toda la verdad. Recibí la carta un jueves y decidí partir hacia París el sábado, para regresar la noche del domingo, ya que a mi compañía le habrían sorprendido unas vacaciones en el peor momento de mi negocio, que debía atender en Marsella. Decidí que en vez de escribir explicándoselo, le enviaría un telegrama el sábado por la mañana, cuando supiera si podía tomar el primer tren.



Aquella noche tuve un sueño particularmente desagradable. Soñé que estaba sentado en una habitación grande y en penumbra, que mi sueño había amueblado con piezas recogidas en diferentes casas que conocía vagamente, pero con vacíos o extrañas sustituciones, como por ejemplo aquella repisa que era al mismo tiempo un camino polvoriento. Tenía la borrosa sensación de que la habitación estaba en una granja o en una posada en el campo —era una impresión general de paredes y techos de madera—. Esperábamos a Sebastian, que regresaría de un largo viaje. Yo estaba sentado en una caja o cosa parecida, y también mi madre estaba en la habitación. Había otras dos personas tomando té en la mesa redonda a la cual estábamos sentados: un hombre de mi oficina y su mujer, ambos desconocidos de Sebastian y puestos allí por el director del sueño sólo porque alguien debía llenar la escena.

Nuestra espera era incómoda, cargada de oscuros presentimientos. Yo notaba que todos sabían más que yo, pero temía preguntar a mi madre por qué se preocupaba tanto por una bicicleta enfangada que no podían meter en el guardarropa: sus puertas estaban abiertas. Había un cuadro de un buque de vapor en la pared, y las olas del cuadro se movían como una procesión de orugas, y el buque se mecía, y todo eso me molestaba... hasta que recordé que colgar una pintura así era una vieja costumbre cuando se espera a un viajero. Sebastian podía llegar en cualquier momento, y habían echado arena en el piso de madera, junto a la puerta, para que no resbalara. Mi madre se marchó con los estribos enfangados que no podía esconder, y la brumosa pareja desapareció tranquilamente: quedé solo en la habitación, cuando se abrió una puerta en el balcón del primer piso y apareció Sebastian. Bajó lentamente una escalera desvencijada que desembocaba en la habitación. Tenía el pelo revuelto y no llevaba chaqueta. Comprendí que había dormido la siesta después de su viaje. Mientras bajaba, deteniéndose un poco en cada escalón, empezando siempre con el mismo pie y agarrándose del pasamanos de madera, mi madre regresó y lo ayudó a levantarse cuando tropezó y cayó de espaldas. Rió cuando se acercó a mí, pero comprendí que se avergonzaba de algo. Tenía la cara pálida, sin afeitar, pero parecía muy alegre. Mi madre, con una taza de plata en la mano, se sentó en lo que resultó ser una camilla, pues se la llevaron dos hombres que dormían los sábados en la casa, como Sebastian me dijo con una sonrisa. De pronto advertí que Sebastian tenía un guante negro en la mano izquierda, y que los dedos de esa mano no se movían, y que nunca la usaba... Me asusté terriblemente, hasta sentir náuseas; pensé que podía tocarme con eso sin darse cuenta, porque comprendí que era una cosa postiza unida a la muñeca, que lo habían operado o había sufrido un accidente espantoso. También comprendí por qué su aspecto y toda la atmósfera de su llegada había sido tan irreal, pero aunque quizá él advirtió mi estremecimiento, siguió tomando su té. Mi madre regresó un instante para recoger el dedal que había olvidado y desapareció rápidamente, pues los hombres tenían prisa. Sebastian me preguntó si había llegado la manicura, porque estaba ansioso por prepararse para el banquete. Traté de cambiar de conversación, porque la idea de su mano mutilada me era insoportable, pero al fin llegué a ver la habitación toda en términos de uñas cortadas, y una muchacha que conocía (pero estaba extrañamente envejecida) llegó con su estuche de manicura y se sentó en un banquillo, frente a Sebastian. El me pidió que no mirara, pero yo no pude evitarlo. Vi que se quitaba lentamente el guante negro y después dejaba caer su contenido: un montón de manos minúsculas, como las patas delanteras de un ratón, rosadas y suaves. Había montones de ellas y cayeron al suelo, y la muchacha vestida de negro se arrodilló. Me incliné para ver qué hacía bajo la mesa y vi que recogía las manos y las ponía en un plato. Me incorporé pero Sebastian había desaparecido, y cuando volví a inclinarme, también la muchacha había desaparecido. Sentí que no podía quedarme un momento más en aquella habitación. Pero cuando me volví y busqué el picaporte, oí la voz de Sebastian a mis espaldas: parecía provenir del rincón más oscuro y remoto de lo que era un enorme granero: el grano surgía de un saco agujereado a mis pies. No podía verlo y estaba tan deseoso de escapar que los latidos de mi corazón parecían encubrir las palabras que él decía. Sabía que me llamaba y decía algo muy importante, que prometía decirme algo aún más importante si iba al rincón donde estaba sentado, atrapado por los pesados sacos que habían caído sobre sus piernas. Avancé y su voz me llegó en una última e insistente llamada. Una frase que me pareció absurda cuando salí de mi sueño, pero que, en el sueño mismo, resonó cargada con tan absoluto sentido, tan decidida a resolverme un monstruoso acertijo, que habría corrido hacia Sebastian de no estar ya casi fuera del sueño.

Sé que el guijarro común que encontramos en nuestra mano después de hundirla en el agua, donde parecía relumbrar una alhaja sobre la pálida arena, es realmente la soñada gema, aunque parezca un guijarro mientras se seca al sol. Por eso sentía que la frase absurda que resonaba en mi cabeza al despertar era la traducción insensata de una sorprendente revelación; y mientras yacía de espaldas, oyendo los ruidos familiares de la calle y la musiquilla vacua de una radio que alegraba el temprano desayuno de alguien en el piso de arriba, el frío pegajoso de una aprensión terrible me produjo un dolor casi físico y decidí enviar un telegrama a Sebastian diciéndole que iría ese mismo día. Un absurdo acceso de buen sentido (que nunca ha sido mi fuerte) me hizo pensar que acaso fuera conveniente averiguar en mi oficina si podían prescindir de mí. Descubrí no sólo que era imposible, sino también que era dudoso que pudiera marcharme el fin de semana. Aquel viernes regresé muy tarde a mi casa, después de un día abrumador. Me esperaba un telegrama desde el mediodía (pero es tan extraña la soberanía de las trivialidades cotidianas sobre las delicadas revelaciones de un sueño que había olvidado por completo su honesto susurro y sólo esperaba noticias mercantiles cuando abrí el telegrama).

«Sevastian estado desesperado venga inmediatamente Starov.» Estaba escrito en francés. La «v» del nombre de Sebastian era la transcripción de su pronunciación rusa; por algún motivo desconocido entré en el cuarto de baño y permanecí en él un momento, frente al espejo. Después cogí el sombrero y corrí escaleras abajo. Eran las doce menos cuarto cuando llegué a la estación; había un tren a las 0.02, que llegaba a París a las 14.30 del día siguiente.

Después descubrí que no tenía bastante dinero para tomar un billete de segunda, y durante un minuto me pregunté si no era mejor regresar en busca de más dinero y tomar el primer avión. Pero la presencia inmediata del tren era demasiado tentadora. Me decidí por la oportunidad más barata, como suelo hacer en la vida. En cuanto el tren se movió recordé con sobresalto que había dejado la carta de Sebastian en mi escritorio y no recordaba la dirección indicada.


20

El compartimiento era oscuro, sofocante y lleno de piernas. Gotas de lluvia corrían por los cristales: no eran líneas rectas, sino inciertas, zigzagueantes, con algunas pausas. La luz de la noche violeta se reflejaba en el cristal negro. El tren se mecía y gemía mientras atravesaba la noche. ¿Cuál sería el nombre de ese sanatorio? Empezaba con «M». Empezaba con «M». Empezaba con... Las ruedas se confundían en su movimiento impetuoso y recobraban su ritmo. Desde luego, preguntaría la dirección al doctor Starov. Lo llamaría desde la estación en cuanto llegara. Durante el sueño, un par de pesados zapatos trató de deslizarse entre mis piernas, y se retiró lentamente. ¿Qué habría querido decir Sebastian con aquello del «hotel de siempre»? No podía recordar ningún lugar de París donde hubiera residido. Sí, Starov tenía que saber dónde era. Mar... Man... Mat... ¿Llegaría a tiempo? La cadera de mi vecino rozó la mía, y sus ronquidos cambiaron de tono, se hicieron más tristes. Llegaría a tiempo para verlo vivo, llegaría... llegaría... llegaría... Tenía algo que decirme, algo de infinita importancia. El oscuro, oscilante compartimiento, atestado de muñecos tendidos, parecía parte de mi sueño anterior. ¿Qué querría decirme antes de morir? La lluvia tamborileaba en los vidrios y un copo de nieve espectral quedó fijo en un rincón hasta disolverse. Alguien, frente a mí, volvió lentamente a la vida; oí que restregaban papeles y mascullaban en la oscuridad, después se encendió un cigarrillo y su redonda lumbre me miró como un ojo ciclópeo. Debo, debo llegar a tiempo... ¿Por qué no me había precipitado al aeródromo al recibir la carta? ¡Ya estaría con Sebastian! ¿De qué se moría? ¿De cáncer? ¿Angina de pecho... como su madre? Como suele ocurrir con muchas personas que no se preocupan por la religión en su vida habitual, inventé rápidamente un Dios suave, tierno, lacrimoso, y susurré una plegaria personal. Permíteme llegar a tiempo, permítele resistir hasta que llegue, permítele decirme su secreto. Ahora todo era nieve: el vidrio era una barba gris. El hombre que había mascullado y fumado dormía nuevamente. ¿Podría estirar las piernas y poner los pies sobre algo? Tanteé con los dedos de mis pies ardientes, pero la noche era todo huesos y carne. Anhelé un sostén de madera bajo mis pantorrillas. Mar... Matamar... Mar... ¿Cuánto faltaba para París? Doctor Starov. Alexander Alexandrovich Starov. El tren saltaba sobre sus ruedas. Alguna estación desconocida. Cuando el tren se detenía, llegaban voces del otro compartimiento. Alguien contaba un cuento interminable. También se oía nuestra puerta, algún triste viajero la abría para comprobar que era inútil. Inútil. Etat désesperé. Tenía que llegar a tiempo. ¡Cuánto se detenía aquel tren en las estaciones! La mano derecha de mi vecino suspiró y trató de aclarar el cristal de la ventanilla, pero el cristal siguió empañado con una débil lucecilla amarilla a través de él. El tren se movió de nuevo. Me dolía la espalda, sentía pesados los huesos. Traté de cerrar los ojos y dormitar, pero tenía los párpados llenos de imágenes flotantes, y una tenue luz, semejante a un infusorio, se deslizaba partiendo siempre del mismo rincón. Me parecía reconocer en ella la forma del farol de una estación que había dejado atrás. Después aparecían colores y una cara rosada, con grandes ojos de gacela, se volvía hacia mí y le seguían una canasta con flores y después la barbilla sin afeitar de Sebastian. Ya no podía soportar aquella caja de pinturas óptica. Con maniobras infinitas, cautelosas, semejantes a unos pasos de una bailarina a cámara lenta, salí al pasillo. Estaba brillantemente iluminado y hacía frío en él. Durante un rato fumé y después me deslicé hacia el final del vagón. Me incliné sobre un agujero sucio y rugiente en el suelo, regresé y fumé otro cigarrillo. Nunca había anhelado algo en la vida con tanta intensidad como anhelaba encontrar vivo a Sebastian e inclinarme sobre él y oír las palabras que diría. Su último libro, mi reciente sueño, el misterio de su carta..., todo me hacía creer firmemente que una revelación extraordinaria saldría de sus labios..., si los encontraba moviéndose. Si no llegaba demasiado tarde. Había un mapa entre las ventanas, pero nada tenía que ver con el trayecto de mi memoria. Il est dangereux... E pericoloso... Un soldado de ojos enrojecidos pasó rozándome y durante unos segundos me duró en la mano un horrible escozor, porque le había tocado la manga. Soñaba con un baño, soñaba con lavarme aquel mundo asqueroso y aparecer en una fría aura de pureza ante Sebastian. Sebastian se despedía de la vida mortal y no podía ofender su olfato con aquel hedor. Oh, lo encontraría vivo, Starov no habría escrito así su telegrama de haber sabido que era demasiado tarde. El telegrama había llegado al mediodía. ¡El telegrama, Dios mío, había llegado al mediodía! Habían pasado dieciséis horas, y cuando yo diera con Mar... Mat... Ram... Rat... No, no era «R», empezaba con «M». Por un momento vi borrosamente el nombre, pero desapareció antes de que pudiera atraparlo. Y podía haber otra dificultad: el dinero. Volaría desde la estación hasta mi oficina y pediría allí algún dinero. La oficina estaba muy cerca. El banco estaba más lejos. ¿Alguno de mis muchos amigos vivía cerca de la estación? No, todos vivían en Passy o en torno a la Porte St. Cloud, los dos barrios rusos de París. Encendí mi tercer cigarrillo y busqué un compartimiento menos atestado. Por fortuna ningún equipaje me retenía en el que acababa de abandonar. Pero el coche estaba repleto y no me quedaban fuerzas para seguir recorriendo el tren. Ni siquiera estaba seguro de si el compartimiento en que me había deslizado era otro o el anterior: estaba igualmente lleno de pies y rodillas y codos, aunque tal vez el aire era menos espeso. ¿Por qué no había visitado nunca a Sebastian en Londres? El me había invitado una o dos veces. ¿Por qué me había mantenido alejado de él con tal obstinación, si era el hombre que más admiraba en el mundo? Todos aquellos asnos inmundos que desdeñaban su genio... Había especialmente un viejo tonto cuya nariz brillante deseaba retorcer... ferozmente. Ah, aquel monstruo voluminoso que se mecía a mi izquierda era una mujer; el agua de colonia y el sudor luchaban por obtener la primacía, y perdía la primera. En aquel vagón ni una sola persona sabía quién era Sebastian Knight. Aquel capítulo de El bien perdido, tan mal traducido en Cadran... ¿O fue en La Vie Littéraire? Quizá fuera demasiado tarde, demasiado tarde, quizá Sebastian ya estaría muerto mientras yo estaba sentado en aquel maldito banco, con una irrisoria almohadilla de cuero que no engañaba mis doloridas nalgas. Más rápido, por favor, más rápido. ¿Para qué demonios paran en esta estación? ¿Y por qué dura tanto la parada? Adelante, adelante, así, rápido...

Poco a poco la oscuridad se diluyó en una bruma gris y un mundo cubierto de nieve se hizo vagamente perceptible a través de las ventanillas. Yo tenía un frío terrible bajo mi delgado impermeable. Las caras de mis compañeros se hacían visibles, como si capas de telarañas y polvo desaparecieran. La mujer sentada a mi lado tenía un termo de café y lo manejaba con maternal amor. Yo me sentía pegajoso, con la barba larga. Sentía que si mi hirsuta mejilla se hubiera puesto en contacto con seda me habría desvanecido. Había una nube color carne entre las demás, tan sucias, y un rosa pálido animaba capas de nieve en la trágica soledad de los campos desnudos. Apareció un camino que acompañó el tren durante un minuto y, justo antes de que desapareciera, un hombre en bicicleta pedaleó entre la nieve y los charcos. ¿Adonde iba? ¿Quién era? Nadie lo sabría nunca.

Creo que dormité una o dos horas, o al menos conseguí mantener en las sombras mi visión interior. Cuando abrí los ojos, mis compañeros hablaban y comían y de pronto me sentí tan mal que salí y me senté en un escalón durante el resto del viaje, con el espíritu tan en blanco como aquella maldita mañana. El tren llevaba mucho retraso a causa de la nevisca nocturna o por otro motivo, de modo que no llegamos a París hasta las cuatro menos cuarto de la tarde. Me castañeteaban los dientes cuando caminaba por la plataforma, y durante un instante tuve la absurda idea de gastar dos o tres de los francos que tintineaban en mi bolsillo bebiendo algún licor fuerte. Pero me dirigí a la cabina telefónica y hojeé la grasienta guía buscando el número del doctor Starov y procurando no pensar si Sebastian estaría aún vivo. Starkaus, cueros, pieles; Starley, prestidigitador, humorista; Starov... ah, éste era: Jasmin 61-93. Después de algunas torpes manipulaciones olvidé el número en la mitad, luché de nuevo con la guía, marqué y esperé un momento, oyendo un zumbido de mal agüero. Durante unos instantes esperé inmóvil: alguien abrió la puerta y se retiró con un murmullo. Marqué de nuevo, cinco, seis, siete veces, y de nuevo oí el ronquido nasal: trrr, trrr, trrr. ¿Por qué tendría tan mala suerte? «¿Ha terminado?», preguntó la misma persona, un maldito viejo con cara de bulldog. Tenía los nervios deshechos y reñí con el viejo grosero. Por suerte quedó libre otra cabina y se metió en ella. Lo intenté una vez más. Al fin tuve éxito. Una mujer me dijo que el doctor estaba ausente, pero podía dar con él a las cinco y media... y me dio el número. Cuando entré en mi oficina advertí que mi aparición suscitaba cierta sorpresa. Hablé del telegrama recibido pero el jefe no se mostró tan simpático como preveía. Me hizo extrañas preguntas sobre el negocio de Marsella. Al fin obtuve el dinero y pagué el taxi que esperaba a la puerta. Eran las cinco menos veinte, de modo que tenía una hora de tiempo.

Me afeité y comí un apresurado almuerzo. A las cinco y veinte llamé al número indicado y me dijeron que el doctor se había ido a su casa y regresaría al cabo de un cuarto de hora. Estaba demasiado impaciente para esperar y marqué el número de su casa. La voz femenina que ya conocía me informó que acababa de partir. Me apoyé contra la pared (el teléfono estaba en un café) y golpeé en ella con mi lápiz. ¿Llegaría alguna vez hasta Sebastian? ¿Quiénes serían los imbéciles que escriben en las paredes «Mueran los judíos» o «Vive le front populaire» o hacían dibujos obscenos? Algún artista anónimo había empezado a dibujar cuadrados..., un tablero de ajedrez, ein Schachbrett, un damier... Hubo un relámpago en mi cerebro y la palabra se formuló en mis labios: ¡St. Damier! Corrí afuera y llamé a un taxi. ¿Podía llevarme a St. Damier, sea donde fuere? Cogió pausadamente un mapa y lo estudió un momento. Después contestó que le llevaría por lo menos dos horas llegar hasta ese lugar, según las condiciones del camino... Le pregunté si era mejor ir en tren. No lo sabía.

—Bueno, inténtelo y vaya rápido —dije, y se me cayó el sombrero al subir al automóvil.

Tardamos un largo rato en salir de París. Encontramos en nuestro camino toda suerte de obstáculos y creo que nunca odié nada tanto como el brazo de un policía en una esquina. Al fin nos desembarazamos de la maraña del tráfico en una larga y oscura avenida. Pero no íbamos demasiado rápido. Corrí el cristal e imploré al chófer que aumentara la velocidad. Respondió que el pavimento estaba muy resbaladizo, y en verdad una o dos veces patinamos. Después de una hora de marcha se detuvo y preguntó por el camino a un policía que iba en bicicleta. Ambos discurrieron largamente sobre el mapa del policía, y el chófer cogió el suyo, y los compararon. Habíamos equivocado el rumbo en alguna parte y ahora debíamos rehacer por lo menos tres kilómetros. Volví a correr el cristal: el conductor andaba a paso de tortuga. Sacudió la cabeza sin tomarse el trabajo de volverse. Miré mi reloj, eran casi las siete. Nos detuvimos en una estación de servicio y el chófer tuvo una conversación confidencial con el empleado. Yo no tenía la menor idea de dónde estábamos, pero como el camino corría entre campos supuse que nos acercábamos a mi destino. La lluvia golpeaba contra las ventanillas y cuando pedí una vez más al conductor que apurara un poco la marcha, perdió la paciencia y respondió con rudeza. Aterido, desesperado, volví a reclinarme en mi asiento. Ventanas iluminadas pasaban más allá de los cristales. ¿Llegaría alguna vez hasta Sebastian? ¿Lo encontraría vivo si alguna vez llegaba a St. Damier? Una o dos veces nos pasaron otros automóviles e hice notar su velocidad a mi conductor. No contestó, pero de pronto se detuvo y con un ademán violento desplegó su ridículo mapa. Pregunté si se había perdido de nuevo. Siguió ¿aliado, pero la expresión de su gordo cuello era de gran irritación. Seguimos la marcha. Advertí con satisfacción que ahora íbamos mucho más rápido. Pasamos bajo un puente y llegamos a una estación. El chófer bajó y abrió la portezuela.

—Bueno —pregunté—, ¿y ahora qué pasa?

— Siga usted en tren —dijo el chófer—. No quiero destrozar mi automóvil por usted. Esta es la línea St. Damier, y tiene usted suerte de haber llegado hasta aquí.

Tenía aún más suerte de lo que él pensaba, porque había un tren a los pocos minutos. El jefe de estación juró que estaría en St. Damier a las nueve. La última etapa de mi viaje fue la más oscura. Estaba solo en mi compartimiento y un curioso sopor se había apoderado de mí: a pesar de mi impaciencia, temía caer dormido y pasarme. El tren se detenía con frecuencia y era algo muy penoso descifrar el nombre de la estación. De pronto tuve la horrible sensación de que me había despertado una sacudida después de dormir pesadamente durante un lapso desconocido. Cuando miré el reloj eran las nueve y cuarto. ¿Me habría pasado? Ya estaba a punto de hacer funcionar la alarma, cuando el tren empezó a aminorar la marcha y al asomarme por la ventanilla vi un letrero que pasaba fluctuando y se detenía: St. Damier.

Después de un cuarto de hora de caminar por senderos oscuros entre lo que me pareció un pinar por su susurro, llegué al hospital de St. Damier. Oí un arrastrarse, un jadeo tras la puerta, y me abrió un hombre gordo, con un grueso jersey gris a modo de chaqueta y raídas zapatillas. Entré en una especie de oficina apenas iluminada por una débil lamparilla eléctrica, que parecía revestida de polvo por un lado. El hombre me miró pestañeando, con la cara hinchada brillante de sueño. Por algún motivo empecé a hablarle en un susurro.

—He venido para ver al señor Sebastian Knight, K-n-i-g-h-t, Knight.

Gruñó y se sentó pesadamente ante un escritorio, bajo la lamparilla.

—Demasiado tarde para las visitas —masculló como para sí.

—He recibido un telegrama, mi hermano está muy mal...

Mientras hablaba sentí que trataba de insinuar que apenas cabía duda de que Sebastian estuviese vivo.

— ¿Cómo se llama? —preguntó con un suspiro.

—Knight —dije—. Empieza con «K». Es un nombre inglés.

—Los nombres extranjeros deberían ser reemplazados por números —murmuró el hombre—. Haría más sencillo todo... Había un paciente que murió anoche, y tenía un nombre...

Me hirió el horrible pensamiento de que se refiriera a Sebastian... ¿Habría llegado demasiado tarde, después de todo?

—Quiere usted decir... —empecé, pero sacudió la cabeza y volvió las páginas de un registro sobre el escritorio.

—No —masculló—. El señor inglés no ha muerto. K-K-K...

—K-n-i...

C'est bon, c'est bon —interrumpió—. K-n-i-g-h-t... No soy idiota. Número treinta y seis.

Apretó el timbre y se echó atrás en el sillón con un bostezo. Yo iba y venía por el cuarto con un temblor de incontenible impaciencia. Al fin entró una enfermera y el portero me señaló:

—Número treinta y seis —dijo a la enfermera.

La seguí por un pasillo blanco hasta una corta escalera.

— ¿Cómo está? —no pude evitar preguntarle. —No sé —dijo ella.

Me entregó a una segunda enfermera que estaba sentada en el extremo de otro pasillo blanco, copia exacta del primero, y leía un libro sobre una mesilla.

—Una visita para el treinta y seis —dijo mi guía, y desapareció.

—Pero el señor inglés está durmiendo —dijo la enfermera, de cara redonda y nariz muy pequeña y brillante.

— ¿Está mejor? —pregunté—. Soy su hermano, y he recibido un telegrama...

—Creo que está un poco mejor —dijo la enfermera con una sonrisa que fue para mí la sonrisa más encantadora que he imaginado nunca—. Tuvo un ataque gravísimo ayer por la mañana. Ahora duerme.

—Escúcheme —dije, tendiéndole una moneda de diez o veinte francos—. Volveré mañana, pero ahora me gustaría entrar en su habitación y quedarme un minuto.

—Pero no debe despertarle —dijo ella, sonriendo de nuevo.

—No le despertaré. Sólo me sentaré junto a él durante un momento.

—Bueno, no sé... —dijo ella—. Desde luego, puede usted echar una mirada, pero debe tener mucho cuidado.

Me guió hasta la puerta con el número treinta y seis y entramos en un cuarto minúsculo o antecámara, con un diván. Empujó levemente una puerta semiabierta y atisbé un momento en un cuarto oscuro. Al principio sólo pude oír los latidos de mi corazón, pero después percibí una respiración corta y rápida. Alrededor de la cama había un biombo, pero de todos modos estaba demasiado oscuro para distinguir a Sebastian.

—Dejaré un poco abierta la puerta —susurró la enfermera — y podrá usted sentarse aquí, en el diván, un minuto.

Encendió una lamparilla de pantalla azul y me dejó solo.

Sentí el absurdo impulso de sacar la pitillera del bolsillo. Me temblaban las manos, pero me sentía feliz. Estaba vivo. Dormía tranquilamente. Conque era su corazón... ¿su corazón?... Lo mismo que su madre. Estaba mejor, había esperanzas. Acudiría a todos los cardiólogos del mundo para salvarlo. Su presencia en el cuarto vecino, el leve ruido de su respiración me producían una sensación de seguridad, de paz, de maravilloso descanso. Y mientras estaba allí, sentado, escuchando, y me retorcía las manos, pensé en todos los años que habían pasado, en nuestros breves encuentros. Y sabía que ahora, en cuanto pudiera escucharme, le diría que, de buen o mal grado, no me apartaría nunca de él. El extraño sueño que había tenido, la creencia en alguna verdad esencial que me diría antes de morir..., todo ello parecía vago, abstracto, como si se hubiera diluido en una cálida corriente humana de emoción más simple, más humana, en la oleada de amor que sentía por el hombre que dormía tras aquella puerta semiabierta. ¿Por qué nos habíamos apartado? ¿Por qué me había mostrado yo tan necio, tan torpe, tan tímido durante nuestros cortos encuentros en París? ¿Me marcharía ahora para pasar la noche en el hotel, o quizá me darían una habitación en el hospital, sólo hasta que pudiera verlo? Por un momento me pareció que el leve ritmo de la respiración se interrumpía, que Sebastian despertaba y hacia rechinar los dientes antes de hundirse de nuevo en el sueño: el ritmo continuó, tan bajo que apenas podía distinguirlo de mi propia respiración, mientras permanecía sentado, escuchando. Oh, le diría centenares de cosas, le hablaría de Caleidoscopio y Éxito, de La montaña cómica, Albinos de negro, La otra faz de la luna, El bien perdido, El extraño asfódelo..., todos aquellos libros que conocía tan bien como si los hubiera escrito yo mismo. Y también él hablaría. ¡Qué poco sabía yo de su vida! Pero ahora me enteraba de algo muy interesante. Aquella puerta semiabierta era el mejor vínculo imaginable. Aquella suave respiración me decía acerca de Sebastian cosas que nunca había sabido. Si hubiera podido fumar, mi felicidad habría sido perfecta. Un muelle sonó en el diván cuando cambié ligeramente de posición, y temí perturbar su sueño. Pero no: el leve sonido persistía, trazando una línea sutil que parecía la curva misma del tiempo: ya se hundía, ya reaparecía, viajando a través del paisaje formado por los símbolos del silencio: oscuridad, cortinas y un resplandor azul a mi lado.

Al fin me puse de pie y me dirigí de puntillas hacia el corredor.

—Espero que no lo haya molestado —dijo la enfermera—. Le hace bien dormir.

—Dígame, ¿cuándo vendrá el doctor Starov?

— ¿Qué doctor? —dijo ella—. Oh, el doctor ruso. Non, c'est le docteur Guinet qui le soigne. Lo encontrará usted mañana por la mañana.

—Me gustaría pasar la noche aquí, en alguna parte. ¿No cree usted que quizá...?

—Y hasta podría ver al doctor Guinet ahora mismo —dijo la enfermera con su agradable voz apacible—. Vive al lado... ¿Conque es usted su hermano? Y mañana llegará su madre de Inglaterra, ¿verdad?

—Oh, no —dije—. Su madre murió hace años. Dígame usted, ¿cómo es durante el día? ¿Habla? ¿Sufre?

La enfermera frunció el ceño y me miró de manera extraña.

—Pero... no entiendo... ¿Cómo se llama usted, por favor?

—Ah... Debo explicarme —dije—. Somos hermanastros, en realidad. Mi nombre es... —dije mi apellido.

Oh-la-la! —exclamó, enrojeciendo vivamente—. Mon Dieu! El caballero ruso murió ayer, y ha estado usted velando a Monsieur Kegan...

No vi a Sebastian, después de todo, o al menos no lo vi vivo. Pero aquellos minutos que pasé escuchando lo que creí su respiración cambiaron tanto mi vida como la habrían cambiado las palabras de Sebastian antes de morir. Sea cual fuere su secreto, conocí otro secreto: el alma no es sino un modo de ser —no un estado constante— y cualquier alma puede ser nuestra, si encontramos y seguimos sus ondulaciones. La vida futura puede ser la capacidad de vivir conscientemente en el alma escogida, en cualquier número de almas, todas ellas inconscientes de su carga intercambiable. Así... soy Sebastian Knight. Me siento como si lo representara en un escenario iluminado, entre un ir y venir de gentes que él conocía —las borrosas figuras de los pocos amigos que tenía, el estudioso, el poeta, el pintor— que dulcemente, silenciosamente, le rinden homenaje. Y allí está Goodman, el payaso de pies planos, con su pechera postiza asomando del chaleco; y allí... el pálido relumbre de la cabeza inclinada de Clare, que se aleja llorando, apoyada en una amiga. Se mueven en torno a Sebastian —en torno a mí, que lo represento—, y el viejo prestidigitador espera entre bastidores con su conejo escondido; y Nina está sentada sobre una mesa, en el rincón más iluminado de la escena, con un vaso de agua fuscinada, bajo una palma pintada. Después termina la pantomima. El pequeño apuntador calvo cierra su libro y la luz se desvanece poco a poco. El fin, el fin. Todos se marchan a su vida cotidiana (y Clare a su tumba), pero queda el héroe, porque a pesar de mis esfuerzos no consigo abandonar mi papel: la máscara de Sebastian se adhiere a mi cara, el parecido no quiere esfumarse. Soy Sebastian o Sebastian es yo, o quizá ambos somos alguien que ninguno de los dos conoce.



FIN

1 En el original, juego de palabras entre Sore bone (hueso dolorido) y Sorbone. (N. del T.)

1 Novelista inglesa del siglo XIX. (N, del T.)

2 Personaje de Speed the Plough, de Thomas Norton, que representa el acatamiento servil a las convenciones. (N. del T.)

1 Juego de palabras entre triteness (vulgaridad) y tritheism. (N. del T.)

1 En el original: Poor Willy is willy nilly a willow. (N. del T.)
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